sábado, 13 de agosto de 2022

MADRE DE FRIJOLES


“¡María Teresa, esconde la porra de frijoles!”, gritó doña Juana Angulo al verme, después de retirar la cadena y abrir el portón de madera sellado con láminas de zinc oxidadas.

Le di un abrazo y un beso en la mejilla con ternura, como a una madre. Con el bastón me indicó que pasara adelante.

Tomé su mano, observé su fino cabello cano, su mirada octogenaria tras los lentes y sentí el ritmo de sus endebles pasos. Con mi ayuda y un impulso infantil subió un peldaño, entramos a la casa y, al acomodarse exhausta en la mecedora, se quejó del dolor reumático en sus rodillas.

Me invitó a sentarme en la pequeña sala comedor y sus recuerdos se escaparon comprimiendo el espacio.

La brisa proveniente de la playa del Tortuguero refrescaba el amplio corredor de la casa, sin cercos ni barreras. El único obstáculo ante la mirada era el techo rojo de la aduana. Frente a las gradas de acceso al muelle dominaba el paso de lugareños, el subir y bajar de los guardias, de marinos eufóricos acompañados de mujeres alegres hacia los barcos mercantes, de chamberos, borrachos y desocupados. Descubría el plato del día de las familias del puerto que se abastecían de carne y verduras frescas en el mercadito de doña Bernarda Peña, ubicado al bajar las gradas, detrás del cuartel de la guardia.

Expectante disfrutaba las conversaciones mentirosas, las guayolas de Tapalwas, el pedir insistente del trago de guarón de Masayita, su carpintero preferido, sin descuidar el ladrido de los perros que alertaban de intrusos en el patio trasero robándoles sus apreciados “sugar mango”. Al escucharlos tomaba el rifle calibre veintidós guardado en el mostrador de la sala, salía al patio y disparaba ahuyentándolos.

“Una vez le disparé a Charol, le di en el sombrerito de media ala y gritó ¡Ay, don Octavio ya me mató!, cayó desmayado del susto y nunca más desaparecieron las gallinas ni los mangos porque los mantenía a raya”, dijo a carcajadas.

En la sala, Don Octavio, su marido, llenaba el ambiente con su presencia. Alto y delgado, vestía siempre pulcro, camisa manga larga almidonada y pantalón color caqui. Le llamaban “el Coronel” por su apariencia y seriedad. Atendía a los clientes que hacían gestiones en busca de timbres y permisos para matanza de cerdos en su agencia fiscal, instalada en el mismo salón donde vendía guaro lija.

Por las mañanas sus clientes asiduos eran Leónidas, Felipe Man, Victoriano y el Africano, todos chamberos del muelle. En cada subida con la carga por las veinticinco gradas, descansaban, entraban al salón, se tomaban un trago doble y salían apresurados a escupir. De tanto subir y bajar, antes del mediodía estaban borrachos. El Africano era el único que poseía carreta para transportar la carga, llamada “salgo cuando quiero”, porque borracho, zarandeándose con la mirada perdida frente a la casa, eso gritaba a los que pasaban a su lado.

Al medio día el salón se llenaba de oficinistas de la aduana, agentes aduaneros, estibadores y guardias con rango que se tomaban una cuartita de guaro servida con boquita de pájaro. Era un ambiente festivo sin importar ocupación, raza, clase social y, menos aún, la militancia política porque entre ellos se llamaban “camaradas”. Cuando saciaban su sed etílica, don Octavio cerraba el negocio, tomaba un trago doble de whisky para la buena digestión, almorzaba con estilo de realeza y hacía la obligada siesta.

Ella procedía a revivir el fuego del horno ancestral, amasaba la harina y horneaba pupusas, rosquetes, pudines, pan simple y tostado, que terminaban degustándose en las travesías de los barcos mercantes por el caribe.

Por las tardes, salía al corredor y se acomodaba en la misma mecedora donde ahora se quejaba de sus dolores de rodilla. Escuchaba el incesante sonido de las máquinas de escribir mecánicas, proveniente de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, situada al lado izquierdo de la casa; observando el diligente recorrido de los empleados hacia las oficinas del Coronel Alejandro Peters, administrador de la aduana, ansiosos por finalizar pólizas, manifiestos, remisiones y recibos de todo tipo de mercancías que los barcos cargaban y descargaban en las inmensas bodegas.

Jimmy Wilson, fumador empedernido, salía al corredor expulsando bocanadas de humo de cigarrillos importados, atento ante las diligencias de los empleados y del paso coqueto por el andén de su amada Morcley.

Al lado derecho del corredor, alquilaban una casa a la oficina de telégrafos. Observaba a Frank, el telegrafista, atender al público que llevaba en un papelito sus mensajes y luego los convertía en puntos, rayas y puntos, para transmitir saludos, felicitaciones, pésames, buenas y malas nuevas. Era un hombre extraño y solitario que de noche escuchaba tangos en una radio y reía a carcajadas, imaginándose en un salón lujoso bailando con alguna “Che”.

Pregunté por el ambiente nocturno y observé incomodidad en sus gestos.

Por las noches todo quedaba en silencio, lo único que escuchaba era el alboroto de los estibadores en el muelle que trabajaban hasta la madrugada. A eso de las ocho de la noche, atendía a los marinos que regresaban con las mujeres alegres, se tomaban un par de tragos y salían en una romería de cantinas, comenzando por Miss Lilian, Miss Pett, la Pachanga, la Cabaña, el Hípico, hasta dejarlas borrachas en su casa, el nido de putas de la Shirley, el Vietnam. ¿Te acuerdas del Vietnam?

“Estoy cansada, ayúdame a levantarme”, dijo.

Le pregunté por qué había llamado a María Teresa al verme.

“¡Ideay, no te acuerdas de nada!, ¡se te olvidó el Vietnam y ahora de las noches que venías hambriento con Pancho a beberte el primer hervor de la porra de frijoles!”, respondió.

Me vi entrando en su cocina. Pancho caminaba con pasos de gatos y destapaba la porra de frijoles sin hacer ruidos. Con cucharones soperos servía en tazones de china y los rellenaba con arroz blanco. En un plato aparte ponía los bananos cocidos y los chiles de cabro que partía en cuatro trozos. Aún percibo el aroma de la sopa y el picor del chile, pero la cocina hace muchos años dejó de existir, el huracán se la llevó. Cuando hablo con sus hijos, con Kalilita, la Tere o Rosa Linda, siempre me dicen hermano de frijoles.

“A ver, ayúdame, voy a descansar. Cuando salgas pone bien la cadena, no vaya a ser que se metan los fuma piedra. Anda da tu vuelta, seguí el camino y si ves las cosas mejor que antes me pasas contando para darme cuenta”, dijo.

¿Y el rifle veintidós?, pregunté.

“Míralo, allí está, todavía le tienen miedo”, dijo acostándose en la cama.

Me despedí besando su frente. Recorrí el camino. No quedaba nada del esplendor de El Bluff de aquellos años. No volví a pasar por la casa de doña Juana Angulo, pero me sentí contento por volver a verla una vez más.

 

12/08/2022

Foto: Con doña Juana Angulo, tomada por María Teresa.