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domingo, 28 de agosto de 2022

EL CAPITÁN

 

Desde la ventana del segundo piso de la casa,  observaba los barcos que entraban por la barra. Era una mañana lluviosa con fuertes vientos que azotaban desde el noreste. La capitanía del puerto había dado aviso a la flota pesquera para que se refugiara debido a la tormenta que se avecinaba.

Las ramas del inmenso árbol de laurel, cercano a la casa, eran sacudidas por rachas de viento y los cables que sostenían la antena de televisión rechinaban contra el tubo como si intentaran liberarse.

Antes del mediodía, los primeros barcos comenzaron a aparecer. Se notaba claramente el mástil y las plumas, luego la caseta, moviéndose de lado a lado, de babor a estribor. Desaparecían de la vista por unos segundos, únicamente quedaba una estela de espumas, bajaban a los pies y subían a la cresta de las olas, avanzando en la mar agitada por el viento en su contra hasta que cruzaban la barra. Minutos después, aparecía otro barco, y así, poco a poco, la flota completa entraba a la bahía, pasando al lado del casco hundido del Jamaica y asegurando las amarras en el muelle de los barcos pesqueros.

Ese año fue de buena faena y el progreso se notaba en el puerto de El Bluff.

El muelle fue ampliado en sus costados con postes y tablones nuevos, impregnados totalmente de un material oscuro que los volvía inmune a lo salobre del mar y a la vida marina que se adhería a ellos. Los trabajadores de la empresa que vivían en Bluefields, estrenaron un nuevo barco de transporte, mucho más cómodo y más veloz en atravesar la bahía. El trencito de la alegría dejó sus labores y fue reemplazado por modernos camiones de transporte que movían la carga entre el muelle y las instalaciones de la empresa. Se inauguró un astillero que le brindaba mantenimiento a los barcos de la empresa y a particulares. La red eléctrica domiciliar del puerto se amplió a todas las viviendas, fuesen o no de empleados de la empresa y, por todos lados, se construían casas y florecían cantinas. El empleo era casi pleno, tanto en el mar como en el puerto; los trabajadores por cuenta propia eran contratados en sus diferentes quehaceres y una gran parte de los empleados de la empresa Booth eran mujeres, principalmente en la línea de producción.

El capitán entró a la casa, gritaba de alegría llamando a sus hijos y los niños corrieron a su encuentro. Los levantó, les dio abrazos y besos. Su barba tupida de varios días hacia cosquillas en sus mejillas. A los dos varones los bajó de sus brazos, pero a su hija, mi muñeca le decía, la sostuvo en brazos aún después de besar a su bella esposa. Era una familia joven, ellos dos y sus tres hijos, y vivían en la casa de dos pisos que para ellos había construido.

Aun cuando la tormenta desapareció en la noche, los barcos no zarparon al día siguiente. Descargaron la captura de los días que habían faenado y así, poco a poco, volvían a la mar.

El capitán iba por las mañanas al barco, revisaba el cuarto de máquinas, la descarga de camarones, el abastecimiento de combustible y hielo, y viajaba a Bluefields a realizar el pedido de las provisiones en el almacén de William Woo, el hombre más adinerado de la ciudad en esa época. El Sr. Woo lo atendía con esmero —sí capitán Hill, no se preocupe, usted tiene su pedido asegurado, decía con su acento chino—, y al día siguiente lo enviaba en botes pos pos hasta el barco camaronero.

Mientras tanto, visitaba a sus amigos y los mejores restaurantes de la ciudad, el Chez Marcel, el Galaxy y otros de esa época. El hombre de mar necesita divertirse lo más que pueda mientras se encuentra en tierra, decía y cumplía ese aforismo heredado de sus familiares marinos.

Al capitán también le gustaba compartir su tiempo en tierra con la familia y sus amistades. Por ello organizaba viajes a las lagunas de El Bluff en su jeep Land Rover. Preparaba el mejor rondón de caracoles en la playa porque era un gran cocinero; llevaba todo los ingredientes necesarios y la leche de coco lista para verterla en el perol. Mientras el rondón se cocinaba, servía tragos a sus amigos y sostenían conversaciones alegres, se carcajeaban a lo grande mientras los niños se bañan en la laguna cuidados por sus madres.

Le gustaba cazar. Por las tardes salía con su rifle calibre 22 de mira telescópica en dirección al bosque situado a un lado de la Colonia. Llevaba bananos o cocos secos de cebo y, después de colocarlos en el sitio escogido, se subía a un árbol. Desde allí sonaba un pito que hacía con sus propias manos para atraer la presa. Cuando regresaba a casa, cargaba dos o tres guardatinajas que el mismo cocinaba en un caldillo delicioso.

A él se le señala de haberles puesto indirectamente los nombres a las cantinas de las hermanas Watts, ya que fue él quien les suministró directamente las Roconolas marca AMI. A Miss Pet le instaló la roconola una tarde cuando faltaban 5 minutos para las cuatro en su reloj, y a Miss Lilian, un rato después, cuando faltaban 15 minutos, o sea un cuarto para las cinco.

Cuando comenzó el relajo de las Roconolas con el alto volumen, todos preguntaban con curiosidad de transeúntes por el andén.

—¿Miss Lilian, a qué horas le instalaron la roconola?

—Hill me dijo que faltar un cuarto para las cinco cuando me la poner, respondía la tetónica señora.

 Y luego la misma pregunta a Miss Pet y la consabida respuesta:

—Hill ponérmela cuando faltar cinco para las cuatro, refiriéndose claro está, a la instalación de la roconola, no hay que pensar mal.

Recuerdo que siempre me llevaba a contar las monedas que extraía de las Roconolas y me indicada que las acomodara en ristras de 10 monedas de veinticinco centavos sobre la mesa: me quedaba maravillado al ver tantas monedas juntas y a él contarlas.

Visitaba a sus amigos. Iba a la cantina de Miss Lilian, pero le encantaba la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo. Allí era bienvenido, se encontraba con sus amigos, compartían tragos, reían a carcajadas al escuchar las guayolas de Tapalwás y saludaba a todos los que pasaban por el andén.

Una tarde doña Juana Angulo salió al frente de su casa, después de terminar sus quehaceres del hogar y del horno, y se acercó al lado de un árbol de almendras plantado por ella misma. El capitán la siguió y junto a ella lo fotografiaron para el recuerdo, con la bahía y la línea de vegetación de la playa del El Tortuguero de fondo.

El capitán volvía a casa contento y amoroso. Dormía desde tempranas horas y, acostado en la cama, se le notaba en su pierna derecha la cicatriz redonda causada por un pez espada que se clavo en ella, luego de caer de las redes, aleteando con furia en la cubierta del barco. Al día siguiente se despedía una vez más porque debía regresar a la mar.

En la tarde, desde la ventana, se observaban los barcos que partían desde el muelle, uno tras otro, en busca de la barra. Nuevamente volvían a navegar en el oleaje, ahora calmo, girando a la izquierda después de cruzar el canal, desapareciendo detrás del promontorio sur del puerto donde un plantel moderno fabricaba barcos de fibra de vidrio.

Por las noches, desde la esquina de Miss Lilian se notaban las luces parpadeantes de los barcos que navegaban de sur a norte y viceversa, y daba la impresión de estar frente a una ciudad flotante en movimiento. Desde allí, me imaginaba al capitán Hill, a mi padre, en sus quehaceres, en la cabina timoneando el barco, sus gestos, su voz, hablando en inglés al comunicarse por radio, el seguimiento que hacía en la cubierta cuando se preparaban para lanzar y después levantar las redes, y maniobrar la nave: la forma en que se ganaba los pesos en el mar.

Luego de disfrutar el espectáculo, me despedía de él porque además de mi papá era mi mejor amigo. Le deseaba una buena faena y se lo encomendaba al Señor cuando rezaba con mi madre y mis hermanosVolvíamos a la cotidianeidad, a cruzar la bahía para ir a clases y esperábamos ansiosos su regreso a casa.

Un día como hoy, 28 de agosto de 1999, hace 23 años, falleció en un accidente aéreo y escribí un amigo para siempre. Siempre está presente en mis pensamientos, en mi alma y en mi corazón. 

 

domingo, 28 de agosto de 2022
Foto propia: El Capitán.

sábado, 13 de agosto de 2022

MADRE DE FRIJOLES


“¡María Teresa, esconde la porra de frijoles!”, gritó doña Juana Angulo al verme, después de retirar la cadena y abrir el portón de madera sellado con láminas de zinc oxidadas.

Le di un abrazo y un beso en la mejilla con ternura, como a una madre. Con el bastón me indicó que pasara adelante.

Tomé su mano, observé su fino cabello cano, su mirada octogenaria tras los lentes y sentí el ritmo de sus endebles pasos. Con mi ayuda y un impulso infantil subió un peldaño, entramos a la casa y, al acomodarse exhausta en la mecedora, se quejó del dolor reumático en sus rodillas.

Me invitó a sentarme en la pequeña sala comedor y sus recuerdos se escaparon comprimiendo el espacio.

La brisa proveniente de la playa del Tortuguero refrescaba el amplio corredor de la casa, sin cercos ni barreras. El único obstáculo ante la mirada era el techo rojo de la aduana. Frente a las gradas de acceso al muelle dominaba el paso de lugareños, el subir y bajar de los guardias, de marinos eufóricos acompañados de mujeres alegres hacia los barcos mercantes, de chamberos, borrachos y desocupados. Descubría el plato del día de las familias del puerto que se abastecían de carne y verduras frescas en el mercadito de doña Bernarda Peña, ubicado al bajar las gradas, detrás del cuartel de la guardia.

Expectante disfrutaba las conversaciones mentirosas, las guayolas de Tapalwas, el pedir insistente del trago de guarón de Masayita, su carpintero preferido, sin descuidar el ladrido de los perros que alertaban de intrusos en el patio trasero robándoles sus apreciados “sugar mango”. Al escucharlos tomaba el rifle calibre veintidós guardado en el mostrador de la sala, salía al patio y disparaba ahuyentándolos.

“Una vez le disparé a Charol, le di en el sombrerito de media ala y gritó ¡Ay, don Octavio ya me mató!, cayó desmayado del susto y nunca más desaparecieron las gallinas ni los mangos porque los mantenía a raya”, dijo a carcajadas.

En la sala, Don Octavio, su marido, llenaba el ambiente con su presencia. Alto y delgado, vestía siempre pulcro, camisa manga larga almidonada y pantalón color caqui. Le llamaban “el Coronel” por su apariencia y seriedad. Atendía a los clientes que hacían gestiones en busca de timbres y permisos para matanza de cerdos en su agencia fiscal, instalada en el mismo salón donde vendía guaro lija.

Por las mañanas sus clientes asiduos eran Leónidas, Felipe Man, Victoriano y el Africano, todos chamberos del muelle. En cada subida con la carga por las veinticinco gradas, descansaban, entraban al salón, se tomaban un trago doble y salían apresurados a escupir. De tanto subir y bajar, antes del mediodía estaban borrachos. El Africano era el único que poseía carreta para transportar la carga, llamada “salgo cuando quiero”, porque borracho, zarandeándose con la mirada perdida frente a la casa, eso gritaba a los que pasaban a su lado.

Al medio día el salón se llenaba de oficinistas de la aduana, agentes aduaneros, estibadores y guardias con rango que se tomaban una cuartita de guaro servida con boquita de pájaro. Era un ambiente festivo sin importar ocupación, raza, clase social y, menos aún, la militancia política porque entre ellos se llamaban “camaradas”. Cuando saciaban su sed etílica, don Octavio cerraba el negocio, tomaba un trago doble de whisky para la buena digestión, almorzaba con estilo de realeza y hacía la obligada siesta.

Ella procedía a revivir el fuego del horno ancestral, amasaba la harina y horneaba pupusas, rosquetes, pudines, pan simple y tostado, que terminaban degustándose en las travesías de los barcos mercantes por el caribe.

Por las tardes, salía al corredor y se acomodaba en la misma mecedora donde ahora se quejaba de sus dolores de rodilla. Escuchaba el incesante sonido de las máquinas de escribir mecánicas, proveniente de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, situada al lado izquierdo de la casa; observando el diligente recorrido de los empleados hacia las oficinas del Coronel Alejandro Peters, administrador de la aduana, ansiosos por finalizar pólizas, manifiestos, remisiones y recibos de todo tipo de mercancías que los barcos cargaban y descargaban en las inmensas bodegas.

Jimmy Wilson, fumador empedernido, salía al corredor expulsando bocanadas de humo de cigarrillos importados, atento ante las diligencias de los empleados y del paso coqueto por el andén de su amada Morcley.

Al lado derecho del corredor, alquilaban una casa a la oficina de telégrafos. Observaba a Frank, el telegrafista, atender al público que llevaba en un papelito sus mensajes y luego los convertía en puntos, rayas y puntos, para transmitir saludos, felicitaciones, pésames, buenas y malas nuevas. Era un hombre extraño y solitario que de noche escuchaba tangos en una radio y reía a carcajadas, imaginándose en un salón lujoso bailando con alguna “Che”.

Pregunté por el ambiente nocturno y observé incomodidad en sus gestos.

Por las noches todo quedaba en silencio, lo único que escuchaba era el alboroto de los estibadores en el muelle que trabajaban hasta la madrugada. A eso de las ocho de la noche, atendía a los marinos que regresaban con las mujeres alegres, se tomaban un par de tragos y salían en una romería de cantinas, comenzando por Miss Lilian, Miss Pett, la Pachanga, la Cabaña, el Hípico, hasta dejarlas borrachas en su casa, el nido de putas de la Shirley, el Vietnam. ¿Te acuerdas del Vietnam?

“Estoy cansada, ayúdame a levantarme”, dijo.

Le pregunté por qué había llamado a María Teresa al verme.

“¡Ideay, no te acuerdas de nada!, ¡se te olvidó el Vietnam y ahora de las noches que venías hambriento con Pancho a beberte el primer hervor de la porra de frijoles!”, respondió.

Me vi entrando en su cocina. Pancho caminaba con pasos de gatos y destapaba la porra de frijoles sin hacer ruidos. Con cucharones soperos servía en tazones de china y los rellenaba con arroz blanco. En un plato aparte ponía los bananos cocidos y los chiles de cabro que partía en cuatro trozos. Aún percibo el aroma de la sopa y el picor del chile, pero la cocina hace muchos años dejó de existir, el huracán se la llevó. Cuando hablo con sus hijos, con Kalilita, la Tere o Rosa Linda, siempre me dicen hermano de frijoles.

“A ver, ayúdame, voy a descansar. Cuando salgas pone bien la cadena, no vaya a ser que se metan los fuma piedra. Anda da tu vuelta, seguí el camino y si ves las cosas mejor que antes me pasas contando para darme cuenta”, dijo.

¿Y el rifle veintidós?, pregunté.

“Míralo, allí está, todavía le tienen miedo”, dijo acostándose en la cama.

Me despedí besando su frente. Recorrí el camino. No quedaba nada del esplendor de El Bluff de aquellos años. No volví a pasar por la casa de doña Juana Angulo, pero me sentí contento por volver a verla una vez más.

 

12/08/2022

Foto: Con doña Juana Angulo, tomada por María Teresa.

martes, 23 de febrero de 2021

NAUFRAGIO DE ESTUDIANTES

 


El Presagio

Doña Juana se anticipó al repique de la alarma del reloj despertador que programaba a las 4:30 a.m. Faltaban diez minutos para que sonara. Desperezó su cuerpo en la cama de estructura de bronce y crujieron los resortes de alambre. Se levantó sin prisa, trató de despejar su mente y desactivó la alarma, evitando que don Octavio, su marido, despertara. De una de las gavetas del tocador, hecho de caoba y con un amplio espejo al centro, tomó su bata de estar en casa y cubrió su camisón de seda.

Tomó una jarra aguamanil, echó agua en una palangana de latón esmaltado y limpió su rostro viéndose en el espejeo. A sus cuarenta años de vida, las arrugas aún no hacían presencia en su frente ni en las comisuras de sus ojos claros. Con su pierna derecha empujó debajo de la cama la bacinilla de peltre. Suspiró profundamente y se dirigió a la antesala del comedor, un espacio amplio en el que se almacenaban cajas de cartón, barriles de alcohol graduado de la industria fiscal, sacos de harina, azúcar y otras provisiones.

Una rata irrumpió ante su presencia y, rasgando bajo la puerta, escapó desesperada hacia el patio. Miró en los alrededores y notó que la trampa atrapa ratas estaba sin el cebo que había colocado por la noche. Te toca el veintidós, dijo.

Abrió la puerta de dos hojas que daba acceso al corredor posterior de la casa de madera. Lo traspasó, subió tres gradas y abrió la puerta de la cocina. Con la mirada comprobó que todo estaba en orden. Desde la ventana y la puerta izquierda, notó que el cielo estaba cubierto de nubes negras y el ambiente húmedo en esa mañana del mes de noviembre del año 1970, con intensas rachas de viento provenientes desde El Tortuguero. Va a caer un temporal, pensó y puso a calentar agua en una olla para hacer el café importado desde Nueva Orleans.

De regreso en su habitación se dirigió a despertar a Rodolfo, popularmente llamado Kalilita.  “Ya es hora”, dijo sacudiéndolo tres veces. “Apúrate que se hace tarde, es hora de bañarse”, agregó y se dirigió a despertar a María Teresa. “Mi niña ya es hora”, dijo acariciándole el cabello largo. Por unos instantes se quedó observándola, recordando sus años de chavala, pero se deshizo de recuerdos y volvió a la cocina. Desde allí escuchó las panadas de agua que Rodolfo se echaba encima, tomándolas de los barriles que mantenía llenos de agua en el corredor posterior, cercanos al lavandero, a un lado del pasillo que daba acceso a la cocina.

Freía rodajas de jamón importado, huevos enteros y calentaba el gallo pinto en su cocina de kerosín. Ya había servido en el comedor la cafetera humeante, bollitos de pan simple, horneados el día anterior y recalentados en un caldero tapado, y la mantequillera bien suplida junto a la azucarera y las tazas. Al terminar de freír regresó al comedor. Allí la esperaban María Teresa y Rodolfo. Sirvió los desayunos y se sentó en su lugar de siempre, al lado derecho de la cabeza de mesa que ocupaba son Octavio. Dio un bocado y dirigiéndose a Rodolfo preguntó.

 ¿Te aprendiste los temas para el examen de religión? Sí, respondió, sin volverle la mirada. Y vos Teresita, volvió a preguntar, ¿practicaste para la prueba de matemáticas? Sí, mamá, hice todos los ejercicios, respondió tocándole el antebrazo con la mano desde el otro lado de la mesa. La veo preocupada, mamá, agregó.

Algo la mantenía inquieta, cierta incertidumbre había en su rostro desde que vio el cielo oscuro y sintió  la brisa húmeda que llegaba desde la playa de El Tortuguero, pero la caricia de su hija le dio cierto grado de calma y seguridad. No se preocupen, es solo que cada día me pongo más vieja, dijo y sonrió.

Yo llené los tanques de agua, no salí a ningún lado, así que nadie puede venir a ponerle quejas de mí, dijo Rodolfo. No se preocupe, hoy regresamos temprano porque estamos en exámenes finales, agregó María Teresa. Bueno, apúrense, lleven los paraguas y capotes que se avecina un temporal, dijo doña Juana Angulo cuando comenzaba a llover y las gotas de agua se escurrían por la solera de la ventana del comedor.

Faltando 15 minutos para las 6 de la mañana los despidió desde el corredor de la inmensa casa de madera. Los vio bajar las 25 gradas de concreto, encapotados y cubriéndose con el paraguas, en dirección al muelle, atravesando el cuartel de la guardia y el lado este del edificio de la aduana, y al doblar en dirección al atracadero de las pangas, desaparecieron de su vista.

 

La Rastra

El panguero, llamado Félix, conocido con la Rastra, los esperaba en el atracadero de las pangas, situado en el extremo oeste del muelle de la aduana. Allí se congregaban los estudiantes para abordar los botes pos pos o las pangas que los transportaban hacia clases en Bluefields. La lluvia salpicaba los zapatos nuevos de cuero que calzaba Kalilita, que aun así no dejaban de brillar porque pasó lustrándolos por más de una hora la noche anterior. La panga tenía cubiertos los asientos con plástico negro y con ellos se llenaba el cupo de pasajeros del primer viaje, el viaje de los estudiantes.

Nos vamos, dijo la Rastra, sosteniendo con una mano el mecate amarrado de la proa y con la otra brindándosela a los pasajeros para abordar la panga, que, al vaivén de las olas, golpeaba con un costado las llantas que estaban adheridas al muelle por mecates gruesos. Así abordaron las chinitas Asunción y Angelita, Blanca Sandino, Chapman, Teresita, dos pasajeros mayores y Kalilita, los que se cubrieron con el plástico al ocupar sus asientos.

La Rastra encendió el motor Yamaha de 45 caballos de fuerza. De un fuerte empujón apartó la panga del muelle y aceleró, maniobrando con el brazo del motor para salir del albergue que le daba el costado oeste del muelle y entró a la corriente, donde el oleaje era más intenso y de mayor fuerza.

La visibilidad que tenía era escasa por la intensa lluvia, desde ese punto no divisaba la playa de El Tortuguero y maniobró hacia el oeste, siguiendo la corriente, con el oleaje a su favor. Unos minutos después viró a estribor sin aminorar la velocidad. La panga se elevó por el oleaje y siguió bajando y subiendo olas encrestadas hasta que chocó con el mástil de un barco camaronero hundido, llamado Miss Linda, propiamente a unos 200 metros de la isla de Miss Lilian, en dirección a Half Way Cay, y a unos 1000 metros del muelle de la Booth.

La panga comenzó a hacer aguas. Un orificio de tres pies cuadrados se abría en el casco, entre la proa y el primer asiento, debido al impacto con el mástil del camaronero.

 

La Rata

Luego de regresar de clases, el naufragio de los estudiantes se volvió la noticia del día. Al anochecer, en el cielo tiritaban las estrellas y el corredor de la casa estaba atestado de estudiantes y curiosos que pasaban por el andén en dirección a la esquina de Miss Lilian. Unos estaban sentados en sillas mecedoras de madera y junco, otros en el suelo, y la mayoría en las gradas de acceso al corredor.

En el centro de la sala, doña Juana Angulo estaba sentada en una mecedora y a su lado María Teresa. A su derecha, en el mostrador, don Octavio servía guaro lija a sus clientes y en el centro de los visitantes estaba Kalilita, sentado en un banco de madera, contando el suceso del naufragio.

“La Rastra la cagó todita. Yo le dije que no agarrara para el lado de la isla de Miss Lilian, que se fuera en dirección a la playa del Tortuguero, esquivando el oleaje, y que después bajara en dirección a Bluefields, pero nunca me hizo caso. Fue un solo cachimbazo el que pegó contra el mástil”.

“Cuando vimos que se metía el agua, yo le gritaba que acelerara, que siguiera navegando en dirección al muelle de la Booth, pero el maje se cagó todito, tan cagado estaba que se le apagó el motor y no pudo volver a encenderlo. Allí fue cuando nos hundimos, pero lo peor es que la Angelita se refundió entre las olas, más allá de la panga y entonces las chavalas comenzaron a pegar gritos de desesperación”.

“Se me quitó el miedo y la tembladera. No sé de donde agarré valor, me sumergí y fui detrás de ella. Abajo la corriente estaba encachimbada, pero con una fuerza increíble que me surgió sin saber todavía de dónde, me seguí sumergiendo, la vi allá abajo que caía hacia el fondo y con un sobreesfuerzo pude agarrarla de un pie, jalarla hacia arriba para sacarla y, al salir a la superficie, la subí a la panga salvándole la vida".

"Para imponer el orden en esos momentos de angustia, les gritaba que se calmaran, que no tuvieran miedo y en eso estaba cuando me sentí parado en el ostional, y con los pies puestos en algo firme en que apoyarme, agarré mayor valentía y gritando le dije a la Teresita y a la otra chinita, Asunción, que se subieran en la panga, a la Blanquita que se agarra de un lado con Chapman y, a los otros dos pasajeros juntos con la Rastra, que se agarran de la punta de la panga mientras yo la sostenía de la parte del motor".

Todos estaban atentos al relato de Kalilita, nadie decía una palabra escuchándolo. Los que compraban guaro lija también se quedaban atentos al relato del naufragio y, cada vez más, los  caminantes se detenían a escucharlo.

“Así estuvimos con semejante lluvia y frío por más de media hora hasta que llegó Elías Zafrian en una panga a rescatarnos. Llegamos todos mojados y temblando al muelle. Cuando salí de la panga me di cuenta que mis zapatos nuevos estaban desbaratados por el fuckin ostional”.

Desde el interior de la casa, más allá de la sala, al lado del comedor, se escuchó el estruendo de dos disparos: paang, paang. Kalilita se levantó al instante y, sin decir palabras, salió corriendo hacia el lado del comedor. Todos los escuchas se quedaron paralizados, petrificados ante la expectativa de lo que sucedía dentro de la casa.

“Le dio, le dio los dos balazos en la cabeza”, gritaba Kalilita al salir con la rata agarrada de la cola, mostrándola con la cabeza desbaratada. En el umbral de la puerta ubicada entre la sala y el comedor, doña Juana Angulo sostenía de su cacha, con firmeza y mucho orgullo, su viejo rifle calibre 22, aún humeante del cañón.

 

Nueva Guinea, Nicaragua.
22 de febrero de 2021.
Foto propia: atardecer en el Bluff.

martes, 15 de marzo de 2011

HERVOR DE NOSTALGIAS

¡María Teresa, escondé la porra de frijoles!, gritó al verlo después de retirar la cadena y abrir el portón de madera sellado con laminas de zinc oxidadas. La abrazó y besó su mejilla con ternura, como a una madre. Con el bastón le indicó que pasara adelante. Tomó su mano, observó su fino cabello cano, su mirada octogenaria tras los lentes y sintió el ritmo de sus endebles pasos. Con su ayuda y un impulso infantil subió un peldaño, entraron a la casa y al acomodarse exhausta en la mecedora se quejó del dolor reumático en sus rodillas. Lo invitó a sentarse en la pequeña sala comedor y sus recuerdos se escaparon comprimiendo el espacio.

La brisa proveniente de la playa del Tortuguero refrescaba el amplio corredor de la casa, sin cercos ni barreras. El único obstáculo ante la mirada era el techo rojo de la aduana. Frente a las gradas de acceso al muelle dominaba el paso de lugareños, el subir y bajar de los guardias, de marinos eufóricos acompañados de mujeres alegres hacia los barcos mercantes, de chamberos, borrachos y desocupados. Descubría el plato del día de las familias del puerto que se abastecían de carne y verduras frescas en el mercadito de doña Bernarda Peña, ubicado al bajar las gradas, detrás del cuartel de la guardia.

Expectante disfrutaba las conversaciones guayoleras de Tapalwas, el pedir insistente del trago de guarón por Masayita, su carpintero preferido, sin descuidar el ladrido de los perros que la alertaban de intrusos en el patio trasero robándoles sus apreciados “sugar mango”. Al escucharlos tomaba el rifle calibre veintidós guardado en el mostrador de la sala, salía al patio y disparaba ahuyentándolos. Una vez le dispare a Charol, le di en el sombrerito de media ala y gritó ¡Ay, don Octavio ya me mató!, cayó desmayado del susto y nunca más desaparecieron las gallinas ni los mangos, los mantenía a raya.

En la sala, Don Octavio, su marido, llenaba el ambiente con su presencia. Alto y delgado, vestía siempre pulcro, camisa manga larga almidonada y pantalón color caqui. Le llamaban “el Coronel” por su apariencia y seriedad. Atendía a los clientes que hacían gestiones en busca de timbres y permisos para matanza de cerdos en su agencia fiscal, instalada en el mismo salón donde vendía guaro lija. Por las mañanas sus clientes asiduos eran Leonidas, Felipe Man, Victoriano y el Africano, todos chamberos del muelle. En cada subida con la carga por las veinticinco gradas, descansaban, entraban al salón, se tomaban un trago doble y salían apresurados a escupir. De tanto subir y bajar, antes del medio día estaban borrachos. El africano era el único que poseía carreta para transportar la carga, llamada “salgo cuando quiero”, porque borracho, zarandeándose con la mirada perdida frente a la casa, eso gritaba a los que pasaban a su lado.

Al medio día el salón se llenaba de oficinistas de la aduana, agentes aduaneros, estibadores y guardias con rango que se tomaban una cuartita de guaro servida con boquita de pájaro. Era un ambiente festivo sin importar ocupación, raza, clase social y, menos aún, la militancia política porque entre ellos se llamaban “camaradas”. Cuando saciaban su sed etílica, don Octavio cerraba el negocio, tomaba un trago doble de whisky para la buena digestión, almorzaba con estilo de realeza y hacía la obligada siesta. Ella procedía a revivir el fuego del horno ancestral, amasaba la harina y horneaba pupusas, rosquetes, pudines, pan simple y tostado, que terminaban degustándose en las travesías de los barcos mercantes por el caribe.

Procedentes de Bluefields, Pancho, María Teresa y Rosalinda hacían sus tareas escolares y ayudaban en los quehaceres siempre acumulados en la inmensa casa, llenándola de alegría. Por las tardes, salía al corredor y se acomodaba en la misma mecedora donde ahora se quejaba de sus dolores de rodilla. Escuchaba el incesante sonido de las máquinas de escribir mecánicas, proveniente de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, situada al lado izquierdo de la casa; observando el diligente recorrido de los empleados hacia las oficinas del Coronel Peters, administrador de la aduana, ansiosos por finalizar pólizas, manifiestos, remisiones y recibos de todo tipo de mercancías que los barcos cargaban y descargaban en las inmensas bodegas. Jimmy Wilson, fumador empedernido, salía al corredor expulsando bocanadas de humo de cigarrillos importados, atento ante las diligencias de los empleados y del paso coqueto de su amada Morcley.

Al lado derecho del corredor, alquilaban una casa a la oficina de telégrafos. Observaba a Frank, el telegrafista, atender al público que llevaba en un papelito sus mensajes y luego los convertía en puntos, rayas y puntos, para transmitir saludos, felicitaciones, pésames, buenas y malas nuevas. Era un hombre extraño y solitario que de noche escuchaba tangos en una radio y reía a carcajadas, imaginándose en un salón lujoso bailando con alguna “Che”.

Preguntó por el ambiente nocturno y observó incomodidad en sus gestos. Por las noches todo quedaba en silencio, lo único que escuchaba era el alboroto de los estibadores en el muelle que trabajaban hasta la madrugada. A eso de las ocho de la noche, atendía a los marinos que regresaban con las mujeres alegres, se tomaban un par de tragos y salían en una romería de cantinas, comenzando por Miss Lillian, Miss Pett, la Pachanga, la Cabaña, el Hípico, hasta dejarlas borrachas en su casa, el nido de putas de la Shirley, el Vietnam. ¿Te acuerdas del Vietnam?

Estoy cansada, ayúdame a levantarme, dijo. Inquieto por el grito que dio al verlo le preguntó: ¡Ideay jodido, no te acuerdas de nada!, ¡se te olvidó el Vietnam y ahora de las noches que venías hambriento con Pancho a beberte el primer hervor de la porra de frijoles!, ¿crees que no me daba cuenta?, de seguro fumaban con el Guerri, el zorro Juan y el negro Glenn esa hierba hedionda, porque arrasaban con todo lo que encontraban en la cocina. A ver, ayúdame, me voy a acostar. Cuando salgas pone bien la cadena, no vaya a ser que se metan los fuma piedra. Anda da tu vuelta, seguí el camino y si ves las cosas mejor que antes me pasas contando para darme cuenta. ¿Y el rifle veintidós?, le preguntó. Míralo, allí está, todavía le tienen miedo, dijo acostándose en la cama. Se despidió besando su frente, recorrió el camino y no volvió a pasar por la casa de doña Juana Angulo.

La Colina, Nueva Guinea.
Lunes, 14 de marzo de 2011.