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martes, 8 de septiembre de 2015

A MIS AMIGOS REGADOS POR EL MUNDO (UNA NOCHE, UN AMOR)



I

Un hombre, independientemente de su condición social, debe tomar decisiones que lo marcan para siempre; pero son pocos los que se orgullecen de ello en el transcurso de su vida. Esa verdad innegable, el coraje con que lo expresa, su peculiar forma de actuar, el entusiasmo y muestras de aprecio que me brinda al encontrarnos por las calles de Bluefields, pidiéndome que salude a todos sus amigos, me motivó a proponerle una entrevista. En dos ocasiones anteriores se lo había dicho y siempre lo evitaba, pero seguí insistiendo hasta que aceptó.

    ¿A qué hora nos vemos? —le pregunté por teléfono.
    Yo te voy a llamar.
    Tiene que ser donde estemos tranquilos —le propuse.
    Te voy a llevar a un lugar que te va a encantar.
    Sin tomar alcohol, no bebas —puntualicé.
    No te preocupes, yo soy serio.

Caminé por las calles y me dirigí al parque Reyes. Era una mañana luminosa, los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los centenarios árboles de Caoba, haciendo resplandecer el tono de los colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta con que se encuentran pintadas las bancas, el muro perimetral y las paredes con sus murales. La gente disfrutaba el ambiente; mujeres sin compañía, otras conversando, adultos mayores, hombres jóvenes y muchachas estaban conectados a Internet mediante sus teléfonos celulares, tabletas y computadoras portátiles, usaban la señal inalámbrica libre que existe en todos los espacios. Trabajadores de la comuna cortaban la grama con una guaraña haciéndola volar en trocitos; respiré el aroma tierno, el aroma de la esperanza cubriendo la superficie tosca del andén como manto que reviste los pecados de los caminantes que lo ensucian con sus pasos. Saqué mi cámara de la mochila y comencé a fotografiar a las personas desde una distancia desde la cual no lo notaran. En ello estaba cuando sonó el timbre del teléfono; era él.

    Te estoy esperando.
    ¿Dónde estás? —pregunté.
    En la galería Aberdeen.
    ¿Estás tomando?
    No, no, sólo una cervecita. ¿Y vos dónde estas?
    En el parque, ya voy para allá.

Entré al salón de la galería Aberdeen y su espacio amplio me absorbió. Las paredes son una galería de pinturas en exposición para la venta, desde el fondo se desprende el aroma de los dulces expuestos en un mostrador y, más allá, desde la cocina fluyen los olores de los platillos que preparan. Sus clientes degustaban al ritmo del que no tiene prisa, con la música acogedora para entablar una conversación. Miré hacia el segundo piso y allí estaba. Al verme me indicó que subiera por las gradas que tenía a mi espalda.

    Sentate aquí —dijo.
    ¿Te vas a tomar otra? —pregunté al sacar una libreta y un lapicero de la mochila.
    Es en serio la cosa, sos bandido. Yo sé, por eso te aprecio mucho —dijo y se acomodó con placer en la silla.
    Primero te voy a tomar una foto, ¿no hay problema?
    No, para nada, vos hace lo que se te ocurra, ahorita soy todo tuyo —respondió con una sonrisa transparente como el brillo de sus ojos color miel detrás de los lentes graduados que lleva puestos.
    Mirá, si no te gusta te tomo otra.
    Y con una libélula en el fondo, ¡ay que linda te quedó!
    ¿Otra cerveza?
    Ya que insistís tanto, una más —respondió y llamó al mesero.
    Para mí un café, después la cerveza —dije y el mesero se retiró.

Tomé el teléfono y abrí las notas de voz. Pulsé la opción de grabación nueva y lo coloqué cerca de él para lograr una grabación limpia.

    ¿Y me vas a grabar? —preguntó, después de saborear intensamente la cerveza.
    ¿Resulta un problema para vos?
    No, no, yo soy libre como libélula, nadie me puede cuestionar porque te voy a contar la pura verdad, eso es lo que vos querés, que te cuente la historia de mi vida para que la conozcan mis amigos regados por el mundo.

II


Mi nombre es Miguel Hermógenes Bejarano Cabrera, pero todo mundo, en Bluefields y más allá de las fronteras de Nicaragua, me llama Mike. Nací aquí en Bluefields, soy Blufileño cien por ciento. Nací el 29 de septiembre de 1946, soy hijo de Hermógenes Bejarano y Concepción Cabrera. Voy a cumplir sesenta y nueve años, ¡ay!, cómo me encanta ese número, el “sixty nine”.

Mi abuela tenía una cantina que se llamaba “La Generala” en los tiempos de la guerra de Moncada, ella era generala de los liberales; para comprar armas y poder derrocar a Zelaya, asaltaron el banco Wells Fargo que quedaba en la propiedad del Moravo en 1926. Se llamaba Lucila Delgado, oriunda de León, del barrio Santa Lucía; se vino para acá así como emigraron muchos granadinos y leoneses. Tuvo una hermana que se llamaba Otilia Delgado, esposa de Berty Smith. Yo me crié con mi abuela, era de reales, ¡uy!, demasiados reales tenía, le prestaba reales a los chinos, a William Woo y a otros para que realizaran sus negocios. En esos tiempos comíamos con chelines, con centavos, porque todo era barato.

Tengo hermanos de distintas familias, hay Bejarano Cabrera que son cuatro, después están los Bejarano Pérez, Nelson Bejarano, Javier Bejarano que ahora tiene una aseguradora de carros y vende vehículos, Nelson es el financiero del gobernador en la casa de gobierno. Estudié la primaria en el Colegio San José y después la secundaria en el Colón, en el tiempo de los hermanos cristianos, pero fui vulgareado por ser homosexual; como mi abuela tenía reales no me importaba que me vulgarearan. Fue en los tiempos en que los gringos mandaban aquí; los familiares de los gringos, cuando tenían un hijo homosexual, era vudú: lo mandaban a un seminario y también a iglesias que ellos manejaban. Yo tuve un padre que se llamaba el padre David que era homosexual y había hasta un monseñor. Me vulgareban por celos, celos platónicos o celos solapados. A mí nunca me puso el pie encima ninguno de esos desgraciados. Yo tenía un montón de amigos, por mi tendencia homosexual vivía enamorado de ellos. A Lambert, el mejor basquetbolista de Nicaragua, lo encontré romanceando con el padre David donde se vestían los sacristanes. Era un vulgareo de poder, ellos daban notas por manoseo y relaciones homosexuales. En ese tiempo era un escándalo ser homosexual, era el tiempo que daban clases Gustavo Meza que era profesor de física y química, Roy Hodgson que era pianista, fue el que hizo los himnos del San José y del Colón.

No terminé mis estudios en el Colón, llegué hasta tercer año. Me fui para Managua donde hice un curso de telecomunicaciones. Como yo machacaba el inglés me fue fácil, eso lo hice en el instituto de comunicaciones ubicado cerca de las Piedrecitas. Nunca trabajé, para qué si mi abuela tenía un cachimbo de reales. Mi tío era José Delgado, secretario del Partido Liberal en la Costa Atlántica y cónsul de Colombia.

    ¿Van a ordenar algo más? —preguntó el mesero al retirar la botella y la taza vacía.
    ¿Qué querés vos?  —me preguntó Mike.
    Una botellita de agua.
    A mi tráeme otra cerveza, ¡búscamela cubierta de velo!

El mesero, un black creole de unos veinticinco años, mostró sus dientes blancos al sonreír y Mike continúo su relato.

Mi papá tenía una cantina muy famosa, se llamaba “El Coquito Bar”, era cantina y prostíbulo. Yo le ayudaba a mi papá. Quedaba en el barrio de la cantina de Lindo, la gente le decía así porque había un viejo que le llamaban así y vendía guaro. Quedaba en el sector de  “La Poza del Diablo”. Allí me iba a bañar con mis amigos, bebíamos guaro porque mi abuela era la regenta y socia de los licores Bell; yo me robaba el guaro y pasábamos disfrutando. Yo sólo bebía cerveza, pero con miedo porque mi papá era muy rígido, ¡uf, uf! Él no andaba perdiéndome a mí nunca, ninguno de mi familia me perdió a mí; él estaba enamorado de sociedad obrera de Bluefields, era presidente del Club de los Obreros y, como él tenía sus enamoradas, no nos hacía caso a nosotros porque estábamos bajo la tutela de mi abuela. Tenía un taller de zapatería y era muy machista, machista, machista. Una vez me encontró en un cuarto encerrado con un amigo mío de colegio que se llamaba Chico, vivía aquí cerca, al lado de la casa de un chino que era fotógrafo; me cachimbió con el tira pie y me dijo “aquí ya no quiero cochones”. Pero, ¿qué?, árbol que nace torcido no se puede enderezar de la noche a la mañana.

En aquel tiempo nos vulgareaban, la homosexualidad era perseguida. Llegó un día en que me puse furioso y le contesté a alguien: “¿qué pasó?, ¿por qué me vulgariás a mí?, andá buscá, andá a las iglesias, allí hay, andá busca a los seminarios, allí hay montones, solapados, yo ando libre gracias a Dios”. En esa etapa éramos como 150 maricones: Arnal, Chico Arce, Allan, el hermano de Anthony Matthew y otros. Yo te digo, mientras no viva del gobierno, mientras no le trabaje a nadie, a mí me vale verga, porque a mí me respeta mi familia, los Bejarano, me vale lo que diga el resto del mundo. Hasta Papas han salido maricones, nadie dice nada, como son benditos. Aquí hay muchos políticos que son maricones, unos son culos benditos y otros son turcas benditas y son aceptados, nadie les dice nada.

El mesero se acercó a la mesa con una bandeja, vació la cerveza en un vaso y abrió la botella de agua. Mike se quedó en silencio, yo escuché las voces de una pareja de gringos que hablaban en inglés cerca del área del balcón de la galería.

    Este hombre es fino, por eso me encanta venir aquí. ¿Viste como chorreó la cerveza? —dijo Mike y el mesero dio la vuelta, siempre sonriendo.
    Contáme lo de las cantinas de ese tiempo, ¿cómo eran?

Las cantinas en aquel tiempo eran unas cantinas sanas, no había crímenes, nadie te asaltaba, podías ir a un Palo de Mayo, a cualquier parte, y nadie te tocaba. Mi lugar era donde “La Vilma Roja”, era mi lugar de reuniones con mis enamorados. Unos de mis amigos eran “Cañeco” y “Pitri”. Esa señora era rígida en su cantina. Yo llegaba con Allan, éramos íntimos amigos, me ha respetado y yo lo he respetado, viajamos juntos a cumpleaños de otros homosexuales de Managua, él pagaba la avioneta porque tenía su cantina, su putal. La cantina de él quedaba en Santa Rosa, también estaba la de la Marlene, la de la Urania, la de la Delia, habían varios prostíbulos. Yo también tenía uno, chiquitito, se llamaba “Kamikaze Bar”, me lo regaló un japonés que era capitán de un barco que se llamaba Kamikaze Maru. En ese entonces estaba Pedrito Bustamente, me dio una mantenedora, no tenía sillas. Doña Aurelia, hermana de Harry Brautigam, esposa del doctor Hooker, me regaló las primeras mesitas. Era chavalo, chavalo, pero con ideas de superar.

Llegaban varios que me cerraban la cantina, entre ellos Pablo Corrochel, Felipe Perdomo, el papá de Martín, Harold Springer. Había bastantes cubanos que se vinieron después de la Revolución, eran mis clientes y fueron los pioneros en la pesca de langosta aquí en la Costa porque aquí nadie sabía nada de eso.

    ¿Y visitabas las cantinas de El Bluff?

¡Claro, oye!, visitaba varias: “El Mameluco” que quedaba en la salida a la playa, “El Vietnam” de la Shirley y otras como “La Cabaña”, “El Dragón de Oro”. Yo tenía mi negocio, pero fíjate que yo soy un maricón raro, nunca abusé de nadie, nunca toqué, no; beber, beber, ser maricón es ser maricón. Ahora hay un montón de mariconcitos aquí en Bluefields que no sé si están enojados, pero yo no los apoyo. Desde que nací tengo todos los derechos que cualquier ciudadano tiene, ellos están pidiendo más y más, ¿para qué?  Por allí machetearon a uno, manoseó, le tocó las partes a un hombre y no le gustó, el hombre le cortó la mano. Hace poco el doctor Alba le hizo la operación, se está recuperando.

    ¿Entonces, ibas a El Bluff y te quedabas allá?

Claro, cuando tocaba el conjunto de José Luis iba a la fiesta de la virgen del Carmen, iba con mis putas y Allan llevaba las suyas.

    ¿Y llevabas a tus amores? ¿Se miraban allá?

No, yo fui un maricón tan excepcional: tuve tres amores y hasta allí ya llegué. El primero fue Chuch, profesor de matemática del Colón, el segundo fue el que era jefe de deportes del San José pero era muy culión, y el último es Pachanga, era joyero y miembro del partido Sandinista que ahora ni lo vuelven ni a ver al pobre, se está muriendo, tiene hemorroides. Por eso es que yo no me meto en la política, si me hubiera metido, ¡uh! Fíjate que una vez me invitaron, de un partido me dijeron “Mike, no querés ser del partido para que seas tal cosa”, “no, no me gusta la política”.

Yo tengo un hermano que me adora mucho, se llama Javier Bejarano, todo me acepta, me invita a beber guaro, me respeta: como soy el hermano mayor de la familia Bejarano, él me adora mucho, todos mis hermanos me adoran.

    Esa fue la etapa de tu juventud, tu esplendor.

Sí. Me enamoré de uno de El Bluff, de Juan, el hijo del coronel Brenes. El coronel no, pero la esposa, Yolanda, me volaba verga, me llamó y me dijo que me iba a mandar a echar preso. Como era hija del coronel Peters, ella quería mandar. Yo le contesté, “mire, señora, no me ande molestando, deje a su hijo, además él no es para mí”. Yo lo consentía en mi negocio, él se atendía solo, si había gallo pinto, comía gallo pinto. Era joven, culiaba, pero a mí me encantaba.

    ¿Y después del triunfo de la Revolución cómo era el ambiente?

La cosa fue peor. Los sandinistas mandaron desparecer los prostíbulos. En el tiempo de la guardia igual, el general Somoza cae, no porque era malo, sino por los que andaban detrás de él, los allegados, varios coroneles que manejaban la prostitución, cantinas y ruletas. Yo iba a la Tropicana, ese lugar era de uno de los grandotes, de un coronel que mangoneaba, Victorino Lara, era el cobrador de todos esos negocios. ¡Ideay!, ganaban un sueldo y tenían una casa de vidrio, ¡ja, ja, ja! Vienen los sandinistas y dicen “vamos a poner una sociedad proletaria y ahora salen burgueses”. Saben a quién tocan, porque nunca tocaron a los Pellas ni a los Chamorro, ni Somoza los pudo tocar. Les volaron verga a los homosexuales, a las prostitutas y cerraron los negocios, pero dejaron los que a ellos le interesaban como “Aquí Polanco”, un prostíbulo donde llegaban hasta embajadores de todos los países.

    ¿Y ahora, en esta etapa?

Ya adulto, maduro, sigo siendo el mismo Mike. Hola, hola, tengo muchas amistades, tanto hombres como mujeres. Adiós, buenos días, buenas tardes, hasta allí, no más. Me dedico al Duqui, vendo mis duqui, hago mis rifas, vendo lotería escamoteada porque la gerente de la lotería no me quiere; ella fue impuesta por Schwartz y desde el tiempo que ella llegó allí nunca me apoyó. Ya me dieron mi jubilación, te la voy a enseñar.

Un camión comenzó a pitar en la calle, frente a la galería. Mike sacó su billetera, me mostró su carnet de jubilado y puse en pausa la grabación para verlo. Escuché el ruido proveniente de la cocina y las voces de los clientes. Una mujer joven, con el pelo amarrado en moño y de lentes, cruzó el salón y se sentó en una mesa cercana de la pared derecha cubierta por cuadros de pintura. De su bolso sacó una computadora portátil; yo regresé con Mike.

    ¿Cómo cuántos son tus ingresos?

Semanalmente me gano como unos tres mil córdobas en todos mis bisnes. A veces más, a veces menos.

    Ya tenés tus clientes, clientes fijos.

¡Ah, claro que sí! Soy poquitero. No te estoy diciendo que la Revolución es un cambio, pero muchos delegados de las oficinas del gobierno creen que ellos son los dueños. No, eso no es así.

    ¿Existe una organización de homosexuales en Bluefields?

Sí hay. Hay como mil y pico de homosexuales, pero organizados son pocos, los más allegados al Presidente que se llama Tyron. A mí me buscan cuando los quieren quitar de la directiva, cuando lo están desbarrancando, cuando hay elecciones para que vote por ellos, por él, para que lo reelijan. En esa organización hay lesbianas y hay homosexuales. Son como dos mil quinientos entre maricones y cochonas. En mis tiempos la población era como de siete mil personas, ahora hay más de cien mil. En esos tiempos, cuando venía un chavalo con una chavala del puente para allá era casamiento, cuando venía de las piletas de Martínuz en Pointeen era casamiento, ¡ja, ja, ja, ja! Hasta yo iba a esos lugares, pero como te digo, siempre fui un maricón raro.

    ¿Siempre tuviste montones de hombres que te enamoraban?

¡Ay, Dios mío!, desde el sesenta y pico para acá se me olvidaron todos lo que yo he querido. Cada noche tenía un amor; una noche, un amor. Los becados de los hermanos cristianos, ¡ay, ay, ay, ay!, me seguían, eran becados del hermano Lucas. En esos tiempos también había varias prostitutas, “la Diablo Rojo”,  “la Panameña”, “la Rosa Paisana”, “la Vicky Me Voy”, ¡ja, ja, ja!

    Entonces ahora estás tranquilo, con tus negocios, con tu pensión, ¿seguís teniendo amores?

Estoy feliz, feliz, pero amores no, ya no porque en Bluefields los homosexuales estamos perdidos. Los nuevos homosexuales, los jóvenes, le están echando el clavo al pollo, por el pollo, que por el pollo. El hijo de una lideresa liberal, es maricón, ¡uf!, hay un montón.

    ¿Qué querés decir con una noche, un amor?

¡Ah!, que cada noche, aunque no hiciera nada, me sentía feliz, me sentía como la Lady Diana en Inglaterra.

    Has disfrutado la vida y tenés amigos, ¿te sentís realizado?

¡Claro!, ¡gracias a Dios! He viajado, estuve en Panamá, en Costa Rica, en México, me di gusto. Tuve un amigo granadino que tenía un bus Pulman. Mi familia es de la burguesía de Granada, de sangre pura y noble. En Panamá fui tan egoísta, se enamoraban y me decían: “¡oye chico!,  ¡papi!, ¡nunca he probado a un Nica!”, “ni lo vas a probar, porque este mortorio no es para cualquier zopilote”, les decía. Llevaba guaro y cotonas bordadas, yo no andaba en esa cosa. Tengo amigos regados por todo el mundo, por eso te digo que me saludes a mis amigos regados por el mundo, a toda la comunidad Lasallista que me conoció aquí en Bluefields. Yo no tengo prejuicios contra nadie y lo mejor de todo es que sólo me enamoré de uno, de Lambert. Yo soy homosexual y nunca he creído en el amor entre los hombres, porque es una inversión monetaria de parte de los hombres. ¡Imaginaté!, ¡yo ya vieja y haciendo tortillas!, ¡Ave María! Salúdamelos, a todos, a todos mis amigos regados por el mundo, a Chico Vela, a Tilo, a todos, todos.

Claro que sí Mike. Estoy seguro que van a recordar esos tiempos de chavalos, te van a recordar con mucho cariño, le dije; apagué la grabadora y terminé la entrevista.

Bluefields, Nicaragua.
Agosto de 2015.

lunes, 25 de junio de 2012

LAS PREFERIDAS DEL PUERTO

Al abordar la panga lo reconocí inmediatamente a pesar del tiempo transcurrido. “Hola, te acuerdas de mi”, le dije y entablamos conversación. Desde muy joven, a los diecinueve años, Felipe se trasladó a vivir a los Estados Unidos con sus padres, y ahora, a la edad de sesenta y cinco años, regresa como turista.

“Voy a visitar viejas amistades”, dijo en el trayecto, gritándome al oído por el rugir del motor de setenta y cinco caballos de fuerza. Vi que admiraba como cuando niño la costa de la bahía, Half Way Cay, la isla del Venado y la de Miss Lilian. Descubrí en su antebrazo derecho el tatuaje de una mujer desnuda dando la espalda, acostada sobre una toalla en la que cae su larga cabellera negra, y, al darse cuenta, lo cubre bajando las mangas de su camisa.

Desembarcamos en el muelle de El Bluff y comenzó a llover. Resguardándonos en la caseta me pidió que lo acompañara en su recorrido. “Creo que es por aquí, debemos caminar a la derecha”, dijo al abandonar el andén. Subimos por una ladera resbaladiza, agarrándonos de pequeños arbustos y raíces para no caer. Volví a percibir el aroma exuberante de la humedad arraigada en el suelo, el canto de las loras, que por gracia divina sobreviven a la hambruna, y las casas de madera en hileras, una detrás de otra, devoradas por el tiempo.

Toca la puerta, llama su nombre; no hay respuesta. Insiste y desde el fondo de la casita escucho un grito: “¡¿quién me busca?!” Con cierto temor, Felipe contesta y dice su nombre. No responde, pero el ruido de los pasos delata su presencia. Escucho que quita la aldaba, su esfuerzo al levantar la tranca y, al empujar la puerta de un tirón, Felipe se retira porque abre hacia afuera.

Lleva puesto un camisón celeste emblanquecido por las lavadas, calza chinelas de gancho y se sostiene de la tranca. Su cabello, el que aún le queda, se muestra cano, gris y blanco, cenizo. Su mirada es golpeada por la luz que entra a través del rectángulo de la puerta. “No has perdido el brillo coqueto de tus ojos”, dice Felipe. Lo observa de pies a cabeza, buscándolo en los pliegues guardados de su memoria, y luego de unos segundos sonríe. “Entrá papacito, te sigo esperando”, responde al tomarlo con su mano arrugada y atraerlo hacia la pequeña sala. “Y vos, pasá también” dice al verme en la puerta. “Abrí la ventana, que entre aire y luz que quiero verte en la claridad”, le indica a Felipe. “Siéntate aquí a mi lado y vos arrimá aquel banco”, agrega al sentarse en una mecedora.

“Me he dado cuenta que te va muy bien en la yunai. Hasta ahora te acuerdas de mí, ni una postal enviaste, menos una cartita, sos un ingrato pero no te guardo rencor, no tengo por qué. Te agradezco el gesto de visitarme aunque ahora no vas a disfrutarme como en aquellos tiempos. Mírame como estoy, la vida se acaba, el tiempo nos destroza, pero no quiero ponerme sentimental, menos con vos que tanto cariño te di. Quién iba a decir que después de tanto tiempo, no dudes en detenerme si me equivoco, porque hasta olvidadiza estoy, más de cuarenta años desde la última noche que apareciste, así como ahora, golpeando desesperado la puerta, te ibas a parecer tanto a tu padre, el gringo dueño de barcos pesqueros, nunca te imagine así, cómo pasa el tiempo, se nos escapa sin darnos cuenta”.

“Esos fueron los tiempos dorados en este puerto. Los tiempos de la Booth, de los barcos mercantes, de la abundancia porque de todo había, hasta los burdeles eran necesarios para calmar las penas de los marinos que regresaban forrados de billetes y rabiosos por refugiarse en los brazos de una mujer después de pasar un mes en altamar añorando el Vietnam, el Dragón de Oro y a nosotras, las preferidas de todos ellos: la Chepa, la Chabela, la Pasito Corto, la Diablo Rojo, a la Marta, la Casimira, la Yegua Blanca, a todas nosotras que tan bien los tratábamos, todo lo que querían se les consentía”.

“Te fijás, me he adelantado, la memoria se me escurre porque antes de nosotras, la preferida de todos los guardias en días de pago, los de aquí y de Bluefields, y los chavalos de esa cosecha, entre los que recuerdo a Pinolillo, Charol, el Zancudo, Chico, Noel y el Negro Palancón, ¿sabías que al pobre Negro lo mataron en el mercado Oriental, lo sabías?, tan bello el negrito, bien dotado el bandido, la que calmaba sus andanzas era la María Cutuna que apareció aquí por los años cuarenta desde Granada. Vivía en la casa del Mandador, allá abajo, detrás del cementerio a orilla de la bahía entre guayabales, cerca del suampo. Prendía un candil, sintonizaba radios colombianas porque le encantaban los vallenatos y la pobre se enzepolaba para ganarse el día a la edad de setenta años, sin poder moverse; pero era escandalosa, hacía un tremendo alboroto para entusiasmarlos por cinco pesos”.

“En esa época las cantinas famosas eran las de Miss Lilian y Miss Pet, no eran burdeles legítimos sino que tenían sus cuartitos de desahogo que mantenían bien limpitos unas guapas cornaileñas, ojos verdes y morenas, que atendían a los clientes de los barcos mercantes, alemanes, franceses, noruegos, gringos, de todos lados que pasaban por aquí. Ya sé que esa mirada tuya no es de sorpresa, nunca te ha cambiado. Qué lástima, te fuiste pichón, lleno de vida. Aunque no lo creas, nunca olvido aquella semana santa que pasamos en uno de los ranchos que instalaban en la playa; vos haciéndote el rogado, llegabas a la mesa y te escapabas con tus amigos, pero apenas se iban, cuando la playa quedaba desolada con sólo Blofeños la fiesta comenzaba”.

Hace una pausa, se inclina con esfuerzo y estira su mano hacia Philip.

“Déjame que te toque ese bigote canoso que tenés, discúlpame, pero esos recuerdos del pasado me ponen espumosa, me ablandan el corazón, me tiemblan las piernas con sólo pensar en la dicha de haberte tenido aquí pegadito a mi cuerpo, este cuerpo que ahora miras inútil, envejecido por los años, te hacia subir al cielo, te babeabas en mis pechos ahora vencidos, estas nalgas ahora escurridas te volvían loco cuando te cabalgaba como potro arisco y estos labios marchitos bebieron la miel de tu cuerpo hasta rendirte de gozo. Dame un segundo, ya regreso”.

Se levanta y entra a la habitación. Felipe me mira desconcertado.
 
 “Aquí tengo esta foto, estoy en el Vietnam, las dos que están a mi lado son amigas que viajaron conmigo desde Corinto. Te acuerdas de ellas, tenés que acordarte, siempre estábamos juntas, éramos inseparables. El Vietnam, qué ocurrencia tuvo la Shirley de ponerle ese nombre al burdel, la misma guerra, la guerra entre hombre y mujeres, entre las mujeres de los maridos escapados y nosotras como que fuéramos culpables de la carencia de mañas para enloquecerlos, de no permitirles sus juegos de fantasía”.

“¿Estás sorprendido?, ¡pero si vos lo sabes!, los grandes señores de aquí y de Bluefields eran nuestra clientela exclusiva. Aparecían en grupos, medio borrachos, envalentonados y el esmero de la Shirley por atenderlos era tal que cerraba las puertas, se iba para donde su Bato y nos dejaba solas para que todo lo disponible fuera de ellos. Amos y señores del putal, pero después, santos sin mancha, sólo quedaba el reguero que hacían. Imagínate, todos en bolas, a media luz con la roconola en alto, unos chineando, otros sentados en la barra, tocándonos, bebiendo, fumando, dos con una, una con dos, ni los cuartuchos ocupaban, allí nomás donde todos miraban sin perturbarse, sin molestar, sin miedo porque no eran desalmados, se divertían, un pasatiempo que tanto necesitaban así como nosotras el dinero de ellos para sobrevivir. A los bochincheros, los chivos fijados, una vez los corría la Shirley y no los volvía a dejar que pusieran un pie en su Vietnam. Era cumplida, todos los viernes nos llevaba en procesión a Bluefields para que pasáramos revisión en la sanidad. Ahora todo ha cambiado, los hombres no tiene para pagar un polvo, los pobres están sin trabajo, andan pidiendo para drogarse, la piedra no deja que se les pare, mientras yo muero entre la sombra de estos árboles de mango”.

“¡Te veo inquieto!, ¿no te gusta que hable de eso?”

“Debo irme, vamos hacia el muelle de los barcos camaroneros, luego tomaré unas fotos del parque de la loma y caminaremos hacia la playa. Ha sido un placer verte, tus recuerdos me hacen volver a vivir esos años que tanto añoras”, dice Felipe. 

Lo toma nuevamente de la mano y Felipe le da un beso en la frente. Salgo de la sala, bajo las dos gradas y cuando Felipe se dispone a hacerlo ella le dice: “Te olvidaste”. Saca su cartera, toma veinte dólares y al intentar que los agarre lo queda viendo sorprendida. “Mi preferida”, eso es lo que me decías cuando salías mareado guindo abajo.

martes, 10 de mayo de 2011

PROPUESTA SINCERA

Eusebio seguía indeciso cuando salió al cruce del camino con dirección hacia la Esperanza y Nueva Guinea proveniente de Yolaina, cerca del río la Sardina. Una hora antes había visitado a su compadre Julián, obligado por el vendaval que le caía encima. Lo divisó borroso, como a treinta varas de distancia, sentado en el corredor de la casa. Era sábado y había terminado de socolar diez manzanas en la falda oeste de la cordillera donde tenía su parcela, después de una semana de trabajo. El capote destilaba agua, el caballo cabeceaba de frío, sus manos húmedas temblaban, sus mandíbulas tiritaban y decidió visitarlo para escampar.

    ¡Pase adelante compadre! —dijo Julián al verlo entrar por la puerta de golpe.
    ¡Clase de aguacero, parece un diluvio! —respondió Eusebio al bajar de caballo, quitándose el capote para cubrir la albarda.
    Siéntese compadre, en ese banco —le indicó Julián, se levantó de la silla y le ofreció una media de Caballito. ¡Para que se caliente! —agregó.

De un tragó se bebió la mitad de la media y estiró las piernas sin escupir. Le conversó sobre el trabajo que había terminado, sus planes de siembra y que se dirigía a parrandear a la cantina del Zapote en Nueva Guinea, mientras Julián abría otra media.

    Compadre, a su edad es hora que se busque una buena mujer —dijo Julián y agregó, luego de tomarse un trago, — usted padece de brama acumulada, necesita una buena mujer, una que sea sólo suya y por esta que se le quitan esos relinchos de semental encerrado.
    Ya ando en los cuarenta, compadre —respondió. A estas alturas se me hace difícil encontrar una como la que usted dice.
    Busque una que se haga cargo de usted, que lo cuide. Cuando llegue a mi edad se dará cuenta que nada se gana con andar con esas zorras del Zapote —dijo Julián al pasarle la media.

Aún con dudas y sediento de guaro, Eusebio pensaba en lo que su compadre Julián le había dicho; arrendó el caballo y se dirigió hacia Nueva Guinea. Al pasar sobre el río la Sardina las aguas no habían bajado de nivel y apresuró el paso. Llegó a la cantina y pidió una media. Las mujeres de la cantina lo atendieron como siempre, le poncharon sus canciones preferidas y una de ellas se sentó a su lado. Se bebió la media con la mujer, pero las palabras de Julián lo perturbaban. Pidió la cuenta y otra media, despidiéndose ante el asombró de las mujeres. “Tiene razón mi compadre, voy a ir donde doña Magda”, pensó apresurando el paso del caballo.

Magda era una viuda llena de encantos que se ganaba la vida haciendo tortillas y rosquillas. Su casa estaba ubicada cerca de la cantina, al doblar por la casa del corral en dirección a la zona dos. A su marido lo mataron en la guerra y quedó con tres hijos, dos ellos varoncitos menores y una hija, Carmen, que tenia dieciocho años. Morena, pelo largo, labios finos en su boca chiquita, ojos negros grandes, llena de gracia, de buenos modales y trabajadora junto a ella en el arte de las cosas de horno que les permitía sobrevivir.

Cuando Eusebio llegó, la viuda estaba sola. Los chavalos y Carmen andaban dejando los encargos de sus clientes. Lo recibió como siempre que visitaba la casa, con cortesía. Se sentó en un taburete cerca de la viuda que limpiaba el corredor. Eusebio sacó la media de la bolsa de atrás y se tomo un trago ligero. Magda peló un mango, lo rodajeo, pringó sal y dijo: “¡para que no se ahogue!”

    Sos tan encantadora, Magda, quiero que te tomes un traguito conmigo —dijo pasándole la media.
    Don Eusebio, qué atrevimiento, usted sabe que yo nunca tomo. Con un trago me pico.
    Ahora sí, tengo algo que decirle que me anda atragantando desde hace varios días y usted debe tomarse uno para que no se altere.
    Si es así, usted manda.

Magda siempre pensaba que las visitas de Eusebio eran por su hija Carmen y que por tímido nunca entraba en materia. Lo miraba un poco madurito, pero al final era un hombre honrado y trabajador, aunque hacia despilfarro con los reales por sus mañas de andar con mujeres de la cantina, pero bien manejadito podía ser gobernado.

Eusebio le contó la historia de su vida, sus andanzas, su vida de macho de pelo en pecho, de los tiempos que anduvo en la guerra, de su coraje y valor, de ser macho respondón, del respeto que se ha ganado a punto de golpes y trabajo, hasta que Magda lo interrumpió.

    Bueno Eusebio, déjese ya de cuentos y diga de una vez por todas qué es lo que quiere.
    Mire, no es borrachera, esto lo he pensado bastante. ¡Quiero que se case conmigo!
    ¿Cómo? ¿Usted y yo? ¿No es con la Carmen?

La viuda se quedó viéndolo entusiasmada y brotaron lágrimas de sus ojos, mientras Eusebio la acurrucaba en sus hombros.

    Hoy mismo vamos donde el padre Julio para que nos eche la bendición como Dios manda —dijo Eusebio acariciándole el cabello.
    ¡Pero, Eusebio!
    ¿No es así como le gustaría?
    Pues sí, pero vaya al suave. Espere que venga Carmen y los chavalos, que le avise a mi comadre Julia, que me aliste. Con el difunto fue distinto, usted sabe, los calores de la juventud.
    Usted dispone, pues.

Se echaron otro guapirolazo y contentos hacían planes porque Eusebio quería casarse lo más pronto posible. De la bota de hule sacó una bolsa de plástico con un rollo de billetes de cincuenta pesos, se los ofreció pero ella se negó a aceptarlos, disgustada, diciéndole que aún no estaban casados y que ella tenía sus realitos ahorrados.

    ¿Pensaste que era con la Carmen? Pues te voy a ser sincero ya que vas a ser mi mujer como Dios manda. Mi compadre Julián me vive remachando que debo buscarme una buena mujer, yo nunca había pensado en casarme. Siempre dice que padezco de brama acumulada por falta de una mujer para mi solito, que debo casarme y es la verdad.  Lo he pensado mucho, ya estoy pasando los cuarenta y estoy cansado de andar con mujeres de cantina. Si me casó con una chavala como la Carmen me sale la mula careta porque soy celoso y ya me imagino la paridera, la zipotera llorona, cagona y, al final, tendría que vivir mimándola y aguantando. Pero con vos la cosa es diferente, saldré ganando porque es a mí a quien vas a mimar y nadie te va a andar enamorando. Lo que quiero es una vieja como vos que me de paz y tranquilidad, hacer plata porque sos trabajadora y todavía estas buena. ¡Para qué pedir más!

Magda lo escuchó con atención. Se quedó viéndolo, temblando de nervios y arrechura. Eusebio notó el cambio cuando se le acercó con el mango de la escoba apretado con fuerzas.

    ¡Ve que lindo! ¿Para eso me quieres, animal? Para que te ande cuidando, para que te lave y te cocine, para que te aguante. ¿Qué ya estoy vieja y nadie se va a fijar en mí? Andá vete a ese espejo de la sala y vas a ver la jeta de caballo que tenés. ¡Enamorados me sobran! Vos no sabes tratar a una mujer de verdad, sólo a las zorras del Zapote. ¡Te me vas de aquí! ¡No me vuelvas a poner los cascos en esta casa!

Eusebio nunca la había visto tan enojada, salio del corredor, se montó en el caballo y al girar dijo: “¡Es verdad, soy un caballo! ¡La cague todita por sincerarme con usted!”, mientras Magda enfurecida hacía ademanes de darle con le escoba.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 09 de mayo de 2011

lunes, 28 de marzo de 2011

EL CALLEJÓN DE LA MUERTE


La vestimenta reflejaba su carácter: minifalda roja cortita que mostraba sus largas y torneadas piernas, blusa amarilla escotada sin mangas que exponía semiocultos sus voluminosos pechos, una cartera blanca colgaba en su hombro izquierdo, zapatos negros, tacón alto, seducían con el movimiento de sus caderas al ritmo de sus delicados pasos, pañuelo rojo amarrado en su cabello lacio, pulseras multicolores en su muñeca izquierda y un diminuto reloj Timex en la derecha. La pintura labial agrandaba sus finos labios y el maquillaje excesivo ocultaba su odiada cicatriz del pómulo izquierdo. Sus ojos color miel hipnotizaban, atrayendo cuando sus párpados agitaban las largas pestañas.

Se detuvo en la esquina de Wing Sang, observó el reloj importado de Nueva Orleans que Gustavo le había obsequiado y se dio cuenta que llegaría tarde. Pensó en los pocos días que faltaban para abandonar esa vida miserable y marcharse con él hacia Juigalpa, donde sería trasladado para cumplir con su deber como sargento en servicio activo de la guardia nacional. Debe estar en el billar, pensó. Abrió su bolso, sacó una cajetilla de cigarrillos mentolados, encendió uno inhalando el humo y el aroma denso, saturado por los desechos depuestos de los habitantes de la ciudad, proveniente del manhole abierto. No aguanto más, todo apesta, pensó mientras uno de los chinos depositaba la basura en un barril frente a la tienda, ritual cotidiano para evitar el estancamiento de la buena fortuna y atraer energías positivas. Eso es, debo salir de esta ciudad, pensó. Cruzó la calle para dirigirse al billar.

De pie, en el dintel de la puerta, su presencia provocó silbidos y piropos de los espectadores, mientras los jugadores de carambolas y bola ocho fallaron en sus tiros. ¡Aquí estoy, mi amor! ¡Espérame y nos vamos al Hollywood! ¡Siempre te manténes rica! ¡Aquí está tu papacito!, ¡Doctor, lo buscan!, ¡Doctor! Al ver al doctor se llenó de coraje, dio la vuelta y con un leve impulso movió sus nalgas en señal de despedida provocando carcajadas y silbidos en el salón de billar. Debe estar de turno, pensó; caminó indecisa hacia la esquina de Chico Quant.

Sus pensamientos retrocedieron a la edad de catorce años cuando era empleada doméstica en la casa del doctor. Limpiaba la habitación y escuchó cerrar la puerta, lo vio desnudo, mirada enloquecida y sintió su fuerza al tirarla en la cama; desgarró su falda amenazándola, ¡si gritas te mato!, con furia quitó su prenda íntima y, al gritar, la golpeó en el pómulo, cubrió su boca con la mano izquierda y sin fuerzas sintió la profanación de su cuerpo con dolor ardiente mientras él jadeaba exhausto, embrutecido, bañado en su propio sudor. Al saciarse observó sangre en la sábana y salió triunfante de la habitación. ¡Maldito!, dijo. Siguió caminando.

Al cambiarse de acera notó que la seguían y apresuró el paso. Frente a la boca del callejón escuchó su nombre: ¡Silvia, Silvia, espérame, amor! Volvió la mirada, era Jorge Borges. Nunca le hacía caso, en su condición de prostituta había sostenido relaciones con diversos tipos, pero detestaba a los rudos y pendencieros como él que hacen alardes de su fuerza y hablan porquerías de las mujeres.

Entró de prisa tratando de esquivarlo, sintió el golpe del aroma nauseabundo y, al fijar la mirada en el suelo, evitando pisar los excrementos, Jorge la atrapó de la cintura. Gritó con todas sus fuerzas a la vez que trataba de eludirlo pero su poderío era mayor. La escena del pasado se repetía y desesperada dirigía sus gritos hacia la cantina ubicada al final del callejón. La música estridente de la rocola no permitía que la escucharan; desesperada lo mordió en el hombro. Él, furioso, golpeó su vientre y levantó el puño para seguir golpeándola cuando sintió una fuerza semejante que detenía el impulso. Era Gustavo, vestido de civil, que acudía a la cantina en su búsqueda. ¡Guardia estúpido, no te metas!, le gritó. ¡Cobarde, golpéame a mí, cabrón!, respondió Gustavo. Entre forcejeo y golpes, Jorge clavó un puñal en el pecho de Gustavo, lo sacó con furia y tras una segunda estocada perforó su hígado, cayendo al instante bañado en sangre. ¡Dios mío, lo mataste, lo mataste!, gritaba angustiada, impotente ante el lamento moribundo de su amado.

Al verlo sobre su propia sangre, Jorge corrió de prisa huyendo, buscando cómo salir a la calle en el mismo instante que dos compañeros de Gustavo entraban al callejón dirigiéndose a la cantina para tomarse unos tragos con él. ¡Atrápenlo, mató a Gustavo, es él! gritó Silvia. Lo agarraron con el puñal ensangrentado en las manos, lo golpearon y patearon, maldiciéndolo hasta dejarlo postrado de dolor. El cuerpo de Gustavo fue retirado y llevado al cuartel junto con Jorge Borges. Silvia se dirigió en llantos a la cantina de Maybel quien cerró temprano despidiendo a los borrachos y pasó el resto de la noche consolándola.

Al amanecer, un grupo de personas se aglomeró en la boca del callejón. El cuerpo de Jorge Borges tirado en el suelo mostraba un orificio de bala en el pecho e incontables moretones. Corrió la voz por la ciudad y los familiares retiraron el cuerpo. Trataron de celebrarle misa para luego sepultarlo, pero el cura no lo permitió porque la multitud enardecida gritaba ¡Basta ya, basta ya!, ¡abajo la dictadura!, ¡viva Agüero!, mientras un avión de la fuerza aérea surcaba el cielo de la ciudad con el cadáver de Gustavo acompañado por Silvia vistiendo de luto.

    ¿Siempre fue violenta la ciudad? —preguntó al escuchar incrédulo a Maybel.
    Hoy más que antes. Por ese asesinato y otros le encajaron el callejón de la muerte —dijo pensativa y agregó — ahora asaltan y matan a plena luz del día, desde chavalos los asesinan con la droga que circula hasta en las escuelas.
    ¿Cómo lo sabe?
    Está a la vista, vaya a dar una vuelta y se dará cuenta de lo que digo. Tenga mucho cuidado, los ladrones, vende drogas y asesinos andan sueltos por las calles, se pasean como Pedro por su casa.

La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 27 de marzo de 2011

martes, 15 de marzo de 2011

HERVOR DE NOSTALGIAS

¡María Teresa, escondé la porra de frijoles!, gritó al verlo después de retirar la cadena y abrir el portón de madera sellado con laminas de zinc oxidadas. La abrazó y besó su mejilla con ternura, como a una madre. Con el bastón le indicó que pasara adelante. Tomó su mano, observó su fino cabello cano, su mirada octogenaria tras los lentes y sintió el ritmo de sus endebles pasos. Con su ayuda y un impulso infantil subió un peldaño, entraron a la casa y al acomodarse exhausta en la mecedora se quejó del dolor reumático en sus rodillas. Lo invitó a sentarse en la pequeña sala comedor y sus recuerdos se escaparon comprimiendo el espacio.

La brisa proveniente de la playa del Tortuguero refrescaba el amplio corredor de la casa, sin cercos ni barreras. El único obstáculo ante la mirada era el techo rojo de la aduana. Frente a las gradas de acceso al muelle dominaba el paso de lugareños, el subir y bajar de los guardias, de marinos eufóricos acompañados de mujeres alegres hacia los barcos mercantes, de chamberos, borrachos y desocupados. Descubría el plato del día de las familias del puerto que se abastecían de carne y verduras frescas en el mercadito de doña Bernarda Peña, ubicado al bajar las gradas, detrás del cuartel de la guardia.

Expectante disfrutaba las conversaciones guayoleras de Tapalwas, el pedir insistente del trago de guarón por Masayita, su carpintero preferido, sin descuidar el ladrido de los perros que la alertaban de intrusos en el patio trasero robándoles sus apreciados “sugar mango”. Al escucharlos tomaba el rifle calibre veintidós guardado en el mostrador de la sala, salía al patio y disparaba ahuyentándolos. Una vez le dispare a Charol, le di en el sombrerito de media ala y gritó ¡Ay, don Octavio ya me mató!, cayó desmayado del susto y nunca más desaparecieron las gallinas ni los mangos, los mantenía a raya.

En la sala, Don Octavio, su marido, llenaba el ambiente con su presencia. Alto y delgado, vestía siempre pulcro, camisa manga larga almidonada y pantalón color caqui. Le llamaban “el Coronel” por su apariencia y seriedad. Atendía a los clientes que hacían gestiones en busca de timbres y permisos para matanza de cerdos en su agencia fiscal, instalada en el mismo salón donde vendía guaro lija. Por las mañanas sus clientes asiduos eran Leonidas, Felipe Man, Victoriano y el Africano, todos chamberos del muelle. En cada subida con la carga por las veinticinco gradas, descansaban, entraban al salón, se tomaban un trago doble y salían apresurados a escupir. De tanto subir y bajar, antes del medio día estaban borrachos. El africano era el único que poseía carreta para transportar la carga, llamada “salgo cuando quiero”, porque borracho, zarandeándose con la mirada perdida frente a la casa, eso gritaba a los que pasaban a su lado.

Al medio día el salón se llenaba de oficinistas de la aduana, agentes aduaneros, estibadores y guardias con rango que se tomaban una cuartita de guaro servida con boquita de pájaro. Era un ambiente festivo sin importar ocupación, raza, clase social y, menos aún, la militancia política porque entre ellos se llamaban “camaradas”. Cuando saciaban su sed etílica, don Octavio cerraba el negocio, tomaba un trago doble de whisky para la buena digestión, almorzaba con estilo de realeza y hacía la obligada siesta. Ella procedía a revivir el fuego del horno ancestral, amasaba la harina y horneaba pupusas, rosquetes, pudines, pan simple y tostado, que terminaban degustándose en las travesías de los barcos mercantes por el caribe.

Procedentes de Bluefields, Pancho, María Teresa y Rosalinda hacían sus tareas escolares y ayudaban en los quehaceres siempre acumulados en la inmensa casa, llenándola de alegría. Por las tardes, salía al corredor y se acomodaba en la misma mecedora donde ahora se quejaba de sus dolores de rodilla. Escuchaba el incesante sonido de las máquinas de escribir mecánicas, proveniente de la agencia aduanera de don Pedro Joaquín Bustamante, situada al lado izquierdo de la casa; observando el diligente recorrido de los empleados hacia las oficinas del Coronel Peters, administrador de la aduana, ansiosos por finalizar pólizas, manifiestos, remisiones y recibos de todo tipo de mercancías que los barcos cargaban y descargaban en las inmensas bodegas. Jimmy Wilson, fumador empedernido, salía al corredor expulsando bocanadas de humo de cigarrillos importados, atento ante las diligencias de los empleados y del paso coqueto de su amada Morcley.

Al lado derecho del corredor, alquilaban una casa a la oficina de telégrafos. Observaba a Frank, el telegrafista, atender al público que llevaba en un papelito sus mensajes y luego los convertía en puntos, rayas y puntos, para transmitir saludos, felicitaciones, pésames, buenas y malas nuevas. Era un hombre extraño y solitario que de noche escuchaba tangos en una radio y reía a carcajadas, imaginándose en un salón lujoso bailando con alguna “Che”.

Preguntó por el ambiente nocturno y observó incomodidad en sus gestos. Por las noches todo quedaba en silencio, lo único que escuchaba era el alboroto de los estibadores en el muelle que trabajaban hasta la madrugada. A eso de las ocho de la noche, atendía a los marinos que regresaban con las mujeres alegres, se tomaban un par de tragos y salían en una romería de cantinas, comenzando por Miss Lillian, Miss Pett, la Pachanga, la Cabaña, el Hípico, hasta dejarlas borrachas en su casa, el nido de putas de la Shirley, el Vietnam. ¿Te acuerdas del Vietnam?

Estoy cansada, ayúdame a levantarme, dijo. Inquieto por el grito que dio al verlo le preguntó: ¡Ideay jodido, no te acuerdas de nada!, ¡se te olvidó el Vietnam y ahora de las noches que venías hambriento con Pancho a beberte el primer hervor de la porra de frijoles!, ¿crees que no me daba cuenta?, de seguro fumaban con el Guerri, el zorro Juan y el negro Glenn esa hierba hedionda, porque arrasaban con todo lo que encontraban en la cocina. A ver, ayúdame, me voy a acostar. Cuando salgas pone bien la cadena, no vaya a ser que se metan los fuma piedra. Anda da tu vuelta, seguí el camino y si ves las cosas mejor que antes me pasas contando para darme cuenta. ¿Y el rifle veintidós?, le preguntó. Míralo, allí está, todavía le tienen miedo, dijo acostándose en la cama. Se despidió besando su frente, recorrió el camino y no volvió a pasar por la casa de doña Juana Angulo.

La Colina, Nueva Guinea.
Lunes, 14 de marzo de 2011.