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martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.


martes, 13 de mayo de 2025

PANTING

 


Es alegre, de conversación rápida.

Su lengua materna canta, embelesa,

y esa cadencia la lleva aún al hablar.

 

Viene de Krasa, un pueblo escondido

en un recodo del río Coco,

a 270 kilómetros al oeste de Waspam,

lejísimos de aquí.

 

Allá dejó su familia materna y paterna.

Combatió a la contra con el Ejército,

y desde 1985 se asentó en estas tierras.

Nunca volvió: le encantan la humedad y el lodo.

 

Ha hecho de todo, que yo sepa:

wachimán, agricultor, cowboy, hacelotodo.

Es buen chambero, pero si uno se descuida,

habla todo el santo día

como si no pasara nada.

 

Se libró de muchas penurias:

hambre y abandono,

del Grissi Signiss y la Liwa Mairen,

esas cosas que su gente carga

aunque él diga que ya es de aquí.

 

Siempre lo veo temprano, por las calles,

saliendo de su trabajo de vigilante;

a veces en el mercado,

el mirador de la plaza,

el parque central, el zonal, o la alcaldía.

 

Es sandinista hasta la muerte —lo dice con orgullo—.

Y cuando nos cruzamos, desde que me divisa,

camina feliz al ritmo de sus pasos rápidos.

“¡Adiós, Waspuc!”, le digo, y se ríe.

 

Siempre lleva algo en su mochila.

Es atento, servicial, de los buenos.

Su nombre es Wilber Panting Wilson,

llamado sencillamente Panting

por sus camaradas, amigos y conocidos.

 

Es una pantera del río

y de la montaña del trópico húmedo.

El implacable tiempo,

simplemente, no le hace nada. 

 

La Colina. 

11 de Mayo de 2025. 

Foto propia.

 


jueves, 5 de abril de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: EL HOMBRE CON MÁS SUERTE DE NUEVA GUINEA


Tenía más de doce años de trabajar en San Rafael del Sur como ayudante en una vulcanizadora. Su jefe le dijo que su hermano, Vicente, necesitaba con urgencia un ayudante para reparar llantas en Nueva Guinea. Sin pensarla dos veces se decidió. “Me voy para allá, le ayudo a tu hermano y me regreso después de quince días”, le dijo Pablo Emilio Guerrero. Pasó por Diriamba dándoles la noticia a sus familiares y el 10 de agosto de 1978 se bajó del bus en Nueva Guinea.
          
Regresó a  buscar a su mujer, Salvadora Ortega Reyes, y volvió para quedarse definitivamente. “Me gustó. Había más trabajo que descanso, poca diversión y era bastante sano. En esa época llovía trece meses al año, no habían adoquines, ni luz eléctrica, ni agua potable. Pocas casas tenían energía eléctrica: el hospital le vendía luz a don Jesús Valle, el dueño de la única gasolinera existente, y el banco le suministraba a las casas de la ciudadela”, recuerda Pablo Guerrero.
          
Comenzó a trabajar con entusiasmo día y noche, ahorrando en el banco lo más que podía y cambió de trabajo. Lo que le favoreció fue el paro nacional. “El paro es peligroso, ya no vamos a seguir trabajando, si acaso hay algo que hacer me van a ayudar mis muchachitos”, le dijo don Jesús Valle, su jefe. Después del triunfo de la revolución se presentó en el Banco Nacional de Desarrollo a retirar los quince mil córdobas que tenía ahorrados pero le hicieron un préstamo por la misma cantidad. Compró una planta eléctrica, unas planchas, una camionada de tucas que las dio a aserrar e hizo un chinamito donde puso el taller. Darío Chamorro le prestó el lugar y comenzó a trabajar. Vendía gaseosas que el camión se las ponía en el taller, la gente de las colonias las llegaba a retirar y así armó su negocio.
           
Siempre ha jugado la lotería. “En una ocasión, estando en Managua, la vende-lotería me pasaba dejando el billete, lo ponía detrás de un espejo, yo lo retiraba y allí dejaba los reales. Ese día, cuando llegue de mañana a retirarlo, una hija de la vendedora me dijo que habían llevado grave a su mamá al hospital y que lo vendieron en una parada de buses. Se lo sacó un busero que le decían Tinajón, se me llevó el billete 5185 con el premio mayor”, recuerda a carcajadas. Siguió jugando y siempre sacaba premios de mil, dos mil y cincuenta mil córdobas.
          
Un día encontró en la gasolinera vieja de Nueva Guinea al vendedor de lotería, le hizo un abanico con los billetes y escogió uno al azar. Le pagó la mitad del valor y lo guardó en una repisa sin saber qué número era. Al día siguiente le pagó la diferencia y siguió en su trabajo. Días después otro vende lotería de Santo Tomás pasó por su taller y le dijo que en Nueva Guinea había caído el premio mayor. “Saqué el billete, se lo enseñé y casi se muere el hombre, no podía ni hablar, ni respirar, ni nada. ¿Qué fue?, le pregunté. ¡Ay hermanito!, ¡te sacaste el billete completo!, me dijo todo desesperado. Agarré el billete y lo volví a poner en la repisa y me gritó: ¡No lo ponga allí!, ¡se le puede perder!, recuerda Pablo.

Fue el 12 de agosto de 1991 cuando la suerte le cambió.  Con el billete premiado número 11402 se sacó noventa y cinco mil dólares. Se dirigió al banco, mostró el billete al gerente y le solicitó que se lo cambiaran. “Me hicieron un recibo y dos días después me mandaron a llamar para entregármelos. ¿Qué va a hacer con los reales?, me preguntaron. Por ahora no necesito comprar nada, les respondí y dejé los reales allí en mi cuentecita. Con calma me puse a pensar en qué podía hacer y comencé a comprar propiedades. Compré el terreno donde estaba antes la Coca Cola en seis mil dólares y ahora me han ofrecido 220 mil dólares; compre aquí donde tengo el taller, mi casa, donde vive mi mamá y una finca de 250 manzanas”, explica con orgullo.
          
La suerte no lo volvió a abandonar. Seis veces se ha sacado premios grandes. Cuando le pregunté cómo es que hace, si se sabe algún “sontín” para sacársela, se puso a reír y respondió: “es cuestión de estar en la jugada, estoy pendiente de los números que caen y no caen. Todo número es bueno antes de jugarlo. A veces me retiro una o dos semanas y después sigo jugando, pero la suerte no es para cualquiera. Enrique, el que vive allí, indica con sus manos en dirección al frente de su casa, se sacó los 20 millones que rifaba la Cruz Roja. No compró nada, solamente una gran mesa donde pasó jugando desmoche y bebiendo guaro hasta que se le acabaron los reales. Una mañana vi a la vendedora de lotería que bajaba las gradas del parque y seguí trabajando. Cuando la busqué ya no estaba, había doblado para el lado de la gasolinera que puso Lolo Rocha y le vendió mi billete a Severiano Lumbí: el enano se sacó el premio mayor y ya ves, por esos realitos lo mataron en su casa, por eso te digo que la suerte no es para cualquiera”.

Pablo Emilio Guerrero siempre sigue jugando la lotería, está pendiente de los números y se entretiene en su taller de vulcanización donde, además de reparar llantas, construye bombas de mecate, fogones y cocinas industriales. Sus hijos, ya mayores, le ayudan y no lo dejan hacer casi nada. ¿En cuánto estima su patrimonio?, le pregunté;  después de hacer cálculos en el aire respondió “creo que tengo más de un millón y medio de dólares”.



lunes, 23 de noviembre de 2015

LA POBRETERÍA DE NUEVA GUINEA ES MI CLIENTELA

Siempre me ha llamado la atención un pequeño tramo ubicado de el monumento de Nueva Guinea una cuadra hacia el oeste. En diversas ocasiones he visto a decenas de campesinos y campesinas aglomerados alrededor de ese espacio que mide 1.30 mts. de ancho por seis de largo. Está ubicado en la propia esquina y siempre veo clientes que lo frecuentan. Fui a comprar tres libras de Urea y vi los diferentes productos que vende Delvis Hurtado, su dueño.

    ¿Desde cuándo tenés este negocio?

Comencé en el año 2003. Antes trabajaba para varias empresas, entre ellas CISA-AGRO y una empresa de exportación de hortalizas. También en el liceo agrícola de Juigalpa como docente por doce años y en la Escuela Normal. Por destinos de la vida vine a parar a Nueva Guinea. Un amigo que estaba en los Estados Unidos se vino para Nicaragua y le ofrecieron un trabajo en CISA AGRO exportadora y, como él estaba pagando una moto en el INTA, me dijo que me fajara en el trabajo. Fui a la entrevista, después de diez personas que estaban entrevistándonos yo me quedé. Así vine aquí en el 2001. Clasifiqué porque esa era mi área, como fui profesor de agroquímicos en el Liceo, lo que me preguntaban era de eso, era pan comido.

Al inicio no me gustaba Nueva Guinea porque aquí di el servicio militar en todas esas montañas, mucho llovía en esos tiempos. Me entrené en los BLI (Batallón de Lucha Irregular) en la escuela que estaba en Los Pintos, pero cuando probé el agua río el Zapote me quedé. Mi familia es de Juigalpa, trabajo de lunes a viernes y me voy para allá los sábados.

    ¿Cómo surgió la idea de establecer este negocio?

Este negocio ha sido una escuela durante catorce años, esto era como un sueño que tenía desde niño; por ejemplo, la venta de semillas en paquetitos de 20 pesos era un sueño. Fui creado en un ambiente de agricultura. La gente vendía sólo en tarros grandes y como era muy pobre no podía comprar, por eso pensé siempre que un día iba a hacerlo. Cuando vine a Nueva Guinea lo primero que hice fue conocer a fondo la situación, así descubrí que hay unas 20 mil casas, que la tenencia de tierra es bien estable y que había una gran oportunidad de vender en pequeñas cantidades, en todas la presentaciones de un litro para abajo. Por eso le caí mal a un montón, al MAGFOR, al INTA, a los que regulan los agros servicios. Ellos no aceptan la realidad de que si un productor quiere un litro de herbicidas para compartirlo con diez se puede a 100 c.c. cada uno, pero pensé que yo se los podía ofrecer de manera directa, esa es mi manera de trabajar. Entonces lo vi factible, pensé en abastecer al menos un diez por ciento de los productores porque aquí hay más de 50 mil.

    ¿Quiénes son tus principales clientes?

La pobretería de Nueva Guinea es mi clientela. La personas que tiene una, cinco o diez manzanas. Me propuse abastecer hasta a las amas de casa, porque los solares de las casas son grandes, siempre hay malezas porque llueve todo el año, aquí hay hasta dos aguinaldos de lluvia, entonces hay que vender herbicidas, productos para fumigar los zancudos, ayudarle al MINSA que fumiga las casas en campañas, acabar con las cucarachas y los ratones. Por eso me propuse contar por lo menos con diez productos para eso, pero comencé con unos 200 productos con una inversión inicial pequeña. Si aquí hay 20 mil solares, un 10 por ciento me va a comprar a mí. Ellos necesitan cosas pequeñas y allí participo yo, pensé. Pero hay que comprar el producto y sobre todo de la mejor calidad porque si es malo el cliente te compra una sola vez. Compro el litro o el kilo y los re-envaso en pequeñas cantidades, de un litro de gramoxone hago ocho vasitos de 30 pesos. Si el litro me cuesta 150 más las otras cosas que invierto, me queda una ganancia de unos 80 a 100 córdobas dependiendo de la época.

Vine a Nueva Guinea con un sueño, una meta, una visión pero lo mejor es que me bañé en el Zapote y lo que hice con este negocio es como estar en un paraíso, a la gente le encanta, vienen y me dicen “deme cinco paquetitos de semilla” y yo les doy una extra, entonces eso les gusta.

    Por ejemplo, esa chavala que está allí, ¿qué te viene a comprar?

No, ella no anda comprando, ella es mi hija.

    ¿Anda de visita?

No ella vive aquí, es hija de otra mujer, es hecha con el mismo molenillo pero en distinta jícara, es consecuencia de beber agua del Zapote. Es hija de una chinandegana y estudia agronomía en la universidad URACCAN.

    Entonces, ¿te da para todo el negocito?

Así es, me da para comer, para tener agua, calabaza, miel y zacate para la burra.

    ¿Cómo fue el conflicto con las autoridades que regulan los agros servicios?

Fue un fuerte conflicto porque ellos no comprenden la visión. El gobierno lo tiene claro; impulsa el programa hambre cero, entregándole a los pobres del campo una vaquita, dos cerdas y un verraco, diez gallinas y un gallo, semillas de hortalizas, etcétera, pero los de abajo, los empleados, no entienden esa visión aunque sean ingenieros. En Nicaragua lo prohibido es prohibido, lo único prohibido es el narcomenudeo, después todo es permitido. Si compras un quintal de maíz lo podes vender en libras si querés, y así vivimos, sobrevivimos miles de nicaragüenses pero no todo mundo entiende eso. Por ejemplo, si una persona compra un perrito de raza como mascota, no va a comprar un litro de desparasitante, va a comprar lo que necesita. Aquí vendo semilla certificada de maíz, compró el quintal y luego lo empaco en bolsas de una, dos y cinco libras y le garantizó la viabilidad al productor al igual que las semillas de hortaliza.

Eso es lo que hago en este negocio, facilitarles a los productores y productoras de escasos recursos el acceso a los insumos según sus necesidades que son pequeñas en relación a los medianos y grandes productores. Hace quince años aquí nadie sembraba zanahoria, remolacha y repollo, ahora sí, esa es la idea que siembren de todo para contrarrestar el gran caballo negro del apocalipsis: la hambruna. Yo he visto gente comprando en el PALI cilantro y yerba buena y aquí crecen como maleza, por eso compro la semilla y la empaco en bolsitas para que la gente la siembre en sus patios, en el jardín, ya sea en maceteros o en llantas. Lo mismo hago con la papaya, compro la semilla y la vendo aquí. Todo es con el fin de que produzcan alimentos porque cada vez la carestía de la vida va en aumento. En Nueva Guinea, donde tenemos aguinaldo de lluvia, hasta de dos meses más, tenemos que aprovechar para producir alimentos, vender los excedentes para la gente del Pacifico que padece de la sequía y como consecuencia de hambre.

    Entonces, ¿es con el MAGFOR que tenés problemas?

Pues fíjate que poco a poco tienen que ir aprendiendo. Te lo digo porque gubernamentalmente está aprobado. Si el gobierno se ha dado a la tarea de entregarles a los pobres el bono productivo, alguien debe abastecerlos de las pequeñas cantidades de insumos que requieren.

    Pero,  ¿cuál es el planteamiento del MAGFOR?

Dicen que está prohibido, que está prohibido re-empacar. Pero cómo va a ser prohibido si lo que tenemos que hacer es buscar cómo sobrevivir. Además, intelectualmente estoy preparado para hacer esto.

    Entonces, ¿cómo haces para operar?, ¿tenés permisos como los otros?

Yo tengo permiso para vender todo. Tengo un permiso de comerciante y pago todos mis impuestos. Deberían de dármelo porque mi negocio es único y como este deberían de existir similares en todos los municipios. Ellos quieren homogenizar  todo, todo. No entienden que la economía es frágil y es por eso que vendo en presentaciones pequeñas para abastecer a los pobres. Si la constitución no me prohíbe vender, seguiré haciéndolo.

Un grupo de siete campesinos se acercaron al tramo y Delvis dejó de atenderme por darles prioridad a ellos. Me despedí de él, comprendí la lógica de su negocio y recordé a la señora de una pulpería de la zona 6 que vende frijoles cocidos por tazas a su clientela que, por falta de dinero o tiempo, recurren a ella todos los días. 


17/Noviembre/2013

martes, 8 de septiembre de 2015

A MIS AMIGOS REGADOS POR EL MUNDO (UNA NOCHE, UN AMOR)



I

Un hombre, independientemente de su condición social, debe tomar decisiones que lo marcan para siempre; pero son pocos los que se orgullecen de ello en el transcurso de su vida. Esa verdad innegable, el coraje con que lo expresa, su peculiar forma de actuar, el entusiasmo y muestras de aprecio que me brinda al encontrarnos por las calles de Bluefields, pidiéndome que salude a todos sus amigos, me motivó a proponerle una entrevista. En dos ocasiones anteriores se lo había dicho y siempre lo evitaba, pero seguí insistiendo hasta que aceptó.

    ¿A qué hora nos vemos? —le pregunté por teléfono.
    Yo te voy a llamar.
    Tiene que ser donde estemos tranquilos —le propuse.
    Te voy a llevar a un lugar que te va a encantar.
    Sin tomar alcohol, no bebas —puntualicé.
    No te preocupes, yo soy serio.

Caminé por las calles y me dirigí al parque Reyes. Era una mañana luminosa, los rayos de sol se filtraban entre las ramas de los centenarios árboles de Caoba, haciendo resplandecer el tono de los colores rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta con que se encuentran pintadas las bancas, el muro perimetral y las paredes con sus murales. La gente disfrutaba el ambiente; mujeres sin compañía, otras conversando, adultos mayores, hombres jóvenes y muchachas estaban conectados a Internet mediante sus teléfonos celulares, tabletas y computadoras portátiles, usaban la señal inalámbrica libre que existe en todos los espacios. Trabajadores de la comuna cortaban la grama con una guaraña haciéndola volar en trocitos; respiré el aroma tierno, el aroma de la esperanza cubriendo la superficie tosca del andén como manto que reviste los pecados de los caminantes que lo ensucian con sus pasos. Saqué mi cámara de la mochila y comencé a fotografiar a las personas desde una distancia desde la cual no lo notaran. En ello estaba cuando sonó el timbre del teléfono; era él.

    Te estoy esperando.
    ¿Dónde estás? —pregunté.
    En la galería Aberdeen.
    ¿Estás tomando?
    No, no, sólo una cervecita. ¿Y vos dónde estas?
    En el parque, ya voy para allá.

Entré al salón de la galería Aberdeen y su espacio amplio me absorbió. Las paredes son una galería de pinturas en exposición para la venta, desde el fondo se desprende el aroma de los dulces expuestos en un mostrador y, más allá, desde la cocina fluyen los olores de los platillos que preparan. Sus clientes degustaban al ritmo del que no tiene prisa, con la música acogedora para entablar una conversación. Miré hacia el segundo piso y allí estaba. Al verme me indicó que subiera por las gradas que tenía a mi espalda.

    Sentate aquí —dijo.
    ¿Te vas a tomar otra? —pregunté al sacar una libreta y un lapicero de la mochila.
    Es en serio la cosa, sos bandido. Yo sé, por eso te aprecio mucho —dijo y se acomodó con placer en la silla.
    Primero te voy a tomar una foto, ¿no hay problema?
    No, para nada, vos hace lo que se te ocurra, ahorita soy todo tuyo —respondió con una sonrisa transparente como el brillo de sus ojos color miel detrás de los lentes graduados que lleva puestos.
    Mirá, si no te gusta te tomo otra.
    Y con una libélula en el fondo, ¡ay que linda te quedó!
    ¿Otra cerveza?
    Ya que insistís tanto, una más —respondió y llamó al mesero.
    Para mí un café, después la cerveza —dije y el mesero se retiró.

Tomé el teléfono y abrí las notas de voz. Pulsé la opción de grabación nueva y lo coloqué cerca de él para lograr una grabación limpia.

    ¿Y me vas a grabar? —preguntó, después de saborear intensamente la cerveza.
    ¿Resulta un problema para vos?
    No, no, yo soy libre como libélula, nadie me puede cuestionar porque te voy a contar la pura verdad, eso es lo que vos querés, que te cuente la historia de mi vida para que la conozcan mis amigos regados por el mundo.

II


Mi nombre es Miguel Hermógenes Bejarano Cabrera, pero todo mundo, en Bluefields y más allá de las fronteras de Nicaragua, me llama Mike. Nací aquí en Bluefields, soy Blufileño cien por ciento. Nací el 29 de septiembre de 1946, soy hijo de Hermógenes Bejarano y Concepción Cabrera. Voy a cumplir sesenta y nueve años, ¡ay!, cómo me encanta ese número, el “sixty nine”.

Mi abuela tenía una cantina que se llamaba “La Generala” en los tiempos de la guerra de Moncada, ella era generala de los liberales; para comprar armas y poder derrocar a Zelaya, asaltaron el banco Wells Fargo que quedaba en la propiedad del Moravo en 1926. Se llamaba Lucila Delgado, oriunda de León, del barrio Santa Lucía; se vino para acá así como emigraron muchos granadinos y leoneses. Tuvo una hermana que se llamaba Otilia Delgado, esposa de Berty Smith. Yo me crié con mi abuela, era de reales, ¡uy!, demasiados reales tenía, le prestaba reales a los chinos, a William Woo y a otros para que realizaran sus negocios. En esos tiempos comíamos con chelines, con centavos, porque todo era barato.

Tengo hermanos de distintas familias, hay Bejarano Cabrera que son cuatro, después están los Bejarano Pérez, Nelson Bejarano, Javier Bejarano que ahora tiene una aseguradora de carros y vende vehículos, Nelson es el financiero del gobernador en la casa de gobierno. Estudié la primaria en el Colegio San José y después la secundaria en el Colón, en el tiempo de los hermanos cristianos, pero fui vulgareado por ser homosexual; como mi abuela tenía reales no me importaba que me vulgarearan. Fue en los tiempos en que los gringos mandaban aquí; los familiares de los gringos, cuando tenían un hijo homosexual, era vudú: lo mandaban a un seminario y también a iglesias que ellos manejaban. Yo tuve un padre que se llamaba el padre David que era homosexual y había hasta un monseñor. Me vulgareban por celos, celos platónicos o celos solapados. A mí nunca me puso el pie encima ninguno de esos desgraciados. Yo tenía un montón de amigos, por mi tendencia homosexual vivía enamorado de ellos. A Lambert, el mejor basquetbolista de Nicaragua, lo encontré romanceando con el padre David donde se vestían los sacristanes. Era un vulgareo de poder, ellos daban notas por manoseo y relaciones homosexuales. En ese tiempo era un escándalo ser homosexual, era el tiempo que daban clases Gustavo Meza que era profesor de física y química, Roy Hodgson que era pianista, fue el que hizo los himnos del San José y del Colón.

No terminé mis estudios en el Colón, llegué hasta tercer año. Me fui para Managua donde hice un curso de telecomunicaciones. Como yo machacaba el inglés me fue fácil, eso lo hice en el instituto de comunicaciones ubicado cerca de las Piedrecitas. Nunca trabajé, para qué si mi abuela tenía un cachimbo de reales. Mi tío era José Delgado, secretario del Partido Liberal en la Costa Atlántica y cónsul de Colombia.

    ¿Van a ordenar algo más? —preguntó el mesero al retirar la botella y la taza vacía.
    ¿Qué querés vos?  —me preguntó Mike.
    Una botellita de agua.
    A mi tráeme otra cerveza, ¡búscamela cubierta de velo!

El mesero, un black creole de unos veinticinco años, mostró sus dientes blancos al sonreír y Mike continúo su relato.

Mi papá tenía una cantina muy famosa, se llamaba “El Coquito Bar”, era cantina y prostíbulo. Yo le ayudaba a mi papá. Quedaba en el barrio de la cantina de Lindo, la gente le decía así porque había un viejo que le llamaban así y vendía guaro. Quedaba en el sector de  “La Poza del Diablo”. Allí me iba a bañar con mis amigos, bebíamos guaro porque mi abuela era la regenta y socia de los licores Bell; yo me robaba el guaro y pasábamos disfrutando. Yo sólo bebía cerveza, pero con miedo porque mi papá era muy rígido, ¡uf, uf! Él no andaba perdiéndome a mí nunca, ninguno de mi familia me perdió a mí; él estaba enamorado de sociedad obrera de Bluefields, era presidente del Club de los Obreros y, como él tenía sus enamoradas, no nos hacía caso a nosotros porque estábamos bajo la tutela de mi abuela. Tenía un taller de zapatería y era muy machista, machista, machista. Una vez me encontró en un cuarto encerrado con un amigo mío de colegio que se llamaba Chico, vivía aquí cerca, al lado de la casa de un chino que era fotógrafo; me cachimbió con el tira pie y me dijo “aquí ya no quiero cochones”. Pero, ¿qué?, árbol que nace torcido no se puede enderezar de la noche a la mañana.

En aquel tiempo nos vulgareaban, la homosexualidad era perseguida. Llegó un día en que me puse furioso y le contesté a alguien: “¿qué pasó?, ¿por qué me vulgariás a mí?, andá buscá, andá a las iglesias, allí hay, andá busca a los seminarios, allí hay montones, solapados, yo ando libre gracias a Dios”. En esa etapa éramos como 150 maricones: Arnal, Chico Arce, Allan, el hermano de Anthony Matthew y otros. Yo te digo, mientras no viva del gobierno, mientras no le trabaje a nadie, a mí me vale verga, porque a mí me respeta mi familia, los Bejarano, me vale lo que diga el resto del mundo. Hasta Papas han salido maricones, nadie dice nada, como son benditos. Aquí hay muchos políticos que son maricones, unos son culos benditos y otros son turcas benditas y son aceptados, nadie les dice nada.

El mesero se acercó a la mesa con una bandeja, vació la cerveza en un vaso y abrió la botella de agua. Mike se quedó en silencio, yo escuché las voces de una pareja de gringos que hablaban en inglés cerca del área del balcón de la galería.

    Este hombre es fino, por eso me encanta venir aquí. ¿Viste como chorreó la cerveza? —dijo Mike y el mesero dio la vuelta, siempre sonriendo.
    Contáme lo de las cantinas de ese tiempo, ¿cómo eran?

Las cantinas en aquel tiempo eran unas cantinas sanas, no había crímenes, nadie te asaltaba, podías ir a un Palo de Mayo, a cualquier parte, y nadie te tocaba. Mi lugar era donde “La Vilma Roja”, era mi lugar de reuniones con mis enamorados. Unos de mis amigos eran “Cañeco” y “Pitri”. Esa señora era rígida en su cantina. Yo llegaba con Allan, éramos íntimos amigos, me ha respetado y yo lo he respetado, viajamos juntos a cumpleaños de otros homosexuales de Managua, él pagaba la avioneta porque tenía su cantina, su putal. La cantina de él quedaba en Santa Rosa, también estaba la de la Marlene, la de la Urania, la de la Delia, habían varios prostíbulos. Yo también tenía uno, chiquitito, se llamaba “Kamikaze Bar”, me lo regaló un japonés que era capitán de un barco que se llamaba Kamikaze Maru. En ese entonces estaba Pedrito Bustamente, me dio una mantenedora, no tenía sillas. Doña Aurelia, hermana de Harry Brautigam, esposa del doctor Hooker, me regaló las primeras mesitas. Era chavalo, chavalo, pero con ideas de superar.

Llegaban varios que me cerraban la cantina, entre ellos Pablo Corrochel, Felipe Perdomo, el papá de Martín, Harold Springer. Había bastantes cubanos que se vinieron después de la Revolución, eran mis clientes y fueron los pioneros en la pesca de langosta aquí en la Costa porque aquí nadie sabía nada de eso.

    ¿Y visitabas las cantinas de El Bluff?

¡Claro, oye!, visitaba varias: “El Mameluco” que quedaba en la salida a la playa, “El Vietnam” de la Shirley y otras como “La Cabaña”, “El Dragón de Oro”. Yo tenía mi negocio, pero fíjate que yo soy un maricón raro, nunca abusé de nadie, nunca toqué, no; beber, beber, ser maricón es ser maricón. Ahora hay un montón de mariconcitos aquí en Bluefields que no sé si están enojados, pero yo no los apoyo. Desde que nací tengo todos los derechos que cualquier ciudadano tiene, ellos están pidiendo más y más, ¿para qué?  Por allí machetearon a uno, manoseó, le tocó las partes a un hombre y no le gustó, el hombre le cortó la mano. Hace poco el doctor Alba le hizo la operación, se está recuperando.

    ¿Entonces, ibas a El Bluff y te quedabas allá?

Claro, cuando tocaba el conjunto de José Luis iba a la fiesta de la virgen del Carmen, iba con mis putas y Allan llevaba las suyas.

    ¿Y llevabas a tus amores? ¿Se miraban allá?

No, yo fui un maricón tan excepcional: tuve tres amores y hasta allí ya llegué. El primero fue Chuch, profesor de matemática del Colón, el segundo fue el que era jefe de deportes del San José pero era muy culión, y el último es Pachanga, era joyero y miembro del partido Sandinista que ahora ni lo vuelven ni a ver al pobre, se está muriendo, tiene hemorroides. Por eso es que yo no me meto en la política, si me hubiera metido, ¡uh! Fíjate que una vez me invitaron, de un partido me dijeron “Mike, no querés ser del partido para que seas tal cosa”, “no, no me gusta la política”.

Yo tengo un hermano que me adora mucho, se llama Javier Bejarano, todo me acepta, me invita a beber guaro, me respeta: como soy el hermano mayor de la familia Bejarano, él me adora mucho, todos mis hermanos me adoran.

    Esa fue la etapa de tu juventud, tu esplendor.

Sí. Me enamoré de uno de El Bluff, de Juan, el hijo del coronel Brenes. El coronel no, pero la esposa, Yolanda, me volaba verga, me llamó y me dijo que me iba a mandar a echar preso. Como era hija del coronel Peters, ella quería mandar. Yo le contesté, “mire, señora, no me ande molestando, deje a su hijo, además él no es para mí”. Yo lo consentía en mi negocio, él se atendía solo, si había gallo pinto, comía gallo pinto. Era joven, culiaba, pero a mí me encantaba.

    ¿Y después del triunfo de la Revolución cómo era el ambiente?

La cosa fue peor. Los sandinistas mandaron desparecer los prostíbulos. En el tiempo de la guardia igual, el general Somoza cae, no porque era malo, sino por los que andaban detrás de él, los allegados, varios coroneles que manejaban la prostitución, cantinas y ruletas. Yo iba a la Tropicana, ese lugar era de uno de los grandotes, de un coronel que mangoneaba, Victorino Lara, era el cobrador de todos esos negocios. ¡Ideay!, ganaban un sueldo y tenían una casa de vidrio, ¡ja, ja, ja! Vienen los sandinistas y dicen “vamos a poner una sociedad proletaria y ahora salen burgueses”. Saben a quién tocan, porque nunca tocaron a los Pellas ni a los Chamorro, ni Somoza los pudo tocar. Les volaron verga a los homosexuales, a las prostitutas y cerraron los negocios, pero dejaron los que a ellos le interesaban como “Aquí Polanco”, un prostíbulo donde llegaban hasta embajadores de todos los países.

    ¿Y ahora, en esta etapa?

Ya adulto, maduro, sigo siendo el mismo Mike. Hola, hola, tengo muchas amistades, tanto hombres como mujeres. Adiós, buenos días, buenas tardes, hasta allí, no más. Me dedico al Duqui, vendo mis duqui, hago mis rifas, vendo lotería escamoteada porque la gerente de la lotería no me quiere; ella fue impuesta por Schwartz y desde el tiempo que ella llegó allí nunca me apoyó. Ya me dieron mi jubilación, te la voy a enseñar.

Un camión comenzó a pitar en la calle, frente a la galería. Mike sacó su billetera, me mostró su carnet de jubilado y puse en pausa la grabación para verlo. Escuché el ruido proveniente de la cocina y las voces de los clientes. Una mujer joven, con el pelo amarrado en moño y de lentes, cruzó el salón y se sentó en una mesa cercana de la pared derecha cubierta por cuadros de pintura. De su bolso sacó una computadora portátil; yo regresé con Mike.

    ¿Cómo cuántos son tus ingresos?

Semanalmente me gano como unos tres mil córdobas en todos mis bisnes. A veces más, a veces menos.

    Ya tenés tus clientes, clientes fijos.

¡Ah, claro que sí! Soy poquitero. No te estoy diciendo que la Revolución es un cambio, pero muchos delegados de las oficinas del gobierno creen que ellos son los dueños. No, eso no es así.

    ¿Existe una organización de homosexuales en Bluefields?

Sí hay. Hay como mil y pico de homosexuales, pero organizados son pocos, los más allegados al Presidente que se llama Tyron. A mí me buscan cuando los quieren quitar de la directiva, cuando lo están desbarrancando, cuando hay elecciones para que vote por ellos, por él, para que lo reelijan. En esa organización hay lesbianas y hay homosexuales. Son como dos mil quinientos entre maricones y cochonas. En mis tiempos la población era como de siete mil personas, ahora hay más de cien mil. En esos tiempos, cuando venía un chavalo con una chavala del puente para allá era casamiento, cuando venía de las piletas de Martínuz en Pointeen era casamiento, ¡ja, ja, ja, ja! Hasta yo iba a esos lugares, pero como te digo, siempre fui un maricón raro.

    ¿Siempre tuviste montones de hombres que te enamoraban?

¡Ay, Dios mío!, desde el sesenta y pico para acá se me olvidaron todos lo que yo he querido. Cada noche tenía un amor; una noche, un amor. Los becados de los hermanos cristianos, ¡ay, ay, ay, ay!, me seguían, eran becados del hermano Lucas. En esos tiempos también había varias prostitutas, “la Diablo Rojo”,  “la Panameña”, “la Rosa Paisana”, “la Vicky Me Voy”, ¡ja, ja, ja!

    Entonces ahora estás tranquilo, con tus negocios, con tu pensión, ¿seguís teniendo amores?

Estoy feliz, feliz, pero amores no, ya no porque en Bluefields los homosexuales estamos perdidos. Los nuevos homosexuales, los jóvenes, le están echando el clavo al pollo, por el pollo, que por el pollo. El hijo de una lideresa liberal, es maricón, ¡uf!, hay un montón.

    ¿Qué querés decir con una noche, un amor?

¡Ah!, que cada noche, aunque no hiciera nada, me sentía feliz, me sentía como la Lady Diana en Inglaterra.

    Has disfrutado la vida y tenés amigos, ¿te sentís realizado?

¡Claro!, ¡gracias a Dios! He viajado, estuve en Panamá, en Costa Rica, en México, me di gusto. Tuve un amigo granadino que tenía un bus Pulman. Mi familia es de la burguesía de Granada, de sangre pura y noble. En Panamá fui tan egoísta, se enamoraban y me decían: “¡oye chico!,  ¡papi!, ¡nunca he probado a un Nica!”, “ni lo vas a probar, porque este mortorio no es para cualquier zopilote”, les decía. Llevaba guaro y cotonas bordadas, yo no andaba en esa cosa. Tengo amigos regados por todo el mundo, por eso te digo que me saludes a mis amigos regados por el mundo, a toda la comunidad Lasallista que me conoció aquí en Bluefields. Yo no tengo prejuicios contra nadie y lo mejor de todo es que sólo me enamoré de uno, de Lambert. Yo soy homosexual y nunca he creído en el amor entre los hombres, porque es una inversión monetaria de parte de los hombres. ¡Imaginaté!, ¡yo ya vieja y haciendo tortillas!, ¡Ave María! Salúdamelos, a todos, a todos mis amigos regados por el mundo, a Chico Vela, a Tilo, a todos, todos.

Claro que sí Mike. Estoy seguro que van a recordar esos tiempos de chavalos, te van a recordar con mucho cariño, le dije; apagué la grabadora y terminé la entrevista.

Bluefields, Nicaragua.
Agosto de 2015.