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lunes, 1 de junio de 2026

DETRÁS DEL SIGUIENTE CERCO



Todavía no amanece.

La neblina descansa sobre los potreros,

el rocío cuelga de los alambres de púas

y los primeros gallos

anuncian la llegada del día.

 

El niño sale de la casa de madera.

Lleva un mochila vieja en su espalda,

cuadernos y lápices en ella,

y un sonrisa que apenas cabe

en su rostro madrugador.

 

Su madre hace rato está despierta.

Da maíz a las gallinas,

revisa el chiquero,

y piensa en el trabajo que aún falta por hacer.

 

—No regresés tarde —le dice.

 

Él regresa la mirada, sonríe

y comienza a recorrer el camino.

 

Brinca un cerco.

Después otro.

Y luego otro más.

 

Los brinca rápido,

como si fueran parte de un juego

inventado para acompañar las mañanas.

El viento fresco le acaricia la cara.

Los pájaros saludan desde los árboles,

y el sol comienza a levantarse

sobre el horizonte verde.

 

Mientras avanza,

piensa en sus compañeros.

en las carreras del recreo.

en las bromas compartidas.

En la alegría sencilla

de volver a encontrarse.

 

Y mientras él brinca cercos,

otros niños y niñas

cruzan puentes,

reman por un río,

atraviesan una bahía,

recorren calles polvorientas

o caminan bajo la lluvia.

 

Distintos caminos.

Distintos paisajes.

La misma esperanza.

 

Entonces acelera el paso.

Porque la escuela lo espera

igual que esperan los amigos,

igual que esperan los sueños

cuando apenas comienzan a despertar.

 

Desde lejos escucha las voces.

Despues las risas.

Y al llegar al patio

siente que el mundo entero

cabe dentro de aquella mañana.

 

Por la tarde regresará.

Ayudará a su madre.

Dará agua a los animales.

Recogerá la basura.

Y cuando el sol se esconda,

hará sus tareas

bajo la luz que entra por la ventana.

 

Así transcurren sus días.

Entre juegos y responsabilidades.

Entre la infancia

y los primeros aprendizajes de la vida.

 

Todavía no lo sabe.

Pero un día encontrará cercos distintos.

No tendrán alambres.

No estarán en los potreros.

 

Serán los cercos de la necesidad,

de las oportunidades perdidas,

de caminos que parecen cerrados,

de los sueños que exigen paciencia.

 

Y tendrá que brincarlos también,

como brinca ahora

los que encuentra al amanecer.

Con valor.

Con esperanza.

Con esa terquedad hermosa

que tienen los niños

cuando creen en el mañana.

 

Porque cada niño que aprende,

cada niña que descubre,

cada pequeño paso rumbo a una escuela,

es una puerta que se abre

para el futuro.

 

Y mientras existan niños

cruzando caminos,

brincando cercos,

remando ríos,

o caminando bajo la lluvia

para alcanzar un cuaderno y un sueño,

siempre habrá una razón

para creer que los mejores días

todavía esperan

detrás del siguiente cerco.

 

 

30 de Mayo de 2026.

 

 

 

 

 

 


viernes, 22 de mayo de 2026

LA PALABRA


Aquí… la palabra no nació en el papel.

Nació en el aire.
En la boca de la gente.
En la noche…
cuando alguien contaba y otro escuchaba.

Nació sin tinta.
Sin permiso.
Sin nombre.

Y aun así… era literatura.

Después nos dijeron que escribir era otra cosa.

Que había que aprender a decir como dicen otros.
Que había que ordenar la voz,
enderezarla, quitarle el acento,
bajarle el ritmo.

Y muchos… lo intentamos.

Pero la palabra… no se dejó.

Siguió sonando a mar.
A tambor.
A lluvia sobre zinc.

Siguió caminando por las calles,
por los muelles,
por la memoria.

Hoy… hay más gente escribiendo.

Más cuadernos abiertos.
Más voces que quieren decir.

Y eso… está bien.

Pero hay que decirlo claro:

No basta con escribir.

Hay que volver.
Hay que corregir.
Hay que sostener.
Hay que terminar.

Hay que dejar algo que no se borre.

Porque si no lo escribimos nosotros…
nadie lo va a escribir como es.

Y si no lo dejamos… no queda.

Aquí la palabra todavía anda suelta.
Entre nosotros.
Buscando quién la agarre,
quién la cuide,
quién la deje fija.

Y eso… nos toca.

No estamos empezando nada.

Estamos continuando algo que viene de lejos.

De voces que nunca se escribieron.

Y ahora… nos toca decidir:
si esas voces se quedan en el aire…
o si por fin… se quedan en la historia.


22 de Mayo 2026.
URACCAN Bluefields.
Festival de Mayo Ya.

domingo, 26 de abril de 2026

LA FELICIDAD

 


La felicidad

no siempre hace ruido.

 

A veces cae como lluvia fina

sobre los árboles del trópico húmedo,

golpeando hojas anchas,

dejando la tierra blanda y viva,

con olor a café recién colado

y humo de leña mojada.

 

Está en el campesino

que abre el surco con paciencia,

aunque le duelan los hombros

y la pobreza le camine al lado.

Sigue.

Porque la tierra responde.

 

Vive en el lodazal pegado a los pies,

en los niños y niñas

que saltan en los charcos

riendo sin motivo,

sin saber qué es eso,

exactamente eso,

es la dicha.

 

Está en el hombre

que corta flores silvestres

y camina hasta el río.

Yo lo vi.

La mujer que ama lava ropa,

el agua corre,

se miran.

 

Basta.

 

Se esconde en el monte,

cuando dos cuerpos se buscan

sin prisa,

con el canto de las aves de testigo

y el bosque respirando alrededor,

sabiendo que el encuentro es breve

pero verdadero.

 

Corre por los ríos,

cae en cascadas,

sube con la luna llena

y despierta temprano

cuando el sol parte el rocío

en dos mitades de luz.

 

En el Caribe,

la felicidad huela a sal

y a coco hirviendo.

Llega con los pescadores

cuando la faena es buena

y el mar, a veces duro,

cumple.

 

Está en el rostro de la mujer creole

que mueve la olla del rondón,

chile de cabro, pescado, yuca,

pensando en su amado

que hace chambas en el muelle

y volverá cansado,

pero vivo.

 

Vive en los enamorados

que se aman sobre la arena,

en la mujeres que bailan,

en las voces alegres

que recorren las calles

tomadas de la mano,

aunque mañana toque luchar de nuevo.

 

La felicidad no es grandeza.

 

Es lluvia regresando a la tierra.

Es el mar abriéndose otra vez.

 

 

9 de enero de 2026.

Foto: Sergio Orozco Carazo.


viernes, 27 de marzo de 2026

AÚN ASÍ, ME QUEDO

 



Cómo puedo estar en mí y en ti,

ser y no ser, ir y venir,

para que sientas el vacío en que vivo,

ese frío —hondo, sin fondo— que me habita.

 

En las tempestades por las que navego,

ciego a veces, a veces me niego,

en los temores que me acechan —me estrechan—,

en las penas que me arrugan y no aflojan.

 

Cuando te veo, y sé que sufres y vives,

que resistes, que persistes,

y temes igual que yo,

igual de humano, igual de roto.

 

Cómo hacer que el amanecer te alcance,

que te cruce la luz y no te esquive,

que las sombras se caigan de tus pasos

como polvo viejo que ya no vuelve.

 

Que la noche se retire de tu sangre,

que el pulso recupere su camino,

que el cuerpo recuerde cómo era

antes del peso, antes del ruido.

 

Que el dolor se disuelva sin dejarte

esa marca callada en la mirada,

que no quede esa grieta en lo que tocas,

ni ese eco oscuro cuando callas.

 

Qué puedo hacer,

si ya lo he intentado todo…

y, sin embargo,

me quedo —quieto—,

esperando —desesperando— el milagro

a tu lado.

 

 

27 de Marzo de 2026.

Foto: Internet.


jueves, 26 de febrero de 2026

MI AMIGO, EL POETA


La luz del atardecer
era algo más que la caída del sol
para él.
Era fuego ardiendo en el horizonte
sobre la montaña.
Decía que era una bola de oro
pintando cerros y llanos,
las copas de los árboles
y las llanuras.

Creció en Nueva Guinea,
pero no como quien crece en un sitio,
sino como quien crece dentro de un pecho.
La nombraba como se nombra a una madre,
como se nombra a una novia
cuando nadie escucha.

Nueva Guinea no era calles de polvo solamente,
ni barro pegado a los zapatos,
ni música alta en las esquinas.
Era una mujer de manos abiertas,
con olor a cacao y tierra mojada,
que lo miraba escribir
desde los corredores de madera.

Él le hablaba en silencio.
Le cantaba sus versos
como quien devuelve un favor antiguo.
Le decía que era fuerte,
aunque estuviera herida.
Que era hermosa,
aunque no lo supiera.

El cielo ya no era simplemente cielo,
sino una bóveda hermosa
pintada de naranja y chocolate,
con nubes doradas viajando lento.

“Son copas de oro que se rebalsan
en manos divinas”, decía.
Y el mérito
no era del sol que se va
y nos deja en la oscuridad.

Sus ojos guardaban un manto
para mirar lo gris y tenebroso
con el encanto de la fe
y la esperanza,
manteniendo su corazón
fresco y alegre.

A nosotros,
que solo vemos la crudeza del mundo,
nos entregó, generosamente,
una visión distinta,
sin egoísmos.

Pero no lo sabíamos,
y lo rechazábamos.
“Es un loco, fuera de este mundo”,
decíamos.

Era invitado a actos solemnes,
pero llegaba sencillo, sin pompa.
Hablaba poco, miraba mucho,
y al final todos callaban para oírlo.

Recorría festivales de poesía por todo el país,
un país de poetas,
y aun así lograba sorprenderlos.
No por ruido,
sino por esa calma
que dejaba temblando al que lo escuchaba.

Y cuando volvía,
siempre volvía,
era a su Nueva Guinea
a quien primero buscaba con la mirada.

Era mi amigo, el poeta.


20 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.


domingo, 8 de febrero de 2026

POSTALES

 



Son postales que veo en el teléfono.

Fotos en su estado.

Paisajes majestuosos:

el mar,

las rocas,

las olas,

el sol cayendo al final de día.

 

Sé que va solo por esos lugares.

Va con su caña de pescar al hombro,

como si necesitara cargar algo

para no desmoronarse

ante el silencio.

 

Lleva gafas oscuras.

No por el sol,

sino para esconder el dolor

que le tiembla en la mirada.

 

Camiseta manga larga,

para que el sol no lo queme,

aunque por dentro

la soledad hierva

sin escape.

 

Cuando veo esas postales

me golpean el alma

como el mar reventando contra las rocas.

Una y otra vez.

Sin aviso.

 

Por bellas que sean,

mi corazón se encoge.

Algo se clava

y sangra por dentro.

Eso duele.

 

Y aun así,

siempre estoy pendiente.

Las miro.

Vuelvo a mirarlas.

 

El mar azul,

los veleros,

los engañadores que utiliza,

los peces que ha pescado

y cuyos nombres escribe

como si al hacerlo

no estuviera tan solo.

 

Escucho sin oír.

No escucho el rumor del mar

ni los latidos

de su corazón aislado.

 

Pero yo sé

—y eso es lo que más duele—

que va allí

a matar el tiempo,

a lanzar la caña,

no al mar,

sino a su propia soledad.

 

En esas imágenes no hay queja.

Todo parece bello,

acogedor,

en calma.

 

Pero aun así,

cada vez que veo sus postales,

me traslado a su lado.

 

Camino con él,

entre sal y viento,

miro el mismo horizonte,

respiro el mismo silencio.

 

Y entonces lo entiendo:

de ahí no nace solo el dolor.

De esa soledad surge su fuerza,

una fuerza callada,

hecha de resistencia

y de tiempo.

 

La paz no llega como premio,

llega como aprendizaje.

 

Y en medio del mar abierto,

no huye de sí mismo:

se encuentra.

 

  

7 de febrero de 2025.

Foto: Ronald Jr.


domingo, 25 de enero de 2026

CASA CERRADA, CAMA OCUPADA

 



En Bluefields la noche no duerme.

Respira.

 

Él la deseaba, 

y pensaba con el cuerpo,

no con la memoria limpia.

 

Su cabello rizado

le caía como algas negras sobre el pecho,

húmedo, vivo.

Su olor seguía ahí:

una mezcla de aceite de coco y miel, 

caliente después del amor la piel, 

ese olor que no se olvida

aunque cambie la cama.

 

Los ojos,

grandes, negros, brillantes,

almendrados como fruta abierta en la sombra,

no miraban;

desnudaban.

 

Boca blanda, carnosa y peligrosa.

De ahí salían murmullos

que todavía golpean su espalda:

o baby,

o yes… o yes,

dichos bajito,

como si la noche pudiera oírlos.

 

Los hombros recibían su peso.

Las manos sabían

cuándo apretar

y cuándo esperar.

 

Los pechos,

opulentos, vivos,

respiraban con la noche.

Los pezones, 

oscuros, firmes y despiertos, 

desafiaban el aire húmedo

mientras ella soltaba,

entre jadeos:

o gad

so nice...

don't stop... o yes...

 

El ombligo,

pequeño abismo,

lo reclamaba siempre.

 

Y las nalgas...

nalgas de diosa caribeña,

anchas, vivas, soberanas,

moviéndose al ritmo

de un tambor invisible,

un tambor antiguo

que no llama al baile

sino al combate.

Ahí ella perdía la voz

en un o yes… más

que le quemó la memoria.

 

Las piernas lo atrapaban

como marea cerrándose,

atrayéndolo hacia su sexo,

tibio, húmedo, salobre y palpitante.

Los pies, descalzos

buscaban suelo

mientras el placer desordenaba la casa.

 

Hasta esa noche.

 

Volvió de un viaje

mercante por los pueblos del litoral

con el cuerpo encendido.

La casa estaba cerrada.

En el corredor brillaba un viejo bombillo.

 

Desde la casa vecina

una radio encendida

escupía reggae lento,

bajo, insistente,

como si alguien celebrara

lo que él venía a perder.

 

Entonces escuchó su voz.

La misma.

Las mismas palabras,

pero para otro.

 

Gemidos conocidos:

o baby,

o gad,

o yes… o yes..

o gad… yes, yes

rebotando en la madera

como golpes secos.

 

Ahí entendió todo en una sola frase:

casa cerrada, cama ocupada.

 

No entró.

No llamó.

 

Dio la vuelta.

Lluvia en los hombros.

Lodo en los zapatos.

Una quiebra plata apagándose

a un lado del camino.

 

El o yes, o yes, lo seguía

en cada paso,

como una pregunta,

desvaneciéndose

en la noche.

Igual que él.

 


 

22 de enero de 2026.



domingo, 18 de enero de 2026

SEVERIANO

 


En el Instituto Nacional de Chontales estudió

y sobresalía sin levantar la voz.

Había en él una manera clara de estar,

una presencia que se imponía sin tamaño.

 

Una tarde, su profesora de inglés,

la niña Mariíta Castrillo,

pasó lista de asistencia.

El aula en silencio.

Los nombres cayendo uno tras otro.

 

—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!

Silencio total.

—¿Dónde está Severiano?

—¡Aquí profe!

—¡Póngase de pie!

—¡Estoy de pie!

—¡No lo veo!

 

Las miradas giraron.

Caminó hacia el centro del pasillo

y dijo, claro, sin temblar:

—¡Severiano Lumbí Taleno!

 

La profesora bajó los lentes.

Lo miró con asombro.

Pequeño, liliputiense,

como un niño extraviado entre cuerpos grandes.

—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.

—Puede ocupar su lugar.

 

Y ocupó su lugar en el mundo.

 

Hizo amistad con todos.

Trabajó en una sastrería

confeccionando pantalones de varón.

Se graduó de contador,

aplicó en una plaza del Banco Nacional

y la vida lo llevó a Nueva Guinea.

 

Allí fue risa.

Broma.

Alegría constante.

Amor por las mujeres bonitas

y por la noche compartida.

 

Media poco más de un metro,

pero su carcajada cruzaba cantinas.

Hacía amigos rápido.

Tocaba guitarra.

Cantaba.

 

En noches húmedas de Nueva Guinea,

cuando la soledad aprieta,

salía con sus amigos,

de cantina en cantina,

regando historias, canciones y ron.

 

Tenía voz ronca,

hablaba rápido,

como si la vida no le alcanzara

para decir todo lo que llevaba dentro.

Amó y lo amaron.

Fue celoso,

estricto y amante intenso.

 

Conoció las colonias, sus caminos y su gente.

Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron

siendo contador de la ventanilla del Banco.

En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol

y los festivales de música campesina,

participando en directivas y jurados.

 

Su alegría brillaba más que su estatura.

Y fue muy querido.

Trabajador.

Responsable con los números.

Soñador con los días.

Y con esfuerzo puso su propia cantina.

 

Fue hombre de trabajo,

de música,

de amores

Y de suerte.

Un día raspó La Raspadita.

Cincuenta mil.

La alegría grande.

 

Después la vida se torció.

Como a veces pasa.

 

Una noche lluviosa,

el alcohol,

la traición,

la codicia,

lo mataron por dinero.

 

Pero no fue allí donde terminó.

Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.

Y allí fue sepultado.

Severiano no se quedó bajo tierra.

Sigue en la risa que estalla de repente.

En la guitarra que suena de noche.

En el brindis que se levanta sin razón.

 

Caminó el mundo a su medida

y aun así le quedó grande.

Cantó.

Bebió.

Amó.

Hizo amigos donde llegó.

 

En Nueva Guinea dejó huellas

que no se miden en metros

sino en abrazos,

en juegos de beisbol,

en guitarras sonando de noche,

cantos al amor,

en carcajadas húmedas de ron.

 

Pequeño de cuerpo, sí, 

pero grande en ganas de vivir,

por ello lo levanto en la memoria

como se levanta un brindis:

con alegría,

con música,

con su nombre dicho en voz alta:

¡Severiano!

 



Domingo, 18 de enero 2026.

Foto aportada por la familia y mejorada con IA.


lunes, 22 de diciembre de 2025

LA CHICA DEL SWING

 



El swing de su casa era de madera,

anclado al corredor, paralelo al andén,

colgado de gruesos mecates,

ni pequeño ni grande.

Tres cabían en el.

Ella siempre estaba allí,

meciéndose en el viejo swing.

 

El viento venido del Tortuguero,

le refrescaba el rostro mestizo,

y la falda jugaba al vaivén

acariciándole las piernas

como si el aire también supiera amar.

 

A sus pies, libros y sus cuadernos,

los mismos que llevaba en su bultito de cuero

al cruzar la bahía rumbo al colegio

y colgaba a la espalda

al caminar las calles de Bluefields.

 

Nunca conoció de aburrimiento.

El swing era su refugio:

lectura, crochet, bordados,

revistas, Vanidades, fotonovelas.

Siempre allí.

Siempre ella.

 

La miraba al ir y al regresar.

 

Al ir,

desde lejos y cada vez más cerca,

la veía de espaldas,

con el cabello liso y negro

derramado sobre el respaldar del swing.

Hipnotizado,

buscaba sus ojos café miel.

Cuando lograba su atención por segundos,

le decía adiós.

Ella respondía

con una sonrisa nácar, distante.

 

Al regresar,

con el sol cayendo sobre la isla del Venado,

y ardiéndome en el rostro,

miraba el voleo de su falda,

sus piernas rollizas, firmes, bronceadas.

Adiós, decía.

Adiós, respondía.

 

Los fines de semana,

La falda cedía su lugar a un short cortito.

Belleza caribeña sin esfuerzo:

la brisa le rozaba las piernas,

alborotando sus bellos

como a flores de mar.

Olor a señorita recién bañada,

a vida extendida

a lo largo y ancho del swing.

Chinelas en el piso.

La puerta entreabierta del cuarto,

una cama de bronce esperándola.

 

A veces estaba allí con amigos,

sentados en el piso de madera,

riendo, conversando

felices con la inocencia intacta del corazón.

Enamorados no le faltaban.

Unos tocaban guitarra,

otros leían poemas de Neruda

como quien lanza redes al mar.

 

Siempre estuvo allí,

meciéndose en el swing,

hasta que un día

dejó de estar.

 

Uno de sus enamorados,

loco de amor,

la tomó en sus brazos.

Crujieron los resortes de la cama metálica.

El corredor quedó en silencio.

 

Al pasar por el andén,

vuelvo la mirada,

la sigo buscando

en la memoria del vaivén:

la chica del Swing.

 

22 de diciembre 2025.

Foto: Internet.