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domingo, 25 de enero de 2026

CASA CERRADA, CAMA OCUPADA

 



En Bluefields la noche no duerme.

Respira.

 

Él la deseaba, 

y pensaba con el cuerpo,

no con la memoria limpia.

 

Su cabello rizado

le caía como algas negras sobre el pecho,

húmedo, vivo.

Su olor seguía ahí:

una mezcla de aceite de coco y miel, 

caliente después del amor la piel, 

ese olor que no se olvida

aunque cambie la cama.

 

Los ojos,

grandes, negros, brillantes,

almendrados como fruta abierta en la sombra,

no miraban;

desnudaban.

 

Boca blanda, carnosa y peligrosa.

De ahí salían murmullos

que todavía golpean su espalda:

o baby,

o yes… o yes,

dichos bajito,

como si la noche pudiera oírlos.

 

Los hombros recibían su peso.

Las manos sabían

cuándo apretar

y cuándo esperar.

 

Los pechos,

opulentos, vivos,

respiraban con la noche.

Los pezones, 

oscuros, firmes y despiertos, 

desafiaban el aire húmedo

mientras ella soltaba,

entre jadeos:

o gad

so nice...

don't stop... o yes...

 

El ombligo,

pequeño abismo,

lo reclamaba siempre.

 

Y las nalgas...

nalgas de diosa caribeña,

anchas, vivas, soberanas,

moviéndose al ritmo

de un tambor invisible,

un tambor antiguo

que no llama al baile

sino al combate.

Ahí ella perdía la voz

en un o yes… más

que le quemó la memoria.

 

Las piernas lo atrapaban

como marea cerrándose,

atrayéndolo hacia su sexo,

tibio, húmedo, salobre y palpitante.

Los pies, descalzos

buscaban suelo

mientras el placer desordenaba la casa.

 

Hasta esa noche.

 

Volvió de un viaje

mercante por los pueblos del litoral

con el cuerpo encendido.

La casa estaba cerrada.

En el corredor brillaba un viejo bombillo.

 

Desde la casa vecina

una radio encendida

escupía reggae lento,

bajo, insistente,

como si alguien celebrara

lo que él venía a perder.

 

Entonces escuchó su voz.

La misma.

Las mismas palabras,

pero para otro.

 

Gemidos conocidos:

o baby,

o gad,

o yes… o yes..

o gad… yes, yes

rebotando en la madera

como golpes secos.

 

Ahí entendió todo en una sola frase:

casa cerrada, cama ocupada.

 

No entró.

No llamó.

 

Dio la vuelta.

Lluvia en los hombros.

Lodo en los zapatos.

Una quiebra plata apagándose

a un lado del camino.

 

El o yes, o yes, lo seguía

en cada paso,

como una pregunta,

desvaneciéndose

en la noche.

Igual que él.

 


 

22 de enero de 2026.



viernes, 18 de noviembre de 2016

AZUCENA FLORES: DESEOS EN PENUMBRA

No es una confesión, no podría llamarlo de esa manera, pero yo, Azucena Flores, lo expreso en esta casa que abre su puerta esta noche para tenerte a mi lado.
   
Mi primera revelación llegó a edad temprana, a los doce años cumplidos. Nadie me lo dijo,  esa mañana no asistí a la escuela, me postré horrorizada en la cama de madera fina y colchón de resortes, imagínate como estaba cuando vi la línea de sangre escurriéndose en mis muslos, a lo largo de las piernas, pero el susto me pasó y, poco tiempo después, disfruté el cambio de mi cuerpo con caricias y juegos de niña.

No florecí como diosa, no, nada de eso, porque siempre he sido así como me conociste, ni alta ni baja, mi cuerpo, ¿cómo podría describírtelo?, es así completo para tú gusto, a tu medida; delgado, con estas curvitas en las que frenético te desplazas, con estos pechos, míralos, ya sé que te encantan aunque sean pequeños porque de mis pezones he saciado tu sed angustiosa de macho y sin reprimirme te he amamantado como si tu mamá no te hubiera dado de mamar tiernito, desesperándome al verte deseoso, con la sed de acariciarme las nalgas, sí, éstas nalgas carnosas de flaca que siempre has nalgueado cuando estoy desnuda, esperándote así como siempre lo he hecho en la sala, iluminada por una candela, como en este momento, con un short cortito, en camisola, sin brasier, con la punta de las nalgas descubiertas para que me las acaricies, para que me des esas palmadas con tus manos callosas, enloqueciéndome con el brillo de tus ojos.

Todos tus gustos los fui aprendiendo en cada encuentro, por las tardes y de noche, se fueron haciendo poco a poco parte necesaria del ritual por el que me rindo en tus brazos, elevándome entre las nubes cuando tu lengua loca me ensaliva el cuello y con tus manos apretujas mis pechos, pegándote a mi cuerpo con ese calor de macho en celo, desprendiendo ese olor encabritado que me derrite de deseos sin darme cuenta del momento en que me desnudas. Sos, y siempre has sido, la causa de mis excesos.

No me afrento de ello, al contrario, me siento la mujer más feliz del mundo, la más plena, soy la luna llena que surge radiante entre la penumbra de la noche para derretirme en el fuego de tus delicias. Y desnuda soy fiera salvaje, dueña de mi guarida, soy la que controla tus acciones, no me rindo, al contrario, me apropio de este juego milenario, soy la guardiana de todos tus pensamientos, secretos, tus deseos y miedos. No hago pausas, me dejo llevar por tu cuerpo libidinoso y allí, en ese instante, caes rendido en mis garras.

He aprendido de tus fantasías. No puedes reclamarme nada, ¿qué no he hecho por vos?, he sido todo lo que has querido: tu mujer, tu amante, tu puta como me decís cuando estás desesperado por tenerme. Y ese es el momento en que sos mi presa. Todos mis secretos de mujer los he compartido con vos. Te he dado lo que nunca te habías imaginado. Por vos me convertí en contorsionista, en serpiente laboriosa, has saboreado todos los fluidos de mi cuerpo y eso es lo que más me encanta.

No te rías, esa risa la conozco, ¡sí, es cierto!, al inicio no me gustaba, pero por vos aprendí a disfrutar mi cuerpo. Me mostraba recelosa cuando tus manos se apropiaban de mi cintura, abriéndome las piernas con la cabeza y tu lengua endemoniada acariciaba los labios carnosos de mi sexo que has chupado por más de treinta años, esa lengua tuya, indecente, serpenteando entre mis pliegues, embistiendo con fuerza mi silencio, lengua indecorosa que desgarra mi piel y, en ese jueguito, descubrí la gloria cuando tu boca apartó mis labios menores y se apropió de mi clítoris, manifestando el placer de mi sexualidad y la sensualidad plena de mujer.

Lo confieso, me hiciste sentir lo que nunca antes había experimentado, llegaste a mi vida iluminando la penumbra de mis deseos y, dueña de ellos, te convertí en esclavo de mis pasiones. Mi mayor anhelo siempre ha sido tenerte desnudo en mi cama, con esa mirada pérdida en el tiempo, ansioso que me adueñe de tu sexo, pidiéndome en silencio que deguste el néctar divino de tus entrañas. Y yo, obediente, me ahogo en tus deseos, atragantándome en el infinito de tu memoria, disfrutando el palpitar ardiente de tu sexo con ternura de niña huérfana para empaparme de tu savia al ritmo de nuestros cuerpos acoplados, en una danza sin fin por todos los espacios de la casa: el sofá, el comedor, la cocina, el piso, en la alfombra, en el baño y la cama, en la que aún duermo y ha sido testigo de todo lo que descubierto a tu lado. 

Llevo el orgullo grabado en la frente, no me arrepiento de nada. No me importa lo que murmuren a mis espaldas, ni lo que él piense, mi vida es mía así como mi cuerpo lo he consagrado a vos en silencio, he superado todas la barreras para alcanzar la dicha y he pagado el costo de ello. Ha sido un camino largo y doloroso, es el precio que pocas estamos dispuestas a pagar para salir de la penumbra de nuestros deseos.

Ronald Hill A.
18/11/2016

Foto: Sergio Orozco.

viernes, 14 de octubre de 2016

EL UMBRAL DEL RESENTIMIENTO



Esperó que todos durmieran.
Abrió la puerta, vio las calles:
oscuras y desoladas.
Recorrió la pista de aterrizaje.
Cruzó el claro, disfrutó la brisa:
tez y alma.
Rompió el umbral del resentimiento.
En una hamaca, él la esperaba:
complicidad y ternura.
Lluvia en el techo estallaba.
Desnudó su cuerpo, abandonó sus penas:
ardor y canto.
Regresó en la madrugada.
Cerró la puerta, el silencio esperaba:
aborrecimiento y abandono.
Durmió anhelando otra noche.

miércoles, 8 de agosto de 2012

DIOSA CUBIERTA DE ESPUMA


El reflejo en el piso de baldosa de la media luz emitida por la lámpara ubicada en la mesa, el ritmo de la música instrumental fluyendo a través de los parlantes adaptados a la microcomputadora y la cama king size volvían la habitación pintada de color nácar en un espacio que invitaba a los excesos, aunque nunca se había percatado de ello, hasta esa noche. Sus días y horas en soledad transcurrían motivados por lograr lo imposible para otros: empecinada en el cálculo económico, revisando fórmulas inventadas por su ingenio, el presupuesto del año venidero, indicadores y resultados, costo y beneficio, fichas de proyectos y borrando errores en las hojas impresas.

La percibí relajada cuando abrió la puerta. “No te esperaba tan temprano”, dijo volviendo a ver su reloj de plata satinada que hacía un llamativo contraste en su piel morena. “No importa, ya estoy terminando, puedes pasar”, agregó. Calzaba chinelas de playa, un pantalón deportivo azul de lana y una blusa blanca sin mangas que destacaba la cadena del mismo metal sobre la semicuenca de sus pechos. El cabello largo lo llevaba recogido por un moño. Al dar la vuelta para ofrecerme una mecedora ubicada frente al closet, observé su largo y frágil cuello, sus movimientos de gacela nerviosa.

“Siéntate, déjame arreglar estos papeles”, expresó luego de cerrar la puerta y abrió en mi destellos continuos de pensamientos tras cada uno de sus gestos. “Si estás incomoda te espero en la recepción”, le dije deseando que lo negara. Regresando la mirada, inclinada sobre la mesa con su rodilla derecha sobre la silla, mostrando su esplendida cadera, con una sonrisa, lo hizo: “No, tranquilo. Voy a ducharme, dame unos minutos. Puedes encender la tele”. Recorrí todos los canales; mis sentidos se filtraron en su intimidad hasta ver su imagen reflejada en la pantalla mientras caía un vendaval en la ciudad que siempre se inunda.

El agua tibia estremeció su cuerpo y se aproximó al intenso torrente introduciendo en alerta su pie derecho. Con determinación expuso los pechos sobre el caudal, sus pezones morenos se irguieron como flor ante rayos de sol mañanero, se estrujó con ambos brazos y movió lateralmente la cabeza evitando empapar su cabello. Giró en torno a la ducha hasta quedar frente al sudado espejo. Tomó el jabón de avena, lo frotó entre sus manos y acarició su cara en círculos con la yema de los dedos. Volvió a la ducha introduciendo la cara, restregó con delicadeza su abdomen, cadera y piernas; su piel brotó como espiga de diosa cubierta de espuma. Se secó con la toalla, desempañó el espejo y al verse mostró una sonrisa de gozo. “Qué elegancia, qué goce”, pensé con envidia pendiente de la puerta y sus imágenes desaparecieron cuando salió con la toalla cubriendo su cuerpo.

“Viste, no demoré demasiado”, dijo al dirigirse al closet y sentí la fragancia de su cuerpo. “Está lloviendo”, dije sin volver la mirada. Tras unos segundos de silencio contestó: “no es buena idea salir, podemos pedir la cena y me ayudas a revisar lo que me hace falta”. Se dirigió al espejo de la habitación con el mismo atuendo, se quitó el moño y peinó su cabello. “Lista”, expresó y nos quedamos viendo sin decir palabras.

Ronald Hill A.
La Colina
Domingo, 29 de julio de 2012

lunes, 24 de octubre de 2011

AMOR DE LODO

Foto: Ronald Hill A.
No la conocía, nunca antes había visto su rostro. A él, su marido, le estrechaba la mano, pero sus amores eran fugaces como las estrellas. Su ausencia, el descuido por la vida, provocaron el encuentro de sus miradas y, en un instante, la luz de sus almas llenó la soledad en la tierra roja convertida en lodazal.
           
Fueron amigos en la rutina diaria del trabajo. En el tiempo de descanso se buscaban sin darse cuenta y lo celebraban como lo haces cuando entran, después de la tormenta, los rayos del sol por tu ventana. Primero entre el grupo de amigos, luego los evadían y juntos compartieron café, sonrisas, la vida transcurrida hasta ese momento, sueños y temores.

Cuando lo evidente los delató, se sorprendieron. Hicieron el intento de evadirse por murmullos, pero con el tiempo la atracción de sus miradas fue mayor. El destino los unió y, de él, no lograron escapar. Tocó sus suaves manos, manos de ilusión; besó sus labios frescos, labios con temor; sintió el palpitar de su corazón, corazón herido, su cuerpo, cuerpo frío en busca de calor.

Lo inevitable también los atrapó. Celebraron sin temores las flamas del amor. Después del la jornada, las tardes fueron sus fieles cómplices. Su figura, bajo el umbral de la puerta, inundaba como lluvia sin cesar la habitación. Puertas y ventanas cerradas fueron testigos de frenética pasión. La hamaca, su lecho preferido, sin egoísmo acogió el palpitar desesperado de corazones deseos de explotar, el roce de la piel desnuda, los movimientos ondeantes y armónicos de los cuerpos, los sexos florecidos, las gemidos de placer como ecos de delirio confundidos en la intimidad; derroche salvaje de savia viva y el éxtasis ansiado de paz en medio de la oscuridad. Como dos candelas encendidas iluminaban la mesa que esperaba con la cena servida, ordenada con antelación. Los rostros, el cabello y los ojos negros, los cuerpos relajados, desnudos y sonrisas cómplices, lucían cubiertos por un manto de felicidad. Incrédulos por lo ocurrido, evitaron promesas hirientes difíciles de cumplir. Como nunca antes, se llenaron de dicha y halagos, olvidando en sus tardes de amor el mundo que giraba a su alrededor: las secuelas de la guerra, el sueño inconcluso de un mundo mejor, sus compromisos de pareja.
           
Con el tiempo la pasión creció, pero el sentimiento inicial, la génesis del amor, fue sustituido por la rutina; escondían sus miradas, evitaban el encuentro por la falsa moralidad, hábitos de obediencia a ley terrenal. También él la añoraba, la deseaba al regresar de batallas perdidas, de sus fracasos desesperados y aventuras hirientes. Dudando en la encrucijada, sin poder escapar, se aceptaron compartidos por derecho natural, ley escrita con sus corazones al palpitar. Se amaron una y otra vez hasta que los encuentros de disiparon por la falsa sociedad.
           
Una tarde se encontraron en el parque, luego de muchos, muchos años, ambos con hijos de la mano. Maravillado buscaba rasgos en los niños sin lograr su furor de amor identificar. Luego de saludarse se sentaron en una de las bancas viéndolos jugar entre ellos, corriendo sonrientes y gritando de alegría.

    ¡Pudieron ser de los dos!, dijo él.

Se quedó pensativa por segundos, sonrió de su ocurrencia y rodaron lágrimas por sus mejillas. El recuerdo del pasado imposible, los ecos de sus voces confundidas, el derroche de pasión en la hamaca de sus sueños, motivaron el brillo en su mirar.

    La vida ha cambiado, mira a tu alrededor. Muchas calles están adoquinadas y el lodo ha desaparecido de tus botas —respondió.
    El lodo, los momentos a tu lado es lo que más añoro. Nunca he podido olvidar tus manos, tus labios, tu piel, el palpitar de tu corazón —dijo.

Evitando la tentación, luego de un suspiro profundo, se levantó, llamó a sus hijos y, al iniciar su recorrido, regresó hacia él y dijo: “No compartimos hijos, pero los años por venir, los mejores, los seguiré guardando en tu espera”.

Un día, lejos, muy lejos del lodazal, se volvieron a encontrar. Acarició sus manos, manos con valor; besó sus labios, labios con decisión; sintió el palpitar de su corazón, corazón festivo, su cuerpo, cuerpo tenso en espera del amor. Se amaron sin testigos, limpiamente, sin puertas ni ventanas cerradas. Acurrucada en su pecho murmuró palabras claras en su oído, los ecos confundidos del pasado habían desaparecido.

    He vuelto a vivir el amor como la primera vez. Reconozco que me has deseado sin importarte lo que gira a nuestro alrededor — dijo sobre su pecho mirándolo fijamente a los ojos.
    No me importa nada más que tu amor —respondió él.
    A eso me refiero —respondió, levantándose de la cama. Tomó su ropa y con lágrimas lo abandonó.

Lo olvidó por siempre. Se convenció al final del deseo descomedido por lograr su propia felicidad. Era a él mismo a quien se amaba en exceso y nunca más la volvió a conquistar, aun cuando su mirada siempre la volvía a ilusionar.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sabado, 22 de octubre de 2011

martes, 7 de diciembre de 2010

ROSTRO EN GLORIA, CUERPO EN PENA

La vio caminar hacia él
y se acomodó en una banca del parque a esperar su paso.
La observó en silencio: ojos negros almendrados;
una Biblia en su mano izquierda, sostenida a la altura de los pechos;
pelo negro, corto, pelo de lluvia;
una blusa manga larga mostraba sus manos, finas con dedos limpios;
falda larga hasta los tobillos cubiertos con calcetines
y pies calzados con zapatos sin tacón.

Al pasar y seguirla con la mirada
descubrió su cintura de abeja
y el movimiento florido de sus nalgas,
al vaivén de su andar seguro.
“Es un ángel”, pensó.

Al día siguiente
se acomodó en la misma banca,
a la misma hora, a esperarla.
Transcurrieron las horas y no apareció.
“Subió al cielo para no regresar”, pensó
con el corazón dolido.
Los días pasaron y siempre acudía a la misma banca.
Su ángel no aparecía.

Un día jueves,
con la ilusión de verla,
apareció por el mismo camino.
Se levantó de la banca
y caminó a su encuentro.

La admiró de frente
y se dio cuenta del significado de la gloria
al contemplar su rostro.
Se quedó sin palabras.
“Es un ángel”, pensó.

Dio la vuelta
y la siguió
como un fantasma por las calles lodosas de Nueva Guinea,
hasta que entró
a la iglesia del Séptimo Día.

Desde entonces acudió
al culto todos los jueves, sólo por verla.
Pasaron días, semanas y meses, hasta que la conquistó.
Regado dejó su juramento de creer
en la santa iglesia católica, apostólica y romana.

Descubrió escondidas,
bajo su vestimenta y rostro en gloria,
las penas sedientas,
ardientes de su cuerpo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
2010