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jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


lunes, 24 de octubre de 2011

AMOR DE LODO

Foto: Ronald Hill A.
No la conocía, nunca antes había visto su rostro. A él, su marido, le estrechaba la mano, pero sus amores eran fugaces como las estrellas. Su ausencia, el descuido por la vida, provocaron el encuentro de sus miradas y, en un instante, la luz de sus almas llenó la soledad en la tierra roja convertida en lodazal.
           
Fueron amigos en la rutina diaria del trabajo. En el tiempo de descanso se buscaban sin darse cuenta y lo celebraban como lo haces cuando entran, después de la tormenta, los rayos del sol por tu ventana. Primero entre el grupo de amigos, luego los evadían y juntos compartieron café, sonrisas, la vida transcurrida hasta ese momento, sueños y temores.

Cuando lo evidente los delató, se sorprendieron. Hicieron el intento de evadirse por murmullos, pero con el tiempo la atracción de sus miradas fue mayor. El destino los unió y, de él, no lograron escapar. Tocó sus suaves manos, manos de ilusión; besó sus labios frescos, labios con temor; sintió el palpitar de su corazón, corazón herido, su cuerpo, cuerpo frío en busca de calor.

Lo inevitable también los atrapó. Celebraron sin temores las flamas del amor. Después del la jornada, las tardes fueron sus fieles cómplices. Su figura, bajo el umbral de la puerta, inundaba como lluvia sin cesar la habitación. Puertas y ventanas cerradas fueron testigos de frenética pasión. La hamaca, su lecho preferido, sin egoísmo acogió el palpitar desesperado de corazones deseos de explotar, el roce de la piel desnuda, los movimientos ondeantes y armónicos de los cuerpos, los sexos florecidos, las gemidos de placer como ecos de delirio confundidos en la intimidad; derroche salvaje de savia viva y el éxtasis ansiado de paz en medio de la oscuridad. Como dos candelas encendidas iluminaban la mesa que esperaba con la cena servida, ordenada con antelación. Los rostros, el cabello y los ojos negros, los cuerpos relajados, desnudos y sonrisas cómplices, lucían cubiertos por un manto de felicidad. Incrédulos por lo ocurrido, evitaron promesas hirientes difíciles de cumplir. Como nunca antes, se llenaron de dicha y halagos, olvidando en sus tardes de amor el mundo que giraba a su alrededor: las secuelas de la guerra, el sueño inconcluso de un mundo mejor, sus compromisos de pareja.
           
Con el tiempo la pasión creció, pero el sentimiento inicial, la génesis del amor, fue sustituido por la rutina; escondían sus miradas, evitaban el encuentro por la falsa moralidad, hábitos de obediencia a ley terrenal. También él la añoraba, la deseaba al regresar de batallas perdidas, de sus fracasos desesperados y aventuras hirientes. Dudando en la encrucijada, sin poder escapar, se aceptaron compartidos por derecho natural, ley escrita con sus corazones al palpitar. Se amaron una y otra vez hasta que los encuentros de disiparon por la falsa sociedad.
           
Una tarde se encontraron en el parque, luego de muchos, muchos años, ambos con hijos de la mano. Maravillado buscaba rasgos en los niños sin lograr su furor de amor identificar. Luego de saludarse se sentaron en una de las bancas viéndolos jugar entre ellos, corriendo sonrientes y gritando de alegría.

—    ¡Pudieron ser de los dos!, dijo él.

Se quedó pensativa por segundos, sonrió de su ocurrencia y rodaron lágrimas por sus mejillas. El recuerdo del pasado imposible, los ecos de sus voces confundidas, el derroche de pasión en la hamaca de sus sueños, motivaron el brillo en su mirar.

—    La vida ha cambiado, mira a tu alrededor. Muchas calles están adoquinadas y el lodo ha desaparecido de tus botas —respondió.
—    El lodo, los momentos a tu lado es lo que más añoro. Nunca he podido olvidar tus manos, tus labios, tu piel, el palpitar de tu corazón —dijo.

Evitando la tentación, luego de un suspiro profundo, se levantó, llamó a sus hijos y, al iniciar su recorrido, regresó hacia él y dijo: “No compartimos hijos, pero los años por venir, los mejores, los seguiré guardando en tu espera”.

Un día, lejos, muy lejos del lodazal, se volvieron a encontrar. Acarició sus manos, manos con valor; besó sus labios, labios con decisión; sintió el palpitar de su corazón, corazón festivo, su cuerpo, cuerpo tenso en espera del amor. Se amaron sin testigos, limpiamente, sin puertas ni ventanas cerradas. Acurrucada en su pecho murmuró palabras claras en su oído, los ecos confundidos del pasado habían desaparecido.

—    He vuelto a vivir el amor como la primera vez. Reconozco que me has deseado sin importarte lo que gira a nuestro alrededor — dijo sobre su pecho mirándolo fijamente a los ojos.
—    No me importa nada más que tu amor —respondió él.
—    A eso me refiero —respondió, levantándose de la cama. Tomó su ropa y con lágrimas lo abandonó.

Lo olvidó por siempre. Se convenció al final del deseo descomedido por lograr su propia felicidad. Era a él mismo a quien se amaba en exceso y nunca más la volvió a conquistar, aun cuando su mirada siempre la volvía a ilusionar.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sabado, 22 de octubre de 2011

lunes, 3 de octubre de 2011

CITA CIEGA

Mercy Kirklloyd cumplió cincuenta años sin percatarse del paso del tiempo. Sonrió a la vida sin reparo, celebró sus amores del pasado, brindó por su belleza, por sus amistades y por la gracia bendita que sólo las mujeres caribeñas poseen. Se aferró a sus hijos sin importarle el fracaso del matrimonio, luchó incansable por mantenerlos sin las privaciones que padeció en su juventud. Se levantó como siempre, cantando con alegría en inglés y, antes de entrar a la ducha, le dio play a su CD preferido de dimensión costeña. Bailó para ella, sin nadie que admirara sus movimientos sensuales de cadera, un rito que realizaba cada que vez que su vida florecía al paso de los años. Bailando recorrió la sala hasta llegar a la habitación y, al entrar en el baño, se detuvo ante el espejo y sonrió llena de dicha. “Cincuenta no son nada”, pensó.

Años atrás se había quedado sin empleo y, al ser una mujer sola, debía solventar todas las cargas del hogar, las demandas de sus hijos, estudiantes universitarios, y los cobros agobiantes de los bancos emisores de tarjetas de crédito. Con una tarjeta pagaba los gastos del hogar, con otra la universidad de sus hijos y con la tercera retiraba dinero en efectivo para pagar las anteriores. Con el paso de los meses se encontró hasta el cuello de deudas sin poder solventarlas, con el acoso incesante a través de llamadas telefónicas y tuvo que recurrir a sus amigas caribeñas en busca de ayuda. Le cerraron las puertas a sus intenciones de obtener un préstamo solidario y descubrió que la pomposidad en que vivían era hilvanada con baños de fantasía. “Amigas, my buttocks”, dijo con dolor y desilusión. Recordó sus juegos de niñas en el colegio Moravo de la ciudad embrujada frente a la bahía, las promesas adolescentes de ser amigas para siempre sin importar las circunstancias y se olvidó de ellas refugiándose en la desesperación.

Buscó trabajo en las páginas amarillas de los diarios, pero ninguno de ellos estaba a su altura: meseras, masajistas, armadora de zona franca, repartidora de boletas en semáforos. “No señor, no es para mí”, pensaba. La soledad y el agobio la llevaron a incursionar, la mayor parte de su tiempo, en Internet; abrió su página en Facebook. Encontró viejas amigas que han emigrado hacia otras tierras y amigos del pasado. Una de ellas le recomendó rehacer su vida, buscar un nuevo amor ya que aún mantenía sus encantos, su belleza caribeña. “Me casé con un gringo, estoy bien, tengo mi casa y vivo sin problemas financieros”, le dijo. Ingresa a la página de www.citasciegas.com le recomendó y lo hizo sin vacilar. Abrió su perfil y subió su foto. Definió claramente su interés: “busco hombres solteros entre los 45 y 55 años”, dejó escrito y salió de la Web sin mucha ilusión.

Una semana después volvió a revisar su perfil y descubrió que, de cinco mil mujeres que aplicaban en su misma categoría de búsqueda, ella ocupaba la número cien de la lista debido a las visitas que los “señorones” hacían en su perfil. También encontró su buzón de correo electrónico saturado de mensajes. Le escribían de Albania, Moscú, Italia, Noruega, Alemania, Francia, España, Bangladesh, Afganistán, USA y de Nicaragua. Sorprendida, reía como siempre. La siguiente semana ocupaba el lugar número cincuenta y, al concluir el mes, estaba en el “top ten” de las más codiciadas. Se embriagó de dicha, del deseo que provocaba en otros, de ser apetecida entre miles de su edad. Tres días después era la número uno de la lista y encontró en su buzón de correo la fotografía de uno de los pretendientes más atractivo: un hombre de cuarenta y ocho años, serio, alto y de bigote, de nacionalidad rusa que hablaba perfectamente inglés, español, francés, italiano y solicitaba su número telefónico. Sin dudarlo contestó el correo brindando su número.

Por la tarde recibió una llamada. Por temor a los acosadores no contestó, pero ante la insistencia del teléfono respondió imitando otra voz. El acento del que preguntaba por “Miss Mercy Kirklloyd” no era nica, sonaba al de un chele extranjero. “Sí, soy yo, ¿quién habla?”, preguntó. “Tu admirador ruso, Mijael Kaskorny”, respondió él. Mercy dudó por unos instantes y dijo: “este número es de Nicaragua”. “Sí, vivo en Managua, soy agregado comercial en la embajada de Rusia”, contestó.  “¡Que sorpresa!”, dijo Mercy, mientras Mijael, con decisión de oso polar frente a una presa, la invitó a cenar esa misma noche en un restaurante de primera categoría, ubicado en la carretera de las ilusiones efímeras.

Como niña traviesa, inspirada por imágenes de un príncipe cosaco vestido con traje de kaftán, cubierta sus espaldas por la túnica cherkesska de cartucheras doradas y su cabello rubio por la gorra papakha sosteniéndola del brazo, transcurrió la tarde preparándose para el encuentro que cambiaría su vida: perfumó su piel caoba con pétalos de rosas, alisó su cabello rizado con una peinadora eléctrica, pintó en color nácar las uñas de sus pies, cepilló sus blancos, sanos  y perfectos dientes, se probó los trajes de noche más atractivos y decidió vestir de color negro, el negro de su piel lavada por la mezcla de sangres en el tiempo, el vestido negro con escotes en la espalda que sus amigas envidiaban.

A las siete de la noche acudió al encuentro, dejando a sus hijos con la boca abierta cuando la vieron en el umbral de la puerta lista para abordar su vehículo. “Hey mom, take care, please”, dijo el mayor, mientras el menor reía a carcajadas por su arrojo ante la aventura. Al llegar al restaurante acordado, vio desde el vehículo a Mijael esperándola bajo el toldo pintado de rayas rojas y blancas de la entrada principal. Alto, mucho más que ella, de pasos firmes, voz pausada y ronca, le tendió la mano y la estrechó sin temor, con sutileza la tomó del antebrazo izquierdo dirigiéndola hacia la mesa reservada en una de las esquinas.

Luego de la rutina inicial (dónde vives, qué haces, tienes hijos, ese nombre no es nica, de dónde eres, que ella respondía con cierto recelo), Mijael sonrió a carcajadas al darse cuenta que frente a él tenía a una creole caribeña, la “top del top”, la más codiciada de las citas ciegas y mostró dientes y muelas ausentes en su dentadura, el desastre existente en la bóveda de su boca. Las ilusiones de Mercy se esfumaron, el príncipe cosaco se desvaneció en segundos. Desde esa primer cita, Mercy dijo: “No way, José” y lo evadió cuando insistía permanentemente en sostener una relación con ella.

Revisó su dentadura frente al espejo humedecido por los vapores de la ducha caliente, introdujo su pie izquierdo en la tina de baño comprada con el primer salario que recibió como asistente administrativa de una embajada y llena de dicha cantó  “Let it be”. Recordó a sus amigas de juventud y, sin rencores, las buscó para celebrar con ellas sus dorados cincuenta años.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
30 de septiembre de 2011.


jueves, 26 de mayo de 2011

VESTIDA DE BLANCO


Esa tarde compartió tragos con sus amigos. Hablaron de sus rutinas, de sus planes, de la situación del país y de Bluefields. Se despidieron temprano por sus apremiantes quehaceres del siguiente día. Iban a dar las nueve y se dirigía al hotel. Al dar la vuelta completa en la rotonda Rubén Darío observó la fiesta en el parqueo. “Es temprano aún”, pensó y giró entrando al estacionamiento.
            Al bajar de la camioneta se encontró en el centro de un concierto musical discordante, donde los ritmos fluían desde las cabinas de los vehículos mezclados con voces eufóricas, risas, carcajadas y motores en marcha abasteciéndose de combustible. Observó parejas enamoradas en la fresca grama frente al parqueo y el movimiento constante de otros que entraban y salían del centro de ventas on the run con cervezas, gaseosas, hamburguesas, pizza y cajitas de pollo. Hizo lo mismo y, al regresar, entró en la cabina, encendió el equipo de sonido dándole play a su CD preferido de Bob Marley. Con la puerta abierta se reclinó en el asiento, tomó un trago de cerveza y la vio pasar a través del cristal. “Será posible, pensó, se parece mucho a ella”.
            Salió de la cabina en espera de su regreso con la cerveza en la mano. Se reclinó en la puerta mientras sus pensamientos, nublados por ella, lo trasladaron a la costa caribe. Se encontró frente a la inmensa casa de madera. Entró por la puerta derecha, recorrió la sala observando las fotos familiares y con su mano izquierda acaricio el teclado del viejo piano. Escuchó risas, caminó hacia la cocina y observó a las mujeres preparando masa para hacer pan simple, dulce y cosas de horno. Giró a la izquierda y subió por las gradas posteriores hacia el segundo piso recorriendo las habitaciones. Se detuvo frente a la que ocupó por muchos años y la vio vacía. Continuó caminando y salió al balcón admirando las insignes palmeras de la ciudad, la bahía en calma bajo el cielo azul y respiró el aroma de la ciudad. Satisfecho regresó al pasillo y bajó por las gradas del frente evitando mirar la habitación que siempre se mantenía cerrada, prohibida por conservar los tesoros de su abuelo. Salió a la calle por la puerta derecha y, en el pequeño andén del puerto, saboreó sus labios, la dulzura de sus besos; sintió temor de sus caricias y ardiente cuerpo. La vio frente a la iglesia vestida de blanco con un ramo de flores en sus manos. Alta, delgada, cabello largo, ojos color miel, labios finos. En su rostro mostraba la alegría mística de los santos camino al cielo.
            Regresó de los recuerdos por las carcajadas delirantes de una pareja de enamorados que se encontraba en el vehiculo contiguo. De pronto la vio pasar nuevamente; cabello corto, pasos largos, cadera inquieta ajustada a los jeans, rellenita, madura, más mujer. En sus manos cargaba dos cervezas. “Es ella, no hay dudas”, pensó. Siguió su andar coqueto y la vio entrar en un sedan blanco. Se tomó la cerveza en dos tragos, se dirigió hacia ella y golpeó la puerta del conductor.

—    Disculpe —dijo, agachándose un poco—. ¿Usted es Katalina?
—    Sí —respondió extrañada—. Y usted, ¿quién es?
—    ¡Rommel! —respondió, alejándose dos pasos de la puerta—.  ¿Me recuerdas?
—    ¿Rommel?, ¡Rommel! —dijo y salió del auto—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
Sonreían con incertidumbre, sus miradas se encontraban nuevamente como observando un espejismo. Se inspeccionaron incrédulos, Rommel extendió su mano y, al estrechar la de ella, la fuerza del pasado los atrajo, juntando sus cuerpos en un abrazo desbordante de alegría.
            Recuperaron sus recuerdos; caminatas por las calles, encuentros en las esquinas, las fiestas compartidas, las noches de luna llena en el muelle de Matinuz y su romance efímero. Rommel la invitó a una cerveza y entraron al on the run confundiéndose con otras parejas por sus miradas seductoras y sonrisas placenteras, con la complicidad del asombro que los invadía luego de tantos años sin verse. Al salir se detuvieron en la camioneta. Pasaron segundos sin conversar, solamente sonreían.

—    ¿Siempre te gusta la canción “vestida de blanco”? —preguntó Katalina—. Recuerdo que me la dedicabas.
—    Siempre —respondió Rommel—. Hasta por la radio Atlántico, después que te casaste.
—    Me case nuevamente y enviudé. Tengo dos hijos.
—    Lo siento mucho —dijo Rommel y la tomó de la mano.
—    Espérame, ya regreso —dijo Katalina y se dirigió a su vehículo.

Rommel se daba cuenta que alguien la acompañaba, pero por el entusiasmo del encuentro lo habían olvidado.

—    No me entiende —dijo al regresar—. Está enojado, es celoso.

Katalina no había concluido de hablar cuando el tipo pasó caminando de prisa y al alejarse gritó “me las vas a pagar, ya veras”.

—    Que pena —dijo Rommel—. Todo por mi culpa.
—    No niño, no le pongas mente. Él se lo pierde, es un tonto.

Se despidieron después de media noche. Con el paso del tiempo se hablaban por teléfono y en una ocasión se citaron en la misma gasolinera, cenaron juntos y la volvió a ver vestida de blanco en la habitación del hotel, cambió el traje de novia por un fino “baby doll”.
            En un aniversario de la revolución sandinista la vio en la plaza. Vestía una camiseta color chica con un eslogan alusivo a la celebración, blue jeans ajustados, y un pañuelo rojo y negro colgado en el cuello.

—    ¿Y eso? —preguntó sorprendido.
—    ¿Te gusta? —respondió Katalina girando como modelo.
—    Prefiero verte vestida de blanco —respondió Rommel.
—    ¡Mi amor!, ¡el blanco es sólo para vos! — dijo.

Lo tomó de la mano, jalándolo para que la acompañara y se perdieron entre la delirante multitud.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Miércoles, 25 de mayo de 2011

jueves, 10 de marzo de 2011

RESPLANDOR DE PERLAS



La brisa de la mañana invadió su lecho a través de las persianas faltantes de la ventana; tras su paso, inició un leve movimiento de la cortina hasta agitar el mosquitero. Los tenues rayos de sol irrumpieron en la habitación. Al despertar abrió los ojos y su luz llenó el espacio como resplandor de perla. Al estirar los brazos, su mano izquierda sintió su presencia y, al tomar conciencia de su compañía, giro a la izquierda y lo encontró dormido.

Sus carnosos labios enmudecieron admirados y los pensamientos divagaron sin tratar de encontrar explicación de las circunstancias que lo llevaron a su lado. Se aproximó con sutileza, respiró su aroma embriagador; al verlo desnudo descubrió la palidez de su piel cubierta de finos vellos. Por instinto lo acurrucó como a un niño cubriéndolo con la sábana.

Lo había visto en diferentes momentos de su vida. De muchacha lo miraba lejano, inalcanzable. Jamás se fijó en ella. Pero esa noche, después de décadas, sus miradas se encontraron y una chispa despertó el fulgor de sus ojos, los recuerdos y las nostalgias de amor.

Ahora lo observaba con ternura, frágil y suyo. No quería que despertara y se levantó sigilosa de la cama. Tomó una camiseta fina, un short de lana, calzo sus chinelas y se dirigió a la cocina. Encendió el fuego y puso a hervir agua en una olla a presión. Con delicadeza levantó la tranca de la ventana evitando el crujir de las bisagras; al abrirla observó los rayos del sol sobre la espesura del bosque en lo alto del cerro.

Percibió la belleza del cielo, el olor intenso del campo y la brisa fresca sacudió su cabello rizado. Sus grandes ojos negros se humedecieron de alegría y la soledad pasó despidiéndose, fluyendo en el aire, escapándose con la bruma hasta asentarse nuevamente en el bosque.

Hipnotizada por la ilusión se quedó expectante y se dio cuenta que había despertado cuando se apropió de su cintura, atrayéndola con sutileza hacia él. Los pelos de su barba hicieron que se estremeciera al acariciarle el cuello con su mejilla y su corazón inició un galope frenético y desesperado al notar su tibia hombría. Sintió el deseo apremiante y poderoso como oleada de vida.

El aire fresco se atascó en su pecho y olvidó sus penas, sus fracasos amorosos, el incierto futuro a su edad madura, los obstáculos sorteados de mujer sola y celebró tenerlo a su lado. Al darse vuelta, en la tenue claridad de la mañana, descubrió el brillo de sus ojos en la mirada. Lo atrajo buscando sus labios, abriéndolos con un beso cálido y húmedo. Recorrió las comisuras de su boca, bebió su saliva y aspiró su aliento dispuesta a atraparlo hasta el último de sus días, sacudida por el huracán de los deseos guardados, encadenados por muchos años.

La danza del amor comenzaba y él comprendió que no debía ceder a su impulso. Con lentitud y cierto temor de arruinar el embrujo, porque sus manos temblaban, levantó su camiseta y descubrió los vellos de sus axilas, la curvatura de sus hombros, los senos grandes, aún firmes, y los pezones negros. Con la concavidad de sus manos exploró los pechos, apretó la cintura y la piel de ella, color ébano; se estremeció.

Se arrodilló frente a ella, hundió su cara en el abdomen, besó su profundo ombligo y descubrió la fragancia exquisita de la mujer caribeña, el mito del olor a coco y lo salobre del mar. Levantó sus pies y apartó sus chinelas descubriéndolos para acariciarlos con un beso. Sus manos se apoderaron de su short de lana y lo bajó lentamente revelando el paso del tiempo en su vientre, sus muslos aún firmes y sus nalgas de diosa. La vio desnuda a contra luz y con sus labios recorrió sus senderos, cavó sus cuevas, caminó sus valles y colinas, logrando dibujar la belleza de su cuerpo.

Al quitarse los calzoncillos, se levantó y descubrieron el secreto original. El canto de los gallos y el ladrido alegre de la perra amarrada en el corredor del fondo de la casa no perturbaron el momento.

Ella, experta en el amor, se sorprendió al darse cuenta que no la habían amado de esa manera; desconocía ese arrebato sin cadenas, temores ni reservas. Maravillada descubría con todos sus sentidos la forma de su cuerpo, su sabor, su aroma, su calor y exploraba cada palmo sembrándolo de caricias ya olvidadas. Nunca antes había celebrado con tantas ansias la fiesta de sus deseos: bésame, tócame, chúpame, poséeme porque muero por sentirte dentro de mí, no te detengas porque te mato, así, mi amor, allí me encanta, me tienes loca, ¡ay dios mío, que rico!

Él la apartó levemente para mirarla y descubrió en sus ojos negros el reflejo de las perlas negras que devolvían su imagen cubierta por el deseo. Se acostaron en el piso de madera e iniciaron las etapas del rito ancestral. Ella lo acogió con pasión, murmurando palabras sensuales nunca antes dichas y él se abandonó, entrando en su jardín, empapándose del néctar de su flor caribe, cada uno siguiendo el ritmo placentero del otro en la búsqueda anhelada del mismo final.

Tras cada susurro de pasión él sonreía de dicha plena porque al fin había encontrado la diosa negra de sus fantasías de adolescencia, buscada en diferentes lugares y cuerpos a lo largo de muchos años.

Sin prisa, reteniendo el tiempo bajo la luz de la ventana, anidó en ella atajándose en el frote de cada sensación. Ella se apoderó de él y toda la magia de ritmos sensuales de sus ancestros africanos floreció en un instante. Su cuerpo se contorsionó, sus caderas temblaron, sus labios se humedecieron, sus manos lo estrujaban en su cuerpo bañado de sudor, al tiempo que se entregaba como nunca antes.

Cuando ella se estremeció en éxtasis y un suspiro profundo salió de su boca, un volcán erupcionó en su vientre y el fluir del arroyo lo sacudió hasta caer como naufrago en las aguas de ella. Tirados en el piso suspiraban felices. El chillido de la olla en que hervía el agua interrumpió el palpitar de sus corazones, el amor desbordado en plenitud. Tomaron café y se despidieron con la promesa de nunca olvidarse.

Con el paso de los años la volvió a ver. Él regresaba de la diáspora caribeña que añora desterrada sus raíces, su gente, su comida, sus fiestas y amores del pasado. Al verla caminar en la distancia se dio cuenta que seguía llena de vida a pesar de sus años, la soledad y carencias en esa ciudad abandonada y embrujada frente al mar caribe. Apresuró el paso de sus pies errantes, ansioso por volver a entrar en su jardín y ver el resplandor de su perla negra.


La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 09 de marzo de 2011