En el Instituto Nacional de Chontales estudió
y sobresalía sin levantar la voz.
Había en él una manera clara de estar,
una presencia que se imponía sin tamaño.
Una tarde, su profesora de inglés,
la niña Mariíta Castrillo,
pasó lista de asistencia.
El aula en silencio.
Los nombres cayendo uno tras otro.
—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!
Silencio total.
—¿Dónde está Severiano?
—¡Aquí profe!
—¡Póngase de pie!
—¡Estoy de pie!
—¡No lo veo!
Las miradas giraron.
Caminó hacia el centro del pasillo
y dijo, claro, sin temblar:
—¡Severiano Lumbí Taleno!
La profesora bajó los lentes.
Lo miró con asombro.
Pequeño, liliputiense,
como un niño extraviado entre cuerpos
grandes.
—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.
—Puede ocupar su lugar.
Y ocupó su lugar en el mundo.
Hizo amistad con todos.
Trabajó en una sastrería
confeccionando pantalones de varón.
Se graduó de contador,
aplicó en una plaza del Banco Nacional
y la vida lo llevó a Nueva Guinea.
Allí fue risa.
Broma.
Alegría constante.
Amor por las mujeres bonitas
y por la noche compartida.
Media poco más de un metro,
pero su carcajada cruzaba cantinas.
Hacía amigos rápido.
Tocaba guitarra.
Cantaba.
En noches húmedas de Nueva Guinea,
cuando la soledad aprieta,
salía con sus amigos,
de cantina en cantina,
regando historias, canciones y ron.
Tenía voz ronca,
hablaba rápido,
como si la vida no le alcanzara
para decir todo lo que llevaba dentro.
Amó y lo amaron.
Fue celoso,
estricto y amante intenso.
Conoció las colonias, sus caminos y su gente.
Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron
siendo contador de la ventanilla del Banco.
En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol
y los festivales de música campesina,
participando en directivas y jurados.
Su alegría brillaba más que su estatura.
Y fue muy querido.
Trabajador.
Responsable con los números.
Soñador con los días.
Y con esfuerzo puso su propia cantina.
Fue hombre de trabajo,
de música,
de amores
Y de suerte.
Un día raspó La Raspadita.
Cincuenta mil.
La alegría grande.
Después la vida se torció.
Como a veces pasa.
Una noche lluviosa,
el alcohol,
la traición,
la codicia,
lo mataron por dinero.
Pero no fue allí donde terminó.
Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.
Y allí fue sepultado.
Severiano no se quedó bajo tierra.
Sigue en la risa que estalla de repente.
En la guitarra que suena de noche.
En el brindis que se levanta sin razón.
Caminó el mundo a su medida
y aun así le quedó grande.
Cantó.
Bebió.
Amó.
Hizo amigos donde llegó.
En Nueva Guinea dejó huellas
que no se miden en metros
sino en abrazos,
en juegos de beisbol,
en guitarras sonando de noche,
cantos al amor,
en carcajadas húmedas de ron.
Pequeño de cuerpo, sí,
pero grande en ganas de vivir,
por ello lo levanto en la memoria
como se levanta un brindis:
con alegría,
con música,
con su nombre dicho en voz alta:
¡Severiano!
Domingo, 18 de enero 2026.
Foto aportada por la familia y mejorada con IA.
