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domingo, 18 de enero de 2026

SEVERIANO

 


En el Instituto Nacional de Chontales estudió

y sobresalía sin levantar la voz.

Había en él una manera clara de estar,

una presencia que se imponía sin tamaño.

 

Una tarde, su profesora de inglés,

la niña Mariíta Castrillo,

pasó lista de asistencia.

El aula en silencio.

Los nombres cayendo uno tras otro.

 

—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!

Silencio total.

—¿Dónde está Severiano?

—¡Aquí profe!

—¡Póngase de pie!

—¡Estoy de pie!

—¡No lo veo!

 

Las miradas giraron.

Caminó hacia el centro del pasillo

y dijo, claro, sin temblar:

—¡Severiano Lumbí Taleno!

 

La profesora bajó los lentes.

Lo miró con asombro.

Pequeño, liliputiense,

como un niño extraviado entre cuerpos grandes.

—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.

—Puede ocupar su lugar.

 

Y ocupó su lugar en el mundo.

 

Hizo amistad con todos.

Trabajó en una sastrería

confeccionando pantalones de varón.

Se graduó de contador,

aplicó en una plaza del Banco Nacional

y la vida lo llevó a Nueva Guinea.

 

Allí fue risa.

Broma.

Alegría constante.

Amor por las mujeres bonitas

y por la noche compartida.

 

Media poco más de un metro,

pero su carcajada cruzaba cantinas.

Hacía amigos rápido.

Tocaba guitarra.

Cantaba.

 

En noches húmedas de Nueva Guinea,

cuando la soledad aprieta,

salía con sus amigos,

de cantina en cantina,

regando historias, canciones y ron.

 

Tenía voz ronca,

hablaba rápido,

como si la vida no le alcanzara

para decir todo lo que llevaba dentro.

Amó y lo amaron.

Fue celoso,

estricto y amante intenso.

 

Conoció las colonias, sus caminos y su gente.

Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron

siendo contador de la ventanilla del Banco.

En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol

y los festivales de música campesina,

participando en directivas y jurados.

 

Su alegría brillaba más que su estatura.

Y fue muy querido.

Trabajador.

Responsable con los números.

Soñador con los días.

Y con esfuerzo puso su propia cantina.

 

Fue hombre de trabajo,

de música,

de amores

Y de suerte.

Un día raspó La Raspadita.

Cincuenta mil.

La alegría grande.

 

Después la vida se torció.

Como a veces pasa.

 

Una noche lluviosa,

el alcohol,

la traición,

la codicia,

lo mataron por dinero.

 

Pero no fue allí donde terminó.

Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.

Y allí fue sepultado.

Severiano no se quedó bajo tierra.

Sigue en la risa que estalla de repente.

En la guitarra que suena de noche.

En el brindis que se levanta sin razón.

 

Caminó el mundo a su medida

y aun así le quedó grande.

Cantó.

Bebió.

Amó.

Hizo amigos donde llegó.

 

En Nueva Guinea dejó huellas

que no se miden en metros

sino en abrazos,

en juegos de beisbol,

en guitarras sonando de noche,

cantos al amor,

en carcajadas húmedas de ron.

 

Pequeño de cuerpo, sí, 

pero grande en ganas de vivir,

por ello lo levanto en la memoria

como se levanta un brindis:

con alegría,

con música,

con su nombre dicho en voz alta:

¡Severiano!

 



Domingo, 18 de enero 2026.

Foto aportada por la familia y mejorada con IA.


viernes, 26 de septiembre de 2025

LAS ESTRELLITAS DEL CIELO RASO

 


En el cielo raso de mi habitación hay unas estrellitas que, poco a poco, van perdiendo el brillo que acumulan durante el día o con la lámpara de la habitación. Son pocas, unas quince quizás. Desde hace muchos años están allí para alegrarme las noches lluviosas y frías. Con el paso del tiempo muchas se han despegado, como si se perdieran en la oscuridad.

Así como ellas, he perdido la facilidad para dormir. Antes me cepillaba los dientes, me ponía la pijama, me acomodaba a gusto en la cama y, antes de terminar el “ahora y en la hora de nuestra muerte”, ya estaba roncando. Pero ahora no. Ahora me cuesta dormir: mi mente divaga, da vueltas y vueltas, salta de un recuerdo a otro. Son temas y escenas que ya casi no reconozco, pero mi memoria se resiste a soltarlos.

En tiempos de guerra me pasaba lo mismo. Casi no dormía. Despertaba agitado, después de soñar con horrores. Recuerdo que me tomé unas vacaciones en la isla de Utila y, aun allí, me levantaba nervioso. Escuchaba en sueños los helicópteros volando bajo, con motores rugiendo, lanzando proyectiles o disparando con la ametralladora. Levantaban arena, destrozaban los árboles frutales del patio de mi abuelo Ernesto —a quien todos llamaban Papú— y de mi abuela Hazel. Eran pesadillas recurrentes. Despertaba agotado, como si hubiera corrido kilómetros.

Quizás todo era producto del estrés de vivir en zonas de guerra, donde siempre eran noticia las emboscadas a camiones militares y particulares en carreteras minadas. En uno de esos casos, una compañera extranjera —fotógrafa profesional— acudió veloz a la escena. Al revelar sus fotos pude ver los cuerpos acribillados y luego quemados con gasolina, reducidos a carbón. Aún hoy me estremece.

También recuerdo a varios amigos que murieron de distintas formas en esos años. Todavía los veo: sus compañías, sus historias, las tardes de bar, los planes de futuro, la alegría de tener esposa e hijos. Todo eso, de pronto, se borró como polvo azotado por el viento, dejando un vacío sin consuelo.

Hay otras cosas que no me dejan en paz. Las cuentas que llegan y nunca cierran. El amigo que lleva meses sin llamar porque su hijo está enfermo y no tiene para las medicinas carísimas. Son pequeñas bombas diarias. Me pregunto si alcanzará el sueldo, si algún día la miadera mejorará, porque a veces salto de la cama corriendo al inodoro. Mis amigos me dicen que no me preocupe, que así están ellos: que se orinan fuera de la taza, que al llegar a la cama dejan una estela en el trayecto, que de día deben cubrirse con papel higiénico para disimular la retención o la poca evacuación. "You fella", me dicen, no te ahueves por eso, bienvenido al club.

La incertidumbre es una sombra que se sienta en la cabecera de la cama. A veces escucho un crujido en la casa y pienso en puertas que no vuelven a abrirse. A veces imagino que alguien llama al alba con malas noticias. Todo eso me mantiene despierto.

Pienso también en la gente de a pie, la que la vida le ha resultado extremadamente difícil, la que madruga a diario para ganarse el sustento con trabajos duros. Están los cargadores de sacos en los mercados, los que barren las cunetas de las calles mojadas por la lluvia o por las inmundicias que en ellas se desechan. Los recolectores de basura que viven expuestos a contraer infecciones con los desperdicios que se pudren en sacos, revueltos por perros callejeros y zopilotes. También están los vendedores de comida en las esquinas, los ambulantes que cargan sus bultos, los cortadores de leña en los montes, los zapateros que remiendan zapatos gastados, y miles más que sufren en un mundo desigual.

Son rostros cansados que rara vez reciben un gesto de solidaridad. Muchos caen asesinados en silencio, otros exterminados en guerras que nunca fueron suyas, y los más siguen muriendo de hambre, poco a poco, como hojas secas que se desprenden del árbol sin que nadie lo note. Cada día son más, y el mundo parece acostumbrarse a su dolor, como si fuera parte natural del paisaje.

A veces me pregunto: ¿qué harán cuando la paciencia se acabe? ¿A dónde irá la furia? Lo pienso en voz baja, con miedo. Porque la injusticia amontona rencores. Y los rencores, cuando se juntan, revientan. Y así van por la vida, hasta que un día explotan y le dan vuelta a la tortilla agria de la historia.

En medio de esas reflexiones, mi mente busca consuelo en memorias más luminosas. Vuelvo a los días de pesca con mis amigos en el muelle que llamábamos el Murito. Nos preparábamos con anticipación: andábamos en busca de pesas sacadas de cables de acero que cortábamos en trozos bajo la sombra de un mango en la casa de los García, en El Bluff. Allí mismo fundíamos los trozos para hacer pelotitas del tamaño de una uña. Nos servían de proyectiles para las tiradoras en las tardes de caza bajo árboles frondosos.

Para pescar, levantábamos trozas de madera que se acumulaban en la ensenada, entre cascos viejos de botes salvavidas varados en la carretera, y de allí sacábamos carnada. O atrapábamos sardinas, o escarbábamos la tierra en busca de lombrices gigantes. A veces íbamos a los barcos camaroneros por desechos que tiraban al mar.

En el desvelo de estas noches, paso horas pescando de nuevo en el Murito: el suave oleaje de la bahía revienta en el muro, la brisa salada del Tortuguero me golpea el rostro, gaviotas y tijeretas nos sobrevuelan con alegría. Grito de emoción cuando una palometa o un roncador queda prendido del anzuelo, y lucho con todas mis fuerzas hasta sacarlo del agua.

Si aún no duermo, viajo en mis recuerdos a otros muelles. Estoy en el puente de Utila, atrapando sardinas con un nylon fino y un anzuelo diminuto. Con los dedos giro el anzuelo y, con rapidez, saco del cardumen plateado una y otra sardina que brilla al sol. Luego camino hasta el muelle de Archie Lee y paso parte de la tarde pescando. Con suerte atrapo varios Silver Fish, los llevo a la casa de Papú y mi abuela se alegra. Cenamos pescado frito con tajadas de plátano y rodajas de limón.

De pronto, deja de llover. La noche se torna fresca. Busco la cobija y me cubro el cuerpo hasta el cuello. El silencio se expande. Ya no ladran los perros, pero sigo despierto. Entonces recuerdo los árboles que rodean la casa y voy nombrándolos, como si fueran oraciones. Enumero también los frutales del patio de mis abuelas, Manuela y Hazel, y los árboles maderables de Nueva Guinea, que aún reconozco y no los han talado.

Veo barcos remolcadores en la bahía arrastrando trozas de madera que bajan por Schooner Cay y salen por la barra de El Bluff. Recorro los aserríos que he conocido. Me agrada el olor a madera, porque evoca una sensación cálida y terrosa que varía según la especie que estén procesando. Observo las sierras circulares convertir las trozas en tablas, reglas, tablones y pilares. Pronto serán convertidas en casas, puertas, ventanas, muebles de cocina, camas, libreros, estantes… miles de objetos útiles para hacernos más fácil la vida.

Los gallos de los vecinos cantan. La noche se hace más fresca. Las estrellitas del cielo raso aún palpitan, aunque cada vez más débiles. Entonces recuerdo que ayer, por falta de energía eléctrica, no puse a funcionar la bomba del pozo. Me veo junto a mi abuelo Felipe, que en sus primeros años sacaba agua con baldes. Su pozo era el más fresco del mundo: empedrado, con brocal y delantal de concreto. Lo veo llenando tanques, baldes y tinas para la casa. Me da un baldecito y corro alegre a llevarlo a la casa de mis padres. Hago varios viajes, como en un juego. Con los años, el abuelo instaló una bomba eléctrica y, con solo subir la cuchilla, llenaba todo: agua limpia, fresca y abundante.

Pero hoy la bomba no funciona. La idea de faltar agua me aprieta el pecho. Pienso en quién irá a cargar litros si la bomba se rompe para siempre. Pienso en la mujer que vive sola al final de la calle y que depende del agua del pozo. La incertidumbre vuelve a colarse por la rendija de la ventana.

Intento acompasar mi respiración, como si en cada aire buscara la calma, como si el sueño se escondiera detrás de un suspiro. Pero los pensamientos siguen desfilando. Se manifiestan cuatro casas dispersas, unidas por la memoria: la del padre, las de sus dos hijas y la del parcelero. Entre ellas laten los cultivos sencillos —frijol, yuca, naranjas, peras de agua— que no buscan comercio, solo alimentar el paisaje y el estómago. Allí también la carne de monte fue deleite, hasta que guatusas, conejos y venados cedieron ante el apetito humano, como si el bosque hubiera sido conquistado poco a poco. Es un buen lugar. Siempre que cruzo ese camino siento su hondura: cercano al pueblo y, sin embargo, apartado, protegido del estruendo de motores y de las fiestas que roban el descanso. A los lados aún están las colinas con bosques que respiran conmigo, como guardianes antiguos.

Recuerdo el día en que llegué con alegría, midiendo palmo a palmo el terreno donde soñé levantar mi casa, la de ella y de mis hijos, un refugio propio bajo árboles generosos, con la frescura de las colinas abrazando cada pared.

Y vuelvo a rezar. Por los de antes y por los de ahora. Por mis hijos, mis nietos y nietas. Por mi mujer, la que duerme a mi lado, para que siga sana, vagabunda y cercana. Las estrellitas del cielo raso laten cada vez con menos fuerza. Su luz se dispersa, como si buscara un camino que yo todavía no alcanzo a ver. Cierro los ojos. No sé si ya duermo o sigo pensando. Solo sé que la oscuridad me envuelve y me lleva, como corriente de río que arrastra sin preguntar a dónde.

 

25 de septiembre de 2025.

Foto: Internet.


sábado, 12 de julio de 2025

DÍAS DE TOMATES

 


Ella me sirvió el almuerzo y luego apareció por el pasillo con una taza grande de sopa de tomate.

—¿Querés probarla? —preguntó, antes de saborearla.

—Está deliciosa —dije, y me dio de su taza grande en una tacita de café.

Dicen que los sabores tienen el poder de hacerte recordar cosas que sucedieron muchos años atrás, y de pronto me vi en Juigalpa, cuando ella preparaba una suculenta sopa de tomates. Eran años difíciles: la década de los ochenta, cuando la guerra era cosa de todos los días y en todo el país. Y, como fruto de eso, la escasez de alimentos y productos básicos era parte de la rutina.

Desde Puerto Díaz, a veintiocho kilómetros de Juigalpa, en las orillas del lago de Nicaragua, Sergio y Maruca, mi suegra, nos llevaban baldes llenos de tomates durante la época de cosecha. En el periodo seco, cuando las aguas retroceden y descubren esa franja fértil junto al lago, queda una tierra rica en nutrientes, buena para todo tipo de cultivos. Allí, cerca de la casa, Sergio sembraba tomates, como lo hacían varias familias de Puerto Díaz.

A mis chavalos les encantaba ir allá. Pasaban los fines de semana con mi suegra y Sergio: nadaban en el lago, paseaban en botes de canaletes, jugaban béisbol, compartían con sus amigos y ayudaban en las labores del campo, sobre todo en regar los plantíos de tomate y sandía. Eran felices en Puerto Díaz.

En Buñol, un pueblo de España, celebran una fiesta famosa llamada La Tomatina. Miles de personas se lanzan tomates en una batalla campal que tiñe de rojo las calles. Es una explosión de júbilo, música y carcajadas, un derroche de tomates que caen como lluvia sobre los cuerpos felices.

En Juigalpa, en cambio, la fiesta era otra: era tener tomates. Compartirlos con los vecinos, hacer ensalada, jugo y sopa de tomates para alimentarnos. Nuestra alegría no venía del derroche, sino del sabor compartido, del milagro de un balde lleno que llegaba desde Puerto Díaz en una época difícil.

Hoy, al volver con la memoria a aquellos días, me digo y confirmo que esos tiempos de tomates en Juigalpa nos llenaron de dicha: a los chavalos, a Emilce y a mí. Y me siento en deuda —hoy y siempre— con mi suegra, que en paz descanse, y con Sergio, Chenga, como le decimos todos.

Hoy celebro esos días de tomates en mi recuerdo. Y los comparto con ustedes, porque siempre hay algo que celebrar, y mucho que agradecer.


11 de Julio de 2025.

Foto: Internet


martes, 30 de abril de 2024

UN ACTO DE TERNURA Y VALENTÍA

 



Los bordes de la carretera hacia Juigalpa se muestran

cubiertos de vainas de guanacastes, impregnándolos

de una tonalidad marrón en contraste con el hormigón asfaltico.

 

La luz temprana de la mañana avanza suavemente

sobre la copa de los arboles y el pasto seco de los potreros.

Robles y malinches florecen en las fincas del trayecto.

 

El ganado volverá con las lluvias

mientras los caballos pastan alegres por el rocío

y así pasarán todo el día, solos y felices.

 

Otra vez en casa, ella canta canciones de cuna,

“los cochinitos y los elefantes”, llena la sala de ternura

al ritmo de la mecedora, mientras Thiago balbucea alegre.

 

La madre no olvida, vuelve una vez más

a cantar, a dar calor y alegría, y me acerco a ella

contagiado por su ternura, llenándome de gozo, una vez más.

 

Thiago está en mis brazos, en mis piernas, y le hablo

achiquitando la voz, le hago cosquillas, no deja de sonreír,

se empuja y mueve su cabecita tratando de levantarla.

 

Estoy en una mecedora en horas de la madrugada,

canto las mismas canciones a mis hijos, les doy su pacha,

y me duermo al llegar a los quince elefantes. ¡Papá, los elefantes!

 

Es un acto de valentía, de gozo al sentir la tierna piel.

Me doy cuenta de que no hay nada como esa ternura,

y que, si volviera al pasado, cantaría toda la vida.

 

Cae la tarde, los árboles a mi espalda pierden su luz.

El tránsito se torna lento y los ojos de los caballos

que pastan brillan con la luz de los vehículos.

 

Ella va a mi lado. Su silencio dice lo dichosa que está.

Lleva un halo de ternura, el mismo que tuvo al acurrucar

y cantarles a sus hijos, a sus nietos y ahora a su sobrino segundo.

 

 

28 de abril de 2024.

Foto Internet.


lunes, 23 de octubre de 2023

Y, ¿CÓMO OLVIDAR A JUIGALPA?

No puedo dejar de verla, aun cuando se ausenta por varios días. La Puki me la recuerda porque siente su presencia imborrable en la casa, en el sofá que ella ocupa o en la mecedora del corredor donde pasa las tardes calurosas.

En los espacios compartidos su presencia siempre se devela en pequeños detalles colocados en la mesa de noche, debajo de la almohada, en el tocador, en el espejo, en las gavetas, y su aroma ha impregnado la mitad de todo: la casa, la habitación y los recuerdos.

Ahora que regresa, ya entrando la noche más allá de la etapa del adormecimiento, coloca en la cama varias fotos que una de sus amigas le ha regalado, todas de ella, de su época de chavala, de su juventud, una etapa de su vida que siempre recuerdo y, más aún, en su ausencia.

Veo una foto y le digo que esa es Daniela, nuestra nieta, porque es igualita a ella. Una foto del Clarín de niño, también es idéntico a ella. Una foto donde camina con Cecilia Wheelock, después de visitar el parque de Palo Solo, una foto pérdida y ahora vuelve a despertar los recuerdos de ese pasado inolvidable, ella con cabello al estilo afro y su short cortito mostrando sus piernas de atleta, caminando hacia el oeste, en dirección a la esquina donde se ubica la casa del chele Laguna, pasando por las viviendas de don Edgard Matus, la familia Flores, la de la Chelita donde vivía Milcíades, la casa de doña Petrona y la que hoy habita la familia Marín.

Volviendo a las fotos, en una de ellas se baña en la quebrada de Carca, embarazada de Emiljamary y la rodea un chavalero que goza de alegría en uno de esos meses calurosos en Juigalpa, antes más frescos que ahora.

Y, ¿cómo olvidar a Juigalpa? Es imposible porque Juigalpa está en su sangre, Juigalpa es la ciudad de mis hijos, Juigalpa es una parte de mi vida.

Juigalpa en la época que estudié en el liceo agrícola, cuando todavía no la conocía por cosas del destino o ironías de la vida. Los trabajos de campo eran dirigidos por el profesor Guillermo “el Papito” Tablada: ¡organicen un grupo para hacer rondas de fuego! ¡otro grupo para hacer eras! ¡un grupo para recoger mierda de vaca en sacos para abonar las plantas!, grupo que nunca me gustó, ¡ustedes, vayan a la bodega a buscar baldes y regaderas que van a regar todas las eras de allá abajo, las que están a la orilla del río y cerca de los árboles de Mango!, y nos organizábamos para hacer las labores. Un día, la voz autoritaria del director, Alejo Gallo Montenegro, dice al estudiantado en formación: ¡prepárense, hoy van a pelonear a los de primer año! Mostrándonos dóciles, seremos el plato del año para los alumnos de segundo año, la revancha por lo que ellos también sufrieron. ¡Reúnanse en un solo lugar!, ¡no pongan resistencia!, ¡las tijeras brillan de tanto filo que tienen!, ¡cuidado les cortan una oreja!, ¡cuidado con los ojos!, gritaban los cabecillas de segundo año, entre ellos Adolfo Chávez. Vamos de uno en uno, pasando en la fila y dos nos caen como zopilotes, sosteniéndonos de los hombros, pasan sus brazos por el cuello para inmovilizarnos, sostienen con fuerza la cabeza para dar los tijerazos, varios atrás, en el occipital, otros en el copete, otros a los lados de las orejas, ¡no te movás pilinjoyo hijo de puta!, pero los más fuertes, los más arrechos, los que no se dejan oponen resistencia y salen en defensa de la mayoría, entre ellos está Luis Alonso Conrado, y se arma la cachimbeadera, los golpes no los pueden resistir los de segundo, y se mira caer noqueado a Waneban Soza, boaqueño, luego que recibe un golpe de Luis Alonso y, entre la samotana que se arma, la mayoría de pilines salimos en desbandada. La rebelión de los alumnos de primer año en el liceo es el tema de conversación en la ciudad por varios días. Luego de ir al barbero, mostramos la pelona con mucho orgullo por las calles, en el cine Cynthia y en el parque. Ese fue el último año que pelonearon a los estudiantes de primer año en el liceo agrícola. Luego me integré al equipo de beisbol. Éramos un equipo fuerte, imponente, ningún equipo nos vencía. Mi cátcher siempre fue Henry Avilez, “el chiquito”. De ese corto tiempo que estuve en el liceo, surgió la amistad con Fulvio Orozco, la Pepa Montiel, Sergio Orozco Carazo, Luis Alonso Conrado, Chu Báez, Rodolfo García, Renato Meneses, Cicerón Gadea, el Chiquito Avilez y otros muchos más. Una época relajada, en plena juventud. 

Siete años después regresé con ella a su casa, a su Juigalpa de toda la vida. A la casa de su familia, de su madre María Gladys Chacón y sus hermanas y hermanos, la casa de grandes cuartos donde se acomodaban ella, su hermana y sus primos. Aún recuerda el movimiento de sombras y voces de cuando era niña, la cocina de leña con el fuego encendido todo el día, el corredor bajo el techo de tejas, las paredes de adobe, el árbol de Cacao Mico en el patio y el muro que brincaba la atleta de salto alto y largo para entrar a la casa. La misma casa de la esquina de Palo Solo, la casa de su abuelo Luis Chacón, el eterno conservador que siempre que había una rebelión real o ficticia contra Somoza, la guardia lo llegaba a buscar con trato humano, ¡que le alisten sus cosas!, decían los guardias porque ya estaban acostumbrados a ello.

En esa casa viví por más de 10 años. Me convertí en un habitante más de la ciudad de los caracolitos negros, y en amigo de sus amigos que ahora los veo en las fotos que ha traído después de un encuentro de compañeros de promoción de bachillerato del año 1974. Y en la vecindad, la amistad creció con los hijos de doña Comelia Zambrana: Rene, Ricardo, Rolando y Norma; con la Julita y Payín Chacón; con Modesto Cuadra, su esposa e hijos; con Diego Flores y familia; con Octavio “el Pelón” Gallardo que aún hoy tengo frente a mí su caricatura donde sostiene una enorme botella de ron en forma de pacha y expresando “Somos de la Vida”, con varios ídolos, libros y la cordillera de Amerrisque de fondo, una de las mejores amistades que logré cultivar en los años de Juigalpa, y también su hijo Fidel, Ficho; con los hermanos Molina, Héctor y Eddie, ambos poetas; con los hermanos Hernández; con don Nacho Duarte y doña Daysi y todos sus hijos e hijas; con Melba Suárez, María Elena Quezada y Carmen Mejía, sus amigas de toda la vida; con los amigos de mis hijos que me saludan al encontrarnos. También hice innumerables amistades por relaciones de trabajo en la delegación de gobierno o en el MIDINRA, y en el liceo y el INAP.  Fue una época maravillosa, donde los años de juventud los dedique al trabajo (tres empleos para sobrevivir con mi familia más los ingresos de ella que siempre resolvía los problemas y los sigue haciendo). Luego que la revolución perdió las elecciones en 1990, me quedé a la deriva, saliendo poco a poco de un naufragio de ilusiones a pesar de los estragos causados por la guerra.

Me quedé sin trabajo en Juigalpa, sin ninguna esperanza después de trabajarle un año al nuevo gobierno, hasta que un funcionario del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), llego a la casa a buscarme para ofrecerme empleo y, poco después, me trasladé a Nueva Guinea.

Y ahora, ella regresa con esas fotos de Juigalpa, y me las muestra desde su teléfono, donde está con sus compañeros de promoción, conocidos todos ellos: Jorge Luis Oporta, Julián Báez, Francisco Medrano y ellas: Vilma Luna, Elia Dina Galo, Francis Morales, Nora García, Margarita Galarza y Aydalina Berroteran.

Los años de la gloriosa juventud terminan, pero los buenos recuerdos perduran para siempre, al igual que las buenas amistades, muchas de la cuales están en mi segunda casa, la casa de su familia, su casa, la casa de Juigalpa.


La Colina, Nueva Guinea.
22 de octubre de 2023
Foto Propia.

lunes, 29 de marzo de 2021

JUIGALPA Y LA HORA DE LOS ZANATES

 


Estoy sentado en una de las bancas del parque central de Juigalpa. Son bancas nuevas, no las conocía por los años que he pasado sin volver a visitar la ciudad de los caracolitos negros. Veo de frente las dos torres de la catedral Nuestra Señora de la Asunción, son espectaculares, de gran altura y, como dos gigantes, vigilan la vida turbulenta y desordenada que hay en sus alrededores.

A esta hora de la tarde, este espacio, un pequeño bulevar con islas ornamentales, fuentes de agua y cómodas bancas, te socorren del bochornoso calor que golpea la ciudad en los meses de verano y, por ello, muchos lo frecuentan. “El parque de las palomas muertas”, escuché llamarlo muchas veces a mujeres juigalpinas entre risitas irónicas y, ahora que veo alrededor, descubro el por qué. Hombres de la tercera edad están en las bancas y observo pocos jóvenes.

Alrededor de una mesa, bajo la sombra de un árbol de Laurel, hay una aglomeración de hombres, me levanto y voy hacia ellos. Están jugando dominó y, otros en la mesa contigua, desmoche. Los que esperan están expectantes porque serán los que le den continuidad al juego cuando surja un equipo ganador, y cuando sucede, sus gritos estremecen los cuatro costados del parque a tal extremo que la gente vuelve la mirada hacia ellos. Pocos usan mascarillas.

Camino y me dirijo a la glorieta. Es increíble, las mesas están llenas y no es un día de fiesta, no hay montadera de toros, es un día cualquiera en la ciudad. Tengo que esperar que atiendan a los clientes, hago fila y allí, mirando aquí y allá, voy reconociendo a varios amigos de antaño, a Fulvio, a Chanina, a Juan José, los saludo y los invito a una gaseosa o una botellita de agua.

Nos sentamos en una de las bancas, sin hablar mucho. Estoy exasperado por el calor, pero admiro las torres que de tanto verlas parece que me van a caer encima, partiendo el parque en dos pedazos, levantando por los aires al gentío que disfruta la sombra de sus árboles o que caminan por los andenes, soterrando las palomas muertas, desbaratando el kiosco, los monumentos en honor a las madres y a los lustradores.

Todas las plantas del parque están florecidas, el calor hace que exploten en flores, desde sus raíces saben que de ello depende su supervivencia, su continuidad y eso mismo pienso que sucede en la vida cotidiana en la ciudad, atestada de pequeños negocios, de emprendimientos, de tramos que ahogan sus andenes como expresión de la pobreza de la gente ante una crisis que está elevando el riesgo de su propia vida, sin medidas, sin un orden que los dirija en su actuar por el bien de todos.

El sol va muriendo a mis espaldas, el bochorno del ambiente va cediendo. Se ve más movimiento en los alrededores por la gente que ingresa y surge del parque por diferentes puntos. Son empleados públicos y privados que salen del trabajo y quizás el relevo del personal de los tramos para el turno de la noche. El cielo se va pintando de naranja, el sol centella en las torres, los fogones de carbón se encienden, los amigos de despiden, va llegando la hora de la cena, nos vemos dicen y camino hacia la calle central.

Me encuentro en la esquina norte de la catedral. A mi derecha están los murales en relieve de piedras que aún recuerdo cuando eran construidos en el muro de la catedral. Varios trameros ocupan la acera. Voy hacia Palo Solo pero frente a mi hay un pequeño bar, propiamente donde era el Club Social de Juigalpa, y me apetece una cerveza bien helada. Espero cruzar con seguridad porque hace veinte años o quizás más lo era, pero ahora hay que estar alerta frente al tráfico de motocicletas, taxis, vehículos particulares y de todo.

Estas piernas siguen siendo veloces, pienso luego de cruzar casi corriendo y sentarme en una mesa. De frente está el costado de la catedral, hay mesas distantes pero ocupadas a mis lados, por la acera hay un movimiento acelerado de transeúntes que van y vienen, el tráfico de vehículos se ha intensificado y juntos dan la impresión de ser un río desbordado con ellos a la deriva.

Me parece estar en un refugio que brinda seguridad. ¿Va a tomar algo?, el mesero me saca de mis pensamientos, es un chavalo joven que lleva puesta una mascarilla. Sí, sí, una cerveza bien helada, le respondo y desde la mesa que tengo a la izquierda un hombre se levanta y me saluda. ¡Ideay Maestro!, ¿ya no se acuerda de mí?

Lo observo con detenimiento. Es un hombre delgado, su altura puede llegarme a los hombros, lleva puesto pantalones jeans y una camisa manga larga por dentro. Usa zapatillas negras como su cabello, pero este va cediendo a su color por las canas que lo invaden desde las sienes como manchas de plata. Muestra los estragos iniciales de las arrugas en su rostro, pasajeras, sin marcarse a fondo y sus ojos son amielados, pero muestran un rojo brillante por efectos del alcohol que rebota en mi al acercarse.

Digo que sí, que lo recuerdo por cortesía. Evito las manos y le ofrezco el codo. “Usted me dio clases, yo me acuerdo que sus compañeros eran Traña y Cárdenas, yo era militar, lo miraba pasar cuando iba para el trabajo, yo trataba de estar puntual en su clase, era difícil, eran tiempos de guerra, me mantenían movilizado en misiones…”. 

Sí, sí, lo recuerdo, digo. Cómo no voy a recordar a Miguel Traña (qepd) y a Carlos Cárdenas si juntos caminábamos todos los días desde el trabajo hasta el INAP para impartir clases, pienso. “Siempre he sido revolucionario, combativo, dispuesto a todo”, dice el hombre. “Aquí hemos vencido en la guerra, hemos vencido el analfabetismo, y seguimos de frente…”. Una mujer se levanta y lo toma de un brazo para trasladarlo a su mesa. “Vamos a ganar, vamos a vencer”, dice el hombre tambaleándose.

Desde el parque y del costado de la catedral se escucha un silbido que va creciendo, elevándose en entonación. Miro hacia el frente, al costado de la catedral y observo que son decenas, centenas, miles de zanates organizados en una bandada creciente que emiten un silbido agudo en su afán por ocupar un lugar entre las ramas de los árboles. Es un coro de silbidos, chirridos y sonidos como de ametralladoras que va creciendo hasta que abarca todos los espacios; el corredor donde estoy, la acera, la calle, los tramos, la catedral y sus torres, y el parque.

Ya no oigo lo que dice el hombre, el que sigue moviendo los labios, tirando salivazos y tambaleándose en su monologo político, ni a la mujer que le habla, sólo veo sus ademanes de enojo por hacerla pasar este ridículo momento y lo jala en un forcejeo que se va tornando violento para que regrese a su mesa. Solamente oigo el graznido desesperado de los zanates que han pausado las voces y los gritos de la gente, la música del bar, el ruido de los autos, el pito de las motos y el voceo de los trameros. Ahora sólo miro los gestos como en el cine mudo, pero el sonido de los zanates es la música de fondo.

Estoy fascinado, mi mente quiere mantenerse en esa pausa, pero reacciono, vuelvo la mirada hacia el mesero, me atiende, le muestro cincuenta córdobas que coloco bajo la botella y salgo a la acera apresurado, huyendo del borracho y admirando a los zanates que se han tomado el centro de la ciudad en un instante.

En Juigalpa es la hora de los zanates que buscan refugio en las ramas de los árboles y, cuando lo han logrado, poco a poco regresa el sonido de la ciudad que percibo nuevamente al caminar por la acera de la biblioteca municipal. Si los humanos actuáramos unidos frente a las desgracias que nos someten eternamente, como los zanates en su hora, podríamos detener y cambiar toda la podredumbre de este mundo injusto, pienso al pasar por el museo arqueológico en mi camino hacia Palo Solo.

27 de marzo de 2021.


jueves, 20 de abril de 2017

TRES CHONTALEÑOS EN LA ESQUINA DE ERASMO


No podía creer lo que miraba, en mis años errantes no lo pude sospechar, pero por unos instantes me sentí hechizado. Desde que salí del hotel Caribean Dreams noté que el ambiente blufileño se me mostraba lóbrego, y por unos instantes, bajando hacia el muelle del mercado municipal, pensé que iba a ser un día lluvioso, de calles mojadas y encierro prolongado por las nubes oscuras estancadas sobre la bahía. Observe varias camionetas lodosas estacionadas en esa cuadra y recordé el movimiento de gente en el pasillo del hotel que entraba a sus habitaciones la noche anterior, y el tránsito de camiones por la carretera en construcción que trasladan toros y camionetas con tráileres ocupados por caballos durante la tarde que viajé desde Nueva Guinea a Bluefields.

“Mañana van a montar toros”, dijo uno de mis amigos que siempre visito. La mujer que me atiende con el desayuno lo confirmó. “Hoy hay montadera de toros”, dijo al servirme una taza de café acompañada con tortillas de harina cubiertas de mantequilla. “¿Va a ir?”, preguntó y luego de un sorbo de café le dije que prefería la tranquilidad de la playa. Terminé mi desayuno y caminé por las calles de la ciudad. Cuando llegué la esquina de Erasmo me encontré con el torrente de taxis que la saturan y que vuelven peligroso el cruce entre las aceras.

Vi a George en la esquina y crucé la calle. Le pedí que me lustrará las sandalias y me ofreció el banco para sus clientes. Quíteselas para no mancharle los pies, dijo. Le entregué la primera, la del pie izquierdo, y la quedó observando con detenimiento. ¿Con qué las lustra?, preguntó. Con Chinola porque me es más fácil, respondí. No lo vuelva a hacer, la Chinola mata el cuero porque tiene muchos químicos, dijo al abrir la lata de pasta café y comenzó a cubrirla de una capa delgada con sus manos gruesas.

Noté a dos hombres en la esquina que observaban a George, propiamente donde estaba el Alto cuando la calle era de doble vía. Uno de ellos se acercó y mostró sus botas de vaquero. Vestía de jeans y camisa manga larga a cuadros con una gruesa faja que en la hebilla mostraba los cuernos enormes de un toro. ¿Cuánto cobra por lustrarlas?, le preguntó. George se quedó pensativo sin dejar de cepillar la sandalia. Cien el par, dijo. El hombre no respondió y regresó donde su acompañante. George me volvió la mirada. Mucho cuero, mucha pasta, dijo. Está caro, pero nunca me las ha lustrado un negro, dijo el hombre que había mostrado sus botas. Date el gusto, respondió el otro regresando la mirada y noté que vestía similar pero llevaba puesto un sombrero.

¿Estás seguro que aquí es el mejor lugar?, pregunto el hombre de las botas. Aquí tiene que ser el desfile hípico, imagínate toda esta calle con el montón de caballos subiendo para allá —señaló hacia el antiguo cine Variedades— y con la bahía de fondo, con el montón de negros asustados de ver tantos animales de raza bailando al son de los chicheros, algo nunca antes visto en Bluefields, dijo extasiado el hombre de sombrero.

Deme la otra, dijo George tocando con el cepillo la caja de lustrar. Noté algo raro en su semblante y sus manos callosas temblaban.

¡Mirá, mirá, allá viene Joaquín!, dijo el hombre de las botas. ¡Y montado!, dijo el de sombrero. Volví la mirada. Un hombre vestido de vaquero, barbudo, con el jeans dentro de las botas y una tajona cruzada en su faja, se dirigió hacia la esquina.

¡Compadre Joaquín, andaba perdido!, dijo el hombre de las botas mientras el de sombrero se acercó al caballo y lo sostuvo de la gamarra porque el torrente de taxis que transitaban por la esquina lo arisquearon.

¡Aquí nadie se pierde, es más pequeño que Juigalpa!, dijo el hombre de la tajona bajándose del caballo. Anduve por el lado del parque y vi un montón de negras hermosas, lindas. Todas me quedaban viendo, agregó con tono de entusiasmo al pisar la acera.

El tránsito de vehículos por la esquina de Erasmo se atascó y el caballo inició a corcovear  porque los taxistas tocaban con intensidad la bocina de los carros y varios gritaban: ¡aparten el caballo! El hombre de sombrero lo jaló hasta subirlo en la acera. La gente que caminaba por la esquina se detuvo ante la presencia del caballo y se formó un tumulto de admiradores.

Hechizado lo observé. Se mostraba hermoso, un pura sangre español, un caballo Andaluz blanco con una alzada de más de un metro setenta; de cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante; cabeza mediana, ligeramente convexa, cabeza de halcón; ojos vivaces; pecho amplio; grupa redondeada y potente. Su porte era el de un caballo orgulloso de armoniosas proporciones, un caballo dueño y señor de la esquina, provocando un contraste irreal, exótico entre el flujo de gente, sus voces altisonantes y los fuertes aromas de la calle caribeña.

George volvió a golpear la caja de lustrar y me volvió a la realidad. “Listo”, dijo y le entregué los veinte córdobas. Los tomó con su mano nerviosa y caminó, con el rostro brillando por el sudor que se discurría en su barba cana, hacia el tumulto de gente. “Move that fucking horse from the sidewalk”, gritó en inglés creole.

Los curiosos se apartaron como aguas bíblicas y George quedó solitario frente a los tres hombres y el caballo. “Quítenlo de la acera”, dijo en español. “La acera es para la gente, no es para animales”, agregó. ¡Sí, quítenlo!, gritó uno de los espectadores. ¡Quítenlo!, gritó otro. Los tres hombres no respondieron ni una sola palabra ante los gritos de la gente. El hombre del sombrero volvió a jalar el caballo y, haciendo señas a los conductores, cruzó hacía la esquina opuesta donde había menos gente.

El hombre de las botas se volvió hacia George. Estaba sorprendido por su reacción, lo siguió con la mirada hasta que se acomodó en la caja de lustrar y caminó hacia él. “Negro, le dijo, lústrame las botas”. George tomó sus trapos, el cepillo, la pasta y los introdujo sin prisa en la caja de lustrar. El hombre que llegó montado en el caballo caminó también hacia George. “Ya terminé de trabajar”, respondió George. “Dale Negro, lústranos las botas a los dos”, dijo el otro hombre. George tomó su caja de lustrar y su banco. “No me gustan las botas ni los caballos”, dijo y caminó con cierto orgullo en su semblante hasta perderse al doblar la esquina de Erasmo en dirección hacia la calle Paterson.

Al abordar la panga hacia la playa de El Bluff el cielo se había despejado. A mi izquierda, más allá de la punta de Old Bank, observé el destello de la pólvora sobre las casas y la línea de la bahía. “Ya comenzó la montadera de toros”, dijo uno de los pasajeros.

Nueva Guinea.
20 de Abril del 2017. 

martes, 9 de junio de 2015

LAS PIPAS DE AGUA DE JUIGALPA (Galvanizadas en la Memoria)




He visto varias carretas cargando una pipa en la que se distribuye agua por las calles de Juigalpa, la misma imagen en diferentes colores. “¿Por qué pintas esa imagen?”, le pregunté a Julio Madrigal al sentarme a su lado, luego de saludar a Carlos Medrano, entre centenares de voces murmurando en la calle, frente a la  casa de familia Guerra Gallardo.

Julio Madrigal me cuenta: "esas pipas eran de mi padre Juan Castilla Tablada, él me dejó una foto que aún conservo y si hago bulla se desbarata. Decidí pintarlas para dar a conocer cómo se distribuía el agua en Juigalpa. Él tenía varias pipas, había una roja, una verde y otra azul, por eso las he pintado en varios colores”.

—    ¿Y en diferentes calles?

Las calles de Juigalpa se parecen, sus casas esquineras son grandes, de adobe y teja, con el mismo diseño arquitectónico. Cuando la gente mira el cuadro provoca la discusión entre los juigalpinos: unos dicen que es la esquina de donde fulano, otros de donde zutano, pero realmente la esquina es por donde doña Teresita Pantoja, es decir allá donde vivía Tapa Chiche, la esquina de don Aníbal Cruz. Metían la pipa de retroceso para el lado de donde la Tersa Urbina, allí antes era un guindo y le ponían una cuña. La foto fue tomada en esa esquina, eso me lo comentó Alejandro Castilla, mi hermano, uno de los que va montado. Entonces, como todas las esquinas son parecidas, da la impresión de que se ha paseado por toda la ciudad.

—    ¡Esa es una imagen que te quedó grabada desde chavalo!

Así es. Conozco todo el procedimiento, desde el pozo, cómo se parqueaba la pipa, cómo se trasegaba el agua del pozo a la pipa, todo eso me quedó galvanizado en la memoria y le puse alas porque ahora hay pipas en Europa, en Estados Unidos, en Sur América y en Cuba.

—    ¿Cómo es que las pintas?

En tela con técnica mixta, la base va curada con cola, los polos de la lona, acrílico especial y luego una mezcla de óleo, es un técnica mixta. He pintado como unas doscientas pipas.

Observo que Carlos Guerra sale de la casa. Me disculpo y camino hacia él esquivando los pies de los estudiantes que están sentados en sillas blancas y han llenado la calle. Nos apretamos las manos, le doy condolencias por la muerte de María Elena y nos abrazamos. Los periodistas lo rodean, me despido y regreso donde Julio.

—    Julio, esa pipa también está pintada en el parque de Palo Solo.

Es un mural que fue pintado por Ricardo Gómez. Él fue mi alumno cuando comencé a dar clases de dibujo y pintura en lo que es hoy La Asunción, antes la escuela José Aníbal; allí comenzamos con María Ramos a impartir los primeros talleres a raíz de la Revolución donde acudió Ricardo, un morenito, a dar sus trazos iniciales. Ahora es un gran escultor y pintor nacional que da clases en la Escuela de Bellas Artes. Él la pintó, pero no lleva los detalles que tenían las Pipas de mi papá.

—    ¿La pintaste sin pensar que podrían regresar esas condiciones de distribución de agua por el despale, la ganadería extensiva y el cambio climático global?

Cuando uno pinta quiere dar a conocer algo que pasó, porque es una pena que ahora no hay ni una pipa para tenerla en un museo. Aquí en Chontales el oro se trasladaba desde La Libertad a Puerto Díaz en carretas. Don Juan Manuel González, el músico acordeonista, era el jefe de todas las carretas. Ahora no hay ni una carreta y ni una pipa. A lo mejor volvemos a eso porque en algunas comarcas no hay agua, por ejemplo en Piedras Grandes, pero en la ciudad hay las 24 horas del día por un gran proyecto que hicieron los coreanos para abastecernos desde el lago de Nicaragua.

—    ¿Sonaban una campana avisando que pasaba la pipa?

No, sólo gritaban “la agua, la agua, última vez que paso”. La gente abría sus puertas, entraban y llenaban el tanque o la pila

—    ¿A qué precio vendían el cántaro de agua?

—    A quince centavos, ¿verdad, Carlos? —dice Julio preguntandole a Carlos Medrano.
—  Veinticinco centavos, era equivalente a una lata —responde Carlos.
—    El cántaro era de bronce como esos cantaritos de oro que hacen para pendientes —dice Julio.
—    Hay que aclarar una situación —dice Carlos —habían otro dueños de pipas: Agustín Castilla Solís, Pablo Urbina, Antonio Urbina, llamado “Toño Pipero”, y Juan Castilla, el papá de Julio.
—    Don Arturo Tablada, mi tío abuelo, mi abuelo se llamaba Nicolás Tablada, le dio a su sobrino, mi papá, dos pipas para que trabajara; fue desarrollando la microempresa y como era rentable los otros se metieron y hasta hicieron un pozo al lado del suyo —explica Julio.

—    ¿Por todo eso es que pintas las pipas?

Las llevo galvanizadas en la memoria, como decía Neruda.

Veo el reloj, se hace tarde. Le agradezco a Julio la oportunidad de entrevistarlo. Observo que comienzan a sacar las ofrendas florales de la casa. Me despido y quedamos de vernos en la catedral donde se hará la misa de cuerpo presente de María Elena. Camino hacia la esquina de Palo Solo e imagino en estos tiempos a las pipas abasteciendo de agua a los juigalpinos.

Juigalpa, Chontales.
3/6/2015.

viernes, 5 de junio de 2015

EL ÚLTIMO IGUALTIL (En el día del Medio Ambiente)





Me bajé del jeep para revisar una llanta y escuché el sonido del golpe seco y continuo. Crucé caminando la carretera que conduce a La Libertad, Chontales. Un hombre estaba con un hacha derribando un árbol de Igualtil (Genipa americana L.), llamado también Tapa Culo. Daba cinco hachazos al lado derecho y cinco al izquierdo hasta que lo derribó. Al caer el tronco no se desprendió y le tomé la foto cuando lo separaba en dos. Con hacha, ¿y las motosierras?, pensé.

“Aquí, en estos llanos ya no se escuchan, la gente se vuela los palos con hacha y cuando de leña se trata, se suben con serrucho a cortar las ramas gruesas”, dijo Julio Duarte cuando le mostré la foto en su finca La Heredad ubicada en la comarca El Quebrantadero de Juigalpa.

“Al menos aquí le tienen miedo a las autoridades pero en otros lados arrasan con los bosques y todo el mundo se hace de la vista gorda”, le respondí. “Ese era el último Igualtil de estos lados”, respondió.