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martes, 8 de abril de 2025

RAÍCES QUE NO SE OLVIDAN

 


El viaje comenzó bajo un cielo azul, de esos que parecen una promesa. Recorrí durante casi una hora y cincuenta minutos la majestuosa carretera que conduce a Bluefields y que en la distancia se asemeja a un hilo blanco que sobresale entre las diferentes tonalidades de verde que cubren cerros y valles. El sol brillaba sobre los árboles y los ríos que cruzan el camino, mientras en mi interior se mezclaban emociones de reencuentro y memoria. Al llegar, luego de ubicarme en el hotel y caminar por una de las calles de la ciudad, vi a mi prima Ivette Álvarez. Grité su nombre y se detuvo.

Caminamos juntos en la dirección que ella seguía y me sorprendió con una pregunta inesperada:

—¿Vos querés conocer a mi otra hermana, la otra hija de Pablo?

—Claro que sí —le dije.

Y fue así como conocí a una prima que llevaba muchos años con deseos de conocer, hija de tío Pablo con su segunda familia. Es una joven hermosa, de rostro familiar. Desde que la vi, noté en ella el parecido con mi tío Pablo, su padre, y también papá de Ivette. Fue uno de esos momentos donde el lazo de sangre se revela en una mirada, en un gesto, en un parecido que no necesita explicación.

También aproveché mi paso por Bluefields para visitar al profesor Arturo Valdés, director de Radio Zinica. Estaba en la radio y, al entrar en la cabina para darle un ejemplar de mi libro, me invitó a sentarme frente a los micrófonos y me hizo una entrevista sobre los Hijos del Tiempo y la Arena – Relatos de El Bluff para su audiencia radial. Fue un momento especial, y le agradezco sinceramente por darme ese espacio para compartir nuestras historias del Bluff con quienes aún las recuerdan y con quienes las están descubriendo por primera vez, en especial las nuevas generaciones.

Antes del mediodía, en compañía de Denis García, “el Flaco”, —mi amigo de infancia y de toda la vida— emprendí el viaje al Bluff. Él estuvo conmigo en todo momento, acompañándome con esa complicidad de quienes han compartido años, calles y secretos.

Volví al puerto de El Bluff por los nueve días del fallecimiento de don Chon Benavidez, uno de los personajes entrañables que menciono en el libro Hijos del Tiempo y la Arena. El viaje fue un reencuentro con los ecos del tiempo, de esos que se sienten en el pecho, como una marea que viene cargada de memoria y afecto.

Desde que la panga se fue acercando, reconocí la bahía, ese espejo inmenso de agua donde el cielo parece descansar. Vi la silueta de la loma del faro y sentí que algo dentro de mí se alineaba con la tierra. Allí estaba Half Way Cay, la isla del Venado, la isla de Miss Lilian, la barra, y el eterno muelle de la Aduana. Vi las viejas casas, algunas aún de pie, otras ya solo en el recuerdo. El puerto ha cambiado, sí, pero su alma sigue intacta.

Estuve con los hijos de don Chon: Javier, Rina y Francis. Nos abrazamos en silencio, con esa mezcla de tristeza y gratitud que traen los reencuentros. Con Javier conversamos largo rato. Me habló de su llegada a El Bluff, cuando apenas era un niño. Venía con su madre desde Santo Domingo, Chontales, para quedarse a vivir con don Chon. Me contaba cómo fue creciendo en el puerto y su vida deportiva como jugador de beisbol desde la liga infantil, amateur, primera división y profesional. Mientras hablaba, parecía que las imágenes cobraban vida en sus palabras. Éramos dos muchachos viejos hablando del tiempo como quien hojea un álbum de fotografías.

Luego fuimos al cementerio. Vi la tumba de don Chon y también a la de mis abuelos, Felipe y Manuela. Frente a esas cruces gastadas por el sol y la brisa, sentí que el tiempo se me encogía en las manos. Todo lo que fui, lo que aprendí, lo que viví con ellos, me golpeó en un parpadeo. Vi sus rostros, escuché sus voces, sentí sus manos. Y agradecí haber regresado.

Al caer la tarde fui al parque nuevo. Es un espacio bonito, limpio, lleno de color. Había niños jugando, chavalos en bicicleta, risas, carreras, música a lo lejos. Me senté en una banca bajo un árbol, saqué mi libro y les leí un cuento: El avión amarillo y la lluvia de caramelos. Unos veinte niños me rodearon, escuchaban con asombro, se reían. En sus ojos brillaba algo que reconocí: el alma curiosa de quien quiere soñar. Al concluir, con ayuda de unas madres, les entregamos caramelos y chocolates.

Ahí sentí el contraste. Hoy quedan pocos de los viejos del puerto. Algunos caminan despacio por las calles, otros están muy enfermos y muchos han fallecido. Sus voces se oyen menos, pero sus huellas están en cada rincón. Sin embargo, el Bluff sigue vivo. Late en la alegría de los niños, en la energía de los jóvenes, en esa mezcla de mar y tierra que nunca deja de hablarle a quien quiere escuchar.

Regresé con nostalgia, sí. Pero también con alegría. Porque, aunque el tiempo pase, las raíces siguen firmes. Y mientras haya quien escuche, siempre habrá historias que contar.


Martes, 8 de abril de 2025

Foto Propia: Tumba de abuelos en El Bluff.

martes, 11 de febrero de 2025

UN FONDO PARA LA CORONA

Recibí una invitación para unirme a una reunión por los Bluefields Brothers en la ciudad de Managua. Viejos amigos, compañeros de secundaria, con quienes nos bachilleramos hace... bueno, más tiempo del que nos gustaría admitir. Anteriormente, había participado en encuentros similares con ASELAB (Asociación de Estudiantes Lasallistas de Bluefields), pero de eso ya han pasado muchas lunas y algunas canas de más.

Esta vez, con el 50 aniversario de nuestra promoción acercándose, Martín Ugarte me envió el listado de aquellos que recibimos nuestro título un 24 de noviembre de 1974 y sugirió que nos reuniéramos. Le conté que Emilce, mi esposa, se reúne regularmente con sus compañeros del Instituto Nacional de Chontales y que, casualmente, ellos también celebrarían su 50 aniversario con bombos, platillos y un convivio digno de la nostalgia.

Al parecer, la idea prendió, y algunos de los Bluefields Brothers que viven en Managua se organizaron. De pronto, comenzaron a circular fotos de reuniones pasadas: instantáneas en sepia de los años 90 e inicios de los 2000, donde algunos todavía lucían cabelleras completas y menos redondeces en la cintura. Entre fotos y recuerdos, el tiempo se hacía visible no solo en la moda, sino también en los rostros.

La cita fue el sábado 8 del presente en la ciudad de Managua, en el residencial Bello Horizonte, en un local llamado Morena Bafana. Unos 20 nos congregamos, con el ánimo intacto y la memoria un poco más frágil. Con anticipación, habíamos pedido el tipo de rondón de nuestra preferencia: de pescado, aleta de tortuga o costilla de cerdo ahumada. El ambiente era completamente caribeño, con música reggae de fondo y las paredes decoradas con pinturas de Bob Marley y Lucky Dube, como para recordarnos que, aunque los años pasen, la esencia sigue intacta.

Al llegar, recibíamos un papel con el tipo de rondón solicitado y ordenábamos la bebida de rigor: cerveza, ron o whiskey, porque uno podrá envejecer, pero ciertas tradiciones no se negocian. Los saludos fueron efusivos, algunos con abrazos fuertes, otros con miradas de incredulidad seguidas de un "¡No jodás, vos sos fulano!". Las conversaciones fluían y las mesas se volvieron estaciones de reencuentro; nadie se quedaba fijo, todos nos movíamos de un lado a otro, tratando de ponernos al día con décadas de historias acumuladas.

Después del rondón y con la despedida rondando, hicimos una colecta para ayudar Norman Hooker, uno de los compañeros que llegó de Bluefields, desde el barrio Fátima, y que, con los años, ha ido perdiendo la vista. Una de esas ironías de la vida: cuando por fin nos volvemos a ver, algunos ya no pueden hacerlo del todo.

Antes de cerrar la jornada, algunos tomaron la palabra para agradecer a los organizadores y recalcar la importancia de seguir reuniéndonos. Porque sí, es bonito recordar los años de adolescencia en Bluefields, aunque en el fondo sepamos que ese tiempo ya se nos fue como arena entre los dedos. Yo aproveché para mencionar que en la próxima reunión me gustaría presentar mi libro "Hijos del Tiempo y La Arena – Relatos de El Bluff", a lo que varios respondieron con entusiasmo.

Entonces, Edgard Hooker, con su chispa habitual, se levantó y pidió la palabra. "Yo propongo que, ya que como han dicho, cada vez somos menos, y se nota que pronto otros también se irán, recojamos entre todos para formar un fondo para la corona". Hubo un momento de silencio antes de que alguien soltara una carcajada. La propuesta era tan cruda como realista. Si algo nos estaba quedando claro, era que la vida sigue su curso con o sin reuniones de excompañeros.

La despedida fue tan efusiva como los saludos iniciales, y bajo una tarde lluviosa, el salón de Morena Bafana se fue vaciando poco a poco. La idea del fondo para la corona quedó en el aire, flotando entre bromas y verdades. Al final, lo importante era eso: seguir viéndonos mientras podamos, aunque sea para constatar que, con los años, la memoria puede fallar, pero la amistad sigue intacta.

 

11 de Febrero de 2025

Fotos: Yadira Figueroa Medrano

lunes, 23 de octubre de 2023

Y, ¿CÓMO OLVIDAR A JUIGALPA?

No puedo dejar de verla, aun cuando se ausenta por varios días. La Puki me la recuerda porque siente su presencia imborrable en la casa, en el sofá que ella ocupa o en la mecedora del corredor donde pasa las tardes calurosas.

En los espacios compartidos su presencia siempre se devela en pequeños detalles colocados en la mesa de noche, debajo de la almohada, en el tocador, en el espejo, en las gavetas, y su aroma ha impregnado la mitad de todo: la casa, la habitación y los recuerdos.

Ahora que regresa, ya entrando la noche más allá de la etapa del adormecimiento, coloca en la cama varias fotos que una de sus amigas le ha regalado, todas de ella, de su época de chavala, de su juventud, una etapa de su vida que siempre recuerdo y, más aún, en su ausencia.

Veo una foto y le digo que esa es Daniela, nuestra nieta, porque es igualita a ella. Una foto del Clarín de niño, también es idéntico a ella. Una foto donde camina con Cecilia Wheelock, después de visitar el parque de Palo Solo, una foto pérdida y ahora vuelve a despertar los recuerdos de ese pasado inolvidable, ella con cabello al estilo afro y su short cortito mostrando sus piernas de atleta, caminando hacia el oeste, en dirección a la esquina donde se ubica la casa del chele Laguna, pasando por las viviendas de don Edgard Matus, la familia Flores, la de la Chelita donde vivía Milcíades, la casa de doña Petrona y la que hoy habita la familia Marín.

Volviendo a las fotos, en una de ellas se baña en la quebrada de Carca, embarazada de Emiljamary y la rodea un chavalero que goza de alegría en uno de esos meses calurosos en Juigalpa, antes más frescos que ahora.

Y, ¿cómo olvidar a Juigalpa? Es imposible porque Juigalpa está en su sangre, Juigalpa es la ciudad de mis hijos, Juigalpa es una parte de mi vida.

Juigalpa en la época que estudié en el liceo agrícola, cuando todavía no la conocía por cosas del destino o ironías de la vida. Los trabajos de campo eran dirigidos por el profesor Guillermo “el Papito” Tablada: ¡organicen un grupo para hacer rondas de fuego! ¡otro grupo para hacer eras! ¡un grupo para recoger mierda de vaca en sacos para abonar las plantas!, grupo que nunca me gustó, ¡ustedes, vayan a la bodega a buscar baldes y regaderas que van a regar todas las eras de allá abajo, las que están a la orilla del río y cerca de los árboles de Mango!, y nos organizábamos para hacer las labores. Un día, la voz autoritaria del director, Alejo Gallo Montenegro, dice al estudiantado en formación: ¡prepárense, hoy van a pelonear a los de primer año! Mostrándonos dóciles, seremos el plato del año para los alumnos de segundo año, la revancha por lo que ellos también sufrieron. ¡Reúnanse en un solo lugar!, ¡no pongan resistencia!, ¡las tijeras brillan de tanto filo que tienen!, ¡cuidado les cortan una oreja!, ¡cuidado con los ojos!, gritaban los cabecillas de segundo año, entre ellos Adolfo Chávez. Vamos de uno en uno, pasando en la fila y dos nos caen como zopilotes, sosteniéndonos de los hombros, pasan sus brazos por el cuello para inmovilizarnos, sostienen con fuerza la cabeza para dar los tijerazos, varios atrás, en el occipital, otros en el copete, otros a los lados de las orejas, ¡no te movás pilinjoyo hijo de puta!, pero los más fuertes, los más arrechos, los que no se dejan oponen resistencia y salen en defensa de la mayoría, entre ellos está Luis Alonso Conrado, y se arma la cachimbeadera, los golpes no los pueden resistir los de segundo, y se mira caer noqueado a Waneban Soza, boaqueño, luego que recibe un golpe de Luis Alonso y, entre la samotana que se arma, la mayoría de pilines salimos en desbandada. La rebelión de los alumnos de primer año en el liceo es el tema de conversación en la ciudad por varios días. Luego de ir al barbero, mostramos la pelona con mucho orgullo por las calles, en el cine Cynthia y en el parque. Ese fue el último año que pelonearon a los estudiantes de primer año en el liceo agrícola. Luego me integré al equipo de beisbol. Éramos un equipo fuerte, imponente, ningún equipo nos vencía. Mi cátcher siempre fue Henry Avilez, “el chiquito”. De ese corto tiempo que estuve en el liceo, surgió la amistad con Fulvio Orozco, la Pepa Montiel, Sergio Orozco Carazo, Luis Alonso Conrado, Chu Báez, Rodolfo García, Renato Meneses, Cicerón Gadea, el Chiquito Avilez y otros muchos más. Una época relajada, en plena juventud. 

Siete años después regresé con ella a su casa, a su Juigalpa de toda la vida. A la casa de su familia, de su madre María Gladys Chacón y sus hermanas y hermanos, la casa de grandes cuartos donde se acomodaban ella, su hermana y sus primos. Aún recuerda el movimiento de sombras y voces de cuando era niña, la cocina de leña con el fuego encendido todo el día, el corredor bajo el techo de tejas, las paredes de adobe, el árbol de Cacao Mico en el patio y el muro que brincaba la atleta de salto alto y largo para entrar a la casa. La misma casa de la esquina de Palo Solo, la casa de su abuelo Luis Chacón, el eterno conservador que siempre que había una rebelión real o ficticia contra Somoza, la guardia lo llegaba a buscar con trato humano, ¡que le alisten sus cosas!, decían los guardias porque ya estaban acostumbrados a ello.

En esa casa viví por más de 10 años. Me convertí en un habitante más de la ciudad de los caracolitos negros, y en amigo de sus amigos que ahora los veo en las fotos que ha traído después de un encuentro de compañeros de promoción de bachillerato del año 1974. Y en la vecindad, la amistad creció con los hijos de doña Comelia Zambrana: Rene, Ricardo, Rolando y Norma; con la Julita y Payín Chacón; con Modesto Cuadra, su esposa e hijos; con Diego Flores y familia; con Octavio “el Pelón” Gallardo que aún hoy tengo frente a mí su caricatura donde sostiene una enorme botella de ron en forma de pacha y expresando “Somos de la Vida”, con varios ídolos, libros y la cordillera de Amerrisque de fondo, una de las mejores amistades que logré cultivar en los años de Juigalpa, y también su hijo Fidel, Ficho; con los hermanos Molina, Héctor y Eddie, ambos poetas; con los hermanos Hernández; con don Nacho Duarte y doña Daysi y todos sus hijos e hijas; con Melba Suárez, María Elena Quezada y Carmen Mejía, sus amigas de toda la vida; con los amigos de mis hijos que me saludan al encontrarnos. También hice innumerables amistades por relaciones de trabajo en la delegación de gobierno o en el MIDINRA, y en el liceo y el INAP.  Fue una época maravillosa, donde los años de juventud los dedique al trabajo (tres empleos para sobrevivir con mi familia más los ingresos de ella que siempre resolvía los problemas y los sigue haciendo). Luego que la revolución perdió las elecciones en 1990, me quedé a la deriva, saliendo poco a poco de un naufragio de ilusiones a pesar de los estragos causados por la guerra.

Me quedé sin trabajo en Juigalpa, sin ninguna esperanza después de trabajarle un año al nuevo gobierno, hasta que un funcionario del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), llego a la casa a buscarme para ofrecerme empleo y, poco después, me trasladé a Nueva Guinea.

Y ahora, ella regresa con esas fotos de Juigalpa, y me las muestra desde su teléfono, donde está con sus compañeros de promoción, conocidos todos ellos: Jorge Luis Oporta, Julián Báez, Francisco Medrano y ellas: Vilma Luna, Elia Dina Galo, Francis Morales, Nora García, Margarita Galarza y Aydalina Berroteran.

Los años de la gloriosa juventud terminan, pero los buenos recuerdos perduran para siempre, al igual que las buenas amistades, muchas de la cuales están en mi segunda casa, la casa de su familia, su casa, la casa de Juigalpa.


La Colina, Nueva Guinea.
22 de octubre de 2023
Foto Propia.

martes, 18 de abril de 2023

CUANDO ÉRAMOS CHAVALOS



En memoria de Manuel Bermúdez, "Palán" (1963 - 2021)


El grupo de amigos estaba conformado por Pancho, el Güerri, Alonzo, Richard, Javier, Glen, Lolo y José Manuel. Era un grupo pequeño, pero unido. Compartíamos los días en El Bluff, ubicado en el caribe sur de Nicaragua. Durante los meses de verano, disfrutábamos al máximo después de regresar de las clases en Bluefields.

Uno de los pasatiempos favoritos era jugar béisbol y, en ocasiones, futbol en el antiguo campo que hoy en día es un parque. Este campo era el escenario perfecto para practicar deportes y pasar un buen rato con los amigos.

Allí jugábamos contra el equipo de la Booth, los Diablos o los Capitanes, conformando el equipo de la UVA. Ese era nuestro enfrentamiento de alto nivel, jugar contra grandes peloteros de la liga de Baseball amateur de Bluefields. Con el tiempo, varios de nosotros debutamos como jugadores novatos con el equipo y recuerdo que un domingo le gané al equipo de Old Bank con un juego de no hit no run. Aún hoy me siento orgulloso de ello. 

Muchas veces nos enfrentamos a equipos de futbol de Bluefields, una selección de los mejores jugadores de esa época, cuando el futbol no era masivo entre los jóvenes. Martín Montero era nuestro Pelé, Chapop el mejor portero, Kalilita o Pancho o Rodolfo, como lo quieras llamar, era el mejor centrocampista y Alonzo la mejor defensa central. En una ocasión, nos creíamos un gran equipo de futbol, viajamos a Diriamba, nos alojaron en el Instituto Pedagógico y nos enfrentamos al equipo Diriangén, el mejor equipo de Nicaragua en esos años. Nos dieron una paliza de 16 goles a cero donde el portero anotó varios. Nunca nos desanímanos, el teniente Pallais, quien fue el que hizo los contactos para el viaje, nos daba ánimos. "Perdieron contra el mejor equipo de Nicaragua, no contra cualquiera", nos decía.

Nos gustaba pescar y los hacíamos en el muelle de los pescadores al que llamábamos “el Murito”. Usábamos diversos tipos de carnadas, desde trozos de bagre, sardinas y hasta camarones que nos regalaban los marineros de los barcos camaroneros. Cargábamos piñas de pescados roncadores para freír y con ellas caminábamos orgullosos por el andén hasta llegar a nuestras casas. En ocasiones, desde el muelle iluminado de la Texaco, arponeábamos enormes róbalos que se desplazaban en cardumen por las aguas verdes y limpias de la bahía.   

A veces, por las tardes, solíamos correr hasta la segunda laguna de la playa El Tortuguero y regresar al caer el sol como parte de nuestro entrenamiento. De regreso, a nuestra derecha, podíamos ver cómo el cielo se pintaba de naranja sobre la isla del Venado. Era una vista impresionante que nunca nos dejaba de asombrar.

Los domingos, después de acudir a misa, entre primos, encabezados por Dora Luz, recorríamos la costa pedregosa de la loma del faro para recolectar caracoles que se adherían a los rocas. Recogíamos baldes que luego se convertían en ollas de suculentas sopas en la diferentes casas familiares.  

Por las noches, nos reuníamos en las gradas que bajaban al muelle de las pangas. Sentados en la baranda de concreto, bajo el firmamento lleno de estrellas parpadeantes, mirábamos y escuchábamos los gritos de varios adultos que jugaban naipes en la casa de Steven Sambola o en la oficina de Busurcón. Las luces de los barrios de Old Bank y Pointteen de Bluefields se miraban a lo lejos, más allá de Half Way Cay, mientras las aguas mansas de la bahía buscaban sin prisa la barra en su salida al mar, dejando atrás la isla de miss Lilian y el muelle de la Booth.

Allí, en esas noches de calma, conversábamos sobre las actividades del día, sobre las muchachas que nos gustaban, de nuestros deportistas preferidos y reíamos felices contándonos lo que queríamos ser al llegar a adultos, mirando hacia lo alto con el rostro iluminado como cuando enviábamos telegramas  con nuestros deseos en la cuerda que sostenían los barriletes que elevábamos desde el parque de la loma. Regresábamos a casa antes de que la luz eléctrica, suministrada por la aduana, se apagara.

En otras ocasiones, cuando la Booth extendió la energía eléctrica en todo el puerto, por las noches jugábamos basquetbol y voleibol en la cancha ubicada en el norte del campo de beisbol, frente a la casa de don Chon Benavidez y la de doña Marianita, la mamá de los García. A veces, las rivalidades entre muchos se convertían en noches de boxeo en el cine Renith, utilizando guantes facilitados por los Benavidez.    

Comenzábamos el día muy de mañana para cruzar la bahía en barcos pos pos para asistir a clases, unos iban al colegio Moravo, otros al San José y al Colón.

Era una época de diversión, estudios y sueños. Aunque el camino por delante no era fácil, creíamos en que podíamos lograr nuestros objetivos en base a nuestras capacidades. Juntos, soñábamos con un futuro próspero y emocionante.

Con el tiempo, y debido a múltiples circunstancias, muchos de ellos tuvieron que irse a países extranjeros en busca de sus sueños, no hay profeta en su tierra, decían al partir, y otros se mudaron a distintas ciudades en Nicaragua. A pesar de la distancia, siempre mantenemos la amistad de cuando éramos chavalos. A menudo, recordamos con nostalgia esos días en el puerto de El Bluff.

Un día nos volveremos a reunir para juntos recordar esos buenos tiempos, nos decimos. A pesar de que nuestras vidas han tomado rumbos diferentes, no olvido las risas y los juegos que compartimos durante aquellos meses de verano en El Bluff.

Cada uno ha seguido su camino, pero el vínculo de amistad que compartimos nos mantiene unidos como la franja de arena que aferra el antiguo islote de El Bluff con el resto de Nicaragua.

 

12 de abril de 2023

Foto Propia: Abuela Manuela con sus nietos y nietas.

sábado, 9 de octubre de 2021

EL PEÑÓN DE NUEVA GUINEA




Siempre que paso por la calle central le dirijo la mirada. El lugar me evoca momentos de una época difícil que forma parte de la Nueva Guinea de hoy.

Me veo sentado en una mesa del pequeño corredor que da a la acera y a la calle de macadán, una calle lodosa y con baches provocados por la lluvia y el tránsito de camiones y buses. Allí estoy con ellos, mis amigos de otros tiempos, saboreando una taza de café con un pastelito de piña elaborado por manos caseras, en una de las tantas tardes que frecuenté el lugar.

Era un lugar absorbente, con varias mesas distribuidas en un gran salón que siempre estaba impregnado de aromas dulces que fluían de varios escaparates de repostería donde mostraban las delicias de la casa —tortas, pasteles decorados, panes—, complementados por un menú de comidas, plantas ornamentales distribuidas entre las mesas, una pecera con peces multicolores y la atención exquisita de su propietario, don Ramiro Luna (QEPD) y su esposa, auxiliados por varias muchachas agraciadas.

Acudía después de las cuatro de la tarde, pero en ocasiones lo hacía en el descanso de la diez de la mañana. Las charlas con los amigos siempre fueron amenas, propias del entorno de esos tiempos cuando la gente se recuperaba de la guerra, se trabajaba por la paz y la reconciliación entre las familias y entre contras y sandinistas. Charlas excitantes, pasionales, donde siempre afloraba el trabajo por el desarrollo de una Nueva Guinea totalmente deprimida. Tiempos esos en los que las colonias y las comarcas comenzaban a repoblarse con familias que regresaban para comenzar de nuevo, una vez más.

Era la época en que mis calzados obligatorios eran las botas de guardia o las botas de hule porque las calles eran prácticamente un verdadero lodazal y debía usar una chaqueta por el frío provocado por torrenciales lluvias. Las farmacias existentes eran tres, nada más. La calle central no se había adoquinado. La casa comunal era la mejor discoteca y desde los jueves se llenaba a reventar bailando al ritmo de la canción “que traigan los bomberos porque me estoy quemando”. Los bares más frecuentados eran el de la Hilda y el de la Mencha. La única gasolinera existente era la de don Jesús Valle.

Para poder comunicarme fuera de Nueva Guinea, en caso de una urgente necesidad, tenía que acudir a una casita vieja de madera ubicada al lado del edificio de dos pisos de la alcaldía donde funcionaba Telcor y allí te enlazaban con otros lugares del país hasta contactar el número solicitado. Para enviar mensajes a los pobladores de las colonias y comarcas hacía uso de una pequeña radio que funcionaba en el segundo piso de una casa donde hoy funciona el GMG. Las zonas 5 y 6 eran barrios de plástico donde la gente se asentó por la guerra al abandonar sus parcelas y, en ellos, comenzaban a construirse las primeras casas de madera, así como en la llamada “ciudadela” con el apoyo de la cooperación española. No existían sistemas de agua potable confiables, el cólera azotaba en comarcas y colonias, las escuelas estaban literalmente destruidas y los caminos eran intransitables, solamente los camiones IFA de doble tracción los recorrían. La producción agropecuaria prácticamente no existía.

Esa era la Nueva Guinea de esta época en que me encontraba con mis amigos en la soda El Peñón. A veces pasaban por mi oficina exigiendo una pausa y en otras habíamos acordado encontrarnos allí.

Ahora, con el paso del tiempo, estoy nuevamente frente a El Peñón. Me bajo del jeep y con mi teléfono le tomo una foto. Es la misma peña de piedra, pero cuando veo la foto pienso en cada una de las historias de esa época, de los momentos agradables que tuve en ese local que ya no existe, donde han desaparecido mesas y escaparates, los aromas exquisitos han sido sustituidos por otros, olor a mercaderías, a telas, a cajones de basura en la acera y por el gas que escapa de los vehículos que no dejan de circular por la calle ahora adoquinada.

Todo es diferente, pero el Peñón, la piedra, sigue allí, ahora remozada con pintura de color gris. Guardo el teléfono y entro al local donde ahora funciona una distribuidora de diversos productos que lleva su nombre. Voy en busca de unas camisetas de talla S para mis nietas y de paso compro ciruelas, jalea y un vasito de chimichurri. Una muchacha guapa y amable me atiende. Al llegar a la caja, le pregunto a Wilber Luna, sobrino de don Ramiro Luna, sobre la historia del nombre El Peñón.

Don Ramiro vivía en Costa Rica, para allá se había ido por la guerra y logró montar un negocio de bisuterías, vendía agujas, hilos, botones y otras cosas, de todo un poco. Aquí nos pusimos de acuerdo y se acabó la guerra, y él se vino de regreso a Nueva Guinea, estableció el negocio y fue progresando poco a poco en ese ambiente de postguerra.

En Costa Rica tuvo un amigo de origen israelí que tenía un negocio de telas llamado “El Peñón” y por ello, por la buena amistad que tenía con el israelí le puso el nombre al negocio. Pero don Ramiro siempre estaba inquieto con el nombre, algo le hacía falta para completar el negocio, una marca, un emblema, un símbolo, algo que completara el círculo del negocio y, de pronto, con resolución se fue para la Colonia San Antonio y les dijo a unos buenos hombres que le sacaran una hermosa laja del río. Desde San Antonio se trajo la piedra, el peñón, que cerraba el círculo del negocio y su nombre. Y allí enfrente, a un lado de la acera, instaló el gran pedazo de piedra.

Esa es la historia del nombre de la soda El Peñón, ahora lo sé, pero las historias vividas en esos años en que acudía con mis amigos a saborear una taza de café con un pastelito son imborrables. Allí me acompañaban en las mesas del corredor, Pío Martínez, Toño Vargas, Francisco García, Ramiro González, Oscar Sánchez y otros muchos más que ya se han ido y viven en los recuerdos.

Cada tarde lluviosa en El Peñón de ese entonces es una historia distinta, un rato ameno para hablar sobre los planes institucionales, los retos cambiantes, tareas a realizar en búsqueda del actuar conjunto para maximizar los esfuerzos. Pero también, allí sentados, programábamos actividades recreativas que se materializaban en fiestas de traje que más de una casa se prestaba a ello con las que hacíamos un poco más llevadera nuestras vidas nocturnas en la Nueva Guinea de esa época.

Ahora, el edificio de la soda El Peñón de ese entonces, se ha dividido en dos. Uno que es la distribuidora y el otro un negocio de piñatas, flores, cuadros y de todo un poco. Pero frente a ellos, a un lado de la acera, vas a encontrar el Peñón sembrado por don Ramiro Luna, el que ha sido testigo de una parte importante de la historia de Nueva Guinea, resistiendo en la intemperie la inclemencia de los elementos de la naturaleza, como el mismo pueblo que siempre resiste y enfrenta nuevos retos para sobrevivir en una época distinta.

8 de octubre de 2021

Ronald Hill A.


lunes, 21 de octubre de 2019

A NOSOTROS NADIE NOS VE


Viven en la misma ciudad, uno en el barrio Nueva York y el otro en Pointeen, amigos de siempre, de toda la vida, compañeros de estudios, desde el preescolar hasta secundaria. Uno se hizo soldador y el otro relojero. Luego de muchísimos años sin verse, Joseph, el soldador, invitó a James a desayunar. Ese día, antes de misa, James se deshizo de todos sus achaques de viejo y, bien bañado y perfumado, con su ropa dominguera, se presentó en la casa de Joseph.

Joseph lo esperaba en el corredor. Se abrazaron, se reconocieron porque estaban canosos y panzones,  y platicaron en la sala hasta que Doroty, la esposa de Joseph, los invitó a ocupar la mesa del comedor. Desayunaron huevos revueltos con tomate, cebolla y chiltoma, pringaditos con pimienta, pan de coco calientito, recién salido del horno, untado de jalea fresca de guayaba montera hecha por las manos laboriosas de Doroty y café de palo.

Luego del desayuno volvieron a la sala. En el aire, desde una iglesia cercana llegaban aleluyas y salmos. Doroty se disculpó y partió hacia ella. Se volvieron a reconocer como amigos de siempre, recordaron los juegos de infancia, sus viajes al Pool, a la poza del diablo, sus jalencias en el obelisco y en las pilas de Martinuz y a sus amigos de esos años, sin dejar pasar el conteo de los que ya se fueron de este mundo.

Joseph tomó de su librero el libro Bluefields en la Sangre, le señaló el poema Boga de Lesbia González Fornos y mostró sus dotes de declamador:

Boga el remero en el río
boga sin descansar
tiembla de hambre y de frío
tiembla de tanto pensar
piensa en el rancho
en la madre, en su mujer
y en los niños.

Tiembla de hambre, de frío
y de la absoluta miseria
en que se encuentra sumido.

Boga el remero en el río
mientras una mueca de sonrisa
en su hermoso rostro asoma.
Con furia y con fuerza impulsa los remos
mientras el cayuco avanza lento
¡qué alegría! ¡qué contentos!
todos lo están esperando.

Pero pobre el pobre remero
porque boga el cayuco en el río
completamente vacío.
La red, tan solo sin nada la red
pues hoy no pudo nada pescar.

Pobre el pobre remero
tiembla de hambre y de frío
de rabia y de impotencia incluso
el cayuco está vacío
también su estomago lo está.

Boga el remero en el río
boga sin descansar
lágrimas de dolor ruedan
ruedan por sus mejillas.
Chilló la golondrina
vuela la mariposa
y en la corriente del río
una lágrima hermosa se pierde.

James lo aplaudió con admiración por los altibajos, pausas y cadencia de su voz, la expresión corporal, principalmente de sus manos, y el entusiasmo de su viejo amigo.

Luego, una rareza en ellos, después de muchos años, hablaron de política. Hicieron una radiografía de sus vidas y se dieron cuenta que ninguno de ellos había participado en el Movimiento Liberal Costeño ni en la lucha contra la dictadura Somocista, muchos menos en la Insurrección Final, ni en la Cruzada Nacional de Alfabetización, ni en la Vigilancia Revolucionaria, ni en los Cortes de Caña, tampoco en ninguna Marcha de Repudio al Imperialismo Yanqui, no formaron parte de las Milicias ni dieron el Servicio Militar Obligatorio menos el Patriótico, nunca fueron a ninguna Plaza a celebrar el triunfo de la Revolución, ni a Concentraciones en el parque Reyes, a ninguna Reunión de los CDS habían asistido, no hicieron Fila para conseguir comida en los Centros de Abastecimiento, ni habían pedido un Aval al Secretario Político, jamás gritaron Consignas mucho menos Marchar en las calles de la ciudad para celebrar la Autonomía ni en las protestas de los Azul y Blanco. Al final, sacaron la cuenta, no habían participado en ningún evento importante, para bien o no, de tantos años jodida pero rejodidamente difíciles.

Dos personas insignificantes, uno relojero y el otro soldador, habían transitado durante cuarenta años por los linderos de la Revolución y las Nuevas Victorias, posición que no respondía a ninguna ideología, ya sea contestataria o de indiferencia hepática-biliar, sino a causas muchos menos visibles: la Historia jamás los tuvo en cuenta. Ellos tampoco a Ella, demás está decirlo.

    ¿Cómo pudimos? —se preguntó Joseph.

    Sencillo, bredá: a nosotros nadie nos ve —respondió James.

Luego se despidieron, primero con un abrazo y palmadas efusivas, prometiéndose que volverían a encontrarse para seguir rememorando sus vivencias antes de morir, luego con adioses de manos hasta que James desapareció en una esquina, porque de allí para allá siguen siendo invisibles en la maraña de la ciudad.


20 de Octubre de 2019

Foto de Ronald Hill: Hombre remando en su canoa.

viernes, 6 de octubre de 2017

HIJOS DEL TIEMPO Y LA ARENA, EL LIBRO



¡Está listo!, ha sido un lapso prolongado pero he logrado cosechar frutos. El libro cuenta en sus 138 páginas la historia del puerto El Bluff, lugar donde nací y crecí al lado de mis abuelos y mis padres, disfrutando junto con mis amigos de su época de oro, una parte importante de su desarrollo entre los años 1960 y finales de 1970, hasta llegar a su decadencia y abandono actual.
El libro está dedicado a la memoria de mis padres, Ofelia Alvarez y White Bush Hill.
El poeta, escritor y amigo, Carlos Castro Jo, ha dedicado su tiempo y esmero para leerlo y comentarlo. Sus palabras y valoraciones son el prólogo del libro HIJOS DEL TIEMPO Y LA ARENA. “Para los que están interesados en la historia de El Bluff o en la vida cotidiana de un pueblo del Caribe nicaragüense en las décadas de 1960 y 1970, Hijos del Tiempo y la Arena (Relatos del Bluff) es una lectura obligatoria”, señala Carlos. 
He iniciado el proceso de búsqueda de apoyo para publicarlo. A mis amigos y amigas les digo que allí están ellos, a los de antes y de ahora, y que sin dudarlo, si mis gestiones para publicarlo no se materializan porque en Nicaragua es mínimo el apoyo que existe para hacerlo y carísimo, no duden que acudiré a ustedes para lograrlo. 
¡Salud!


Ronald


domingo, 24 de septiembre de 2017

UNA HISTORIA QUE CONTAR


Llevaba tres horas subiendo la ladera oeste del cerro Silva. Es una de las tantas cosas que tengo en una lista de pendientes en mi vida. Desde ese punto se observa la inmensidad de la llanura caribeña porque no existe otro sitio más elevado para ver su majestuosidad y disfrutar las cosas sencillas que nos da la vida. Una recompensa única por el esfuerzo a la edad de sesenta años. Don Pedro, el guía, un campesino, me animaba. Insistía diciendo que no abandonara la meta de coronar la cúspide después de cabalgar varias horas desde San Pancho. Estaba a punto de tirar la toalla y mi teléfono móvil comenzó a sonar desde esa altura por la señal de una de las empresas que tienen una pésima cobertura en la mayor parte de los sitios caribeños.
Vi en la pantalla un número desconocido y respondí después de sacar el móvil de la mochila que cargaba en mi espalda. Una voz de mujer preguntó indicando mi nombre.
“¡Sí!, ¿quién habla?”
“Lo llamamos del INSS… ya tenemos la resolución de su pensión. Le invitamos a que se presente a la mayor brevedad en nuestras oficinas de Nueva Guinea. Es urgente que lo haga”.
Recorrí con el pensamiento una secuencia de imágenes después de decirle que lo haría.  Recordé mi primer trabajo en la Booth de Nicaragua, los años que trabajé en la empresa de Conejos y que viví en El Cañón con mi mujer y mis hijos pequeños, la empresa Avícola, los años que trabajé en el MIDINRA y el Gobierno Regional de la entonces V Región, y los últimos catorce años que laboré en Ayuda Acción hasta el año 2007.
“¡Don Pedro!, ¡tengo que regresar!”
“No me diga, ya estamos cerca”.
“Es algo importante, voy a subir otro día”, respondí y comenzamos a bajar la ladera. En el trayecto le conté la historia a Don Pedro.
Al llegar a casa, seis horas después, le di la noticia a mi mujer. Dijo que había salido rápido mi resolución y se mostraba contenta. Al día siguiente fui a las oficinas del INSS. Una mujer me atendió de inmediato y después de explicarme ciertas cosas me entregó un cheque. “Le salió bonito”, dijo. Al ver la cifra me di cuenta que tenía razón y me sentí contento. Estaba tan contento que llamé a mis mejores amigos para contarle la historia y recibí sus felicitaciones. “Somos pocos los que aguantamos tanto”, dijo uno de ellos.
Por la noche le envié un mensaje a uno de mis amigos.
 “Entonces, te tengo una historia que contar, ¿dónde nos vemos?”
“¿Y ahora qué te pasó? Mirémonos cerca de mi casa, en el bar de al lado”, respondió.
Diez minutos después me encontraba en el bar de al lado de la casa de mi amigo. Saludé a varios conocidos y uno de ellos me invitó a su mesa donde estaba con su mujer y otro amigo. “Viejo, acompáñanos”, dijo y me presentó a su esposa. No la conocía. “Tienes mucha suerte”, le dije.
Conversamos de diferentes temas y al rato apareció mi amigo. “Ideay viejo, me hubieras llamado”, dijo y se unió al grupo.
Mi amigo dijo que tenía mucho tiempo de no verme, que me había perdido. “Sólo de vago vivís”, dijo. Le conté que ya estaba jubilado y que me daban un cheque de pensión vitalicia. “No jodas viejo, te felicito. Te lo has ganado, yo sé lo mucho que has trabajado y ahora tenés que disfrutar de la vida, lo que te queda, y cuidarte”. “Pero contamé como estás, me di cuenta que tienes otro hijo y de seguro estás contento, feliz”, respondí y noté que los otros que estaban en la mesa conversaban entre ellos sin seguir nuestra platica. Mi amigo guardó silencio por unos momentos.
“Mirá viejo, vos estás como estás por tu mujer. Sin ella no estuvieras aquí, al saber por dónde estarías viviendo, talvez en malas condiciones, ella te ha salvado la vida”, dijo.
Tiene razón, pensé. “Pero vos estás bien, tenés tus negocios, una mujer linda y mucha vida por vivir”, respondí y guardó silencio.
 “Ya no aguantó a mi mujer. Ya no la quiero. Me voy a divorciar porque es una víbora, es una barba amarilla enrollada, ¿las has visto verdad, conoces las barba amarilla?, me hace la vida imposible”, dijo.
“Vos sabes cómo son las mujeres, son sensibles, son celosas, quieren tener toda la atención de parte de nosotros, tenés que buscarle el lado débil y por allí esforzarte, no es muy difícil”, le dije.
“No jodas Viejo, si supieras todo lo que he hecho. No puedo, ya no puedo”, dijo.
Diablos, pensé, debe vivir en un infierno, en la casa del perro, en el dog house, como decía White Bush.
“Entonces qué es lo que quiere”, pregunté.
“Joderme la vida, hemos llegado a putearnos, hasta a los golpes. Me voy a divorciar porque así no puedo seguir”, dijo.
“Bueno, no la pienses dos veces”, le dije y cambié la conversación porque me di cuenta que estaba desesperado.
Busqué motivarlo invitándolo a que un fin de semana hiciéramos un viaje a la playa de El Tortuguero, al rancho de Javier Benavides en El Bluff, y platicamos de diferentes temas. La mujer del amigo que me invitó a la mesa comenzó a cantar en el karaoke del bar y noté que tiene una dulce voz. Me entusiasmé y luego canté Let it be.
A las once y media de la noche el amigo que estaba con su esposa nos invitó a acompañarlos a su casa, dijo que allí podíamos tomar cerveza y pasar un rato agradable. Todos aceptamos la invitación, pagamos la cuenta y nos dispusimos a partir.
Los tres amigos que estaban en la mesa se fueron en un vehículo y mi amigo me acompañó al parqueo para abordar mi jeep. Me detuve en la salida esperando que la vía se despejara. Repentinamente, sin saber de qué lado salió, la mujer de mi amigo abrió la puerta del jeep. Lo tomó del cabello, lo jaló tratando de sacarlo del jeep. Le dijo cosas horribles y lo golpeó varias veces. Mi amigo no reaccionó. La mujer logró sacarlo de jeep casi cayendo en la calle.
Me bajé del jeep tratando de evitar el escándalo en la vía pública.
“Usted no se meta, el problema es entre nosotros”, dijo la mujer a gritos partidos.
“Sí Viejo, sí Viejo, no voy a acompañarte, otro día seguimos platicando”, dijo mi amigo.
No dije ni una sola palabra y partí hacia la casa del otro amigo. Allí departimos un par de horas y al verlos tan felices pensé que yo también era un hombre dichoso y que de nuestro tipo muy pocos existen.

domingo, 14 de mayo de 2017

LA HONESTIDAD EN EL PESCAFRITO DE BLUEFIELDS


El Pescafrito, llamado así desde la época de los años 80 del siglo pasado, ubicado en la esquina del mercado municipal de Bluefields, es uno de los lugares que más frecuento. Encuentro nostalgia, y la música —soul y reggae—, es muy buena, además está a la mano, sólo tengo que salir del hotel Caribean Dreams, girar a la izquierda, y entro por la puerta principal.

Tiene un ambiente a media luz, rojiazul, las cervezas siempre están heladas y te atienden con amabilidad. La estructura del techo es un laberinto de cerchas de madera, horcones y columnas frágiles. Las mesas son de madera y sillas de plástico. El viernes, sábado y domingo lo he visitado. Posee una fuerza de atracción que no puedo evitar.

Varios amigos, los hermanos Thomas y sus esposas, Gregory y Jimmy, regresamos al atardecer de la playa de El Bluff. Sin que lo sugiriera entraron al Pescafrito. Lo dije, “este lugar es uno de mis favoritos”, y nos tomamos tres cervezas para postergar la sensación agradable que deja una tarde en la playa de El Bluff entre amigos.

Luego que los hermanos Thomas partieron se lo dije a Greg y a Jimmy. Hubo un tiempo que este lugar fue manejado por mis padres, White Bush y Ofelia, a inicios de los años 80 cuando se promovía en toda Nicaragua el consumo de mariscos por el  bloqueo de los yanquis. Y vivían allá abajo, dije, señalando el segundo piso de la casa de Hennington Hodgson porque eran buenos amigos.

Luego, Greg pidió la cuenta. “Give me the bill”, le dijo a la mesera, una morena, una black creole, joven y hermosa que nos estaba atendiendo, la misma que me había atendido los días anteriores.

La mesera regresó a la mesa y dijo la cantidad. Greg no dejó que aportáramos y le entregó un billete de quinientos córdobas. La mujer fue a la barra, pagó el consumo mientras seguíamos conversando. Regresó con el cambio y se lo entregó a Greg. Desde mi lugar, atenuada la iluminación solamente observaba los círculos fluorescentes de los billetes, de los córdobas de plástico. Greg los revisó a media luz y le entregó uno. “Esta es tu propina”, le dijo.

La mesera, acostumbrada a ese ambiente, vio la denominación del billete, uno de doscientos córdobas e inmediatamente, sin pensarlo, dijo en inglés: estás seguro de la propina, y se lo entregó. Todos quedamos viendo el billete. Greg tomó uno de los del cambio, lo cambió por el de doscientos y le entregó otro de menor valor.

“Para que mirés”, dijo, dirigiéndose a mí. “En la Costa Caribe hay gente honesta”, agregó. Sí, le dije, en Managua u otro lugar de Nicaragua la mesera o el mesero se va y no te lo dice. “Hasta en la mañana, de goma te das cuenta cuando revisas la cartera”, dijo Jimmy.

De seguro esta chavala es honesta porque sus padres se lo han enseñado, quizás va a una iglesia, talvez lo ha aprendido en el colegio”, dije. Ese es mi punto de vista, agregué, pero mejor voy a preguntárselo y seguimos conversando.

Luego de tomarnos la cerveza nos disponíamos a partir y Greg me lo recordó: “pregúntale a la chavala”.

Me dirigí a ella mientras salían por la puerta.

—¿Vos lo conoces a él? —pregunté al oído por la música.
—No.
—¿Por qué regresaste el billete de 200?
—Me parece que se había equivocado.
—¿Pero por qué? En otro lado no se lo regresan.
—En la vida tenemos que ser honestos.

¿Qué te dijo?, pregunto Greg en la acera, frente al hotel Caribean Dreams.
Le han enseñado lo que es correcto.
Te fijás, todavía hay gente honesta.

También por eso el Pescafrito será siempre uno de mis lugares preferidos en Bluefields, pensé mientras nos despedíamos.

Bluefields, RACCS.
Domingo, 14 de mayo de 2017

martes, 13 de enero de 2015

VUDÚ DAYS (Wilson, mi amigo)


Desde que desembarqué en el muelle de las pangas de Bluefields me di cuenta que pasaría un fin de semana inolvidable. El rótulo pintado en la pared superior del galerón que da acceso al embarcadero, dando la bienvenida en español, inglés y misquito, me recordó que pisaba territorio pluricultural y multilingüe, la tierra del “sontín”, del Obeah man y de creencias sobrenaturales.

Este viaje no era como la mayor parte de los que he hecho; lo hacía por la urgente necesidad de ver a viejos amigos y amigas en la última semana del año para despedirme de ellos.

    Tengo que ir para bañarme y lavarme en las aguas en mi vieja playa antes que finalice el año —le dije a ella cuando me vio con las maletas.
    Siempre andas creyendo en esas babosadas —respondió haciéndome la señal de la cruz en la espalda, como siempre lo hace cuando tengo que viajar. — Que te vaya bien —agregó.

Desde el primer día, después de la una de la tarde, me dirigí en compañía de Silvio Lacayo, Silvio, su hijo, y Fabiola hacia una quinta ubicada en las cercanías del suampo de Lara. Un charco de tierra roja explotó en miles de gotas cuando la camioneta negra se desvió del camino para entrar a la quinta. Se escuchó el sonido del aire comprimido de los amortiguadores asentándose en el lodo; los alrededores, grama, postes, alambre de púas y troncos de los árboles quedaron salpicados de rojo.

En el fondo del terreno sobresale el bosque secundario propio de las planicies caribeñas, prevaleciendo la oscuridad y las sombras, pero a medida que la mirada retrocede se observan rayos de luz que como intrusos calientan el ambiente. En el centro, al lado de un ranchito con techo de suita, crecen plantas ornamentales en macetas hechas de bambú colgadas entre ramas  que forman una escalera viva. Se nota el despale selectivo de árboles y arbustos recién plantados con flores de distintos colores a sus alrededores. “Este es tu santuario”, le dije a Fabiola luego que me mostró con exquisitez sus plantas, los cultivos de sandía, tomate y chiltoma que recién comenzaban a germinar.

Un tronco de madera plantado al lado derecho del ranchito me llamó la atención; Silvio Lacayo, el suegro de Fabiola, me llevó a verlo. Una vara cruza el tronco a forma de brazos de los cuales cuelgan macetas con flores como si fueran sus manos; igual en su base y en el borde superior como si fueran sus pies y cabello. En la parte frontal mediana, el tronco tiene puesto dos trozos de poroplast pintados con acuarela en forma de ojos y más abajo otro como si fuera su lengua; una bufanda se sostiene de la vara con un nudo como colgando de su cuello. “Esto es Vudú, es un muñeco de vudú”, le dije a Silvio Lacayo. “Se llama Wilson”, respondió; me tomó una foto a su lado y regresamos al ranchito.

    ¿Por qué se llama Wilson?
    Así le puso don Silvio —respondió Fabiola.
    Por Wilson, el de la película “El náufrago”, protagonizada por Tom Hanks —dijo Silvio.

En la película el actor pinta una cara en una pelota de basquetbol de la marca Wilson con su mano sangrante y la ubica sobre un tronco. El balón se humaniza. La historia es sobre un hombre, el náufrago, que sufre por mantener la esperanza en la soledad de una isla. Su relación con Wilson puede parecer absurda pero es una excusa para vencer el tabú de hablar solo, de vencer el miedo de caer en la locura y es eso, precisamente dialogar con el balón, lo que lo mantiene cuerdo.

En un momento en que se unieron al grupo otros amigos de Fabiola y Silvio, me acerque a Wilson; le confesé mis penas, toqué sus manos, le acomodé la bufanda, pedí por mis deseos. Al despedirme escuché con claridad el susurró del viento al caer la tarde: “ándate tranquilo”.

La conversación de la noche, ante mi insistencia sobre el vudú y luego de disfrutar un exquisito costillar de cerdo asado, giró en torno a temas relacionados con sucesos sobrenaturales como el que contó una amiga presente. “Abrí la puerta del portón del corredor y al encender la luz vi las machas de patas de gato pintadas con sangre en la pared, alrededor de las ventanas y la puerta. Desde ese día mi niña (la jovencita que estaba a su lado) y yo comenzamos a sentir desesperación si estábamos dentro de la casa, sufríamos de un intenso dolor de cabeza, no podíamos estar tranquilas, mucho menos cuando Juan, mi marido, llegaba de sus viajes desde la Desembocadura”.

Todos escuchaban atentos, iluminados por una tenue luz de luna; Silvio me volvía a ver incrédulo. “Sí, es cierto, tuvimos que buscar ayuda para que nos limpiaran la casa, encontraron cochinadas”, agregó la mujer sin dar más explicaciones. Silvio se me acercó al oído y dijo: “alguna querida que tiene en la Desembocadura le hizo el sontín para que dejara a la mujer”.

Los días siguientes los dediqué para visitar y despedir el año estrechando manos y dando abrazos a viejos amigos. A una amiga tuve que gritarle para que abriera el portón de zinc. Luego de saludarla me hizo pasar a su casa y vi cosas tiradas, desacomodadas en la sala: vasos, platos, fotos, muebles, ropa de uso personal y de cama. Al ver mi cara de sorpresa dijo sonriente: “estoy aprovechando que no está mi mamá, estoy botando chunches viejos y hago limpia antes que termine el año”. Recordé las palabras de otra amiga que hacía referencia a la mamá de mi amiga: “mi mamá no nos dejaba visitar esa casa, decía que allí la mujer se dedicaba a hacer cochinadas”.

Visité a mis familiares en el cementerio de El Bluff e hice un recorrido por varias tumbas de familias de antaño y recientes. “Ahora se roban hasta la tierra de las tumbas; las preferidas son de aquellas personas que la gente considera que hacían brujerías”, dijo el Bena. “Desde chavalo recuerdo que al Mexicano lo consideraban brujo, no por su barba colgándole hasta el pecho ni por sus largas uñas, sino porque él alardeaba de sus poderes sobrenaturales. No podía morir, pasó varias semanas en agonía, daba gritos espantosos que se escuchaban hasta la Booth por las noches y una manada de perros que tenía aullaba lamentándose alrededor de su casa. La familia no soportó su agonía y lo trasladaron a uno de los cuartitos que había hecho en el patio para alquilárselo a la Casimira y otras misquitas, te acordás de la Casimira, ¿verdad?”, agregó.

Los tres días que visité El Bluff me bañe, me lavé y me confesé con mi vieja playa. Fueron tres días de sol, luminosos, con una brisa leve que espantó los jejenes y con un oleaje que permitía nadar en sus azules aguas; también ellas se limpiaban al depositar algas a lo largo de la costa. La espiritualidad y paz que encuentro en esa playa me recordó el susurró de Wilson, mi amigo.

El último día regresé en una caponera hasta el muelle de las pangas y allí me encontré a viejos amigos del puerto. Mientras esperaba la salida de la panga hacia Bluefields conversé con ellos; al tocar el tema de la extrema pobreza en que se encuentran, abandonados y sin esperanzas, uno de ellos, el Chaparro de cabello canoso dijo: “todos las fuckin gobiernas, después de la Somoza, no poder hacer nada bueno, ni pesca, ni petróleo, ni marina, nada, sólo babosadas… y nosotros aquí casi muriendo como si desde Managua nos hacer un gran brujería”.

“También tu mamá creía en brujerías. Decía que a vos nada podía enloquecerte porque te había dado una cura que consiguió en Kakabila”, dijo ella cuando regresé del viaje y le conté lo de Wilson, mi amigo. “Nunca se imaginó que este sontín chontaleño te volvería loco”, agregó con su mirada complaciente.


Martes, 13 de enero de 2015

jueves, 18 de diciembre de 2014

UNA MANCHA DE TROMPOS



Nos juntábamos siempre para jugar hasta aburrirnos, disfrutábamos los diferentes juegos de temporadas: una mancha de trompos, haciendo piso y “revoluta” en el juego de chibolas, elevando barriletes y cometas desde la plazoleta del parque de la loma, aprovechando los vientos de noviembre y diciembre para mandar telegramas al cielo con nuestros deseos, hasta las carreras de bicicletas en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de las Chinitas. Siempre éramos los mismos: Kalilita, el Tanquecito, el Guerri, el Sapo, Richard, Alonso, la Melá, Martín, el Cabe, el Flaco y el Zorro Juan.

Para las manchas muchos preferían los trompos de Masaya, hechos de  guayacán con puyones gruesos, pero eran caros porque los pintaban con dibujitos. Otros con su ingenio infantil fabricaban los propios. Richard y Alonso Allen los hacían de la rama de un árbol de Guayaba con grosor medio; con un machete filoso daban los primeros cortes para que tomara forma, luego con un cuchillo hasta moldearle la cabeza y, cuando adquiría el tamaño deseado, lo raspaban con un pedazo de vidrio hasta que quedaran lisos sus contornos al tacto de la mano que posteriormente sacaría pecho a la hora de jugarlo en una mancha. El puyón, el arma destructiva, era el elemento más preciado, además del tamaño y peso del trompo.

    ¿Por qué le quitas el puyón si está nuevo? —le pregunté a Kalilita al verlo sentado en las gradas de su casa, tratando de sacarle el puyón a un trompo de Masaya con un alicate.
    Para la hora de los secos, vas a ver cómo voy a desguazarlos —respondió sin dejar de hacer fuerza, sin dejar de girar el alicate hasta sacarlo.

El mejor puyón era hecho con clavos de acero; con una lima triangular se afilaba la punta del clavo de dos pulgadas, se clavaba en la punta del trompo hasta que quedaban expuestos dos centímetros, luego se le cortaba la cabeza y se afilaba nuevamente hasta que la punta quedaba como la de una aguja. Los primeros bailes del trompo eran de prueba, si no estaba  sedita, si quedaba tatarata, se le daban varios toquecitos con el martillo para ajustarlo y volvía a afilarse.

Vi a Kalilita dar media vuelta sobre su propio eje al tirar el trompo para bailarlo, ese eje de chaparro que lo mantiene adherido al suelo con fuerza y con la suerte de vencer a la muerte en varias ocasiones. Lo recuerdo petrificado, mostrando su perfil izquierdo, su pelo negro chirizo parado como espinas de erizo de mar, sosteniendo la manila de nylon adherida por un nudo al dedo medio de su mano derecha que se movía al vaivén del ritmo de su entusiasmo.

    ¡Te quedó sedita! — dije al ver al trompo bailar en el suelo, en un sólo punto, cerca de su casa, bajo la sombra de los árboles de almendro plantados frente a la agencia aduanera de don Joaquín Bustamante.

Se agachó apurado al pie del trompo, deslizó la palma de su mano derecha con los dedos índice y medio abiertos entre el brillante puyón, mientras que con la izquierda sostenía la manila y con el dedo índice le dio un empujoncito al trompo atrayéndolo hacia la palma de su mano. Su cara brillaba de alegría, el trompo giraba campante en la palma de su mano.

    Está listo para la mancha —dijo.

Frente a la casa de doña Carmelita, al lado derecho del andén, propiamente al dar la vuelta por la esquina de la casa de Miss Lilian, frente al muelle de los guardacostas y el mar azul sobre la playa de El Tortuguero, nos juntábamos a jugar la mancha de trompos. Todos llevaban los trompos ocultos en la bolsa de sus pantalones y, luego de acordar el número de secos que recibiría el trompo del perdedor, se trazaba un círculo en el suelo con un palo y se ponía una moneda en el centro. Ese punto era la mancha y, una vez definido, salían de las bolsas los destructivos trompos con sus relucientes puyones de distintos tamaños y grosores.

Luego de una bailadita de calentamiento, se definía el número de secos que recibiría el trompo del perdedor y comenzaba la tiradera de trompos sobre la mancha. El que dejaba su marca más lejana debía poner su trompo en “la cama”, es decir dentro del centro del círculo, y comenzaban a llover los puyazos de los otros trompos que lo arreaban por todo el patio de doña Carmelita hasta llegar a la “recha”, el límite establecido para la arreada. Si uno de los jugadores fallaba, el dueño del “encamado” lo levantaba y hacia una cruz con el puyón para que el pifiado pusiera su trompo. En ese tirar y poner se regresaba al círculo y el trompo que entraba se hacía merecedor del número de secos acordados.

En ese momento los jugadores amarraban el trompo con la misma cuerda de lanzarlo dándole varias vueltas a la cabeza con uno de los extremos y con el otro al puyón, de tal manera que quedara balanceado para dar los secos. El perdedor se quedaba calladito, sin decir nada, solamente observando.

    Le voy a dar con cariño —dijo Kalilita, volviendo a ver al Guerri.

Se puso de cuclillas frente al trompo del Guerri, con su mano derecha sostenía los dos extremos de la cuerda y con la izquierda su trompo, calculando la distancia y el movimiento pendular para dar los secos. Uno, dos, tres secos y no pudo desguazar el trompo, solamente dejó los cráteres hechos por el puyón. Se levantó, se acercó al andén y le dio tres pasadas al puyón sobre el borde de concreto hecho a base de piedra azul.

    ¡Así no vamos!, gritó el Guerri.
    El que pierde tiene que aguantar —respondió Kalilita sin que ninguno de los otros jugadores protestara.

Volvió a su posición de verdugo, medio escarbó en el suelo y acomodó con delicadeza el trompo del Guerri. “Crack” se escuchó cuando dio el cuarto seco y el lado derecho del trompo voló hacia un lado. Miró hacia arriba buscando los ojos del Guerri y, con la velocidad de su mirada maliciosa, dio el seco de muerte partiéndolo en dos tucos.

Unos días después visité a Kalilita para pedirle que le pusiera a mi trompo un puyón de los que él usaba para desguazarlos. Lo hizo con pericia y mientras me enseñaba a dar los secos en un trompo viejo, con el impulso y la pifiada, el puyón terminó incrustado en el musculo braquiradial de mi brazo izquierdo. Me regaló un poco de guaro lija del que vendían en su casa para que me echara en el hueco y no se me infestara.

Cuando tengo la dicha de encontrarme con ellos, con el Cabe, el Tanquecito, el Sapo y la Melá, es tema obligado conversar sobre esos tiempos de chavalos; para revivirlos, para que no se me olviden, siempre aprovecho cualquier ocasión para contarlo y que recuerden esos tiempos felices que vivimos en el puerto.


Martes, 16 de diciembre de 2014

viernes, 7 de marzo de 2014

SONRISAS DE NUEVA GUINEA

Estas son sonrisas de amigas y amigos. Les dije que me regalaran una sonrisa y las comparto con ustedes en este vídeo.

jueves, 26 de abril de 2012

LA CITA DEL PAPELITO


Al sonar el timbre salimos al corredor del segundo piso, bajamos bromeando por las gradas del ala izquierda del edificio de madera y nos dirigimos hacia el parque. Caminamos por el andén hasta el kiosco, lo bordeamos por la derecha y nos encontramos a Sergio, recién bañado y perfumado, con los ruedos campanas de su pantalón volando al viento, chocando entre ellos al dar sus largos pasos por la prisa de baterillista trasnochado. “¡Clase de goma!”, le dijo Mariano; sin prestarnos atención siguió caminando hacia el edificio.

“¡Tres vigorones con sus respectivos vasos de chicha!”, dijo Alfredo desde adentro de la glorieta, mientras esperábamos sentados en los bancos con los codos descansando en la losa de concreto que lo rodea en sus tres costados. “El chivo”, así le decíamos a Alfredo, entró por la puerta trasera y saboreaba una porción mayor a la nuestra con un enorme vaso debido a que su mamá era la dueña del negocio. Al concluir, regresamos al Instituto Cristóbal Colón y compramos pijibay, escudriñando entre las panas tibias que las vendedoras colocaban sobre el muro del parque. Desde allí observé en lo alto a Mázate junto a Fernando y Dexter, hablando entre ellos de cerquita como secreteando y subimos de prisa al sonar el timbre.

El hermano José Cruz inhaló profundamente el cigarrillo, tiró la colilla al vacío, expulsó el humo moviendo sus labios al saborearlo y entró al aula sonriente con su caminar poético. En su juventud fumaba puros habanos en su Cuba añorada, pero sus cansados pulmones y la escasez de ellos en Bluefields lo obligaban a saborear cigarrillos Windsor. Borró la pizarra y todas las miradas se concentraron en sus nalgas: un tic nervioso provocaba que se alzaran, juntándose y masticando el pantalón por unos segundos, luego lo soltaba, volvían a elevarse para devorarlo nuevamente, pero nadie se burlaba. Escribió en la pizarra el tema del día, giró hacia el auditorio como tratando de descubrir miradas impertinentes, jaló la silla y, dispuesto a pasar lista, se sentó suspendiéndose en el acto con el rostro enrojecido. Sin pronunciar palabras se quitó el chiche que tenía adherido en la nalga derecha, lo puso sobre el escritorio, revisó la silla, volvió a sentarse y pasó lista con el auditorio enmudecido.

A mitad de la clase recibí un papelito doblado: “no te vayas, por la noche vamos  a Pointeen, al muelle de Martínuz”. Busqué su mirada pero escribía concentrada en el cuaderno, uno de los tantos que me prestaba para copiar apuntes y su letra clara, casi perfecta, la delataba. Guardé emocionado la nota como si se tratara de un compromiso inquebrantable e imaginé sus carnosos labios abiertos, su lengua traviesa, sus morenos pezones erguidos como velas alborotadas por la brisa de la bahía y sus nalgas sobre los cimientos de concreto del antiguo varadero, cuando el timbre me regresó al aula. “Vos fuiste”, le dijo Mariano a Mázate al bajar las gradas pero no respondió, se quedó calladito, silbando “fui, fuii, fuiiii” como que no se dirigía a él, pasándose el peine que siempre cargaba en la bolsa del pantalón con su mano derecha sobre el cabello negro, resplandeciente por la brillantina “para mí”. Bajamos las gradas del parque frente al Palacio Municipal y caminos juntos hasta el colegio San José. Nos despedimos al llegar a la casa de la familia Chávez, propiamente frente al colegio.

Eran días previos al desfile del catorce de septiembre y se escuchaba el sonido intenso de tambores y pitoretas que los alumnos entusiastas del San José provocaban en su hora de práctica. Sentado en el comedor la observaba bajar las gradas de la planta alta, vestida con el uniforme azul y blanco del colegio Moravo, sobresaliendo la insignia del manso corderito en su camisa, pero en ese instante, en alerta como el tigre del Colón, la vi diferente: llevaba puesto un short cortito mostrando sus largas piernas, sus caderas florecidas intentando reventarlo y cargaba en su mano derecha el bastón de palillona. “¡Hasta te estás babeando!”, dijo Adolfo al sentarse en la mesa. Angelina, su hermana, se sorprendió y mi rostro enrojeció. Ella sonrió y seguí con la mirada los movimientos marciales de su cuerpo colmado por el orgullo de ser la palillona más bella de la ciudad hasta que desapareció al cerrar el portón cubierto de malla ciclón. “Sos maldito”, le contesté y, al levantarse de la mesa respondió “te tengo una sorpresa”.

Regresó con dos varas de caña piña y me invitó al “Sesteo”, la cantina de su padre, ubicado en la avenida Patterson, contiguo al taller de “Gato Nelson”. Fuimos hasta la esquina del Club Chino, doblamos a la izquierda y  pasamos buscando a Mariano. “Vamos a hacer tareas”, dijo dirigiéndose al dacta López, su padre, quien leía el periódico en el comedor, y caminamos juntos hasta la cantina. Al llegar, Adolfo peló una vara de caña, le quitó los nudos, hizo cuatro trozos de cada gozne y los depositó en una pana. Del estante tomó un galón del mejor guarón de Bluefields y lo vació en ella. “Esperemos que se embeban, una media hora”, dijo. Me quedé viendo los trozos que giraban alrededor de la pana, flotando como “aguas malas” de la bahía llenas de gasolina alrededor del muelle de las pangas.

Media horas después, luego de haber ponchado varias canciones en la roconola, comenzamos a masticar y chupar los trozos de caña. Era la primera vez que lo hacía y quedé fascinado, no sentía el ardor del guaro fino recorriendo mi garganta ni al reposar en mi estómago, sino que su dulzura motivaba a seguir haciéndolo.  “Está buenísimo”, dije y Adolfo se dispuso a hacer lo mismo con la otra vara de caña. Cuando salí del Sesteo, a eso de las seis de la tarde, me sentí flotando entre el gentío que recorría la avenida y con disimulo entré con Mariano a su casa evitando la sala. “Voy a dormir una media hora”,  le dije en la habitación del fondo donde dormían los hermanos López y desperté cuando escuché la voz del dacta López; eran las seis y media de la mañana, recordé con un intenso dolor de cabeza la cita del papelito.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Miércoles, 25 de abril de 2012