La primera vez que
la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era
una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.
No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.
Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.
Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.
Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.
Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.
La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.
Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:
—Buenos días, doña Cándida.
Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.
Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.
Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.
Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.
Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.
Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.
Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.
Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.
Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.
Foto propia.

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