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miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




viernes, 25 de abril de 2025

REINA SIN SÚBDITOS

 



Los días grises se deshicieron

como promesas de macho borracho,

esas que se evaporan antes del desayuno.

 

Le entregó su juventud de tonta bonita,

sus años de diosa doméstica,

y su cuerpo de amante obediente, como ofrenda barata.

 

Ofreció también los silencios

como propina miserable al verdugo,

las pausas tragadas como clavos dulces,

y todo se esfumó

como deuda vieja

cuando la muerte le hizo el favor.

 

Lo lloró con rabia

entre sábanas tan usadas

como los cuentos de fidelidad de él,

retorciéndose en la cama

que fue más motel barato que nido de amor.

 

Se encerró por semanas

como artista fracasada en camerino,

regaló botas, pantalones, sombreros y camisas

que olían a cantina, sudor barato

y cuentos de macho de pacotilla.

 

Heredó su fortuna

como quien recibe un costal de piedras,

la partió en cuatro para los muchachos

y guardó lo suyo en un banco

donde ni las lágrimas generan intereses.

 

Con el tiempo, desarmó la casa

como quien quita los adornos de una piñata rota,

transformó la habitación

hasta borrar todo rastro

del gallo desplumado, mezquino y sin canto.

 

El rencor se volvió humo

como incienso en misa de cuerpo presente,

y un día, suspirando profundo,

lo soltó como quien abre la ventana

tras años respirando encierro.

 

Hoy se sienta en su porche

vestida como reina sin súbditos,

el rostro florecido como flor que por fin se ríe,

labios rojos, gritando ganas de comerse al mundo.

 

Abraza a sus amigas

como quien por fin se toma

la copa que antes la hacían lavar,

brindando por la ausencia

y lo bien que sabe.

 

Ha comenzado otra vida,

una que brota como canción prohibida,

lejos de las sombras

que un día la apagaron

como luna eclipsada.

 

Ahora brinda al atardecer

entre carcajadas que suenan a victoria

y miradas que vuelven a buscarla.

 

Algunos, que juraban ser amigos del difunto,

la miran con ojos dulces y manos sudadas,

como quien descubre demasiado tarde

que la viuda brilla más

cuando nadie la apaga.

 

 

14 de abril de 2025

Foto: Internet


lunes, 14 de abril de 2025

SILUETA EN LA ARENA

 



El estuario del río Escondido

se despliega en la bahía,

y ella se abre hacia el mar Caribe.

A veces llenos, otras vacíos;

como yo, cuando estás y cuando te vas.

 

Un sentimiento imposible de enmarcar,

pero el Caribe sí puede serlo,

sobre todo, cuando en abril

cielo y mar se tiñen de violáceo,

se encuentran, se reconocen, se funden,

renovándose uno al otro.

 

El delfín nada junto a las olas

que acarician los barcos,

entra y sale alegre del agua

como yo, cuando veo tu silueta

avanzar con pasos atléticos

y el pelo rizado al viento

por la playa de El Bluff.

 

Dos motonetas llegan

desde la antigua pista

al sendero arenoso, bordeado

por palos de icacos y uvas de mar,

mientras una bandada de pelícanos

cae en picada sobre el cardumen

que busca refugio entre las piedras.

 

Los niños recogen conchas,

corren, ríen, gritan y nadan

hasta que tu figura lentamente

se desvanece en el horizonte,

provocando en mí la añoranza

de verte una vez más.

 

14 de abril de 2025

Foto: Internet.


lunes, 21 de octubre de 2024

VEINTE MINUTOS

 


Sale de casa y siente el aire fresco en el rostro, apenas despierta el día. Camina con pasos rápidos, aunque no tiene prisa. En el mercado acomoda productos en los exhibidores, pero a veces desearía que se detuviera todo, que el tiempo le diera un respiro. Otra noche sin él en casa... ¿Hasta cuándo voy a seguir así? Su mente divaga

—¡Buenos días, doña Carla! —le grita un vecino desde la otra acera.

Ella levanta la mano y responde con una sonrisa automática, casi sin detenerse. —¡Buenos días! —. La sonrisa se queda en su rostro unos segundos más, hasta que vuelve a apagarse cuando retoma su ritmo. ¿Cuántas veces más voy a tener que fingir que todo está bien?

Sigue caminando. Va por la acera rumbo al mercado.

—¡Hola, doña Marta! —responde al saludo con otra sonrisa. Unas pocas palabras amables, y sigue su camino. Siempre tan animada, como si la vida nunca le pesara. ¿Cómo lo hace?

Pero su mente vuelve rápido al mismo lugar, como una piedra rodando cuesta abajo. Anoche, otra vez él no llegó... Debí haberme acostumbrado ya, pero no puedo. ¿Qué hago con esto?

Pasa frente a un puesto de venta de celulares y repuestos. Un joven de unos veinticinco años siempre espera verla en su camino al mercado.

—¡Buenos días, Carlita! —le dice el joven. —¡Siempre tan linda y hermosa! —. Abandona la acera y camina por la calle de adoquín. Carla responde con una amplia sonrisa sin fijar su mirada en la del joven. Si supiera el tipo de vida que tengo, no seguiría diciendo lo mismo de todos los días.

Pasa frente a una tiendita y la dueña, una señora mayor, le lanza un saludo: —¡Qué guapa, Carla! ¡Siempre tan trabajadora!

—Gracias, doña Chela. Que tenga buen día. —La sonrisa es casi un reflejo ya, sin esfuerzo. Pero adentro, su estómago se revuelve. Trabajadora... Sí, trabajo, pero no sé cuánto más puedo aguantar esto.

Desde la esquina mira el monumento de Nueva Guinea. Sus pensamientos se apuran, quiere encontrar respuestas, pero se encuentra con las mismas dudas. ¿Y los niños? ¿Qué vida es esta para ellos? Mi mamá los cuida, pero no es justo para ella tampoco. Ella ya tuvo su parte. Ahora soy yo quien debería sostener todo, pero me estoy cayendo por este borracho mal nacido. Ya es demasiado, hoy le saco sus cosas de la casa.

Cruza la calle y mira el ajetreo de la gente en el mercado. El bullicio de siempre, el ir y venir de los clientes, los vendedores ofreciendo sus productos. Toma aire profundo y endereza los hombros. Aquí vamos, otro día, como si nada.

—¡Carla, buenos días! —le dice uno de los encargados

—¡Buenos días! —responde ella con una sonrisa amplia, impecable, como si no hubiera estado repasando su vida rota los últimos veinte minutos. Porque en el mercado no hay espacio para exponer lo que lleva por dentro.

  

15 de octubre de 2024

Foto: Internet

jueves, 8 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: Jacoba, la leñadora.


Cuando la vi en la distancia, desde el taller de Julio Villachica, pensé que era un chavalo. Llevaba puesta una camisa, pantalón azulón, botas de hule y una gorra. Su figura finita, delgadita, como las astillas que desprende de los troncos al dejar caer el hacha, ¡tac!, ¡tac!, con todas sus fuerzas, las musculares y las que se le desgarran del corazón, cambió cuando me acerque a hablarle.

“Hola, cómo se llama”, pregunté.

Se detuvo, posó sus manos sobre el mango del hacha, un ligero descanso, aire para sus cansados pulmones y respondió con una voz fuerte, ronca y profunda como la labor que realiza: ¡Jacoba!

Es leñadora, así se gana la vida, rajando troncos con un hacha. La tarea que saca al día son cuatrocientas rajas, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde sin importarle la lluvia ni el sol. La paga que recibe son cien córdobas, “para el arroz y los frijoles”, dijo con orgullo sin parpadear, “pero cuando son troncos de guayaba o de acacia amarilla, como estos, me va mal, sólo saco media tarea”, expresó con cierto desconsuelo y siguió en su labor.

“Es Jacoba, la leñadora”, dijo Julio cuando se lo comenté. “Se la gana a cualquiera de esos que se las dan de huevones, que no les gusta trabajar y que viven de sus padres o de aquellos que prefieren andar de sapos y viviendo como parásitos de los partidos políticos”, agregó.

8/2/18



viernes, 18 de noviembre de 2016

AZUCENA FLORES: DESEOS EN PENUMBRA

No es una confesión, no podría llamarlo de esa manera, pero yo, Azucena Flores, lo expreso en esta casa que abre su puerta esta noche para tenerte a mi lado.
   
Mi primera revelación llegó a edad temprana, a los doce años cumplidos. Nadie me lo dijo,  esa mañana no asistí a la escuela, me postré horrorizada en la cama de madera fina y colchón de resortes, imagínate como estaba cuando vi la línea de sangre escurriéndose en mis muslos, a lo largo de las piernas, pero el susto me pasó y, poco tiempo después, disfruté el cambio de mi cuerpo con caricias y juegos de niña.

No florecí como diosa, no, nada de eso, porque siempre he sido así como me conociste, ni alta ni baja, mi cuerpo, ¿cómo podría describírtelo?, es así completo para tú gusto, a tu medida; delgado, con estas curvitas en las que frenético te desplazas, con estos pechos, míralos, ya sé que te encantan aunque sean pequeños porque de mis pezones he saciado tu sed angustiosa de macho y sin reprimirme te he amamantado como si tu mamá no te hubiera dado de mamar tiernito, desesperándome al verte deseoso, con la sed de acariciarme las nalgas, sí, éstas nalgas carnosas de flaca que siempre has nalgueado cuando estoy desnuda, esperándote así como siempre lo he hecho en la sala, iluminada por una candela, como en este momento, con un short cortito, en camisola, sin brasier, con la punta de las nalgas descubiertas para que me las acaricies, para que me des esas palmadas con tus manos callosas, enloqueciéndome con el brillo de tus ojos.

Todos tus gustos los fui aprendiendo en cada encuentro, por las tardes y de noche, se fueron haciendo poco a poco parte necesaria del ritual por el que me rindo en tus brazos, elevándome entre las nubes cuando tu lengua loca me ensaliva el cuello y con tus manos apretujas mis pechos, pegándote a mi cuerpo con ese calor de macho en celo, desprendiendo ese olor encabritado que me derrite de deseos sin darme cuenta del momento en que me desnudas. Sos, y siempre has sido, la causa de mis excesos.

No me afrento de ello, al contrario, me siento la mujer más feliz del mundo, la más plena, soy la luna llena que surge radiante entre la penumbra de la noche para derretirme en el fuego de tus delicias. Y desnuda soy fiera salvaje, dueña de mi guarida, soy la que controla tus acciones, no me rindo, al contrario, me apropio de este juego milenario, soy la guardiana de todos tus pensamientos, secretos, tus deseos y miedos. No hago pausas, me dejo llevar por tu cuerpo libidinoso y allí, en ese instante, caes rendido en mis garras.

He aprendido de tus fantasías. No puedes reclamarme nada, ¿qué no he hecho por vos?, he sido todo lo que has querido: tu mujer, tu amante, tu puta como me decís cuando estás desesperado por tenerme. Y ese es el momento en que sos mi presa. Todos mis secretos de mujer los he compartido con vos. Te he dado lo que nunca te habías imaginado. Por vos me convertí en contorsionista, en serpiente laboriosa, has saboreado todos los fluidos de mi cuerpo y eso es lo que más me encanta.

No te rías, esa risa la conozco, ¡sí, es cierto!, al inicio no me gustaba, pero por vos aprendí a disfrutar mi cuerpo. Me mostraba recelosa cuando tus manos se apropiaban de mi cintura, abriéndome las piernas con la cabeza y tu lengua endemoniada acariciaba los labios carnosos de mi sexo que has chupado por más de treinta años, esa lengua tuya, indecente, serpenteando entre mis pliegues, embistiendo con fuerza mi silencio, lengua indecorosa que desgarra mi piel y, en ese jueguito, descubrí la gloria cuando tu boca apartó mis labios menores y se apropió de mi clítoris, manifestando el placer de mi sexualidad y la sensualidad plena de mujer.

Lo confieso, me hiciste sentir lo que nunca antes había experimentado, llegaste a mi vida iluminando la penumbra de mis deseos y, dueña de ellos, te convertí en esclavo de mis pasiones. Mi mayor anhelo siempre ha sido tenerte desnudo en mi cama, con esa mirada pérdida en el tiempo, ansioso que me adueñe de tu sexo, pidiéndome en silencio que deguste el néctar divino de tus entrañas. Y yo, obediente, me ahogo en tus deseos, atragantándome en el infinito de tu memoria, disfrutando el palpitar ardiente de tu sexo con ternura de niña huérfana para empaparme de tu savia al ritmo de nuestros cuerpos acoplados, en una danza sin fin por todos los espacios de la casa: el sofá, el comedor, la cocina, el piso, en la alfombra, en el baño y la cama, en la que aún duermo y ha sido testigo de todo lo que descubierto a tu lado. 

Llevo el orgullo grabado en la frente, no me arrepiento de nada. No me importa lo que murmuren a mis espaldas, ni lo que él piense, mi vida es mía así como mi cuerpo lo he consagrado a vos en silencio, he superado todas la barreras para alcanzar la dicha y he pagado el costo de ello. Ha sido un camino largo y doloroso, es el precio que pocas estamos dispuestas a pagar para salir de la penumbra de nuestros deseos.

Ronald Hill A.
18/11/2016

Foto: Sergio Orozco.