Mostrando entradas con la etiqueta Humanos de Nueva Guinea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Humanos de Nueva Guinea. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




domingo, 18 de enero de 2026

SEVERIANO

 


En el Instituto Nacional de Chontales estudió

y sobresalía sin levantar la voz.

Había en él una manera clara de estar,

una presencia que se imponía sin tamaño.

 

Una tarde, su profesora de inglés,

la niña Mariíta Castrillo,

pasó lista de asistencia.

El aula en silencio.

Los nombres cayendo uno tras otro.

 

—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!

Silencio total.

—¿Dónde está Severiano?

—¡Aquí profe!

—¡Póngase de pie!

—¡Estoy de pie!

—¡No lo veo!

 

Las miradas giraron.

Caminó hacia el centro del pasillo

y dijo, claro, sin temblar:

—¡Severiano Lumbí Taleno!

 

La profesora bajó los lentes.

Lo miró con asombro.

Pequeño, liliputiense,

como un niño extraviado entre cuerpos grandes.

—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.

—Puede ocupar su lugar.

 

Y ocupó su lugar en el mundo.

 

Hizo amistad con todos.

Trabajó en una sastrería

confeccionando pantalones de varón.

Se graduó de contador,

aplicó en una plaza del Banco Nacional

y la vida lo llevó a Nueva Guinea.

 

Allí fue risa.

Broma.

Alegría constante.

Amor por las mujeres bonitas

y por la noche compartida.

 

Media poco más de un metro,

pero su carcajada cruzaba cantinas.

Hacía amigos rápido.

Tocaba guitarra.

Cantaba.

 

En noches húmedas de Nueva Guinea,

cuando la soledad aprieta,

salía con sus amigos,

de cantina en cantina,

regando historias, canciones y ron.

 

Tenía voz ronca,

hablaba rápido,

como si la vida no le alcanzara

para decir todo lo que llevaba dentro.

Amó y lo amaron.

Fue celoso,

estricto y amante intenso.

 

Conoció las colonias, sus caminos y su gente.

Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron

siendo contador de la ventanilla del Banco.

En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol

y los festivales de música campesina,

participando en directivas y jurados.

 

Su alegría brillaba más que su estatura.

Y fue muy querido.

Trabajador.

Responsable con los números.

Soñador con los días.

Y con esfuerzo puso su propia cantina.

 

Fue hombre de trabajo,

de música,

de amores

Y de suerte.

Un día raspó La Raspadita.

Cincuenta mil.

La alegría grande.

 

Después la vida se torció.

Como a veces pasa.

 

Una noche lluviosa,

el alcohol,

la traición,

la codicia,

lo mataron por dinero.

 

Pero no fue allí donde terminó.

Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.

Y allí fue sepultado.

Severiano no se quedó bajo tierra.

Sigue en la risa que estalla de repente.

En la guitarra que suena de noche.

En el brindis que se levanta sin razón.

 

Caminó el mundo a su medida

y aun así le quedó grande.

Cantó.

Bebió.

Amó.

Hizo amigos donde llegó.

 

En Nueva Guinea dejó huellas

que no se miden en metros

sino en abrazos,

en juegos de beisbol,

en guitarras sonando de noche,

cantos al amor,

en carcajadas húmedas de ron.

 

Pequeño de cuerpo, sí, 

pero grande en ganas de vivir,

por ello lo levanto en la memoria

como se levanta un brindis:

con alegría,

con música,

con su nombre dicho en voz alta:

¡Severiano!

 



Domingo, 18 de enero 2026.

Foto aportada por la familia y mejorada con IA.


domingo, 8 de septiembre de 2024

EL HOMBRE QUE VENDE COCOS

 


Erlin Flores tiene más de ocho años de dedicarse a la compra y venta de cocos en Nueva Guinea, de donde es originario. Vive en la zona 5, cerca de la Iglesia de Dios, y lo he encontrado en la esquina opuesta a la delegación de la Policía Nacional.

Lo he llamado haciendo señas con las manos, y sonriente, me busca con una sonrisa plena en su rostro.

—¿Cuántos cocos va a querer? —pregunta al acercar el carretón a la acera, frente a la farmacia La Candelaria.

En el carretón lleva el cascarón de lo que un día fue una refrigeradora, acomodada de manera horizontal. Dentro de ella, los cocos pelados aún están helados por el hielo que acomoda encima y entre ellos.

—Tenía varios días de estar pensando en que podía encontrármelo para tomarle una foto y hacerle una pequeña entrevista —le digo.

¡Dígame!

—¿Cómo se le ocurrió la idea de vender cocos por las calles de Nueva Guinea? Cuéntenos.

—Ah, yo trabajaba de albañil. Usted sabe que trabajando de albañil es más distinto, gana menos y se penquea más, mientras que el negocio le da más, ¿ve?

—¿Con cuántos comenzó?

—Primero fue al suave, de poquito. Un amigo mío llamado Alvin, que trabajaba de albañil, me prestó una carretilla de mano y comencé a venderlos con todo y pulpa. Primero unos 20, después 30 y luego 50, 70, y así hasta llegar, en ocho años, a los 200 cocos, pero ya pelados y sin pulpa.

—¿Cuál es su recorrido?

—Lo más largo es hasta el parque central: todo el mercado, por el Pali y la calle central. Desde la zona 5 hasta estos lados es largo; hay que empujar el carretón —dice.

Dos motocicletas pasan sin prisa, y hemos pausado la conversación. Claro, pienso, enfrente está la delegación de policía; pero por otro lado, pasan veloces, haciendo piruetas y rugir los motores.

—Mire —agrega—, también vendo el agua embotellada, en litros, pero ahora solo ando en galón.

¿Dónde consigue los cocos?

Salgo a Naciones Unidas, La Esperanza, Nuevo León, Los Pintos, Río Plata, Los Ángeles y aquí en el pueblo. Yo subo al palo y escojo los que ya están buenos, porque hay otros que se los llevan parejos, y eso me atrasa porque, cuando vuelvo a pasar, digamos a los tres meses, ya no hay cocos de agua como los que yo vendo —responde.

—¿Tiene identificados los palos de coco por comunidad, geolocalizados, ¿verdad? ¿Usted los compra por gajos?

—No, no, los compro por unidad. Este sí, este no.

—¿Cuántos cocos vende por día?

—Cuando la venta está buena, mire, yo vendo entre 200 y 300 cocos. Cuando voy a comprarlos, me traigo unos 400 para poder trabajar dos días y después vuelvo a ir. Mañana me toca ir; cada dos días voy —aclara.

—Dígame, ¿a qué precio vende el coco? Este me lo dio a 15 el coco, rebajado, pero normalmente a como lo da.

Los doy a 20 cada uno. Si vendo los 200, hago 4,000 córdobas al día.

—¡Cuatro mil al día! ¡Usted gana más que yo!

—No, no, espere. De esos 4,000 me quedan unos 2,000 al día. No ve que yo compro el coco a tres córdobas y pago dos de transporte por coco para traerlos hasta aquí. Y lo que en definitiva me ayuda es la clientela que tengo, hecha en tantos años de estar vendiendo cocos. Mire, la gente siempre me dice, cuando quiere varios cocos, que le baje un poquito; entonces le rebajo cinco pesos por coco.

—¿Los trae con todo y la pulpa?

—No, no, los traigo sin la cáscara. Los pelo en el lugar y la deposito en los basureros para ello. Mire, esa pulpa es buena como abono; lo tengo comprobado porque yo le eché a un guineal y viera qué guineos más hermosos los que cosechaba.

—Entonces, amigo, le va bien con este negocio.

—Sí, no me quejo. Mantengo a la familia, a mi mujer y tres hijos.

—¿Qué edad tiene?

—Tengo 38 años cumplidos.

—Usted está joven y con fuerzas para seguir vendiendo cocos por toda Nueva Guinea y ganar buena plata.

—He pensado en poner un puesto de ventas de cocos.

—No es mala idea, pero piense en seguir vendiendo por las calles. Usted busca al cliente, sabe dónde ir a buscarlo, y el cliente se alegra cuando lo ve y dice: “Allá viene el hombre que vende cocos”. Y no pierda eso, que es lo que ha hecho crecer su clientela. Usted debería buscar una motoneta con un tráiler acoplado para vender por toda Nueva Guinea.

—Amigo, eso es caro y no me quiero enjaranar.

—No, hombre, con ese montón de plata que gana ahora, hasta sus amigos albañiles de seguro se quedan sorprendidos, así como yo. Y le aseguro que cualquiera de esas cooperativas o microfinancieras le dará el crédito para que venda con su nuevo medio de transporte y ya no se joda tanto, porque ocho años es bastante tiempo y el tiempo vuela.

—¿Le puedo tomar una foto? —pregunto.

—Dele —responde Erlin—, y zas, la foto.

—¿Es que llevas cocos? —pregunta Emilce.

—Sí, llevo dos.

—¿No tiene agua embotellada?

—No —responde Erlin—, solo en galón.

—Es mucho —responde ella.

Una llovizna comienza a caer proveniente del sur, acompañada de un vientecito helado. Es una tarde de sábado con calles casi desoladas en Nueva Guinea. Me despido de Erlin y, en el trayecto, le cuento a Emilce la plática que tuve con el hombre que vende cocos en las calles de Nueva Guinea.

 

Domingo, 8 de septiembre de 2024.

Foto propia.

miércoles, 18 de enero de 2023

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: REYNALDO Y SU CARRETÓN


En varias ocasiones lo he visto montado en su carretón por las calles de Nueva Guinea. Siempre va cargado, trasladando productos entre las diferentes zonas o barrios de la ciudad. Es su nueva forma de vida, su emprendimiento, desde que recortaron personal en una empresa que lo contrataba para cuidar antenas de comunicación.

Es Reynaldo Sánchez Jirón, un hombre mayor, pero se conserva con energía y fuerzas suficientes para dedicarse al acarreo con su carretón jalado por un caballo. Su domicilio está ubicado en la zona 6. 

“Tengo más de 10 años de trabajar en esta actividad, desde que me despidieron me dedico a esto y sigo adelante”, dice Reynaldo.

Ha tenido varios caballos. Menciona sus nombres con orgullo, sin pensarlo mucho, porque es consciente de que el trabajo conjunto con el animal es lo que le ha permitido salir adelante.

“Uno se llamaba Zanate, otro Capirote porque lo compré en una finca llena de esos árboles, luego tuve una yegua, una buena yegua llamada la Chana que me dejó una cría, una hembrita que le puse la Chiripa porque pensé que se me iba a morir, después tuve al Choto que tuve que amansar. Ahora tengo a este que se llama el Grano, cuando lo compré el pobrecito parecía una mazorca de maíz mal desgranada, con un pelotero de garrapatas por todas partes, lo recuperé y ahora tiene 8 años”.

¿Cuántos viaje hace por día, más o menos?

“Hago siete viajes. Ya la gente me conoce y me llama a mi número de teléfono, el 89083529. Me llaman personas particulares, de algunas abarroterías para trasladar productos a sus clientes, también de empresas para que traslade televisores, cocinas, lavadoras, muebles y hasta camas. Está maderita la llevo hasta la zona siete. Así paso el día, a veces me llaman de las colonias cercanas para trasladar de todo, hasta pizarras de las escuelas”.

¿Qué es lo más importante en este trabajo?

“El animal, amigo, el animal, porque sin caballo no hay acarreo. Estoy pendiente de sus cascos, de su lomo, que no esté chimado, que se mantengan sanos porque un animal enfermo no rinde. No los obligo al sobreesfuerzo, no; los hago trabajar sin sofocación, sin prisa. Gasto lo necesario en su alimentación, compro maíz que se lo doy molido con el concentrado y pasto, y también que no le falte agua limpia, esa es la vida”.

Mientras conversaba con Reynaldo, su teléfono sonó varias veces. Siempre respondiendo que va cerca, que está por llegar con la carga, que ahorita no, más tarde puedo, y así, hablando con sus clientes.

“Ya ve como me llaman, pero a veces tengo que decirles que hasta mañana porque trabajo desde las 7 de mañana hasta las 4 de la tarde. No trabajo más noche porque la luz de los carros afecta a la bestia”.

Los caballos son principalmente animales diurnos, sin embargo, pastan de noche, lo cual sugiere que tienen algo de visión nocturna. Sus ojos son sensibles a la luz débil, por lo cual ven relativamente bien al anochecer, pero no tienen la habilidad de ajustarse rápidamente a la oscuridad.

¿Cómo lo tratan los conductores de vehículos cuando va por las calles de Nueva Guinea?

Hasta el momento bastante bien, pero hay algunos, jóvenes, sobre todo, que son mal educados, que andan desesperados manejando y me gritan que me aparte, que los estoy atrasando, que los caballos deben andar en potreros y no en las calles, y cosas así, pero son los menos. Me lleno de paciencia, no les digo nada y siempre espero mi turno, mi momento para avanzar, doblar por una calle o cruzar las avenidas.

En la alcaldía municipal tengo inscrito mi fierro, ese es prácticamente mi sticker de rodamiento, mi calcomanía para circular por las calles.

Volvió a sonar el teléfono 89083529, ya estoy cerca, dijo don Reynaldo y nos despedimos.

Movió las riendas, le habló al caballo y siguió avanzando en su recorrido.

 

21 de enero de 2023.
Foto Propia.

miércoles, 20 de abril de 2022

EL HOMBRE DEL BASTÓN HA MUERTO

 

El hombre sostiene un saco de bramante con su mano izquierda y con la derecha un palo de escoba que le llega casi al hombro. Lo usa de bastón. Da un paso inquietante, es un paso tembloroso, un paso que casi se sale de la línea de sus pasos, pero el palo lo mantiene en equilibrio. Así avanza con el saco y se dirige al andén del parque.

Va a subir las gradas de la esquina noroeste. Sube su pie izquierdo en el primer escalón y con fuerza se apoya en el bastón. Levanta su pie derecho y sube. Mantiene el aliento y exhala, un esfuerzo que se muestra en su rostro moreno, rostro de abandono, arrugado por el paso de los años. Es un hombre delgado que cubre su cabeza con una gorra.

Así, poco a poco, sube las siete gradas para acceder hasta el andén. Culmina y se detiene, vuelve a respirar. Desde allí observa dos esquinas, pero no puede observar la que ocupa el vendedor de frutas. Decide cruzar el parque y se dirige al andén del centro. Va en dirección a la caseta de los lustradores.

Son las seis de la mañana y la neblina aún no se disipa. Las palmeras, los almendros y las acacias desprenden gotas microscópicas que caen en el andén, sobre los laureles y los hibiscos, manteniendo la frescura de esa manzana de terreno que en otros tiempos fue el centro de Nueva Guinea.

En la acera de las casas del costado norte, varias mujeres barren la cuneta, recogen la basura en medios barriles de plástico y sacos, y una la barre hasta la acera del parque para que la empleada de la comuna la coloque en el contenedor que se encuentra ubicado a un lado de la calle.

El hombre del bastón en su andar tembloroso también recoge basura, pero de otra índole. Ese es su mayor esfuerzo: sostenido del bastón, que tiembla por su peso, se agacha lentamente, toma la botella, se incorpora y la coloca dentro del saco. Un gran suspiro es el premio a su esfuerzo. Se esmera por levantar botellas de plástico, principalmente aquellas que fueron abandonadas por la noche entre las bancas y andenes, botellas de refrescos y de aguardiente, latas de gaseosas, de jugos y de cerveza. Son las muestras del disfrute de bebedores nocturnos que se ubican en las bancas del costado norte y en los alrededores de la glorieta. Un paraíso que por las noches les brinda invisibilidad aparente.

Frente al puesto del frutero, bajo la sombra de un árbol de aguacate, al lado de una banca, hay varios sacos acomodados y amarrados. El hombre baja del andén y camina hacia ellos por el suelo pelado, sin grama, sobre la tierra desnuda, entre la sombra de los árboles. Los observa con detenimiento como sacando la cuenta de su contenido.

Otro hombre se le acerca. Ha aparecido por el lado de la esquina suroeste, proveniente de la calle central. Es un hombre más corpulento, cabeza redonda con abundante cabello negro tendiendo a cano que la mantiene siempre viendo el suelo, con el rostro surcado por arrugas y muestra una sonrisa como si hubiese sido tatuada permanentemente. Es un poco más bajo que el del bastón. Lleva ropa que aparentemente no se cambia en días. 

Son hombres sencillos, de hábitos etílicos sin duda en el pasado, pero se ven contentos al estar juntos. Me doy cuenta de su camaradería y sigo en mi caminata, pensando en ellos. Me pregunto de dónde son esos hombres desgastados por la vida, ¿si tienen familia, sabrán de ellos? Quizás tenían mujer, su esposa, y posiblemente las vueltas que da la vida los separó de ellas por distintas circunstancias como suele suceder. La vida en un instante da un giro y se torna brutal, arrastrándonos hacia un abismo oscuro y doloroso que doblega nuestra voluntad.

Poca gente circula por el parque a esta hora. Varios chavalos juegan futbol en la cancha, son los que gritan y ríen, y dos o tres mujeres trotan por el andén, dando las vueltas que tiene programadas en su rutina diaria. Los trameros se están desperezando, el frutero levanta la carpa lateral del tramo para comenzar a trocear las frutas de la venta mañanera. Los vigilantes cambian de turno y la mujer de la limpieza sigue en su afán de rastrillar y recoger la basura que luego deposita en el contenedor.

El hombre del bastón ha bajado las gradas en compañía del otro hombre. Han cruzado la calle y se encuentran a la orilla del muro perimetral hecho con piedras canteras de una casa vecina. Sobre el muro hay varias tablas viejas recostadas en un ángulo de casi 45 grados que dejan un espacio en la base de casi dos metros de ancho con la pared, todas cubiertas con ramas secas de palmeras. Desde el lado izquierdo, el hombre del rostro arrugado y de sonrisa permanente, ayudado por el del bastón, aparta ramas de palmeras, ramas de otros árboles ya secas y plástico negro que han sido colocados como tapadera del espacio que se forma adentro, entre las tablas y la pared del muro. Es la guarida del hombre del rostro arrugado y sonriente, es amo y señor de su mansión. Sacan bolsas de plástico quintaleras y más sacos. Conversan entre ellos, se notan contentos. Los toman y vuelven a caminar hacia el parque.

He dado ocho vueltas y ahora han trasladado a la caseta de los lustradores todos los sacos con su contenido valioso. La camaradería aflora entre ellos. Allí, en esos sacos está el esfuerzo de recolección de la noche, la madrugada y las primeras horas de la mañana. El hombre del bastón es el principal recolector y descansa en el corredor de una de las casas de los alrededores del parque durante las noches para protegerse de cualquier delincuente desbocado y violento que circule o frecuente el parque.

Son hombres gastados por el tiempo que ahora viven de la recolección de desechos para venderlos en un puesto de acopio que luego vende a un intermediario que se los vende a otro y así, hasta que al final llegan al centro de reciclaje. En sus rostros se nota la alegría al contar el esfuerzo de una noche y una mañana.

En sus conciencias cargan las consecuencias de las decisiones que un día tomaron, pero en ese ambiente y entorno, están contentos. Viven su vida y son felices a su manera sin que ningún egoísta y malicioso oportunista, por el momento, trate de destruir el modo en que se ganan la vida. 

Su vida se ha apagado hace tres días. Su compañero recolector me lo ha dicho hoy por la mañana. Con razón, le dije, tengo dos días de no verlo. Le agarró algo feo, como basca y no podía respirar. Lo llevaron al puesto de salud y luego al hospital, allí falleció, dijo.  La vida de Pedro José Marenco Medina, llamado "chabelo", se ha apagado. Lo extrañare todas las mañanas en mi caminata por el parque. Descansa en paz.


Martes, 19 de abril de 2022
Nueva Guinea, RACCS.
Foto propia.
Actualizado 18/11/2023. 

lunes, 17 de mayo de 2021

EL PRIMERO EN ARAR TIERRAS EN NUEVA GUINEA.

Tengo 80 años de arar con animales, dice José Efraín Martínez Fonseca cuando le pregunto y de edad más de 90 y pico, el pico es de dos años. Desde chavalo comenzó a arar en Ticuantepe, en la Borgoña.

Rodolfo Mejía Ubilla lo fue a buscar a su casa en un jeep, después que le pidió tierras en la Borgoña, y se lo trajo para Nueva Guinea.

Fui el primero que comencé a arar aquí, dice señalando hacia lo que fue la parcela de don Rodolfo Palacios y que ahora ha sido solareada en la que se ha formado un nuevo barrio de Nueva Guinea, el barrio Misaela Palacios.

Yo fui él que botó todo el estiércol del mercadito cuando lo hicieron, dice, y añade que fue con carreta. No sé realmente qué relación existe entre el estiércol y el mercadito, pero me imagino que se refiere al estiércol que las bestias caballares y mulares dejaban regadas en los alrededores del sitio donde era el “mercadito”.

Aquí les dejo a PAYIN arando tierras en esta pequeña entrevista:


Si quieren leer más acerca de este emblemático hombre del campo de Nueva Guinea, aquí les dejo estos enlaces.

EL ARADOR es un cuento que escribí sobre Payin: https://hillron.blogspot.com/2015/08/el-arador.html

PAYIN: EL ARADOR es una entrevista que le hice sobre sus orígenes y situación actual: https://hillron.blogspot.com/2018/02/humanos-de-nueva-guinea-payin-el-arador.html


lunes, 11 de noviembre de 2019

EL FANTASMA TIENE COMPAÑÍA



Ayer vi a Julio, también lo vi hace ocho meses y hace un año. La amistad entre nosotros se ha forjado con el tiempo a través de su arte, siempre lo he buscado para que repare o construya muebles de madera que se han necesitado en mi casa a lo largo de los años.

Hace un año, después de cotizar el valor de un mueble de cocina con sus gavetas y armarios con varios carpinteros, Julio me hizo la mejor oferta y nos arreglamos. Julio siempre ha sido conversador, en esa ocasión, dijo que antes, cuando promovía el béisbol infantil, todo mundo lo buscaba y visitaba. Ahora son pocos los que se acuerdan de uno, dijo y noté que renqueaba de su pie izquierdo. Es el azúcar, respondió cuando le pregunté. Cuídate, le dije y dijo que sí, que se cuidaba pero hermano vieras lo difícil que es estar alimentándose a base de verduritas, cosas simples, poca sal, poco dulce, uno no se aguanta las ganas de comer lo que más le gusta. Me mostró la pierna y la vi de reojo, un golpe que se transformó en una llaga y luego en un dolor de cabeza permanente para Julio.

Con él anduve en el jeep dando a hacer las piezas de vidrio para el mueble en una vidriería. Noté que renqueaba cada vez más y que era poco el tiempo en que se podía mantener de pie. Cuando terminó de construir el mueble mandó a su hijo a instalarlo y el chavalo me dijo que su papá se sentía mal por lo del pie.

Hace ocho meses me di cuenta que a Julio le habían amputado la pierna. La llaga, el azúcar, me dije y lo visité. Estaba sentado en una silla en el corredor de su casa, viendo hacia la calle, hacia el extremo oriental de lo que fue la antigua pista de aterrizaje de Nueva Guinea. Julio estaba allí sin una pierna, sin su pierna izquierda, incompleto, casi postrado pero al verme sonrió, su cara se iluminó y me ofreció un asiento. Aquí estoy, ya no aguantaba ese dolor de todos los días, dijo.

Lo llevaron al hospital a una curación de la llaga pero ya no se podía, estaba en estado de descomposición, con gangrena. Lo trasladaron al hospital de Juigalpa y de allí salió sin una pierna, era necesaria la amputación porque si no perdería la vida. Mientras estuvo hospitalizado, se organizó un hablatón en Radio Manantial para apoyarlo. La gente de Nueva Guinea, siempre solidaria, aportó 15,000 córdobas para su recuperación.

Hasta los niños llegaban a dejar monedas, dijo Julio sonriente. Tenés que cuidarte más que antes, le dije y traté de animarlo.

Por unos instantes me puse en su lugar y me di cuenta de lo doloroso, física y emocionalmente, que es dejar de tener una pierna, una pierna que te ha apoyado todos los días de tu vida y que de pronto deja de estar allí, deja de apoyarte pero la seguís sintiendo en su lugar, sentís picazón, seguís sintiendo dolor, está presente como un fantasma que siempre llega a visitarte. Me di cuenta que Julio, a pesar de su sonrisa, tenía una gran angustia y desesperación.

Tenés que ponerte una prótesis, tenés que volver a caminar, no te desanimes Julio, le dije, pero Julio me miraba sonriente como si estuviera pensando: “sí hermano, todos me dicen lo mismo, no quisiera verte en mi lugar, estarías llorando de rabia por lo sucedido, sin poder salir a la calle como lo hacías todos los días, sin poder barrer la acera, sin poder cepillar una tabla, sin poder sacar a los perros ni a cagar, y me das consejos, si supieras cómo es esto que me está pasando, estoy desbaratado, ya no soy el mismo, ahora dependo de otros hasta para poder levantarme de la cama, para ponerme el pantalón, esos a los que les he cortado la pierna izquierda como a mí me lo hicieron, estoy jodido, antes, hace mucho tiempo, corría de home a primera en segundos, sí, es cierto, pero con el paso de los años apenas trotaba porque te vas haciendo viejo, el cuerpo te abandona, y de aquí al mercado me llevaba un mundo para llegar y regresar, saludando al que me encontraba en la calle”.

Aquí estoy, así me vas encontrar en este corredor viendo a los que pasan para saludarlos sin poder trabajar, ahora es mi hijo el que mira el taller, ya sabes, cualquier cosa que necesites nos buscas. Por supuesto, claro que si Julio, pero busca la prótesis, en estos tiempos es menos complicado conseguir una, le dije al despedirme.

Ayer vi a Julio y me sorprendió. Llegué a cancelarle un par me muebles de cocina que me hicieron en su taller y, al entrar lo vi de pie, lijando una tabla. Vi, siempre de reojo, su pierna izquierda y calzaba tenis. Su rostro me pareció más joven, lo vi más corpulento, con su estado de ánimo de siempre, hablador, risueño. Hace unos cinco meses la hice de madera con mis propias manos, solamente el cuchumbo, donde engarza en el muñón es de fibra de vidrio, dijo con orgullo.

Julio es un campeón, me dije y lo imaginé haciendo su pierna de palo, de madera, tomándose las medidas, ideándola, buscando cómo, haciendo pruebas, cometiendo errores hasta tenerla lista y ponérsela, probarla, ajustándola, dar el primer paso con una gran sonrisa aunque el fantasma siga allí pero ahora tiene compañía. Hasta hoy no he tenido problemas, dijo y quedamos en que me va a componer el comedor que usamos en mi casa desde hace más de veinte años para que esté como nuevo para la navidad. Luego nos despedimos.

Julio Amador es un luchador, no se da por vencido, su prótesis no le ha chimado ni ha sangrado, pero es necesario que use una profesional con todas las de ley, porque una mala prótesis es como una llanta ponchada, no llegará muy lejos a menos que la cambie, y una de esas cuesta como unos dos mil dólares. Ahora me doy cuenta que en nuestro país es difícil conseguir una prótesis, pero también estoy más convencido que una persona como Julio merece una nueva oportunidad de vivir y vale la pena ayudarle.

10 de Noviembre de 2019.

Foto: Internet.

jueves, 5 de abril de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: EL HOMBRE CON MÁS SUERTE DE NUEVA GUINEA


Tenía más de doce años de trabajar en San Rafael del Sur como ayudante en una vulcanizadora. Su jefe le dijo que su hermano, Vicente, necesitaba con urgencia un ayudante para reparar llantas en Nueva Guinea. Sin pensarla dos veces se decidió. “Me voy para allá, le ayudo a tu hermano y me regreso después de quince días”, le dijo Pablo Emilio Guerrero. Pasó por Diriamba dándoles la noticia a sus familiares y el 10 de agosto de 1978 se bajó del bus en Nueva Guinea.
          
Regresó a  buscar a su mujer, Salvadora Ortega Reyes, y volvió para quedarse definitivamente. “Me gustó. Había más trabajo que descanso, poca diversión y era bastante sano. En esa época llovía trece meses al año, no habían adoquines, ni luz eléctrica, ni agua potable. Pocas casas tenían energía eléctrica: el hospital le vendía luz a don Jesús Valle, el dueño de la única gasolinera existente, y el banco le suministraba a las casas de la ciudadela”, recuerda Pablo Guerrero.
          
Comenzó a trabajar con entusiasmo día y noche, ahorrando en el banco lo más que podía y cambió de trabajo. Lo que le favoreció fue el paro nacional. “El paro es peligroso, ya no vamos a seguir trabajando, si acaso hay algo que hacer me van a ayudar mis muchachitos”, le dijo don Jesús Valle, su jefe. Después del triunfo de la revolución se presentó en el Banco Nacional de Desarrollo a retirar los quince mil córdobas que tenía ahorrados pero le hicieron un préstamo por la misma cantidad. Compró una planta eléctrica, unas planchas, una camionada de tucas que las dio a aserrar e hizo un chinamito donde puso el taller. Darío Chamorro le prestó el lugar y comenzó a trabajar. Vendía gaseosas que el camión se las ponía en el taller, la gente de las colonias las llegaba a retirar y así armó su negocio.
           
Siempre ha jugado la lotería. “En una ocasión, estando en Managua, la vende-lotería me pasaba dejando el billete, lo ponía detrás de un espejo, yo lo retiraba y allí dejaba los reales. Ese día, cuando llegue de mañana a retirarlo, una hija de la vendedora me dijo que habían llevado grave a su mamá al hospital y que lo vendieron en una parada de buses. Se lo sacó un busero que le decían Tinajón, se me llevó el billete 5185 con el premio mayor”, recuerda a carcajadas. Siguió jugando y siempre sacaba premios de mil, dos mil y cincuenta mil córdobas.
          
Un día encontró en la gasolinera vieja de Nueva Guinea al vendedor de lotería, le hizo un abanico con los billetes y escogió uno al azar. Le pagó la mitad del valor y lo guardó en una repisa sin saber qué número era. Al día siguiente le pagó la diferencia y siguió en su trabajo. Días después otro vende lotería de Santo Tomás pasó por su taller y le dijo que en Nueva Guinea había caído el premio mayor. “Saqué el billete, se lo enseñé y casi se muere el hombre, no podía ni hablar, ni respirar, ni nada. ¿Qué fue?, le pregunté. ¡Ay hermanito!, ¡te sacaste el billete completo!, me dijo todo desesperado. Agarré el billete y lo volví a poner en la repisa y me gritó: ¡No lo ponga allí!, ¡se le puede perder!, recuerda Pablo.

Fue el 12 de agosto de 1991 cuando la suerte le cambió.  Con el billete premiado número 11402 se sacó noventa y cinco mil dólares. Se dirigió al banco, mostró el billete al gerente y le solicitó que se lo cambiaran. “Me hicieron un recibo y dos días después me mandaron a llamar para entregármelos. ¿Qué va a hacer con los reales?, me preguntaron. Por ahora no necesito comprar nada, les respondí y dejé los reales allí en mi cuentecita. Con calma me puse a pensar en qué podía hacer y comencé a comprar propiedades. Compré el terreno donde estaba antes la Coca Cola en seis mil dólares y ahora me han ofrecido 220 mil dólares; compre aquí donde tengo el taller, mi casa, donde vive mi mamá y una finca de 250 manzanas”, explica con orgullo.
          
La suerte no lo volvió a abandonar. Seis veces se ha sacado premios grandes. Cuando le pregunté cómo es que hace, si se sabe algún “sontín” para sacársela, se puso a reír y respondió: “es cuestión de estar en la jugada, estoy pendiente de los números que caen y no caen. Todo número es bueno antes de jugarlo. A veces me retiro una o dos semanas y después sigo jugando, pero la suerte no es para cualquiera. Enrique, el que vive allí, indica con sus manos en dirección al frente de su casa, se sacó los 20 millones que rifaba la Cruz Roja. No compró nada, solamente una gran mesa donde pasó jugando desmoche y bebiendo guaro hasta que se le acabaron los reales. Una mañana vi a la vendedora de lotería que bajaba las gradas del parque y seguí trabajando. Cuando la busqué ya no estaba, había doblado para el lado de la gasolinera que puso Lolo Rocha y le vendió mi billete a Severiano Lumbí: el enano se sacó el premio mayor y ya ves, por esos realitos lo mataron en su casa, por eso te digo que la suerte no es para cualquiera”.

Pablo Emilio Guerrero siempre sigue jugando la lotería, está pendiente de los números y se entretiene en su taller de vulcanización donde, además de reparar llantas, construye bombas de mecate, fogones y cocinas industriales. Sus hijos, ya mayores, le ayudan y no lo dejan hacer casi nada. ¿En cuánto estima su patrimonio?, le pregunté;  después de hacer cálculos en el aire respondió “creo que tengo más de un millón y medio de dólares”.



jueves, 15 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: PAYÍN, EL ARADOR.


Crecí en el Valle El Edén de Ticuantepe, libre como las criaturas del campo, dice José Efraín Martínez Fonseca, conocido popularmente como Payín. Se encuentra a un lado de camino con su yunta de bueyes y he salido a su encuentro. Mi mamá se llamaba Soledad Fonseca, originaria de Ticuantepe. Embarazada viajó a San Rafael del Sur donde trabajaba mi papá, José Tomás Martínez Morales, y allí nací, agrega al preguntarle por sus orígenes.

Desde chavalo anduve de guiador con mi tío Eudijes Martínez, nunca fui a la escuela porque no me pusieron a estudiar. Viajaba a Managua guiando a los bueyes de una carreta que cargábamos con leña, repollos, guineos y tomates para venderlos en el mercado. En ese tiempo no se cultivaba piña en Ticuantepe y el gancho de camino de Santo Domingo era puro zanjones; pasábamos a la orilla de la iglesia y nos costaba coronar una subida de barrizales pero nos ayudábamos emparejando varias yuntas de bueyes.

¿Cómo se trasladó a vivir a Nueva Guinea?, pregunto al acariciarle la frente a uno de los bueyes.

Mire, yo trabajaba con Rodolfo Mejía Ubilla, el que era director del IAN (Instituto Agrario de Nicaragua), en su finca ubicada en Barrio Nuevo, cerca de Sabana Grande. Él era muy amigo de mi familia y cuando repartieron la Borgoña, le pedí un pedacito de tierra. Espérate, vamos a ver cómo hacemos, me dijo. Luego, con el paso del tiempo, se apareció y nos dijo que tenía un buen lugar para nosotros. Vine en 1965, con el segundo grupo, junto a mi mamá, un cuñado llamado Samuria, su mujer y tres chavalos, uno mío y dos de él. Mi mujer no me acompaño, se quedó allá.

Le ofrezco un refresco y le digo que me acompañe. Les da órdenes a los bueyes, se quedan inmóviles pero no deja las varas. Nos sentamos en el corredor, le sirvo jugo de guanábana y lo saborea sin prisa. A la orilla de un pilar ha acomodado las varas.

Hice carriles al lado de lo que don Miguel Torres llamada la Reserva, por todo ese lado —señala hacia el oeste y suroeste— hasta llegar a lo que hoy es la colonia Los Ángeles, fueron más de 20 parcelas de 50 hectáreas las que dejé encarriladas, responde luego de preguntarle sobre las primeras cosas que hizo al llegar y seguí preguntándole sobre el después.

Luego de cinco meses de trabajo duro me regresé a buscar al resto de la familia. Vendí mis bueyes y otras cositas que allá tenía pero no me quisieron acompañar, más bien me pidieron reales prestados, unos ocho mil pesos de esos tiempos, para pagármelos cuando se vinieran para acá. Yo andaba 70 pesos en el pantalón, se lo di a lavar a mi hermana pero se le olvidó dármelos. Hice viaje de regreso y una señora me pagó 7 pesos por un trabajo que le hice, con esos realitos me vine. El IAN estaba dando parcelas para ese tiempo. Me dio una de 50 hectáreas al lado de la Pedrera y, en la zona 3, me dieron un solar de una hectárea.

¿Qué hacía en la parcela?

Lo que podía. Sembraba maíz, frijoles, arroz, yuca y guineos. Con lo que vendía me compré una bestia, guarde unos realitos y me fui a buscar a mi mujer. Ya estando conmigo quedó embarazada y uno noche, acostados en la cama, le pasó por la barriga una terciopelo de esas que ya no crecían. Al pasarle la cola por los dedos gritó: ¡la culebra!, y me suspendí para matarla. Poco a poco le fue entrando cabanga por su mamá y eso, más el susto por la terciopelo, hicieron que se regresara.

Se quedó solitario en la montaña, dije.

Por poco tiempo, responde con una sonrisa en su rostro quemado por el sol. Dos veces la fui a buscar, le rogué y le rogué. La segunda vez mi tío me dijo que otro hombre andaba detrás de ella. En esa ocasión me lo dijo claro, no, no, ya no me voy con vos. Qué iba a hacer, me vine y me junté con la Jacinta. Tuvimos 6 hijos, 2 se murieron y me quedaron 4.

Soy un hombre de campo, desde chavalo trabajo con los bueyes, con ellos he sacado madera de la montaña, he desatorado vacas de los charcos y de los suampos, he acarreado leña y he arado los campos. Soy arador.

Cuando me di cuenta llegue a tener 3 yuntas de bueyes. Para entonces araba hasta 100 manzanas en un año, todas las tierras de los alrededores de Nueva Guinea, en San Juan, Jerusalén, El Silencio, la Guinea Vieja, Río Plata, El Verdun, Yolaina, Los Ángeles y hasta en La Gallina. Mire cómo han cambiado las cosas de entonces para acá, este año solamente he arado 8 manzanas porque solo quieren preparar las tierras con tractor. Así es la situación aunque mi trabajo sea más barato. Por una manzana para sembrar frijoles cobro 1200 córdobas, 600 para sembrar yuca y ahorita vengo de rayar media manzana donde me gané 300.

Vivo con la Francisca al lado del Estadio. Acarreo leña para la casa, ya no le vendo al pueblo. El gato, un chavalo que es mi entenado, me ayuda con lo que necesito para poder vivir porque mis hijos, los hijos que me tuvo la Jacinta, me quitaron la parcela y no me dejan poner un pie en mis tierras.

¿Qué edad tiene don Payín?

Voy a ajustar los 85 años según la cédula de identidad, pero mi mamá dice que me asentaron cuando tenía 7 años.

Se ve entero, con mucha energía, le digo. Ya quisiera llegar a su edad, agrego y me observa con mucho cuidado. 

Eso mismo me dicen todos cuando preguntan por mi edad. Así como me ve me la juego siempre, no dejo de trabajar con mis bueyes para tener frijolitos en la casa.

Nos despedimos, tomó las varas, y se dirigió a los bueyes que seguían en la misma posición que quedaron al lado del camino. Les dio instrucciones y comenzaron a moverse al ritmo que él les indica.  Allá va un hombre octogenario, quemado por el sol en el campo que labra, un luchador de toda la vida que resiente la modernización de las labores con maquinaria agrícola que usan en la preparación de las tierras en la próspera Nueva Guinea de estos tiempos y que sustituyen el oficio del arador de la misma forma en que sus hijos lo han desplazado de su parcela, pensé al verlo alejarse con su yunta de bueyes.



15/02/18