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martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




sábado, 27 de diciembre de 2025

EL HOMBRE QUE VENDE BOLSAS

 

El hombre que vende bolsas de plástico está sentado en una silla de ruedas. Está bajo la sombra que se extiende desde el frente de la tienda de los chinos, la Amazona y la calle de una sola vía donde casi se desbordan las ventas de verduras y hortalizas. Al salir del super, el sol golpea fuerte mi rostro. Me acerco con el carrito de compras.

El hombre vende bolsas como pan caliente a esta hora. Espero. Veo que una niña le ayuda a dar vuelto y a entregar bolsas. Él se ve contento.

Hay un movimiento acelerado de compradores que cruzan la calle entre esos tres comercios. Los taxis pasan buscando clientes. Los camiones que viajan hacia las colonias van repletos, acelerados, con pasajeros que cuelgan de la cola del camastro. A la izquierda, al sur, en la mera esquina de la casa donde vivía Donald Ríos, una rastra está cruzada porque no puede dar la vuelta, un parte de las llantas traseras están encaramadas sobre la acera y el flujo de vehículos se detiene.

La música suena alta y acompaña el trajín de la gente, de la corriente humana. Viene de La Amazona o del lado de los chinos.

—¿Cuántas quiere? —pregunta el hombre que está sentado en la silla de ruedas.

—Dos nada más —respondo.

La niña, con velocidad entusiasta, toma dos bolsas del moño sujeto al apoya brazos de la silla. Me mira con inocencia y me las entrega. Le doy veinte pesos al hombre y la niña, rápida, sin dudar, saca un billete de diez entre las monedas que el hombre tiene en una pana sobre sus piernas y me lo entrega.

—Gracias —digo y empujo el carrito de las compras hacia el estacionamiento.

Paso las compras a las bolsas y las ubico en la maletera del vehículo.

Cuando regreso a dejar el carrito, la veo empujando la silla de ruedas frente al súper. Lo hace con fuerza, con ganas, como si el hombre no pesara. Va rápido. Se ríe. Juega. El se deja llevar. No frena nada. Levanta el rostro al sol y sonríe grande, una sonrisa competa, de esas que no le piden permiso a nadie. La niña gira la silla y da vueltas: una, dos, tres. Se ríen los dos.

Como si el tiempo se detuviera, no hay silla, no hay ruido, ni música, no hay prisa, solo los dos en su alegría. Luego lo devuelve al mismo sitio de antes. Quedan ahí, bajo la sobra, contentos. Felices como si el mundo fuera solo eso.

Él se llama Julio Rostrán. Desde que lo conozco está pegado a esa silla.

—Ella es mi niña —dice. Se llama Allison. Viera usted qué inteligente es. Se sabe bien los números, va para tercer grado y ya le voy a alistar todos sus cuadernos para la escuela antes que se pongan caros.

La música ha bajado el ritmo, ahora suena Juan Gabriel con Así fue. La vía está desatascada, pero para ellos la felicidad sigue intacta, mientras se acompañan.

Me recuerdan algo simple y duro: la felicidad no siempre tiene piernas, ni dinero, ni vitrinas. A veces va despacio, empujada por manos pequeñas, sostenida por una sonrisa sincera. No vive en los lujos, ni en lo que presume. Vive adentro. En lo poco que se comparte. En el amor que no se rinde, aunque la vida apriete.

Ojalá les dure para siempre, pienso.

Les digo adiós de manos cuando regreso al vehículo.

 

26 de diciembre de 2025.

Foto Propia.


martes, 13 de mayo de 2025

PANTING

 


Es alegre, de conversación rápida.

Su lengua materna canta, embelesa,

y esa cadencia la lleva aún al hablar.

 

Viene de Krasa, un pueblo escondido

en un recodo del río Coco,

a 270 kilómetros al oeste de Waspam,

lejísimos de aquí.

 

Allá dejó su familia materna y paterna.

Combatió a la contra con el Ejército,

y desde 1985 se asentó en estas tierras.

Nunca volvió: le encantan la humedad y el lodo.

 

Ha hecho de todo, que yo sepa:

wachimán, agricultor, cowboy, hacelotodo.

Es buen chambero, pero si uno se descuida,

habla todo el santo día

como si no pasara nada.

 

Se libró de muchas penurias:

hambre y abandono,

del Grissi Signiss y la Liwa Mairen,

esas cosas que su gente carga

aunque él diga que ya es de aquí.

 

Siempre lo veo temprano, por las calles,

saliendo de su trabajo de vigilante;

a veces en el mercado,

el mirador de la plaza,

el parque central, el zonal, o la alcaldía.

 

Es sandinista hasta la muerte —lo dice con orgullo—.

Y cuando nos cruzamos, desde que me divisa,

camina feliz al ritmo de sus pasos rápidos.

“¡Adiós, Waspuc!”, le digo, y se ríe.

 

Siempre lleva algo en su mochila.

Es atento, servicial, de los buenos.

Su nombre es Wilber Panting Wilson,

llamado sencillamente Panting

por sus camaradas, amigos y conocidos.

 

Es una pantera del río

y de la montaña del trópico húmedo.

El implacable tiempo,

simplemente, no le hace nada. 

 

La Colina. 

11 de Mayo de 2025. 

Foto propia.

 


domingo, 8 de septiembre de 2024

EL HOMBRE QUE VENDE COCOS

 


Erlin Flores tiene más de ocho años de dedicarse a la compra y venta de cocos en Nueva Guinea, de donde es originario. Vive en la zona 5, cerca de la Iglesia de Dios, y lo he encontrado en la esquina opuesta a la delegación de la Policía Nacional.

Lo he llamado haciendo señas con las manos, y sonriente, me busca con una sonrisa plena en su rostro.

—¿Cuántos cocos va a querer? —pregunta al acercar el carretón a la acera, frente a la farmacia La Candelaria.

En el carretón lleva el cascarón de lo que un día fue una refrigeradora, acomodada de manera horizontal. Dentro de ella, los cocos pelados aún están helados por el hielo que acomoda encima y entre ellos.

—Tenía varios días de estar pensando en que podía encontrármelo para tomarle una foto y hacerle una pequeña entrevista —le digo.

¡Dígame!

—¿Cómo se le ocurrió la idea de vender cocos por las calles de Nueva Guinea? Cuéntenos.

—Ah, yo trabajaba de albañil. Usted sabe que trabajando de albañil es más distinto, gana menos y se penquea más, mientras que el negocio le da más, ¿ve?

—¿Con cuántos comenzó?

—Primero fue al suave, de poquito. Un amigo mío llamado Alvin, que trabajaba de albañil, me prestó una carretilla de mano y comencé a venderlos con todo y pulpa. Primero unos 20, después 30 y luego 50, 70, y así hasta llegar, en ocho años, a los 200 cocos, pero ya pelados y sin pulpa.

—¿Cuál es su recorrido?

—Lo más largo es hasta el parque central: todo el mercado, por el Pali y la calle central. Desde la zona 5 hasta estos lados es largo; hay que empujar el carretón —dice.

Dos motocicletas pasan sin prisa, y hemos pausado la conversación. Claro, pienso, enfrente está la delegación de policía; pero por otro lado, pasan veloces, haciendo piruetas y rugir los motores.

—Mire —agrega—, también vendo el agua embotellada, en litros, pero ahora solo ando en galón.

¿Dónde consigue los cocos?

Salgo a Naciones Unidas, La Esperanza, Nuevo León, Los Pintos, Río Plata, Los Ángeles y aquí en el pueblo. Yo subo al palo y escojo los que ya están buenos, porque hay otros que se los llevan parejos, y eso me atrasa porque, cuando vuelvo a pasar, digamos a los tres meses, ya no hay cocos de agua como los que yo vendo —responde.

—¿Tiene identificados los palos de coco por comunidad, geolocalizados, ¿verdad? ¿Usted los compra por gajos?

—No, no, los compro por unidad. Este sí, este no.

—¿Cuántos cocos vende por día?

—Cuando la venta está buena, mire, yo vendo entre 200 y 300 cocos. Cuando voy a comprarlos, me traigo unos 400 para poder trabajar dos días y después vuelvo a ir. Mañana me toca ir; cada dos días voy —aclara.

—Dígame, ¿a qué precio vende el coco? Este me lo dio a 15 el coco, rebajado, pero normalmente a como lo da.

Los doy a 20 cada uno. Si vendo los 200, hago 4,000 córdobas al día.

—¡Cuatro mil al día! ¡Usted gana más que yo!

—No, no, espere. De esos 4,000 me quedan unos 2,000 al día. No ve que yo compro el coco a tres córdobas y pago dos de transporte por coco para traerlos hasta aquí. Y lo que en definitiva me ayuda es la clientela que tengo, hecha en tantos años de estar vendiendo cocos. Mire, la gente siempre me dice, cuando quiere varios cocos, que le baje un poquito; entonces le rebajo cinco pesos por coco.

—¿Los trae con todo y la pulpa?

—No, no, los traigo sin la cáscara. Los pelo en el lugar y la deposito en los basureros para ello. Mire, esa pulpa es buena como abono; lo tengo comprobado porque yo le eché a un guineal y viera qué guineos más hermosos los que cosechaba.

—Entonces, amigo, le va bien con este negocio.

—Sí, no me quejo. Mantengo a la familia, a mi mujer y tres hijos.

—¿Qué edad tiene?

—Tengo 38 años cumplidos.

—Usted está joven y con fuerzas para seguir vendiendo cocos por toda Nueva Guinea y ganar buena plata.

—He pensado en poner un puesto de ventas de cocos.

—No es mala idea, pero piense en seguir vendiendo por las calles. Usted busca al cliente, sabe dónde ir a buscarlo, y el cliente se alegra cuando lo ve y dice: “Allá viene el hombre que vende cocos”. Y no pierda eso, que es lo que ha hecho crecer su clientela. Usted debería buscar una motoneta con un tráiler acoplado para vender por toda Nueva Guinea.

—Amigo, eso es caro y no me quiero enjaranar.

—No, hombre, con ese montón de plata que gana ahora, hasta sus amigos albañiles de seguro se quedan sorprendidos, así como yo. Y le aseguro que cualquiera de esas cooperativas o microfinancieras le dará el crédito para que venda con su nuevo medio de transporte y ya no se joda tanto, porque ocho años es bastante tiempo y el tiempo vuela.

—¿Le puedo tomar una foto? —pregunto.

—Dele —responde Erlin—, y zas, la foto.

—¿Es que llevas cocos? —pregunta Emilce.

—Sí, llevo dos.

—¿No tiene agua embotellada?

—No —responde Erlin—, solo en galón.

—Es mucho —responde ella.

Una llovizna comienza a caer proveniente del sur, acompañada de un vientecito helado. Es una tarde de sábado con calles casi desoladas en Nueva Guinea. Me despido de Erlin y, en el trayecto, le cuento a Emilce la plática que tuve con el hombre que vende cocos en las calles de Nueva Guinea.

 

Domingo, 8 de septiembre de 2024.

Foto propia.

martes, 23 de abril de 2024

LA EMPRENDEDORA QUE VENDE ALIMENTOS EN LAS CALLES DE NUEVA GUINEA

 


Me encuentro frente al negocio de Daniel Cabrera. Estoy haciendo los mandados de la casa, pero lo visito para conocer su estado de salud. “No está”, dijo una muchacha. “Anda en Bluefields, ya sabe, en lo de la hemodiálisis”, agregó.

Doy la vuelta y el sol está radiante sobre la calle que lleva hacia el Pali. Allí ha surgido un nuevo mercadito en Nueva Guinea, con negocios de todo tipo: frutas y verduras, abarroterías, farmacias, venta de carne, queso y crema, pollos enteros y en piezas, ropa y calzado, sorbetes, la tienda Amazona y muchos otros que son ambulantes. Entre estos está el Pelón con su camioncito donde ofrece frutas frescas en trozos empacadas, papayas, sandías y ceviches, y otros que ofrecen artículos para decorar el vehículo. Y también se observan varios mendigos que se ubican frente a la entrada del Pali. 

El tránsito de vehículos, por momentos, se torna pesado: se escucha el motor de las motos, de las camionetas, taxis, gritos de los vendedores, risas y silbidos.

Bajo la sombra que da el alero del negocio del hijo de Daniel Cabrera, Javier, se encuentra una mujer ofreciendo alimentos que lleva en un carretoncito. Todo lo que ofrece está cubierto con un mantel y dentro de un termo.

A esta mujer la he visto toda la vida por las calles vendiendo con su carretoncito. Me acerco a ella para conversar sobre su actividad económica, su pequeño negocio, su emprendimiento.

Se llama Jesenia Castro, tiene 49 años de edad y desde hace 25 años se gana la vida vendiendo alimentos en las calles de Nueva Guinea.

—¿Qué es lo que comenzó vendiendo?

Comencé con atol de trigo, arroz de leche, manjares y comiditas de cinco pesos de esos tiempos: arroz, salpicón, guineo cocido, puré de papa.

—En ese tiempo Nueva Guinea era más pequeña, prácticamente solo era el centro, la alcaldía, el banco, Enitel.

Uhh sí, todo esto que es la calle central hasta el mercado.

—Y ahora, con el crecimiento de la ciudad, ¿por dónde se mueve?

Me muevo por las 10 cuadras del casco histórico de la ciudad, doy la vuelta y cruzo por la rotonda los 4 evangelios hasta la gasolinera.

—¿Y cómo le va? Cuéntenos.

Pues ahorita están bajas las ventas, se han bajado últimamente.

—Pero usted ya tiene su clientela.

Claro que sí, en la policía, en el mercado, en la alcaldía, en las instituciones. La gente me espera con mi venta.

—¿A qué hora, más o menos?

Entre las 10 y las 11 de la mañana, no me fallan.

—¿A qué hora sale de su casa?

Entre las 8:45 y 9:00 de la mañana.

—¿A qué hora termina un día bueno?

Le voy a explicar, son dos ventas las que saco. Por la mañana vendo comida: papas rellenas, empanadas de maduro, pollo rostizado, tajadas con queso y repochetas. Por la tarde vendo postres: atol de trigo, arroz de leche, manjar y repostería, todo eso de la 1:45 a las 5 de la tarde. Siempre hago el mismo recorrido y mis clientes son hombres, mujeres y niños. La gente de las colonias me compran manjares para llevar.

—Con este negocio ha sacado adelante a su familia, a sus hijos. ¿Tiene hijos?

No, no, soy soltera. Vivo con mi mamá, ella tiene 70 años.

—Pero, ¿tiene gente que le ayuda a preparar sus productos?

Si, una sobrina que ha aprendido mucho. Ahorita ella está preparando la venta de la tarde. Para sacar esta venta, la de la mañana, desde la cinco estamos trabajando.

—Me alegro mucho, le digo. Siempre la he visto por las calles con su venta. La felicito mucho y le deseo lo mejor, que todos los días sean buenos para usted.

Ella sonríe. Usted debe conocer a mi mamá, dice. Es doña Coco, la de las Sopas Doña Coco, se acuerda.

—Ah, ya, doña Coco, claro que sí.

Un camión viene rugiendo del lado Norte, pita desde la esquina, se detiene al cruzar la calle. Frente al lugar en que estoy platicando con Jesenia vuelve a detenerse y se escucha el pito de los taxis que no avanzan. Tres hombres se suben al camión que se dirige hacia una colonia, va atiborrado de gente como si de sacos se tratara.

Sigo haciendo mis mandados, pero no dejo de pensar en Jesenia. Una mujer sola que tiene muchos años de andar con su carretoncito por las calles de Nueva Guinea, sin importar el estado del tiempo. Estoy seguro de que fue doña Coco, la de las sopas, su madre, la que le enseñó a preparar los alimentos y ahora ella le ha enseñado a su sobrina. Es el "saber hacer" transmitido en generaciones.

Ese saber hacer es un factor importante para emprender junto con las ganas de trabajar. El convencimiento de que sí se puede, es lo que a Jesenia le ha permitido transitar en el tiempo con su negocio, además de su capacidad organizacional y de gestión, pues es ella la que administra y dirige su microempresa. Planifica en el espacio y el tiempo porque sabe exactamente las horas en que la población demanda sus productos (alimentos fuertes: entre 9 y 11 a.m. y postres por la tarde) y ha trazado sus rutas de venta por las calles, enfocándose en las instituciones y el mercado.

Son las ganas de salir adelante, tener la idea para emprender, mantener la motivación para la consecución de los objetivos trazados aunque se cometan errores, porque estos se corrigen, se mejora, se perfeccionan y diversifican los productos con el tiempo. Y es a través de tiempo que se logran beneficios económicos y prestigio social, el reconocimiento del emprendimiento por la sociedad. Ahora, muchos programas de gobierno apoyan con medios y recursos diversos emprendimientos, los que cuando inició Jesenia, hace 25 años, no existían.

 

21 de abril de 2024.
Nueva Guinea, RACCS.
Foto Propia.

jueves, 6 de julio de 2023

GLOSAS SOBRE EL LIBRO "EL GÉNESIS DE NUEVA GUINEA"

 

En la tarde del 24 de junio del 2023 se presentó en el Restaurante La Colina, ciudad de Nueva Guinea, Región Autónoma de la Costa Caribe Sur nicaragüense, el libro “El Génesis de Nueva Guinea”.

Esta obra es de la autoría de Ronald Hill Álvarez, licenciado en Zootecnia por la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA), destacado en la dirección y gerencia de diversos programas y proyectos como activo profesional y ciudadano radicado desde hace más de 30 años en la localidad a la que con este escrito rinde tributo.

Se trata de un libro de cubierta blanda de papel sulfito emplasticado a todo color en la cual aparece el legendario Cerro Brujo de fondo. Teniendo en la portada el nombre del autor y el título de la obra, y en la contraportada una reseña biográfica del autor firmada por el licenciado Hilario Amador Sánchez.

Y en el interior del texto, además de la dedicatoria y las referencias que hace el autor a los suscriptores de honor y seguidores de su Blog “Sueños del Caribe”, de inmediato aparece una excepcional presentación escrita por el reconocido intelectual y académico Guillermo Rothschuh Villanueva en la cual pone en el acto al lector en el contexto histórico, geográfico y estilístico de la obra.

Luego el autor entra en acción mediante el prefacio para indicar cómo, cuándo y por qué llegó a Nueva Guinea, el pueblo que ahora lo ha inspirado para escribir este libro. Acto seguido el autor muestra al lector una caracterización cultural y sociodemográfica con el epígrafe “Los neoguineanos” que es el gentilicio de la población de la localidad sujeto de este compendio.

Después de estos elementos introductorios el autor divide el libro en tres secciones, denominándolas:

 Una historia reciente”, en la cual, y siguiendo el estilo de la crónica periodística matizada con diálogos que se derivan de entrevistas y encuentros amistosos sostenidos con autores directos de la historia de Nueva Guinea, el autor expone la historia que abarca desde el primer día (1 de marzo de 1965) en que 17 jefes de familia procedentes de distintas partes de Nicaragua entraron a los agrestes parajes donde fundarían una colonia agrícola que luego, desde el 8 de noviembre de 1981 en que se declaró como tal, vendría a ser el más próspero de los 153 municipios de Nicaragua.

Testimonios después de la guerra”, en la que se recoge la expresión oral y vital de quienes fueron víctimas directas del impacto de la guerra sufrida en los 80 (del recién ido siglo XX) en Nueva Guinea y sus alrededores.

Nueva Guinea y su gente” en la que, mediante la crónica, reseñas biográficas, reportes periodísticos y hasta alusiones anecdóticas el autor retrata a la gente de a pie que día con día forja la historia de un pueblo que vibra, vive y siente. Y se pasa así revista sobre personajes que reflejan la vulnerabilidad de la psique humana como fue la dolorosa experiencia de Abraham Sánchez, de la solidaridad sin límite como la manifestada hacia Nueva Guinea por el alemán Sigfrid Erwin Ruthing, el tesón por el trabajo honrado como lo reflejan el colono Efraín Martínez Fonseca, la leñadora doña Jacoba, la horneadora Elisa Martínez, la chef Juanita Betancourt, el diversificador agrícola Pedro Figueroa Cruz, los técnicos en electrónica Daniel Meneses y Martín Palacios, el carretonero Reynaldo Jirón, y los personajes colectivos y anónimos que se retratan bajo los títulos ¡Adiós cuñadito” y “Las lavadoras de raíces y tubérculos”. Se consigna también en esta sección del libro una crónica del que ha sido el único que en Nueva Guinea ha obtenido el premio mayor de la Lotería Nacional de Nicaragua. Y no podía faltar, como para completar el cuadro humano de quienes habitan en esta localidad, el padecimiento a causa de la Diabetes que sufre el otrora ágil beisbolista y creativo ebanista Julio César Amador Henríquez, quien al momento del encuentro con el autor de la obra que comentamos ya había perdido parte de su miembro inferior derecho. 

Así, Ronald Hill Álvarez plasma el desenvolvimiento humano de la gente de esta parte del país en las 153 páginas que conforman su libro “El Génesis de Nueva Guinea”, con un lenguaje libre de rebuscamientos lingüísticos, diáfano e inteligible; apto para lectores avezados, así como para principiantes. Por lo que su lectura es inexcusable tanto para quienes busquen conocer los orígenes de esta parte del Caribe Nicaragüense como para quienes cursan los primeros pasos de la educación formal.

De momento este libro puede hallarse en las principales librerías de Nueva Guinea, y en particular contactándose con Aster Hill al teléfono 8922-5212 quien indica cómo obtenerlo. Adquirirlo no solamente será útil para deleitarse en su lectura, sino para saber hacia dónde va la gente de estos lares partiendo de saber quiénes son, dónde están y de dónde vienen. Y como dice un amigo por ahí: “¡Sea buen nicaragüense, consuma lo que el país produce!”

 

Richard Wilson A.

24/6/23

miércoles, 18 de enero de 2023

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: REYNALDO Y SU CARRETÓN


En varias ocasiones lo he visto montado en su carretón por las calles de Nueva Guinea. Siempre va cargado, trasladando productos entre las diferentes zonas o barrios de la ciudad. Es su nueva forma de vida, su emprendimiento, desde que recortaron personal en una empresa que lo contrataba para cuidar antenas de comunicación.

Es Reynaldo Sánchez Jirón, un hombre mayor, pero se conserva con energía y fuerzas suficientes para dedicarse al acarreo con su carretón jalado por un caballo. Su domicilio está ubicado en la zona 6. 

“Tengo más de 10 años de trabajar en esta actividad, desde que me despidieron me dedico a esto y sigo adelante”, dice Reynaldo.

Ha tenido varios caballos. Menciona sus nombres con orgullo, sin pensarlo mucho, porque es consciente de que el trabajo conjunto con el animal es lo que le ha permitido salir adelante.

“Uno se llamaba Zanate, otro Capirote porque lo compré en una finca llena de esos árboles, luego tuve una yegua, una buena yegua llamada la Chana que me dejó una cría, una hembrita que le puse la Chiripa porque pensé que se me iba a morir, después tuve al Choto que tuve que amansar. Ahora tengo a este que se llama el Grano, cuando lo compré el pobrecito parecía una mazorca de maíz mal desgranada, con un pelotero de garrapatas por todas partes, lo recuperé y ahora tiene 8 años”.

¿Cuántos viaje hace por día, más o menos?

“Hago siete viajes. Ya la gente me conoce y me llama a mi número de teléfono, el 89083529. Me llaman personas particulares, de algunas abarroterías para trasladar productos a sus clientes, también de empresas para que traslade televisores, cocinas, lavadoras, muebles y hasta camas. Está maderita la llevo hasta la zona siete. Así paso el día, a veces me llaman de las colonias cercanas para trasladar de todo, hasta pizarras de las escuelas”.

¿Qué es lo más importante en este trabajo?

“El animal, amigo, el animal, porque sin caballo no hay acarreo. Estoy pendiente de sus cascos, de su lomo, que no esté chimado, que se mantengan sanos porque un animal enfermo no rinde. No los obligo al sobreesfuerzo, no; los hago trabajar sin sofocación, sin prisa. Gasto lo necesario en su alimentación, compro maíz que se lo doy molido con el concentrado y pasto, y también que no le falte agua limpia, esa es la vida”.

Mientras conversaba con Reynaldo, su teléfono sonó varias veces. Siempre respondiendo que va cerca, que está por llegar con la carga, que ahorita no, más tarde puedo, y así, hablando con sus clientes.

“Ya ve como me llaman, pero a veces tengo que decirles que hasta mañana porque trabajo desde las 7 de mañana hasta las 4 de la tarde. No trabajo más noche porque la luz de los carros afecta a la bestia”.

Los caballos son principalmente animales diurnos, sin embargo, pastan de noche, lo cual sugiere que tienen algo de visión nocturna. Sus ojos son sensibles a la luz débil, por lo cual ven relativamente bien al anochecer, pero no tienen la habilidad de ajustarse rápidamente a la oscuridad.

¿Cómo lo tratan los conductores de vehículos cuando va por las calles de Nueva Guinea?

Hasta el momento bastante bien, pero hay algunos, jóvenes, sobre todo, que son mal educados, que andan desesperados manejando y me gritan que me aparte, que los estoy atrasando, que los caballos deben andar en potreros y no en las calles, y cosas así, pero son los menos. Me lleno de paciencia, no les digo nada y siempre espero mi turno, mi momento para avanzar, doblar por una calle o cruzar las avenidas.

En la alcaldía municipal tengo inscrito mi fierro, ese es prácticamente mi sticker de rodamiento, mi calcomanía para circular por las calles.

Volvió a sonar el teléfono 89083529, ya estoy cerca, dijo don Reynaldo y nos despedimos.

Movió las riendas, le habló al caballo y siguió avanzando en su recorrido.

 

21 de enero de 2023.
Foto Propia.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

¡VE HOMBRE!, ARRANCADORES DE YUCA.

Escuché sus voces desde el camino. Conversaban amenos, un grito por aquí y otro por allá. Crucé el cerco de alambre y se quedaron callados. Les dije que deseaba filmarlos, hacer un vídeo con ellos arrancando yuca, su trabajo desde hace mucho tiempo. "Te van a subir", dijo uno dirigiéndose al otro. Eran tres a la vista. Sus nombres son Juan Carlos Jirón, Brígido Espinoza y Walter Rolando Vanegas López. Son arrancadores de yuca de Nueva Guinea, así se ganan la vida estos neoguineanos trabajadores del campo, hombres fuertes, honestos. #humanosdenuevaguinea #neoguineanos. 

Dale click al video para que los veas en su labor. 

miércoles, 20 de abril de 2022

EL HOMBRE DEL BASTÓN HA MUERTO

 

El hombre sostiene un saco de bramante con su mano izquierda y con la derecha un palo de escoba que le llega casi al hombro. Lo usa de bastón. Da un paso inquietante, es un paso tembloroso, un paso que casi se sale de la línea de sus pasos, pero el palo lo mantiene en equilibrio. Así avanza con el saco y se dirige al andén del parque.

Va a subir las gradas de la esquina noroeste. Sube su pie izquierdo en el primer escalón y con fuerza se apoya en el bastón. Levanta su pie derecho y sube. Mantiene el aliento y exhala, un esfuerzo que se muestra en su rostro moreno, rostro de abandono, arrugado por el paso de los años. Es un hombre delgado que cubre su cabeza con una gorra.

Así, poco a poco, sube las siete gradas para acceder hasta el andén. Culmina y se detiene, vuelve a respirar. Desde allí observa dos esquinas, pero no puede observar la que ocupa el vendedor de frutas. Decide cruzar el parque y se dirige al andén del centro. Va en dirección a la caseta de los lustradores.

Son las seis de la mañana y la neblina aún no se disipa. Las palmeras, los almendros y las acacias desprenden gotas microscópicas que caen en el andén, sobre los laureles y los hibiscos, manteniendo la frescura de esa manzana de terreno que en otros tiempos fue el centro de Nueva Guinea.

En la acera de las casas del costado norte, varias mujeres barren la cuneta, recogen la basura en medios barriles de plástico y sacos, y una la barre hasta la acera del parque para que la empleada de la comuna la coloque en el contenedor que se encuentra ubicado a un lado de la calle.

El hombre del bastón en su andar tembloroso también recoge basura, pero de otra índole. Ese es su mayor esfuerzo: sostenido del bastón, que tiembla por su peso, se agacha lentamente, toma la botella, se incorpora y la coloca dentro del saco. Un gran suspiro es el premio a su esfuerzo. Se esmera por levantar botellas de plástico, principalmente aquellas que fueron abandonadas por la noche entre las bancas y andenes, botellas de refrescos y de aguardiente, latas de gaseosas, de jugos y de cerveza. Son las muestras del disfrute de bebedores nocturnos que se ubican en las bancas del costado norte y en los alrededores de la glorieta. Un paraíso que por las noches les brinda invisibilidad aparente.

Frente al puesto del frutero, bajo la sombra de un árbol de aguacate, al lado de una banca, hay varios sacos acomodados y amarrados. El hombre baja del andén y camina hacia ellos por el suelo pelado, sin grama, sobre la tierra desnuda, entre la sombra de los árboles. Los observa con detenimiento como sacando la cuenta de su contenido.

Otro hombre se le acerca. Ha aparecido por el lado de la esquina suroeste, proveniente de la calle central. Es un hombre más corpulento, cabeza redonda con abundante cabello negro tendiendo a cano que la mantiene siempre viendo el suelo, con el rostro surcado por arrugas y muestra una sonrisa como si hubiese sido tatuada permanentemente. Es un poco más bajo que el del bastón. Lleva ropa que aparentemente no se cambia en días. 

Son hombres sencillos, de hábitos etílicos sin duda en el pasado, pero se ven contentos al estar juntos. Me doy cuenta de su camaradería y sigo en mi caminata, pensando en ellos. Me pregunto de dónde son esos hombres desgastados por la vida, ¿si tienen familia, sabrán de ellos? Quizás tenían mujer, su esposa, y posiblemente las vueltas que da la vida los separó de ellas por distintas circunstancias como suele suceder. La vida en un instante da un giro y se torna brutal, arrastrándonos hacia un abismo oscuro y doloroso que doblega nuestra voluntad.

Poca gente circula por el parque a esta hora. Varios chavalos juegan futbol en la cancha, son los que gritan y ríen, y dos o tres mujeres trotan por el andén, dando las vueltas que tiene programadas en su rutina diaria. Los trameros se están desperezando, el frutero levanta la carpa lateral del tramo para comenzar a trocear las frutas de la venta mañanera. Los vigilantes cambian de turno y la mujer de la limpieza sigue en su afán de rastrillar y recoger la basura que luego deposita en el contenedor.

El hombre del bastón ha bajado las gradas en compañía del otro hombre. Han cruzado la calle y se encuentran a la orilla del muro perimetral hecho con piedras canteras de una casa vecina. Sobre el muro hay varias tablas viejas recostadas en un ángulo de casi 45 grados que dejan un espacio en la base de casi dos metros de ancho con la pared, todas cubiertas con ramas secas de palmeras. Desde el lado izquierdo, el hombre del rostro arrugado y de sonrisa permanente, ayudado por el del bastón, aparta ramas de palmeras, ramas de otros árboles ya secas y plástico negro que han sido colocados como tapadera del espacio que se forma adentro, entre las tablas y la pared del muro. Es la guarida del hombre del rostro arrugado y sonriente, es amo y señor de su mansión. Sacan bolsas de plástico quintaleras y más sacos. Conversan entre ellos, se notan contentos. Los toman y vuelven a caminar hacia el parque.

He dado ocho vueltas y ahora han trasladado a la caseta de los lustradores todos los sacos con su contenido valioso. La camaradería aflora entre ellos. Allí, en esos sacos está el esfuerzo de recolección de la noche, la madrugada y las primeras horas de la mañana. El hombre del bastón es el principal recolector y descansa en el corredor de una de las casas de los alrededores del parque durante las noches para protegerse de cualquier delincuente desbocado y violento que circule o frecuente el parque.

Son hombres gastados por el tiempo que ahora viven de la recolección de desechos para venderlos en un puesto de acopio que luego vende a un intermediario que se los vende a otro y así, hasta que al final llegan al centro de reciclaje. En sus rostros se nota la alegría al contar el esfuerzo de una noche y una mañana.

En sus conciencias cargan las consecuencias de las decisiones que un día tomaron, pero en ese ambiente y entorno, están contentos. Viven su vida y son felices a su manera sin que ningún egoísta y malicioso oportunista, por el momento, trate de destruir el modo en que se ganan la vida. 

Su vida se ha apagado hace tres días. Su compañero recolector me lo ha dicho hoy por la mañana. Con razón, le dije, tengo dos días de no verlo. Le agarró algo feo, como basca y no podía respirar. Lo llevaron al puesto de salud y luego al hospital, allí falleció, dijo.  La vida de Pedro José Marenco Medina, llamado "chabelo", se ha apagado. Lo extrañare todas las mañanas en mi caminata por el parque. Descansa en paz.


Martes, 19 de abril de 2022
Nueva Guinea, RACCS.
Foto propia.
Actualizado 18/11/2023. 

domingo, 15 de marzo de 2020

EL PULGUERO DE TELEVISORES



Veo a Martín Palacios, el técnico que repara televisores, desde la acera de la cerrajería, calle de por medio. Es una mañana lluviosa. La lluvia pasa de un chischís a un vendaval en un instante, provocando una corriente furiosa que busca su cauce.

Los vehículos, taxis, camionetas, buses y camiones, que giran por la esquina, tocan el pito furiosamente por el atasco que provocan los que están mal parqueados en esa calle de una sola vía. Los apurados desesperan y no dejan de pitar, pero al avanzar hacen chirrear las llantas que me pringan de inmundicias y, al volver a ver, por un segundo se plasma la sonrisa maliciosa del taxista en el espejo retrovisor del vehículo.

Mojado y guarnecido desde la cerrajería lo saludo. Cruzo la calle lo más rápido que puedo. Sostiene un equipo oxidado de color plateado que reproduce CD, VCD y DVD, una reliquia que en hace menos de una década era lo último del mercado para ver películas originales y pirateadas.

¿Y el televisor? ¿Cuándo?, pregunto.

Hice todo lo que pude, no tiene reparación, contesta. Cubre el viejo reproductor bajo su camisa por la llovizna.

Descartado, entonces.

No hay nada que hacer. Ni aquí encontré los repuestos, dice invitándome a observar por la pequeña puerta.

Un hombre que lleva puesta una gorra y usa lentes está sentado cerca de la puerta, al lado izquierdo, casi pegado a la pared que no se distingue porque sobre las repisas de madera hay un desorden total de materiales, repuestos y herramientas de trabajo. En una mesa que casi no se nota, iluminado por una lámpara de tubo, le saca “la muela” a un televisor y para ello le quita los tornillos que la sostienen de la tarjeta con un desarmador.

Piezas de televisores, entre ellos flashback, condensadores, fusibles, integrados, procesadores, memorias, transistores, bobinas, tarjetas y miles más, así como pantallas de plasma, LCD y LED, llenan los tres lados del tramo, desde el piso hasta la altura del techo, y lo impregnan con el color gris de la tecnología. El aroma es denso, profundo y casi rancio por la aglomeración de tantas piezas donde el aire solamente entra por la puerta desde la que me encuentro observando.

¿Y qué hago con el televisor?, pregunto.

Yo se lo compro, dice el hombre del tramo.

Aquí está el negocio, dice Martín y se despide de prisa evitando que se moje el viejo reproductor.

¿Lo puede reparar?

Antes, cuando comencé con mi pequeño taller de reparación de radio y televisión, lo hacía. En esa época se conseguía el repuesto que se necesitaba para reparar un televisor, un radio o un equipo de sonido. Las casas comerciales de repuestos comenzaron a desaparecer, había escasez de repuestos y si lo encontraba eran carísimos, no lograba reparar nada, me estaba quedando sin trabajo, acumulando y acumulando encargos hasta que un día comencé a comprar todo lo que estuviera dañado, sin funcionar, sin que otros lo pudieran reparar, y comencé a quitarle las piezas que necesitaba para cumplir mis compromisos.

Así como me ve, soy una persona seria, chontaleño de cepa, de Santo Domingo, Chontales, de la familia Meneses, ¿tal vez usted ha escuchado de ellos?, pues yo soy Daniel, familia de los Meneses de Juigalpa, de Renato, Rene, Ramón y de Robín, todos ellos honrados y trabajadores, dedicados a lo suyo.

En este trabajo, ni más ni menos que un serio compromiso con todas las familias de Nueva Guinea, he pasado laborando desde los hace ya 20 años que me vine para estas tierras de esperanza y progreso, donde sólo se sale adelante con dedicación y esmero, y los que quieren volverse ricos de un zarpazo siempre terminan endeudados, sin negocios y huyendo de sus perseguidores.

Por ese compromiso es que ve usted que mi tramo está así de repleto de televisores viejos y modernos, en eso me paso el día, sacando piezas, vendiéndolas a los técnicos que se encargan de repararlos, técnicos como Martín, que tienen su tallercito o andan de calle en calle, de barrio en barrio, de comarca en comarca y de colonia en colonia, ofreciendo sus servicios y luego vienen aquí a buscar la pieza exacta para repararlos y ganarse la vida de manera honrada.

Esto que hago es un gran servicio, tanto para los pobres, como para los acomodados y ricos, porque con las piezas que reciclo le resuelvo la tristeza que se siente en una casa cuando el televisor está dañado. Imagínese usted a los niños sin poder ver los muñequitos, la señora de la casa sin su novela preferida y al señor privándose de su película de acción, Triple X o su ranchera preferida, una tristeza total dentro de la casa y en el  rostro de las familias por falta de entretenimiento.

No sé, nunca he contado cuantas piezas tengo en el tramo, no me ha dado la curiosidad, pero le puedo decir a simple vista —Daniel hace un esfuerzo por voltearse y ver hacia atrás y a los lados— que son miles de piezas las que tengo allí entre todos esos cachivaches, por las que no me puedo quejar de falta de trabajo, menos ahora, porque trabajo hay hasta de más y aun así no me gano ni un tercio de lo que me ganaba hace tres años.

Aunque no lo crea, a todos nos golpea esta crisis y todavía falta lo peor, pero no me desanimo, sigo en mi camino de pulguero, quitando piezas, vendiéndolas  y comprando televisores dañados.

Observo que afuera, a un lado de la puerta, bajo el alero del techo, hay varias piezas de microondas y  televisores acumuladas. La llovizna ha cesado pero los carros siguen frenéticos circulando en dirección norte para girar hacia la calle del movimiento del mercado de Nueva Guinea o al sector de la zona 5.

Esas piezas ya no me sirven, los del camión se las llevan al basurero. Allí hay otros que recogen entre la inmundicia lo que les puede ser útil para venderlo y sobrevivir, y después, a los días, se aparecen con lo que de aquí se ha ido para allá, lo limpian, lo dejan brillantito para venir a ofrecerlo. Aunque manipulo miles de piezas ninguna se me pierde, reconozco todo lo que ha pasado por mis manos. Antes me reía de ellos, pero ahora no, es que amigo, la vida da vueltas, nunca se sabe lo que nos espera a la vuelta de la esquina, entonces pensando en eso, les entrego unas piezas a precios bajos para que las vayan a vender y luego me den mi partecita porque todos tenemos que vivir.

Una mujer se asoma por la puerta. Dame veinte córdobas, dice.

Saca apurado dos billetes de a diez de una gaveta y se los entrega. La mujer los toma y me sonrió. No sea mal pensado, dice, yo le vendo a él.

Escucho que El Cerrajero me llama, ¡ya le hice la llave!, grita.

Mañana le traigo el televisor, le digo a Meneses.

Está bien, aquí lo espero, responde.

Cruzo la calle con atención, sin parpadear por los mal intencionados,  y pensando en el mundo de Daniel. Ahora comprendo porque Martín siempre dice que debe ir al mercado a buscar los repuestos para reparar los televisores, y que cuando  dice que no tienen remedio, es que no lo tienen.

Definitivamente, mañana le llevo el televisor que está tirado en un rincón de la casa a Daniel, el pulguero de televisores.

15 de Marzo de 2020.
Foto: Daniel Meneses.