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martes, 23 de abril de 2024

LA EMPRENDEDORA QUE VENDE ALIMENTOS EN LAS CALLES DE NUEVA GUINEA

 


Me encuentro frente al negocio de Daniel Cabrera. Estoy haciendo los mandados de la casa, pero lo visito para conocer su estado de salud. “No está”, dijo una muchacha. “Anda en Bluefields, ya sabe, en lo de la hemodiálisis”, agregó.

Doy la vuelta y el sol está radiante sobre la calle que lleva hacia el Pali. Allí ha surgido un nuevo mercadito en Nueva Guinea, con negocios de todo tipo: frutas y verduras, abarroterías, farmacias, venta de carne, queso y crema, pollos enteros y en piezas, ropa y calzado, sorbetes, la tienda Amazona y muchos otros que son ambulantes. Entre estos está el Pelón con su camioncito donde ofrece frutas frescas en trozos empacadas, papayas, sandías y ceviches, y otros que ofrecen artículos para decorar el vehículo. Y también se observan varios mendigos que se ubican frente a la entrada del Pali. 

El tránsito de vehículos, por momentos, se torna pesado: se escucha el motor de las motos, de las camionetas, taxis, gritos de los vendedores, risas y silbidos.

Bajo la sombra que da el alero del negocio del hijo de Daniel Cabrera, Javier, se encuentra una mujer ofreciendo alimentos que lleva en un carretoncito. Todo lo que ofrece está cubierto con un mantel y dentro de un termo.

A esta mujer la he visto toda la vida por las calles vendiendo con su carretoncito. Me acerco a ella para conversar sobre su actividad económica, su pequeño negocio, su emprendimiento.

Se llama Jesenia Castro, tiene 49 años de edad y desde hace 25 años se gana la vida vendiendo alimentos en las calles de Nueva Guinea.

—¿Qué es lo que comenzó vendiendo?

Comencé con atol de trigo, arroz de leche, manjares y comiditas de cinco pesos de esos tiempos: arroz, salpicón, guineo cocido, puré de papa.

—En ese tiempo Nueva Guinea era más pequeña, prácticamente solo era el centro, la alcaldía, el banco, Enitel.

Uhh sí, todo esto que es la calle central hasta el mercado.

—Y ahora, con el crecimiento de la ciudad, ¿por dónde se mueve?

Me muevo por las 10 cuadras del casco histórico de la ciudad, doy la vuelta y cruzo por la rotonda los 4 evangelios hasta la gasolinera.

—¿Y cómo le va? Cuéntenos.

Pues ahorita están bajas las ventas, se han bajado últimamente.

—Pero usted ya tiene su clientela.

Claro que sí, en la policía, en el mercado, en la alcaldía, en las instituciones. La gente me espera con mi venta.

—¿A qué hora, más o menos?

Entre las 10 y las 11 de la mañana, no me fallan.

—¿A qué hora sale de su casa?

Entre las 8:45 y 9:00 de la mañana.

—¿A qué hora termina un día bueno?

Le voy a explicar, son dos ventas las que saco. Por la mañana vendo comida: papas rellenas, empanadas de maduro, pollo rostizado, tajadas con queso y repochetas. Por la tarde vendo postres: atol de trigo, arroz de leche, manjar y repostería, todo eso de la 1:45 a las 5 de la tarde. Siempre hago el mismo recorrido y mis clientes son hombres, mujeres y niños. La gente de las colonias me compran manjares para llevar.

—Con este negocio ha sacado adelante a su familia, a sus hijos. ¿Tiene hijos?

No, no, soy soltera. Vivo con mi mamá, ella tiene 70 años.

—Pero, ¿tiene gente que le ayuda a preparar sus productos?

Si, una sobrina que ha aprendido mucho. Ahorita ella está preparando la venta de la tarde. Para sacar esta venta, la de la mañana, desde la cinco estamos trabajando.

—Me alegro mucho, le digo. Siempre la he visto por las calles con su venta. La felicito mucho y le deseo lo mejor, que todos los días sean buenos para usted.

Ella sonríe. Usted debe conocer a mi mamá, dice. Es doña Coco, la de las Sopas Doña Coco, se acuerda.

—Ah, ya, doña Coco, claro que sí.

Un camión viene rugiendo del lado Norte, pita desde la esquina, se detiene al cruzar la calle. Frente al lugar en que estoy platicando con Jesenia vuelve a detenerse y se escucha el pito de los taxis que no avanzan. Tres hombres se suben al camión que se dirige hacia una colonia, va atiborrado de gente como si de sacos se tratara.

Sigo haciendo mis mandados, pero no dejo de pensar en Jesenia. Una mujer sola que tiene muchos años de andar con su carretoncito por las calles de Nueva Guinea, sin importar el estado del tiempo. Estoy seguro de que fue doña Coco, la de las sopas, su madre, la que le enseñó a preparar los alimentos y ahora ella le ha enseñado a su sobrina. Es el "saber hacer" transmitido en generaciones.

Ese saber hacer es un factor importante para emprender junto con las ganas de trabajar. El convencimiento de que sí se puede, es lo que a Jesenia le ha permitido transitar en el tiempo con su negocio, además de su capacidad organizacional y de gestión, pues es ella la que administra y dirige su microempresa. Planifica en el espacio y el tiempo porque sabe exactamente las horas en que la población demanda sus productos (alimentos fuertes: entre 9 y 11 a.m. y postres por la tarde) y ha trazado sus rutas de venta por las calles, enfocándose en las instituciones y el mercado.

Son las ganas de salir adelante, tener la idea para emprender, mantener la motivación para la consecución de los objetivos trazados aunque se cometan errores, porque estos se corrigen, se mejora, se perfeccionan y diversifican los productos con el tiempo. Y es a través de tiempo que se logran beneficios económicos y prestigio social, el reconocimiento del emprendimiento por la sociedad. Ahora, muchos programas de gobierno apoyan con medios y recursos diversos emprendimientos, los que cuando inició Jesenia, hace 25 años, no existían.

 

21 de abril de 2024.
Nueva Guinea, RACCS.
Foto Propia.

lunes, 7 de agosto de 2017

SIN FINQUEROS NO HAY COMIDA


De seguro has visto ese eslogan en una etiqueta pegada a la tina de una camioneta o en el vidrio posterior de un vehículo por las calles de la ciudad cuando vas en el autobús, en tu vehículo o en motocicleta hacia tu trabajo. Estoy seguro que en algún momento te has puesto a pensar en el porqué de esas cinco palabras que dejan claro que el finquero es la persona que con su esfuerzo produce los alimentos que consumimos diariamente en la comodidad de nuestra mesa familiar. La respuesta es sencilla, responde a la urgencia que tienen para que su labor sea apreciada y valorizada por la sociedad.
Los finqueros o campesinos son aquellos que desarrollan labores de ámbito rural, sean estas agrícolas o ganaderas, cuyo objetivo es la producción de diferentes tipos de alimentos que pueden ser consumidos para satisfacer su necesidades y comercializados para obtener ingresos.
¿Qué sería de nosotros sin finqueros? Imagínate que un día los finqueros, los campesinos de todo el país, se unen y toman la decisión de dejar de producir alimentos para comercializarlos en los diferentes mercados. De la mesa, en la que disfrutamos con la familia, desparecerían repentinamente la leche, el queso, la carne de res y de cerdo, los huevitos de amor, las tortillas, los frijoles, las frutas y verduras, las raíces y tubérculos, las musáceas, y todos los productos de primera necesidad que consumimos para nuestro diario vivir.
Una vez consumida la existencia de esos productos en nuestro hogar, tendríamos que salir a buscarlos pero no los encontraríamos en la pulpería, ni en el mercadito de barrio, ni en los mercados tradicionales, muchos menos en los mercaditos campesinos. ¿Qué haríamos frente a la escasez? Estoy convencido que la mayor parte de los Nicaragüenses tenemos familiares u amistades que de alguna manera viven en el campo y producen alimentos donde a través de ellos podríamos abastecernos. Otro sector de la sociedad, los más pudientes, los de mayores ingresos, buscarían como comprarlos en el mercado negro y estarían dispuestos a pagar cifras astronómicas por tener acceso a ellos.
De una día para otro viviríamos en el caos, un caos provocado por los finqueros que han dejado de producir alimentos. ¿Cuánto tiempo podríamos soportarlo? ¿Una semana, quince días, un mes?
Los finqueros, los campesinos son de vital importancia para el desarrollo de la sociedad pero históricamente han sido marginados y explotados. No dejan de producir alimentos aunque la sociedad no lo reconozca con mejores precios, aunque las grandes empresas capitalistas monopólicas paguen precios bajos por sus productos, aunque los gobiernos y el Estado no intervengan para lograr una mejoría de su situación, profundizándose la crisis social que viven cada vez más con nuevas formas de dominio y explotación. 
Tomar conciencia sobre el papel de los finqueros en nuestra sociedad es un asunto del diario vivir, es una cuestión moral, deberíamos celebrar su existencia en la mesa familiar y apoyar sus luchas y reivindicaciones para tener acceso permanente a los productos que generan y que son vitales para nuestra existencia.