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martes, 3 de junio de 2025

LOS ASALTANTES

 


El que iba al frente del grupo tiró bruscamente de las riendas, se sostuvo firme con las piernas en los estribos y se inclinó hacia la albarda, tratando de ganar algo de visibilidad. La lluvia le golpeaba la visera del capote amarillo y le nublaba los ojos. A pesar de eso, sintió cómo el caballo resbalaba cuesta abajo, sobre la pendiente de arcilla rojiza donde el agua corría a chorros entre piedras, ramas y raíces, buscando al río que venía con furia.

El relincho del caballo fue más claro que la vista empañada: algo se movía allá abajo, cerca del viejo puente de madera. Eduardo tensó aún más las riendas, tanteó con la derecha el tambor helado de su consentida —la Mágnum 357— y avanzó con cuidado. El animal patinó. Eduardo apenas logró girar la pierna izquierda por encima de la albarda y se lanzó al lado del camino, rodando entre el barro y ese miedo que se mete en la garganta.

—¡No te movás, no te movás! —rugió una voz entre los matorrales.

Quiso ponerse en pie, pero un AK-47 ya lo apuntaba con fuerza en las costillas. Una mano tosca le arrebató su arma. En ese instante pensó en su mujer, en sus dos hijas que venían detrás montadas. El corazón le golpeaba el pecho como tambor de procesión.

—¡No ando reales! —gritó, sin pensarlo mucho.

El hombre que lo tenía encañonado estaba cubierto de barro hasta las botas, llevaba un capote verde y una barba densa. No dijo ni una palabra. Solo hundió más el fusil contra su costado. Desde la espesura, otra voz gritó:

—¡Levántate, ya!

Levantó la cabeza. En medio del lodazal vio a su esposa montada en su caballo, y a sus hijas en el otro. Detrás de ellas, tres hombres con uniforme de camuflaje las escoltaban en silencio.

—¡Eduardo! ¡Eduardo! —gritó su mujer desde la orilla del río.

Uno de los hombres salió al claro. Llevaba el AK cruzado al pecho y un pañuelo azul le cubría la mitad del rostro. Sus ojos, bajo la capucha, no decían nada, solo mostraban una prisa helada.

Le quitaron la mochila donde cargaba la libreta del banco, unos billetes mal doblados, la cadena, el reloj. A su esposa le arrancaron la medalla que siempre llevaba colgada. Una de las niñas rompió en llanto, y Eduardo, en lugar de gritar, tragó su rabia como quien traga una brasa. Ya no tenía su mimada. Estaba con las manos vacías.

Al llegar a la casa de la finca, encendió una fogata bajo el alero, con tres piedras del río, que todavía bajaba crecido. El lodo seguía ahí, pegado en la ropa, en la piel y hasta en los recuerdos. Recordó lo que le contaron unos amigos finqueros sobre un programa del banco para mejorar el hato. Que si compraba veinte vaquillas y un semental con crédito a largo plazo, salía adelante. Pero él no calificaba, tenía poca tierra. Sus amigos le insistían que vendiera las diez manzanas cerca de la ciudad y así compraba ochenta en Nueva Guinea, cumpliendo con los requisitos. Y ahora, ahí, con la impotencia todavía caliente, pensaba que tal vez se había equivocado.

Pasaron los años. Corría el mes de Junio de 1993. Eduardo, muy de mañana, ya estaba haciendo fila para entrar al Banco Nacional de Desarrollo en Nueva Guinea. Apenas cruzó el portón, el vigilante le pidió que entregara su nueva mimada —su otra pistola— y lo revisó de arriba abajo. Aunque ya eran años de posguerra, aún quedaban rearmados: Contras, Recontras, Recompas, Milpas. El gobierno intentaba desarmarlos con la Brigada Especial de Desarme.

Mientras esperaba su turno, hacía cuentas en la mente: cuánto debía, cuánto iba a pagar por las vaquillas y el semental. El abanico de techo giraba lentamente. A través del vidrio se veía cómo el sol se reflejaba en los charcos que dejaban batidos los camiones al pasar.

Siempre conversaba con los que estaban en la fila. Y entonces lo notó: cuatro hombres con pasamontañas, armas en mano, daban gritos afuera. Amenazaban al vigilante: “¡Entregá la escopeta! ¡Esto es un asalto!” Adentro cundió el pánico. Clientes y empleados se tiraron al suelo. Eduardo apenas alzaba la cabeza. No sintió miedo. Instintivamente quiso buscar su arma, pero recordó que la había dejado afuera. “Si anduviera mi mimada...”, murmuró, como quien escupe un lamento.

Uno de los tipos corrió directo al vigilante, gritando como bestia herida. Levantó el fusil, pero no alcanzó a disparar. Adentro del banco se escuchó el escopetazo seco. El hombre voló hacia atrás, cayó al pavimento, los brazos abiertos, la sangre empapando la camisa. Quedó mirando al cielo, como si esperara una señal que no llegó. Los otros tres, al verlo caer, dudaron un momento. Luego huyeron hacia el parque central. En el rótulo detuvieron la camioneta amarilla de la alcaldía. Arrancaron despavoridos rumbo a Caracito. Más tarde, se supo que soltaron al chofer y dejaron tirado el vehículo. Se metieron por El Cascal, rumbo al monte, donde la niebla se los tragó.

Cuando todo terminó, Eduardo salió como los demás. Se acercó al cuerpo tirado. Lo reconoció. Era el mismo que aquella tarde apuntó temblando a sus hijas. Pero no sintió odio. Solo un cansancio grande, como si el pasado por fin se le hubiera vaciado por dentro.

Esa noche, al calor del fogón de tres piedras, les contó todo a sus hijas, ya crecidas, y a su esposa, que aún llevaba la medalla que un día le arrebataron y que luego consiguió en el mercado.

—A veces me pregunto si hicimos bien en venirnos para esta tierra —dijo con la voz baja.

—¿Y usted qué cree? —le preguntó una de las hijas.

—Creo que la tierra es buena... pero hay hombres que no lo son —contestó mientras removía el café en la olla—. Pero aquí estamos. Y mientras estemos, ellos no ganan del todo.

Afuera volvió la lluvia. Y en su pecho, como un eco, seguía buscando cómo entender lo vivido.

 

17 de mayo de 2025.

La Colina

Foto: Internet

miércoles, 15 de mayo de 2024

EN EL DÍA DEL PROFESIONAL AGROPECUARIO

 



Bajo el manto gris de un cielo que promete,

el campesino se arrodilla ante la tierra,

sus manos callosas como raíces que se hunden

en el suelo fértil de su esperanza.

Cada surco que abre, cada semilla que siembra,

es un susurro al futuro, un canto silencioso de fe en el mañana.

Las primeras gotas de mayo, cargadas de vida,

caen sobre su rostro curtido, lavando el polvo del pasado

y anunciando la promesa de una cosecha abundante.

Su labor, tejida con hilos de sudor y perseverancia,

es el latido de un corazón que nunca se rinde.

En cada amanecer, cuando el sol apenas se asoma

tímido sobre el horizonte, él se levanta con una sonrisa

que desafía la adversidad. Su mirada, fija en el horizonte,

ve más allá del presente, ve campos verdes y frutos maduros,

ve la recompensa de su esfuerzo.

 

A su lado, el profesional agropecuario, guía y aliado,

camina los mismos senderos.

Conocimiento en mano, comparte su sabiduría,

brindando orientaciones que iluminan

el camino del campesino.

Juntos, forman un dúo invencible,

uniendo la ciencia y la tradición

en un abrazo que fortalece la tierra.

 

El 15 de mayo, Nicaragua celebra a estos héroes del campo.

A los profesionales agropecuarios que, con su dedicación,

elevan la labor del campesino, mejorando cada día su producción.

Su trabajo es un puente que conecta

el saber con la tierra, un faro de esperanza

que brilla en cada hectárea cultivada.

 

En cada grano de maíz,

en cada hoja verde,

late el esfuerzo conjunto de dos manos diferentes,

pero con un mismo propósito.

Son guardianes del futuro,

cultivadores de sueños,

y en cada semilla que brota,

florece la promesa de una tierra más fértil

y un mañana más próspero.

 

15 de mayo de 2024.

Foto: Propia.


lunes, 5 de marzo de 2018

NUEVA GUINEA: FLUJO DE ESPERANZA




Nueva Guinea,

abundancia de árboles, ríos y praderas,

suficiente para sustentar una familia,

como lo probaron los fundadores

y miles que anhelaban un pedazo de tierra.

 

Un lugar donde los Ulwas y los huleros

confiaron en la madera y el agua,

en un juego salvaje y floreciente,

marcado por huellas, cascos, pezuñas y alas.

 

Pradera donde la hierba crece

más alta que un hombre,

nutrida por el calor, el frío, la lluvia y la sequía,

sostenida por raíces de hondura inimaginable.

 

Hoy, vidas y raíces se han alterado;

asentamientos, concentración de tierras,

monocultivo y ganadería nos empujan

hacia el sureste, camino al litoral.

 

El prado del Caribe central fue arado,

sus suelos han dado abundancia,

han nacido colonias, parcelas y fincas

que sostienen miles de familias.

 

Aquí, en los senderos de las fincas,

se tocan historias de vida,

semillas que respiran azul y verde,

que escuchan la música del insecto, la hoja, el pájaro,

el eco del puente sobre el arroyo que fluye y nos une.

 

Nos conecta con el pasado,

donde meditamos inmersos en el flujo de la esperanza,

en la adversidad, la alegría y la tristeza de esta tierra,

donde tantos deambularon y quedaron hechizados al pasar.


5 de marzo
58 aniversario  
Foto propia.



lunes, 7 de agosto de 2017

SIN FINQUEROS NO HAY COMIDA


De seguro has visto ese eslogan en una etiqueta pegada a la tina de una camioneta o en el vidrio posterior de un vehículo por las calles de la ciudad cuando vas en el autobús, en tu vehículo o en motocicleta hacia tu trabajo. Estoy seguro que en algún momento te has puesto a pensar en el porqué de esas cinco palabras que dejan claro que el finquero es la persona que con su esfuerzo produce los alimentos que consumimos diariamente en la comodidad de nuestra mesa familiar. La respuesta es sencilla, responde a la urgencia que tienen para que su labor sea apreciada y valorizada por la sociedad.
Los finqueros o campesinos son aquellos que desarrollan labores de ámbito rural, sean estas agrícolas o ganaderas, cuyo objetivo es la producción de diferentes tipos de alimentos que pueden ser consumidos para satisfacer su necesidades y comercializados para obtener ingresos.
¿Qué sería de nosotros sin finqueros? Imagínate que un día los finqueros, los campesinos de todo el país, se unen y toman la decisión de dejar de producir alimentos para comercializarlos en los diferentes mercados. De la mesa, en la que disfrutamos con la familia, desparecerían repentinamente la leche, el queso, la carne de res y de cerdo, los huevitos de amor, las tortillas, los frijoles, las frutas y verduras, las raíces y tubérculos, las musáceas, y todos los productos de primera necesidad que consumimos para nuestro diario vivir.
Una vez consumida la existencia de esos productos en nuestro hogar, tendríamos que salir a buscarlos pero no los encontraríamos en la pulpería, ni en el mercadito de barrio, ni en los mercados tradicionales, muchos menos en los mercaditos campesinos. ¿Qué haríamos frente a la escasez? Estoy convencido que la mayor parte de los Nicaragüenses tenemos familiares u amistades que de alguna manera viven en el campo y producen alimentos donde a través de ellos podríamos abastecernos. Otro sector de la sociedad, los más pudientes, los de mayores ingresos, buscarían como comprarlos en el mercado negro y estarían dispuestos a pagar cifras astronómicas por tener acceso a ellos.
De una día para otro viviríamos en el caos, un caos provocado por los finqueros que han dejado de producir alimentos. ¿Cuánto tiempo podríamos soportarlo? ¿Una semana, quince días, un mes?
Los finqueros, los campesinos son de vital importancia para el desarrollo de la sociedad pero históricamente han sido marginados y explotados. No dejan de producir alimentos aunque la sociedad no lo reconozca con mejores precios, aunque las grandes empresas capitalistas monopólicas paguen precios bajos por sus productos, aunque los gobiernos y el Estado no intervengan para lograr una mejoría de su situación, profundizándose la crisis social que viven cada vez más con nuevas formas de dominio y explotación. 
Tomar conciencia sobre el papel de los finqueros en nuestra sociedad es un asunto del diario vivir, es una cuestión moral, deberíamos celebrar su existencia en la mesa familiar y apoyar sus luchas y reivindicaciones para tener acceso permanente a los productos que generan y que son vitales para nuestra existencia.

sábado, 10 de junio de 2017

AL RITMO DE LAS VACAS


Camina sin prisa porque sabe que va a llegar y nadie desespera en su espera. Deja que las vacas se desplacen al paso que desean mientras observa lo alto de las ramas en busca de un pájaro aguador.

¿Cuántas ordeñan? Son poquitas, unas cinco, suficiente para las cuajadas de la casa y la leche de mis hermanitos.

¿La ponen a cocer? Sí, cocida y con un poco de canela, así nos encanta.

¿Y antes? Sólo nos daban un poquito, un vasito nada más porque toda la vendían. Ahora nos dan hasta arroz de leche, siempre con las rajitas de canela que me mandan a cortar al fondo del patio.

¿A quién se la vendían? A los vecinos y en el pueblo, pero ahora mi papá dice que no vale la pena, está botada y la quieren regalada, sale mejor que nos empachemos nosotros y que se mamen los terneros.

¿Por qué está botada? Dice mi papá que por lo de siempre, aunque unos dicen que es por la lluvia tempranera que provoca el golpe de la leche. Yo no entiendo cómo nos puede golpear la leche si es una bendición de Dios. Mi papá dice que son mañas de los dueños de las planta de acopio porque siempre nos hacen lo mismo como si no fuéramos nosotros los que les entregamos leche, nos tratan como si fuéramos sus enemigos. Pero también dice que el gobierno tiene culpa porque deja que hagan lo que quieren con nosotros como si no fuéramos de este país, no nos defiende para nada.

¿No vas a la escuela? Si voy, pero hoy es sábado.

¿Y vas a pasar mañana? Siempre, todos los días paso por la mañana.

¿Qué quieres ser cuando seas grande? Cualquier cosa, tal vez maestro porque no quiero vivir como mi papá, el pobre vive de la esperanza y siempre sale mal en sus negocios, nada le sale bien, ni los frijoles, ni la yuca, ni la leche. Así no quiero vivir. ¡Miré, se metieron en aquel callejón!

El niño corrió detrás de ellas, las arreó nuevamente por el centro de la carretera y me dijo adiós de manos al seguir el camino hacia su casa, sin prisa, al ritmo de las vacas.

jueves, 29 de octubre de 2015

LOS CAMPESINOS SIEMPRE MARCHAN



Desde antes que salga el sol,
Llevando el morral de su padre a la milpa,
Ida y vuelta de la casa a la escuela,
Los campesinos siempre marchan.

Cargando la hamaca con el enfermo,
Socolando con el machete el tacotal,
Guiando a los bueyes para arar,
Sembrando la milpa y el frijolar,
Los campesinos siempre marchan.

Alegres y chajineados
al mercado del pueblo van,
con garrotes en la nuca les dan.
Comida barata por unos centavos.
Con esperanza vuelven a marchar.

Maíz y frijol para vos,
yuca y quequisque para tu sopa y el vigorón.
Sin sus chachitos fritanga no hay,
Sin sus tierras de hambre muere la nación.

Los campesinos siempre marchan,
para arriba y abajo, aunque les chime la bota,
en la guerra y en la paz,
sostienen esta nación y desbarrancan
a todo aquel que de ella se crea chingón.

Una marcha no es nada, su historia es de marchas.
Babosos, delincuentes y poderosos,
con sus marchas y el filo del machete abrieron los ojos,
pero están lejos de aprender la histórica lección.


29/10/2015


lunes, 24 de agosto de 2015

EL ARADOR


I
Antes que los rayos de sol disipen la frescura provocada por la neblina de la madrugada, Alfonso se dirige en su caballo blanco hacia las tres esquinas. Cabalga a paso lento, sin prisa. Persistente espera buenas lluvias, distribuidas de tal forma que provoquen la floración de los cultivos. Baja del caballo, lo asegura en un poste del cerco, camina hacia la puerta de alambre; al intentar abrirla tres perros furiosos le ladran, defienden su territorio. Se abre la puerta de la casa.

    ¡Buenas!, ¿cómo amanece mi amigo? —saluda Alfonso receloso y pendiente de los perros que no parar de ladrar.
    ¡Buenas! —responde Payin. — ¡Sooo, perros! ¡Échense! —agrega dirigiéndose amenazante con una tajona a los perros; dos entran a la casa y el otro se echa bajo una carreta. — ¿Qué lo trae tan temprano por estos lados? —dice mientras abre la puerta de alambre sin esfuerzo para sacar el lazo del poste.
    Lo ando buscando porque quiero arar unas tierras, es tiempo de prepararlas —dice Alfonso estrechando su mano.
    Pase adelante, platiquemos aquí —dice Payin y le señala una banca de madera ubicada frente a la casa. — ¡Maritza, tráenos dos tazas de café! —grita a su mujer que prepara el desayuno.
    ¡Ya te lo llevo, espérame que baje la porra de frijoles! —responde desde el fondo de la cocina.
    Son cinco manzanas —dice Alfonso luego de sentarse en la banca y estirar sus largas piernas. Ya tengo asegurada la semilla del rojito y, a como veo las cosas, el precio va a estar bueno por la escasez provocada por las inundaciones en el Pacífico —agrega con mirada vivaz y fija en la de Payin esperando respuesta.
    Ya es tiempo. Las tierras están bien secas, perfectas para removerlas. Hay que aprovechar este veranillo de octubre —dice Payin.
    ¡Buenos días, Don Alfonso! —saluda Maritza mientras le entrega una taza grande con café Toro recién colado y caliente, desprende un aroma estimulante, mañanero. — Tomá la tuya, dulzuda como te gusta —le dice a Payin con tono alegre al entregarle la taza y regresar a sus labores.
    Ayer le preparé dos manzanas a Palacios, también va a sembrar frijoles —dice Payin luego de saborear su café.
    ¿Cuándo puede arar las mías?
    Hoy no puedo, tengo un compromiso. Debo hacer dos viajes de leña con la carreta. Mañana como a las siete voy a pasar por donde usted para que nos pongamos de acuerdo.
    Perfecto, lo estaré esperando. Estrecha nuevamente la mano de Payin y , antes de salir hacia su caballo, grita, “¡Gracias por el café Doña Maritza!”
    ¡De nada, Don Alfonso, salúdeme a su señora! —responde Maritza.

Al cerrar la puerta de alambre, Payin se dirige hacia la cocina. Un plato abundante con frijoles, huevos revueltos, tortilla y queso lo esperan para llenarlo de la energía necesaria que gasta en sus labores del día. Debe caminar junto a su carreta, jalada por sus incondicionales bueyes, ocho kilómetros de regreso en cada viaje, además de cargarla con la ayuda de Melesio.

    ¿Para qué te quería Alfonso? —pregunta Maritza inquieta mientras le sirve otra taza de café.
    ¿Para qué más puede ser?, quiere que le vaya a arar unas tierras —responde luego de saborear la comida y dar un sorbo de café.
    ¡Ve, qué bueno!, si no me equivoco en este mes ya llevas unas cuarenta manzanas aradas —afirma al sentarse en la mesa frente a Payin.
    Ojalá todos los meses así fueran. Marzo, abril, octubre y noviembre son los mejores, el problema es que todos esperan a última hora para preparar las tierras y andan apurados buscando quién les haga el trabajo —dice Payin.
    No te podes quejar. En este año te ha ido bien. Hasta le compraste a la Ángela esos dos novillos que estás adiestrando para bueyes —dice Maritza intentando darle ánimos.
    Lo sé mujer, no me quejo. Muchos me buscan porque arar las tierras con tractor es demasiado caro, no les resulta.
    ¿Cuándo vas a ir donde Alfonso?, ya sabes que tiene problemas con sus tierras, ese conflicto parece que nunca va a terminar y no te olvides que sacó tus bueyes de sus potreros.
    No te preocupes, siempre le he preparado sus tierras. Mañana lo voy a visitar para ponernos de acuerdo. El problema de los bueyes fue su culpa, se los presté y nos los ocupó, los fui a traer porque tenía que ararle unas tierras a Piña. Además, él me vino a buscar y con esa arada voy a reparar la carreta, la madera está pudriéndose. Me voy, se me hace tarde.
    Parece que ya vino Melesio. Que te vaya bien. Voy a ir al mercado a comprar un pollo para hacerte una sopita. No vengas muy tarde —dice Maritza al despedirse. “Este Payin cada día lo veo más cansado, ya no es el mismo de antes. Toda la vida se la ha pasado arando tierras, entrenando bueyes y jalando leña para poder mantenernos”, piensa Maritza al verlo partir.   

II
Alfonso llega a la casa después de recorrer los linderos de su finca. Desde que un grupo de cuarenta toma-tierras hicieron champas en una parte de ella, todos los días practica la misma rutina inspeccionando los linderos palmo a palmo en busca de indicios. Inspecciona el estado de los postes, el alambre, las puertas y, al pasar cerca de sus vecinos, apresura el paso del caballo con el fin de que lo observen en su labor. Lleva enfundada y colgada  a su cinturón una pistola Magnum 457. Es un hombre de sesenta años, su cabello muestra canas y lo lleva un poco largo.

    ¡Santito padrino! —dice Julián al acercarse con las manos juntas a Alfonso.
    ¡Santito Julián! ¿Cómo estuvo el ordeño? —dice Alfonso al bajarse del caballo, tocarle las manos y dirigirse a la hamaca que cuelga en el corredor.
    Peor que ayer patrón, hoy dieron quince litros. Ya los fui a dejar a la casa del pueblo —dice Julián luego de amarrar el caballo.
    Este veranillo está fuerte. Los pastos no rinden y las vacas no se acostumbran a comer la caña que sembramos el año pasado. A tiempo vendí aquellas cinco que daban poca leche para pagarle al abogado —dice Alfonso mientras se quita las botas sentado en la hamaca.
    Ojalá ese abogado le resuelva de una vez el problema de las tierras —dice Julián a la vez que busca un banco para sentarse.
    Eso espero. Si desde un inicio hubiera negociado con el sinvergüenza de Nicasio, pagándole para que me diera la escritura de la finca, hoy no tendría este problema. Estuviera inscrita en el registro de la propiedad de Bluefields y no andaría metido en estos clavos —dice Alfonso al acostarse en la hamaca.
    Usted me va a disculpar patrón, pero ¿por qué no lo hizo?
    Porque a su mujer ya le había pagado por la tierras. Eso fue cuando él estuvo preso. Después que estuvo preso por somocista, porque no creas que era buena cosa, era guardia, él quería que le pagara por ese papel. Ahora el borracho las reclama como suyas y ha comenzado a vender lotes a un montón de sinvergüenzas que jochea para que se metan en la finca, como el otro día.
    Pero patrón, si usted le pagó a la mujer por la tierra, él no tiene por qué reclamarlas, las tierras ahora son suyas. Usted tiene más de veinte años de tenerlas —dice sentado junto a la hamaca.
    Julián, vos no sabes nada de estos enredos. Mira, yo tengo la escritura que me dio la mujer, pero él tiene el título real inscrito en Bluefields. Al venderme no se deslindó de ese título que le dio el IAN. Solo me dio posesión y por eso él las reclama como propias. Ella no podía hacerlo.
    La verdad es que no entiendo, patrón. Eso es un enredo. Para mí las tierras son suyas porque pagó por ellas.
    Así debería de ser pero las leyes son jodidas. Mañana va a venir Payin, estate pendiente para que le vayas a enseñar la parte que vamos a arar para los frijoles, las que pegan al lado de la carretera. Yo voy a venir después para arreglarme con él.
    Estaré pendiente, no se preocupe. Bueno patrón, me disculpa, voy a ir a limpiar la yuca —se despide tomando el machete y un sombrero de paja.
    Va pues, dentro de un rato me voy para el pueblo. Este problema me tiene cansado y sofocado, no puedo dormir bien.

Sus pensamientos se nublan de incertidumbre al recordar la compra de las tierras. Tan baratas las compre en esos tiempos, piensa. Si algo bueno dejó la guerra a los que teníamos realitos fue la posibilidad de comprar tierras. La Amanda andaba desesperada sin saber qué hacer para poder sobrevivir mientras el viejo Nicasio se pudría en la cárcel. Tanto insistió en que le comprara que terminó convenciéndome. Si hubiera sabido que este sinvergüenza saldría con el cuento que le pagara por darme la escritura, desmembrando la finca, jamás las hubiera comprado. Bien hice al lotificar esas diez manzanas pegadas a la zona seis y venderlas a necesitados de terreno para construir sus casas, lo mismo que Nicasio quiere hacer ahora con las mías. Al final este capricho me ha salido más caro. Le hubiera hecho caso a mi mujer, así tendría un arreglo con él, pero ahora es tarde, es por la ley que nos arreglaremos. Minutos después sus ronquidos inundan la casa perturbando la quietud de la mañana, en la copa de una Ceiba  el pájaro gua  se lamenta con su canto pidiendo insistente la refrescante lluvia.

III

Al salir de su casa, Payin le indica a Melesio que los bueyes escogidos para trasladar la leña son el Gorrión y el Zanate. Inmediatamente procede a arrear al Bonito y el Ojo Negro hacia la plazuela que se ubica detrás de la casa. En ese espacio los encierra luego de pastorearlos una parte de la tarde en la antigua pista de aterrizaje, a donde los lleva desde que Alfonso le negó el pasto de sus potreros. Melesio arrea los bueyes, los junta y con la ayuda de Payin acomoda el yugo, quien lo observa atento comprobando el aprendizaje de Melesio, un joven que capacita en el oficio por encargo de su comadre Juana.

    ¡Espérate, espérate! Acomódalos en la parte plana para amarrar la carreta al yugo —dice Payin.
    ¡Cejaaa, cejaaa, cejaaa! — grita Melesio a el Gorrión y el Zanate, inmediatamente se detienen.
    ¡Viste, viste! —dice Payin admirado porque los bueyes obedecen a la misma vez. Ya están quebrantados, ya los tenemos educados. Son tres meses de estarlos preparando.
    Yo pensé que iban a dilatar más —responde Melesio entusiasmado.
    Todavía les falta aprender, hace falta que los pongamos a arar. Al paso que van dentro de unos días los podemos probar con el arado. A ver, amarremos la carreta con cuidado.

Entre ambos levantan el tiro de la carreta y lo colocan en el centro del borde inferior del yugo. Payin lo amarra con fuerza alrededor de la cuña de seguridad del tiro formando una equis con el mecate. Ambos se montan y, al grito de cejaaa y un leve hincón con una vara fina de Cortéz, emprenden su marcha hacia la parcela. Al bajar de las tres esquinas y tomar la carretera pedregosa hacia Los Ángeles, la carreta comienza a crujir como tratando de desprenderse de sus partes. El estaquero se mueve continuamente y el limón, la base donde van incrustados, se desplaza lentamente en un movimiento lateral. Payin vuelve la mirada hacia atrás de la carreta y le pide al Señor que no se desintegre, que le permita realizar los dos viajes de leña que tiene encargada.

    ¿Cree que aguante los dos viajes? —pregunta Melesio.
    Eso espero. Esteban me entrega la madera por la tarde y el fin de semana Chanco Chingo va a repararla. La madera está escasa y carísima, ni comparado con aquellos tiempos que me vine de Ticuantepe para estos lados.
    ¿Desde cuándo se vino para Nueva Guinea?
    Hace añales, cuando tenía cuarenta y cinco años —responde Payin inquieto por el crujir de la carreta. Son cuarenta y dos años los que tengo de haber venido.
    Yo ni había nacido —dice Melesio mirando las arrugas de la cara y manos gruesas de Payin.
    Esa época fue cuando comenzó el proyecto Rigoberto Cabezas, el PRICA le decían. Vendí mis bueyes y con esos realitos me vine. Imagínate que me ganaba veinticinco córdobas por arar una manzana. En esos tiempos no habían tractores y en la buena temporada araba de sol a sol.
    ¿Cómo aprendió a arar?, ¿quién le enseñó?
    Preguntás mucho. Préstale atención al camino, no dejes que los bueyes se vayan por las piedras gruesas. Este alcalde que tenemos habla mucho y no hace nada. Ya tienen más de tres años de no darle una patroleada a este pedregal. Solo viven sacando material del lado de Tierra Blanca y con esos camiones cargados es que han jodido el camino.
    ¡Ideay Payin!, ¿no es que usted es liberal?
    Las carreteras no tienen partido político. Aunque con ellas toda la vida ilusionen a la gente que vive en la montaña haciéndoles promesas que nunca cumplen. Al menos ellas nos sirven para trabajar y sacar la cosecha.
    No se me vaya desviando, parece que ya se cambió de bando. Cuénteme como es que aprendió a arar —insiste Melesio.
    Vos tenés más o menos diecisiete años. Cuando aprendí allá en Ticuantepe tenía apenas siete. Vieras qué difícil es aprender en esos cerros, aquí en estos llanos es sencillo. Un primo hermano que tenía llamado Eudijes me enseñó a gobernar los bueyes y a arar. Era un buen hombre, trabajador y honrado. Él también me enseñó que lo mejor que uno puede tener es palabra y ser honrado. ¡Mira, allá viene aquel IFA que chifla!, ¡hace la carreta hacia un lado y detené a los bueyes que no están muy quebrantados! —ordena Payin preocupado al ver el polvazal que levanta el camión.
    ¡Sooo, sooo!, ¡Paree, paree!, ¡Cejaaa, cejaaa! —grita Melesio a los bueyes y se detienen mientras el IFA pasa veloz cubriéndolos totalmente de polvo.
    Ve qué desgraciado ese chofer, como que no pudiera bajar la velocidad, ya nos bañó de polvo. Por eso es que a cada rato se dan vuelta pero nadie hace nada por controlarlos—dice Payin malhumorado, sacudiéndose el polvo con el sombrero.

Llegan a su parcela, llamada la Pedrera por haber sido explotado un promontorio para sacar piedras por la Alcaldía y el Ministerio de Transporte. Deben pasar un río que ostenta una pequeña pero profunda poza. En los meses secos es frecuentada por muchas familias para aplacar el sofocante calor veraniego mientras que por las noches, calurosas o lluviosas, parejas incursionan el promontorio de piedras, inundándolo de pasión y mezclando sus arrebatos clandestinos con el canto de pájaros nocturnos, grillos, chicharras y ranas. En una plazuela cercana a la casa detienen los bueyes. Sus dos hijos la manejan pastoreando diez vacas y sobreviven con la venta de la leche. No deja a los bueyes en esos potreros porque quedan muy distantes del pueblo donde se encuentra su clientela. Luego de saludarlos se adentra con Melesio en los potreros a cortar leña de los árboles sembrados como cercas vivas. No tumban árboles, hacen cortes de ramas de buen grosor, las cortan en trozos de una vara de largo amontonándolas en diversos puntos hasta completar la carga acarreándolas en manojos sobre sus espaldas hasta llenar la carreta. Cuatro horas después terminan agotados, descansan un rato y emprenden el viaje de regreso al ritmo de los bueyes. Ambos caminan detrás de la carreta, evitan cualquier sobresalto que interrumpa el esfuerzo de los bueyes y están atentos a los vehículos que se aproximan para detenerlos. Payin le habla a los bueyes en tono bajo, como tratando de darles ánimos y aligerar su carga.

Al pasar un vado cercano a la finca de Ángela, quebrado y lleno de hoyos por el paso de los pesados IFA’s, camiones ganaderos y volquetes, se escucha el resonar de la carreta y se desprende el limón derecho con todos sus estaqueros, regando la leña en el pedregoso camino como vómito insostenible de un intoxicado por herbicidas.

    ¡Melesio, para los bueyes, detenélos! —grita Payin apartándose para evitar golpearse con la leña que se amontona en el camino.
    ¡Hasta aquí llegamos! ¡No aguantó más! —dice Melesio luego de detener y sostener el yugo.
    Como que sabía que esto nos iba a pasar —dice Payin al inspeccionar el lado quebrado de la carreta.
    Al menos el estaquero aguantó tanto tiempo y ahora lo va a tener que vender como leña —dice Melesio mientras  Payin observa el promontorio de leña y ríe a carcajadas.
    Vos sos ocurrente. No sólo el estaquero, toda la madera la voy a tener que vender, no ves que ya no sirve para nada. Lo bueno es que estamos cerca del pueblo. Ándate rápido a la punta de la pista y busca a Pablo Crespo para que se lleve la leña en la Waza. Aquí te espero, no te dilates.

Payin hace cálculos. Con la venta de la carga obtendrá unos seiscientos córdobas, menos el costo del viaje de la Waza que estima en unos ciento cincuenta córdobas, le sobra suficiente para darlos como adelanto en el puesto de madera de Esteban. Con la arada de las tierras de Alfonso paga el resto y le cancela la mano de obra a Chancho Chingo por repararla. Media hora después aparece Melesio con Pablo Crespo.

    ¡Ideay Payin!, ¿qué le pasó? —pregunta Pablo Crespo inspeccionando la carreta.
    Hasta aquí llegó —responde Payin melancólico viendo el medio de transporte que por años ha utilizado.
    Toda la madera está podrida —dice Melesio.
    Esto ya no le sirve para nada —dice Pablo Crespo.
    Hombre, ¿andas algo allí con que podamos arrancarle toda la madera? —pregunta y agrega — que quede solo el tiro y las ruedas, es lo único que nos puede servir.
    Ando un macito en la cabina, ya lo traigo.
    Pensaba repararla pero veo que la tengo que volver a hacer los limones, la telera y el estaquero. Es como hacerla nueva.

Entre los tres cargan la Waza y Payin le indica que de una vez lo lleve a la zona dos donde doña Elisa, la señora que hace rosquillas y cosas de horno a entregar la leña, luego donde Esteban a retirar la madera y por último donde el carpintero a entregarla. Montado en la cabina con Pablo Crespo regatea el precio del recorrido mientras que Melesio arrea los bueyes que ahora jalan solamente el tiro y las ruedas, el resto va en la tina de la Waza como leña.

Al caer la tarde Payin regresa a las tres esquinas. Melesio ha llevado a pastorear los bueyes donde fue la pista de aterrizaje y le ha contado a Maritza lo sucedido después de encerrarlos en la plazuela. Al llegar a la casa cabizbajo, le da ánimos con una suculenta sopa de pollo que lo espera desde el mediodía.   
IV

A las cinco de la mañana Payin se levanta silencioso, se dirige a la cocina, enciende la radio y sintoniza la Manantial para escuchar el programa “amanecer ranchero”. No se ha acomodado en la mesa cuando Maritza ya ha despertado, enciende el fogón y le prepara café. Esa rutina se presenta todos los días como un juego entre ambos, un juego que practican desde hace más de cincuenta años.

    ¿Cómo amaneciste?, ¿dormiste bien? —pregunta Maritza observando fijamente su mirada. Está al tanto que toda la noche pasó inquieto moviéndose en la cama.
    Más o menos, me dormí tarde. Soñé que me ahogaba en la poza de la Pedrera —dice Payin mirándola en espera de la interpretación del sueño.
    Tenías rato de no soñar. Soñar con el agua a veces es bueno. Como la poza siempre está limpia eso significa que te va a ir bien, que vas a lograr lo que deseas.
    Lo que más quiero es tener mi carreta lista lo más pronto posible.
    ¿Cuándo te la entrega Chancho Chingo?
    Me dijo que el lunes de la próxima semana.
    No te desesperes hombre, solo son seis días —dice Maritza al servirle la taza de café humeante en la mesa. Te voy a freír unos frijolitos para que desayunes.
    Ya vengo, voy a llevar a los bueyes a la pista mientras viene Melesio —dice Payin luego de tomar lentamente un trago de café.

Recorre doscientos metros hasta la pista arreando los cuatro bueyes. Piensa en el sueño y en lo que ha dicho Maritza. Los deja cerca de la arbolada de acacia amarilla y regresa a la casa.

    Ya está listo el desayuno —dice Maritza al ofrecerle el plato con frijoles, cuajada y tortilla. ¿Qué más soñaste?, te veo preocupado.
    Nada más, ya te dije que me ahogaba en la poza.
    ¿Qué vas a hacer hoy?
    Voy a ir donde Alfonso a ararle las tierras.
    Allí está Melesio, ya vino. Ofrécele desayuno que quedan frijolitos —dice Maritza mientras prepara un plato.

Después de desayunar Melesio regresa a la pista y arrea los bueyes hasta las tres esquinas. Al llegar, Payin le indica que encierre al Gorrión y al Zanate. Hoy nos llevamos al Bonito y el Ojo Negro, están descansados le dice. Una vez enyuntados, ambos levantan el pesado arado de madera y lo acomodan invertido sobre el centro del yugo de tal forma que la reja, esteva y cama quedan sostenidos y proceden a amarrarlo mientras el timón queda colgando. Las belortas y el rabizo son amarradas en los costados de los bueyes.

    ¡Maritza, ya nos vamos! —grita.
    ¡Espérate un segundo, ya voy!, ¡estoy terminando de alinearles la comida! —responde desde la cocina.
    Melesio, arrea los bueyes, a las siete debemos estar en la finca de Alfonso, ya te alcanzo —indica Payin al sentarse en la banca pensativo, nostálgico por su carreta al observar únicamente el tiro y las ruedas frente al cerco.
    Aquí está la comida —le dice Maritza al entregarle dos porta-viandas de aluminio de tres depósitos cada una y un galón de pinolillo.
    Voy a regresar tarde, vengo como a las cinco y media — dice Payin despidiéndose luego de acomodar la comida en una mochila que carga en su espalda.
    Que te vaya bien, no te preocupes tanto, sólo faltan seis días para que te entreguen la carreta. Ándate con cuidado —dice Maritza al verlo partir de la tres esquinas.

V

Entran a la finca de Alfonso a través de una puerta de alambre y se dirigen hasta la casa ubicada al pie del único árbol de Ceiba existente a los alrededores de Nueva Guinea, reliquia del pasado, sobreviviente de la Plywood y de madereros actuales. Al llegar, Julián los espera, ya ha ordeñado y trasladado la leche a la casa del pueblo. Luego de los saludos los conduce al área que será arada para que Payin las inspeccione.

    Esas son las cinco manzanas —indica con las manos. Son tres lotes. La división de la izquierda son dos, el de la derecha y aquellas del fondo son de manzana y media cada uno.
    Vamos a medirlas cuando terminemos de ararlas —dice Payin.
    Como usted diga. Recuerde que vamos a sembrar frijoles en ellas —dice Julián.
    Parece que están limpias —dice Melesio inspeccionado el terreno con la mirada.
    Hace dos semanas el patrón las mandó a chapiar —aclara Julián y agrega — una parte fue fumigada con gramoxone.
    Ojala todos tuvieran limpias las tierras antes de ararlas —dice Payin.
    Bueno pues, vamos a hacer los surcos a una distancia de media vara porque es para frijoles. A ver Melesio y vos Julián, sostengan el timón para soltarlo y luego bajamos el resto.

Proceden a bajar las partes del arado y lo arman para iniciar a arar comenzando por el orden en que observaron los lotes. Payin se dirige a un arbusto y bajo sus sombras resguarda el galón de pinolillo y las portas-viandas. Regresa al lado de los bueyes para iniciar la labor y observa a Alfonso que se aproxima en su caballo blanco. Al llegar al punto donde se encuentran da una vuelta completa alrededor de ellos sin saludar, como tratando de imponer dominio y autoridad.

    Buenos días —saluda sin desmontarse. El caballo blanco cabecea insistente.
    Buenos días —responden a la vez Payin y Melesio mientras Julián se acerca a saludar con el acostumbrado santito.
    Ya le mostré las tierras que va a arar —dice Julián luego que Alfonso le corresponde el santito.
    ¿Viste que te las tengo bien limpias? Así no te va a costar mucho ararlas —le indica a Payin.
    Sí, ya las vimos. Cuando terminemos de arar las medimos —contesta Payin.
    Son cinco manzanas. Al fin, ¿en cuánto me las vas a arar?
    El surco es para sembrar frijoles. Ahora el costo de la manzana es de novecientos córdobas —dice Payin y agrega — si fuera para sembrar Yuca vale setecientos porque el surco va a cada cinco cuartas.
    Muy caro estás cobrando. El año pasado me las hiciste a seiscientos. Así ya no voy a poder arar las tierras —responde Alfonso al hacer girar el caballo alrededor de ellos.
    Ese es el precio, puede consultar con otros. Todas las cosas que necesito para mantenerme han subido de precio. La leche ha subido, la carne y el queso ni se diga —responde Payin con propiedad mientras Julián y Melesio escuchan expectantes.
    Vos no me podes contar de lo caro que está todo. Las vacunas, los desparasitantes, la sal para el ganado, todo, todo está caro. La semilla del frijol rojo que voy a sembrar me costaba seiscientos el quintal ahora lo conseguí a novecientos.
    Para que se fije, pues —contesta Payin. Usted conoce bien la calidad de la arada que hago, le protejo los suelos arándole faldeado las tierras para que no se laven con las lluvias y los surcos son parejitos. 
    Bueno, no sigamos discutiendo. Prepáralas a ese precio no vaya a ser que comience a llover en estos días. ¿En cuánto tiempo las terminas?
    En tres días, trabajando de sol a sol —confirma Payin.
    Dale pues, voy a regresar dentro de tres días para allí nomás ver tu medida del terreno. Julián va a estar pendiente de vos. Yo tengo que hacer gestiones con el abogado por el problema de las tierras.
    Espere Alfonso. Necesito que me dé un adelanto, estoy reparando la carreta y necesito unos realitos —dice Payin.
    Ve qué frescura la tuya, no has comenzado y ya me pedís reales. Ahorita no tengo plata, todos los reales se los he dado al abogado para resolver el problema. Cuando termines te cancelo todo de una vez. Nos vemos —dice Alfonso volteando y espueleando el caballo para retirarse apresuradamente.

Los tres guardan silencio. Observan a Alfonso que se retira galopando en el caballo blanco. Sus miradas se cruzan. Julián y Melesio se quedan viendo.

    ¡A ver, Melesio!, ¡apurémonos para que terminemos lo más pronto posible! —dice Payin con acento de disgusto.

VI

Dirigen los bueyes hacia el primer lote que será arado. Los acomodan en uno de los extremos, a una vara de distancia del cerco que los divide. Melesio se ubica frente a ellos mientras Payin toma el timón del arado, hinca a los bueyes con el chuzo gritando ¡cejaaa, cejaaa!, iniciando el recorrido. Payin sostiene con fuerzas el timón y el arado se hunde en la tierra removiéndola a ambos lados, abriendo el surco de una cuarta y media de profundidad que posteriormente será cubierto con la semilla de frijol. Al llegar al extremo del lote hacen girar a los bueyes, calculan la media vara de distancia entre surcos y proceden a arar regresando al punto de inicio.

Mientras Payin y Melesio cumplen con su labor, Alfonso llega a su casa del pueblo. Su esposa, Digna, ha estado inquieta esperándolo. Arquímedes, el abogado que a nada ni a nadie le teme, el que resuelve todos los problemas legales, le ha entregado una nota solicitándole que se presente en su oficina. Al leerla se da cuenta que Nicasio ha introducido una demanda por las tierras.

    ¡Ideay Arquímedes!, ¿cómo es esto que Nicasio me está demandando? —dice Alfonso al entrar a la oficina de Arquímedes.
    Cálmese, siéntese para que le explique —responde Arquímedes con tono de preocupación mientras le ofrece una silla.
    Cómo querés que me calme si ya llevamos en esto más de un mes. Dijiste que ibas a resolver este problema en dos semanas y nada —dice Alfonso al sentarse malhumorado.
    Deje que le explique. Tal como quedamos procedí a hacer las gestiones en Bluefields para la cancelación de la cuenta registral de la propiedad de Nicasio y evitar que siguiera vendiendo lotes.
    Eso es lo que quiero. Mira que le vendió al tal reverendo de Juigalpa diez manzanas y las fue a inscribir a Bluefields —dice Alfonso con amargura en la cara y agrega — ¿al fin, le anulaste la cuenta registral?
    Por eso es que lo mandé a llamar. Nicasio contrató a un abogado de Juigalpa de apellido Medrano y este introdujo ante la juez civil una demanda de nulidad del proceso.
    No estoy entendiendo, dijiste que ya tenías convencida a la juez con la oferta que le hiciste. Explícame bien.
    Pues sí, don Alfonso. El abogado de Nicasio argumenta que no se pueden anular los títulos de propiedad otorgados por el Estado de Nicaragua. Recuerde que a Nicasio nunca le confiscaron sus tierras. La juez rechazó la demanda de nulidad que hizo el abogado de Juigalpa, pero luego hizo una apelación que también rechazó.
    ¿Cuál es el problema?, entonces —dice Alfonso intrigado.
    El problema es que recusaron a la juez.
    A ver, a ver. Me estas enredando, explícame bien.
    Mire, el abogado introdujo un escrito solicitando que se separe a la juez del caso por intereses personales. Prácticamente se han dado cuenta que le ofrecimos lotes para que fallara a su favor.
    Esto cada día se complica más. ¿Qué vamos a hacer?
    El caso ha pasado al juez de distrito. Ha mandado detener todas las acciones que hemos hecho en el caso. Hay que esperar que se pronuncie sobre la recusación que hizo el abogado de Juigalpa.
    ¡Esperar!, ¿cuánto tiempo más voy a esperar? ¡Si sigo esperando el viejo Nicasio va a vender hasta mi casa y las vacas! —dice Alfonso.
    No podemos hacer nada más, tenemos que esperar el fallo del juez de distrito. Hay que tener calma.
    ¿Cuánto tiempo?
    Pueden ser quince días, un mes, tres meses. El tiempo que se tome el juez de distrito para fallar sobre la recusación.
    Vos dijiste que lo ibas a arreglar en quince días, te di cincuenta mil pesos y ahora me salís con el cuento de que espere calmadito mientras el viejo Nicasio hace y deshace en mis tierras.
    No se preocupe, todo lo vamos a arreglar. Necesito diez mil córdobas para seguir haciendo gestiones a su favor.
    Ya me salaste el día —dice Alfonso al levantarse de la silla, entregarle el dinero y salir de la oficina del abogado que a nada ni a nadie le teme.

VII

Tres días después, Payin y Melesio han concluido de arar el último lote de tierras. El olor que respiran a su alrededor es de tierra removida, colmada por el canto alegre de pájaros que las han invadido para alimentarse de mazamorras y gusanos. Igual de contento se encuentra Payin y proceden a medir los tres lotes verificando que el área total arada es de cinco manzanas. Al caer la tarde con la puesta de sol sobre las colinas del oeste, espera a Alfonso en la casa ubicada al pie del árbol de Ceiba junto a Melesio y Julián.

    Mañana es sábado y vamos a descansar dos días —dice Payin.
    ¿Y los bueyes? —pregunta Melesio.
    También —responde Payin mientras Julián le entrega una taza de café. Han trabajado bastante, sin parar y se lo merecen, agrega.
    Son buenos bueyes —dice Julián al entregarle el café a Melesio.
    ¿Cuándo le entregan la carreta? Estoy con ganas de estrenarla —dice Melesio.
    Chancho chingo dijo que el lunes por la mañana. Espero que la tenga lista —dice Payin.
    Allá viene Alfonso —dice Julián señalando.

Al llegar Alfonso se baja del caballo, Julián lo toma de las riendas y lo amarra en un pilar del corredor de la casa. Alfonso se dirige a la hamaca y se quita las botas.

    Ya están listas las tierras —dice Payin.
    Desde aquí las estoy viendo —dice Alfonso.
    Vamos a verlas para que las reciba —dice Payin.
    No, para qué. Se ven bien aradas. Vos haces un buen trabajo —dice Alfonso.
    Bueno, entonces necesito que me cancele porque voy a ocupar esos reales para pagar la madera y la reparación de la carrera.
    Mira Payin, ahorita acabado de entregarle diez mil pesos al abogado y no tengo reales.
    Pero ese no es mi problema, yo necesito que me cancele hoy mismo. Eso fue lo que acordamos, usted dijo que al terminar me cancelaba el trabajo.
    Sí, eso te dije, pero para mí es más importante resolver el problema de las tierras. Así que vas a tener que esperarte unos días.
    Le doy hasta el domingo. Me urgen, ya se lo dije.
    Llega a la casa del pueblo el domingo por la mañana.
    Eso me hubiera dicho antes, ahora le voy a quedar mal a Esteban y a Chancho Chingo. Usted sabe que la carreta es mi machete.
    Mi finca vale más que tu carreta y la arada de las tierras.
    A ver Melesio, vámonos. No vuelvo a tratar con usted —dice Payin al salir del corredor. Le hubiera hecho caso a la Maritza —agrega.
    ¿Caso de qué? —pregunta Alfonso.
    Ese no es su problema, dedíquese al de sus tierras. El domingo llego a buscarlo y me tiene listos los reales. Vamos Melesio —dice Payin al hincar con fuerza los bueyes.

Melesio observa que Payin camina de prisa y comienza a arrear los bueyes que cargan el arado. “Va encachimbado”, dice Alfonso. En la puerta de alambre Payin lo espera. Sus manos tiemblan y decide no entablar conversación. Al llegar a la casa de las tres esquinas Payin se quita las botas de hule y se sienta en la banca con los ojos perdidos, observando las deterioradas paredes del estadio de béisbol. Los perros juegan a su alrededor, mueven la cola y lo olfatean buscando la caricia acostumbrada pero no les presta atención, se encuentra ausente. Melesio desmonta el arado y el yugo, saca a los bueyes de la plazuela y los traslada a pastorear a la pista de aterrizaje. Al regresar encuentra a Payin en el mismo estado. Entra a la casa buscando a Maritza y no la encuentra. Vuelve a salir y decide acompañarlo hasta que regrese. Vuelve la mirada hacia Payin y se da cuenta que de su ojos brotan lágrimas. Al llegar Maritza y saludarlos con alegría, Payin continua inmutable. Melesio le explica lo sucedido y se despide. No le contestó ni una sola palabra y así permaneció hasta altas horas de la noche. Con todas sus fuerzas, dándole ánimos, lo metió a la cama pero no pudo obligarlo a comer.

Al despertar, Payin se dirige a la cocina y enciende la radio. Ya se ha recuperado, durmió como un niño, piensa Maritza. Escucha que abre la puerta de la sala, se acomoda en la banca y llama a los perros. Maritza se levanta, se dirige hacia él y se sienta a su lado.

    Veo que amaneciste mejor —dice Maritza.
    Estoy pensando en vender al Gorrión y al Zanate para no quedar mal con Esteban y Chancho Chingo —dice Payin con sentimiento de pesar en su voz.
    Pero cómo los vas a vender, apenas tienen tres meses de estar entrenándose. Si te los compran vas a venderlos casi regalados —dice Maritza.
    Pero qué puedo hacer, ya tengo el compromiso y no puedo faltar.
    A ver vení, vámonos para la cocina, está muy helada la mañana. No vaya a ser que te me vayas a enfermar —dice Maritza tomándolo de la mano y atrayéndolo hacia la puerta.

Payin se acomoda en la mesa mientras Maritza enciende el fogón para preparar el café y hacer desayuno. Maritza le pregunta sobre lo sucedido con Alfonso.

    Qué sinvergüenza es ese Alfonso. Te dije que no te confiaras, desde que sacó los bueyes del potrero supe que no era persona de fiar.
    Pero qué querías que hiciera mujer, necesitaba hacer ese trabajo, además de eso es que vivimos.
    Yo sabía que algo iba a pasar. El día que soñaste que te hundías en la poza de la Pedrera me di cuenta, pero no te lo dije para evitarte preocupaciones.
    ¿Qué es lo que no me dijiste?
    Mira, cuando una persona sueña que se está ahogando significa que lo van a engañar, que lo van a humillar —dice Maritza al servirle la taza de café humeante.
    Pero vos dijiste que cuando uno sueña eso es que le va a ir bien.
    Sí, es cierto, siempre y cuando el agua sea limpia como la de la poza. Pero como te estabas ahogando significa que te van a engañar —dice Maritza al servirle el desayuno y sentarse a su lado.
    Aunque me lo hubieras dicho no hubieras evitado que hiciera mi trabajo.
    Ya lo sé. No sigas preocupado, a ver, comamos tranquilos —dice Maritza.

Mientras desayunan, en radio Manantial anuncian el inicio del programa sabatino “el abogado en su hogar”. Maritza presta atención al programa y Payin desayuna con apetito amanecido. Todos los sábados, mientras Payin sale con los bueyes, ella escucha ese programa. Lo considera de gran valor porque orienta a los campesinos sobre los mecanismos a seguir para resolver los problemas legales, familiares, de violencia doméstica, divorcios, herencias y problemas cotidianos que se presentan en Nueva Guinea. Lo que más le gusta del programa es la comunicación que se da entre los campesinos con el abogado, un joven llamado Armando, que por muchos años se desempeñó como maestro en las comunidades y ahora ha regresado graduado, ejerciendo la profesión para ayudar a los necesitados de asesoría legal, haciéndose merecedor de prestigio y buena clientela.

    No deberías vender los bueyes —dice Maritza.
    ¿Qué quieres que haga? No puedo quedar mal, ya te lo dije. Palacios ya me ofreció comprarlos.
    No te desesperes. Alfonso te dijo que te paga mañana, así que espéralo.
    No creo que me pague el sinvergüenza.
    Nada pierdes con esperarlo. Además necesitas descansar, has trabajado todos estos días y te hace bien.
    Está bien mujer, mañana voy temprano donde Alfonso. Ya regreso, voy a llevar a los bueyes a pastorearlos en la pista.

VIII

A las diez de la mañana Payin se dirige a la casa de Alfonso ubicada en el pueblo. Digna lo recibe, le ofrece pasar a la sala pero Payin decide quedarse de pie en la entrada bajo el alero del corredor. Digna se despide porque debe asistir a la iglesia. Minutos después aparece Alfonso.

    Buenos días, aquí estoy para que me entregue el dinero.
    Mira Payin, no he podido conseguirte esos reales. Deberías de ponerte en mi lugar, este problema de las tierras me tiene jodido.
    Mire Alfonso, primero me dijo que me cancelaba al terminar el trabajo, después que viniera hoy. Yo necesito los reales con urgencia. Todos tenemos problemas.
    No compares mis problemas con los tuyos, una simple carreta no es nada comparado con mi finca.
    Eso es lo que usted piensa. Yo vivo de mi trabajo igual que usted de sus tierras. Si no trabajo no puedo mantener mi casa. Usted tiene ganado, cultivos, tierras mientras que yo vivo de arar y jalar leña.
    Tienes que entenderme y no te queda más remedio que esperarme. Sólo son tres meses para que salga la cosecha. Con lo que venda te voy a pagar esos miserables cuatro mil quinientos pesos.
    Miserables no son, me los he ganado con mi trabajo. No crea que por el hecho de ser pobre usted se va a aprovechar.
    Ya te dije, cuando salga la cosecha te pago.
    Usted es una persona que tarde o temprano va a pagar por todo lo que ha hecho. El de arriba tarda, pero nunca olvida.
    No me sigas molestando. Ándate y espérame.

Al llegar a su casa, Maritza adivina por su semblante que Alfonso no ha cumplido con el pago. Payin se sienta en la banca sin decir palabra. Le ofrece un vaso de refresco y se sienta a su lado.

    ¿Qué pasó?, ¿qué te dijo Alfonso?
    El sinvergüenza dice que no tiene reales, que no puede pagarme por el problema de las tierras y que lo espere hasta que salga la cosecha.
    ¿Cómo puede hacerte eso?
    Ni modo mujer, voy a tener que vender los bueyes. El señor se las cobrara con él.
    Una de las cosas que siempre he admirado de vos es que sos fuerte, trabajador y paciente —dice Maritza pasándole la mano izquierda sobre su espalda.
    Hasta las fuerzas estoy perdiendo —dice Payin con pesadumbre. Ya estoy cansado, cada día más viejo y ahora con este problema me siento desesperado. En todos mis años de trabajo nunca antes había tenido un problema de este tipo.
    Lo sé, ya estamos viejos para tener problemas pero no puedes seguir siendo sumiso como los bueyes, mucho menos benévolo con Alfonso. Ya te la ha hecho dos veces, primero te sacó los bueyes por su propia falta y ahora no quiere pagarte. Pareciera que también se hizo del movimiento de los que no pagan.
    No hay nada que hacer. Voy a ir donde Palacios a ofrecerle los bueyes.
    No Payin, eso no puede quedarse así. Tenemos que buscar ayuda.
    ¡Ayuda! Los únicos que me han ayudado toda la vida son los bueyes, nadie te ayuda en estos tiempos.
    Busca al abogado en su hogar, el que sale hablando en la radio Manantial. Se llama Armando y ayuda a resolver problemas como estos —dice Maritza mientras en sus pensamientos vive cada uno de los casos que los campesinos han expuesto al abogado en su hogar a través de la radio.
    Nunca en mi vida he buscado un abogado, además si lo hago tendré que pagarle y al final vamos a quedar igual, sin reales para pagar la madera y al carpintero.

Maritza se queda pensativa y duda sobre la conveniencia de buscar a Armando. Tiene claro que si se hace cargo del problema tendrán que pagarle. En un breve instante recorre en sus pensamientos todos los casos que ha escuchado por la radio y se levanta de la banca.

    Mira Payin, dejémonos de lamentos. Vamos ahora mismo a buscarlo. En la radio dicen que vive en la zona cinco.
    Pero hoy es domingo, hoy no trabaja.
    No perdamos tiempo. Nada perdemos con contarle lo que te está haciendo el tal Alfonso.
    Cuando se te mete una cosa en la cabeza nadie te saca de ella. A ver pues, vamos a ver qué hacemos —dice Payin al levantarse de la banca y salir detrás de Maritza.

IX

Recorren juntos la calle de cemento desde el rótulo de Nueva Guinea hasta el monumento de los Cuatro Evangelios. Doblan a la izquierda, llegan a la escuela Rubén Darío y Maritza pregunta en una vivienda de la esquina sobre el abogado en su hogar.

    ¡Buenas! —saluda Maritza mientras Payin espera en el anden frente a la casa construida después del huracán Juana por el proyecto Español y remodelada con esmero.
    ¡Buenas! —responde una niña que mira televisión en la sala. ¿Qué desea?
    Buscamos al señor Armando, el abogado en su hogar.
    Espere un minuto, voy a llamarlo.
    Ves, aquí está —le dice a Payin.
    Pasen adelante, está allá atrás en el taller de carpintería. Pasen por aquel pasillo de al lado.
    ¡Buenas! —saluda Maritza a tres hombres que con esmero lijan un juego de sillas abuelitas.
    ¡Buenas! —responde el más joven de los tres.
    Buscamos al señor Armando, el abogado en su hogar —dice Maritza mientras Payin observa a los otros en su labor.
    Soy yo, en qué puedo servirle. Disculpe que no les ofrezca asiento pero como ven estamos alistando estos muebles.

Payin procede a relatar lo acontecido. Armando los invita a conversar bajo la sombra de un frondoso árbol de mango y escucha con atención. En la medida que Payin explica el problema su semblante adquiere rasgos de desesperación y sus manos tiemblan.

    ¿Anda su cédula de identidad? —pregunta Armando.
    Si, aquí la ando —responde Payin.
    Lo espero mañana a las diez de la mañana en mi oficina. Queda cerca de la casa de piedra, allí pregunta. Voy a tener lista una demanda en contra de Alfonso —dice Armando luego de anotar el número de la cedula de identidad en su agenda.
    Pero dígame cuánto me va a cobrar —dice Payin.
    No se preocupe, lo que le interesa a usted es que Alfonso le pague y recuperar su carreta para trabajar. Después nos arreglamos —dice Armando.
    Gracias, muchas gracias —dice Maritza.
    De nada, lo espero mañana —le dice tendiéndole la mano a Payin y al estrechársela nota que ha dejado de temblar.
    Gracias, a las diez llego —dice Payin

De regreso en las tres esquinas Maritza nota que Payin se encuentra tranquilo. El ambiente de desesperación que lo inundaba ha desaparecido, lo nota aliviado y de buen humor. Después que almuerzan Payin le dice que va a dormir un rato y luego buscará los bueyes.  A las cinco de la tarde aún duerme y Maritza lo despierta, le ofrece una taza de café y lo observa reanimado, con nuevos brillos.

A las diez de la mañana del día lunes, Payin se presenta en la oficina del abogado en su hogar. Lo recibe con cortesía, le ofrece asiento y una taza de café. Payin lo observa con inquietud imprimir un documento.

    Listo —dice Armando. Venga, siéntese aquí —agrega mostrándole una silla ubicada frente a su escritorio. Este documento es una demanda por acción de pago que vamos a introducir en el juzgado civil en contra de Alfonso.
    Una demanda —dice Payin.
    Sí, una demanda. Con ella van a notificar a Alfonso para que se presente a responder.
    Él puede decir lo que se le ocurra —dice Payin.
    No se preocupe. También nosotros vamos a estar presentes —le aclara Armando. Además de esta demanda, él tiene otra por el problema de las tierras con Nicasio.
    Sí, por eso de las tierras es que no me quiere pagar —dice Payin.
    Firme aquí —dice Armando.
    No sé firmar.
    No importa, no se preocupe. Ponga su huella digital —le indica al pasarle un almohadilla con tinta.
    Perfecto. Puede irse a su casa. Yo voy a ir al juzgado para que hoy mismo notifiquen a Alfonso. ¿Tiene un número de teléfono donde pueda llamarlo?
    Sí, el que mantiene Maritza en la casa —dice Payin.
    Nos vemos entonces —se despide Armando luego de anotar el número en su agenda.

A las dos de la tarde Arquímedes se presenta en la casa del pueblo de Alfonso. En sus manos lleva la notificación del juzgado civil. Luego de recibirlo, Digna lo invita a pasar a la sala, llama a Alfonso y sale a la calle.

    ¡Ideay! —dice Alfonso sorprendido por la visita de Arquímedes. ¿Y ahora cuál es el problema?
    Tiene una demanda por acción de pago en el juzgado.
    ¿Demanda de quién?
    Un tal Payin dice que usted no ha cumplido con el pago de la arada de cinco manzanas.
    ¡Ve qué jodido este Payin! ¡No tiene nada de baboso!
    Usted no puede darse el lujo de tener más problemas con demandas. El caso de sus tierras con Nicasio es suficiente. Además la juez que ha sido recusada es la misma que tendrá que conocer este caso. No podemos llegar con este problema al juzgado —dice preocupado Arquímedes.
    ¿Y qué quieres que haga? ¿Cómo voy a pagarle? A vos te he dado hasta lo que no tengo para resolver el problema de las tierras y nada.
    Ese es otro caso y el más serio. Por estos cuatro mil quinientos pesos podemos perder todo lo que hemos hecho y hasta las tierras.
    ¿Qué es lo que pasa ahora? —pregunta Digna al regresar a la casa.

Alfonso le explica lo sucedido mientras Arquímedes escucha atento los argumentos. Digna es una mujer devota que pertenece a la organización de mujeres de la iglesia católica y reconocida por sus gestos a favor de los pobres del casco urbano, los campesinos pobres de las comarcas y el trabajo pastoral con mujeres que sufren maltrato y violencia doméstica. En sus años de juventud estaba decidida a convertirse en monja, pero desde que conoció a Alfonso se olvidó de amar solamente al Señor.

    ¿Cómo es posible que le hagas eso a Payin? No te da vergüenza quedar mal con un pobre viejo que vive de arar las tierras —dice indignada.
    No puedo cancelarle el trabajo. Todos los reales se los he entregado a Arquímedes para que resolvamos el problema de las tierras, le acabo de dar los últimos diez mil pesos que tenía.
    ¡Hoy mismo arreglas ese asunto! —dice Digna al dirigirse a la habitación y al salir agrega — Toma estos dos mil pesos que he ido guardando de los reales de la leche. Anda a resolver ese problema y arréglate con Payin.
    Vamos a la oficina de Armando —dice Arquímedes al ver que Alfonso toma el dinero.
    ¡Aquí no regreses sin resolver ese problema! —dice Digna al verlo salir de la casa junto a Arquímedes.
    No se preocupe doña Digna, ya voy a llamar a Armando para resolver este problema —dice Arquímedes al marcar el número desde su teléfono celular.

A las cuatro de la tarde Payin se presenta en la oficina de Armando. Reunidos en la pequeña oficina del abogado en su hogar el ambiente se vuelve tenso para Payin, nunca se ha enfrentado a una situación como ésta. La mayoría de sus arreglos han sido verbales, confiando en la palabra de sus clientes, los que han cumplido honrándola.

    Entonces lo que proponen es que arreglemos esto con una medicación —dice Armando dirigiéndose a Arquímedes y Alfonso.
    Este viejo es un terco, le dije que le pagaría al levantar la cosecha —dice Alfonso viendo con destellos de rabia a Payin.
    Un momento, por favor no insulte a mi cliente. Si se han hecho presente en mi oficina es que han aceptado llegar a un acuerdo. A ver, cuál es la propuesta que tienen para Don Payin.
    Don Alfonso propone pagarle a lo inmediato dos mil córdobas y los restantes dos mil quinientos al momento de levantar la cosecha de frijoles —explica Arquímedes y agrega dirigiéndose a Payin — usted conoce muy bien los problemas que enfrenta Alfonso con sus tierras.
    Sí, me doy cuenta, pero yo también tengo mis problemas —dice Payin.
    Entonces acepta lo que propone Alfonso —le pregunta Armando.
    Lo acepto en parte —dice Payin.
    ¿Cómo es eso que en parte? Eso es lo que te propongo y no tienes para dónde agarrar —dice Alfonso.
    Explique lo que usted propone —dice Armando.
    Acepto que me entregue hoy mismo los dos mil córdobas, también acepto que me cancele la diferencia al sacar la cosecha de frijoles.
    Eso es lo mismo que te estamos proponiendo —dice Alfonso sonriendo.
    También le exijo que me compense por el tiempo que debo esperarlo, son tres meses.
    Compensarte, ¿de qué estás hablando? —dice Alfonso inquieto buscando con su mirada a Arquímedes.
    Díganos cómo espera que lo compensemos porque con el pago de la diferencia se acaba este problema —dice Arquímedes.
    Se acaba para ustedes, pero cuando me entregue esa plata voy a comprar menos madera para reparar la carreta y menos provisión para mi casa.
    ¡Ideay! ¡Este ya se volvió economista! —dice Alfonso al levantarse de la silla señalando a Payin.
    Cálmese don Alfonso, siéntese por favor —le indica Armando. Díganos cómo quiere ser compensado —se dirige a Payin.
    Tengo cuatro bueyes que no tengo donde pastorearlos. Mientras espero los tres meses le pido a Alfonso que me deje alimentarlos en sus potreros.
    ¡Ve, qué lindo con lo que salís! ¡Ahora son cuatro bueyes! Los que vos siempre has tenido son dos.
    Eso es lo que pido como compensación por el tiempo que debo esperarlo —dice Payin mientras Alfonso hace cálculos mentales.
    El alquiler de potrero por animal vale ciento cincuenta pesos por mes —dice Alfonso. Sos un bandido. Te voy a dar dos mil ahorita, los dos mil quinientos al sacar la cosecha de frijoles y además el potreraje de esos bueyes que vale mil ochocientos. Al final te voy a pagar seis mil trescientos pesos —dice Alfonso con tono calculador.
    Por hacerme esperar los tres meses. Usted me buscó y yo le hice el trabajo cuando lo necesitaba —dice Payin.
    Bueno, esa es la propuesta de mi cliente. Pongámonos de acuerdo de una sola vez que otros clientes me esperan —dice Armando dirigiéndose a Alfonso y Arquímedes quienes cruzan miradas. Arquímedes asienta con la cabeza.
    ¿Qué dice don Alfonso? —pregunta Arquímedes.
    Ni modo, para dónde agarro. Si no resuelvo esta tontera la Digna se pondrá furiosa. A ver, ¿dónde voy a firmar?

Armando imprime satisfecho la mediación. Se la entrega a Arquímedes quien la lee en voz alta mientras Alfonso escucha con atención y furia en su interior. Al concluir la lectura le solicita a Alfonso firmarla y Armando a Payin que estampe su huella dactilar.

    Ya sabes, sólo son tres meses que te voy a dar potreraje —dice Alfonso dirigiéndose a Payin.
    ¿Y los dos mil pesos? Tenemos que hacer un recibo para presentar este documento ante la juez —dice Armando.
    ¡Aquí están, toma! —responde Alfonso y firma la mediación.
    Nos vemos —dice Arquímedes al salir con Alfonso de la oficina del abogado en su hogar.
    Muchas gracias —dice Payin. Sin su ayuda no hubiera podido resolver este problema. ¿Cuánto le debo?
    No se preocupe, aquí estamos para servirle. Qué le parece si en pago me hace el arado de una manzanita que quiero sembrar de frijoles.
    Con todo gusto. ¿Cuándo quiere que le haga el trabajo?
    Venga a avisarme cuando esté listo, después que resuelva el problema de la carreta.
    Gracias, muchas gracias por su ayuda. La Maritza me explicó bien lo que usted le dijo de la compensación.
    De nada don Payin, espero que escuche junto a doña Maritza el programa en la radio. Allí le damos consejos a los que enfrentan problemas como estos.

Al día siguiente, con los primeros rayos de sol, Melesio se dirige hacia la casa de las tres esquinas. Desde el portón principal de las oficinas de ENACAL se sorprende. No lo puede creer. Al llegar, incrédulo observa dando vueltas alrededor de la carreta nueva estacionada frente a la casa.

    ¡Ideay Payin!, ¿Cómo hizo para resolver el problema con Alfonso? —dice sorprendido.
    Después te cuento. Anda saca al Gorrión y el Zanate del potrero de Alfonso que está pegado a la plazuela. Abrí la puerta de alambre que hice. Vamos a ir a arar unas tierras.

Se dirigen hacia la colonia Río Plata y proceden a arar la manzana de tierra de Armando. Al regresar se encuentran con Alfonso quien monta su caballo blanco. Al pasar al lado le dice adiós a Payin. Melesio vuelve a sorprenderse. Le pide insistente a Payin que le explique lo sucedido. Payin se queda pensativo y le dice: “la vida es dura y nos enseña mucho. Hay que arar, plantar, cuidar el cultivo, quitar malezas de los surcos y siempre tener esperanzas de que el tiempo esté a nuestro favor para levantar una buena cosecha. Alfonso al final es un buen hombre, por sus problemas actúa mal, ojalá resuelva pronto el problema de sus tierras”.

Ronald Hill A. 
Nueva Guinea, RAAS

Nicaragua