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martes, 2 de junio de 2026

BIENVENIDA, MONTSERRAT

 


Desde hace días te esperábamos.

Como se espera la primera lluvia

después del verano largo,

como se espera una lancha

apareciendo en el horizonte,

como se espera el amanecer

cuando la noche parece no terminar.

 

Y hoy llegaste,

a la 1:29 de la mañana.

 

Pequeñita,

envuelta en el asombro de la vida,

con tus manos cerradas,

como quien trae secretos del cielo,

y tus ojos nuevos

buscando un lugar entre nosotros.

 

Tu padre te mira orgulloso,

sin encontrar palabras suficientes.

Tu abuela sonríe

como si el tiempo hubiera dado una vuelta completa

para regalarle nuevamente

la alegría de una niña en brazos.

 

Tus tías,

que ayer parecían tan pequeñas,

andan felices imaginando juegos,

inventando canciones,

disputándose el derecho

de cargarte primero.

 

Y nosotros,

los que llevamos más caminos recorridos,

los que guardamos recuerdos

en fotografías amarillentas

y en viejos álbumes familiares,

te miramos llegar

como se mira encenderse una luz

en una casa querida.

 

Porque tu nacimiento

ha llenado de risa los corredores,

de preguntas las conversaciones,

de esperanza los corazones.

 

Todavía no conoces nuestros nombres,

ni las historias que algún día te contaremos,

pero ya ocupas un lugar inmenso

entre nosotros.

 

Aquí te esperan abrazos.

Te esperan brazos dispuestos a sostenerte.

Te esperan canciones de cuna,

cuentos al caer la tarde,

y un amor tan grande

que necesitarás muchos años

para descubrirlo por completo.

 

Bienvenida, Montserrat.

Que el viento bueno acompañe tus pasos,

que la vida te regale días luminosos

y que nunca olvidés

que desde antes de abrir los ojos al mundo

ya eres profundamente amada.

 

 

02 de Junio de 2026.


sábado, 25 de octubre de 2025

VOLVER A VERTE

 



Hoy te vi, papá.

No te estaba buscando.

Un video cualquiera, un muelle en Utila,

gente moviéndose, voces, sal marina.

Y de pronto tu figura, quieta,

mirando el hundimiento del Halliburton 211, un barco viejo,

como quien observa el paso del tiempo.

 

Me detuve.

El corazón golpeó fuerte,

como si recordara algo que el cuerpo ya sabía.

Pausé la imagen.

Corrí a llamarla:

—¡Es mi papá!

Y al mostrarte, ella lo confirmó sin dudar:

la postura de tus hombros,

esa manera de pararte en silencio,

miro y sé.

 

Sentí alegría primero,

como si el aire se hiciera más liviano.

Después vino la lágrima,

lenta, testaruda, inevitable.

No te veía así desde 1999,

cuando el cielo se cerró sobre el avión

que te llevaba de regreso a mí.

 

A veces sueño con vos.

Navegabas en un cayuco entre los Cayos,

yo en sentido contrario.

Nos cruzamos, levantaste la mano,

y dijiste adiós.

Me desperté con la ausencia

sentada en mi pecho.

 

Una noche escuché tu voz llamándome,

clara, como cuando me buscabas en el patio.

Vivía solo.

La casa entera se estremeció.

 

Hoy, al detener ese cuadro,

en el minuto 18:06 sentí que regresabas.

No como fantasma,

sino como hombre vivo,

respirando brisa del Caribe,

mirando mar, madera, óxido y espuma.

 

Hay algo extraño en esto:

se ensanchan los recuerdos,

se aflojan las grietas del corazón,

se abre una puerta pequeña,

justo donde duele.

 

Ahora ya no serás solo foto quieta

enmarcada por el tiempo.

Te veré caminar, girar la cabeza,

cruzar palabras con otros hombres en el muelle.

Te veré al hundirse el barco,

pero vos flotarás en la memoria que insiste.

 

Hoy te vi, papá,

y te quedaste un poco más conmigo.

 

 

25 de octubre de 2025.

Foto: Internet


lunes, 16 de junio de 2025

EL CHINAMO


Nunca pensé que algún día cruzaría la entrada de un chinamo. El nombre, por cierto, viene del náhuatl chinamitl, y se refería a esas cercas hechas de caña o ramas, como las que levantaban en los pueblos cuando la fiesta apenas comenzaba, y todo era transitorio. 

Durante años —desde mis días en Bluefields y El Bluff— los presentaban como sitios de puro escándalo y desorden. Allá, en la costa, eso no existía; no formaba parte de nuestra forma de celebrar, no era parte de nuestra identidad cultural. En Juigalpa y en todo Chontales, a como señala el poeta Arturo Barberena, no hay fiestas patronales sin chinamos, putas y cochones. Pero siempre hay una primera vez y fue durante una de las fiestas de fundación de Nueva Guinea.

Aquella noche, el lado oeste de la antigua pista de aterrizaje, cerca de la barrera, se había transformado en un pequeño universo desbordado: había varios chinamos improvisados, armados con láminas de zinc y forrados con troncos de bambú, apenas conteniendo la locura adentro. Era como un río desbordado: música chinamera (cumbias, música de chicheros y hasta de Palo de Mayo), gritos, silbidos, carcajadas, el retumbar de las láminas sacudidas por el alboroto. Daba la impresión de que, en cualquier momento, aquello explotaría.

—Entremos —dijo Chico, con esa sonrisa de cómplice de travesuras.

—Dale, hombre, esto está encendido —remató Chepe Lolo.

Dudé apenas un segundo. Toda mi vida me habían advertido sobre esos lugares, pero la curiosidad —ese fuego que a veces arde más fuerte que el miedo— me empujó a cruzar la puerta.

Al entrar, el chinamo me tragó. El aire era denso, saturado de humo de cigarro, ron, perfumes y el sudor de los cuerpos agitados. El piso de tierra temblaba bajo el peso de los bailarines. Todo giraba. Todo hervía. Las mujeres lucían sus mejores vestidos. El cabello suelto les bailaba sobre los hombros. Sus risas competían con la música. Era un carnaval de carne, color y alegría.

Chico me pasó una cerveza helada. Intentó decir algo, pero las palabras se ahogaban en el estruendo. Nos sonreímos, brindando en un pacto mudo.

De repente, como si la noche pidiera más fuego, apareció una mujer alta, flaca, enfundada en un jeans ajustado. Se adueñó de la pista como si la hubiera estado esperando toda la vida. El ritmo se aceleró y la música subió de intensidad. Ella comenzó su danza. Primero movimientos sensuales, luego eróticos, luego algo más salvaje, casi animal. Su espalda se arqueaba en dirección al suelo hasta casi romperse, abría las piernas, movía las caderas en círculos que hipnotizaban. Bajaba al suelo, giraba, se contorsionaba. Llamaba a un hombre, lo sujetaba de la cabeza que la hundía en la gorra que llevaba puesta y luego lo jalaba hacia su entrepierna, sacudiéndolo con una fuerza enloquecida, revolcándolo en el suelo.

El chinamo entero rugía. Era un volcán a punto de estallar.

Cuando soltaba a uno, llamaba a otro. Y el espectáculo volvía a empezar. La gente deliraba, los hombres gritaban y daban alaridos. Aquello era puro desenfreno, como si por unos minutos nadie recordara que afuera había un mundo con reglas y relojes.

Busqué a Chico y a Chepe Lolo. Al inicio no los vi, pero al recorrer el ambiente con la mirada, noté que bailaban, con las cervezas en la mano, al lado del tumulto que le hacía rueda a la flaca.

Fue en medio de ese torbellino que una de las mujeres del grupo se acercó a mí. Me tomó la mano con firmeza y, sin decir palabra, me jaló hacia la pista. No hubo tiempo de pensar. Entre risas, gritos y el eco metálico de la música, comencé a seguirle el ritmo. Los cuerpos pegados, el sudor en la frente, el olor a ron flotando, las luces de colores girando como en un carrusel de locura.

Bailamos hasta que el cuerpo se rindió, y salimos al amanecer, extasiados, mientras allá adentro la fiesta seguía viva, como si el tiempo, por cinco días, hubiera decidido no pasar. Y volvimos, claro que lo hicimos, hasta que terminó la fiesta de aniversario.

Un día de estos pasé por un chinamo. Sentí una sed antigua que uno arrastra como cicatriz, el sabor tibio de lo prohibido que nunca se olvida, el humo del cigarro flotando en la memoria, el retumbar de la música mezclado con los gritos, las risas y el vaivén de los cuerpos de las mujeres en la pista, en especial el de la flaca que encendió esa noche como llama ardiente.


15 de junio de 2025.

Foto propia.


jueves, 11 de julio de 2024

UN PÁJARO CADA AMANECER

 



Si todavía tienes las ganas y fuerzas,

si haces caminatas todos los días,

sí llevas mucho tiempo a ese ritmo, nada se olvida.

Piernas y brazos se vuelven una invención,

la piel se descama al viento.

Te lo dices y recuerdas.

Ahora son historias de aves las que cuentas para ti.

 

Recuerdo a una tijereta que se eleva verticalmente sobre las nubes

y luego baja en picada, con las alas recogidas,

dejando una estela de pensamientos aéreos

bajo el cielo azul.

Allí está el cenzontle, señor de los imitadores,

que le canta a la perra su propio llanto desesperado,

al estar amarrada, viendo los movimientos

que identifica dentro de la casa.

Recuerdo a la oropéndola que canta desde la cumbre

de los árboles más altos del trópico húmedo,

haciendo un sobreesfuerzo al doblar su cuello,

y aletear de felicidad cuando la ve en el corredor de la casa.

 

Y frente a la ventana de vidrio, entre las verjas que la protegen,

los pájaros se engañan ante su reflejo.

Allí están el sargento con su fiel e inseparable amada,

que vigila su ligereza,

las viudas, la reinita amarilla, el güis macho, el batará búlico,

tanto negro o café rojizo con blanco.

Solamente allí han visto sus plumas de queratina y colágeno

que un día llenaron los bosques con su color.

 

Y nuevamente estoy aquí, al alba, sin estar seguro

del cómo, pero siento el proceso desde el que se desprende

la piel del cuerpo en cada movimiento,

en cada paso de los más de diez mil

que pelan la carne sin tener otro cuerpo donde refugiarse.

 

Cada suspiro, una sorpresa al amanecer.

El corazón todavía es fuerte y late agradecido.

Estos huesos son demasiado ruidosos

y poco a poco se van desgastando.

¿De tanto correr?

Y los tejidos se descarnan, hay grietas, moretones,

que hacen dolorosas erupciones.

 

Y voy como un pájaro cada amanecer.

Un paso más, faltan pocos, la meta está cerca.

Ya cansado, ese pájaro está dentro de mí,

siento sus alas, escucho su canto,

empuja más y más sobre las grietas,

picotea los moretones como al vidrio de la ventana.

 

¿Dejarás algún día al pájaro en libertad?

Sigo caminando cada mañana,

esperando que no llueva, con la brisa en el rostro.

El cuerpo, cansado, recuerda.

Un día, como los pájaros, será libre,

soltando sus cargas, elevándose con el viento,

en un vuelo sin final.

 

domingo, 7 de julio de 2024

Foto propia: Mielero patirrojo.


sábado, 16 de julio de 2022

ENCERRADOS, PERO ANIMADOS




En las casas de madera sin pintar,

cubiertas por hiedra, líquenes y hongos,

nos reunimos alrededor del fogón

en días ventosos y lluviosos.

 

Calentamos nuestros cuerpos,

calor de leña y sopa por siglos,

caricias, risas y cuentos de abuelos.

Encerrados, pero animados.


Bajo la lluvia intensa somos felices.

Las calles son transformadas en barrizal intransitable,

por el rugir frenético de camiones

y su pitido enloquecedor al ir y venir.


Al escampar el cielo,

el sol lucha contra charcos y encierros.

Abrimos ojos y puertas,

saltando charcos con anhelo.

 

La noche es larga y fría,

tiznada once meses lluviosos,

pero en nuestras casas florecen

la esperanza y alegría

que barrizal y tormentas

nunca nos podrán quitar.



13 de Julio de 2022. 

Foto propia.

lunes, 5 de marzo de 2018

NUEVA GUINEA: FLUJO DE ESPERANZA




Nueva Guinea,

abundancia de árboles, ríos y praderas,

suficiente para sustentar una familia,

como lo probaron los fundadores

y miles que anhelaban un pedazo de tierra.

 

Un lugar donde los Ulwas y los huleros

confiaron en la madera y el agua,

en un juego salvaje y floreciente,

marcado por huellas, cascos, pezuñas y alas.

 

Pradera donde la hierba crece

más alta que un hombre,

nutrida por el calor, el frío, la lluvia y la sequía,

sostenida por raíces de hondura inimaginable.

 

Hoy, vidas y raíces se han alterado;

asentamientos, concentración de tierras,

monocultivo y ganadería nos empujan

hacia el sureste, camino al litoral.

 

El prado del Caribe central fue arado,

sus suelos han dado abundancia,

han nacido colonias, parcelas y fincas

que sostienen miles de familias.

 

Aquí, en los senderos de las fincas,

se tocan historias de vida,

semillas que respiran azul y verde,

que escuchan la música del insecto, la hoja, el pájaro,

el eco del puente sobre el arroyo que fluye y nos une.

 

Nos conecta con el pasado,

donde meditamos inmersos en el flujo de la esperanza,

en la adversidad, la alegría y la tristeza de esta tierra,

donde tantos deambularon y quedaron hechizados al pasar.


5 de marzo
58 aniversario  
Foto propia.



jueves, 11 de septiembre de 2014

EN DÍAS LLUVIOSOS



 
En días lluviosos recuerdo mí puerto.
Corriente terrosa surcando la bahía,
ramas y troncos con animales saliendo por la barra hacia la mar.
Estibadores en el muelle tiritando todo el día,
estudiantes en resguardo bajo el alero de la aduana.

Cruzábamos en barcos pos-pos la bahía.
El capitán sin divisar la Isla del Venado,
Half Way Cay, ni la costa norte.
Al calor del motor abríamos libros,
sesiones de estudio hasta llegar a Bluefields.

Con paraguas y capotes nos cubríamos,
corriendo en zigzag entre aceras y corredores.
Maestros y hermanos cristianos nos esperaban,
conscientes del peligro de la travesía que hacíamos.
A tormentas de días lluviosos no temíamos.

Por las tardes jugábamos fútbol bajo la lluvia,
campo encharcado, explotando el lodo al patear la pelota.
Corríamos en la arena, gritando embebidos de alegría.
Nos juntábamos entre amigos por las noches,
con luz y calor de candelas jugábamos naipes: Pedro y desmoche.

El Bluff fue mi cálido hogar en días lluviosos,
un lugar donde muchos crecimos felices.


10/9/2014