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sábado, 25 de octubre de 2025

VOLVER A VERTE

 



Hoy te vi, papá.

No te estaba buscando.

Un video cualquiera, un muelle en Utila,

gente moviéndose, voces, sal marina.

Y de pronto tu figura, quieta,

mirando el hundimiento del Halliburton 211, un barco viejo,

como quien observa el paso del tiempo.

 

Me detuve.

El corazón golpeó fuerte,

como si recordara algo que el cuerpo ya sabía.

Pausé la imagen.

Corrí a llamarla:

—¡Es mi papá!

Y al mostrarte, ella lo confirmó sin dudar:

la postura de tus hombros,

esa manera de pararte en silencio,

miro y sé.

 

Sentí alegría primero,

como si el aire se hiciera más liviano.

Después vino la lágrima,

lenta, testaruda, inevitable.

No te veía así desde 1999,

cuando el cielo se cerró sobre el avión

que te llevaba de regreso a mí.

 

A veces sueño con vos.

Navegabas en un cayuco entre los Cayos,

yo en sentido contrario.

Nos cruzamos, levantaste la mano,

y dijiste adiós.

Me desperté con la ausencia

sentada en mi pecho.

 

Una noche escuché tu voz llamándome,

clara, como cuando me buscabas en el patio.

Vivía solo.

La casa entera se estremeció.

 

Hoy, al detener ese cuadro,

en el minuto 18:06 sentí que regresabas.

No como fantasma,

sino como hombre vivo,

respirando brisa del Caribe,

mirando mar, madera, óxido y espuma.

 

Hay algo extraño en esto:

se ensanchan los recuerdos,

se aflojan las grietas del corazón,

se abre una puerta pequeña,

justo donde duele.

 

Ahora ya no serás solo foto quieta

enmarcada por el tiempo.

Te veré caminar, girar la cabeza,

cruzar palabras con otros hombres en el muelle.

Te veré al hundirse el barco,

pero vos flotarás en la memoria que insiste.

 

Hoy te vi, papá,

y te quedaste un poco más conmigo.

 

 

25 de octubre de 2025.

Foto: Internet


miércoles, 2 de abril de 2025

HUELLAS


 

Tus huellas no se borran,

siguen en la cama, en la sala, en el corredor,

latentes en el patio y en el árbol

donde anidó el colibrí errante.

 

Tus pasos resuenan en mis pensamientos,

se hunden en la arena de Corn Island,

se enredan en las ramas del cacao mico

y en los arbustos de uva de mar.

 

Mi piel es un lienzo marcado por ti,

mi espalda, mi pecho, mi rostro,

cada surco es un fuego que aún arde.

 

Huellas aquí, huellas allá,

persisten para no olvidarte,

para encontrarme siempre en ti.


2 de Abril de 2025
Foto: Internet

martes, 4 de febrero de 2025

DESDE MOUNT PLEASANT HILL

 


Dicen que en la mar está la paz,

pero yo sé que también es un abismo,

porque por la mar te fuiste

una tarde de verano,

dejándome en esta isla

de arenas blancas y arrecifes dormidos.

 

Desde Mount Pleasant Hill

vi tu sombra desvanecerse,

esperé que las estrellas emergieran

donde tu figura se hundió en el horizonte,

pero solo quedó el eco

de un adiós que no quise escuchar.

 

Ahora miro al Norte

y te imagino perdida en un mar distinto,

de calles frías y atiborradas,

corriendo tras un sueño

que no sé si aún te pertenece.

 

En la profundidad de la memoria

busco nuestra risa entre los cocoteros,

las canciones que juramos eternas,

y me duele saber

que en poco tiempo todo ha cambiado:

las palabras, las promesas,

las verdades en que creíamos.

 

Aquí sigue el sol,

el viento y las olas,

las estrellas brillando sobre la mar,

pero ya no sé si traen paz

o solo la tristeza de saberte lejos.

 

Es tan tarde ahora,

pero lo es mucho más

en un lugar donde nunca estaré

para verte otra vez.

 

 

4 de Febrero 2025

Foto: Internet


miércoles, 18 de diciembre de 2024

EL PESO DE LO QUE NO VIVIMOS

 


La muerte lo tomó por sorpresa, como un ladrón que se desliza en la penumbra. Había sentido un leve vacío en el pecho, algo extraño, pero no alarmante. Sin embargo, cuando abrió los ojos, ya no estaba ahí. Se encontró flotando, ligero como una hoja que pierde su raíz en el árbol. Abajo, la cama deshecha y el cuerpo inmóvil que antes lo contuvo. ¿Esa figura sin vida era él?

No estaba listo. Claro que no. Había tantos libros sin abrir, viajes que aún esperaba, disculpas que nunca ofreció y abrazos que aplazó pensando que siempre habría otro momento. Desde ahí arriba, todo era pequeño: los platos y pailas sucias en la cocina, la ventana entreabierta por donde entraba el sol de la mañana, los zapatos gastados que siempre le acompañaron tirados en el sofá. Pero esas cosas pequeñas ahora parecían monumentales, cargadas de una nostalgia imposible de tocar.

Alrededor, la vida continuaba. Su esposa, apenas despertando de su siesta, no se había dado cuenta de lo ocurrido. En la mesa, la taza de café seguía medio llena. En el patio, sus nietos jugaban ajenos, lanzando risas al aire. Él observaba con un nudo en lo que solía ser su garganta, deseando gritarles, abrazarlos, quedarse un poco más.

Entonces, el peso de las decisiones no tomadas lo golpeó. Nunca aprendió a tocar la guitarra como lo prometió; nunca reparó aquella bicicleta vieja para su hijo; nunca devolvió la llamada a su mejor amigo que hacía años había esperado una despedida. Ahora su tiempo se escurría, cada instante convertido en un recuerdo no vivido. Su alma flotaba, y todo abajo lo jalaba, como si el mundo mismo estuviera conspirando para hacerle saber cuánto quedaba sin hacer.

Fue entonces cuando algo más profundo lo tocó, una claridad repentina. Mientras miraba ese mezcla de momentos y cicatrices de la vida humana, se dio cuenta de que, a pesar de todo, esa humilde, efímera e imperfecta vida merece la pena. Que no importa si la juventud se esfuma, si la carne se vuelve flácida o si al final acabamos arrastrando los pies. A cada instante, la vida ofrece algo valioso: la chispa de una sonrisa, el eco de una carcajada, las manos que sostienen otras manos. Esos fragmentos son suficientes, si los sabemos atesorar.

Una voz suave, apenas un susurro, le recordó que el tiempo nunca es suficiente si no se aprovecha. Y así, entre lágrimas que ya no corrían y el vacío de lo inalcanzable, entendió que la muerte no perdona, pero tampoco olvida. Alzó los ojos hacia la luz, temblando de despedidas silenciosas. Pero antes de irse, desde lo más profundo de su ser dejó caer una súplica: “No olviden que la vida es corta, vívanla”.

 

18 de diciembre de 2024.

Foto: Internet.


martes, 16 de abril de 2024

EL CRUCE DE REGRESO A CASA

 


Hay pensamientos y recuerdos que se manifiestan,

con un intenso dolor como herida que se calma en la piel

hasta que regresan con el tiempo, casi siempre.

 

El cielo azul y las aguas calmas de la bahía,

su cruce es el único camino de regreso a casa:

cada lugar donde he amado me ha obligado a irme.

 

Después está la memoria, aún,

que llena de delfines el trayecto, suspiro

brisa marina húmeda, el laurel florecido, espuma en la orilla.

 

¿Cómo se llama el aroma de madre y el tono palpitante del atardecer al llegar?

Bluff, de ti me he alejado de las raíces ahora agonizantes,

de todo lo que llamamos parientes.

 

Déjame recordar lo que había dejado en el poco tiempo que queda:

tu playa y lagunas, tu andén florecido, tus atardeceres,

tu gente y amigos, tu resguardo y noches de calma.

 

¿Alguno de nosotros volverá a ser lo que una vez fuimos?

¿Para cuándo?

Dime y allí estaré.

 

15 de abril de 2024.

Foto propia.


domingo, 3 de septiembre de 2023

MUJER DEL PASADO

 






Mujer del pasado, lejana y etérea,

llegas con el mismo nombre, suspiro sincero.

Como hace cuarenta años,

tu piel canela brilla bajo el sol de agosto.

 

Tus ojos negros, estrellas en la noche,

reflejan historias, pasiones en derroche.

Caminas altiva por la arena dorada,

tus pies en el oleaje, danzan en la jornada.

 

Observas el horizonte con mirada profunda,

en tus pensamientos, un mundo no se divulga.

Las miradas te admiran con pasión ardiente,

eres un sueño, un enigma en esta orilla persistente.

 

Juegas en la arena, risas llenan el aire,

carcajadas que mi piel despiertan sin reparo.

La misma risa del pasado, un eco en el viento,

eleva mis sentidos, mi alma en movimiento.

 

Mujer del pasado, atardecer de ensueño,

siempre joven, como un rayo de sol en este empeño.

Alegras la playa, despiertas los ranchos callados,

eres un espejismo que regresa del pasado.

 


28/08/2023

El Bluff, Nicaragua.


domingo, 23 de julio de 2023

FRAGMENTOS Y ASTILLAS

 


Eres singular. Ensayas tu ausencia.

¿Ves la luz? ¿escuchas el ruido? ¿sientes el calor del sol?

 ¿Lo conectas con el día?

Te mueves en la oscuridad, entre fragmentos y astillas.

 

Trato de esperar esos momentos,

incluso cuando se escapan: un gesto de alegría.

Érase una vez no más,

pero vuelves al caer.

 

Somos cada segundo y cada día.

He mirado profundamente a los ojos de hombres y mujeres.

Y temía eso, no hacemos contacto.

El espacio entre nosotros nunca existió.

 

Ya no sé qué pensar.

Sobre la muerte. Que está en alerta.

Acerca de ti. Un deseo desde las ruinas de la memoria.

Porque sí, tú, hacías latir mi corazón,

irregularmente como el tuyo, hasta apagarlo..

 

Dejó de latir, se disiparon los deseos.

Vuelve a tu vida, a los fragmentos y astillas,

a tu memoria que divaga entre las ruinas

de  noches largas y sombrías.

 

14/07/2023

Foto: Líneas, de Sergio Orozco Carazo

sábado, 17 de junio de 2023

SINFONÍA DE PENAS Y ALEGRÍAS

 


En los pliegues del tiempo y el pesar,

se desliza el dolor de un ser amado,

un suspiro que el alma ha dejado,

y en el corazón una herida deja al pasar.

 

El reloj implacable avanza sin cesar,

como un sanador que cura las heridas,

con su andar, cicatriza las vidas,

mientras las memorias se van a difuminar.

 

Pero el tiempo también deja su rastro,

en nuestras caras y en nuestras miradas,

fisuras que narran historias pasadas,

reflejos de experiencias, de un pasado ya gastado.

 

La nostalgia se adueña de nuestras almas,

con el peso de los años en nuestros hombros,

valorando cada instante como un tesoro,

anhelando volver a aquellos días sin calma.

 

Extrañamos la calidez de nuestros padres,

la sabiduría de los abuelos añoramos,

buscando en nuestra memoria los ramos,

de momentos perdidos en los que no hay huidas.

 

Y en el ocaso de nuestras vidas, la soledad,

nos susurra al oído en cada noche solitaria,

acompañante silenciosa, compañera solitaria,

en el crepúsculo final, única verdad.

 

Pero aún en la tristeza que nos envuelve,

encontramos belleza en las pequeñas cosas,

un rayo de luz que la oscuridad disipa,

y en la melancolía, el corazón se resuelve.

 

La vida es una sinfonía de penas y alegrías,

donde el tiempo nos moldea con su paso fugaz,

y aunque duelan las ausencias, siempre hay paz,

en cada instante, en cada latido, en cada pena.


17 de junio de 2023

Foto: Trazados 7, Sergio Orozco Carazo.


viernes, 7 de febrero de 2020

EL VIEJO DETRÁS DE LA BARANDA


El viejo detrás de la baranda de concreto se sostiene de ella para estar de pie. A veces sonríe, otras veces se encuentra ensimismado. Siempre saluda a los que pasan caminando por el andén y recibe con alegría las pocas visitas que tiene, invitándolos a sentarse en una mecedora de junco en el corredor que protege la baranda. Está atento cuando ve cruzar frente a su casa a los barcos que entran y salen del puerto, hasta que deja de verlos al atracar en el muelle, entrar al río Escondido o cruzar la barra en dirección a alta mar. No se pierde un día claro y soleado porque espera el atardecer que pinta de color naranja acaramelado la bahía y su rostro.

Es de estatura mediana. Su cabello cano lo peina hacia atrás con brillantina. Su piel es de color café claro, mestiza y un poco flácida. Su rostro muestra las arrugas del tiempo, pero siempre está limpio, sin barba ni bigote. Sus ojos son pequeños, de color café oscuro; el izquierdo es más pequeño que el derecho, pero ambos reflejan cierta tristeza. Su nariz se desplaza un poco a la derecha y uno de sus orificios nasales es más ovalado que el otro. Sus cejas son bien pobladas y las pestañas de sus ojos son tan largas que, al verlo, dan la impresión de que le dificultan ver. De su cuello cuelga una cadena de oro y en su dedo anular derecho aún lleva el anillo de matrimonio.

Está bien vestido y lleva con él la moda de hace muchos años. Siempre está limpio y nunca desentona con su atuendo. Usualmente lleva puestos pantalones de color negro, gris o caqui de paletones, planchados con almidón, y sus camisas preferidas, de color blanco, que usa por dentro, mostrando su alto talle a la altura del ombligo. De su faja negra o café, según la ocasión, cuelga la cadena de su reloj, que guarda en la bolsa derecha del pantalón. Calza botines negros ortopédicos desde el día en que una caída inesperada le provocó una fractura compuesta en la pierna izquierda.

Las veces que lo veo, está sentado en el corredor con la mirada fija en el horizonte. Así lo encuentro cada vez que paso por el andén y lo saludo. Evita moverse de un lado a otro porque, aunque se apoya en un andarivel, el impulso que realiza para levantar el peso de su cuerpo le causa dolor. Sufre en silencio por ello y por otras causas.

 Un día que pasé por su casa y me asomé al corredor por sobre la baranda, lo vi sentado en la mecedora con la mirada perdida y lágrimas en sus mejillas.

¿Por qué llora? pregunté.

Por nada y por todo, respondió, y con un pañuelo se secó las lágrimas. Por nada, porque la nada me hace extrañar mi niñez, mis padres, la juventud, mis hermanos y mis amigos. Por todo, porque lo que he perdido, y ahora me doy cuenta, ha sido lo más valioso que he tenido a mi lado: mi esposa, que en paz descansa, y mis hijos, que se han ido. Por la salud que he perdido, por la soledad que me embriaga en esta casa que construí para ellos y por lo injusto que siempre perdura en el mundo.

Lloro porque no puedo caminar por la playa, reventando espuma con mis pasos; porque no puedo salir al patio y rastrillar las hojas secas que se desprenden de los árboles, ni arreglar el desorden ordenado en mi bodega de viejos cachivaches. Mucho menos puedo jalar agua del pozo que, con tanto esmero, he conservado pura con el paso de los años. Lloro porque perdí mil oportunidades de pedirle perdón a mis seres amados por las faltas cometidas, por el tiempo desperdiciado en fantasías irrealizables, porque el tiempo ablanda soberbios corazones y este encierro me consume como al cuerpo el fuego de una hoguera. Lloro para aliviar mis pesares, porque el peor sufrimiento que tiene un hombre es el dolor que ahoga en su corazón y se convierte en un fantasma enloquecido que ha quedado atrapado eternamente en la profundidad de una cueva oscura.

Tras una larga pausa, se meció unos instantes y dijo: se hace tarde, debo ir al baño.

El viejo jaló su pierna fracturada con ambas manos. Al tenerla en la misma posición que la sana, tomó el sostenedor del andarivel. Con un impulso, se suspendió y quedó mirando, como hechizado, por encima de la baranda el sol que caía en el horizonte. La mecedora que ocupaba seguía balanceándose, como si estuviera ocupada por un ser invisible. Levantó unos centímetros el andarivel y, a la distancia de un paso, lo volvió a colocar con firmeza en el piso. Dio un paso con la pierna sana y arrastró la enferma hasta igualarlo y, así, poco a poco, paso sano, paso enfermo, el viejo detrás de la baranda entró encorvado a la sala de su casa minutos después de que el sol se desvanecía y él desaparecía en sus aposentos.

Desde allí, desde la sala aún iluminada por el moribundo sol, estoy casi seguro de que escuché su voz diciendo: “Mañana, regresa mañana.” Bajé al sector del muelle de las pangas y caminé en dirección al parque, pasando por los tanques de la Esso. En el trayecto, me imaginé a mi abuelo Felipe como en sus mejores años, lleno de vida y sonriente, libre de pesares y movimientos, acompañándome en la caminata por el antiguo puerto de El Bluff.



Jueves, 6 de febrero de 2020.
Foto: Felipe Alvarez.

domingo, 8 de enero de 2017

NO NOS FUIMOS, NUNCA LO HICIMOS


En tu cama protegida por barrotes de bronce fundidos el siglo pasado, en la cocina de tu mamá donde nos robábamos las latas importadas de frutas en conserva y te calentabas al lado del horno, bajo la sombra del árbol de mango donde chupábamos su dulce amarillo, en el swing de tu casa donde nos mecíamos todas las tardes, en la bodega donde tu papá guardaba barriles de guarón y calaches viejos, en la popa del barco pos-pos en que viajábamos al regresar de clases con los delfines incitándonos, no lo hicimos.

Nunca nos fuimos, siempre estuvimos allí, pies descalzos en la arena. Nunca lo hicimos, ni en la grama de playa retenida por los muros azules del parque de la loma, ni en la banca que adornaba el solitario árbol de Laurel, ni sobre las hojas de uvas de mar, ni sobre las rocas azules iluminadas por nuestra sombra en noches de luna llena.

Ni en la ensenada donde atrapábamos chacalines para usarlos de carnada, un pretexto para pescar solitarios hasta anochecer en el muelle de los pescadores, no lo hicimos. Camino a la playa, esquivando el lodo con saltos entre piedras gigantes hasta salir corriendo agarrados de la mano en la arena, las olas explotando en nuestros cuerpos, hasta rodar en el agua, no lo hicimos.

Siempre estuvimos juntos en los picnic de familia. Sumergidos hasta la cintura en las aguas calmas de la segunda laguna, vos temerosa de los cuajipales y yo sosteniéndote por detrás, no lo hicimos; reposando nuestras cabezas en un tronco blanco de balsa, observando en silencio el cielo estrellado y la espuma del mar cubriendo nuestros cuerpos, no lo hicimos; tendida en el tronco de un palo de coco, con tu falda bailándole al viento, desde el barranco del faro viendo zarpar los barcos camaroneros, no lo hicimos. No pudimos, no lo hicimos.   

Caminamos tomados de la mano por el largo andén hasta detenernos frente a la capilla de la iglesia y nos recostábamos en el muro de la escuela donde perfeccione mis movimientos de dedos para quitarte el sostén frente al árbol de zapote, testigo de esa primera vez que me tocaste sobre el pantalón y tus pezones florecieron como sus frutos, luego de un largo silencio me dijiste al oído, “siento que nos miran”. No lo hicimos.

Hoy que la lluvia lo inunda todo, te encuentro vacía en la soledad del tiempo. No nos fuimos, siempre estuvimos allí, nunca lo hicimos.

jueves, 15 de diciembre de 2016

EL FONDO DEL AGUJERO


La lluvia no cesa; el viento
retuerza paraguas.
La maleta está lista; la ropa
contiene tu aroma.
Las calles están vacías; el asfalto
refleja tristeza.

Bienvenido al callejón; el agua
fluye intensa hacia la bahía.
Dos chorros me bañan; los aleros
son sus cómplices.
Unos salen otros entran; luchamos
por un resguardo.

La terminal está furiosa; los rostros
hablan del desconcierto.
La bahía está llena; los muelles
de concreto cubiertos.
Las pangas se balancean; las olas
revientan frenéticas.

El horizonte es gris; esconde los
cayos y la costa.
Las aves marinas reposan; las acogen
antiguos cimientos.
Barcos aferrados al muelle; los marineros
en hamacas dormitan.

Los chamberos entregan flotadores; la gente
inquieta hace fila.
Atraca una panga sin toldo; orca
lleva por nombre.
Corremos bajo el aguacero; los asientos
están mojados.

El plástico cubre la panga; la lluvia
estalla en la bóveda gris.
El motor ruge al partir; el zigzag
anuncia la despedida.
El rio está lleno; mi piel
sigue húmeda.

Tus ojos apagados brillan en el fondo del agujero.


Bluefields, 11/12/2016

sábado, 5 de diciembre de 2015

CUANDO EL CAMINO BRILLA CON LA LLUVIA


En una tarde lluviosa,
cuando el camino brilla con la lluvia,
caminé de prisa chapaleando lodo,
acosados mis pensamientos por problemas sin resolverse.
Miré hacia un lado, borrosa ente la brisa,
la luz acogedora de una tienda.

Vi a través de la ventana
estantes llenos de colores:
lucecitas parpadeando, arbolitos navideños,
cohetes y triquitraques, tambores,
cajas de chocolate, caramelos,
juguetes a montones.
Un desorden patético y barato.

Con ojos expectantes
mi infancia apresurada regresó.
Una vez más eran tesoros deseados.
Con codicia volví la mirada sobre las canicas,
los patines, la bicicleta, los aviones y balones.
Luego seguí por el camino bajo la lluvia.

En una tarde lluviosa,
cuando el camino brilla con la lluvia;
allí, en la ventana iluminada de la tienda,
dejé mi niñez”.


05/12/15

sábado, 30 de mayo de 2015

LO DULCE QUE SOÑÉ


Hoy temprano su aroma inhalé
como de niño del tuyo disfruté.
Mientras tallos con azucenas florecidos corté,
la vida a tu lado recordé.
Para inmortalizar lo dulce que a tu lado soñé
mi sala con ellas en un jarrón adorné

En mi piel llevo tu ternura
nunca se despega por locuras.
Portador de tus ojos soy
blanco, negro, todo veo con abertura.

Aunque a mi lado no estés
la imaginación tuya es mía.
Escucho tu risa, tu voz llamado
repito siempre, no tardare madre mía.

30/05/2015

viernes, 22 de marzo de 2013

UNA PARTÍCULA DE POLVO EN EL UNIVERSO


Sé que lo recuerdas vagamente, pero si te esfuerzas y te concentras puedes recorrer las profundidades de tu mente, apartando imágenes que te distraen, enfocándote como cuando lo haces para conducir de noche bajo la lluvia o con neblina densa.

Si lo logras, te darás cuenta y tendrás las respuestas para explicarte ese estado que te mantiene en sosiego, distante, enojado, explosivo; descubrirás que la decisión fue tuya, de nadie más. Es difícil admitirlo, siempre has buscado culpables, pero ¡basta!, debes enfrentarlo, nadie más que vos te llevó a estas circunstancias; ni ella, tu madre.

Tu madre que te acurrucaba en sus brazos, susurrándote palabras de ternura, pendiente de tu llanto cuando te sentías incómodo en la cuna por un ruido que desconocías y corría desesperada a tu lado dejando sus quehaceres porque eras lo más importante del mundo; al verla con tus ojitos chispeantes de alegría, le regalabas una sonrisa, balbuceabas cosas inexplicables que sólo ella comprendía y se llenaba de dicha. Ella te enseñó a hablar de poquito en poquito; un día dijiste “ma..ma” y sus ojos se llenaron de lágrimas porque comprendió que el vínculo crecía, se intensificaba en el mundo exterior que, con esmero y según sus posibilidades, había construido para vos.

Tampoco él, tu padre. Tu padre que te hablaba con su ronca voz y, para semejarse a la de ella, para no confundirte, para complacerte, te decía las cosas en diminutivo, achiquilladas; cuando te levantaba de la cuna sentías la fuerza de sus brazos por la sacudida que te daba al apartar el mosquitero. Por su tacto, fuerza y voz, comprendiste que era diferente a ella y poco a poco notaste que se ausentaba; te dejaba solo con ella, pero tras cada regreso intuitivamente te diste cuenta que era tu padre porque que ella te lo susurraba, hasta que un día dijiste “pa…pa”; los dos se convirtieron en los seres más dichosos de este mundo y vos en el ser más querido. 

Así, poco a poco, fuiste creciendo. Te convertiste en el centro del firmamento para tus padres, tus abuelos, tus tíos y tías. Los buenos vecinos visitaban a tu madre para conocerte. Ella te protegía, evitaba que te vieran así, indefenso, frágil por el mal de ojo que pudieran darte; para impedirlo te puso una pulserita en la muñeca con ojales rojos y negros. Cuando diste los primeros pasos, ellos te tomaban de la mano al estar gateando, te acordás cuando lo hacías, te enseñaron a gatear porque vos lo hacías de nalga y aprendiste que era con las manos y las rodillas. Repentinamente, te dejaron solo y caminaste tambaleándote, caíste una y otra vez hasta que lo lograste; un día corriste comenzando a hacer zanganadas, derribando todo a tu alcance, mientras ellos alardeaban sobre lo inteligente, inquieto y ágil que eras. 

Quizás fue un poco más tarde, en la escuela o en el barrio, cuando te diste cuenta que no eras el centro del firmamento, que habían otras estrellas que brillaban a tu lado, que eras uno más del conjunto, una partícula de polvo que comenzaba a levantarse con el viento. Llegaste a la Secundaria, te enamoraste locamente, te emborrachaste de nostalgia, mirabas la vida con ojos de soberano al que todos deben rendirse a sus pies. Allí fue cuando todo comenzó: la primera desilusión, el primer fracaso; añoraste la cuna llorando y balbuceando como en esos primeros años. 

Todo el mundo a tu alrededor se desmoronó cuando te fuiste lejos abandonado el nido como ave peregrina; ahora que lo recuerdas te llenas de nostalgia. Añoras todo, a tus padres, tus coquetos abuelos, a tus hermanos de vez en cuando porque no han sanado las heridas del pasado, a tu barrio de la infancia. Cuando miras las fotografías que nadie te regaló, esas que son parte de tu herencia, suspiras derramando lágrimas al verte ante el espejo, escudriñando rasgos de ellos en tu rostro envejecido por el rencor de la soledad aunque ella, tu compañera, trate de llenarte con amor y compañía. 

No eres capaz de confesarlo, lo rehúyes, lo digieres sin decírselo a nadie y explotas desquitándote con todo, con el maldito trabajo, con la situación de tu pueblo; no haces nada más que escupir llamaradas de odio que poco a poco te van destruyendo. Lo haces sin razón, sin causa. Te vas identificando con otros semejantes que se han confundido en el camino porque tomaron el sendero equivocado, ese que te ha llevado a maldecirlo todo, a no encontrar el sosiego porque muy dentro de vos sabes que sos culpable. Por eso vivís pendiente de todo lo que pasa, tirando piedras destructivas, escondiendo la mano como los cobardes: sos incapaz de proponer sin tratar de sacar ventaja y el mundo alrededor se achica como el de los náufragos al sacar el agua del barco azotado por la tormenta. 

No vale la pena morir de esa manera. Entra en las profundidades de tu ser, descubrí las causas y lograrás superarlo porque te darás cuenta de que al final no eres más que una partícula de polvo en el universo. Si lo haces, trata de volver a gatear, si caes estoy seguro que te volverás a levantar diferente.

21 de Marzo de 2013.