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sábado, 25 de octubre de 2025

VOLVER A VERTE

 



Hoy te vi, papá.

No te estaba buscando.

Un video cualquiera, un muelle en Utila,

gente moviéndose, voces, sal marina.

Y de pronto tu figura, quieta,

mirando el hundimiento del Halliburton 211, un barco viejo,

como quien observa el paso del tiempo.

 

Me detuve.

El corazón golpeó fuerte,

como si recordara algo que el cuerpo ya sabía.

Pausé la imagen.

Corrí a llamarla:

—¡Es mi papá!

Y al mostrarte, ella lo confirmó sin dudar:

la postura de tus hombros,

esa manera de pararte en silencio,

miro y sé.

 

Sentí alegría primero,

como si el aire se hiciera más liviano.

Después vino la lágrima,

lenta, testaruda, inevitable.

No te veía así desde 1999,

cuando el cielo se cerró sobre el avión

que te llevaba de regreso a mí.

 

A veces sueño con vos.

Navegabas en un cayuco entre los Cayos,

yo en sentido contrario.

Nos cruzamos, levantaste la mano,

y dijiste adiós.

Me desperté con la ausencia

sentada en mi pecho.

 

Una noche escuché tu voz llamándome,

clara, como cuando me buscabas en el patio.

Vivía solo.

La casa entera se estremeció.

 

Hoy, al detener ese cuadro,

en el minuto 18:06 sentí que regresabas.

No como fantasma,

sino como hombre vivo,

respirando brisa del Caribe,

mirando mar, madera, óxido y espuma.

 

Hay algo extraño en esto:

se ensanchan los recuerdos,

se aflojan las grietas del corazón,

se abre una puerta pequeña,

justo donde duele.

 

Ahora ya no serás solo foto quieta

enmarcada por el tiempo.

Te veré caminar, girar la cabeza,

cruzar palabras con otros hombres en el muelle.

Te veré al hundirse el barco,

pero vos flotarás en la memoria que insiste.

 

Hoy te vi, papá,

y te quedaste un poco más conmigo.

 

 

25 de octubre de 2025.

Foto: Internet


viernes, 26 de septiembre de 2025

LAS ESTRELLITAS DEL CIELO RASO

 


En el cielo raso de mi habitación hay unas estrellitas que, poco a poco, van perdiendo el brillo que acumulan durante el día o con la lámpara de la habitación. Son pocas, unas quince quizás. Desde hace muchos años están allí para alegrarme las noches lluviosas y frías. Con el paso del tiempo muchas se han despegado, como si se perdieran en la oscuridad.

Así como ellas, he perdido la facilidad para dormir. Antes me cepillaba los dientes, me ponía la pijama, me acomodaba a gusto en la cama y, antes de terminar el “ahora y en la hora de nuestra muerte”, ya estaba roncando. Pero ahora no. Ahora me cuesta dormir: mi mente divaga, da vueltas y vueltas, salta de un recuerdo a otro. Son temas y escenas que ya casi no reconozco, pero mi memoria se resiste a soltarlos.

En tiempos de guerra me pasaba lo mismo. Casi no dormía. Despertaba agitado, después de soñar con horrores. Recuerdo que me tomé unas vacaciones en la isla de Utila y, aun allí, me levantaba nervioso. Escuchaba en sueños los helicópteros volando bajo, con motores rugiendo, lanzando proyectiles o disparando con la ametralladora. Levantaban arena, destrozaban los árboles frutales del patio de mi abuelo Ernesto —a quien todos llamaban Papú— y de mi abuela Hazel. Eran pesadillas recurrentes. Despertaba agotado, como si hubiera corrido kilómetros.

Quizás todo era producto del estrés de vivir en zonas de guerra, donde siempre eran noticia las emboscadas a camiones militares y particulares en carreteras minadas. En uno de esos casos, una compañera extranjera —fotógrafa profesional— acudió veloz a la escena. Al revelar sus fotos pude ver los cuerpos acribillados y luego quemados con gasolina, reducidos a carbón. Aún hoy me estremece.

También recuerdo a varios amigos que murieron de distintas formas en esos años. Todavía los veo: sus compañías, sus historias, las tardes de bar, los planes de futuro, la alegría de tener esposa e hijos. Todo eso, de pronto, se borró como polvo azotado por el viento, dejando un vacío sin consuelo.

Hay otras cosas que no me dejan en paz. Las cuentas que llegan y nunca cierran. El amigo que lleva meses sin llamar porque su hijo está enfermo y no tiene para las medicinas carísimas. Son pequeñas bombas diarias. Me pregunto si alcanzará el sueldo, si algún día la miadera mejorará, porque a veces salto de la cama corriendo al inodoro. Mis amigos me dicen que no me preocupe, que así están ellos: que se orinan fuera de la taza, que al llegar a la cama dejan una estela en el trayecto, que de día deben cubrirse con papel higiénico para disimular la retención o la poca evacuación. "You fella", me dicen, no te ahueves por eso, bienvenido al club.

La incertidumbre es una sombra que se sienta en la cabecera de la cama. A veces escucho un crujido en la casa y pienso en puertas que no vuelven a abrirse. A veces imagino que alguien llama al alba con malas noticias. Todo eso me mantiene despierto.

Pienso también en la gente de a pie, la que la vida le ha resultado extremadamente difícil, la que madruga a diario para ganarse el sustento con trabajos duros. Están los cargadores de sacos en los mercados, los que barren las cunetas de las calles mojadas por la lluvia o por las inmundicias que en ellas se desechan. Los recolectores de basura que viven expuestos a contraer infecciones con los desperdicios que se pudren en sacos, revueltos por perros callejeros y zopilotes. También están los vendedores de comida en las esquinas, los ambulantes que cargan sus bultos, los cortadores de leña en los montes, los zapateros que remiendan zapatos gastados, y miles más que sufren en un mundo desigual.

Son rostros cansados que rara vez reciben un gesto de solidaridad. Muchos caen asesinados en silencio, otros exterminados en guerras que nunca fueron suyas, y los más siguen muriendo de hambre, poco a poco, como hojas secas que se desprenden del árbol sin que nadie lo note. Cada día son más, y el mundo parece acostumbrarse a su dolor, como si fuera parte natural del paisaje.

A veces me pregunto: ¿qué harán cuando la paciencia se acabe? ¿A dónde irá la furia? Lo pienso en voz baja, con miedo. Porque la injusticia amontona rencores. Y los rencores, cuando se juntan, revientan. Y así van por la vida, hasta que un día explotan y le dan vuelta a la tortilla agria de la historia.

En medio de esas reflexiones, mi mente busca consuelo en memorias más luminosas. Vuelvo a los días de pesca con mis amigos en el muelle que llamábamos el Murito. Nos preparábamos con anticipación: andábamos en busca de pesas sacadas de cables de acero que cortábamos en trozos bajo la sombra de un mango en la casa de los García, en El Bluff. Allí mismo fundíamos los trozos para hacer pelotitas del tamaño de una uña. Nos servían de proyectiles para las tiradoras en las tardes de caza bajo árboles frondosos.

Para pescar, levantábamos trozas de madera que se acumulaban en la ensenada, entre cascos viejos de botes salvavidas varados en la carretera, y de allí sacábamos carnada. O atrapábamos sardinas, o escarbábamos la tierra en busca de lombrices gigantes. A veces íbamos a los barcos camaroneros por desechos que tiraban al mar.

En el desvelo de estas noches, paso horas pescando de nuevo en el Murito: el suave oleaje de la bahía revienta en el muro, la brisa salada del Tortuguero me golpea el rostro, gaviotas y tijeretas nos sobrevuelan con alegría. Grito de emoción cuando una palometa o un roncador queda prendido del anzuelo, y lucho con todas mis fuerzas hasta sacarlo del agua.

Si aún no duermo, viajo en mis recuerdos a otros muelles. Estoy en el puente de Utila, atrapando sardinas con un nylon fino y un anzuelo diminuto. Con los dedos giro el anzuelo y, con rapidez, saco del cardumen plateado una y otra sardina que brilla al sol. Luego camino hasta el muelle de Archie Lee y paso parte de la tarde pescando. Con suerte atrapo varios Silver Fish, los llevo a la casa de Papú y mi abuela se alegra. Cenamos pescado frito con tajadas de plátano y rodajas de limón.

De pronto, deja de llover. La noche se torna fresca. Busco la cobija y me cubro el cuerpo hasta el cuello. El silencio se expande. Ya no ladran los perros, pero sigo despierto. Entonces recuerdo los árboles que rodean la casa y voy nombrándolos, como si fueran oraciones. Enumero también los frutales del patio de mis abuelas, Manuela y Hazel, y los árboles maderables de Nueva Guinea, que aún reconozco y no los han talado.

Veo barcos remolcadores en la bahía arrastrando trozas de madera que bajan por Schooner Cay y salen por la barra de El Bluff. Recorro los aserríos que he conocido. Me agrada el olor a madera, porque evoca una sensación cálida y terrosa que varía según la especie que estén procesando. Observo las sierras circulares convertir las trozas en tablas, reglas, tablones y pilares. Pronto serán convertidas en casas, puertas, ventanas, muebles de cocina, camas, libreros, estantes… miles de objetos útiles para hacernos más fácil la vida.

Los gallos de los vecinos cantan. La noche se hace más fresca. Las estrellitas del cielo raso aún palpitan, aunque cada vez más débiles. Entonces recuerdo que ayer, por falta de energía eléctrica, no puse a funcionar la bomba del pozo. Me veo junto a mi abuelo Felipe, que en sus primeros años sacaba agua con baldes. Su pozo era el más fresco del mundo: empedrado, con brocal y delantal de concreto. Lo veo llenando tanques, baldes y tinas para la casa. Me da un baldecito y corro alegre a llevarlo a la casa de mis padres. Hago varios viajes, como en un juego. Con los años, el abuelo instaló una bomba eléctrica y, con solo subir la cuchilla, llenaba todo: agua limpia, fresca y abundante.

Pero hoy la bomba no funciona. La idea de faltar agua me aprieta el pecho. Pienso en quién irá a cargar litros si la bomba se rompe para siempre. Pienso en la mujer que vive sola al final de la calle y que depende del agua del pozo. La incertidumbre vuelve a colarse por la rendija de la ventana.

Intento acompasar mi respiración, como si en cada aire buscara la calma, como si el sueño se escondiera detrás de un suspiro. Pero los pensamientos siguen desfilando. Se manifiestan cuatro casas dispersas, unidas por la memoria: la del padre, las de sus dos hijas y la del parcelero. Entre ellas laten los cultivos sencillos —frijol, yuca, naranjas, peras de agua— que no buscan comercio, solo alimentar el paisaje y el estómago. Allí también la carne de monte fue deleite, hasta que guatusas, conejos y venados cedieron ante el apetito humano, como si el bosque hubiera sido conquistado poco a poco. Es un buen lugar. Siempre que cruzo ese camino siento su hondura: cercano al pueblo y, sin embargo, apartado, protegido del estruendo de motores y de las fiestas que roban el descanso. A los lados aún están las colinas con bosques que respiran conmigo, como guardianes antiguos.

Recuerdo el día en que llegué con alegría, midiendo palmo a palmo el terreno donde soñé levantar mi casa, la de ella y de mis hijos, un refugio propio bajo árboles generosos, con la frescura de las colinas abrazando cada pared.

Y vuelvo a rezar. Por los de antes y por los de ahora. Por mis hijos, mis nietos y nietas. Por mi mujer, la que duerme a mi lado, para que siga sana, vagabunda y cercana. Las estrellitas del cielo raso laten cada vez con menos fuerza. Su luz se dispersa, como si buscara un camino que yo todavía no alcanzo a ver. Cierro los ojos. No sé si ya duermo o sigo pensando. Solo sé que la oscuridad me envuelve y me lleva, como corriente de río que arrastra sin preguntar a dónde.

 

25 de septiembre de 2025.

Foto: Internet.


martes, 7 de enero de 2025

MELODÍAS AL RITMO DEL COUNTRY

 


Tendido sobre la arena blanca,

las olas masajean mis pies.

El sol se oculta entre los Cayitos de Utila,

mientras Pico Bonito se yergue en la costa.

 

La cordillera majestuosa dibuja su silueta.

La Ceiba reposa bajo su esplendor

y las isleñas con su inglés cantadito

tejen melodías al ritmo del country.

 

Por la noche las calles brillan de luces,

los turistas fluyen entre La Punta y Sandy Bay.

De arriba abajo la fiesta no cesa,

un trozo de mundo en movimiento constante.

 

Con el alba, el muelle celebra su agitación.

El yate llega cargado de vida y provisiones,

mientras rostros entusiastas ansían la aventura,

y los viajeros nocturnos parten con mochilas al hombro.

 

Cuando el día despierta y el viento sopla fresco,

lanchas de buceo zarpan hacia los arrecifes,

y pescadores en sus veloces cayucos

cruzan el faro en busca de la mar azul.

 

07/01/2025

Foto: Ollie Zelaya Hill


miércoles, 18 de septiembre de 2024

DESTROZOS


Fue tan fuerte el estruendo que se expandió por toda la casa y  me levanté asustado del sofá desde el que miraba un concierto de Eric Clapton en el televisor. Estaba totalmente concentrado en ello, y mi padre hacía la siesta en su habitación, en la casa de mi hermana en Utila después de almorzar juntos uno de los suculentos platos que él disfrutaba preparar. Se encontraba con mucho dolor por la muerte de mi madre; la extrañaba tanto que lloraba casi todos los días de la semana. Su corazón estaba totalmente desgarrado y tomé dos semanas de vacaciones en Utila para estar a su lado.

Casi salí corriendo por el ritmo de trabajo que tenía. Trabajaba en la formulación, ejecución, seguimiento, monitoreo y evaluación de proyectos; coordinaba acciones con organismos y el gobierno local; me reunía con muchas personas y visitaba más de treinta comunidades de Nueva Guinea y otras del resto del país. Estaba agotado; tenía muchos años de no tomar un buen descanso. Necesitaba respirar aire fresco y relajarme. Utila era el lugar ideal para disfrutarlo con mi padre, mi hermana, mis sobrinas y amigos de siempre.

Llevaba varios días haciendo buceo de superficie en los bancos de arrecife de coral que hay en los alrededores. Siempre lo hacía; además, es uno de los atractivos turísticos de la isla. Su belleza es inigualable: están protegidos, hay varias escuelas de buceo cuyos precios son accesibles, lo que atrae a muchos turistas y genera ingresos en toda la cadena de servicios que ofrecen los Utileños.

El día anterior mi hermana había viajado en avioneta a La Ceiba con su familia para hacer compras y pasar el fin de semana. Solamente él y yo estábamos en casa. Era un día de verano, soleado, caluroso, de cielo azul despejado y mar calmo, ideal para bucear, pero me había quedado acompañándolo.

Salí al corredor del frente de la casa, y a lo lejos, en el horizonte azul, sobre la copa del manglar que crece abundante en la laguna de arriba, vi una nube gris pequeña entre las altas nubes blancas que pincelaban el cielo. Era una nube perdida en el camino del Caribe hondureño, en la inmensidad del cielo de las Islas de la Bahía. Estaba a la deriva, sin ninguna racha de viento que la empujara para hacerla avanzar. Era una nubecita gris insignificante que no provocaba ninguna preocupación porque no cambiaría las condiciones climáticas, ni traería lluvias, mucho menos una tormenta, y calculé que pasaría sobre el arrecife y el faro ubicado en la punta sureste de la isla, mucho más allá del muelle de la casa donde estaba atracado el barco pesquero de Mike, mi cuñado.

Así que entré a la sala para seguir disfrutando del concierto que estaba viendo en la televisión. Mi padre hacía su siesta y solo se escuchaba la música, sus ronquidos y el ruido de las motocicletas y carritos de golf que pasaban por la calle en dirección al puente para acceder a la antigua pista de aterrizaje o dirigirse al centro del pueblo.

El concierto de Clapton estaba de moda, principalmente por la canción Tears in Heaven, una balada acústica escrita en 1991. En ella habla de su dolor por el duelo y su lucha interna por superar la muerte de su hijo de cuatro años, donde se pregunta si en el cielo las cosas seguirían siendo iguales. Es la historia de un padre que está destrozado, roto en mil pedazos por la muerte de su hijo. Es realmente una gran canción, ganadora de varios premios Grammy y un éxito mundial.

Después de diez minutos, fui al refrigerador de la cocina para tomar un poco de agua. Salí al corredor de madera ubicado detrás de la casa. Vi el faro y, más allá, los Cayitos de Utila. El oleaje descansaba; la bahía se mostraba majestuosa, con cayucos surcándola, y miraba con claridad la estela de espuma blanca que dejaban en su trayecto, con el verdor de Sandy Bay, Blue Bayou y toda la costa oeste de la isla al fondo, hasta alcanzar los Cayitos entre el brillo parpadeante del calor en el agua.

Es un día espléndido, pensé. Regresé a la sala con el vaso de agua. Al pasar por la habitación donde papá hacía su siesta, escuché sus ronquidos altisonantes.

La música estaba en pausa y, al sentarme, seguí con el concierto. Repentinamente, un estruendo seco, breve y violento, sacudió la casa desde sus cimientos. Fue un sonido similar a una explosión intensa de corta duración, tan fuerte que mis oídos quedaron con un zumbido y no escuchaba nada. Me levanté desconcertado y vi que mi padre salió asustado a la sala. Con el movimiento de sus labios me di cuenta de que preguntaba: ¿qué pasó?

No sabía qué había pasado, así que respondí con la expresión de mis brazos. De prisa, desesperado, caminó hacia la cocina y luego al corredor, mientras yo lo seguía. Volvía a escucharlo y, de inmediato, dijo, mirando hacia la torre de madera, el mirador de la casa, construida sobre el corredor donde estaba la antena de radiocomunicación: ¡Fue un rayo! ¡Ha caído un rayo! Vi que la antena ya no estaba; la parte alta de la torre y sus bancas estaban chamuscadas por el impacto del rayo. Un poco a la izquierda, en el cielo azul, la nubecita insignificante iba en dirección al faro.

Poco a poco, nos dimos cuenta de los daños ocasionados, además de la destrucción de la antena, cuyos trozos estaban esparcidos en el patio trasero. Las luces no funcionaban debido a que todo el sistema eléctrico quedó destrozado, y se quemaron los electrodomésticos que estaban enchufados. La televisión no volvió a funcionar y la radio de comunicación que Mike tenía instalada para hablar con mi hermana cuando andaba pescando se quemó totalmente.

Tuvimos la suerte de no sufrir ningún daño personal, solo el susto del impacto y el estruendo del rayo. El sistema de protección nos salvó la vida, desviando la descarga eléctrica a tierra.

Cuando mi padre le dio la noticia a Indiana y a Mike, no podían creerlo, mucho menos imaginárselo, al igual que los vecinos, que hicieron correr la voz sobre el incidente a la velocidad de un rayo por todos los rincones de Utila.

Terminaron las vacaciones y regresé al trabajo con un poco más de energía. Mi papá viajó meses después a Nueva Guinea de visita, siempre con el corazón roto. Me di cuenta, después de ese incidente provocado por la nubecita gris despistada, de que la vida, a pesar de las múltiples fracturas que nos provoca, vale la pena vivirla y hay que seguir adelante.

Meses después, el seguro que Mike había contratado pagó los daños que el rayo ocasionó en la casa, una de las que estuvo expuesta a la probabilidad de riesgo, que es de menos de uno en un millón por año para las casas que pueden ser alcanzadas por un rayo.

 

5 de septiembre de 2024.

Foto: Tormenta en el paraíso (Sergio Orozco Carazo). 

lunes, 1 de abril de 2013

LA CASA MÁS BELLA DE UTILA


Rodney comenzó a relatarlo en el corredor del antiguo Cabildo Municipal de Utila. Hace muchos años allí se reunían por las tardes y yo acompañaba al grupo. El sol ardiente parpadeaba al ritmo ondulante de las hojas de los árboles de almendro plantados en el parque y al caer en el horizonte, luego de sus charlas, regresaban a casa. Pero esa tarde, después de escucharlo, el orgullo nutrido de historias cotidianas y remembranzas coloniales, los mantuvo alejados por varios días. La gente que transitaba por la calle principal lo notó; todos preguntaban por ellos ante la ausencia de los gritos y carcajadas del grupo.

Sus conversaciones giraban alrededor del mar, el mar que los nutría con su riqueza, el mar que los llevó a las costas de la isla como olas después de la tempestad. Entre limitaciones y penurias, de generación en generación, construyeron su próspero modo de vida, acompañados por la vegetación en las montañas y rodeados del arrecife más bello de las islas de la bahía de Honduras: lagunas arriba y abajo, un archipiélago de cayos al oeste con playas de arena blanca y aguas color turquesa, una calma bahía protectora de cayucos, barcos y sus casas, construidas frente a calles revestidas de grava color nácar.

Pregunté por la mejor casa de Utila y los miembros del grupo se volvieron a ver. Sus voces discordantes, con un acento cantadito al hablar el inglés creole de las islas, se confundieron entre nubes de opiniones. Para los más viejos, Kaziar y Estern, las de estilo victoriano, construidas de madera a dos pisos, con barandas y swing en los corredores de arriba y abajo, ventanas de madera y vidrio protegidas con celosías, pintadas de blanco impecable con ribetes verdes, eran las mejores de la isla; la historia esplendorosa materializada de su pasado. Para otros, los más jóvenes, los que se iban por temporadas a trabajar surcando los siete mares como marinos y lograban comprar un terreno para construir su vivienda, la modernidad se imponía. Entre ellos, John y Scott, opinaban que las más bellas eran las construidas de madera sobre pivotes de tubos plásticos de doce pulgadas de diámetro rellenados de concreto, con largas escalinatas para acceder al corredor frontal, machihembradas de pino, cielo raso de yeso moldeado al antojo, techo impermeable de tablillas, sala espaciosa, habitaciones a ambos lados del pasillo con baños propios y la cocina en el fondo, explayada sobre una plazoleta de madera con vista al mar. No había acuerdo entre el pasado y el presente.

Me había quedado pensativo explorando las casas que eran ejemplo, como intruso que entra a descubrirlas por sus ventanas en noche de luna llena. “¿Y para ti cuál es la mejor?”, le preguntó John a Rodney; todos los del grupo quedaron esperando respuesta. “Queda aquí cerca, en dirección a la tienda de Mister Anderson, frente al viejo pozo de la casa de la anciana que tiraba bacinillas repletas de mierda y orines cuando pasabas por su patio”, dijo. Volvieron la mirada al lugar indicado y, al notarlo, al materializarla en sus mentes, se quedaron viendo y explotaron en carcajadas. “¿Cómo puedes decir eso?”, cuestionó Scott. “Esa era la casa  más fea de Utila”, agregó John. Kaziar y Estern intercambiaron miradas, pero fue Kaziar quien lo incitó a que argumentara sus razones y comenzó a relatarlo.

Esa casa que ustedes conocieron, con sus paredes de madera mohosa y devorada por el tiempo, con el techo de zinc oxidado que se despegaba ante la mínima brisa, con los cimientos de los lados sin piso, paredes ni techo repuesto, con piezas de madera faltantes en las gradas, era la casa más bella de Utila. La habitó un matrimonio feliz que en sus años mozos procrearon dos niñas preciosas. No tenían siete años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo y quedaron huérfanas al cuido de sus familiares. Crecieron en el infortunio, en el dolor de la ausencia de sus padres y, sin que eso bastara, el huracán Fifí se llevó todo, sólo quedaron ellas. Con sus manos, removiendo escombros, tabla tras tabla, clavo tras clavo, volvieron a levantarla. En la pubertad, la mayor de ellas, trajo dos bellas niñas al mundo y las crió como había crecido, sola.

La conocí cuando las niñas tenían la edad de ellas al perder a sus padres. Vine a la isla como náufrago que busca reposo y paz después de largos años a la deriva. Fue una tarde cuando todo comenzó, una tarde similar a ésta. Jugábamos volleyball combinado entre chicas y chicos en un terreno baldío ubicado frente a la caseta de la antigua planta eléctrica, siempre éramos los mismos, pero repentinamente ella apareció, quería jugar y se incorporó a mi equipo. Quedé maravillado cuando vi su destreza al hacer los remates; era alta, esbelta y ágil como gaviota que picotea sardinas en la cresta de las olas. Desde ese instante, siempre esperaba que ella acudiera al juego por las tardes, para que siguiera quemándoles las manos a las jóvenes del equipo contrario.

Una noche, después de bajar de Mamey Lane y dirigirme hacia el cine de Mister Archie, al pasar frente a la casa, la vi sentada en las gradas y me acerqué a ella para conversar. La colmé de elogios por su destreza y me reveló la historia que ustedes conocen. Creció nuestra amistad, siempre jugábamos volleyball y acudía a las gradas. Pero una noche no estaba allí y, sin percatarme, traspasé el umbral  de la puerta llena de hendijas. Estaba en el fondo de la casa, preparaba la cena para sus niñas, su hermana no estaba: al sentir mi presencia en la sala, al verme, sus ojos color miel brillaron. Me invitó a cenar pescado frito con tortillas de harina y comenzó a llover. Cerró puertas y ventanas, pero el viento entraba por los orificios de las paredes. Corrió a una habitación y apartó hacia un lado la cama. Tomó todos los recipientes que tuvo al alcance y los colocó debajo de los hoyos del zinc, acurrucó a sus niñas en el viejo sofá de la sala y me senté frente a ella en un banco de madera.

La tormenta no cedía, ni yo dejaba de verla y escuchar las canciones de amor maternal que cantaba en inglés para calmar a las niñas mientras el viento y la lluvia azotaban con fuerza  la casa. Las niñas se durmieron y colocó sobre el mosquitero de la cama en que dormían un trozo de plástico. La tormenta duró toda la noche y me dormí a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo en el sofá lleno de huecos. Cuando aclaró el día desperté, su hermana dormía al lado de las niñas. Al despedirme y darle la mano, dijo: “Aquí siempre serás bienvenido, mi casa es tu casa”.

Ahora sólo quedan los cimientos de madera descubiertos allí donde estaba, pero para mí sigue siendo la mejor casa, la más bella. La casa de dos mujeres que crecieron solas, que le sonrieron a la adversidad, que fueron criticadas por todos en las calles e iglesias, la casa de las mujeres a las que nadie se atrevió a decir “aquí están mis manos para ayudarles, mucho menos llevarles una tabla o una lámina de zinc”.

Todos se volvieron a ver, no hicieron más comentarios, se retiraron en silencio hacia sus casas. Ya anochecía y me quedaba con la inquietud de conocer la casa más bella de Utila. “Muéstramela”, le dije a Rodney. Caminamos hacia el sitio indicado en su relato. Frente a los carcomidos cimientos de madera, con ojos nostálgicos, dijo: “Aquí vivió una dulce mujer, la de la casa más bella de Utila”.

Martes, 26 de marzo de 2013


martes, 19 de junio de 2012

LA CASA DE PAPÚ

No era corpulento ni alto pero tenía grandes entradas en su frente y una mirada de paz. Hablaba bajito, pausado, y caminaba cabizbajo como meditando en los senderos recorridos del tiempo. Cuando joven, Ernest Simeón Hill, llamado “Papú” por sus nietos, salía de su casa por las mañanas con un sombrero de paja, vestido con camisa manga larga para abordar su cayuco “Juanita” y dirigirse hacia Jack Neal, una parte de la costa al sureste de la isla de Utila que era de su propiedad. Allí cultivaba cocos, bananos, mangos y aguacates. El cayuco de Papú fue el primero de la isla que navegó impulsado por un motor estacionario. Atrapaba tortugas con redes y recolectaba sus huevos escarbando en la arena. También tenia una gran puntería, desde la punta del cayuco le disparaba a los barracudas sin errar un sólo tiro. Cuando regresaba por las tarde siempre llevaba a casa sus cosechas y presas, las que vendía en el pueblo.

Papú contrajo matrimonio con Hazel Eldean Bush cuando tenía veintiún años y ella quince. La ceremonia del casamiento se realizó en la iglesia Metodista de Utila el día domingo 4 de febrero de 1912. En plena juventud se amaron como pajaritos enloquecidos de amor revoloteando entre flores bajo el ardiente sol del caribe hondureño y formaron una familia compuesta de diez hijos: Zola, Molly, Hazel, Ernest Simeón Jr., Kenton Chetwood, Natalie, Vilma Gwen, White Bush, Clifton Gideon y Henry Bush. A casi todos los conocí en la casa de Papú, menos a Molly porque murió en 1919 cuando tenía cuatro años.

La casa de Papú era de madera y tambo, un tambo alto. Allí, debajo de la casa, Papú acomodaba sus productos, las tortugas volteadas con el caparazón sobre el suelo y con unas tablillas debajo de sus cabezas para que descansaran. En ese lugar jugaba parte de la mañana entre la grava, arena de mar y conchas de caracoles. En el centro del tambo, Papú guardaba sus herramientas en una bodega. Al lado izquierdo había una bomba manual oxidada bajo las ramas frondosas de un árbol de mamón. Años atrás, con esa bomba sacaban agua de un pozo y la almacenaban en un gran tanque de madera sostenida a su alrededor por láminas de hierro, pero fue abandonada cuando el pozo se secó. Desde allí escuchaba los pasos de la abuela Hazel en sus tareas cotidianas.

Un caminito de grava, desde la esquina del terreno de Papú, ubicado al doblar a la derecha up on the Hill y a la izquierda hacia el cementerio, recorriendo hacia el norte el sendero arenoso de Mamy Lane en dirección a Jericó, conducía hacia las empinadas gradas de su casa. En la esquina había un inmenso árbol de mango mechudo cuyos frutos saboreaba por las mañanas. Contiguo a la ventana de la primera habitación del ala izquierda de la casa de Papú, había un árbol de Jamaica Apple, moradas de tan rojas, dulces, y todo el suelo a su alrededor era rojo. El lado derecho del patio era un jardín de frutas: había árboles de aguacate que daban unos frutos carnosos y cremosos con una semilla pequeñita, un árbol de mango Bombay cuyos frutos eran del tamaño de una fruta de pan, otro de Golden mango y uno de Sugar mango. La abuela Hazel los cuidaba con esmero y preparaba una exquisita jalea de mango que me daba a saborear con pan de coco.

Cuando los visitábamos mis hermanos y yo, nos alojaban en la primera habitación del ala izquierda de la casa. La habitación de Papú estaba pegada al corredor de la cocina, contiguo a la del árbol de Jamaica Apple. A la hora del almuerzo, la abuela Hazel nos llamaba: “el comida estar listo, venir a comer”, nos decía en español y, al concluir decía sonriendo: “barriga lleno, corazón estar contento”. El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú, siempre estaba fresco, por ello colgaban hamacas y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban. La cocina no era muy grande pero tenía un anexo donde lavaban los trastes bajo la frescura de un árbol de aguacate y al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal, con piedras azules brillantes. A ese pozo llegaba Mayoo a halar agua para su casa que quedaba detrás de la de Papú y la trasladaba en sus caballos, así como Kaiza que vivía un poco más hacia la colina bajo unos grandes árboles de mamey y otros vecinos de Mamy Lane.

Los ojos de abuela Hazel eran redondos y azules como el cielo, y su cabello fino y blanco como el algodón. Su voz alegre mantenía el orden en la casa. En el patio cultivaba diversos tipos de flores que florecían durante todo el año. Cuando me miraba triste porque añoraba a mis padres, decía: “poor little thing” y me acurrucaba en su pecho acariciándome la cabeza, pero cuando no hacía caso o cometía una travesura, sus ojos brillaban como el sol sobre el mar. Papú no decía nada, solo sonreía. Cuando surgía un problema en la familia ella siempre estaba atenta: una herida, un clavo en el talón del pie, un anzuelo encarnado en la mano, un dolor de garganta o una gripe, con amabilidad y dulzura todo lo resolvía. Si debía visitar la casa de sus hijos e hijas por las noches para socorrer a sus nietos, tomaba su flash light y se dirigía con pasos seguros y el alma en sus manos para llenarlos de caricias y besos.  Papú era el menor de sus cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón, mientras que la abuela Hazel tuvo cuatro hermanos de los cuales uno era varón, Henry, el menor. A la casa de Papú llegaba la hermana de la abuela Hazel, Indiana, quien era idéntica a ella pero menos alta y le llamábamos “tía Indiana”. En el pasillo de la casa de Papú, en la pared derecha pintada de blanco, había una foto colgada en la pared de Mary Flynn, la mamá de abuela Hazel, bella y con la misma mirada.

En la casa de Papú conocí a todos mis primos y primas que vivían en Utila y a aquellos que en tiempos de vacaciones, desde los Estados Unidos, visitaban la isla. La primera vez que llegue a visitar la casa de Papú fue en una avioneta que aterrizó en la antigua pista de aterrizaje cerca del campo de béisbol. Los Utileños, al verla dar vueltas sobre la isla, acudían alegres a ese lugar. Luego, con el paso de los años, la pista de aterrizaje se trasladó al extremo sureste de la isla, en el sitio conocido como La Punta. Era corta, revestida con grava blanca fina sobre la arena y los fuertes vientos del noreste obligaban a los pilotos a hacer uso de todas sus habilidades al momento de aterrizar.

En La Punta aprendí a nadar; entre la orilla y el arrecife caí en una depresión arenosa, el agua cubrió todo mi cuerpo y repentinamente me encontré nadando. Experimenté una de las mayores dichas en esos años de niñez y luego me tiraba desde el muelle de Mr. Archie con los primos y amigos para zambullirme en las limpias aguas de la isla. En la Punta, antes de llegar al puente de madera que cruza Upper Lagoon y une el pueblo con ese extremo de la isla, vivían mis tíos Henry y Simeón, cada uno con su familia, en casas separadas por un cerco de madera. Por las tardes, con mis primos Crawford, Albert, Billy y Johnny, por ser casi de la misma edad, solíamos atrapar sardinas enormes acostados en los bordes del puente con hilos finos de nylon y anzuelos diminutos que hacíamos girar en círculos sin carnada sobre el cardumen para luego dirigirnos al muelle de Mr. Archie a pescar unos peces finos, plateados y chatos pero deliciosos llamados Silver Fish que llevábamos a la casa de Papú y la abuela Hazel los preparaba fritos con tajadas de plátano. En periodos lluviosos, frente a la casa de mis tíos, los fuertes vientos provocaban que el agua de la laguna inundara un terreno baldío y, con diminutos trozos de madera, hacíamos veleros para competir con Andy y Roby Bush en regatas de fantasía. En época seca, en el mismo espacio, jugábamos futbol y béisbol de dos bases.

Con mis primos conocí diferentes lugares de Utila. Una mañana, visitó la casa de Papú Frank Feurtado con su inseparable cámara fotográfica. Llegaba de vacaciones y me invitó a conocer Pumpkin Hill, el punto más elevado de la isla. Por más de una hora caminamos desde la casa, pasando el campo de béisbol en dirección noreste, por un sendero llano y lodoso bajo la vegetación del bosque. Desde la cumbre observé la belleza de Utila, su vegetación, los pescadores en sus cayucos, las aguas color turquesa que la rodean y, a los lejos, en dirección noreste, la isla de Roatán. Después nos trasladamos a Brandon Hill con el fin de entrar a su cueva; subimos sobre piedras, nos amarramos de una cuerda frente al orificio de entrada y comenzamos a bajar a sus entrañas. En la medida que avanzábamos, los espacios se reducían en aquella concavidad como tratando de evitar que la profanáramos y debíamos arrastrarnos como topo en su madriguera. Con un foco en mano el primo Frank alumbraba el trayecto y, sobre la bóveda color amarillo terroso que nos cubría, adheridos de sus patas en ella, descubrimos miles de murciélagos. Fue la primera y última vez que entré a las entrañas de Brandon Hill.    

Papú masticaba tabaco. Desde los Estados Unidos sus hijos se lo enviaban de diversos sabores y pasaba largas horas en ello, sentado en una mecedora frente a la las gradas, escupiendo en una cubeta que mantenía al lado. Cuando ese tabaco fino se le terminaba compraba puros baratos para masticarlo. Antes de caer el sol, Papú bajaba las gradas y se dirigía hacia el Cabildo ubicado una cuadra al sur de la casa, en el tope de la calle principal arenosa de Utila. Con los años, cuando comenzó a crecerme el bigote y la barba, debía rasurarme: tomaba una brocha de barbero, preparaba espuma con el jabón en una taza y frente a un espejo colgado en el corazón de la casa lo hacia. Papú me observaba con atención y un día dijo: “yo también necesito una afeitada”. Tomé una porra, puse a calentar agua, con un paño caliente froté sus mejillas, cuello y bigote y lo cubrí de espuma. Cuchilla en mano procedí a afeitarlo con el mayor esmero posible tratando de evitar una cortada. Papú nunca se movía y me daba la impresión que hacía una pequeña siesta. Al terminar, lo limpiaba con el paño y frotaba mis manos llenas de colonia en su cara. Luego Papú entraba a su habitación, cambiaba de ropa y se ponía su sombrero de cazador para partir hacia el Cabildo. Sentado en el corredor del Cabildo con sus amigos, entre ellos Mayoo, Pat Flynn, Charles Muñoz, Sherlock Muñoz y otros, conversaban sobre sus aventuras de juventud y los problemas cotidianos de la isla. Cuando las mujeres jóvenes y guapas, las utileñas, pasaban por la calle y con sus ocurrencias y piropos las halagaban, desde la casa se escuchaban las intensas carcajadas de alegría que ellas y el grupo de amigos de Papú emitían con entusiasmo. “Papú, sobre qué habla con sus amigos que las mujeres se ríen a grandes carcajadas”, le pregunté una noche mientras escuchaba sentado en su mecedora la radio de Belice. “Hijo, un día, cuando seas mayor lo sabrás”, respondió.

Papú me llevó a conocer los Cayitos, un archipiélago formado por trece cayos en el extremo suroeste de Utila. Con su cayuco navegaba cerca de la costa que exponía su franja de arena blanca cubierta de una densa vegetación de cocoteros y apreciaba, bajo las aguas cristalinas, la riqueza marina: cardúmenes de peces, delfines, tortugas y el inmenso arrecife que los protege y da vida, así como la diversidad de aves marinas revoloteando en el cielo azul pintado en el horizonte de blancas nubes. Papú tenía parientes en Jewel Cay, el más grande de todos y el único poblado. La gente de los Cayitos son grandes pescadores y cuelgan en varas los pescados salados que luego venden en la costa de Honduras. Papú, luego de visitar a sus parientes, nos llevaba a Water Cay, un cayo con una pequeña bahía de agua transparente color turquesa y arena blanca que recorría en pocos minutos, y podía trasladarme caminando con el agua hasta la cintura a otro Cayo adyacente. Luego de disfrutar de sus aguas y atrapar conchas de caracoles de diversas formas, regresábamos al atardecer con el sol a nuestras espaldas vistiendo de amarillo las tranquilas aguas de la bahía de Utila.

En la adolescencia aprendí a bucear con snorkel y descubrí la vida existente en el majestuoso arrecife de Utila. Frente a la Punta cerca del faro, Rock Point, paralelo a la costa de Blue Bayou iniciando desde la playa de Sandy Bay, Little Bight y en los Cayitos, me sumergía bajo el oleaje imperceptible para admirar ese mundo exótico y multicolor lleno de vida: peces amarillos, rojos, azules, anguilas, barracudas, caracoles de diversos tamaños, tortugas, estrellas, caballitos y helechos de mar de diversas formas, hasta que mis pulmones estaban por reventar para salir soplando el agua del tubo, respirar, nadar en la superficie y volver a bajar.

Por las noches, la abuela Hazel me concedía permiso para salir al centro y Papú decía que regresara antes que se apagaran las luces del pueblo. Una planta eléctrica ubicada en una casita de madera, al lado izquierdo del andén, caminando hacia la tienda de Mr. Archie, se encendía después de las cinco de la tarde y dejaba de funcionar antes de las diez de la noche. Con unas cuantas monedas, one nickel, one dime, one quarter o un “tostón”, salía entusiasmado hacia la casa de Mrs. Decker que tenía en la plata baja un comedor y, al entrar, los aromas de sus panes, pasteles, hamburguesas y chancho con yuca enloquecían mis deseos por degustarlos. También caminaba hasta donde Mr. Archie para comprarle a Mayra, una vendedora noctámbula que se ubicaba en frente de la tienda con una pequeña mesa de madera y varias panas, el delicioso “wishawilly” con yuca y ensalada de repollo con tomate. Ese punto era de encuentro con primos y amigos, entre ellos Danny Muñoz, Ralph Zelaya, Héctor Fúnez, Hoyt Sanders, Web y otros, para entrar al salón del cine, un galerón de madera ubicado al lado izquierdo del muelle, donde proyectaban películas de cowboys, las preferidas en la isla.

Los sábados por la noche visitaba el salón de Mr. Harvey, “el 07”. A ese local, un galerón de paredes y piso de madera con ventanales a los lados y una barra al fondo, las utileñas acudían a bailar. Las piezas musicales que más sonaban eran de country music y las parejas bailaban abrazados dando largos pasos, girando en círculos alrededor del local. Nunca había bailado de esa manera, pero una noche de despedida de año me atreví. Le extendí la mano a una rubia de ojos azules que estaba sentada junto a sus amigas en una de las bancas y, tomados de la mano, me llevó al centro del salón; mis pasos torpes, mis movimientos lentos por la costumbre de bailar pegado en dos ladrillos al ritmo del soul y reggae, poco a poco se fueron acoplando al ritmo de ella y termine bañado en sudor. En la plenitud de la noche, al ritmo de la canción “knock three times” todos se detenían al momento que la letra decía “Oh my darling, knock three times on the ceiling if you want me” golpeando, hombres y mujeres, con toda la fuerza de su pie derecho el piso de madera, estremeciendo el salón de Mr. Harvey como si un terremoto sacudiera la isla.

Al salón de Mr. Harvey no podían entrar los black creoles de Utila. Una noche, sin darme cuenta de ello, le dije a mi amigo Hoyt Sanders: “vamos a la fiesta del 07” y sorprendido respondió: “allí no pueden entrar los negros” y me invitó al salón donde ellos lo hacían: “the bucket of blood”, ubicado en extremo sur de Lozano road y unos metros antes de virar a la izquierda por Rocky Hill road. El ambiente en la “cubeta de sangre”, un salón mucho más pequeño que el 07, era acogedor por la música soul, blues, calipso y reggae que sensualmente bailaban las parejas. Luego que Hoyt me presentó a sus amigas y amigos diciendo “this is the son of White Bush” tuve la impresión de ser bienvenido. Una tarde se lo pregunté a Papú. “Abuelo, por qué los negros no pueden entrar al salón de Mr. Harvey”. Se quedó meditando, masticando su tabaco. “Por puras majaderías”, respondió después de escupir en la cubeta.

Antes de subir al cementerio de Utila, “the garden of memories”, para visitar a mis padres, a Papú y a la abuela Hazel, siempre me detengo en la esquina del terreno donde estaba la casa de Papú. Desde allí regresan los recuerdos, escucho la voz de la abuela Hazel y veo claramente a Papú bajar las gradas con su característico sombrero de cazador, pasa a un lado, y se dirige a reunirse con sus amigos que lo esperan en la antigua casa del Cabildo.

Ronald Hill A.
Sábado, 09 de junio de 2012

jueves, 8 de marzo de 2012

EPIDEMIA EN LOS CAYOS DE UTILA

Una semana antes habían planeado el viaje: prepararon cayucos, velas, canaletes e hicieron cálculo de los racimos de banano que cosecharían para abastecer a los pobladores de Utila y a los compradores que visitaban los Cayos en goletas para luego comercializarlos en New Orleans. En los primeros días de junio hacían el viaje a Cuero, una región del departamento de Atlántida en Honduras donde tenían tierras que cultivaban; cortaban la fruta, la embarcaban y regresaban a sus hogares. Esa mañana divisaron la majestuosidad de la cordillera Pico Bonito descubierta por el cielo transparente y se despidieron de sus seres queridos. Partieron con entusiasmo remando en dirección hacia el sur para cubrir el trecho de dieciocho millas de mar que los separaba del continente.

Al llegar a Cuero bebieron agua de un pozo comunal y los pobladores les informaron que una epidemia de viruela había azotado la aldea. Los habitantes de los Cayos no conocían la enfermedad y acudieron a varias viviendas con el fin de visitar a los enfermos porque nunca antes habían visto los síntomas. Sorprendidos y llenos de horror al verlos, salieron despavoridos hacia sus casas el sábado 13 de junio de 1891. Pero Daniel Howell se quedó hasta el día quince con su hijo Edwin, un adolescente de diecisiete años de edad, porque la fiebre lo había atacado y le impedía hacer el viaje.

Salieron de Cuero a las seis de la mañana en su canoa de remos sin techo bajo un sol incandescente. La fiebre aumentó en Daniel y Edwin remó todo el trayecto bajo la inclemencia del sol. Llevaban un pequeño cántaro con agua y su padre solamente se mojaba los labios, permitiéndole que tomara la mayor cantidad posible debido al esfuerzo que lo deshidrataba.

Entre las cinco y seis de la tarde del mismo día llegaron a los Cayos. Consciente de su enfermedad, Daniel le pidió a Edwin que lo dejara en el cayo Jack O´Neal, deshabitado en esos años. Lo bajó del cayuco acomodándolo en una pequeña choza y le dio aviso a su madre quien acudió de inmediato a atenderlo. Daniel le mostró las ampollas que habían brotado en su cuerpo, pero ella tomó la decisión de trasladarlo a su casa. La fiebre nunca cedió; siguió cuidándolo hasta que el consejo de salud ordenó que lo trasladaran nuevamente a Jack O´Neal, donde murió el día sábado 20 de junio.

Entre aquellos hombres que salieron despavoridos al ver los estragos de la epidemia y regresaron a sus casas sin pensar que se habían contagiado se encontraba mi bisabuelo paterno, Simeón Hill, hijo de George Hill y Mary Francis “Molly” Wood. La viruela ya había contaminado sus cuerpos y brotó en Simeón el 22 de junio y en su esposa, Prudence Cooper, el 8 de julio. Ambos fueron retirados de su casa y puestos en rígida cuarentena. Prudence fue separada de sus padres, de sus hijos, uno de ellos un bebé —Ernest Simeón Hill, mi abuelo paterno— y de todos sus seres queridos, sin poder escuchar sus voces, sin nadie a su lado para ayudarla ni aliviarla en la condición deplorable y lastimosa en que se encontraba, aun cuando Simeón estaba a su lado, inútil y nauseabundo por la enfermedad. Tuvo una agonía incontable, dolorosa y observó el rostro de Jesucristo el 19 de junio a la edad de treinta y tres años.

El domingo por la mañana vi una canoa acercándose desde los Cayos. Llegó hasta tocar la boya en el puerto de Utila, el lugar destinado en esos días para que atracaran los cayucos de los Cayos. Un barco se acercó desde la costa y regresó. Me encontraba frente a la residencia Woodville con la señora Woodville, la señorita Carrie Warren y la señora Gabourels, y luego llegó el capitán Woodville proveniente del muelle. Se detuvo frente a nosotros y con dolor dijo: “¡Prudence ha muerto!”, y dimos nuestras condolencias al tío Jimmy (James David Cooper) y a Catherine Jane Cooper, los padres de la difunta”, relata el Sr. Edward Rose en sus memorias sobre Utila.

En esos años nadie en Utila sabía cómo tratar la enfermedad, pero en Roatán había una mujer española que conocía su tratamiento y la municipalidad contrató sus servicios. Una vez que se confirmó que la enfermedad era viruela, el consejo de salud de la municipalidad decretó la cuarentena en los Cayos y las partes infestadas de las costas de la isla. Organizaron un almacén exclusivo y bien abastecido de alimentos y medicinas para que los habitantes de los Cayos acudieran a retirar sus provisiones. La población tomó todas las precauciones para evitar el contagio. Fueron solidarios y considerados con las familias y los enfermos de los Cayos, sus parientes y primeros pobladores de la isla de Utila.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Martes, 06 de marzo de 2012

sábado, 28 de agosto de 2010

UN AMIGO PARA SIEMPRE

Caminamos hasta el final del andén, donde el mar abraza la ensenada. Observamos juntos los últimos rayos del sol de aquella tarde de verano. Con un gesto que aún siento en mis hombros, pasó su brazo derecho sobre mí y, con una sonrisa que guardo en mi memoria, dijo: “Tu voz ha cambiado, estás dejando de ser un niño”. El cambio llegó como un susurro en el tiempo, casi imperceptible. Se convirtió en mi amigo eterno, en el amigo de mis amigos, esos que nunca se desvanecen en el olvido. Cuando me reencuentro con ellos, su presencia vuelve a nosotros en cada conversación, como si nunca se hubiera ido.

Foto de familia tomada por Frank Feurtado Hill.

Desde mi niñez, me guio con ternura a descubrir mis raíces. Con esmero, siempre me llevó al lado de sus padres: mis abuelos, tíos y primos. Al verlo junto a ellos, notaba cómo su carácter se transformaba: era amigo de todos en la isla, querido por todos, sin distinción. En especial, con los afrodescendientes, con quienes siempre encontraba un tema para conversar, una idea para debatir, una broma para compartir. Me enseñó cómo se ganan los pesos en tierra y en el mar. Sin embargo, nunca quiso que siguiera sus pasos de marino porque, según él, era una vida dura, y el corazón no debía perderse entre olas.

Con el tiempo, nuestras vidas tomaron caminos distintos. Alcé vuelo, y él se aseguró de que mis alas fueran lo suficientemente fuertes para soportar el viaje. Siempre estuvo pendiente de la travesía y, en los momentos más oscuros, iluminó mi sendero, especialmente cuando la ruta se tornaba difícil. Yo regresaba, y de vez en cuando, él me encontraba en el recorrido para darme aliento, renovar mis fuerzas y animarme a seguir. Conoció a todos sus nietos y los disfrutó tanto como le fue posible.

De pronto, como si fuera una ironía del destino, se marchó a su isla. Regresó para comenzar de nuevo y a sus sesenta años, volvió a navegar. Durante aquellos años de euforia, cambios y nuevas esperanzas, en medio de luchas, gritos, guerras, servicio militar y sacrificios en favor de los demás, él seguía a mi lado, aunque a la distancia, a través de llamadas telefónicas. Consciente de los peligros que me rodeaban, nunca perdió su sentido del humor; se reía al saber que ganaba varios millones de córdobas al mes, aunque solo alcanzaran para la comida. A pesar de las adversidades, nunca sugirió que abandonara el país; sabía, con la certeza de quien conoce el corazón, que no lo haría.

Volvimos a estar juntos. Nos reunió en su isla para una fiesta de Navidad y fin de año. Una vez más, la familia se congregó como en los días de nuestra niñez. El momento quedó inmortalizado en las fotografías que capturamos. Se inauguraba una nueva década, mientras los zapatistas sorprendían al mundo con sus acciones y manifiesto, en una época que parecía haber perdido su frescura. Los visité años después y regresó en varias ocasiones; siempre con el mismo fervor, volvía a enamorarse del trópico húmedo.

White Bush Hill y Ofelia Alvarez

Llegó la tragedia y perdió al amor de su vida. Desde entonces, dejó de ser el mismo: no deseaba permanecer en su isla, no podía soportar la soledad, la ausencia, el recuerdo de ella, a pesar de tener a la familia de mi hermana a su lado. Anhelaba escapar lejos. Cada mes, al llegar la fecha del fallecimiento de mi madre, lloraba como un niño y me abrazaba con la misma intensidad de aquel momento en que me dijo que me estaba haciendo hombre. Su vida había perdido todo sentido, y deseaba partir para encontrarse con ella. Al marcharse, me prometió que regresaría para quedarse a vivir conmigo.

Iba a abordar la avioneta para regresar. Al pie de la escalinata, vio bajar de la aeronave a su hermano Simeón. Ambos se sorprendieron al encontrarse. Su hermano insistió en que no se marchara, que tomara el vuelo de la mañana siguiente para pasar juntos esa tarde y noche. No logró convencerlo, y antes de despedirse, como siempre en broma, le dijo: “Como no vas a estar en tu casa, esta noche dormiré con tu mujer”.

Aquí lo esperábamos. Timbró el teléfono y no podía creer lo que decía mi hermana: la avioneta se había precipitado al mar, a unas cuatro millas de la costa. No podía hablar ni moverme; solo pensaba en él intentando salir de la avioneta, nadando como todo hombre de mar. Pasaron las horas, llegó la noche y siempre me decían lo mismo: no sabemos nada, los están buscando.

Salí en su búsqueda y llegué al tercer día. Fui de inmediato donde Simeón. “Vete al hospital, allí está, lo han encontrado”, me dijo mi tía Twila. En la morgue había un gran tumulto: llantos, gritos, los medios persiguiendo la noticia, cámaras por doquier, y de pronto apareció mi tío Henry. “No lo mires, no quiero que lo recuerdes así el resto de tu vida. Ya lo he visto, está intacto, completo, es él”, me dijo. De repente, su cuerpo estaba en un ataúd y partimos al atardecer hacia su isla en un cayuco veloz. Al llegar, nos esperaban: mi hermana Indiana, su marido, mis sobrinas y centenares de sus amigos. Fuimos directo al cementerio.

Simeón y White Bush Hill

Allí, en su sepelio, a campo abierto, al caer la noche, con luces instaladas para la ocasión, el pastor habló mientras comenzaban a bajar su cuerpo junto al de mi madre, para que descansara a su lado. Mis lágrimas corrían sin cesar; no podía evitarlo, lloré como nunca antes había llorado. Había perdido a mi amigo, aquel que siempre estaba cuando más lo necesitabas, y ya no podía abrazarme ni consolarme. Dejó de hacerlo aquel viernes 28 de agosto de 1999.

Siempre está conmigo. Lo llevo en el corazón. En los momentos de angustia y temor, lo busco; nunca me abandona. Regresa a mí, siento su presencia, ilumina mi camino y me da el ánimo necesario para seguir adelante.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 27 de agosto de 2010