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martes, 7 de enero de 2025

MELODÍAS AL RITMO DEL COUNTRY

 


Tendido sobre la arena blanca,

las olas masajean mis pies.

El sol se oculta entre los Cayitos de Utila,

mientras Pico Bonito se yergue en la costa.

 

La cordillera majestuosa dibuja su silueta.

La Ceiba reposa bajo su esplendor

y las isleñas con su inglés cantadito

tejen melodías al ritmo del country.

 

Por la noche las calles brillan de luces,

los turistas fluyen entre La Punta y Sandy Bay.

De arriba abajo la fiesta no cesa,

un trozo de mundo en movimiento constante.

 

Con el alba, el muelle celebra su agitación.

El yate llega cargado de vida y provisiones,

mientras rostros entusiastas ansían la aventura,

y los viajeros nocturnos parten con mochilas al hombro.

 

Cuando el día despierta y el viento sopla fresco,

lanchas de buceo zarpan hacia los arrecifes,

y pescadores en sus veloces cayucos

cruzan el faro en busca de la mar azul.

 

07/01/2025

Foto: Ollie Zelaya Hill


lunes, 1 de abril de 2013

LA CASA MÁS BELLA DE UTILA


Rodney comenzó a relatarlo en el corredor del antiguo Cabildo Municipal de Utila. Hace muchos años allí se reunían por las tardes y yo acompañaba al grupo. El sol ardiente parpadeaba al ritmo ondulante de las hojas de los árboles de almendro plantados en el parque y al caer en el horizonte, luego de sus charlas, regresaban a casa. Pero esa tarde, después de escucharlo, el orgullo nutrido de historias cotidianas y remembranzas coloniales, los mantuvo alejados por varios días. La gente que transitaba por la calle principal lo notó; todos preguntaban por ellos ante la ausencia de los gritos y carcajadas del grupo.

Sus conversaciones giraban alrededor del mar, el mar que los nutría con su riqueza, el mar que los llevó a las costas de la isla como olas después de la tempestad. Entre limitaciones y penurias, de generación en generación, construyeron su próspero modo de vida, acompañados por la vegetación en las montañas y rodeados del arrecife más bello de las islas de la bahía de Honduras: lagunas arriba y abajo, un archipiélago de cayos al oeste con playas de arena blanca y aguas color turquesa, una calma bahía protectora de cayucos, barcos y sus casas, construidas frente a calles revestidas de grava color nácar.

Pregunté por la mejor casa de Utila y los miembros del grupo se volvieron a ver. Sus voces discordantes, con un acento cantadito al hablar el inglés creole de las islas, se confundieron entre nubes de opiniones. Para los más viejos, Kaziar y Estern, las de estilo victoriano, construidas de madera a dos pisos, con barandas y swing en los corredores de arriba y abajo, ventanas de madera y vidrio protegidas con celosías, pintadas de blanco impecable con ribetes verdes, eran las mejores de la isla; la historia esplendorosa materializada de su pasado. Para otros, los más jóvenes, los que se iban por temporadas a trabajar surcando los siete mares como marinos y lograban comprar un terreno para construir su vivienda, la modernidad se imponía. Entre ellos, John y Scott, opinaban que las más bellas eran las construidas de madera sobre pivotes de tubos plásticos de doce pulgadas de diámetro rellenados de concreto, con largas escalinatas para acceder al corredor frontal, machihembradas de pino, cielo raso de yeso moldeado al antojo, techo impermeable de tablillas, sala espaciosa, habitaciones a ambos lados del pasillo con baños propios y la cocina en el fondo, explayada sobre una plazoleta de madera con vista al mar. No había acuerdo entre el pasado y el presente.

Me había quedado pensativo explorando las casas que eran ejemplo, como intruso que entra a descubrirlas por sus ventanas en noche de luna llena. “¿Y para ti cuál es la mejor?”, le preguntó John a Rodney; todos los del grupo quedaron esperando respuesta. “Queda aquí cerca, en dirección a la tienda de Mister Anderson, frente al viejo pozo de la casa de la anciana que tiraba bacinillas repletas de mierda y orines cuando pasabas por su patio”, dijo. Volvieron la mirada al lugar indicado y, al notarlo, al materializarla en sus mentes, se quedaron viendo y explotaron en carcajadas. “¿Cómo puedes decir eso?”, cuestionó Scott. “Esa era la casa  más fea de Utila”, agregó John. Kaziar y Estern intercambiaron miradas, pero fue Kaziar quien lo incitó a que argumentara sus razones y comenzó a relatarlo.

Esa casa que ustedes conocieron, con sus paredes de madera mohosa y devorada por el tiempo, con el techo de zinc oxidado que se despegaba ante la mínima brisa, con los cimientos de los lados sin piso, paredes ni techo repuesto, con piezas de madera faltantes en las gradas, era la casa más bella de Utila. La habitó un matrimonio feliz que en sus años mozos procrearon dos niñas preciosas. No tenían siete años cuando sus padres murieron en un accidente aéreo y quedaron huérfanas al cuido de sus familiares. Crecieron en el infortunio, en el dolor de la ausencia de sus padres y, sin que eso bastara, el huracán Fifí se llevó todo, sólo quedaron ellas. Con sus manos, removiendo escombros, tabla tras tabla, clavo tras clavo, volvieron a levantarla. En la pubertad, la mayor de ellas, trajo dos bellas niñas al mundo y las crió como había crecido, sola.

La conocí cuando las niñas tenían la edad de ellas al perder a sus padres. Vine a la isla como náufrago que busca reposo y paz después de largos años a la deriva. Fue una tarde cuando todo comenzó, una tarde similar a ésta. Jugábamos volleyball combinado entre chicas y chicos en un terreno baldío ubicado frente a la caseta de la antigua planta eléctrica, siempre éramos los mismos, pero repentinamente ella apareció, quería jugar y se incorporó a mi equipo. Quedé maravillado cuando vi su destreza al hacer los remates; era alta, esbelta y ágil como gaviota que picotea sardinas en la cresta de las olas. Desde ese instante, siempre esperaba que ella acudiera al juego por las tardes, para que siguiera quemándoles las manos a las jóvenes del equipo contrario.

Una noche, después de bajar de Mamey Lane y dirigirme hacia el cine de Mister Archie, al pasar frente a la casa, la vi sentada en las gradas y me acerqué a ella para conversar. La colmé de elogios por su destreza y me reveló la historia que ustedes conocen. Creció nuestra amistad, siempre jugábamos volleyball y acudía a las gradas. Pero una noche no estaba allí y, sin percatarme, traspasé el umbral  de la puerta llena de hendijas. Estaba en el fondo de la casa, preparaba la cena para sus niñas, su hermana no estaba: al sentir mi presencia en la sala, al verme, sus ojos color miel brillaron. Me invitó a cenar pescado frito con tortillas de harina y comenzó a llover. Cerró puertas y ventanas, pero el viento entraba por los orificios de las paredes. Corrió a una habitación y apartó hacia un lado la cama. Tomó todos los recipientes que tuvo al alcance y los colocó debajo de los hoyos del zinc, acurrucó a sus niñas en el viejo sofá de la sala y me senté frente a ella en un banco de madera.

La tormenta no cedía, ni yo dejaba de verla y escuchar las canciones de amor maternal que cantaba en inglés para calmar a las niñas mientras el viento y la lluvia azotaban con fuerza  la casa. Las niñas se durmieron y colocó sobre el mosquitero de la cama en que dormían un trozo de plástico. La tormenta duró toda la noche y me dormí a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo en el sofá lleno de huecos. Cuando aclaró el día desperté, su hermana dormía al lado de las niñas. Al despedirme y darle la mano, dijo: “Aquí siempre serás bienvenido, mi casa es tu casa”.

Ahora sólo quedan los cimientos de madera descubiertos allí donde estaba, pero para mí sigue siendo la mejor casa, la más bella. La casa de dos mujeres que crecieron solas, que le sonrieron a la adversidad, que fueron criticadas por todos en las calles e iglesias, la casa de las mujeres a las que nadie se atrevió a decir “aquí están mis manos para ayudarles, mucho menos llevarles una tabla o una lámina de zinc”.

Todos se volvieron a ver, no hicieron más comentarios, se retiraron en silencio hacia sus casas. Ya anochecía y me quedaba con la inquietud de conocer la casa más bella de Utila. “Muéstramela”, le dije a Rodney. Caminamos hacia el sitio indicado en su relato. Frente a los carcomidos cimientos de madera, con ojos nostálgicos, dijo: “Aquí vivió una dulce mujer, la de la casa más bella de Utila”.

Martes, 26 de marzo de 2013


jueves, 8 de marzo de 2012

EPIDEMIA EN LOS CAYOS DE UTILA

Una semana antes habían planeado el viaje: prepararon cayucos, velas, canaletes e hicieron cálculo de los racimos de banano que cosecharían para abastecer a los pobladores de Utila y a los compradores que visitaban los Cayos en goletas para luego comercializarlos en New Orleans. En los primeros días de junio hacían el viaje a Cuero, una región del departamento de Atlántida en Honduras donde tenían tierras que cultivaban; cortaban la fruta, la embarcaban y regresaban a sus hogares. Esa mañana divisaron la majestuosidad de la cordillera Pico Bonito descubierta por el cielo transparente y se despidieron de sus seres queridos. Partieron con entusiasmo remando en dirección hacia el sur para cubrir el trecho de dieciocho millas de mar que los separaba del continente.

Al llegar a Cuero bebieron agua de un pozo comunal y los pobladores les informaron que una epidemia de viruela había azotado la aldea. Los habitantes de los Cayos no conocían la enfermedad y acudieron a varias viviendas con el fin de visitar a los enfermos porque nunca antes habían visto los síntomas. Sorprendidos y llenos de horror al verlos, salieron despavoridos hacia sus casas el sábado 13 de junio de 1891. Pero Daniel Howell se quedó hasta el día quince con su hijo Edwin, un adolescente de diecisiete años de edad, porque la fiebre lo había atacado y le impedía hacer el viaje.

Salieron de Cuero a las seis de la mañana en su canoa de remos sin techo bajo un sol incandescente. La fiebre aumentó en Daniel y Edwin remó todo el trayecto bajo la inclemencia del sol. Llevaban un pequeño cántaro con agua y su padre solamente se mojaba los labios, permitiéndole que tomara la mayor cantidad posible debido al esfuerzo que lo deshidrataba.

Entre las cinco y seis de la tarde del mismo día llegaron a los Cayos. Consciente de su enfermedad, Daniel le pidió a Edwin que lo dejara en el cayo Jack O´Neal, deshabitado en esos años. Lo bajó del cayuco acomodándolo en una pequeña choza y le dio aviso a su madre quien acudió de inmediato a atenderlo. Daniel le mostró las ampollas que habían brotado en su cuerpo, pero ella tomó la decisión de trasladarlo a su casa. La fiebre nunca cedió; siguió cuidándolo hasta que el consejo de salud ordenó que lo trasladaran nuevamente a Jack O´Neal, donde murió el día sábado 20 de junio.

Entre aquellos hombres que salieron despavoridos al ver los estragos de la epidemia y regresaron a sus casas sin pensar que se habían contagiado se encontraba mi bisabuelo paterno, Simeón Hill, hijo de George Hill y Mary Francis “Molly” Wood. La viruela ya había contaminado sus cuerpos y brotó en Simeón el 22 de junio y en su esposa, Prudence Cooper, el 8 de julio. Ambos fueron retirados de su casa y puestos en rígida cuarentena. Prudence fue separada de sus padres, de sus hijos, uno de ellos un bebé —Ernest Simeón Hill, mi abuelo paterno— y de todos sus seres queridos, sin poder escuchar sus voces, sin nadie a su lado para ayudarla ni aliviarla en la condición deplorable y lastimosa en que se encontraba, aun cuando Simeón estaba a su lado, inútil y nauseabundo por la enfermedad. Tuvo una agonía incontable, dolorosa y observó el rostro de Jesucristo el 19 de junio a la edad de treinta y tres años.

“El domingo por la mañana vi una canoa acercándose desde los Cayos. Llegó hasta tocar la boya en el puerto de Utila, el lugar destinado en esos días para que atracaran los cayucos de los Cayos. Un barco se acercó desde la costa y regresó. Me encontraba frente a la residencia Woodville con la señora Woodville, la señorita Carrie Warren y la señora Gabourels, y luego llegó el capitán Woodville proveniente del muelle. Se detuvo frente a nosotros y con dolor dijo: “¡Prudence ha muerto!”, y dimos nuestras condolencias al tío Jimmy (James David Cooper) y a Catherine Jane Cooper, los padres de la difunta”, relata el Sr. Edward Rose en sus memorias sobre Utila.

En esos años nadie en Utila sabía cómo tratar la enfermedad, pero en Roatán había una mujer española que conocía su tratamiento y la municipalidad contrató sus servicios. Una vez que se confirmó que la enfermedad era viruela, el consejo de salud de la municipalidad decretó la cuarentena en los Cayos y las partes infestadas de las costas de la isla. Organizaron un almacén exclusivo y bien abastecido de alimentos y medicinas para que los habitantes de los Cayos acudieran a retirar sus provisiones. La población tomó todas las precauciones para evitar el contagio. Fueron solidarios y considerados con las familias y los enfermos de los Cayos, sus parientes y primeros pobladores de la isla de Utila.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Martes, 06 de marzo de 2012