Vanesa Wong había llegado a Bluefields buscando las huellas
de sus bisabuelos chinos, sin imaginar que aquella ciudad le tenía reservada
una historia muy distinta de la que había venido a conocer.
Tenía treinta y cinco años, era soltera, antropóloga
cultural y profesora universitaria en Managua. Desde hacía algún tiempo sentía
la necesidad de conocer mejor sus raíces familiares. Su abuelo le había hablado
de los comerciantes chinos que llegaron a la Costa Caribe durante las primeras
décadas del siglo pasado. Ahora lamentaba no haberle preguntado más. Se
hospedaba en casa de una amiga, profesora de la BICU, que vivía en el barrio
Nueva York. Se habían conocido durante una actividad académica y desde entonces
mantenían la amistad. Entre sus pertenencias llevaba Kafka en la orilla, de
Haruki Murakami, una novela que leía desde hacía varios días.
Aquella tarde llegó a visitarlas Gabriel Mendoza, también
profesor de la universidad. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, de piel
morena, cabello negro y lacio y ojos cafés. Enseñaba historia y sociología, y
tenía especial afición por las novelas históricas. Su amiga los presentó y le
dijo a Vanesa que Gabriel conocía bien la historia de Bluefields.
—Creo que puede ayudarte con lo que andás buscando —dijo la
amiga, mirando a Gabriel.
—No sé cuánto —respondió Gabriel, con cierta timidez—, pero
algo podemos encontrar.
Vanesa le habló de sus bisabuelos chinos y de su interés por conocer la historia de su familia en Bluefields. Conversaron de libros y Gabriel le contó que había leído a Murakami años atrás. Hablaron de la Costa Caribe y de los cambios que había vivido la ciudad. A Vanesa le agradó la atención con que Gabriel la escuchaba y la tranquilidad de sus respuestas
Gabriel dejó el vaso sobre la mesa antes de ofrecerse.
—Si querés, mañana puedo acompañarte a conocer algunos
lugares.
—Me gustaría mucho —respondió Vanesa. Le sorprendió lo
pronto que había aceptado.
Acordaron encontrarse por la mañana. Cuando Gabriel se
despidió, la amiga miró a Vanesa con una sonrisa.
—¿Y qué te pareció Gabriel? —preguntó la amiga apenas se
cerró la puerta.
—Interesante. Muy interesante, ha leído a Haruki —dijo
Vanesa, procurando no dar más explicaciones.
La amiga no dijo nada más. Aquella noche, Vanesa abrió
nuevamente la novela, aunque a ratos dejaba el libro y recordaba la
conversación con el profesor.
A la mañana siguiente, su amiga los despidió desde la
puerta. Gabriel había llegado puntual y tomaron un taxi hacia el Mercado
Municipal. Desayunaron tortillas de harina con mantequilla, gallo pinto con
coco y café de palo, entre el movimiento de los comerciantes, las mujeres que
atendían sus puestos y los compradores que llegaban con sus canastos.
—Mi abuelo tenía una fotografía de sus padres frente a una
tienda —le contó Vanesa—. Nunca he podido identificar el lugar.
—Tal vez encontremos alguna referencia. Todavía hay familias
que recuerdan aquellos negocios.
Después del desayuno recorrieron el mercado. Mientras
caminaban por el centro, Gabriel mencionó Wing Sang y Vanesa se detuvo.
—Ese nombre me resulta familiar —dijo Vanesa. Se quedó
pensando dónde lo había escuchado.
—¿Lo escuchaste en tu familia? —Gabriel esperó mientras ella
buscaba en su memoria.
—Creo que sí. Mi abuelo mencionaba nombres de comerciantes
chinos, pero yo era muy pequeña y no les prestaba mucha atención.
—A veces uno se interesa por esas historias demasiado tarde
—dijo Gabriel.
—Y se queda con las preguntas —añadió ella.
Pasaron por la Iglesia Morava y el Colegio Moravo. Ante el local donde estaba el antiguo Club Chino, Vanesa quiso saber si su abuelo habría conocido a quienes
se reunían allí. Gabriel no pudo asegurárselo. Siguieron por las cercanías del
colegio San José y la catedral con su campanario hasta el Parque Reyes, donde
encontraron una banca bajo la sombra de un árbol centenario de caoba. Se
sentaron a descansar. Vanesa seguía escuchándolo, pero ya le interesaba tanto
el hombre como las historias que le contaba.
—¿Y vos sos casado, Gabriel? —preguntó Vanesa. Había estado
buscando una manera de saberlo sin parecer demasiado interesada.
Gabriel dejó de observar el parque y bajó la mirada hacia
sus manos.
—Soy viudo —respondió.
—No lo sabía. Disculpame —dijo Vanesa, volviéndose hacia él.
—No tenés por qué disculparte —contestó Gabriel con voz
tranquila.
Le contó que su esposa había muerto diez años atrás en un
accidente automovilístico en Estados Unidos. Desde entonces no había vuelto a
casarse. Vivía con su madre en el barrio Cotton Tree; la compañía de ella hacía
menos solitarios los días de ambos. Mientras hablaba, Gabriel mantenía los ojos
puestos en el monumento a la Autonomía.
—Debe haber sido muy difícil —dijo ella después de un
silencio.
—Lo fue —respondió Gabriel—. He conocido a otras mujeres
desde entonces, pero nunca he dejado de pensar en ella.
Vanesa había aprendido a evitar las conversaciones que
podían llevarla demasiado lejos.
—A veces uno termina acostumbrándose a estar solo —dijo
ella.
—¿Eso te pasó a vos? —preguntó él, mirándola de nuevo.
—Algo así —respondió Vanesa. No quiso contarle todavía sus
desengaños.
Guardaron silencio. A Vanesa le gustaba Gabriel, aunque no
sabía si él estaba dispuesto a dejar entrar a otra mujer en su vida.
—¿Pero vos sos soltera? —preguntó él, acomodándose en la
banca.
—Sí, profesor. ¿Te sorprende? —Vanesa sostuvo su mirada.
—Un poco.
—¿Y por qué? —preguntó ella, inclinándose apenas hacia él.
—Porque sos una mujer muy interesante —respondió Gabriel sin
apartar los ojos.
Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y buscaron
refugio en un café cercano. Mientras esperaban que escampara, Vanesa descubrió
una pequeña pizarra donde los visitantes dejaban mensajes. Tomó una tiza,
escribió su nombre dentro de un corazón y se volvió hacia Gabriel.
—Ahora vos —le dijo, extendiéndole la tiza.
Él escribió "Gabriel Mendoza" junto a "Vanesa
Wong". Ella contempló los dos nombres y se rio.
Cuando dejó de llover regresaron a la calle. El aire estaba
más fresco y los vendedores habían vuelto a ocupar sus lugares. Se oían las
voces de quienes ofrecían pescado, chacalob y patí. Mientras caminaban hacia el
museo, Vanesa descubrió que Gabriel saludaba a casi todo el mundo. Unos le
estrechaban la mano; otros lo llamaban desde las puertas de los negocios. Él se
detenía a conversar, preguntaba por las familias y encontraba ocasión para
alguna broma.
—Profesor, ¿hay alguien en Bluefields que no te conozca?
—preguntó Vanesa.
—Alguno debe quedar. Pero todavía no lo he encontrado.
—¡Qué modesto sos!
—Es uno de mis pocos defectos —respondió Gabriel.
Vanesa se rio. Aprovechó que él saludaba a un comerciante
para mirarlo de los zapatos a la camisa, detenerse en sus manos y, por último,
en su rostro. Le atraía su apariencia, pero más todavía aquella manera de
tratar a la gente.
—¿De dónde conocés a tantas personas? —le preguntó cuando
reanudaron la marcha.
—Desde chavalo andaba por estas calles vendiendo pan, patty
y bolis. Mi abuela los preparaba en casa y yo salía a venderlos temprano.
—¿Y después ibas a la escuela?
—Claro. A veces regresaba cansado, pero no dejé de ir a
clases. Fueron años difíciles. Todos teníamos que ayudar en la casa.
Vanesa se imaginó al muchacho recorriendo aquellas mismas
calles con la venta de su abuela. Ahora entendía mejor por qué tantos vecinos
lo saludaban con cariño.
—Así que desde pequeño eras comerciante, profesor.
—Comerciante no sé, pero vendedor sí.
Una mujer que salía de una tienda lo reconoció y se acercó
sonriente.
—¡Profesor Mendoza! ¡Qué milagro verlo!
Lo abrazó con familiaridad. Después miró a Vanesa y sonrió.
—¡Qué bonita pareja hacen ustedes!
Gabriel, que un momento antes bromeaba sin parar, se quedó
callado.
—Gracias —respondió al fin.
Vanesa tuvo que contener la risa. "¡Vaya, profesor!
¡Sos todo un tipazo!", pensó. ¿Cómo podía ser tan desenvuelto con los
demás y tan tímido cuando se trataba de ella?
—¿De qué te reís? —preguntó Gabriel.
—De nada. Ya veo que sos bastante popular por aquí.
—Es que Bluefields es pequeño. Y yo llevo demasiados años
caminando estas calles.
Un poco más adelante, un hombre mayor que venía por la acera
reconoció a Gabriel y se acercó a saludarlo.
—¡Hombre, Gabriel! ¡Qué gusto verte!
—¿Cómo está, Mr. Matthews? —respondió Gabriel, estrechándole
la mano.
El anciano miró a Vanesa y se detuvo un momento.
—¡Dios mío! ¡Cuánto se parece usted a Patricia!
—¿A Patricia? —preguntó Vanesa.
—Sí, señorita. El cabello, la mirada y hasta la manera de
caminar. Me hizo recordar a una mujer que conocí hace muchos años.
—¿Era alguien especial para usted? —preguntó Vanesa.
Mr. Matthews sonrió apenas.
—Fue una mujer de mi pasado.
Se despidió de ambos y siguió su camino. Vanesa se quedó
pensando en Patricia, de quien no sabía nada, y volvió a mirar al profesor que
caminaba a su lado. Sintió deseos de tomarlo del brazo, pero todavía no se
atrevió.
Llegaron a King Street, la Calle del Rey. Gabriel se detuvo
frente a una casa de dos plantas, pintada de blanco con detalles verdes.
—Aquí tenemos la Casa Museo Afrodescendiente Carl Rigby
Moses —dijo Gabriel, señalando la entrada—. Quiero que la conozcás.
Vanesa observó el edificio. Había sido remodelado con el
paso de los años, aunque conservaba algunos rasgos de la arquitectura
tradicional de Bluefields. Entraron y, cerca de la entrada, encontraron el
libro de visitantes sobre un atril de madera. Gabriel tomó el bolígrafo y
comenzó a llenar los datos. En una columna destinada a la identificación étnica
figuraban varias opciones, entre ellas creole, garífuna, mestizo, rama, miskitu
y ulwa. Gabriel escribió su nombre y anotó: "Mixto".
—¿Mixto? —preguntó Vanesa, levantando las cejas.
—Sí —respondió Gabriel, sin ofrecer ninguna explicación.
—¿Y eso qué significa, profesor?
—Después te cuento —dijo él, sosteniendo todavía el
bolígrafo.
—¡Ah, no! Ahora me dejás con la curiosidad —protestó Vanesa,
divertida.
—Primero escribí vos —dijo él, entregándole el bolígrafo.
Vanesa puso su nombre y escribió "Descendiente de
chinos". Volvió a mirar la anotación de Gabriel.
—Yo sí puse claramente de dónde vengo.
—Y yo también.
—¿Mixto? ¡Eso puede significar muchas cosas! —Vanesa señaló
la palabra que él había escrito.
—Precisamente —respondió Gabriel, y ella comprendió que
disfrutaba haciéndola esperar.
—Está bien, profesor. Pero no creás que se me va a olvidar.
Comenzaron entonces el recorrido. Había fotografías,
documentos y objetos relacionados con la historia de los afrodescendientes de
la Costa Caribe. Gabriel le habló de la cultura creole, de la música y de las
distintas comunidades que habían compartido aquel territorio durante
generaciones. Cuando Vanesa le preguntó por Carl Rigby Moses, le explicó que
había sido poeta y músico de Laguna de Perlas, una figura importante de la
cultura caribeña.
Vanesa se detuvo frente a unas fotografías de celebraciones populares.
—¿Y el Palo de Mayo? He escuchado hablar mucho de esa fiesta.
—Aquí también le decimos Mayo Ya a las fiestas del mes. Fue
Carlos Rigby quien le dio ese nombre —explicó Gabriel—. En mayo hay música y
bailes de Palo de Mayo por las calles; tenés que venir a verlo.
—¿Y todavía bailan alrededor del palo?
—Claro. Pero no todo ocurre alrededor del palo. Hay bailes, recitales
de poesía, encuentros entre vecinos y celebraciones en distintos lugares.
—Me gustaría venir alguna vez durante mayo —dijo Vanesa,
mirando las fotografías.
—Entonces tenés que regresar. Bluefields cambia durante esas
celebraciones.
—Ya me estás dando razones para volver, profesor —le dijo,
observando su reacción.
Gabriel se rio. Siguieron viendo las fotografías y Vanesa
pensó que había llegado en busca de sus antepasados chinos, pero cada lugar le
mostraba una historia más amplia, hecha de pueblos de distintos orígenes.
Al salir del museo, el calor del mediodía los recibió de
nuevo.
—Creo que ya es tiempo de almorzar —dijo Gabriel,
consultando la hora.
—¿Y adónde me vas a llevar? —Vanesa se acomodó el bolso en
el hombro.
—A un restaurante donde vas a encontrar algo relacionado con
tus antepasados chinos.
—¿Otra sorpresa?
—Algo así.
—Bueno, profesor, pero durante el almuerzo me vas a explicar
eso de "Mixto" —le advirtió, levantando un dedo.
—Te lo prometo.
Caminaron hacia el oeste por la Calle Cabezas. En varios
tramos encontraron zanjas abiertas por los trabajos de alcantarillado, montones
de tierra y piedras sueltas. Gabriel le ofreció la mano para pasar junto a una
zanja. Vanesa la tomó y, cuando llegaron al otro lado, no la soltó.
—Ya podés caminar tranquila —le dijo él cuando dejaron atrás
la zanja.
—¿Y quién te dijo que quiero soltarte? —respondió Vanesa,
sin aflojar la mano.
Siguieron tomados de la mano. Al llegar a la avenida
Patterson doblaron hacia el norte. Vanesa observaba los negocios y las personas
que iban y venían por las aceras. Imaginó a sus bisabuelos caminando por
aquellas mismas calles, abriendo sus tiendas y conversando con los vecinos.
—¿En qué pensás? —preguntó Gabriel al notar que ella se
había quedado mirando una fachada.
—En mis bisabuelos. Me pregunto si alguna vez caminaron por
aquí —respondió Vanesa.
—Es posible. Casi todos los comerciantes chinos tuvieron
negocios en esta parte de la ciudad.
—Me hubiera gustado conocerlos. Saber cómo hablaban, cómo
vivían, qué pensaban de este lugar cuando llegaron.
—Todavía podés encontrar algunas respuestas.
—Eso espero.
—¿Falta mucho, profesor? —preguntó, deteniéndose un instante
para secarse la frente.
—Ya estamos cerca —le aseguró Gabriel.
—Eso me dijiste hace rato —replicó ella, mirándolo de reojo.
—Pero ahora es cierto.
—Más te vale, porque ya tengo hambre —dijo Vanesa,
apretándole la mano.
Unos minutos después se detuvieron frente a Chef David’s
Bistro. Entraron y agradecieron el aire acondicionado. El restaurante era
amplio, con mesas bien distribuidas, una sección donde se exhibían algunos
alimentos y, al fondo, detrás de una división de vidrio, un espacio destinado
al bar. Gabriel escogió una mesa del salón principal y se sentó junto a Vanesa.
—¿Y qué tiene que ver este restaurante con los chinos de
Bluefields? —preguntó Vanesa mientras examinaba el lugar.
—El propietario es David Bolaños Siu, de ascendencia china.
Su familia tiene una historia larga en Bluefields.
—¿Y lo conocés?
—Sí. Si querés, después le preguntamos por su familia.
Gabriel señaló hacia el otro lado de la calle. Allí había
funcionado el Salón Siu, atendido por la madre de David. Vanesa volvió a pensar
en la fotografía de sus bisabuelos frente a una tienda. Quizá alguien
conservara una imagen de aquel negocio. Lo primero sería recordar su nombre.
—Mi abuelo hablaba de algunos establecimientos chinos
—comentó Vanesa—. Ojalá pudiera recordar todos aquellos nombres.
—Podemos empezar preguntando por los apellidos —dijo
Gabriel—. A veces una persona recuerda lo que otra ha olvidado.
Cuando se acercaron a tomarles la orden, Gabriel recomendó
la sopa de tallarines, preparada según una tradición culinaria conservada entre
familias de ascendencia china de Bluefields. Vanesa quiso probarla. Después de
pedir las bebidas, dejó el menú y volvió a mirar al profesor.
—Bueno, ahora sí. Me debés una explicación —dijo Vanesa.
—¿Sobre qué?
—No te hagás el desentendido. Lo que escribiste en el museo
—le recordó, señalándolo con el dedo.
—¡Ah, lo de Mixto!
—Exactamente.
—Soy una mezcla de varias razas. En mi familia hay distintas
ascendencias. Hasta algo de chino tengo —explicó Gabriel.
—¿También chino?
—También.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —Vanesa ladeó la cabeza,
fingiendo indignación.
—Porque no me habías preguntado.
Vanesa le dio un golpecito en el brazo.
—¡Qué hombre más complicado!
—No tanto.
—Cada vez me resultás más interesante, profesor —dijo ella,
sin apartar la mirada.
Él recibió la broma sin intentar explicarse más. Mientras
esperaban la comida, hablaron de la universidad y de sus familias. Gabriel
quiso saber cuántos días permanecería ella en Bluefields.
—Quiero seguir buscando información sobre mis bisabuelos.
Pero también me gustaría conocer otros lugares de la ciudad.
—Hay uno que todavía no te he mostrado —respondió Gabriel
después de pensarlo un momento.
—¿Otro?
—Un antiguo hotel a orillas de la bahía. Se llamaba Hotel de
las Estrellas.
—Qué nombre tan bonito.
—Pertenecía a una familia china. Tenía un pequeño
restaurante y un muelle de madera sobre la bahía. La gente podía comer,
descansar y contemplar las embarcaciones.
—¿Y qué pasó con el hotel?
—Con los años cambió. Ahora lo administran descendientes de
aquella familia. Conserva algunas habitaciones, el restaurante y el muelle.
—¿Y todavía funciona como hotel?
—Sí, pero de otra manera.
—¿Cómo así?
—Ahora es un love hotel —dijo Gabriel, observando su
reacción.
Vanesa dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Un love hotel? —repitió Vanesa. Había oído bien.
—Así es.
—¡No puede ser! —dijo ella, y soltó una risa.
Había encontrado aquella expresión en Kafka en la orilla, de
Haruki Murakami. No esperaba escucharla allí, a orillas de la bahía.
—Precisamente estoy leyendo una novela de Murakami. Y allí
aparece eso de los love hotels.
—Entonces ya sabés de qué se trata.
—Más o menos. Pero nunca he estado en uno —admitió Vanesa.
La idea de visitar aquel lugar ya le rondaba la cabeza.
—Bueno, tampoco es obligatorio conocerlos.
—¿Y todavía se puede visitar el restaurante y caminar por el
muelle? —preguntó, procurando que la curiosidad pareciera histórica.
—Sí. El muelle sigue allí, frente a la bahía.
Vanesa imaginó las tablas del muelle y las embarcaciones que
pasaban cerca. También se imaginó sentada allí con Gabriel. Cuando llegó la
sopa de tallarines, dejó a un lado aquella idea y probó una cucharada.
—Está deliciosa.
—Te dije que te iba a gustar.
Comieron mientras continuaban conversando. De vez en cuando
sus brazos se rozaban. Gabriel se apartaba un poco para darle espacio, pero
Vanesa volvía a acercarse. En un momento su pierna tocó la de él debajo de la
mesa. Gabriel la miró y ella siguió comiendo como si nada hubiera ocurrido.
—¿Te pasa algo, profesor? —preguntó Vanesa sin mover la
pierna.
—No. Nada —respondió él. Su breve vacilación le bastó a
Vanesa para comprender que había notado el roce.
Vanesa sonrió y tomó otra cucharada de sopa. Cuando
terminaron, Gabriel pidió la cuenta. Ella miró hacia la calle, donde el sol
seguía iluminando los edificios.
—Gabriel —lo llamó ella antes de que se levantara.
—Decime.
—¿Y si vamos a conocer ese hotel? —preguntó, sosteniéndole
la mirada.
—¿El antiguo Hotel de las Estrellas?
—Sí. Quiero ver el restaurante y ese muelle del que me
hablaste —respondió Vanesa.
—Podemos ir.
—Entonces vamos, profesor. Todavía nos queda historia por
conocer —dijo ella, tomando su bolso.
Continuará
en la segunda parte.

Muy bonita historia e interesante narración hace que uni quede esperando la continuación
ResponderEliminarQue no falte, que sea pronto. interesada en saber si encontró algo de sus antepasados.
Ronald, tu mente está muy creativa. Espero segunda parte con ansias.
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