domingo, 8 de noviembre de 2026

LOVE HOTEL DE BLUEFIELDS. I PARTE.



Vanesa Wong había llegado a Bluefields buscando las huellas de sus bisabuelos chinos, sin imaginar que aquella ciudad le tenía reservada una historia muy distinta de la que había venido a conocer.

Tenía treinta y cinco años, era soltera, antropóloga cultural y profesora universitaria en Managua. Desde hacía algún tiempo sentía la necesidad de conocer mejor sus raíces familiares. Su abuelo le había hablado de los comerciantes chinos que llegaron a la Costa Caribe durante las primeras décadas del siglo pasado. Ahora lamentaba no haberle preguntado más. Se hospedaba en casa de una amiga, profesora de la BICU, que vivía en el barrio Nueva York. Se habían conocido durante una actividad académica y desde entonces mantenían la amistad. Entre sus pertenencias llevaba Kafka en la orilla, de Haruki Murakami, una novela que leía desde hacía varios días.

Aquella tarde llegó a visitarlas Gabriel Mendoza, también profesor de la universidad. Era un hombre de unos cuarenta años, alto, de piel morena, cabello negro y lacio y ojos cafés. Enseñaba historia y sociología, y tenía especial afición por las novelas históricas. Su amiga los presentó y le dijo a Vanesa que Gabriel conocía bien la historia de Bluefields.

—Creo que puede ayudarte con lo que andás buscando —dijo la amiga, mirando a Gabriel.

—No sé cuánto —respondió Gabriel, con cierta timidez—, pero algo podemos encontrar.

Vanesa le habló de sus bisabuelos chinos y de su interés por conocer la historia de su familia en Bluefields. Conversaron de libros y Gabriel le contó que había leído a Murakami años atrás. Hablaron de la Costa Caribe y de los cambios que había vivido la ciudad. A Vanesa le agradó la atención con que Gabriel la escuchaba y la tranquilidad de sus respuestas

Gabriel dejó el vaso sobre la mesa antes de ofrecerse.

—Si querés, mañana puedo acompañarte a conocer algunos lugares.

—Me gustaría mucho —respondió Vanesa. Le sorprendió lo pronto que había aceptado.

Acordaron encontrarse por la mañana. Cuando Gabriel se despidió, la amiga miró a Vanesa con una sonrisa.

—¿Y qué te pareció Gabriel? —preguntó la amiga apenas se cerró la puerta.

—Interesante. Muy interesante, ha leído a Haruki —dijo Vanesa, procurando no dar más explicaciones.

La amiga no dijo nada más. Aquella noche, Vanesa abrió nuevamente la novela, aunque a ratos dejaba el libro y recordaba la conversación con el profesor.

A la mañana siguiente, su amiga los despidió desde la puerta. Gabriel había llegado puntual y tomaron un taxi hacia el Mercado Municipal. Desayunaron tortillas de harina con mantequilla, gallo pinto con coco y café de palo, entre el movimiento de los comerciantes, las mujeres que atendían sus puestos y los compradores que llegaban con sus canastos.

—Mi abuelo tenía una fotografía de sus padres frente a una tienda —le contó Vanesa—. Nunca he podido identificar el lugar.

—Tal vez encontremos alguna referencia. Todavía hay familias que recuerdan aquellos negocios.

Después del desayuno recorrieron el mercado. Mientras caminaban por el centro, Gabriel mencionó Wing Sang y Vanesa se detuvo.

—Ese nombre me resulta familiar —dijo Vanesa. Se quedó pensando dónde lo había escuchado.

—¿Lo escuchaste en tu familia? —Gabriel esperó mientras ella buscaba en su memoria.

—Creo que sí. Mi abuelo mencionaba nombres de comerciantes chinos, pero yo era muy pequeña y no les prestaba mucha atención.

—A veces uno se interesa por esas historias demasiado tarde —dijo Gabriel.

—Y se queda con las preguntas —añadió ella.

Pasaron por la Iglesia Morava y el Colegio Moravo. Ante el local donde estaba el antiguo Club Chino, Vanesa quiso saber si su abuelo habría conocido a quienes se reunían allí. Gabriel no pudo asegurárselo. Siguieron por las cercanías del colegio San José y la catedral con su campanario hasta el Parque Reyes, donde encontraron una banca bajo la sombra de un árbol centenario de caoba. Se sentaron a descansar. Vanesa seguía escuchándolo, pero ya le interesaba tanto el hombre como las historias que le contaba.

—¿Y vos sos casado, Gabriel? —preguntó Vanesa. Había estado buscando una manera de saberlo sin parecer demasiado interesada.

Gabriel dejó de observar el parque y bajó la mirada hacia sus manos.

—Soy viudo —respondió.

—No lo sabía. Disculpame —dijo Vanesa, volviéndose hacia él.

—No tenés por qué disculparte —contestó Gabriel con voz tranquila.

Le contó que su esposa había muerto diez años atrás en un accidente automovilístico en Estados Unidos. Desde entonces no había vuelto a casarse. Vivía con su madre en el barrio Cotton Tree; la compañía de ella hacía menos solitarios los días de ambos. Mientras hablaba, Gabriel mantenía los ojos puestos en el monumento a la Autonomía.

—Debe haber sido muy difícil —dijo ella después de un silencio.

—Lo fue —respondió Gabriel—. He conocido a otras mujeres desde entonces, pero nunca he dejado de pensar en ella.

Vanesa había aprendido a evitar las conversaciones que podían llevarla demasiado lejos.

—A veces uno termina acostumbrándose a estar solo —dijo ella.

—¿Eso te pasó a vos? —preguntó él, mirándola de nuevo.

—Algo así —respondió Vanesa. No quiso contarle todavía sus desengaños.

Guardaron silencio. A Vanesa le gustaba Gabriel, aunque no sabía si él estaba dispuesto a dejar entrar a otra mujer en su vida.

—¿Pero vos sos soltera? —preguntó él, acomodándose en la banca.

—Sí, profesor. ¿Te sorprende? —Vanesa sostuvo su mirada.

—Un poco.

—¿Y por qué? —preguntó ella, inclinándose apenas hacia él.

—Porque sos una mujer muy interesante —respondió Gabriel sin apartar los ojos.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y buscaron refugio en un café cercano. Mientras esperaban que escampara, Vanesa descubrió una pequeña pizarra donde los visitantes dejaban mensajes. Tomó una tiza, escribió su nombre dentro de un corazón y se volvió hacia Gabriel.

—Ahora vos —le dijo, extendiéndole la tiza.

Él escribió "Gabriel Mendoza" junto a "Vanesa Wong". Ella contempló los dos nombres y se rio.

Cuando dejó de llover regresaron a la calle. El aire estaba más fresco y los vendedores habían vuelto a ocupar sus lugares. Se oían las voces de quienes ofrecían pescado, chacalob y patí. Mientras caminaban hacia el museo, Vanesa descubrió que Gabriel saludaba a casi todo el mundo. Unos le estrechaban la mano; otros lo llamaban desde las puertas de los negocios. Él se detenía a conversar, preguntaba por las familias y encontraba ocasión para alguna broma.

—Profesor, ¿hay alguien en Bluefields que no te conozca? —preguntó Vanesa.

—Alguno debe quedar. Pero todavía no lo he encontrado.

—¡Qué modesto sos!

—Es uno de mis pocos defectos —respondió Gabriel.

Vanesa se rio. Aprovechó que él saludaba a un comerciante para mirarlo de los zapatos a la camisa, detenerse en sus manos y, por último, en su rostro. Le atraía su apariencia, pero más todavía aquella manera de tratar a la gente.

—¿De dónde conocés a tantas personas? —le preguntó cuando reanudaron la marcha.

—Desde chavalo andaba por estas calles vendiendo pan, patty y bolis. Mi abuela los preparaba en casa y yo salía a venderlos temprano.

—¿Y después ibas a la escuela?

—Claro. A veces regresaba cansado, pero no dejé de ir a clases. Fueron años difíciles. Todos teníamos que ayudar en la casa.

Vanesa se imaginó al muchacho recorriendo aquellas mismas calles con la venta de su abuela. Ahora entendía mejor por qué tantos vecinos lo saludaban con cariño.

—Así que desde pequeño eras comerciante, profesor.

—Comerciante no sé, pero vendedor sí.

Una mujer que salía de una tienda lo reconoció y se acercó sonriente.

—¡Profesor Mendoza! ¡Qué milagro verlo!

Lo abrazó con familiaridad. Después miró a Vanesa y sonrió.

—¡Qué bonita pareja hacen ustedes!

Gabriel, que un momento antes bromeaba sin parar, se quedó callado.

—Gracias —respondió al fin.

Vanesa tuvo que contener la risa. "¡Vaya, profesor! ¡Sos todo un tipazo!", pensó. ¿Cómo podía ser tan desenvuelto con los demás y tan tímido cuando se trataba de ella?

—¿De qué te reís? —preguntó Gabriel.

—De nada. Ya veo que sos bastante popular por aquí.

—Es que Bluefields es pequeño. Y yo llevo demasiados años caminando estas calles.

Un poco más adelante, un hombre mayor que venía por la acera reconoció a Gabriel y se acercó a saludarlo.

—¡Hombre, Gabriel! ¡Qué gusto verte!

—¿Cómo está, Mr. Matthews? —respondió Gabriel, estrechándole la mano.

El anciano miró a Vanesa y se detuvo un momento.

—¡Dios mío! ¡Cuánto se parece usted a Patricia!

—¿A Patricia? —preguntó Vanesa.

—Sí, señorita. El cabello, la mirada y hasta la manera de caminar. Me hizo recordar a una mujer que conocí hace muchos años.

—¿Era alguien especial para usted? —preguntó Vanesa.

Mr. Matthews sonrió apenas.

—Fue una mujer de mi pasado.

Se despidió de ambos y siguió su camino. Vanesa se quedó pensando en Patricia, de quien no sabía nada, y volvió a mirar al profesor que caminaba a su lado. Sintió deseos de tomarlo del brazo, pero todavía no se atrevió.

Llegaron a King Street, la Calle del Rey. Gabriel se detuvo frente a una casa de dos plantas, pintada de blanco con detalles verdes.

—Aquí tenemos la Casa Museo Afrodescendiente Carl Rigby Moses —dijo Gabriel, señalando la entrada—. Quiero que la conozcás.

Vanesa observó el edificio. Había sido remodelado con el paso de los años, aunque conservaba algunos rasgos de la arquitectura tradicional de Bluefields. Entraron y, cerca de la entrada, encontraron el libro de visitantes sobre un atril de madera. Gabriel tomó el bolígrafo y comenzó a llenar los datos. En una columna destinada a la identificación étnica figuraban varias opciones, entre ellas creole, garífuna, mestizo, rama, miskitu y ulwa. Gabriel escribió su nombre y anotó: "Mixto".

—¿Mixto? —preguntó Vanesa, levantando las cejas.

—Sí —respondió Gabriel, sin ofrecer ninguna explicación.

—¿Y eso qué significa, profesor?

—Después te cuento —dijo él, sosteniendo todavía el bolígrafo.

—¡Ah, no! Ahora me dejás con la curiosidad —protestó Vanesa, divertida.

—Primero escribí vos —dijo él, entregándole el bolígrafo.

Vanesa puso su nombre y escribió "Descendiente de chinos". Volvió a mirar la anotación de Gabriel.

—Yo sí puse claramente de dónde vengo.

—Y yo también.

—¿Mixto? ¡Eso puede significar muchas cosas! —Vanesa señaló la palabra que él había escrito.

—Precisamente —respondió Gabriel, y ella comprendió que disfrutaba haciéndola esperar.

—Está bien, profesor. Pero no creás que se me va a olvidar.

Comenzaron entonces el recorrido. Había fotografías, documentos y objetos relacionados con la historia de los afrodescendientes de la Costa Caribe. Gabriel le habló de la cultura creole, de la música y de las distintas comunidades que habían compartido aquel territorio durante generaciones. Cuando Vanesa le preguntó por Carl Rigby Moses, le explicó que había sido poeta y músico de Laguna de Perlas, una figura importante de la cultura caribeña.

Vanesa se detuvo frente a unas fotografías de celebraciones populares.

—¿Y el Palo de Mayo? He escuchado hablar mucho de esa fiesta.

—Aquí también le decimos Mayo Ya a las fiestas del mes. Fue Carlos Rigby quien le dio ese nombre —explicó Gabriel—. En mayo hay música y bailes de Palo de Mayo por las calles; tenés que venir a verlo.

—¿Y todavía bailan alrededor del palo?

—Claro. Pero no todo ocurre alrededor del palo. Hay bailes, recitales de poesía, encuentros entre vecinos y celebraciones en distintos lugares.

—Me gustaría venir alguna vez durante mayo —dijo Vanesa, mirando las fotografías.

—Entonces tenés que regresar. Bluefields cambia durante esas celebraciones.

—Ya me estás dando razones para volver, profesor —le dijo, observando su reacción.

Gabriel se rio. Siguieron viendo las fotografías y Vanesa pensó que había llegado en busca de sus antepasados chinos, pero cada lugar le mostraba una historia más amplia, hecha de pueblos de distintos orígenes.

Al salir del museo, el calor del mediodía los recibió de nuevo.

—Creo que ya es tiempo de almorzar —dijo Gabriel, consultando la hora.

—¿Y adónde me vas a llevar? —Vanesa se acomodó el bolso en el hombro.

—A un restaurante donde vas a encontrar algo relacionado con tus antepasados chinos.

—¿Otra sorpresa?

—Algo así.

—Bueno, profesor, pero durante el almuerzo me vas a explicar eso de "Mixto" —le advirtió, levantando un dedo.

—Te lo prometo.

Caminaron hacia el oeste por la Calle Cabezas. En varios tramos encontraron zanjas abiertas por los trabajos de alcantarillado, montones de tierra y piedras sueltas. Gabriel le ofreció la mano para pasar junto a una zanja. Vanesa la tomó y, cuando llegaron al otro lado, no la soltó.

—Ya podés caminar tranquila —le dijo él cuando dejaron atrás la zanja.

—¿Y quién te dijo que quiero soltarte? —respondió Vanesa, sin aflojar la mano.

Siguieron tomados de la mano. Al llegar a la avenida Patterson doblaron hacia el norte. Vanesa observaba los negocios y las personas que iban y venían por las aceras. Imaginó a sus bisabuelos caminando por aquellas mismas calles, abriendo sus tiendas y conversando con los vecinos.

—¿En qué pensás? —preguntó Gabriel al notar que ella se había quedado mirando una fachada.

—En mis bisabuelos. Me pregunto si alguna vez caminaron por aquí —respondió Vanesa.

—Es posible. Casi todos los comerciantes chinos tuvieron negocios en esta parte de la ciudad.

—Me hubiera gustado conocerlos. Saber cómo hablaban, cómo vivían, qué pensaban de este lugar cuando llegaron.

—Todavía podés encontrar algunas respuestas.

—Eso espero.

—¿Falta mucho, profesor? —preguntó, deteniéndose un instante para secarse la frente.

—Ya estamos cerca —le aseguró Gabriel.

—Eso me dijiste hace rato —replicó ella, mirándolo de reojo.

—Pero ahora es cierto.

—Más te vale, porque ya tengo hambre —dijo Vanesa, apretándole la mano.

Unos minutos después se detuvieron frente a Chef David’s Bistro. Entraron y agradecieron el aire acondicionado. El restaurante era amplio, con mesas bien distribuidas, una sección donde se exhibían algunos alimentos y, al fondo, detrás de una división de vidrio, un espacio destinado al bar. Gabriel escogió una mesa del salón principal y se sentó junto a Vanesa.

—¿Y qué tiene que ver este restaurante con los chinos de Bluefields? —preguntó Vanesa mientras examinaba el lugar.

—El propietario es David Bolaños Siu, de ascendencia china. Su familia tiene una historia larga en Bluefields.

—¿Y lo conocés?

—Sí. Si querés, después le preguntamos por su familia.

Gabriel señaló hacia el otro lado de la calle. Allí había funcionado el Salón Siu, atendido por la madre de David. Vanesa volvió a pensar en la fotografía de sus bisabuelos frente a una tienda. Quizá alguien conservara una imagen de aquel negocio. Lo primero sería recordar su nombre.

—Mi abuelo hablaba de algunos establecimientos chinos —comentó Vanesa—. Ojalá pudiera recordar todos aquellos nombres.

—Podemos empezar preguntando por los apellidos —dijo Gabriel—. A veces una persona recuerda lo que otra ha olvidado.

Cuando se acercaron a tomarles la orden, Gabriel recomendó la sopa de tallarines, preparada según una tradición culinaria conservada entre familias de ascendencia china de Bluefields. Vanesa quiso probarla. Después de pedir las bebidas, dejó el menú y volvió a mirar al profesor.

—Bueno, ahora sí. Me debés una explicación —dijo Vanesa.

—¿Sobre qué?

—No te hagás el desentendido. Lo que escribiste en el museo —le recordó, señalándolo con el dedo.

—¡Ah, lo de Mixto!

—Exactamente.

—Soy una mezcla de varias razas. En mi familia hay distintas ascendencias. Hasta algo de chino tengo —explicó Gabriel.

—¿También chino?

—También.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —Vanesa ladeó la cabeza, fingiendo indignación.

—Porque no me habías preguntado.

Vanesa le dio un golpecito en el brazo.

—¡Qué hombre más complicado!

—No tanto.

—Cada vez me resultás más interesante, profesor —dijo ella, sin apartar la mirada.

Él recibió la broma sin intentar explicarse más. Mientras esperaban la comida, hablaron de la universidad y de sus familias. Gabriel quiso saber cuántos días permanecería ella en Bluefields.

—Quiero seguir buscando información sobre mis bisabuelos. Pero también me gustaría conocer otros lugares de la ciudad.

—Hay uno que todavía no te he mostrado —respondió Gabriel después de pensarlo un momento.

—¿Otro?

—Un antiguo hotel a orillas de la bahía. Se llamaba Hotel de las Estrellas.

—Qué nombre tan bonito.

—Pertenecía a una familia china. Tenía un pequeño restaurante y un muelle de madera sobre la bahía. La gente podía comer, descansar y contemplar las embarcaciones.

—¿Y qué pasó con el hotel?

—Con los años cambió. Ahora lo administran descendientes de aquella familia. Conserva algunas habitaciones, el restaurante y el muelle.

—¿Y todavía funciona como hotel?

—Sí, pero de otra manera.

—¿Cómo así?

—Ahora es un love hotel —dijo Gabriel, observando su reacción.

Vanesa dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Un love hotel? —repitió Vanesa. Había oído bien.

—Así es.

—¡No puede ser! —dijo ella, y soltó una risa.

Había encontrado aquella expresión en Kafka en la orilla, de Haruki Murakami. No esperaba escucharla allí, a orillas de la bahía.

—Precisamente estoy leyendo una novela de Murakami. Y allí aparece eso de los love hotels.

—Entonces ya sabés de qué se trata.

—Más o menos. Pero nunca he estado en uno —admitió Vanesa. La idea de visitar aquel lugar ya le rondaba la cabeza.

—Bueno, tampoco es obligatorio conocerlos.

—¿Y todavía se puede visitar el restaurante y caminar por el muelle? —preguntó, procurando que la curiosidad pareciera histórica.

—Sí. El muelle sigue allí, frente a la bahía.

Vanesa imaginó las tablas del muelle y las embarcaciones que pasaban cerca. También se imaginó sentada allí con Gabriel. Cuando llegó la sopa de tallarines, dejó a un lado aquella idea y probó una cucharada.

—Está deliciosa.

—Te dije que te iba a gustar.

Comieron mientras continuaban conversando. De vez en cuando sus brazos se rozaban. Gabriel se apartaba un poco para darle espacio, pero Vanesa volvía a acercarse. En un momento su pierna tocó la de él debajo de la mesa. Gabriel la miró y ella siguió comiendo como si nada hubiera ocurrido.

—¿Te pasa algo, profesor? —preguntó Vanesa sin mover la pierna.

—No. Nada —respondió él. Su breve vacilación le bastó a Vanesa para comprender que había notado el roce.

Vanesa sonrió y tomó otra cucharada de sopa. Cuando terminaron, Gabriel pidió la cuenta. Ella miró hacia la calle, donde el sol seguía iluminando los edificios.

—Gabriel —lo llamó ella antes de que se levantara.

—Decime.

—¿Y si vamos a conocer ese hotel? —preguntó, sosteniéndole la mirada.

—¿El antiguo Hotel de las Estrellas?

—Sí. Quiero ver el restaurante y ese muelle del que me hablaste —respondió Vanesa.

—Podemos ir.

—Entonces vamos, profesor. Todavía nos queda historia por conocer —dijo ella, tomando su bolso.

Continuará en la segunda parte.


2 comentarios:

  1. Muy bonita historia e interesante narración hace que uni quede esperando la continuación
    Que no falte, que sea pronto. interesada en saber si encontró algo de sus antepasados.

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  2. Ronald, tu mente está muy creativa. Espero segunda parte con ansias.

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