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domingo, 26 de julio de 2026

FOTO DEL DÍA 2: INTERCAMBIO EN EL MUELLE AL AMANECER



Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.

Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.

Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.

Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.

En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.

Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.

Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.

Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.

Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones. 

Alrededor de la mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban pasando los productos de los cayucos al muelle.

Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.

En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.

El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.

Clic.

La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.


13 de julio de 2026.

Bluefields, RACCS.

 


miércoles, 15 de julio de 2026

RESPLANDOR DE PERLAS II

 


La encontró una tarde cualquiera, de esas en que la brisa acaricia con aroma a recuerdos viejos y el cielo parece murmurar lo que uno había olvidado. Caminaba con paso seguro, aunque sin prisa. El cabello suelto dejaba que los rizos jugaran con el viento y, detrás de las gafas oscuras, sus ojos seguían tan vivos como los recordaba. Vestía un vestido ligero que se movía al ritmo de sus pasos y unas sandalias sencillas que no lograban ocultar la elegancia natural que siempre había tenido.

Él la reconoció de inmediato. Dudó apenas un instante. No porque temiera verla, sino porque temía todo lo que despertaba en él. Pensó en seguir caminando y conservar intacta la imagen que guardaba en la memoria, aquella mañana en que el deseo y la ilusión parecieron capaces de derrotar al tiempo. Sin embargo, el cuerpo no olvida. Ya había dado el primer paso antes de que pudiera detenerse.

La última vez que la había visto también caminaba bajo el cielo de Bluefields. Después de muchos años se habían reencontrado y compartieron unos días que parecían suficientes para desafiar al destino. Luego la vida volvió a separarlos. Él regresó a sus caminos de emigrante, a la diáspora caribeña que siempre añora sus raíces, su comida, su música y sus amores. Los años siguieron acumulándose. Llegaron nuevas responsabilidades, nuevas ausencias y canas. Aun así, jamás olvidó el brillo de aquellos ojos negros ni el resplandor de su perla negra.

Cuando estuvo frente a ella sintió que el corazón recuperaba un ritmo que creía perdido.

—¿Sos vos? —preguntó.

Ella sonrió. No era la misma sonrisa de años atrás. El tiempo la había vuelto más serena y profunda.

—Claro que soy yo. ¿Y vos, volviste al fin?

—Sí, volví.

Ella sostuvo la mirada unos segundos.

—Esta vez no te vas a ir así, ¿verdad?

La pregunta llegó suave, pero encontró el lugar exacto donde aún dolía.

—Esta vez no —respondió él.

Comenzaron a caminar por el malecón. A un lado tenían la bahía de Bluefields y al otro la ciudad moviéndose al ritmo de la música de palo de mayo con comparsas celebrando Mayo Ya. El sol descendía lentamente sobre el agua. El viento traía olor a sal, a vegetación verde y húmeda de los Cayos, y a recuerdos. Hablaron poco. No porque faltaran palabras, sino porque algunas historias ya habían sido contadas por el tiempo.

Más tarde tomaron café en la misma casa donde años atrás habían descubierto que todavía era posible enamorarse. La vivienda había cambiado. Estaba mejor pintada, tenía una calle de concreto para llegar hasta ella y el vecindario parecía más poblado. Desde la ventana podía verse el cerro. Ya no conservaba el espeso bosque que ella observaba cada mañana. Las laderas mostraban heridas abiertas y nuevos techos sobresalían donde antes sólo crecían árboles.

La habitación también era distinta. Habían desaparecido las persianas rotas y la cama era más grande. Sin embargo, algunas cosas permanecían intactas. Su risa seguía iluminando el espacio y la mirada de ella conservaba el mismo calor capaz de derribar cualquier defensa.

Mientras tomaban café, ella dejó la taza sobre la mesa.

—Te fuiste sin despedirte.

No había reproche en sus palabras. Sólo memoria.

Él bajó la vista.

—No supe quedarme.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Yo sí me quedé.

Aquella frase pesó más que cualquier discusión. Durante años ella había permanecido allí, enfrentando la soledad, los días difíciles y los sueños que no siempre se cumplen. Él, en cambio, había seguido caminando detrás de oportunidades, sobreviviendo lejos, en diferentes lugares.

—No te pedí que esperaras —dijo finalmente.

—Lo sé —respondió ella—. Pero igual lo hice.

No había nada más que agregar. Algunas verdades llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarias.

Cuando cayó la noche, la conversación se volvió más suave. Hablaron de amigos que ya no estaban, de hijos, de enfermedades superadas y de los pequeños triunfos que la vida concede a quienes no se rinden. Poco a poco la distancia acumulada durante tantos años fue desapareciendo.

Volvieron a encontrarse con la misma calma con que se reencuentran dos viejos caminos. El tiempo había dejado marcas en ambos cuerpos. Él sentía el peso de las canas y algunas molestias en la espalda. Ella acomodaba las rodillas con más cuidado que antes. Sin embargo, la ternura seguía allí, intacta.

Hubo risas cuando aparecieron los primeros calambres y miradas cómplices cuando descubrieron que algunas limitaciones también podían ser motivo de cariño. Ya no existía la urgencia de la juventud. Tampoco la necesitaban.

Las caricias dejaron de ser exploración para convertirse en memoria. Reconocieron la piel del otro como quien regresa a un lugar conocido después de una larga ausencia. El aroma a coco y lo salobre del mar seguían habitando en ella. Él volvió a sentir aquella emoción antigua que lo había acompañado durante años y comprendió que ciertas sensaciones no desaparecen; simplemente aprenden a esperar.

Permanecieron juntos largo rato, escuchando el sonido lejano de la ciudad y el murmullo del viento entrando por la ventana. Nadie hizo promesas. Ya habían aprendido que la vida suele tomar caminos propios.

Mientras observaba el perfil de ella iluminado por la luna, comprendió que el tiempo no había derrotado lo que compartían. Lo había transformado. La pasión que una vez ardió como fuego seguía allí, pero convertida en una brasa tranquila y persistente. Menos impetuosa, quizás, pero capaz de resistir los años, la distancia y las ausencias.

Entonces entendió que algunos amores no regresan para comenzar de nuevo. Regresan para recordarnos quiénes fuimos, cuánto hemos cambiado y por qué ciertos recuerdos continúan brillando cuando todo lo demás parece haberse apagado.

Y mientras contemplaba el resplandor sereno de su perla negra, supo que aquella historia nunca había terminado realmente. Sólo había estado esperando el momento de volver a encontrarse con el tiempo.

 

Mayo Ya 2026.
Foto propia.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


viernes, 10 de octubre de 2025

EL VIEJO Y LA BAHÍA

 



El viejo se sienta en el muelle,

los pies colgados sobre el calmo oleaje.

El sol cae despacio detrás del cerro,

y el cielo lentamente se torna naranja achocolatado,

como su piel, curtida por el viento y la sal.

 

Sopla la brisa marina,

trae consigo ese olor espeso

de la bahía cansada:

plástico multicolor usado,

machas de aceite quemado,

y vida que se niega a rendirse.

 

Los cayucos cruzan el horizonte,

mientras las gaviotas vuelan hacia los cayos,

velas rotas y alas blancas

dibujando despedidas en el aire.

El viejo los sigue con la mirada,

sin prisa, con respeto,

como quien despide viejos amigos.

 

Recuerda cuando la bahía era limpia,

cuando podía lanzarse al agua,

desde ese mismo lugar,

pero de un muelle tambaleante

con risas y gritos de alegría de sus amigos,

y salir oliendo a sol, no a petróleo.

 

Entonces sonríe, leve,

porque aun así respira junto a las olas

que todavía cantan, bajito,

entre las rendijas de las tablas húmedas del muelle.

 

El viento tienta sus rizos cenicientos,

le acaricia la cara y recuerda

que sigue vivo.

Y mientras la luz se desvanece,

él se queda mirando el horizonte,

con la paciencia antigua

de quien ha aprendido

a querer la bahía tal como es:

hermosa y herida.

 

 

8 de octubre de 2025.

Foto: Sergio Orozco Carazo.


martes, 9 de abril de 2024

UN MUNDO VERDE Y AZUL SE DERRUMBA

 


He estado allí y lo he visto:

árboles, polvo, lodo y la mar.

¿Estarán allí por siempre?

No impondré significados.

 

En Abril, la lluvia es un chisporroteo de alegría

entre las hojas secas que cubren la tierra agrietada.

Luego vendrá con su ímpetu arrollador,

aplausos sonando en las hojas nuevas.

Un proceso eterno que no se detiene, aún.

 

El viento, aliado de la lluvia, empuja el agua

fuera de su curso, desbordando lagunas y ríos,

en dirección hacia la mar donde las aguas se aparean

dando nuevas vidas, vida en abundancia.

 

Desde el muelle pienso en esto.

El río desbordado, el agua saltando

como animal herido y la boca abierta.

El océano, un animal lleno de otros animales.

 

Un zopilote viejo come el espinazo

de un pescado en el borde del muelle,

que apunta en dirección a El Bluff,

tras los picoteos desgarradores, lucha

contra otros más jóvenes que lo acechan

para tomar su turno y devorar lo que queda.

 

Desde la caseta del muelle de las pangas

veo el aleteo de los Cormoranes que en su vuelo

hacen espumas en el agua y cantan de alegría.

El atardecer se manifiesta con un viento sutil.

Entre los pilares de la red eléctrica, testigos silenciosos,

la silueta de los patos se eleva sobre el verdor de los cayos.

 

Una ola, luego otra, revientan en los cimientos del muelle,

en  llantas parachoques, en el basurero de la orilla de la bahía

donde mueren entre la inmundicia que libera hedores tóxicos.

 

En el río seco cae el día. Los pájaros desesperados

se refugian entre las ramas de los árboles pidiendo agua con su canto.

Profundo verano, luego la lluvia.

 

En el borde del muelle respiro profundo.

El oleaje, el aire salado, el graznido de las gaviotas,

el rugir del motor de la panga.

Adiós Bluefields, bye bye Half Way Cay, welcome dice El Bluff.

 

Barcos hundidos, casco y mástiles oxidados.

Cuerpos enjutos, rostros amarillos con ojos tristes.

¿Estarán allí por siempre?

¿Quiénes los abandonaron?

Vamos a la deriva en un mundo

verde y azul que se derrumba.

 

7 de abril de 2024.

Foto propia.


viernes, 16 de julio de 2021

LA COLA DEL HURACÁN IRENE

Estaban al pie de la ventana todavía en pijamas, de rodillas sobre el colchón de la cama de bronce que su abuelo mandó a traer junto con otros muebles de la casa en un barco desde lugares lejanos que nombraba, pero ellos aún no tenían el mapa dibujado en sus mentes y, aun así, al oír los nombres, intuían que eran sitios maravillosos.

Desde allí asomaban sus cabezas por turnos, evitando la brisa que azotaba el corredor para ver hacia el lado del muelle de los barcos camaroneros, la isla del Venado, la isla de Miss Lilian y Half Way Cay con el fin de divisar si algún barco mercante, pequero, pos pos o panga se atrevía a navegar por la bahía en el temporal.

“Nada a la vista, Almirante”, le dijo el mayor, el flaco de pelo negro liso, al más pequeño de pelo chirizo y amarillento, luego de hacer con sus puños un telescopio que movía de izquierda a derecha en un ángulo de ciento ochenta grados para visibilizar alguna nave en la inmensidad del paisaje.

“Atento Capitán, manténgase alerta por la tempestad”, respondió el más pequeño y volvió a acostarse en la cama con confianza, con el oído puesto en el retumbo de los truenos, en la intensidad de lluvia que caía en el techo de zinc y en las rachas de viento que azotaban el corredor y las paredes de la casa de madera.

Al Capitán se le hacía difícil ver entre la cortina gris de lluvia y la chispa enceguecedora de los relámpagos que reventaban más allá de la isla del Venado, en dirección a Punta Gorda, pero mantenía con firmeza su puesto de observación.

Eran las siete de la mañana y la tempestad había iniciado a las cuatro, por tal motivo, le decía el Capitán al Almirante, las naves de Bluefields han sido retenidas en los muelles para evitar una tragedia en la bahía enfurecida por el viento y la lluvia, y la corriente furiosa que baja desde el río Escondido arrastrando todo los que encuentra a su paso: ramas, troncos y árboles.

A su izquierda, en el fondo de sus manos, su visor telescópico, el Capitán trataba de ver lo que acontecía en la fábrica de barcos de fibra de vidrio, ubicada en el extremo sur del puerto y en las orillas de la barra. La corriente de las aguas de la bahía se encontraba con la furia del oleaje del mar y, en su encuentro, salpicaba con explosiones de más de tres metros de agua que inundaba la explanada donde se exponían los barcos construidos para equiparlos, previo a ser echados al mar, mientras los trabajadores, en un va y viene, los fijaban con amarras.

“Almirante, se inunda el astillero”, dijo.

No tuvo respuesta. Deshizo su telescopio y metió la cabeza. El Almirante se había dormido. Tomó la colcha y lo cubrió. Desde el fondo de la casa escuchó un murmullo de voces. Era su abuela que hablaba con la empleada del hogar y preparaban el desayuno. El aroma del café y jamón frito inundaba la antesala y la cocina. En la habitación, a su derecha, escuchó los movimientos de su abuelo.

Volvió a su puesto de observación. Reguló el visor telescópico. Por un instante vio a sus padres que regresaban de vacaciones. Sopló el visor y la imagen despareció. Los extrañaba, pero estaba seguro que volverían pronto, según su abuela. “Faltan diez días para que regresen”, les había dicho y mostraba el calendario marcado que mantenía colgado en la pared de la cocina, a un lado del comedor.

Nuevamente movió el telescopio regulando la imagen en dirección a la isla de Miss Lilian. Las olas reventaban en su orilla pedregosa y los cocoteros se movían en un vaivén intenso por la fuerza del viento. Más allá no tenía visión, era imposible, no miraba Half Way Cay ni el cerro azulado de Bluefields.

Enfocó el muelle de la Texaco. A pesar de la lluvia torrencial, desde el barco cisterna que estaba atracado, bombeaban combustible hacia los tanques ubicados a un lado de la carretera en dirección al comedor de las chinitas y las oficinas de la empresa Booth de Nicaragua. En la cubierta del barco la tripulación se cubría con capotes de color amarillo y calzaba botas de hule, tomándose con fuerza de las barandas y sogas de seguridad que les permitían moverse. Arriba, en la cabina, el capitán del barco con bandera panameña, supervisaba el bombeo y daba orientaciones mediante gritos y señales. En el muelle de tablones caminaban varios operarios que estaban atentos de las bombas y las llaves de pase del combustible.

Miró hacia la ensenada. El manglar y las tucas de madera que se amontonaban en la orilla están agitados por el oleaje. La islita mostraba únicamente el verdor del mangle y, un poco más allá, vio el muelle de los barcos camaroneros. No había movimiento, la flota estaba amarrada en varios grupos de cuarta andana. En el muelle no se miraba el trajín de marineros ni personal de tierra, solamente el viento azotando el casco de los barcos y el oleaje reventando en ellos.

“Ya está el desayuno”, escuchó el grito de la abuela entre el intenso plic plac de la lluvia sobre el techo de zinc.

Se prestaba a dejar de observar, pero el sonido de un barco lo hizo concentrarse en la bahía. El guardacostas G7 navegaba a toda velocidad hacia la barra con los marineros en posición de alerta sobre la cubierta.

“El desayuno”, volvió a llamar la abuela.

Dejó de observar, deshizo el telescopio de sus manos y metió la cabeza. Se bajó de la cama y despertó a su hermano tocándole los brazos.

“¡¿Ya vienen?!, ¡¿Ya vienen?!”, dijo el Almirante al despertar.

“No, no, es hora de desayunar", le respondió. “Mira, mira, el guardacostas va papeleado hacia la barra”, agregó.

El Almirante se asomó por la ventana en el mismo instante en que el abuelo salía ya vestido de la habitación.

“¿Qué pasa?”, preguntó el abuelo.

“Abuelo, abuelo, el guardacostas va hacia la barra”, respondió el Capitán.

Desde la puerta de la habitación, el abuelo avanza diez pasos hacia ellos, hacia el puesto de observación.

Es de estatura mediana. Su cabello cano lo peina hacia atrás con brillantina. Su piel es de color café claro, piel mestiza. Sus ojos son pequeños, de color café oscuro, el izquierdo es más pequeño que el derecho. Su nariz se desplaza un poco a la derecha. Sus cejas son bien pobladas y las pestañas de sus ojos son tan largas que da la impresión que le dificultan ver. De su cuello cuelga una cadena de oro y en su dedo anular derecho lleva el anillo de matrimonio.

Va bien vestido. Lleva puestos pantalones de color caqui de paletones, planchados con almidón, con una camisa de color blanco que las usa por dentro mostrando su alto talle a la altura del ombligo. De su faja café, cuelga la cadena de su reloj que guarda en la bolsa derecha del pantalón. Calza botines color café.

Al llegar al pie de la cama de bronce se inclina sobre ella para asomarse en la ventana y poder ver el paso del guardacostas que navega entre el muelle de la Texaco y el de los barcos camaroneros.

“Va rápido, muy rápido, debe haber alguna emergencia”, dijo el abuelo. “Pero vamos, la abuela tiene servido el desayuno, vamos a desayunar”, agregó.

Cruzan la antesala que separa la sala y los aposentos con la cocina. El abuelo toma su lugar en la mesa redonda ubicada en un extremo izquierdo de la cocina, a las 6 en punto con orientación norte, tal como gustaba decir el tío Pablo.

El Almirante se sienta a su derecha y el Capitán a la izquierda. La abuela ya ha servido una jarra con leche caliente, pan hecho en casa en una fuente con tapa, mantequilla, el jamón frito, la azucarera y el plato del abuelo con dos huevos fritos enteros, y a ellos, un huevo cada uno con una rodaja de jamón. Son huevos frescos, recolectados la tarde anterior en el gallinero de la abuela. La abuela lleva una jarra de café hirviendo y le sirve al abuelo en su taza, luego a ellos.

La abuela se sienta al lado del abuelo, entre el Capitán y él. El Capitán está atento al abuelo. Le gusta observar el ritual que realiza para comer. Primero endulza el café y luego se sirve leche. Lo prueba y casi nunca le agrega más azúcar. Luego toma una rodaja de pan aún caliente y con el cuchillo de mesa lo cubre de mantequilla. Da un mordisco y un trago de café con leche.

El Capitán sigue atento, espera lo que más le gusta de la forma de comer del abuelo mientras el Almirante embarra su pan con mantequilla sin prestarle mucha atención al abuelo. La abuela endulza su café de leche y espera el cuchillo que ha usado el abuelo para servirse mantequilla.

El abuelo golpea el plato con el cuchillo y sostiene con el tenedor los huevos enteros. Corta de manera horizontal, de una orilla del plato a la otra y luego de manera vertical, desde el punto más lejano hasta la cercanía de su pecho. El golpeteo del cuchillo en el plato es intenso y se difunde por la cocina con el de la lluvia que cae sobre el zinc, chorreándose en un canal para luego correr en un zanjón que la encausa fuera del terreno de la casa. Una vez que ha cortado los huevos en trocitos irregulares, procede a regarles salsa inglesa Lea and Perrings y los cubre con una pizca de sal. Los revuelve, una, dos, tres veces y se dispone a cortar el jamón en rodajas pequeñas. Una vez finalizado comienza a saborear su desayuno.

El Capitán lo ha visto con detalle y se presta a repetir el ritual del abuelo. El abuelo sonríe, sabe que lo imita y la abuela lo incentiva a ello. El Almirante deja de tomar su café con leche y corta el jamón.

¿Por qué esta tormenta?", pregunta la abuela.

“Es la envestida de la cola del huracán Irene”, responde el abuelo. La cadena de radio Nacional ha comunicado que impactó al sur de Bluefields, pero ya está aminorando su fuerza y se dirige hacia el Pacifico. No tarda en bajar de intensidad.

“Hoy no se seca la ropa”, comentó la abuela.

“¿Cuándo viene mi mamá y mi papá?”, pregunta el Almirante.

“Veamos el calendario”, dice la abuela y señala la pared. “Hoy es domingo, 19 de septiembre de 1971. Dentro de siete días, es decir, el próximo domingo estarán de regreso”, agrega.

Ambos se quedan viendo y sonríen entre ellos. La abuela también sonríe al ver la felicidad dibujada en sus rostros. El abuelo termina su desayuno, se levanta de la mesa y camina en dirección al baño. La abuela retira los platos y cubiertos de la mesa y se los entrega a la empleada de la casa para ser lavados.

El Almirante y el Capitán han regresado a su puesto de vigía. La abuela le entrega un capote al abuelo que se lo pone sobre la chaqueta de cuero que usa cuando llueve.

“Abuelo, abuelo, ya regresa el guardacostas”, dice el Capitán.

El abuelo sale al corredor, abre la puerta de hierro que da acceso al andén y el Capitán le señala el guardacostas que remolca un barco pesquero hacia el muelle.

“Nos vemos al medio día, tengo que hacer una revisión en la bodega”, dice el abuelo y camina por el andén en dirección al muelle de la aduana.

La abuela cierra la puerta. Se arrodilla en la cama. Con ellos a los lados observa la lluvia sobre la bahía, el avance del guardacostas con el barco que remolca y el cielo gris que cubre desde la isla del Venado hasta el cerro Aberdeen de Bluefields y más allá.

“Cierren la ventana, ya es hora”, dice la abuela. “No vaya a ser que esa tal Irene nos dé un coletazo”, agrega. Los ha tomado de la mano y se dirigen hacia la seguridad que les brinda el calor de su cocina.

15 de julio del 2021.

Foto: Darling Thomas.

lunes, 16 de diciembre de 2019

PINCELADAS DE PLATA EN LA BAHÍA



Terminamos de servir la cena. Mis compañeros insistieron muchas veces que querían comer carne con hueso en caldillo. Por ello, Mister Brown me dijo que a los comensales se les debía dar los gustos que apetecen y que viajara a Bluefields muy temprano, luego del desayuno, en un barco pospos a buscar los mejores cortes. Visité a Joshua, un matarife que vivía al lado del puente, y gracias a él preparamos la cena como sabemos hacerla en Old Bank, mi barrio de Bluefields: tres calderos llenos de carne con hueso en caldillo espeso, condimentado con hierbas y pimienta, bananos cocidos y yuca, rice and beans con coco y Johnny Cake para después de la cena.

Regresaron al muelle a trabajar contentos, platicando y bromeando entre ellos por el andén. No hay mayor satisfacción en un cocinero que ver a sus comensales disfrutar de la comida que ha preparado, decía Mr. Brown. Yo también estaba satisfecho y deseaba llegar a ser un día un cocinero importante como él, sin desearle ningún mal a Míster Brown porque me ha dado buen trato, me corrige con mucha paciencia cuando nota que estoy ansioso al cocinar. “Oye Frank, tómalo con calma, es mejor una comida un poco tarde que una mal preparada”, me decía y siempre tuvo razón.

También explicaba que cuando la comida no está en su punto, los comensales buscan tu cara para reprimirte con sus gestos y eso es un fracaso: pierden la confianza en la calidad de lo que cocinas. Hombres fuertes y trabajadores que llegan extenuados después de descargar o cargar un barco se merecen la mejor comida. No es comida presuntuosa, no señor, solamente comida criolla bien preparada, pero caliente, con una ración establecida, ni abundante ni escasa, con un buen trato, en un ambiente de compañerismo, es todo lo que pide un hombre para hacer su trabajo. “Frank, el buen cocinero le da la cara a sus comensales, se pasea entre las mesas, habla con ellos, pregunta sobre la comida, ¿cómo quedó el caldillo?, ¿el rice and beans está blando?, y entre sus preguntas, al verles la cara, va creando en su mente el menú que debe preparar para el día siguiente”, decía sabiamente Mr. Brown.

Después que la cocina quedó limpia, los platos, vasos, cucharas y calderos lavados, limpiamos las mesas, barrimos el piso de tierra de la vieja casa de madera que nos servía de cocina y comedor. Luego mojamos el piso con agua para evitar el polvillo que levantan las rachas de viento al filtrarse por las rendijas de las tablas y alistamos la masa para hornear el pan en la madrugada.

“Bueno, dijo Mister Brown, voy a colgar mi hamaca, es hora que mis viejos huesos se pongan a descansar”. Me quité el gorro hecho de sacos de harina y mi delantal, y salí al patio del frente, rumbo al andén para fumar un cigarrillo.

Pinceladas de plata iluminaban la bahía y, a lo lejos, sobre Half Way Cay, el reflejo de las luces de Bluefields levemente se notaba. El viento me daba en un costado, un viento del Este en el mes de diciembre, con rachas suaves como caricias que me hicieron tomar conciencia de que reina en la noche con la luna.

Todo en mí alrededor estaba en calma. Del lado del muelle, oía el sonido de winches y mástiles de los barcos que subían o bajaban la carga que mis compañeros en su faena acomodaban. Escuchaba sus voces, atrapadas bajo las luces de los barcos, el muelle y la gran bodega de la aduana que llenaban o vaciaban. Por el andén nadie circulaba, ni a mi derecha, hacia la aduana pasando por la oficina de Mister Buzurcón, ni hacia la casa de Don Felipe, el jefe de la bodega que siempre regresaba con mis compañeros al terminar sus labores.

Allí, de cara a la bahía y bajo la sombra de un inmenso árbol de Laurel de la India, encendí mi cigarrillo cubriendo la llama del fósforo con mis manos. Cerré mis ojos, inhalé el humo, llené mis pulmones reteniéndolo con placer pero Susan estaba allí, su voz diciéndome que no era digno de ella, que era demasiado mujer para un simple aprendiz de cocinero, que yo no tenía ambiciones, que dejara de insistir porque tenía mejores pretendientes, que yo era un simple negro que nunca llegaría a ser algo bueno lavando platos y cacerolas, y repentinamente desde la casa de madera vecina, ubicada frente al árbol de Laurel, el llanto de un niño evaporó a Susan con sus desprecios de mi pensamiento.

El niño lloraba, primero como un leve lloriqueo que se escuchaba por los espacios de la casa, desde la habitación y luego en la pequeña sala. Estando allí escuche sus golpecitos en la puerta principal que daba acceso al pequeño corredor que salía al andén. Al fracasar en el intento por abrirla, su llanto se acrecentó, ahora lloraba con dolor, con un llanto nervioso y escuchaba sus movimientos desesperados.

Caminé hacia la casa, deteniéndome frente a las gradas del corredor, siempre bajo la sombra del árbol de Laurel. Entre las tablas miré la tenue luz de una lámpara de kerosene. Escuché su voz llamando con llanto a su hermano que seguía dormido. “Levántate, levántate, tengo miedo”,  decía hasta que lo despertó. Ahora los dos lloraban, era un llanto en concierto, mientras uno dejaba de llorar hasta cansarse, el otro continuaba llorando. Así permanecieron por un rato, luego se calmaron.

Estaba decidido a regresar a dormir cuando los vi salir por la parte trasera de la casa, por la cocina, caminando tomados de la mano hacia la puerta del cerco. Por esa puerta nos permitían entrar al patio para jalar agua del pozo y siempre los miraba jugando en el corredor trasero mientras su mamá estaba en sus quehaceres. Eran ellos, dos hermanos que estaban pequeños, quizás el mayor de cinco años y el menor de tres.

“¡Niños, niños!, ¿qué sucede?”, pregunté al verlos bajo la luz de la luna en el andén, vestidos con sus pijamas.

“Mi mamá no está, mi mamá”, contestó el más grande y comenzó a llorar seguido por el menor.

No sabía qué hacer. Verlos allí, tomados de la mano, llorando me emocionó tanto que me olvidé de mis problemas y de Mr. Brown, el que de seguro ya estaba durmiendo placenteramente. Los niños comenzaron a caminar en dirección a la oficina de Mr. Buzurcón y mi reacción fue cortarles el paso, atajar su camino y, aun cuando lloraban, los tomé de la mano y me dirigí con ellos hacia la casa de Don Felipe.

Entré al corredor que tenía un bordillo de madera cruzada en equis y toqué la puerta dos veces. De inmediato salió una señora y al verme con los niños dio un grito. ¿Qué pasó?, ¿Por qué anda con los niños?, preguntó y los acurrucó en sus piernas. Luego de darle las explicaciones me pidió que la acompañará a la casa de los niños porque sus padres ya estaban por llegar.

Lo niños dejaron de llorar, la señora los acomodó en una cama, les cantó con voz amorosa y al poco tiempo se durmieron. Salió al corredor con una mecedora, preguntó mi nombre, me ofreció un cigarrillo y fumamos. Dijo que era la abuela de los niños, que me agradecía mucho lo que había hecho, que estaba pendiente de los niños pero sin darse cuenta se quedó dormida. Le dije que no tenía nada que agradecer, que yo solo estaba al lado de la casa porque era el ayudante de Mr. Brown, que me fumaba un cigarrillo cuando los vi y que cualquiera hubiera hecho lo mismo sin pensarlo dos veces. “No lo crea Frank, cualquiera no hace lo que usted ha hecho y se lo agradeceré siempre”, me dijo y luego le di las buenas noches porque debía levantarme de madrugada a preparar el desayuno de mis compañeros.

Estábamos metiendo el pan en el horno cuando se lo conté a Mr. Brown. “Bien hecho, hijo, los llevaste a un lugar seguro”, dijo. Guardé mis comentarios y seguí en mis labores pensando en Susan, en sus arrebatos, en su desprecio. Después que servimos el desayuno, el papá de los niños se presentó a la cocina en compañía de Don Felipe a agradecerme lo que había hecho y, en un inglés isleño, cantadito, me dijo que tomara de sus manos mi recompensa. Le dije que no, que hice lo que había hecho sin intención de obtener algo por ello. Que me bastaba su agradecimiento. “Hiciste bien, hijo”, comentó Mr. Brown, “ese hombre nunca te olvidará”.

En una tarde soleada, de esas que derriten el asfalto de las calles, mientras caminaba por la esquina de Wing Sang en Bluefields, el hombre me reconoció. “Ando en busca de un cocinero para el barco del que soy capitán”, me dijo y desde entonces, por más de cincuenta años, comencé a aplicar los consejos de Mr. Brown en alta mar, cocinando al ritmo de las olas para la tripulación de barcos camaroneros, langosteros y mercantes, tiempo en el que Susan desapareció de mis pensamientos y logré conocer y conquistar a Gretta, la mujer de mi vida.

Ahora que camino apoyado por un bastón entre los patios de Old Bank, sin cercos que nos dividan, ha regresado a mí el recuerdo de esa noche de hace muchísimos años. Recuerdo a Mr. Brown, el buen trato que me daba y sus consejos que me facilitaron aprender el difícil arte del cocinero. Veo hacia el corredor de mi casa donde mis bisnietos juegan bajo una estrella navideña que les ilumina el rostro y, en dirección a El Bluff, diviso la salida de la luna que con sus pinceles pinta de plata la bahía.

Ronald Hill A.

12/12/2019 
Foto: Ronald Hill A.

viernes, 28 de agosto de 2015

UN PELÍCANO SOLIDARIO


Tomé un vaso para ponerle hielo y llenarlo de jugo de naranja. Eran como las once de la mañana y sonó el timbre del teléfono; estaba cargándose sobre una mesita esquinera. Para contestar la llamada, dejé a un lado de una mesa de estar el vaso con la pulpa amarilla fresca que llenaba con su aroma la sala. En la pantalla del teléfono apareció el nombre del Macho Silvio. Después del “hola” y del “cómo estas”, de preguntar por la familia y todo lo rutinario, el tono de voz de mi amigo blufileño se tornó inquietante, ansioso.

    Te voy a contar algo bonito, no es guayolada —dijo—.
    ¡Contáme!, ¿qué sucedió? —respondí expectante—.

“Iba caminando hacia mi finca, al otro lado de Punta Masaya. Era una mañana soleada y desde el camino, en la parte alta, vi a mi izquierda, en la distancia, a varios pescadores que tiraban sus tarrayas a unos veinte metros de la costa. A lo lejos, vos sabes, se aprecian varios cayos, el de Campbell por el brillo del techo de la casa y más allá Rama Cay. Los postes pintarrasqueados de color chicha sobre el agua que soportan los cables de la energía eléctrica para el suministro de El Bluff los había dejado atrás, una media hora después de comenzar a caminar. Repentinamente el cielo se nubló, miré hacia el horizonte y estaba claro, limpio, azulito como el mar. Comenzó a caer una lluvia chirre de una nube loca, de esas que se pierden en el trayecto, que se ponen tercas y no quieren ir hacía allá donde vos vivís, hacia La Guineyá”.

    ¿Y qué fue lo que pasó? — lo urgí.

“Me mojé un poco sin dejar de caminar. El camino se puso brillante, un brillo rojito como el del promontorio que sobresale en la bahía. Al acercarme, vi una mancha de pájaros sobre la bahía cercana a la costa, acosando a los pescadores cerca de los botes de canalete”.

La llamada se cortó; hice el intento de regresarla pero el tono de teléfono indicaba que no se podía realizar. “Este Claro Shit cada día está peor”, pensé y recordé que a mi mujer siempre se le cortan las llamadas. Tomé el vaso y bebí el jugo de naranja, heladito, fresco y pulposo, jugo natural. Volví a poner a cargar el teléfono. “Me va a volver a llamar”, pensé; dos minutos después lo hizo.

    ¡Ideay, Catracho!, ¡se cortó!
    Sí, hombre, está pésima la comunicación. ¿Entonces? —Invité a que continuara con el relato—.

“A unos veinte metros de la playa los pájaros volaban alegres, alrededor de los botes de canalete sobre el cardumen de peces. Los pescadores hacían tiros seguidos con las tarrayas, las recogían y, desde donde yo estaba, se miraba el montón de pescados; no te puedo decir de qué clase eran, sería mentiroso como Tapalwás, pero les miraba el brillo plateado cuando aleteaban, brincando y haciendo contraste con el color café oscuro de los botes sobre el agua mansa. Era uno de esos días en que la bahía estaba quieta, de color verde turquesa, sin ser perturbada por el viento ni contaminada con el agua terrosa proveniente del rio Escondido”.

    ¿Cómo cuantos pájaros había?

“Era una nube, para qué decirte cuántos eran si no los conté, pero había más gaviotas y más tijeretas que pelícanos. Las gaviotas estaban aglomeradas, peleaban entre ellas, disputándose los peces con los pescadores. Encima de ellas volaban las tijeretas y los pelicanos caían sumergiéndose y, al salir volando, cargaban en su pico peces de más de un pie de largo. Los pescadores no dejaban de tirar y levantar las tarrayas; las tijeretas también estaban de fiesta y competían con las avispadas gaviotas”.

    ¿Se dio vuelta un bote? — Intenté adivinar el final de la historia—.

“No, hombre, ¿no te digo que la bahía estaba mansa y clarita? En el pleito por los peces, una tijereta siguió a una gaviota que llevaba su presa en el pico, la gaviota hizo varias piruetas y, casi a nivel del agua, en el pleito, la tijereta se golpeó un ala y cayó de pronto sin poder alzar vuelo; estuvo luchando, aleteando sobre el agua y las gaviotas comenzaron a volar en su alrededor  entonando un canto agudo y triste”.

    Los pescadores la sacaron del agua — Volví a intentarlo—.

“¡Ja,ja,ja!, es que no me lo vas a creer. Parece mentira, nunca había visto algo semejante en mis 71 años cumplidos, y vos sabes que he sido hombre de mar. De pronto las gaviotas se alejaron de la tijereta volando en círculo”.

    ¿Se cansó y se ahogó? —Seguí tratando de adelantar el final de su relato—.

“Estaba sola, aleteando para elevarse; entre las gaviotas un pelícano bajó a su lado. Era un pelícano grande, bichaone, inmenso. El pelícano tomó el ala buena del ave en desgracia con su enorme pico y se elevó con ella. Los pescadores estaban inmóviles viendo lo que sucedía y las tarrayas quedaron quietas en el agua. Voló por encima de las gaviotas y como a unos veinte metros de altura la soltó”.

    ¡No jodas, Macho; desde el comienzo te curaste solo diciéndome que no era una guayolada!

“¿Te fijas?, yo sabía que no me ibas a creer, pero es ciertísimo lo que te cuento; yo lo vi, los pescadores lo vieron. La tijereta cayó como unos diez metros sin controlar el vuelo, en caída de paracaidista, en medio del círculo de gaviotas; sacudía el ala buena, girando y girando, repentinamente extendió el ala golpeada y voló casi al nivel del agua. Me quedé maravillado, nunca había visto algo igual. Los pescadores recogieron las tarrayas y volvieron a su labor. La fiesta de las gaviotas, tijeretas y pelícanos siguió llenando la bahía de alegría”.

    Ese pelícano fue solidario, salvó a la tijereta —Comenté asombrado—.
  
“Sí, hombre, vieras qué cosa. Nunca había visto algo igual. Después seguí caminando y pensaba en lo que había visto: algo maravilloso, inigualable, algo que pocos de nosotros, los humanos, podemos ver y, lo que es peor, algo que casi nunca podemos hacer, ayudar al que está jodido, al que tiene problemas, lo vemos y más bien nos alejamos, pocos actuamos como el bicha pelícano, no todos somos solidarios como decís vos. Tenés que escribirlo porque no es guayolada”.

    Claro que sí, claro que sí — Prometí—.

Foto: http://lachachipedia.blogspot.com/2014/03/el-pelicano.html

domingo, 3 de mayo de 2015

AL OTRO LADO DEL CERRO ABERDEEN


El lanchón atracó en la ribera derecha del río Escondido y los gritos despertaron a Jack; dormía en una hamaca colgada en la parte posterior del segundo piso de la cabina del capitán. Desde allí, entre cabezas y cuernos, observó la caía del sol sobre las quietas aguas del río y cómo se desvanecían las luces de ciudad Rama a medida que navegábamos río abajo. Era su primer viaje en un lanchón por el río y la también la primera vez que asumía la responsabilidad de comprar ganado bajo encargo de su padre para engordarlo en una finca ubicada al otro lado del cerro Aberdeen de Bluefields.

    Hemos llegado a Mahogany —dijo Stubbs observándolo a través de una pequeña ventanilla de la cabina.

Dos marineros lacustres sostenían las cuerdas; soltándolas poco a poco bajaban la rampla de proa, trataban de asentarla con firmeza en la orilla y cuando lo hicieron las amarraron de dos inmensos árboles de Teca. El lanchón quedó atracado de frente, en un recodo de la desembocadura del río Mahogany en el Escondido.

    Según la lista, aquí cargaremos veinte —respondió Jack.

La espesura de la neblina aún no se disipaba sobre las aguas verduzcas del río y los marinos se trasladaron a la cabina montándose sobre las reglas de madera que, como corral flotante, resguardaban el ganado embarcado la tarde anterior en el muelle de El Rama.

    Oye, Jack —dijo uno de ellos—, ¡a desayunar!
    Mientras esperamos es lo único que podemos hacer —dijo Stubbs.
    En el termo tengo café —respondió Jack.

En su mochila cargaba galletas de soda, chorizos enlatados, una libreta para apuntes de pasta negriblanca, un lapicero, un capote y el termo. Luego de bachillerase en el Colón se trasladó a estudiar agronomía al liceo de Juigalpa pero no le gustó el llano seco, el polvazal ni el intenso calor. Añoraba el mar, la brisa marina y a sus padres. “No aguanté ni seis meses”, me dijo al anochecer desde la hamaca en que durmió. Ahora Jack apoyaba a su padre en lo que requería; no podía ni debía estar ocioso, tenía que hacer algo además de entretenerse jugando béisbol con sus amigos en el equipo Los Diablos de El Bluff.

    ¡Ya vienen! —expresó Stubbs señalando hacia un claro existente en el denso follaje del bosque.
    Tengo que escoger los mejores —dijo Jack.
    ¿Cómo? —preguntó uno de los marinos—, son muchos.
    Separando al escogido para que los montados lo arreen sobre la rampla; cuando suba y avance hay que cruzar las reglas para que no se regrese —explicó Stubbs.
    Me faltan veinte, ¿todavía alcanzan?
    Sí —contestó Stubbs.

Jack bajó a la orilla del río, se subió a un tronco y desde ahí, luego de dialogar con el responsable del arreo, escogió los veinte animales; valoraba el estado de carnes, la altura, la apariencia de la edad y la ausencia de parásitos externos como tórsalos y garrapatas. Dos horas después, al concluir la selección y completar el embarque, un grupo de diez novillos quedaron descartados. De la mochila sacó su librera, escribió en una hoja y se la entregó al hombre.

    Dígale a Míster Hodgson que lo esperamos pasado mañana en Bluefields —le dijo al despedirse.

Los marinos soltaron las amarras despidiéndose con alegría de los montados y Stubbs encendió el motor poniéndolo en reversa; al retroceder tuvo que maniobrar con rapidez porque dos pangas rápidas se desplazaban río arriba y se sintió el peso de la carga balanceándolo hacia la derecha. Una vez en su curso río abajo noté un giro largo y acentuado en forma de U inversa para continuar navegando hacia Bluefields. Pasamos Krisbila y más adelante la desembocadura del río Kama;  a partir de ese punto el río se hizo cada vez más ancho hasta pasar por Schooney Cay y desembocar en la bahía de Bluefields.

Al norte de la punta de Old Bank, cerca del Sawmill o el aserrío llamado BLUMCO, Stubbs tuvo que esperar que el barco María Rosa terminara de alinear la madera que jalaba hacia los rieles que se adentraban en la bahía para luego ser procesada en el inmenso edificio.

    Llegamos con buen tiempo —dijo Stubbs con su rostro afrocaribeño reluciendo de satisfacción cuando atracó en la ensenada.
    Son las dos de la tarde —agregó Jack luego de constatar, desde la baranda de estribor donde estaba sentado, la hora en su reloj Timex.
    Allá viene el jefe —dijo uno de los marinos.

Era el padre de Jack que se aproximaba con otros tres hombres montados a caballo. Volví a ver a Jack y se encontraba descolgando su hamaca. Los marinos bajaron otra vez la rampla y comenzaron a gritar para que el lote de cuarenta animales abandonara la embarcación. Al salir a tierra, tres de ellos doblaron sus patas delanteras y cayeron al suelo, estaban entumidos por permanecer veinte horas en una sola posición durante el viaje desde ciudad Rama. Alfonso, el mandador de la finca del padre de Jack, un tipo corpulento, de bigote y barrigón, los separó del resto del lote golpeándoles el lomo con el sombrero como todo diestro campisto chontaleño. Mientras Alfonso estaba en ello, Stubbs, Jack y su padre conversaban; el padre de Jack lo abrazaba con su brazo derecho y lo noté feliz.

Media hora después caminé al lado de Jack detrás de los montados que arreaban el ganado por el camino de tierra que conduce al Pool. Al iniciar la marcha se notaban pequeñas casas de madera y techo de zinc, pero a medida que avanzábamos se tornaron de madera rolliza y techo de palma, sobresalían junto a los árboles de almendro derribados con los que hacían carbón para abastecer a la ciudad de tan apreciado bien por sus pobladores mestizos y black creoles. Poco a poco comenzamos a ascender en una acentuada pendiente con abundante vegetación a sus lados que impedía penetrar los rayos del sol, el camino se tornó en un sendero de tierra barrosa, oscuro y húmedo, donde las nubes de zancudos zumbaban a mí alrededor.

    Falta poco —dijo Jack.
    Después de aquel claro cruzamos la falda del cerro —agregó el padre de Jack que montaba atento de nuestra marcha.

Minutos después comenzamos a descender. Alfonso y los otros hombres no apuraban el arreo debido a la presencia de peñascos a ambos lados de la bajada. Al salir al claro noté la inmensa llanura existente al otro lado del cerro Aberdeen; a la izquierda se mostraba esplendoroso, cubierto de una densa y abundante vegetación.

    Desde el parque de la loma de El Bluff se ve azul  —dijo Jack.
    Por eso la ciudad se llama Campos Azules —agregó el padre de Jack sonriendo al volver su mirada.

Una puerta de golpe fue abierta por uno de los campistos y el ganado salió libre a una inmensa llanura de pastizales verdes. Sentí la brisa fresca del atardecer en mi rostro, vi el sol iluminando la montaña con sus diferentes tonalidades de verde hasta donde la vista me alcanzaba: verde claro, verde montaña y verde azulado. Cruzamos la llanura y observé la casa de la finca al pie de la caída de un promontorio con su corral de reglas a la izquierda; frente a ella, en la plazuela, varios tablones de madera, tablas y pilares, estaban entrelazados verticalmente secándose al sol. Al llegar los campistos continuaron arreando el ganado hacia la parte posterior de la casa, buscando una quebrada y el río que cruzaba la mayor parte de los potreros. Entramos al corredor, me senté cansado en una banca al lado de Jack mientras su padre se acomodó en una hamaca y Alfonso se dirigió a la cocina.

El bosque del cerro Aberdeen brillaba por la intensidad de los rayos del sol que caía en el fondo de la selva y, en medio del silencio humano, escuché el curso de las aguas corriendo entre troncos caídos, salpicando los tablones de un viejo puente, y las rachas de viento alborotando las copas de los árboles.

    ¿Cómo te sientes, Jack? —preguntó su padre.
    Cansado, desvelado, con ganas de ducharme y dormir en una buena cama —respondió.

Alfonso regresó con una taza de café y se la ofreció al padre de Jack; él se incorporó ligeramente para asirla con su mano, dio un sorbo y volvió a tenderse en la hamaca, puso la taza en el suelo, tomó un cigarrillo de la bolsa de su camisa y, tras encenderlo, inhaló el humo profundamente.

    Quiere dormir en una buena cama —dijo el padre de Jack.
    ¡Y también con una buena hembra!, ¿verdad, Jack? —dijo Alfonso, siguiendo el juego del padre de Jack.

Jack guardó silencio. La noche anterior al viaje por el Escondido nos encontramos en una de las calles de la ciudad, propiamente en la esquina de Erasmo. Luego de saludarnos me dijo que se dirigía a visitar a una amiga en el barrio creole llamado Beholdeen. En el viaje de regreso se mostraba ansioso, con muchos deseos de regresar para verla. Noté que escribía en su libreta sobre ella, como siempre lo hacía cuando estaba ansioso; dijo que esa sería su noche soñada.

    Por una mujer que se quiere, todo se deja —agregó el padre de Jack.
    ¡Hasta una finca! —dijo Alfonso.
    Como vos lo haces —dijo Jack dirigiéndose a Alfonso.
    Que preparen dos caballos para que regresen a Bluefields —ordenó el padre de Jack.

Alfonso le gritó a los campistos que regresaban de arrear los novillos; minutos después se acercaron con dos caballos listos para ser montados.

    Te lo mereces, pero recuerda que para todo hay tiempo, incluso para enloquecerse por una mujer —insistió sobre el tema el padre de Jack.
    Si salen ahorita llegan anocheciendo  —dijo Alfonso.
    Vámonos —dijo Jack al tomar su mochila.
    Dejan los caballos donde Míster Nicholson —escuché decir al padre de Jack cuando montábamos.

Al subir la pendiente rocosa regresé la mirada y vi el rojo acaramelado del atardecer más allá de lo alto del cerro Aberdeen. El trote de los caballos era veloz por las ansias de Jack. Después que pasamos por el Pool, las lámparas de las casitas de madera comenzaron a brillar y, al girar hacia la derecha por un viejo puente de madera, noté las luces de la ciudad.

    Nos vemos otro día —dijo Jack cuando desmontamos en la casa de Míster Nicholson.
    ¿Qué harás mañana? —le pregunté.
    Dormir, dormir todo el día —respondió.

Pasaron varios días y lo volví a encontrar en el muelle de las pangas que viajan a El Bluff: una muchacha alta, delgada y de cabello corto estaba a su lado.

    Te presento a Katty —dijo—, por ella cruzo nadando la bahía si es necesario—.

Después de muchos años volví a transitar por ese camino. El cerro se encuentra talado, varias antenas pueblan su cúspide, en sus faldas han construido un matadero y el basurero municipal; el viejo Pool agoniza contaminado, la extrema pobreza obliga a miles de familias a vivir de las piedras que extraen de las entrañas del cerro para picarlas y vender piedrín, un barrio ha crecido a ambos lados del camino y sus pobladores presionan por la mejoría de los servicios básicos, principalmente calles y andenes. Frente a ese panorama recordé la alegría de Jack apresurando el paso del caballo para cruzar al otro lado del cerro Aberdeen y reencontrarse con su amada.

Nueva Guinea
01/05/2015
Foto cortesía de Kenny Siu.