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domingo, 26 de julio de 2026

FOTO DEL DÍA 2: INTERCAMBIO EN EL MUELLE AL AMANECER



Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.

Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.

Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.

Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.

En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.

Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.

Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.

Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.

Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones. 

Alrededor de la mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban pasando los productos de los cayucos al muelle.

Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.

En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.

El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.

Clic.

La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.


13 de julio de 2026.

Bluefields, RACCS.

 


miércoles, 8 de julio de 2026

LA FOTO DEL DÍA: NIDO DE COLIBRÍ

 


Después del mediodía salí al corredor y recorrí con la vista el jardín. Había una quietud verde entre las hojas, esa calma caliente que queda cuando ya ha pasado el mediodía. El aire olía a hojas calentadas por el sol y, desde el árbol de caoba, llegó el canto pausado de una paloma de ala blanca, como si marcara el ritmo lento de la tarde.

Entonces vi el nido. Estaba en la horqueta de un árbol de mussaenda, sostenido en una Y delicada, como si el árbol hubiera abierto los brazos para guardar un secreto. Era pequeño, hecho de fibras, musgos y pedacitos de mundo. Parecía suave y frágil, como si una brisa fuerte pudiera moverlo, pero allí estaba, firme entre las ramas.

Corrí a la oficina, tomé la cámara y volví con cuidado. Sentí su peso familiar entre las manos. Levanté el lente, enfoqué despacio y contuve la respiración por un instante, como si cualquier movimiento pudiera romper aquella escena. Apreté el disparador.

Click.

Allí estaban. Dos polluelos de colibrí, diminutos, con los picos abiertos hacia el aire, esperando a sus padres. No sabían de cámaras ni de jardines. Solo sabían esperar. Esperaban alimento, calor, regreso.

Después de tomar la foto, la miré en la pantalla de la cámara. Me quedé quieto unos segundos. Había logrado guardar algo que casi nunca se deja ver: la vida recién nacida, escondida en el corazón del jardín.

Se la mostré a Emilce.

Ella se sorprendió. Nunca habíamos visto polluelos de colibrí en su nido, tan cerca de la casa, en nuestro propio jardín.

—Está linda —dijo.

Después la puse como fondo de pantalla en mi computadora. Quería verla cada día, recordar que incluso en los lugares conocidos puede aparecer algo nuevo, mínimo y poderoso. Luego la compartí en mi cuenta de Instagram, @utiron, como quien comparte no solo una foto, sino un pequeño hallazgo después del mediodía.

Aquella imagen tenía ternura, pero también fragilidad. El jardín seguía alrededor, verde y callado, con la paloma de ala blanca cantando a lo lejos. Dos cuerpos apenas nacidos levantaban el pico hacia el mundo, confiados en que alguien volvería.

Dicen que cuando un colibrí construye su nido cerca de la casa, llegan buenas noticias, prosperidad y amor. También dicen que son mensajeros de quienes ya partieron, pequeñas señales de que la vida sigue su camino bajo una energía buena. No sé si todo eso sea cierto, pero aquella tarde, en una Y del árbol de mussaenda, algo parecido a la esperanza se quedó viviendo en el jardín.

Desde entonces, cada vez que miro esa foto, no veo solo un nido. Veo dos vidas diminutas esperando alimento, cuidado y vuelo. Y siento que, a veces, la vida nos manda señales pequeñas para decirnos que no todo está perdido. 


8 de Julio de 2026.