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martes, 2 de junio de 2026

BIENVENIDA, MONTSERRAT

 


Desde hace días te esperábamos.

Como se espera la primera lluvia

después del verano largo,

como se espera una lancha

apareciendo en el horizonte,

como se espera el amanecer

cuando la noche parece no terminar.

 

Y hoy llegaste,

a la 1:29 de la mañana.

 

Pequeñita,

envuelta en el asombro de la vida,

con tus manos cerradas,

como quien trae secretos del cielo,

y tus ojos nuevos

buscando un lugar entre nosotros.

 

Tu padre te mira orgulloso,

sin encontrar palabras suficientes.

Tu abuela sonríe

como si el tiempo hubiera dado una vuelta completa

para regalarle nuevamente

la alegría de una niña en brazos.

 

Tus tías,

que ayer parecían tan pequeñas,

andan felices imaginando juegos,

inventando canciones,

disputándose el derecho

de cargarte primero.

 

Y nosotros,

los que llevamos más caminos recorridos,

los que guardamos recuerdos

en fotografías amarillentas

y en viejos álbumes familiares,

te miramos llegar

como se mira encenderse una luz

en una casa querida.

 

Porque tu nacimiento

ha llenado de risa los corredores,

de preguntas las conversaciones,

de esperanza los corazones.

 

Todavía no conoces nuestros nombres,

ni las historias que algún día te contaremos,

pero ya ocupas un lugar inmenso

entre nosotros.

 

Aquí te esperan abrazos.

Te esperan brazos dispuestos a sostenerte.

Te esperan canciones de cuna,

cuentos al caer la tarde,

y un amor tan grande

que necesitarás muchos años

para descubrirlo por completo.

 

Bienvenida, Montserrat.

Que el viento bueno acompañe tus pasos,

que la vida te regale días luminosos

y que nunca olvidés

que desde antes de abrir los ojos al mundo

ya eres profundamente amada.

 

 

02 de Junio de 2026.


domingo, 8 de marzo de 2026

MUJERES

 



Mis abuelas, mi madre, mis tías,

mis primas, mi hija, mi mujer.

Mujeres orgullosas, valientes,

decididas, trabajadoras, luchadoras.

 

Lo han hecho todo.

Parir.

Reír.

Llorar.

Luchar.

Decidir.

 

Las he visto madrugar

cuando el gallo rompe la madrugada

y la neblina todavía descansa

sobre los caminos de arena y lodo.

 

Encienden el fogón.

El café levanta su aroma

mientras el día comienza.

 

Las he visto estudiar

con la noche pegada a los ojos

y el cuaderno abierto

sobre la mesa.

 

Las he visto trabajar

donde haga falta sostener la vida.

Mis mujeres no se doblan.

Son solidarias y agarran las riendas

cuando el mundo se desordena.

 

Bailan.

Y cuando bailan

el trópico les despierta en la sangre.

 

Besan.

Abrazan.

Aman.

Transforman la tristeza en alegría.

Llenan de vida

los espacios que habitan.


Ahora las veo.

Todas juntas.

Agarradas de la mano.

Con la frente en alto.

 

Caminan hacia el futuro.

El viento acaricia sus rostros.

Sus ojos van llenos de luz.

 

 

 

7 de marzo de 2026.

Foto: Internet.


sábado, 1 de noviembre de 2025

BAJO LA TENUE LUZ DE LOS RECUERDOS

 



Llegas a la orilla.

Saltas del cayuco —¡splash!—

y lo arrastras con esfuerzo

hasta vararlo entre las raíces del manglar.

Centenares de cangrejos azules y ojones

han hecho su hogar en los alrededores,

orificios de todos los tamaños, según familia.

 

Cruzas la cuerda que llevas en la mano

entre troncos jóvenes y viejos,

tratando de asegurar ese medio pequeño

que te ha llevado, tantas veces,

de una orilla a otra,

con tus recuerdos y los míos.

 

Y dudando si quedó bien amarrado el cayuco,

lo compruebas una y otra vez,

como quien no confía ni en el nudo

ni en los días que lo alejaron del suyo.

 

Yo te observo, en silencio,

como quien mira al hermano que tuvo cerca

y ya no sabe cómo hablarle.

 

En todo —vida y mar—

navegas con calma y suavidad,

sin prisas, sin remordimientos,

sin grandes expectativas,

porque ya todo lo has dejado atrás.

 

Caminas en silencio

bajo la luz rosada del atardecer,

con los pasos pesados, lentos,

como si temieras que el suelo recordara

los juegos, las voces,

la infancia que compartimos.

 

Cuentas tus historias

como antes,

esas que te llenan de felicidad:

joven, guapo, valiente,

cosechando amores y promesas.

A veces callas, pensativo,

y de pronto lo dices todo de un golpe,

como un faro que lanza su luz al horizonte,

sin mirar si alguien la ve.

 

Un día decidiste ir por el mundo

en busca de la fe perdida.

Subiste montañas heladas,

navegaste ríos caudalosos,

alcanzaste tus sueños y anhelos

y un amor siguió tu navegación errante.

 

Ahora es fácil seguirte:

vas cansado, solitario,

con pocos amigos,

alejándote cada vez más

en tu viejo cayuco,

como si olvidar fuera tu único destino.

 

Hoy, que los vivos prenden velas

y los muertos se asoman al recuerdo,

te pienso con la congoja

de quien vela lo que aún respira.

No has muerto, lo sé,

pero tu silencio me duele,

como si el mar te guardara

del otro lado de la luz.

 

Vuelves la mirada a la izquierda,

y allí estoy.

No dices nada.

Solo sigues el vuelo de una tijereta

que busca cangrejos en la orilla

con la fe que tú has perdido.

 

Sopla fuerte el viento,

el mismo que separa a los barcos del muelle,

el mismo que aleja a los hermanos

sin razón ni despedida.

 

Y ambos, desde la muralla invisible que has puesto,

flotamos durante el día,

bajo la tenue luz de los recuerdos.

 

 

1 de noviembre de 2025.

Foto: Sergio Orozco Carazo


miércoles, 18 de septiembre de 2024

DESTROZOS


Fue tan fuerte el estruendo que se expandió por toda la casa y  me levanté asustado del sofá desde el que miraba un concierto de Eric Clapton en el televisor. Estaba totalmente concentrado en ello, y mi padre hacía la siesta en su habitación, en la casa de mi hermana en Utila después de almorzar juntos uno de los suculentos platos que él disfrutaba preparar. Se encontraba con mucho dolor por la muerte de mi madre; la extrañaba tanto que lloraba casi todos los días de la semana. Su corazón estaba totalmente desgarrado y tomé dos semanas de vacaciones en Utila para estar a su lado.

Casi salí corriendo por el ritmo de trabajo que tenía. Trabajaba en la formulación, ejecución, seguimiento, monitoreo y evaluación de proyectos; coordinaba acciones con organismos y el gobierno local; me reunía con muchas personas y visitaba más de treinta comunidades de Nueva Guinea y otras del resto del país. Estaba agotado; tenía muchos años de no tomar un buen descanso. Necesitaba respirar aire fresco y relajarme. Utila era el lugar ideal para disfrutarlo con mi padre, mi hermana, mis sobrinas y amigos de siempre.

Llevaba varios días haciendo buceo de superficie en los bancos de arrecife de coral que hay en los alrededores. Siempre lo hacía; además, es uno de los atractivos turísticos de la isla. Su belleza es inigualable: están protegidos, hay varias escuelas de buceo cuyos precios son accesibles, lo que atrae a muchos turistas y genera ingresos en toda la cadena de servicios que ofrecen los Utileños.

El día anterior mi hermana había viajado en avioneta a La Ceiba con su familia para hacer compras y pasar el fin de semana. Solamente él y yo estábamos en casa. Era un día de verano, soleado, caluroso, de cielo azul despejado y mar calmo, ideal para bucear, pero me había quedado acompañándolo.

Salí al corredor del frente de la casa, y a lo lejos, en el horizonte azul, sobre la copa del manglar que crece abundante en la laguna de arriba, vi una nube gris pequeña entre las altas nubes blancas que pincelaban el cielo. Era una nube perdida en el camino del Caribe hondureño, en la inmensidad del cielo de las Islas de la Bahía. Estaba a la deriva, sin ninguna racha de viento que la empujara para hacerla avanzar. Era una nubecita gris insignificante que no provocaba ninguna preocupación porque no cambiaría las condiciones climáticas, ni traería lluvias, mucho menos una tormenta, y calculé que pasaría sobre el arrecife y el faro ubicado en la punta sureste de la isla, mucho más allá del muelle de la casa donde estaba atracado el barco pesquero de Mike, mi cuñado.

Así que entré a la sala para seguir disfrutando del concierto que estaba viendo en la televisión. Mi padre hacía su siesta y solo se escuchaba la música, sus ronquidos y el ruido de las motocicletas y carritos de golf que pasaban por la calle en dirección al puente para acceder a la antigua pista de aterrizaje o dirigirse al centro del pueblo.

El concierto de Clapton estaba de moda, principalmente por la canción Tears in Heaven, una balada acústica escrita en 1991. En ella habla de su dolor por el duelo y su lucha interna por superar la muerte de su hijo de cuatro años, donde se pregunta si en el cielo las cosas seguirían siendo iguales. Es la historia de un padre que está destrozado, roto en mil pedazos por la muerte de su hijo. Es realmente una gran canción, ganadora de varios premios Grammy y un éxito mundial.

Después de diez minutos, fui al refrigerador de la cocina para tomar un poco de agua. Salí al corredor de madera ubicado detrás de la casa. Vi el faro y, más allá, los Cayitos de Utila. El oleaje descansaba; la bahía se mostraba majestuosa, con cayucos surcándola, y miraba con claridad la estela de espuma blanca que dejaban en su trayecto, con el verdor de Sandy Bay, Blue Bayou y toda la costa oeste de la isla al fondo, hasta alcanzar los Cayitos entre el brillo parpadeante del calor en el agua.

Es un día espléndido, pensé. Regresé a la sala con el vaso de agua. Al pasar por la habitación donde papá hacía su siesta, escuché sus ronquidos altisonantes.

La música estaba en pausa y, al sentarme, seguí con el concierto. Repentinamente, un estruendo seco, breve y violento, sacudió la casa desde sus cimientos. Fue un sonido similar a una explosión intensa de corta duración, tan fuerte que mis oídos quedaron con un zumbido y no escuchaba nada. Me levanté desconcertado y vi que mi padre salió asustado a la sala. Con el movimiento de sus labios me di cuenta de que preguntaba: ¿qué pasó?

No sabía qué había pasado, así que respondí con la expresión de mis brazos. De prisa, desesperado, caminó hacia la cocina y luego al corredor, mientras yo lo seguía. Volvía a escucharlo y, de inmediato, dijo, mirando hacia la torre de madera, el mirador de la casa, construida sobre el corredor donde estaba la antena de radiocomunicación: ¡Fue un rayo! ¡Ha caído un rayo! Vi que la antena ya no estaba; la parte alta de la torre y sus bancas estaban chamuscadas por el impacto del rayo. Un poco a la izquierda, en el cielo azul, la nubecita insignificante iba en dirección al faro.

Poco a poco, nos dimos cuenta de los daños ocasionados, además de la destrucción de la antena, cuyos trozos estaban esparcidos en el patio trasero. Las luces no funcionaban debido a que todo el sistema eléctrico quedó destrozado, y se quemaron los electrodomésticos que estaban enchufados. La televisión no volvió a funcionar y la radio de comunicación que Mike tenía instalada para hablar con mi hermana cuando andaba pescando se quemó totalmente.

Tuvimos la suerte de no sufrir ningún daño personal, solo el susto del impacto y el estruendo del rayo. El sistema de protección nos salvó la vida, desviando la descarga eléctrica a tierra.

Cuando mi padre le dio la noticia a Indiana y a Mike, no podían creerlo, mucho menos imaginárselo, al igual que los vecinos, que hicieron correr la voz sobre el incidente a la velocidad de un rayo por todos los rincones de Utila.

Terminaron las vacaciones y regresé al trabajo con un poco más de energía. Mi papá viajó meses después a Nueva Guinea de visita, siempre con el corazón roto. Me di cuenta, después de ese incidente provocado por la nubecita gris despistada, de que la vida, a pesar de las múltiples fracturas que nos provoca, vale la pena vivirla y hay que seguir adelante.

Meses después, el seguro que Mike había contratado pagó los daños que el rayo ocasionó en la casa, una de las que estuvo expuesta a la probabilidad de riesgo, que es de menos de uno en un millón por año para las casas que pueden ser alcanzadas por un rayo.

 

5 de septiembre de 2024.

Foto: Tormenta en el paraíso (Sergio Orozco Carazo). 

martes, 30 de abril de 2024

UN ACTO DE TERNURA Y VALENTÍA

 



Los bordes de la carretera hacia Juigalpa se muestran

cubiertos de vainas de guanacastes, impregnándolos

de una tonalidad marrón en contraste con el hormigón asfaltico.

 

La luz temprana de la mañana avanza suavemente

sobre la copa de los arboles y el pasto seco de los potreros.

Robles y malinches florecen en las fincas del trayecto.

 

El ganado volverá con las lluvias

mientras los caballos pastan alegres por el rocío

y así pasarán todo el día, solos y felices.

 

Otra vez en casa, ella canta canciones de cuna,

“los cochinitos y los elefantes”, llena la sala de ternura

al ritmo de la mecedora, mientras Thiago balbucea alegre.

 

La madre no olvida, vuelve una vez más

a cantar, a dar calor y alegría, y me acerco a ella

contagiado por su ternura, llenándome de gozo, una vez más.

 

Thiago está en mis brazos, en mis piernas, y le hablo

achiquitando la voz, le hago cosquillas, no deja de sonreír,

se empuja y mueve su cabecita tratando de levantarla.

 

Estoy en una mecedora en horas de la madrugada,

canto las mismas canciones a mis hijos, les doy su pacha,

y me duermo al llegar a los quince elefantes. ¡Papá, los elefantes!

 

Es un acto de valentía, de gozo al sentir la tierna piel.

Me doy cuenta de que no hay nada como esa ternura,

y que, si volviera al pasado, cantaría toda la vida.

 

Cae la tarde, los árboles a mi espalda pierden su luz.

El tránsito se torna lento y los ojos de los caballos

que pastan brillan con la luz de los vehículos.

 

Ella va a mi lado. Su silencio dice lo dichosa que está.

Lleva un halo de ternura, el mismo que tuvo al acurrucar

y cantarles a sus hijos, a sus nietos y ahora a su sobrino segundo.

 

 

28 de abril de 2024.

Foto Internet.


lunes, 23 de octubre de 2023

Y, ¿CÓMO OLVIDAR A JUIGALPA?

No puedo dejar de verla, aun cuando se ausenta por varios días. La Puki me la recuerda porque siente su presencia imborrable en la casa, en el sofá que ella ocupa o en la mecedora del corredor donde pasa las tardes calurosas.

En los espacios compartidos su presencia siempre se devela en pequeños detalles colocados en la mesa de noche, debajo de la almohada, en el tocador, en el espejo, en las gavetas, y su aroma ha impregnado la mitad de todo: la casa, la habitación y los recuerdos.

Ahora que regresa, ya entrando la noche más allá de la etapa del adormecimiento, coloca en la cama varias fotos que una de sus amigas le ha regalado, todas de ella, de su época de chavala, de su juventud, una etapa de su vida que siempre recuerdo y, más aún, en su ausencia.

Veo una foto y le digo que esa es Daniela, nuestra nieta, porque es igualita a ella. Una foto del Clarín de niño, también es idéntico a ella. Una foto donde camina con Cecilia Wheelock, después de visitar el parque de Palo Solo, una foto pérdida y ahora vuelve a despertar los recuerdos de ese pasado inolvidable, ella con cabello al estilo afro y su short cortito mostrando sus piernas de atleta, caminando hacia el oeste, en dirección a la esquina donde se ubica la casa del chele Laguna, pasando por las viviendas de don Edgard Matus, la familia Flores, la de la Chelita donde vivía Milcíades, la casa de doña Petrona y la que hoy habita la familia Marín.

Volviendo a las fotos, en una de ellas se baña en la quebrada de Carca, embarazada de Emiljamary y la rodea un chavalero que goza de alegría en uno de esos meses calurosos en Juigalpa, antes más frescos que ahora.

Y, ¿cómo olvidar a Juigalpa? Es imposible porque Juigalpa está en su sangre, Juigalpa es la ciudad de mis hijos, Juigalpa es una parte de mi vida.

Juigalpa en la época que estudié en el liceo agrícola, cuando todavía no la conocía por cosas del destino o ironías de la vida. Los trabajos de campo eran dirigidos por el profesor Guillermo “el Papito” Tablada: ¡organicen un grupo para hacer rondas de fuego! ¡otro grupo para hacer eras! ¡un grupo para recoger mierda de vaca en sacos para abonar las plantas!, grupo que nunca me gustó, ¡ustedes, vayan a la bodega a buscar baldes y regaderas que van a regar todas las eras de allá abajo, las que están a la orilla del río y cerca de los árboles de Mango!, y nos organizábamos para hacer las labores. Un día, la voz autoritaria del director, Alejo Gallo Montenegro, dice al estudiantado en formación: ¡prepárense, hoy van a pelonear a los de primer año! Mostrándonos dóciles, seremos el plato del año para los alumnos de segundo año, la revancha por lo que ellos también sufrieron. ¡Reúnanse en un solo lugar!, ¡no pongan resistencia!, ¡las tijeras brillan de tanto filo que tienen!, ¡cuidado les cortan una oreja!, ¡cuidado con los ojos!, gritaban los cabecillas de segundo año, entre ellos Adolfo Chávez. Vamos de uno en uno, pasando en la fila y dos nos caen como zopilotes, sosteniéndonos de los hombros, pasan sus brazos por el cuello para inmovilizarnos, sostienen con fuerza la cabeza para dar los tijerazos, varios atrás, en el occipital, otros en el copete, otros a los lados de las orejas, ¡no te movás pilinjoyo hijo de puta!, pero los más fuertes, los más arrechos, los que no se dejan oponen resistencia y salen en defensa de la mayoría, entre ellos está Luis Alonso Conrado, y se arma la cachimbeadera, los golpes no los pueden resistir los de segundo, y se mira caer noqueado a Waneban Soza, boaqueño, luego que recibe un golpe de Luis Alonso y, entre la samotana que se arma, la mayoría de pilines salimos en desbandada. La rebelión de los alumnos de primer año en el liceo es el tema de conversación en la ciudad por varios días. Luego de ir al barbero, mostramos la pelona con mucho orgullo por las calles, en el cine Cynthia y en el parque. Ese fue el último año que pelonearon a los estudiantes de primer año en el liceo agrícola. Luego me integré al equipo de beisbol. Éramos un equipo fuerte, imponente, ningún equipo nos vencía. Mi cátcher siempre fue Henry Avilez, “el chiquito”. De ese corto tiempo que estuve en el liceo, surgió la amistad con Fulvio Orozco, la Pepa Montiel, Sergio Orozco Carazo, Luis Alonso Conrado, Chu Báez, Rodolfo García, Renato Meneses, Cicerón Gadea, el Chiquito Avilez y otros muchos más. Una época relajada, en plena juventud. 

Siete años después regresé con ella a su casa, a su Juigalpa de toda la vida. A la casa de su familia, de su madre María Gladys Chacón y sus hermanas y hermanos, la casa de grandes cuartos donde se acomodaban ella, su hermana y sus primos. Aún recuerda el movimiento de sombras y voces de cuando era niña, la cocina de leña con el fuego encendido todo el día, el corredor bajo el techo de tejas, las paredes de adobe, el árbol de Cacao Mico en el patio y el muro que brincaba la atleta de salto alto y largo para entrar a la casa. La misma casa de la esquina de Palo Solo, la casa de su abuelo Luis Chacón, el eterno conservador que siempre que había una rebelión real o ficticia contra Somoza, la guardia lo llegaba a buscar con trato humano, ¡que le alisten sus cosas!, decían los guardias porque ya estaban acostumbrados a ello.

En esa casa viví por más de 10 años. Me convertí en un habitante más de la ciudad de los caracolitos negros, y en amigo de sus amigos que ahora los veo en las fotos que ha traído después de un encuentro de compañeros de promoción de bachillerato del año 1974. Y en la vecindad, la amistad creció con los hijos de doña Comelia Zambrana: Rene, Ricardo, Rolando y Norma; con la Julita y Payín Chacón; con Modesto Cuadra, su esposa e hijos; con Diego Flores y familia; con Octavio “el Pelón” Gallardo que aún hoy tengo frente a mí su caricatura donde sostiene una enorme botella de ron en forma de pacha y expresando “Somos de la Vida”, con varios ídolos, libros y la cordillera de Amerrisque de fondo, una de las mejores amistades que logré cultivar en los años de Juigalpa, y también su hijo Fidel, Ficho; con los hermanos Molina, Héctor y Eddie, ambos poetas; con los hermanos Hernández; con don Nacho Duarte y doña Daysi y todos sus hijos e hijas; con Melba Suárez, María Elena Quezada y Carmen Mejía, sus amigas de toda la vida; con los amigos de mis hijos que me saludan al encontrarnos. También hice innumerables amistades por relaciones de trabajo en la delegación de gobierno o en el MIDINRA, y en el liceo y el INAP.  Fue una época maravillosa, donde los años de juventud los dedique al trabajo (tres empleos para sobrevivir con mi familia más los ingresos de ella que siempre resolvía los problemas y los sigue haciendo). Luego que la revolución perdió las elecciones en 1990, me quedé a la deriva, saliendo poco a poco de un naufragio de ilusiones a pesar de los estragos causados por la guerra.

Me quedé sin trabajo en Juigalpa, sin ninguna esperanza después de trabajarle un año al nuevo gobierno, hasta que un funcionario del Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), llego a la casa a buscarme para ofrecerme empleo y, poco después, me trasladé a Nueva Guinea.

Y ahora, ella regresa con esas fotos de Juigalpa, y me las muestra desde su teléfono, donde está con sus compañeros de promoción, conocidos todos ellos: Jorge Luis Oporta, Julián Báez, Francisco Medrano y ellas: Vilma Luna, Elia Dina Galo, Francis Morales, Nora García, Margarita Galarza y Aydalina Berroteran.

Los años de la gloriosa juventud terminan, pero los buenos recuerdos perduran para siempre, al igual que las buenas amistades, muchas de la cuales están en mi segunda casa, la casa de su familia, su casa, la casa de Juigalpa.


La Colina, Nueva Guinea.
22 de octubre de 2023
Foto Propia.

martes, 18 de abril de 2023

CUANDO ÉRAMOS CHAVALOS



En memoria de Manuel Bermúdez, "Palán" (1963 - 2021)


El grupo de amigos estaba conformado por Pancho, el Güerri, Alonzo, Richard, Javier, Glen, Lolo y José Manuel. Era un grupo pequeño, pero unido. Compartíamos los días en El Bluff, ubicado en el caribe sur de Nicaragua. Durante los meses de verano, disfrutábamos al máximo después de regresar de las clases en Bluefields.

Uno de los pasatiempos favoritos era jugar béisbol y, en ocasiones, futbol en el antiguo campo que hoy en día es un parque. Este campo era el escenario perfecto para practicar deportes y pasar un buen rato con los amigos.

Allí jugábamos contra el equipo de la Booth, los Diablos o los Capitanes, conformando el equipo de la UVA. Ese era nuestro enfrentamiento de alto nivel, jugar contra grandes peloteros de la liga de Baseball amateur de Bluefields. Con el tiempo, varios de nosotros debutamos como jugadores novatos con el equipo y recuerdo que un domingo le gané al equipo de Old Bank con un juego de no hit no run. Aún hoy me siento orgulloso de ello. 

Muchas veces nos enfrentamos a equipos de futbol de Bluefields, una selección de los mejores jugadores de esa época, cuando el futbol no era masivo entre los jóvenes. Martín Montero era nuestro Pelé, Chapop el mejor portero, Kalilita o Pancho o Rodolfo, como lo quieras llamar, era el mejor centrocampista y Alonzo la mejor defensa central. En una ocasión, nos creíamos un gran equipo de futbol, viajamos a Diriamba, nos alojaron en el Instituto Pedagógico y nos enfrentamos al equipo Diriangén, el mejor equipo de Nicaragua en esos años. Nos dieron una paliza de 16 goles a cero donde el portero anotó varios. Nunca nos desanímanos, el teniente Pallais, quien fue el que hizo los contactos para el viaje, nos daba ánimos. "Perdieron contra el mejor equipo de Nicaragua, no contra cualquiera", nos decía.

Nos gustaba pescar y los hacíamos en el muelle de los pescadores al que llamábamos “el Murito”. Usábamos diversos tipos de carnadas, desde trozos de bagre, sardinas y hasta camarones que nos regalaban los marineros de los barcos camaroneros. Cargábamos piñas de pescados roncadores para freír y con ellas caminábamos orgullosos por el andén hasta llegar a nuestras casas. En ocasiones, desde el muelle iluminado de la Texaco, arponeábamos enormes róbalos que se desplazaban en cardumen por las aguas verdes y limpias de la bahía.   

A veces, por las tardes, solíamos correr hasta la segunda laguna de la playa El Tortuguero y regresar al caer el sol como parte de nuestro entrenamiento. De regreso, a nuestra derecha, podíamos ver cómo el cielo se pintaba de naranja sobre la isla del Venado. Era una vista impresionante que nunca nos dejaba de asombrar.

Los domingos, después de acudir a misa, entre primos, encabezados por Dora Luz, recorríamos la costa pedregosa de la loma del faro para recolectar caracoles que se adherían a los rocas. Recogíamos baldes que luego se convertían en ollas de suculentas sopas en la diferentes casas familiares.  

Por las noches, nos reuníamos en las gradas que bajaban al muelle de las pangas. Sentados en la baranda de concreto, bajo el firmamento lleno de estrellas parpadeantes, mirábamos y escuchábamos los gritos de varios adultos que jugaban naipes en la casa de Steven Sambola o en la oficina de Busurcón. Las luces de los barrios de Old Bank y Pointteen de Bluefields se miraban a lo lejos, más allá de Half Way Cay, mientras las aguas mansas de la bahía buscaban sin prisa la barra en su salida al mar, dejando atrás la isla de miss Lilian y el muelle de la Booth.

Allí, en esas noches de calma, conversábamos sobre las actividades del día, sobre las muchachas que nos gustaban, de nuestros deportistas preferidos y reíamos felices contándonos lo que queríamos ser al llegar a adultos, mirando hacia lo alto con el rostro iluminado como cuando enviábamos telegramas  con nuestros deseos en la cuerda que sostenían los barriletes que elevábamos desde el parque de la loma. Regresábamos a casa antes de que la luz eléctrica, suministrada por la aduana, se apagara.

En otras ocasiones, cuando la Booth extendió la energía eléctrica en todo el puerto, por las noches jugábamos basquetbol y voleibol en la cancha ubicada en el norte del campo de beisbol, frente a la casa de don Chon Benavidez y la de doña Marianita, la mamá de los García. A veces, las rivalidades entre muchos se convertían en noches de boxeo en el cine Renith, utilizando guantes facilitados por los Benavidez.    

Comenzábamos el día muy de mañana para cruzar la bahía en barcos pos pos para asistir a clases, unos iban al colegio Moravo, otros al San José y al Colón.

Era una época de diversión, estudios y sueños. Aunque el camino por delante no era fácil, creíamos en que podíamos lograr nuestros objetivos en base a nuestras capacidades. Juntos, soñábamos con un futuro próspero y emocionante.

Con el tiempo, y debido a múltiples circunstancias, muchos de ellos tuvieron que irse a países extranjeros en busca de sus sueños, no hay profeta en su tierra, decían al partir, y otros se mudaron a distintas ciudades en Nicaragua. A pesar de la distancia, siempre mantenemos la amistad de cuando éramos chavalos. A menudo, recordamos con nostalgia esos días en el puerto de El Bluff.

Un día nos volveremos a reunir para juntos recordar esos buenos tiempos, nos decimos. A pesar de que nuestras vidas han tomado rumbos diferentes, no olvido las risas y los juegos que compartimos durante aquellos meses de verano en El Bluff.

Cada uno ha seguido su camino, pero el vínculo de amistad que compartimos nos mantiene unidos como la franja de arena que aferra el antiguo islote de El Bluff con el resto de Nicaragua.

 

12 de abril de 2023

Foto Propia: Abuela Manuela con sus nietos y nietas.

lunes, 31 de octubre de 2022

EL CAJERO DE LA ADUANA DE EL BLUFF

 

Felipito giró con suavidad y pericia la combinación de la caja fuerte que estaba sobrepuesta en una mesa de su oficina. Era el único cubículo protegido por verjas de hierro, pintadas en color oscuro, cuya base era el mueble de madera que limitaba el paso del público a las oficinas del segundo piso de la aduana.

Desde dos ventanales de la pared de concreto que daban al exterior del edificio, a un lado del acceso principal que comunicaba con el andén del puerto, observaba el paso de los transeúntes y, entre las verjas, a los que entraban o subían por las gradas internas desde la bodega a realizar gestiones con los contadores que revisaban o preparaban documentos de exportación e importación, o simplemente tenían citas con el coronel Alejandro Peters, director general de la aduana.

En su ritual de todos los días, la caja fuerte marcaba el inicio de una nueva jornada de trabajo. En una hoja de varias columnas llevaba el recuento de todo su contenido, desde las monedas de diez centavos hasta billetes de cien córdobas, así como dólares, pólizas pendientes de pago y cheques girados a nombre de la aduana.

Sacó el tesoro en el orden inverso al guardado para su recuento y chequeo, marcando con el símbolo de verificación las casillas de las filas y columnas correspondientes a cada denominación o documentación con lápices de colores diferentes —negro, rojo o azul, según el caso— con calma y parsimonia. Tiró con sus manos suaves y pulcras de la manivela de la maquina sumadora para incorporar los números que ingresó presionando el teclado numérico grande, y observó la cinta de papel registrando las operaciones.

Al terminar volvió a guardarlo y cerró la caja fuerte girando tres veces la cerradura de combinación. Era el único de los empleados de la aduana que conocía de memoria los números y los movimientos que debía hacer, a la izquierda y derecha, para abrirla. El único instante en que la caja fuerte permanecía abierta era el que empleaba para el recuento mañanero.

Felipe Álvarez Alvarado, llamado Felipito por sus amigos para diferenciarlo de su padre Felipe, responsable de la bodega, acudía a su puesto de trabajo antes del horario establecido. Su casa, ubicada en las cercanías de la aduana —fue construida por la aduana y asignada a él y su familia como a otros empleados—, a unos treinta metros de distancia, los que transitaba caminando sobre un andén de bloques acostados que comunicaba con la casa de Juan Ramón Acosta y su familia, quien era mecánico y responsable de la planta eléctrica que brindaba el servicio de energía a las casas de la aduana. Eran casas gemelas, separadas por un espacio de diez metros, ubicadas frente a la aduana y del andén del puerto. Por esa cercanía, Felipe llegaba temprano a su trabajo, primero que los otros empleados, y se encargaba de abrir el candado del portón metálico que corría sobre rieles y daba acceso a las oficinas.

Por las mañanas, antes de acudir a la aduana, jalaba agua del pozo ubicado en un costado de la casa. Ese era su ejercicio, llenar dos o tres tanques de agua y la pileta del baño interior para que no faltara el agua. Se vestía siempre con camisa manga corta y camisola por dentro, pantalón de tela, faja del color de las zapatillas que usaba y llegaba perfumado a sus labores.

Por las tardes, después de las cinco de la tarde, hora en que Felipe, su padre, tocaba una campana de bronce para anunciar el final de la jornada de trabajo, se cambiaba de ropa y jalaba agua de tomar desde un pozo ubicado en una casita de su propiedad cercana a la de sus padres, pero la preferida, la mejor, era el agua del pozo de sus padres, mis abuelos. Esa afición, jalar agua, además de un deber para abastecer de agua a su familia y que la tía Merchú no padeciera de desabastecimiento, fue heredada de mi abuelo Felipe, quien al igual que él, era un incansable jalador de agua en su pozo perforado a mano con un fondo de piedra azul. Ese quehacer diario, el esfuerzo, el ejercicio de sus piernas, brazos y hombros, funcionaba como terapia al estar sólo con sus pensamientos. “Esta es el agua más limpia y más fresca de El Bluff”, decía al cargar los bidones de agua hacia su casa, distante a unos cien metros.

A las doce en punto, luego de las campanadas que tocaba mi abuelo, cerraba bajo llave su cubículo enverjado, el portón de acceso y regresaba a casa para almorzar. Mercedes, su esposa, “la tía Merchú”, lo esperaba con le mesa servida. Cada plato era un agasajo para él y sus hijos: Rafael, José Manuel y Javier. Era un hombre de buen comer y la tía Merchú se esmeraba en prepararle los mejores platillos; obtenía las recetas de revistas, programas radiales y de la TV, en ese entonces en blanco y negro. A esa hora seguía el ritual de todos los días: entraba al baño, el mismo en el que había llenado la pileta de concreto con el agua del pozo, sacaba una pana de agua para lavarse con abundante jabón sus manos pulcras, con toalla de mano se secaba y salía a ocupar su lugar de cabeza de mesa mientras lo esperaban para servirse.

Desde el andén del puerto, al pasar frente a la casa, escuchaba el sonido del contacto de los tenedores, cuchillos y cucharas con los platos de china en que se servían y comían sin escuchar sus voces. Cuando los visitaba, y coincidía con el almuerzo o la cena, era invitado a acompañarlos. Era tan deliciosa la comida que preparaba la tía Merchú que cuando hablaba con mi mamá le decía que había cenado frijolitos, y mamá se reía, respondiendo que en casa no queríamos comerlos.

La despensa de la casa del tío Felipe siempre estaba abastecida con variedad de productos. Muchos de ellos los adquiría en las tiendas de los chinos en Bluefields y otros a través de los barcos mercantes que atracaban en el puerto. Entre estos, jamones, pavos, uvas, peras, manzanas y licores. Después del almuerzo había postre: icacos en miel, pastel de limón, de piña y sorbete elaborado por las propias manos de la tía Merchú en su heladora de madera.

Tío Felipe decía con permiso cuando terminaba de comer, pedía que le pasaran los platos dando las gracias por ello pues era un hombre educado, no por poseer grandes títulos, sino por la forma en que trataban a las personas, con respeto y calidez. Con sus hijos era muy amoroso, nunca vi que los castigara a fajazos o con sus manos, pero cuando hacían travesuras que lo enfadaban y merecían alguna reprimenda, los castigaba. Eran castigos que evitaban que hicieran las cosas que les gustaba hacer como andar en bicicleta, salir a jugar con sus amigos o ver televisión.

En la casa de tío Felipe miraba televisión. Era un televisor grande en blanco y negro. En ese televisor vi al Apolo XI llegar a la luna y aprendí que no había aterrizado sino alunizado por la explicación que él nos daba. También vi varias peleas de Alexis Arguello y de Mohammed Ali. Su casa era una casa abierta, en la sala con acomodábamos todos los chavalos, entre primos y amigos, sentados en el suelo, frente al televisor, para ver esos eventos importantes. Era un espacio pequeño pero acogedor. En ella sobresalía una foto de él con José Manuel. Estaban en la esquina de Wing Sang y el fotógrafo los captó desde la calle mientras ellos sonreían en la alta acera. José Manuel podía tener unos diez años de edad y el tío Felipe menos de cuarenta porque aún no mostraba canas en su cabello negro ondulado.

Después de una pequeña siesta regresaba recuperado a sus labores, y la tía Merchú se sentaba en una mecedora de madera a tejer. Ella tejía de todo, desde centros de mesas, joyeros y cubre colchones, muchos de los cuales terminaban como regalos para sus amigas o familiares, y sabía transmitir su arte a chavalas y señoras de esa época.

Muchos chavalos del puerto llegaban a su oficina dando muestras de buen comportamiento para pedirle dinero, en ese entonces monedas de 10 y 25 centavos, para luego visitar la tiende de doña Estercita y Toño Real y gastarlos en empanadas, chicha en botella, leche de burra, bombones y chingongos. Sin una orden del coronel no les daba ni un centavo, ni a sus hijos, Javier y José Manuel, porque para él la honestidad era uno de los principales valores que debía existir en un servidor público, razón por la cual su trabajo como cajero de la aduana fue intachable en los más de 40 años que desempeñó el cargo.

Todos los sábados, después de arquear la caja, retiraba el tesoro que resguardaba y llenaba uno o dos maletines de lona y cuero que cerraba con un candado. Presentaba los documentos al coronel, dándole los detalles pertinentes sin omitir ni un centavo, para su firma, y partía con ellos hacía Bluefields en la panga de la aduana, pilotada por Orlando Lacayo, el panguero oficial, llamado “Chicho” por todos los Blofeños, a efectuar el depósito a nombre de la aduana en el Banco Nacional. Era lo primero que hacía al llegar a la ciudad, luego sus gestiones personales, entre compras y visita a sus amistades. Al final de sus compromisos visitaba a Carlos Chávez Hernández, su amigo de todos los tiempos. Conversaban amenos y tomaban tragos con sus boquitas respectivas. Así, Felipito, culminaba su viaje, en una tertulia agradable.

A las cinco de la tarde regresaba a El Bluff. La tía Merchú, en su larga espera desde el corredor de la casa, divisaba desde la distancia, al cruzar Half Way Cay, la panga de la aduana y no le quitaba la mirada hasta que bajaba su velocidad para atracar en el muelle de las pangas de la aduana, ubicado a un extremo del muelle principal. Desde que miraba su rostro, antes de atracar, dejaba de hacer lo que estuviese haciendo, leyendo revistas o tejiendo, o simplemente conversando con las visitas que la frecuentaban y salía a su encuentro en las graditas ubicadas frente a la planta eléctrica de la aduana y frente a la casa de los Allen.

“Felipe, Felipe, sabes que te hace daño tomar y no haces caso”, decía la tía Merchú.

Felipito mostraba una sonrisa plena, sonrisa de felicidad etílica, mientras ella lo tomaba del brazo y lo jalaba con fuerza para que su tambalear disminuyera, tratando así que no se notara el vaivén de piernas descontroladas en el andén de un metro y medio de ancho. A jalones lo llevaba frente a la casa, a jalones lo hacía subir las gradas hasta el camino de bloques acostados y entraba regañándolo hasta que lo desvestía y acomodaba en la cama matrimonial.  Felipito dormía profundamente su sueño etílico.

Al siguiente día volvía a jalar agua temprano por la mañana y regresaba como nada a sus rutinas en la aduana, sin el horrible malestar que padece el que bebe alcohol etílico hasta embriagarse.

Era miembro de las comitivas que inspeccionaban los barcos mercantes que atracaban en el puerto. Abordaban ante un gentío curioso que se aglomeraba en el muelle, confundiéndose con los estibadores; se escuchaban saludos, gritos de alegría, citas nocturnas, buenas y malas nuevas desde el barco y el muelle, mientras la comitiva subía con el inspector de aduanas encabezándola. La inspección rutinaria se desarrollaba: revisaban manifiestos de carga, documentos de la tripulación y equipaje, el estado sanitario, las bodegas y cubierta, y las normas de seguridad, concluyendo en la cabina del capitán donde eran invitados a degustar platillos para la ocasión y brindar por el feliz arribo y una placentera estancia en el puerto. Bajaban contentos con bolsas llenas de regalías que posteriormente compartían con sus familiares y amistades. Felipito llegaba sonriente a casa después de estas inspecciones y con regalitos para la tía Merchú.

Cuando el coronel Alejandro Peters Vargas fue enviado a retiro y pensionado, lo sucedió en el cargo el coronel Juan Ramón Brenes y Felipito siguió laborando con el mismo esmero y dedicación en su cargo de cajero de la aduana.

En 1979, a pocos días de la caída de Somoza, muchos de los altos funcionarios de Bluefields salieron en estampida con sus familias en barcos, ante la inminente caída de la dictadura, pasando por El Bluff, al igual que los altos mandos de la Guardia Nacional. Felipito, desde el balcón de la aduana, los vio partir. Era un gentío que se aglomeraba en la cubierta de los barcos, diciendo adiós con sus manos y lágrimas en los ojos.

Cuando miembros de la brigada internacionalista Simón Bolívar llegaron a El Bluff, el Jaque Bazar y brother Ray los recibieron en el muelle de la aduana. Estos dos últimos asignados por el jefe de los insurrectos Dexter Hooker.

“Los jefes me enseñaron cartas firmadas por la comandancia del Frente Sur, estos sí eran grandilocuentes, sobre todo un negrito chaparrito y barbudo con voz de gigante llamado Kalalu”, recuerda Dexter Hooker en sus memorias.

Días después, ya con el triunfo sandinista, se presentaron en la aduana con su atuendo de combatientes guerrilleros.

“Buscamos al administrador”, dijo el barbudo, dirigiéndose a Felipito con sus manos sobre el fusil Fal que colgaba de sus hombros”.

Los compañeros de trabajo estaban presentes en sus puestos, expectantes y nerviosos por la presencia de los guerrilleros y los rumores que se decían por todos los medios, radio y televisión, de que iban a ajusticiar a todos los somocistas, y ellos caían en esa categoría por trabajar en la aduana del puerto.

“El coronel Brenes ha salido del país con su familia”, respondió.

“Como todos los cobardes”, dijo el otro con la mano puesta sobre la empuñadura de la pistola que colgaba de su cinto.

“¿Usted es Felipito, el hombre que maneja los reales?, pregunto el barbudo.

“Si, yo soy”, respondió.

“Abrí la caja fuerte, tenemos órdenes de llevarnos todo el dinero que encontremos para la causa revolucionaria”, dijo el pistolero.

“No puedo hacerlo, sólo con una orden del administrador de aduanas puedo abrirla”, respondió Felipito.

“Déjese de pendejadas, parece que usted no se da cuenta que hay una revolución, y nosotros somos los que ahora mandamos, Abrí la caja fuerte o te llevamos preso a Bluefields”, dijo el del fusil Fal con tono irritado.

Varios de los compañeros de Felipito se acercaron, con temor a los revolucionarios, para hablarle y convencerlo de que abriera la caja fuerte.

“Abrí la puta caja o aquí mismo te pongo tieso”, dijo el de la pistola.

Felipito, pensativo, dio varias vueltas en su cubículo cerrado por verjas de hierro, pensativo, su mente nublada y sus manos temblorosas: nunca antes lo habían amenazado hombres armados. Vio sus rostros de desesperación y odio. Se acercó a la caja fuerte, accionó la llave, hizo los movimientos de la combinación que solo él conocía y abrió la pesada puerta de la caja fuerte.

Al ver la oscuridad de su interior, los dos revolucionarios saltaron sobre el estante de madera que separaba el acceso de los visitantes con los empleados de la aduana y entraron a su cubículo, al cubículo sagrado del cajero de la aduana.

“Saca todo el dinero que tenés allí”, dijo el barbudo del Fal.

“No hay casi nada, talvez unos dos mil córdobas”, respondió Felipito.

Felipito retiró con su característica parsimonia el poco dinero que tenía la caja y se lo mostró a los revolucionarios. Indignados, daban gritos de enojo.

“Hijo de la gran puta, nos estás engañando. Sabemos que aquí hay más de cincuenta mil dólares. Así que de una vez diga dónde está el dinero”, gritó el de la pistola, haciendo ademanes amenazantes con ella.

“Se lo llevaron, se lo llevaron”, dijo uno de los compañeros de Felipito. “Se lo llevaron hace días, el administrador salió embarcado, pero el resto está en el banco”, agregó.

Meses después Felipito Álvarez fue jubilado de la aduana al asumir sus funciones el personal del gobierno revolucionario. Siguió en sus rutinas, dedicó parte de su tiempo a sus nietos y nietas y visitó a su hija Dora Luz en el puerto de Corinto. Sufrió la destrucción de su casa por el huracán Juana y se refugió por unos días en Santo Tomás, Chontales, con la tía Merchú. Poco a poco lograron reconstruir con el apoyo de Hábitat para la humanidad, pero nunca volvió a parecerse a su antigua casa.

“Siempre fue un hombre dulce y tierno”, recuerda su nieta Anielka, pero era mi tía la que nos castigaba.

Le diagnosticaron una hernia en la ingle y fue operado. En su recuperación, pocas semanas después, siguió jalando agua del pozo y nunca curó del todo, razón por la que cayó postrado bajo la atención de la tía Merchú, recuerda Dora Luz.

“Mercedita, tengo ganas de comer un buen nacatamal”, decía.

“No, Felipe, no, te hace daño”, respondía la tía Merchú.

“Ay Mercedita, que tal un chanchito frito, gordito”, volvía con sus antojos.

“Felipe, pareces un niño, sabes que te hace daño”, decía la tía Merchú.

Y así, postrado en cama, el 23 de febrero de 1999, falleció de un infarto en su habitación con la tía Merchú a su lado.

El hombre que dedicó gran parte de su vida al resguardo y manejo de los fondos de la aduana de El Bluff, fondos que ascendían a decenas de miles de dólares en concepto de impuestos por importación y exportación de mercancías, se rindió a la muerte.

Vive en la memoria de sus hijos Dora Luz, José Manuel y Javier y de sus nietos y nietas, de sus sobrinos, así como en la de aquellos que lo conocieron y recuerdan como un hombre honesto, respetuoso, amigable y de buenas costumbres.

 

domingo, 30 de octubre de 2022

Foto: Felipito en el parque de la loma de El Bluff con sus nietos Anielka y Rafael.

viernes, 8 de abril de 2022

45 AÑOS DESPUÉS

 

Emilce remendaba mis pantalones sentada en la cama, poniéndoles hilos nuevos en los mismos orificios de la costura de los lados para que durarán un poco más, después de años de no poder comprar jeans nuevos. También les cambiaba el elástico a mis calzoncillos para que no se me bajaran. Yo la miraba deslumbrado, como todos los días, no era para menos. Siempre fue una mujer bella.

Tenía el cabello corto, ondulado con un mechón que caía sobre su frente. Sus labios finos de color rosa mostraban una amplia sonrisa, sus ojos color de miel mostraban el brillo de los míos, su piel clara y tersa y su cuerpo esbelto y firme, era un cuerpo de atleta. Bien podía haber enamorado a cualquier hombre, incluso muy adinerado, pero se decidió por mí.

Ella siempre olía a limpio, a frescura. En casa no faltaban detalles que hicieran sentirme a gusto, en esa casita de Juigalpa donde vivíamos en tiempos de postguerra, una casa pequeña y calurosa, y si no fuera por ella se hubiera transformado en un infierno.

Eran tiempos de muchas carencias, de temores y desesperanzas, pero en nuestra casita nada de eso nos desanimaba. Todo por Emilce. Por ella salí de Juigalpa, me vine para el trópico húmedo, abandoné todos los años de vida en esa ciudad, años de trabajo intenso de hasta tres empleos, por las mañanas, por las tardes y por las noches, para poder sobrevivir con nuestros chavalos.

Ella siempre estuvo a mi lado aun cuando me quedé sin empleo en un ambiente hostil, y con su trabajo y sus emprendimientos logró mantener a flote a nuestra familia. Todo ello me hizo ver que nadie puede quitarte tus ideales y, muchos menos, la voluntad y amor que sentimos.

Hoy la sigo viendo de la misma manera. La veo activa en casa, pendiente de todos nuestros hijos y nuestros nietos, cuidando sus plantas y tomando iniciativas que a todos nos brindan un puerto seguro. La veo caminar en los alrededores del patio de nuestra casa y no sé qué haría sin ella, aunque a veces los nietos digan que dejemos de pelear. La conocí un 5 de abril y hoy, 45 años después, la sigo amando.

 

viernes, 8 de abril de 2022
Nueva Guinea, RACCS.

viernes, 16 de julio de 2021

LA COLA DEL HURACÁN IRENE

Estaban al pie de la ventana todavía en pijamas, de rodillas sobre el colchón de la cama de bronce que su abuelo mandó a traer junto con otros muebles de la casa en un barco desde lugares lejanos que nombraba, pero ellos aún no tenían el mapa dibujado en sus mentes y, aun así, al oír los nombres, intuían que eran sitios maravillosos.

Desde allí asomaban sus cabezas por turnos, evitando la brisa que azotaba el corredor para ver hacia el lado del muelle de los barcos camaroneros, la isla del Venado, la isla de Miss Lilian y Half Way Cay con el fin de divisar si algún barco mercante, pequero, pos pos o panga se atrevía a navegar por la bahía en el temporal.

“Nada a la vista, Almirante”, le dijo el mayor, el flaco de pelo negro liso, al más pequeño de pelo chirizo y amarillento, luego de hacer con sus puños un telescopio que movía de izquierda a derecha en un ángulo de ciento ochenta grados para visibilizar alguna nave en la inmensidad del paisaje.

“Atento Capitán, manténgase alerta por la tempestad”, respondió el más pequeño y volvió a acostarse en la cama con confianza, con el oído puesto en el retumbo de los truenos, en la intensidad de lluvia que caía en el techo de zinc y en las rachas de viento que azotaban el corredor y las paredes de la casa de madera.

Al Capitán se le hacía difícil ver entre la cortina gris de lluvia y la chispa enceguecedora de los relámpagos que reventaban más allá de la isla del Venado, en dirección a Punta Gorda, pero mantenía con firmeza su puesto de observación.

Eran las siete de la mañana y la tempestad había iniciado a las cuatro, por tal motivo, le decía el Capitán al Almirante, las naves de Bluefields han sido retenidas en los muelles para evitar una tragedia en la bahía enfurecida por el viento y la lluvia, y la corriente furiosa que baja desde el río Escondido arrastrando todo los que encuentra a su paso: ramas, troncos y árboles.

A su izquierda, en el fondo de sus manos, su visor telescópico, el Capitán trataba de ver lo que acontecía en la fábrica de barcos de fibra de vidrio, ubicada en el extremo sur del puerto y en las orillas de la barra. La corriente de las aguas de la bahía se encontraba con la furia del oleaje del mar y, en su encuentro, salpicaba con explosiones de más de tres metros de agua que inundaba la explanada donde se exponían los barcos construidos para equiparlos, previo a ser echados al mar, mientras los trabajadores, en un va y viene, los fijaban con amarras.

“Almirante, se inunda el astillero”, dijo.

No tuvo respuesta. Deshizo su telescopio y metió la cabeza. El Almirante se había dormido. Tomó la colcha y lo cubrió. Desde el fondo de la casa escuchó un murmullo de voces. Era su abuela que hablaba con la empleada del hogar y preparaban el desayuno. El aroma del café y jamón frito inundaba la antesala y la cocina. En la habitación, a su derecha, escuchó los movimientos de su abuelo.

Volvió a su puesto de observación. Reguló el visor telescópico. Por un instante vio a sus padres que regresaban de vacaciones. Sopló el visor y la imagen despareció. Los extrañaba, pero estaba seguro que volverían pronto, según su abuela. “Faltan diez días para que regresen”, les había dicho y mostraba el calendario marcado que mantenía colgado en la pared de la cocina, a un lado del comedor.

Nuevamente movió el telescopio regulando la imagen en dirección a la isla de Miss Lilian. Las olas reventaban en su orilla pedregosa y los cocoteros se movían en un vaivén intenso por la fuerza del viento. Más allá no tenía visión, era imposible, no miraba Half Way Cay ni el cerro azulado de Bluefields.

Enfocó el muelle de la Texaco. A pesar de la lluvia torrencial, desde el barco cisterna que estaba atracado, bombeaban combustible hacia los tanques ubicados a un lado de la carretera en dirección al comedor de las chinitas y las oficinas de la empresa Booth de Nicaragua. En la cubierta del barco la tripulación se cubría con capotes de color amarillo y calzaba botas de hule, tomándose con fuerza de las barandas y sogas de seguridad que les permitían moverse. Arriba, en la cabina, el capitán del barco con bandera panameña, supervisaba el bombeo y daba orientaciones mediante gritos y señales. En el muelle de tablones caminaban varios operarios que estaban atentos de las bombas y las llaves de pase del combustible.

Miró hacia la ensenada. El manglar y las tucas de madera que se amontonaban en la orilla están agitados por el oleaje. La islita mostraba únicamente el verdor del mangle y, un poco más allá, vio el muelle de los barcos camaroneros. No había movimiento, la flota estaba amarrada en varios grupos de cuarta andana. En el muelle no se miraba el trajín de marineros ni personal de tierra, solamente el viento azotando el casco de los barcos y el oleaje reventando en ellos.

“Ya está el desayuno”, escuchó el grito de la abuela entre el intenso plic plac de la lluvia sobre el techo de zinc.

Se prestaba a dejar de observar, pero el sonido de un barco lo hizo concentrarse en la bahía. El guardacostas G7 navegaba a toda velocidad hacia la barra con los marineros en posición de alerta sobre la cubierta.

“El desayuno”, volvió a llamar la abuela.

Dejó de observar, deshizo el telescopio de sus manos y metió la cabeza. Se bajó de la cama y despertó a su hermano tocándole los brazos.

“¡¿Ya vienen?!, ¡¿Ya vienen?!”, dijo el Almirante al despertar.

“No, no, es hora de desayunar", le respondió. “Mira, mira, el guardacostas va papeleado hacia la barra”, agregó.

El Almirante se asomó por la ventana en el mismo instante en que el abuelo salía ya vestido de la habitación.

“¿Qué pasa?”, preguntó el abuelo.

“Abuelo, abuelo, el guardacostas va hacia la barra”, respondió el Capitán.

Desde la puerta de la habitación, el abuelo avanza diez pasos hacia ellos, hacia el puesto de observación.

Es de estatura mediana. Su cabello cano lo peina hacia atrás con brillantina. Su piel es de color café claro, piel mestiza. Sus ojos son pequeños, de color café oscuro, el izquierdo es más pequeño que el derecho. Su nariz se desplaza un poco a la derecha. Sus cejas son bien pobladas y las pestañas de sus ojos son tan largas que da la impresión que le dificultan ver. De su cuello cuelga una cadena de oro y en su dedo anular derecho lleva el anillo de matrimonio.

Va bien vestido. Lleva puestos pantalones de color caqui de paletones, planchados con almidón, con una camisa de color blanco que las usa por dentro mostrando su alto talle a la altura del ombligo. De su faja café, cuelga la cadena de su reloj que guarda en la bolsa derecha del pantalón. Calza botines color café.

Al llegar al pie de la cama de bronce se inclina sobre ella para asomarse en la ventana y poder ver el paso del guardacostas que navega entre el muelle de la Texaco y el de los barcos camaroneros.

“Va rápido, muy rápido, debe haber alguna emergencia”, dijo el abuelo. “Pero vamos, la abuela tiene servido el desayuno, vamos a desayunar”, agregó.

Cruzan la antesala que separa la sala y los aposentos con la cocina. El abuelo toma su lugar en la mesa redonda ubicada en un extremo izquierdo de la cocina, a las 6 en punto con orientación norte, tal como gustaba decir el tío Pablo.

El Almirante se sienta a su derecha y el Capitán a la izquierda. La abuela ya ha servido una jarra con leche caliente, pan hecho en casa en una fuente con tapa, mantequilla, el jamón frito, la azucarera y el plato del abuelo con dos huevos fritos enteros, y a ellos, un huevo cada uno con una rodaja de jamón. Son huevos frescos, recolectados la tarde anterior en el gallinero de la abuela. La abuela lleva una jarra de café hirviendo y le sirve al abuelo en su taza, luego a ellos.

La abuela se sienta al lado del abuelo, entre el Capitán y él. El Capitán está atento al abuelo. Le gusta observar el ritual que realiza para comer. Primero endulza el café y luego se sirve leche. Lo prueba y casi nunca le agrega más azúcar. Luego toma una rodaja de pan aún caliente y con el cuchillo de mesa lo cubre de mantequilla. Da un mordisco y un trago de café con leche.

El Capitán sigue atento, espera lo que más le gusta de la forma de comer del abuelo mientras el Almirante embarra su pan con mantequilla sin prestarle mucha atención al abuelo. La abuela endulza su café de leche y espera el cuchillo que ha usado el abuelo para servirse mantequilla.

El abuelo golpea el plato con el cuchillo y sostiene con el tenedor los huevos enteros. Corta de manera horizontal, de una orilla del plato a la otra y luego de manera vertical, desde el punto más lejano hasta la cercanía de su pecho. El golpeteo del cuchillo en el plato es intenso y se difunde por la cocina con el de la lluvia que cae sobre el zinc, chorreándose en un canal para luego correr en un zanjón que la encausa fuera del terreno de la casa. Una vez que ha cortado los huevos en trocitos irregulares, procede a regarles salsa inglesa Lea and Perrings y los cubre con una pizca de sal. Los revuelve, una, dos, tres veces y se dispone a cortar el jamón en rodajas pequeñas. Una vez finalizado comienza a saborear su desayuno.

El Capitán lo ha visto con detalle y se presta a repetir el ritual del abuelo. El abuelo sonríe, sabe que lo imita y la abuela lo incentiva a ello. El Almirante deja de tomar su café con leche y corta el jamón.

¿Por qué esta tormenta?", pregunta la abuela.

“Es la envestida de la cola del huracán Irene”, responde el abuelo. La cadena de radio Nacional ha comunicado que impactó al sur de Bluefields, pero ya está aminorando su fuerza y se dirige hacia el Pacifico. No tarda en bajar de intensidad.

“Hoy no se seca la ropa”, comentó la abuela.

“¿Cuándo viene mi mamá y mi papá?”, pregunta el Almirante.

“Veamos el calendario”, dice la abuela y señala la pared. “Hoy es domingo, 19 de septiembre de 1971. Dentro de siete días, es decir, el próximo domingo estarán de regreso”, agrega.

Ambos se quedan viendo y sonríen entre ellos. La abuela también sonríe al ver la felicidad dibujada en sus rostros. El abuelo termina su desayuno, se levanta de la mesa y camina en dirección al baño. La abuela retira los platos y cubiertos de la mesa y se los entrega a la empleada de la casa para ser lavados.

El Almirante y el Capitán han regresado a su puesto de vigía. La abuela le entrega un capote al abuelo que se lo pone sobre la chaqueta de cuero que usa cuando llueve.

“Abuelo, abuelo, ya regresa el guardacostas”, dice el Capitán.

El abuelo sale al corredor, abre la puerta de hierro que da acceso al andén y el Capitán le señala el guardacostas que remolca un barco pesquero hacia el muelle.

“Nos vemos al medio día, tengo que hacer una revisión en la bodega”, dice el abuelo y camina por el andén en dirección al muelle de la aduana.

La abuela cierra la puerta. Se arrodilla en la cama. Con ellos a los lados observa la lluvia sobre la bahía, el avance del guardacostas con el barco que remolca y el cielo gris que cubre desde la isla del Venado hasta el cerro Aberdeen de Bluefields y más allá.

“Cierren la ventana, ya es hora”, dice la abuela. “No vaya a ser que esa tal Irene nos dé un coletazo”, agrega. Los ha tomado de la mano y se dirigen hacia la seguridad que les brinda el calor de su cocina.

15 de julio del 2021.

Foto: Darling Thomas.