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martes, 18 de abril de 2023

CUANDO ÉRAMOS CHAVALOS



En memoria de Manuel Bermúdez, "Palán" (1963 - 2021)


El grupo de amigos estaba conformado por Pancho, el Güerri, Alonzo, Richard, Javier, Glen, Lolo y José Manuel. Era un grupo pequeño, pero unido. Compartíamos los días en El Bluff, ubicado en el caribe sur de Nicaragua. Durante los meses de verano, disfrutábamos al máximo después de regresar de las clases en Bluefields.

Uno de los pasatiempos favoritos era jugar béisbol y, en ocasiones, futbol en el antiguo campo que hoy en día es un parque. Este campo era el escenario perfecto para practicar deportes y pasar un buen rato con los amigos.

Allí jugábamos contra el equipo de la Booth, los Diablos o los Capitanes, conformando el equipo de la UVA. Ese era nuestro enfrentamiento de alto nivel, jugar contra grandes peloteros de la liga de Baseball amateur de Bluefields. Con el tiempo, varios de nosotros debutamos como jugadores novatos con el equipo y recuerdo que un domingo le gané al equipo de Old Bank con un juego de no hit no run. Aún hoy me siento orgulloso de ello. 

Muchas veces nos enfrentamos a equipos de futbol de Bluefields, una selección de los mejores jugadores de esa época, cuando el futbol no era masivo entre los jóvenes. Martín Montero era nuestro Pelé, Chapop el mejor portero, Kalilita o Pancho o Rodolfo, como lo quieras llamar, era el mejor centrocampista y Alonzo la mejor defensa central. En una ocasión, nos creíamos un gran equipo de futbol, viajamos a Diriamba, nos alojaron en el Instituto Pedagógico y nos enfrentamos al equipo Diriangén, el mejor equipo de Nicaragua en esos años. Nos dieron una paliza de 16 goles a cero donde el portero anotó varios. Nunca nos desanímanos, el teniente Pallais, quien fue el que hizo los contactos para el viaje, nos daba ánimos. "Perdieron contra el mejor equipo de Nicaragua, no contra cualquiera", nos decía.

Nos gustaba pescar y los hacíamos en el muelle de los pescadores al que llamábamos “el Murito”. Usábamos diversos tipos de carnadas, desde trozos de bagre, sardinas y hasta camarones que nos regalaban los marineros de los barcos camaroneros. Cargábamos piñas de pescados roncadores para freír y con ellas caminábamos orgullosos por el andén hasta llegar a nuestras casas. En ocasiones, desde el muelle iluminado de la Texaco, arponeábamos enormes róbalos que se desplazaban en cardumen por las aguas verdes y limpias de la bahía.   

A veces, por las tardes, solíamos correr hasta la segunda laguna de la playa El Tortuguero y regresar al caer el sol como parte de nuestro entrenamiento. De regreso, a nuestra derecha, podíamos ver cómo el cielo se pintaba de naranja sobre la isla del Venado. Era una vista impresionante que nunca nos dejaba de asombrar.

Los domingos, después de acudir a misa, entre primos, encabezados por Dora Luz, recorríamos la costa pedregosa de la loma del faro para recolectar caracoles que se adherían a los rocas. Recogíamos baldes que luego se convertían en ollas de suculentas sopas en la diferentes casas familiares.  

Por las noches, nos reuníamos en las gradas que bajaban al muelle de las pangas. Sentados en la baranda de concreto, bajo el firmamento lleno de estrellas parpadeantes, mirábamos y escuchábamos los gritos de varios adultos que jugaban naipes en la casa de Steven Sambola o en la oficina de Busurcón. Las luces de los barrios de Old Bank y Pointteen de Bluefields se miraban a lo lejos, más allá de Half Way Cay, mientras las aguas mansas de la bahía buscaban sin prisa la barra en su salida al mar, dejando atrás la isla de miss Lilian y el muelle de la Booth.

Allí, en esas noches de calma, conversábamos sobre las actividades del día, sobre las muchachas que nos gustaban, de nuestros deportistas preferidos y reíamos felices contándonos lo que queríamos ser al llegar a adultos, mirando hacia lo alto con el rostro iluminado como cuando enviábamos telegramas  con nuestros deseos en la cuerda que sostenían los barriletes que elevábamos desde el parque de la loma. Regresábamos a casa antes de que la luz eléctrica, suministrada por la aduana, se apagara.

En otras ocasiones, cuando la Booth extendió la energía eléctrica en todo el puerto, por las noches jugábamos basquetbol y voleibol en la cancha ubicada en el norte del campo de beisbol, frente a la casa de don Chon Benavidez y la de doña Marianita, la mamá de los García. A veces, las rivalidades entre muchos se convertían en noches de boxeo en el cine Renith, utilizando guantes facilitados por los Benavidez.    

Comenzábamos el día muy de mañana para cruzar la bahía en barcos pos pos para asistir a clases, unos iban al colegio Moravo, otros al San José y al Colón.

Era una época de diversión, estudios y sueños. Aunque el camino por delante no era fácil, creíamos en que podíamos lograr nuestros objetivos en base a nuestras capacidades. Juntos, soñábamos con un futuro próspero y emocionante.

Con el tiempo, y debido a múltiples circunstancias, muchos de ellos tuvieron que irse a países extranjeros en busca de sus sueños, no hay profeta en su tierra, decían al partir, y otros se mudaron a distintas ciudades en Nicaragua. A pesar de la distancia, siempre mantenemos la amistad de cuando éramos chavalos. A menudo, recordamos con nostalgia esos días en el puerto de El Bluff.

Un día nos volveremos a reunir para juntos recordar esos buenos tiempos, nos decimos. A pesar de que nuestras vidas han tomado rumbos diferentes, no olvido las risas y los juegos que compartimos durante aquellos meses de verano en El Bluff.

Cada uno ha seguido su camino, pero el vínculo de amistad que compartimos nos mantiene unidos como la franja de arena que aferra el antiguo islote de El Bluff con el resto de Nicaragua.

 

12 de abril de 2023

Foto Propia: Abuela Manuela con sus nietos y nietas.

martes, 8 de octubre de 2019

¡STICK-UP, STICK-UP!



Zamba Larga se ubicó debajo del árbol de naranja agria. Desde el fuste hasta la casa de doña Gloria Meñaca, una casita vieja de madera cuya fachada daba frente al andén del puerto, dio tres pasos. Sus pasos eran extensos por las piernas largas y, por ser tan largas como las de una jirafa, le llamaban Zamba Larga. Entre el árbol de naranja agria y la pared lateral de la casa existía un espacio de tierra de unos seis metros de distancia que los vecinos y transeúntes lo usaban como pasillo para subir hacia la loma del puerto o sencillamente visitar la ventecita de doña Rosa Emilia para comprar pan simple recién horneado, panes dulces o una media de guarón. Zamba Larga se detuvo en el centro.

“De aquí para allá lo hacemos”, dijo señalando hacia el andén. Desde ese punto, a su izquierda miraba a todos los que aparecían por el lado de la cantina de Miss Pet y, a la derecha, los que avanzaban al pasar por la casa del coronel Brenes y la entrada a la cantina llamada La Cabaña. De frente, una casita de madera pegada al otro lado del andén le tapaba la vista de la playa del Tortuguero pero escuchaba el retumbo de las olas y sentía la brisa marina que le procuraban una tarde placentera.

“Yo lo hago, yo lo hago”, respondió Cámara Lenta.

Ni Charol ni Zamba Larga ripostaron. Era su derecho, estaba en el patio de su casa y podía hacer lo que se le antojara. No iban a discutir por una babosada, no estaban allí para eso.

Cámara Lenta tomó con sus manos de gigante un machete filoso, se acercó a Zamba Larga, se agachó mostrando su espaldota pelada porque siempre andaba sin camisa o la andaba mal abotonada enseñando la tilila, le hizo punta a un pedazo de palo y lo sembró con el tacón en el lugar que ocupaba Zamba Larga. Charol se acercó al punto sonriendo, solamente se le miraban los dientes de marfil en su semblante de mañoso y le entregó una cuerda de nylon negro. Zamba Larga dio un paso hacia el frente y marcó el punto con la punta de sus zapatos. Cámara Lenta amarró la cuerda de nylon al palo y así, en cuclillas, dio cuatro pasos pesados como los de un gigante hasta el lugar marcado; amarró el machete con el nylon y giró, siempre de cuclillas, marcando el círculo que ocuparían para jugar.

“Te quedó exacto”, dijo Charol enseñando sus dientazos, un destello bajo la sombra del naranjo.

Zamba Larga se sentó, ladeándose en una piedra, para apreciar mejor la sonrisa de satisfacción dibujada en los grandes labios de la boca de Cámara Lenta.

“Estamos listos”, dijo Cámara Lenta.


A media mañana los vieron caminar en dirección hacia el muelle de los barcos pesqueros y uno de ellos cargaba un machete. Estaban reunidos frente a la iglesia de El Bluff, pegados al muro de la escuela y a la sombra del árbol de Zapote, sin hacer nada más que piropear a las mujeres que pasaban frente a ellos. Cámara Lenta cargaba el machete. Al caer la tarde, Zamba Larga dijo que la idea había sido de él, de Cámara Lenta, pero ya era demasiado tarde.

Bajaron en dirección al campo de béisbol y doblaron a la derecha, ingresando al callejón ubicado entre las casa de doña Chepita y la casa de Miss Myrtle, pasaron echando un ojo por el Vietnam y vieron a las putas de Shirley Sambola descansando en camisón y en chinelas, caramelearon a la Panameña, la hija del Tico, que se pintaba las uñas en el corredor de su casa mostrando bajo un shorcito sus hermosas piernas, avanzaron por la bajada quebradiza que corre lateral al muro de los tanques de la Esso y desembocaron en las tres esquinas que formaban la oficina del time keeper de la Booth, el tramo de carretera hacia el muelle y el taller de don Chon Benavidez. Allí se detuvieron unos instantes.

“Hay que darle filo”, dijo Cámara Lenta blandiendo el machete con su manota.

¿Dónde Don Chon?, preguntó Charol. Allí yo no voy, agregó.

“Tengo cinco pesos”, dijo Zamba Larga y acompañó a Cámara Lenta mientras Charol cruzó la carretera para esperarlos en los restos carcomidos del avión de combate de la II Guerra Mundial que un barco pesquero había levantado con sus redes en alta mar.

Entraron al taller cuando cruzaron el portón de malla metálica. Yo los atendí, dijo el hermano de don Chon Benavidez al día siguiente. Me encontraba haciendo una soldadura, uno de ellos me tocó la espalda y al verlos les dije que me esperaran. Era una tontera lo que querían pero dejé de ocuparme para darle filo al machete que andaban. Después siguieron su camino al dar la vuelta por el taller en dirección a la carretera.

Se juntaron nuevamente y caminaron al lado izquierdo de la carretera, sobre los durmientes en que descansaban los rieles, en dirección al muelle de los barcos pesqueros. Yo me los encontré, dijo Mau Mau, hasta me dijeron que los acompañara, pero como llevaba para mi casa una bolsa de camarones que me regalaron en un barco no les hice caso, pero me llamó la atención el machete refiludo que llevaba Cámara Lenta, tan filudo que brillaba desde lejos.

Pasaron por las casas de la cuartería de la Booth, un chorizo de casas de madera ubicadas a lo largo de la carretera consistente en una pequeña sala y una división que hacía las veces de cocina y, detrás de ellas, una letrina escondida entre el manglar, que eran ocupadas por trabajadores foráneos de El Bluff y de Bluefields, entre ellos conductores, carpinteros, soldadores, albañiles y maestros de obras.

Atrás habían dejado la cuartería cuando se encontraron con el trencito de la alegría. Desde que salía del muelle de los barcos pesqueros, el trencito se notaba entre el manglar espeso que cubría ambos lados de la vía. Los rieles rechinaban al avanzar sobre ellos, culebreándose con calma en el trayecto. Un motor de diésel ubicado en el vagón del piloto arrastraba otros siete en forma de U cargados de mariscos. Pintado totalmente de blanco, a excepción de las ruedas, el trencito había sido importado desde Panamá por la empresa Casa Cruz luego que sirviera en la construcción del canal. El “tuc, tuc, tuc” provocado por el motor se escuchaba desde lejos y el chillido de las ruedas brincando sobre los rieles que descansaban en durmientes de Cortez pintados con aceite quemado para que duraran toda la vida. Me hicieron parada pero no pude montarlos porque iba para la planta cargado de camarones, dijo Pinolillo quien lo piloteaba.

Sí señor, yo me los encontré al salir del muelle, dijo Seferina Woody, llamada La Cumbia, su nombre de combate desde Corinto hasta Cabo Gracias a Dios. Venía de hacer un mandadito en un barco, usted me entiende, ¿verdad?, y ellos me comenzaron a molestar, a decirme cosas como que hermoso culo tenés, que rico lo movés, y… sí, sí, ya entendimos, siga contándonos sobre ellos por favor. Sí señor, la cosa es que como no les hice caso para nada, el más molestón era el negrito que le dicen Charol, hasta quería que me metiera con él al manglar, imagínese usted, yo allí en el mero monte con el culo, perdón, y los pies mojados por el suampo, además, la verdad es que me puse nerviosa al ver semerendo machete que andaba uno de ellos y los deje haciéndome muecas de vulgaridades que usted no quiere escuchar. Comencé a caminar rápido y cuando volvía a ver hacia atrás, ya no estaban.

Eran como las once de la mañana y estaban platicando con La Cumbia, dijo Kakabila. Ella siguió caminando y los tres se metieron al manglar por un caminito que queda pegado al portón del muelle. ¿Qué van a hacer allí esos vagos?, me pregunté y me detuve. “Tac, tac, tac”, escuchaba desde la carretera y miraba que las hojas de un palo de mangle se movían y, de pronto, “bongón” caía. Escuché caer tres palos y luego siguieron haciendo el “tac, tac, tac”. Seguí mi camino y cuando llegué a la cuartería volví a ver atrás. Salían del manglar cargando cada uno un largo varejón de mangle.

Yo los encontré en la parte trasera del patio de la casa de doña Gloria Meñaca, la mamá de Cámara Lenta, dijo Tachita. Subieron a la loma por la parte del Vietnam, pasaron por la venta de doña Rosa Emilia, saludaron al Patito, el hijo de doña Rosa Emilia que estaba rastrillando el patio. Bajo la sombra de un palo de Mango estaban Victoriano, Masayita y el Africano saboreando una media de guarón con boquitas de mango celeque. No se detuvieron, con los varejones de mangle iban apurados y bajaron hasta la casa. Allí pelaron los varejones, hicieron estacas de tres pies cada una y luego se pusieron a sacarles punta con el machete filoso hasta dejar una punta bien afilada o una punta bien puntada. Todo el patio estaba lleno de cáscara y astillas de mangle pero doña Gloria Meñaca le llamó la atención a Cámara Lenta por el basural; rapidito recogieron la basura entre los tres y la tiraron en el fondo del patio, cerca de una letrina destartalada. Me quedé con ellos para ver la apuesta.


Después que Cámara Lenta dijo que estaban listos, jugaron a la cara o sol con una moneda para definir quienes jugaban de primero. Entre Zamba Larga y Charol rifaron la suerte de su turno porque Cámara Lenta estaba en su patio y tenía derecho a jugar con el que ganara de los dos para escoger al campeón.

“Cara”, dijo Charol.

“Ni modo, Sol”, respondió Zamba Larga.

Para evitar discusiones por marrullas, acordaron que Cámara Lenta tirara la moneda de a peso y la colocó en la palmota de su mano izquierda ante le mirada expectante de los dos. La tomó con su mano derecha y con los dedotes índice y pulgar la suspendió en el aire de un solo envión. La moneda dio vueltas, vueltas y vueltas hasta alcanzar la altura de las ramas del palo de naranja agria y, dando vueltas y vueltas, cayó en el círculo que había hecho.

“Cara”, dijo Cámara Lenta. Perdiste, agregó, dirigiéndose a Zamba Larga.

“Ni modo, después te reviento”, dijo Zamba Larga mirando en Charol la inmensa sonrisa blanca de felicidad.

Del lado de la casa de Pinita, Miss Pet y del coronel Brenes, comenzaron a aparecer varios chavalos que se iban acercando para ver la apuesta, acomodándose un poco más allá de la rueda pero siguiendo su forma. Entre el montón se destacaba El Patito, cargaba una canasta de plástico amarilla con la que lo mandaban a hacer mandados y estaba parado encima de una piedra, recostado al árbol de naranja agria.

Charol escogió su estaca entre el montón, unas quince estacas que tenían apiñadas al lado de la pared de la casa y Zamba Larga hizo lo mismo. Cámara Lenta estaba ansioso y también escogió su estaca, en su mano la estaca parecía un alfiler pero tenía tres pies de largo, tres pulgadas de grosor y dos cuartas de punta, tan puntuda como la punta de un puñal.

"¡Stick-up, stick-up!", gritó Cámara Lenta.

Zamba Larga se acercó al borde del círculo en dos pasos. Tomó la estaca con fuerza, levantó su pierna izquierda, tan alto que casi patea una rama del árbol y con un impulso de lanzador de béisbol la clavó en el centro. Solamente se miraba la cabeza de la estaca, una cuarta salida de la tierra.

Los espectadores gritaron y aplaudieron.

Te va a costar, dijo Zamba Larga dirigiéndose a Charol quien tomó su estaca y haciendo piruetas de cirquero, de un solo impulso tiró su estaca y le arrancó un pedazo a la de Zamba Larga. No había fallado.

 Los gritos y aplausos aumentaron.

"Desguázala", gritó Cámara Lenta mirando con lástima a Zamba Larga.

Charol agarró su estaca y con el machete le volvió a sacar punta, tan puntuda la dejó como la espada de un pez espada. Componer la punta era parte del acuerdo siempre y cuando no pifiara. Corrió desde la pared de la casa hacia el círculo para tomar mayor impulso dispuesto a partir en dos la estaca de Zamba Larga. La lanzó desde el borde pero tuvo un traspié, resbaló y la estaca salió volando hacia la multitud, atravesando el círculo, girando y reventando el aire hasta pegar en el tronco del árbol de naranja agria y revotar directamente en el ojo derecho del Patito.

El Patito se desplomó al instante. Al oír sus gritos, sus lamentos desesperados y verlo con la estaca sangrosa clavada en el ojo, los chavalos salieron en desbandada buscando cada quien su casa.

Por ésta, mirá, te lo juro, yo lo vi, dijo Mario Tachita.

El resto es historia.

En los anales periodísticos de la época, años 60, aparece un reportaje del diario La Prensa, con la foto de Filmore Hodgson, alias Charol, en primera plana, acusado de haberle vaciado el ojo al querido y famoso personaje llamado El Patito, cuando el tal Charol, jugando una bayuncada que llamaban stick-up con Zamba Larga, sobrino de Manuel Granizo, alias Pinita y hermano de una docena de alias Los Pica Pollos, se le zafó la estaca y le vació el ojo al infortunado espectador.

Tan grande fue la conmoción en el puerto por este triste suceso que el Comité Olímpico, reunido en el campo de béisbol, prohibió de por vida el juego del stick-up en todos los patios y terrenos baldíos de El Bluff.

8 de octubre de 2019

lunes, 2 de septiembre de 2019

EL AVIÓN AMARILLO Y LA LLUVIA DE CARAMELOS



Un chavalo, protegido del sol por una gorra, vestido con pantalón corto de color azul y una camiseta blanca, camina con sus botitas de burro sobre un tramo de carretera de macadán en dirección a la pista de aterrizaje.

Frente a él, cruzando la pista, se levanta un promontorio rocoso y rojizo con escasa vegetación, donde pastorea un rebaño de cabras. Al llegar a la pista, a su derecha y distante, un corte del terreno en forma de V se abre hacia el mar, y más allá observa el oleaje reventando en la línea de playa de la isla del Venado. Por encima del corte, el bosque es denso y, siguiendo el curso de una ladera, desaparece en el fondo de una ensenada donde se mezclan las aguas de la bahía con las del mar.

Va en dirección a la casa pintada de rosado que hace funciones de terminal. En lo alto de un palo, observa el tubo rojo de tela, abierto en dos lados, que se levanta paralelo al terreno, dando bandazos, con la abertura más estrecha apuntando hacia el oeste.

Ha caminado desde su casa, pasando por los tanques de la Texaco, el comedor de las Chinitas, el taller de don Chon Benavidez, los tanques de la ESSO y la planta de la Booth. Desde allí, recorrió el tramo de carretera hasta llegar a las casas de La Colonia y un desvío que desemboca en la pista.

Escucha el rugir de un motor que irrumpe en el aire y corre hacia la casa rosada con toda la fuerza y velocidad que sus piernas pueden dar. En el promontorio, las cabras se alejan al galope buscando refugio, y ve el avión Douglas DC-3 color amarillo volando sobre la pista, que bate las alas como una mariposa en señal de saludo. Vuelve la mirada hacia la izquierda, hacia el sector de la loma del faro, y observa un grupo de chavalos que corren hacia la casa, y otro que se aproxima desde el sector de La Colonia. Busca en lo alto al avión; no lo ve, pero escucha el sonido del motor al lado del bosque, que se torna más leve en el fondo de la ensenada. Los dos grupos de chavalos se aproximan corriendo a la casa rosada.

“No nos esperaste”, dice un chavalo cabezón que tiene el pelo chirizo.

“Te adelantaste”, dice otro, un chavalo flaco de piernas largas.

El chavalo no responde, no les presta atención. Está pendiente del avión; solo sonríe mientras los dos grupos se aglomeran frente a la casa rosada, de donde han salido dos hombres que se dirigen a la pista. Desde el sector de La Colonia llega un jeep verde seguido por un tractor que lleva acoplado un tráiler.

El chavalo corre detrás de los dos hombres. Llega a la pista, mira hacia el corte en V que se abre al mar y observa a lo lejos el avión amarillo que comienza a descender, planeando suavemente, sin escuchar el ruido del motor por la fuerza contraria del viento. Está maravillado; no puede creerlo, pero ahora sí, así como viene, suspendido en el aire, casi sin moverse, espléndido y majestuoso por el contraste que hace el color amarillo con el cielo azul y blanco caribeño, como si estuviera a la espera de que sus manitos lo atrapen para jugar con él todos los días en el patio de su casa.

Se da cuenta de que es cierto y cae en ello; ahora sí, lo ve y siente los golpes de su corazoncito palpitante. Brinca, brinca de emoción, grita, grita con todas sus fuerzas para que lo escuchen en toda la bolita del mundo: “¡Allí viene, allí viene!”, y corre, corre de regreso al grupo compuesto por unos veinte chavalos. Se tira encima del cabezón con el pelo chirizo como si se tirara a nadar en la bahía, lo abraza, da saltos, lo suelta y hace lo mismo con el flaco de piernas largas, y nota que todos lo hacen; todos se abrazan, brincan y gritan emocionados.

El avión toca la pista y el estruendo de los motores lo saca del trance en que se encuentra. Lo ve pasar a mil por segundo; ahora sí lo oye entre los gritos y la algarabía, siente que tiembla la tierra; la fuerza y el peso del avión lo zangolotean, impresionado, lo sigue con la mirada extasiada. Nota la efervescencia del calor que desprenden los motores y que rebota en el asfalto al hacer la maniobra de giro frente a la loma del faro, con el azul del mar como telón de fondo.

“Alístate”, le dice el chavalo cabezón.

Se han calmado, pero están atentos; sus sentidos en alerta.

El avión amarillo se acerca frente a la casa rosada y se apagan los motores. Los dos hombres aseguran el tren de aterrizaje y el que conduce el jeep verde —usa camisa sin mangas, lleva barba en forma de pera, un habano en los labios y le dicen el Diablo— se acerca al avión. Se abre la puerta cercana a la cola. El hombre del habano conversa con dos miembros de la tripulación, saluda al piloto, quien desde la ventanilla de la cabina habla con él en inglés y les hace señales para que se acerquen.

Los chavalos se agrupan frente a la puerta formando una U. Desde el avión se escucha el movimiento de bolsas y cajas de cartón. Uno de los tripulantes se asoma a la puerta, rompe una bolsa de caramelos y la lanza sobre ellos. El grupo se avalancha sobre la puerta; la U ha desaparecido, ahora es un molote que tiene la mirada fija en los caramelos y los brazos abiertos a la espera de que caigan al suelo, mientras el otro tripulante tira sobre ellos una bolsa de chocolates. La lluvia de caramelos y chocolates sigue cayendo y cayendo. Como en una piñata, gritan y se dan empujones en el suelo, cada cual recoge con ambas manos lo más que pueda, llenando las bolsas de sus pantalones y, al lograrlo, se quitan la camisa formando un saquito para llenarlo.

La algarabía dura varios minutos. Se alejan poco a poco del avión, pendientes de lo que el otro ha podido recoger, mientras los hombres han colocado la escalera en la puerta para descargar y cargar.

“Vos agarraste más que todos”, dice el chavalo flaco de piernas largas, dirigiéndose al cabezón.

“Qué va a ser, mirá el montón que lleva aquél”, le contesta el cabezón, señalando a uno del grupo que regresa a sus casas por el lado del faro, mientras ellos se dirigen al tramo de La Colonia.

“Así debería de llover todos los días”, dice el chavalo de gorra, y los tres ríen a carcajadas, desapareciendo de la pista.

 

1 de Septiembre de 2019

Foto de Morgan Bartlett.






lunes, 25 de febrero de 2013

¡ALLÁ VA LA POPONÉ!


Los vi desde el final del andén situado a la orilla del barranco, después de la bajada que conduce a la carretera y de buscar con el largavista a la gallina Poponé que cantaba todas las tardes entre el manglar. Los troncos de balsa estaban totalmente expuestos, apiñados y secos, sin que las olas los menearan porque la marea estaba baja. Al terminar la ensenada se miraba cerquita el movimiento de los barcos pesqueros que maniobraban para dirigirse hacia la barra. De pronto escuché carcajadas y los enfoqué. Eran el Cabe, el Flaco y Kalilita. Estaban al lado derecho del patio de doña Marianita, reunidos a la orilla del pozo, debajo del palo de mango; me dirigí hacia ellos.

    ¡Allí viene el Catracho! —escuché decir al Flaco.

Noté que andaban sus tiradoras cuando, al entrar en la espesa sombra, sentí el cambio provocado por el frescor en esa tarde soleada. En ese punto nos reuníamos, en tiempo de cosecha tirábamos piedras para bajar las piñas de mango celeque y nos comíamos las rebanadas con sal y pimienta. El Cabe y el Flaco siempre jalaban agua para mantener llenos los barriles de la cocina de doña Marianita y Maura, su hermana, lavaba ropa al lado del pozo en una tina montada sobre grandes piedras azules.

Al llegar a la orilla del pozo vi al Tanquecito que se aproximaba con su tiradora, bajando del lado de gran árbol de Guanacaste.

    ¿Qué están haciendo? —pregunté.
    Nada —respondió el Flaco de pie, moviendo la cabeza y ladeando el cuerpo, un gesto corporal que nunca se le ha quitado.

Vi a Kalilita agachado, a unos tres metros, en dirección al borde del barranco, frente a la carretera, dando la espalda y el Cabe, apartando una cortina de saco viejo, entraba al escusado de madera mohosa.

    ¿Mi papá te prestó el largavista? —preguntó sonriente el Tanquecito al llegar a la orilla del pozo y verlos colgados en mi cuello.
    No, mi tía Merchú —respondí. Los observaba como con ganas de arrebatármelos.
    ¿Qué andas viendo? —preguntó Kalilita desde donde estaba.
    A la Poponé que canta todas las tardes en el manglar — le dije.
    ¡Sólo sos paja! —gritó y los otros, hasta el Cabe que estaba cagando, se carcajearon.
    ¡No jodas, sólo vergas sos!, le respondí acercándomele.

El Cabe salía del escusado socándose la faja, el Tanquecito me seguía y el Flaco se quedó en el mismo lugar. Abajo, en la carretera, se  escuchaban los murmullos de la gente que caminaba en dirección al muelle de la aduana y hacia la Booth.

    Ya terminé —dijo volteándose y mostró unos trocitos de plomo.

El plomo lo había sacado de un cable y, golpeando el borde de un machete con una piedra, lo partió en tuquitos para usarlos como balas con la tiradora. Andaba vestido de camisola, short hecho de un pantalón azulón, tenis y un pañuelo amarrado alrededor de la cabeza que le cubría la frente y retenía su pelo chirizo.

    ¿Cuál es tu verga? —le pregunté con tono amenazador—. ¿Me vas a dar un plomazo?
    ¡Ideay!, ¿botaste la gorra? —dijo sin verme, entregándole trocitos de plomo al Cabe y al Tanquecito.
    Me estás vulgareando por la Poponé —le respondí empujándolo.
    No seas baboso —dijo haciéndose a un lado—. Le estaba enseñando a estos majes cómo es que uno se hace la paja y de pronto el Flaco gritó que venías para acá.
    ¿Te estabas haciendo la paja? —pregunté y los tres se volvieron a ver.
    Ya no hay nadie —dijo el Flaco al acercarse—. Seguí para ver —agregó regresando la mirada hacia su casa.

Kalilita se bajó el short, no usaba calzoncillos y, haciendo un círculo alrededor de él, lo vimos dispuesto a hacerse la paja.

    Ideay Kalilita, ¿qué te pasa? —lo increpé al ver que no lograba la erección.
    Este Catracho la cagó toda, el susto que nos dio no me deja —dijo excusándose.
    Mirá, allá abajo va la Cumbia, mírale las nalgas, tal vez te tiempla —dijo el Tanquecito señalando hacia la carretera.
    Pásame el largavista para vérselas de cerquita —me dijo Kalilita volviendo a ver al Tanquecito.
    Préstaselos —aprobó el Tanquecito y se los pasé.

Con el largavista sostenido en su mano derecha, esculcando las nalgas de la Cumbia y, con la izquierda, frotándose el pene, exclamó: “¡Clase de nalgas!, ¡como se zarandean!, ¡no alcanzan en el largavista!” y segundos después estaba excitado.

    Tomá —dijo y le pasó el largavista al Tanquecito. Noté que sonreía al tenerlos en sus manos.

Kalilita era el más vago y más viejo de todos. El Flaco y el Cabe eran menores, tenían menos de diez años y estaban maravillados al ver cómo es que se hacia la paja. “En aquella piedra va a caer el escopetazo” dijo en su afán Kalilita. Al terminar, con la primera expulsión que acertó en el blanco, dijo temblando: “Allí… va… la… Po-po-né”.

Los ojos del Flaco y el Cabe brillaban de exaltación pero repentinamente se les nublaron al escuchar a la Maura gritar: “ ¡Jodidos vagos, los voy a acusar con mi mamá!” y salieron corriendo en dirección a la cocina de doña Marianita. Kalilita se subió el short sin poder contenerse, chorreándose todo y tirándose por el barranco en dirección a la carretera. El Tanquecito me siguió y nos dirigimos con disimulo al árbol de Guanacaste, haciendo como que observábamos pájaros con el largavista de mi tío Felipe mientras la Maura seguía gritándole maldiciones a Kalilita que corría en dirección al muelle de la aduana.

Domingo, 24 de febrero de 2013