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jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


domingo, 3 de mayo de 2026

LOS DIENTES DE CASIMIRO

 


El hombre que se reía siempre se murió con la boca abierta, mostrando los dientes, como si todavía le hiciera gracia algo. Pero se murió solo. Lo encontraron en su mecedora hecha de Nancitón, en el patio, viendo hacia el fondo, donde el sol se iba cayendo lento entre los Palos de Agua y la tierra caliente. No hubo dolor en su cara mestiza. Solo esa sonrisa estirada, terca, que en la ciudad ya era más su nombre que Casimiro.

Durante años, su risa fue como reloj mal puesto en la calle principal. Se oía a cualquier hora. Se reía del calor que rajaba la tierra, de las deudas que nunca se termina de pagar, de las discusiones políticas, de los entierros también. No era falta de respeto, era otra cosa. Como si el supiera algo que los demás no. Como si el mundo fuera una broma mal contada por un dios distraído y él fuera el único que la entendía.

Dicen que antes de quedarse en esta ciudad, Casimiro venía de Pearl Lagoon. Allá, en la laguna, algunos todavía recuerdan a un hombre igual. Alegre, de sonrisa amplia, sentado en el muelle frente al agua quieta, dejando que el viento le moviera la camisa mientras enseñaba los dientes sin decir mucho. Era un hombre que se reía en inglés creole, dicen algunos, aunque nadie entendiera bien si se estaba riendo con uno… o de uno. Nadie sabe si es el mismo, pero todos coinciden en algo: los dientes no cambian.

A veces, cuando la tarde se iba poniendo amarilla y el calor aflojaba un poco, Casimiro se quedaba en la mecedora que tenía una pata floja, viendo la calle. Decía que era por costumbre, pero no era eso. Esperaba, no a alguien en particular. Esperaba ese momento en el que las muchachas salían de las casas, recién bañadas, con el pelo suelto todavía húmedo, riéndose sin saber que alguien las miraba distinto.

Cuando pasaban frente a su portón, él dejaba de reír por dentro. Las seguía con los ojos. No había malicia, tampoco inocencia. Había otra cosa, como si en ese paso ligero, en esa piel limpia de cansancio, se le fuera la vida que él no había tenido.

Una tarde, una de ellas —la hija de doña Mercedes—se detuvo a unos metros. Se inclinó un poco para acomodarse la sandalia. El sol le pegó de lado. Todo quedó quieto. Casimiro sintió que algo le subía desde el pecho hasta la garganta. Un nombre. Una palabra que no era chiste, que no era risa. Por un segundo se inclinó hacia delante. La mecedora dejó de sonar. Ahí pudo haber pasado algo, pero no pasó. Casimiro abrió la boca… y se rio fuerte como siempre.

La muchacha levantó la vista, sonrió por compromiso, y siguió su camino. La mecedora volvió a moverse y Casimiro también, riéndose.

Una noche, en el velorio de don Eusebio, alguien dejó caer la tapa del ataúd antes de tiempo. Sonó duro, seco. La viuda cayó al suelo llorando. Nadie sabía que hacer. El aire se puso espeso, como antes de una tormenta. Y ahí, en medio de todo, Casimiro soltó una carcajada. Larga. Abierta.

—Ni el muerto se quiere quedar quieto —dijo.  

Algunos se ofendieron. Otros, sin saber por qué, se rieron bajito. Después más fuerte. Y así, entre risas, el velorio siguió.

Pero nadie vio que, cuando salió a la calle, Casimiro se quedó callado de golpe. Cruzó sin mirar a nadie. Y en su cara no quedó nada.

La gente lo buscaba. Le gustaba tenerlo cerca, como cuando uno se arrima a la sombra de un árbol en pleno mediodía. Pero nadie se preguntó qué había detrás de esa risa. Porque no era alegría. Era control. Era defensa.

Casimiro enseñaba los dientes para que nadie se metiera más adentro. Para que nadie le buscara la voz que no tenía.

Cuando entraron a su casa para sacarlo, se dieron cuenta de algo raro. No había fotos. Ni cartas. Ni recuerdos. Nada colgado en las paredes. Nada sobre la mesa. Solo polvo. Solo muebles viejos. Solo silencio.

Ahí entendieron. Casimiro no era un hombre alegre. Era un hombre que se había entrenado para parecerlo. Se le quedó pegada la sonrisa. Literal. El carpintero tuvo que hacerle más ancho el ataúd por la cara. La boca no cedía. Como si hasta muerto se negara a cerrar.

Pasaron los días y lo que vino fue tristeza. Fue silencio, un silencio incomodo. Sin la risa de Casimiro, la ciudad empezó a escucharse a sí misma. Las peleas en las casas, entre vecinos, entre políticos del mismo partido y con sus oponentes. Se sintió el cansancio de siglos y la pobreza raspando como lija. Todo eso que antes quedaba tapado.

La risa de Casimiro no arreglaba nada, pero lo cubría todo. Ese fue el problema. Ese fue el desastre.

Después apareció el sobre. Amarillo. Escondido bajo la pata floja de la mecedora. Adentro, una sola línea, escrita con calma:

Les dejo mis dientes, que fue lo único que siempre estuvo a la vista, para que comprendan que mantener la boca abierta es la mejor forma de no tener que decir nada”.

Ahora, en el cementerio viejo, la tumba tiene una rajadura mal hecha. Cuando sopla el viento del noreste, se mete por ahí y suena. Es un silbido, rítmico como la risa.

La gente que pasa no se detiene, camina más rápido. No por miedo. No es por Casimiro. Es por ellos. Porque ese sonido les resulta conocido.

Porque más de alguno ya ha enseñado los dientes cuando lo que en verdad tenía era otra cosa atorada en la garganta. Y porque entienden, aunque no lo digan, que lo que dejó Casimiro no fue un vacío. Fue un espejo. Y en ese espejo se ven, se reconocen. Y no les gusta. Por eso nadie se queda.

 

28 de abril de 2026.


miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.

martes, 14 de abril de 2026

AQUEL AÑO

 


No imaginamos lo que vendría.

Confiábamos en los ciclos de la tierra, como quien cree en la respiración del monte. Todo parecía seguir su curso, hasta que la sequía nos cayó encima sin aviso.

Adentro de la casa, las tablas crujían por el calor. En el corral, el olor a polvo y estiércol reseco se metía en la nariz. En los potreros, cada paso quemaba la piel. Hablábamos de las lluvias como quien habla de algo que se aleja. De ese abril seco que nos dejaba la boca áspera, llena de tierra.

Los caballos subían a las colinas jadeando. Los pájaros buscaban los árboles más altos y cantaban como si quisieran sacarle una gota al cielo. Las quebradas se fueron rompiendo en silencio. Los ríos comenzaron a enseñar sus piedras lisas. En los pozos, el agua bajó amarga, con olor a hierro.

Un día el cielo tronó. Bastó eso para que la esperanza nos levantara. Algunos hasta bailaron. Las chicharras salieron del suelo con ese chillido metálico, desesperado. El pájaro gua gritaba desde lo alto, como si también pidiera lo mismo que nosotros: agua.

Pero abril se fue. Mayo llegó y no trajo nada. Lo esperábamos para sembrar, pero la tierra seguía cerrada, dura, como una herida que no sana. En junio, las quebradas ya eran cicatrices. Entre las piedras del río, vimos los peces morir, abriendo las agallas al aire caliente.

Ese día visitamos la finca de José, en la comunidad Carlos Delgado. Nos estaba esperando. Estaba allí, de pie, mirando por largo rato una vaca echada. No se levantó más. Le puso la mano en el lomo, como si todavía respirara. No dijo nada. Solo se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho. Ahí entendí que esto iba en serio.

El ganado se refugiaba bajo cualquier sombra. Comía lo que encontraba: hojas ásperas, monte duro. El pasto Retana había desaparecido. Solo quedaba una maleza gris y ese polvo constante en la boca. La tierra se rajaba como barro seco. Todo se volvía hostil.

El miedo empezó a crecer sin decir nada. Nos mirábamos, pero ya no era igual. Hablábamos, pero no nos escuchábamos. En las capillas encendíamos candelas. El olor a cera y humo se mezclaba con la misma súplica de siempre: que lloviera.

Los niños preguntaban. Por qué se morían las vacas. Por qué se secaban el río y el pozo. Y uno no sabía qué decir. Buscábamos respuestas en los recuerdos, en otros años, en otras sequías. Pero esta era distinta. Entonces empezamos a entender, sin querer decirlo en voz alta, que algo también venía de nosotros. De cómo tumbamos, de cómo quemamos, de cómo olvidamos escuchar la tierra.

Lo perdimos casi todo.

Hasta que, a inicios de agosto, el cielo se abrió. Esta vez sí. El agua cayó fuerte sobre los techos. Los ríos volvieron a sonar. La quebradita despertó. Los potreros se pusieron verdes otra vez. Y nosotros también volvimos a respirar distinto. A sonreír, aunque fuera despacio. El olor a tierra mojada lo llenó todo. Los peces regresaron a moverse en el agua.

Ese año, 1997, sobrevivimos como se puede: con ayuda que vino de varios lados, con lo poco que quedó, con terquedad.

Fueron más de cien días sin lluvia. Demasiadas horas con el miedo metido en el pecho.

Ese año también nos dejó aprendizajes. Aprendimos a cuidar los ríos, los pozos, las quebradas. Empezamos a sembrar árboles en las fincas, a levantar cercas vivas, a preparar la alimentación del ganado. Dejamos de despalar como antes. Hicimos cambios, no por gusto, sino por necesidad. Para estar mejor parados si otro año así volvía.

Y aun así, cada verano, seguimos mirando al cielo, pidiendo que no nos toque de nuevo.

 

 

22 de marzo de 2026.

domingo, 22 de marzo de 2026

BOXEADORES DE EL BLUFF

 


En aquellos años, cuando caía la noche sobre El Bluff y el viento del mar caminaba por el andén, bastaba que alguien sacara unos guantes para que el puerto entero supiera que habría pelea. No era nada oficial, claro. Eran combates de chavalos, nacidos de rivalidades pequeñas y orgullos enormes. Peleaban como si el campeonato del mundo estuviera en juego.

Frente a la casa de los abuelos, debajo de un poste de luz eléctrica nos poníamos los guantes de boxear. El foco amarillo colgaba alto y alumbraba el andén. Más allá se sentía el viento del mar que venía del lado del muelle y movía las hojas de los almendros.

Los vecinos y los del lado de la capilla de la iglesia católica y más allá, se hacían cita para ver quiénes eran los boxeadores en turno de esa tarde noche. Poco a poco se armaba el círculo de gente, todos de pie, esperando que sonara el primer golpe.

No todos lo sabíamos, pero las peleas estaban amarradas por conflictos entre chavalos, ya sea porque uno le partió en dos el trompo al otro, porque le dio una patada jugando fútbol, un codazo mal intencionado jugando basquetbol, porque a ese también le gustaba la misma chavala.

Cosas que provocaban arrechura, enemistades o simplemente que, con los guantes puestos, nos íbamos a medir para determinar quién era el mejor. Eran asuntos muy serios para nosotros, aunque vistos hoy, eran pleitos que el viento del mar se llevaba antes de la medianoche.

El boxeo era uno de los deportes favoritos de los chavalos de esa época, entre 1970 y 1975. Nos entraba por la vista. Mirábamos revistas de boxeo, entre ellas The Ring, que don Chon Benavidez le compraba a sus hijos, Pilón y Javier.

Allí mirábamos a los mejores boxeadores mexicanos de la época: Rubén “Púas” Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera, Romeo Anaya, Carlos “Cañas” Zárate, entre otros.

Y también mirábamos los artículos de boxeo que aparecían en la propaganda: guantes, vendas para proteger muñecas y nudillos, cuerdas para saltar, protector bucal y casco, y botas de boxeo. También aparecían peras locas y sacos.

Cada quién decía lo que quería y nos llenábamos de ilusión.

—Yo quiero ser como Olivares.

—No hombre, yo soy Chucho Castillo.

Al caer la noche, en la cancha que estaba ubicada frente a la casa de don Chon Benavidez, se organizaban peleas entre voluntarios que se tenían ganas. Se hacía un redondel humano. Los contrincantes se ponían los guantes rojos profesionales de Javier y los cascos protectores y se hacía la pelea a tres round de tres minutos cada una con su respectivo tiempo de descanso. Todo muy reglamentario, como si estuviéramos en el Madison Square Garden.

Entre los chavalos que más se entusiasmaban con aquellas peleas estaba Chepito Corea, que desde entonces mostraba gusto por el boxeo.

Cada peleador tenía su barra y se escuchaban los alaridos:

—¡Dale, dale!

—¡Tirá jab!

—¡Tirá gancho!

Y las grandes carcajadas de los espectadores cuando alguien tiraba un golpe al aire o se enredaba en sus propios pies. A veces se oía el golpe seco de los guantes, otras veces alguien terminaba sentado en el suelo mirando las estrellas que apenas se veían sobre los techos de zinc.

Cuando finalizaba la pelea, el referí, casi siempre una persona mayor e imparcial, le levantaba la mano al ganador. Pero en muchas ocasiones el perdedor quedaba inconforme y la pelea continuaba al lado de la cancha a cachimbazos limpios, ya sin reglamento ni árbitro.

Pero la mayor ilusión que teníamos era ver las peleas de los grandes por la televisión. Y como eran pocas las familias de El Bluff que tenían televisor, nos agrupábamos en la casa de mi tío Felipe y tía Merchú para ver los grandes boxeadores junto con los adultos que eran aficionados, entre ellos el siempre recordado Isidro Sandino, que lo vi pasar del rango de teniente a capitán, mayor y coronel de la guardia y jefe de los guardacostas.

En esa sala, con gente sentada en sillas, en el piso y hasta en las ventanas, vi a Alexis Argüello, Roberto Durán, Carlos Monzón, Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y otros campeones de esa época en sus grandes peleas. En aquellos años el boxeo era una fiebre en todo el Caribe, y cada muchacho soñaba con ser campeón del mundo.

En varias ocasiones, las rencillas entre chavalos se manifestaban al ardor de los combates de los campeones. En una de ellas, Kalilita comenzó a darle bromas a un chavalo, cosas entre ellos que lo enojaban, desde una ventana lateral, mientras el otro estaba sentado en el piso de la sala. Primero eran bromas. Después jodedera.

Y de tanta jodedera, viendo el avance de los rounds del combate, ya super enchilado, salió al corredor y allí escenificaron una pelea al estilo peso pluma. Intercambiaron golpes, se armó el alboroto, la gritadera, y se detuvieron al sentir la fuerza de Sandino que los agarraba de la camisa y separaba.

—Si siguen jodiendo y no dejan ver la pelea, yo mismo los agarro a fajazos —dijo.

Y santo remedio. Calladitos los dos el resto de la velada boxística.

Veladas boxísticas también se organizaban en el cine Renith. Allí, con el cine lleno y entrada pagada, se enfrentaban aquellos que siempre tenían rivalidad. Entre ellos recuerdo pelear en el cine a Antonio Mejía, llamado “El Chingorro”, Francisco Lanuza, alias “Zamba Larga”, Winston Hayman conocido como “Mau Mau”, Guillermo Espinoza “El Guerri” y Chepito Corea. Para nosotros eran los campeones del puerto.

En esos años el boxeo también movía mucha gente en Bluefields, donde las veladas aficionadas eran parte de las fiestas y atraían a jóvenes de las diferentes etnias de los barrios de la ciudad. 

Con el paso de los años, la atención y el entusiasmo se fue trasladando a otros deportes como el béisbol, fútbol y basquetbol. Aquellas peleas en la cancha quedaron como recuerdos de una época en que los chavalos soñábamos con ser campeones.

Pero para algunos el boxeo no fue solo un juego de infancia. Se convirtió en parte de su vida. Ese fue el caso de Chepito Corea, uno de los chavalos de aquellos años. Con el tiempo se dedicó al boxeo con disciplina y pasión. Boxeó, entrenó y formó clubes de boxeo en El Bluff y Bluefields, enseñando a nuevas generaciones el arte del pugilismo.

Y quién sabe… tal vez todo comenzó una de aquellas noches, bajo la luz amarilla de aquel poste frente a la casa de mis abuelos.

 

 

12 de marzo de 2026.
Foto: Internet.


miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




jueves, 12 de marzo de 2026

CAYMAN ROCK

 



La competencia de pesca de Mayo Ya es esperada cada año por aficionados y turistas. Nosotros tres —Rafael, Joaquín y yo— también nos anotamos en el torneo, con nuestras cañas, anzuelos, engañadores, carnada y la esperanza de que el mar ese día estuviera de nuestro lado.

Aquella mañana abordamos una panga y navegamos hacia Rama Cay. El oleaje estaba tranquilo. Bandadas de pájaros nos sobrevolaban nerviosos, como si supieran algo que nosotros aún ignorábamos. El sol resplandecía sobre la inmensa piel de la bahía de Bluefields.

Pero el tiempo manda. Pasaron tres horas tirando líneas por aquí y por allá, y nada picaba.

—Nada hacemos aquí —dijo Rafael.

—Es tiempo de movernos —agregó Joaquín.

Así que salimos de la bahía rumbo a Cayman Rock. El aire olía a sal vieja y a sargazo calentado por el sol. La panga avanzaba con el motor ronco, mascando el agua verde de la bahía.

Dicen que en Cayman Rock, aun cuando los peces hayan desaparecido del mar, siempre queda alguno esperando el anzuelo.

Al salir por la barra de El Bluff, con la loma del faro a nuestra izquierda, vimos avanzar el viento sobre el agua. Venía como una sombra oscura corriendo sobre el espejo del mar.

—No se preocupen, siempre ocurre —dijo El Macho, el panguero.

Nos quedamos sentados esperando que pasara.

—Se acerca, mirá cómo levanta el agua —dijo Rafael, con un poco de temor.

Nos aferramos a la panga y ajustamos los viejos salvavidas.

Entonces llegó.

Sentí el golpe en el pecho. El viento me sacudió la cara y me alborotó el pelo. Una lluvia fina de sal nos pegó en el rostro. El cuerpo se me erizó como cuando una mujer te toca con ganas de quedarse.

Las olas golpeaban el casco de fibra de vidrio, el toldo de lona quería desprenderse y las aves marinas enloquecían. La panga se levantaba, caía y volvía a levantarse sobre el lomo oscuro de las olas. Por un momento parecía que el mar jugaba con nosotros.

Después siguió su rumbo. Entró por la barra cabalgando el oleaje como un caballo del mar, en dirección a la costa de la isla del Venado.

—Qué maravilla —dijo Joaquín—. Nunca había visto algo igual.

El agua cambió de verde a un azul oscuro y profundo cuando doblamos hacia el norte y nos acercamos a Cayman Rock.

—Nunca van a tener mejor pesca que en Cayman Rock —les dije riendo.

Cayman Rock es apenas un lomo de piedra levantado en el mar, a unos once kilómetros de El Bluff y tres kilómetros mar adentro de la línea de playa. No hay árboles ni sombra. Solo roca desnuda golpeada por el viento y la sal.

Allí viven las aves marinas. Llegan en bandadas, llenan la roca con su griterío, hacen sus nidos en las grietas y ponen sus huevos sobre la piedra caliente mientras el mar respira alrededor.

Al atardecer llegó la recompensa. Rafael atrapó y sacó del agua un barracuda enorme. Medía un metro con cincuenta y siete centímetros y pesaba veintinueve libras con ocho décimas. Un pez largo, plateado, con la boca llena de dientes finos como agujas.

Estaba vivo y furioso cuando cayó dentro de la panga. Golpeaba el fondo húmedo con su cuerpo duro, como si el mar no quisiera soltarlo tan fácilmente. Sus ojos redondos y fríos miraban todavía hacia el agua, como si en cualquier momento fuera a regresar a su reino.

—Cayman Rock —repetía Rafael con orgullo—. Fue en Cayman Rock.

Joaquín y yo reíamos mientras a Rafael le entregaban el premio del primer lugar en la categoría Barracuda. El sol ya se hundía entre los cayos de la bahía de Bluefields y en el muelle se había juntado un grupo de pescadores y curiosos comentando el tamaño del pescado. 

Sobre el piso de concreto del muelle, el barracuda brillaba bajo la última luz de la tarde. Su piel plateada se reflejaba como una lámina de metal recién salida del mar.

Y allá, mar adentro, Cayman Rock volvía a quedarse solo, cuidado por el viento, las aves y la noche que caía sobre el Caribe, mientras que en la ciudad se oía el ritmo alegre que ameniza las comparsas en Mayo Ya.

  

Marzo 2026.

Foto: Cortesía de Rafael Alvarez.



sábado, 21 de febrero de 2026

SEMBRAR PARA QUEDARSE

 


El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.

—Esos fueron los mejores años de mi vida.

Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.

Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.

Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.

Le habían prometido tierra.

—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.

Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.

Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.

Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.

Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.

Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.

Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.

Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.

—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos vinieron por un pedazo de tierra.

El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.

Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:

—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.

No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.

Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.

Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.

Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.

La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.

—Ha sido una gran aventura —dice ahora.

Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.

El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.

Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.

Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.

Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.

 

 

21 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


lunes, 1 de diciembre de 2025

UN HOMBRE PARECIDO A CRISTO LLEGÓ A EL BLUFF

 



Un hombre parecido a Cristo llegó a El Bluff,

a inicios de los años 70.

Era flaco, alto, con el cuerpo como un tronco seco

moldeado por el viento y el salitre.

Pelo largo, barba enredada,

ojos que miraban lejos,

como si siempre buscara otra orilla.

 

Vestía cotonas sueltas,

collares coloridos al cuello,

y sandalias con suelas de llanta.

Su andar, aunque desgarbado,

tenía un ritmo sereno,

como quien camina sabiendo

que no hay destino, solo camino.

 

Tenía una nariz fuerte,

las orejas se perdían bajo el cabello,

y los pasos largos lo llevaban

de punta a punta del andén,

y en los tres kilómetros cuadrados que El Bluff

podía ofrecerle al mundo.

 

No cargaba biblia,

ni venía con palabras sagradas.

No reprendía,

no prometía cielo ni infierno,

hablaba del amor como quien lo ha probado,

como quien sabe que la paz no se impone,

se vive.

 

Los marineros lo subían a sus barcos,

las mujeres de las cantinas

le guardaban café y pan dulce.

Los chavalos lo seguían con asombro,

no por lo que decía,

sino por la forma en que estaba vivo.

 

A veces lo llevaban mar adentro,

no para que pescara,

ni para que enseñara nada,

sino para que su presencia

hiciera más liviana la faena.

Él fumaba en silencio

y dejaba que el viento hiciera el resto.

 

Era común verlo sentado

en la esquina frente a la escuela y la capilla,

esperando a que alguien le preguntara algo,

para entonces hablar del amor,

como si de eso dependiera

que el sol siguiera saliendo al día siguiente.

 

Un día desapareció.

Mujeres, pescadores y jóvenes lo notaron.

Cada quien lo extrañó como si

fuera un pariente querido,

como a alguien que sin pedir nada,

les dejó una luz encendida.

 

Dicen que subió a la cúspide

del cerro Cuizaltepe,

como si fuera a dar su último sermón.

Desde entonces, nadie lo ha visto…

pero a veces, en varios pueblos,

alguien cree que lo ve pasar,

y al voltear, ven su figura

que se aleja.

 

 

Semana Santa de 2025.

Foto: Internet.


sábado, 22 de noviembre de 2025

EL LADO OSCURO DE LA ISLA

 



Las chispas del fuego suben al cielo

como si quisieran imitar a las estrellas.

La leña cruje y, entre el humo,

el viejo fija la mirada en un punto lejano,

allá donde la bahía se vuelve sombra y misterio.

Se pasa la lengua por los labios,

siente el sabor de la sal que el viento levanta

y deja escapar un suspiro largo,

de esos que huelen a mar y a tiempo vivido.

 

—¿Ven allá donde el mar se estira

y parece tragarse la luna? —dice

mientras señala con el mentón—.

Allí están las tres islas. Las que todos miran,

pero pocos entienden.

Juntas forman un triángulo, como anzuelo

hundido en el corazón de la bahía.

Ese canal que ves en medio,

por ahí pasan los hombres del mar

desde antes que yo naciera.

Algunos con motores viejos,

que suenan como si lloraran,

y otros con canaletes, golpeando el agua

al ritmo de sus brazos duros.

Antes que el gallo cante, ya están allá afuera,

lanzando redes, con el sueño metido en el pecho

y los ojos apuntando al horizonte.

Y cuando el sol se vuelve rojo, pesadote,

y cae sobre los cocoteros, todo el mundo se calla,

porque la noche es la única que manda en la bahía.

 

El viejo toma una ramita y mueve el fuego,

dejando que las brasas chisporroteen.

 

—La mayor de las tres, la del Venado, es la más brava.

Se alarga como una costilla gigante,

y su destino parece ser el de cuidar a las otras,

protegerlas del oleaje y de esos vientos locos

que bajan en temporada ciclónica.

La más pequeña, la Chiquita,

ya no tiene piel verde.

Es pura piedra y tierra colorada,

pero no se ha rendido.

Aún sirve de faro para los pescadores,

y las aves marinas la cubren como si fuera su reino.

 

Hace una pausa,

bebe un sorbo de café frío que aún huele a humo.

 

—La de Miss Lilian es distinta.

Aún respira verde, pero hace años

la desnudaron de sus piedras.

Hombres sin alma vinieron y

le arrancaron su escudo para venderlo como piedrín,

sin pensar que con cada piedra

le quitaban un pedazo de corazón.

Desde entonces, cuando el mar golpea fuerte,

parece que la isla gime… y yo les digo,

muchachos, que las islas también tienen memoria.

 

Un soplo de viento revuelve el humo y las brasas,

y los ojos del viejo brillan

como si el fuego encendiera sus recuerdos.

 

—El tiempo no perdona a nadie, ni a las islas.

Pero ese canal sigue vivo,

lleno de lanchas con chacalines

y peces que brillan como monedas.

Y allá arriba, las gaviotas se ríen del mundo,

como si fueran dueñas del cielo.

 

El viejo guarda silencio un momento,

mira hacia el horizonte negro

y vuelve a hablar con voz más baja.

 

—Del lado oeste de Miss Lilian… ah, de ese rincón

se cuentan historias que ponen la piel de gallina.

Allá van las parejas de enamorados,

buscando paz y silencio,

escondiéndose de las malas lenguas.

Pero no siempre fue así.

Ese lado también vio cosas oscuras,

cosas que el mar no olvida.

 

Las chispas del fuego saltan

y se apagan en la arena mientras

el viejo baja la voz, como si hablara con fantasmas.

 

—Había un hombre, Herrera.

Cruzaba la bahía cada tarde en un bote de canalete,

con una vela blanca chiquita.

Era el hombre de la dueña de la isla,

y todos lo miraban con respeto.

Cavaba en la arena,

escondía su dinero en potes de aluminio,

como si confiara más en el mar que en su mujer.

Dicen que aún hoy, cuando el viento está quieto,

se escucha el golpeteo de su canalete sobre el agua.

 

El viejo se inclina hacia el fuego, susurra casi en secreto:

 

—Pero lo más pesado de esa isla son los piratas.

Sí, piratas de verdad.

No de cuentos, de esos que mataban sin parpadear.

Allí tenían su guarida.

Entre borracheras, saqueos y mujeres robadas,

enterraban no solo cofres de oro y armas,

sino también a quienes se atrevían a mirar demasiado.

Cavaban de norte a sur, de este a oeste,

y dejaban el silencio como único testigo.

 

El viento sopla fuerte y el viejo se cubre el rostro, pero sigue:

 

—Años después, algunos botes se perdían allá,

en ese lado oscuro.

Iban con picos, palas y provisiones,

buscando el tesoro que nadie ha visto.

Y todavía hay quienes se meten ahí,

unos por codicia, otros por simple curiosidad.

Pero yo les digo, el mar no suelta lo que guarda.

Si algo fue enterrado allí, se quedó allí…

y el que lo busque, que sepa que el mar cobra caro.

 

El viejo calla.

El silencio los envuelve.

La fogata cruje, el mar respira,

y las gaviotas allá lejos

cierran la noche con su canto.

 

 

Noviembre 2025.

Foto Propia.