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miércoles, 4 de marzo de 2026

NUEVA GUINEA: 61 AÑOS DESPUÉS

El proceso histórico de Nueva Guinea no puede entenderse sin sus elementos urbanos e infraestructurales, porque cada uno marcó una etapa distinta de desarrollo. 

En la colonización espontanea, el aislamiento era total. No había trocha y cuando la abrieron solo servía en verano. Cuando llegaban las lluvias, el suelo se convertía en lodo. La Camiona, un gancho de un árbol inmenso, duro, con un barandal y piso de madera jalado por un tractor, era prácticamente el único medio para traer provisiones o salir del territorio. Conseguir un cupo era un privilegio. Esa etapa estuvo marcada por la supervivencia y el esfuerzo pionero. 

Con la colonización planificada (PRICA I y II), se estructuraron las colonias bajo un modelo organizado, llegaron maestros y agrónomos del IAN, se construyó La Ciudadela y se consolidó la presencia del Estado. Entre 1966 y 1972 se construyó la pista aérea con trabajo comunitario, y entre 1970 y 1972 la carretera (trocha de macadán) conectó definitivamente a Nueva Guinea con el resto del país. Fue el paso del aislamiento a la integración.

Luego vino la guerra y la ruptura del desarrollo. La pista tuvo uso estratégico, en Los Pintos un Centro Regional de Servicios quedó inconcluso y terminó como base militar. El conflicto armado, sumado al huracán Juana en 1988, dejó una zona profundamente golpeada, en lo sociodemográfico y económico. El casco urbano creció aceleradamente con florecimiento de barrios de plástico.

A partir de los años noventa, con la construcción de la carretera pavimentada a La Curva, comenzó la reactivación. El comercio creció, la ciudad se expandió y Nueva Guinea se volvió un lugar atractivo y productivo. Pero también aparecieron retos como el crecimiento desordenado y la migración de los jóvenes.

En los últimos años se han dado mejoras importantes en los servicios básicos: más y mejores escuelas, ampliación del agua potable, viviendas, alcantarillado sanitario, hospital moderno, centros de salud, espacios culturales, parques y plazas públicas. Apoyo a emprendimientos comerciales y mejora de calles y caminos han sido importantes. Nueva Guinea, con la carretera a Bluefields, se ha transformado en un centro de desarrollo regional de gran importancia en el Caribe Sur. Estos son avances reales que han elevado la calidad de vida de la población y la economía local.

Sin embargo, el reto sigue siendo convertir el crecimiento en desarrollo sostenible. La visión de futuro pasa por generar más y mejores empleos, fortalecer la educación universitaria y técnica, impulsar la agroindustria, el turismo rural y gestionar el territorio con responsabilidad ambiental. Y, sobre todo, integrar la identidad campesina. Nueva Guinea nació del campo, de la tierra y del trabajo agropecuario; esa raíz no puede perderse. Al mismo tiempo, hoy es ciudad, comercio y servicios. Ambas dimensiones, urbano – rural, deben caminar juntas.

El desafío es modernizar sin desarraigar, crecer sin perder identidad, y ofrecer oportunidades para que los jóvenes se queden.

En definitiva, la Camiona simboliza el sacrificio; la pista, la organización; la carretera, la integración; y la ciudad, la transformación. Ahora la tarea es consolidad un desarrollo con identidad propia, buscar el equilibrio entre el campo y la ciudad, y el bienestar real para todos.

 

1 de marzo de 2026

Foto: Plaza parque de Nueva Guinea. 

domingo, 1 de marzo de 2026

PENSANDO EN VOS NUEVA GUINEA


Bajo la sombra de las caobas, con una taza de café, dejo que los pensamientos hagan su trabajo y pienso en vos, Nueva Guinea.

No sos solo calles para mí. Sos mi memoria caminando descalza sobre tu lodo antiguo, ese barro que fue trabajo y carácter.

El café al estilo salvadoreño que servía don Pablito en su comedor, no era simplemente café. Era la mañana empujándome a seguir, una voz tibia diciéndome que la vida empezaba temprano y no esperaba a nadie.

Y La Lola, gritando desde la puerta del bus: ¡Managua, Managua!, hacía que la distancia pareciera un sueño posible. El mundo era grande, y mis amigos y yo creíamos que nos cabía entero en el pecho.

Sigfrid pedaleaba con sus cuadernos temblando en la cubeta. No lo sabíamos entonces, pero llevaba futuro en el manubrio, mientras Macolo, entre tuercas y martillos, operaba motores con paciencia de santo y sus manos negras de grasa parecían recordarnos que todo lo que se daña puede volver a encender.

Las tardes no tenían prisa. Allan Forbes soltaba leyendas que flotaban como humo espeso, y las cervezas demoraban el sol como si quisiéramos detener el tiempo sin decirlo en voz alta.

En el monumento de Nueva Guinea, tu monumento, un extranjero preguntaba por una dirección que nadie conocía y daba vueltas entre las piedras y el lodazal, perdido. A veces pienso que así éramos también nosotros, girando dentro de una juventud que parecía eterna.

En El Peñón, el refresco de maracuyá era sol líquido bajando despacio. La torta de piña sabía a tarde larga, a conversación que no quería despedirse.

La música en la Casa Comunal y en el Eclipse 2000 nos movía la sangre como tambor viejo. De jueves a sábado vivíamos como si el lunes no existiera.

El mercado latía con fuerza los martes y jueves. Era ruido, sudor y esperanza mezclada. Los IFA llegaban cubiertos de lodo y mercancías, y nosotros también veníamos llenos de camino.

La pista era una apuesta diaria. Cerdos y caballos cruzando sin apuro, y el avión descendiendo con fe prestada, como si aterrizar fuera un acto de confianza. Y en los meses de verano, bajo la luna llena, esa misma pista nos recibía en silencio. Llegábamos con termos, mesas, bancos y ron, y la convertíamos en celebración sencilla, haciendo de la noche un territorio nuestro.

En el parque central, los enamorados se besaban sobre la tierra tibia mientras los niños peleaban por los columpios como si se disputaran el reino del mundo. La barrera vieja, cada cinco de marzo, se desbordaba en orgullo y multitud, y los jóvenes, hoy viejos, eran sorteadores y montadores de toros.

El gallo pinto de la tía Hilda, a la hora del desayuno, sabía a casa firme. Donde la Mencha, el pollo asado ardía como noche joven y las cervezas enfriaban las penas. La cantina de las Pellejos guardaba risas que todavía resuenan en la memoria.

Los cuartitos del hotel de Cruz Robles guardan secretos de paredes delgadas. Respiran historias que nunca se cuentan completas, murmullos que el calor y la noche dejaban suspendidos en el aire. En verano, cuando el calor se volvía insoportable, salía a recoger la carpa del camastro de un camión para tender la hamaca buscando un poco de brisa. Dormir era pactar con el sudor. Y el turno del baño llegaba a las cuatro de la mañana, cuando el agua fría del amanecer caía sobre el cuerpo como un golpe limpio que despertaba más que el sol. No era sacrificio; era simplemente la vida que llevábamos.

El río El Zapote nos enseñó a nadar contra corriente, a reír con el agua hasta el cuello, a resistir. En las corrientes y pozas del río Plata pescábamos sábalos y guapotes laguneros por pura diversión entre amigos, como si el tiempo no tuviera apuro y la vida se midiera en carcajadas mojadas.

Los viajes a tus colonias, cercanas pero distantes, eran encuentros de esperanza. En esos caminos fuimos sembrando amistades que el tiempo convirtió en lazos entrañables.

Y en sesiones de trabajo, reunidos alrededor de una mesa sencilla, compas y contras, fundadores y técnicos, funcionarios y autoridades, dejábamos atrás diferencias para pensar en vos. Entre discusiones largas y café compartido, dibujábamos sueños de futuro que hoy caminan como presente.

Tus mujeres, siempre guapas, hermosas, firmes y constantes, han sostenido tu bienestar con trabajo y visión. En noches lluviosas o sudorosas de verano siguen soñándote, creyendo en un mañana mejor y empujándolo con sus manos.

Y así pasaron los años. Te desarrollaste en poco tiempo, como una niña que crece y se vuelve mujer sin perder sus encantos primeros. Otras generaciones comenzaron a soñarte también, dándote nuevo pulso y nuevas preguntas.

Tus calles fueron lodo y luego polvo. Madrugadas mojadas. Veranos ásperos. Y en cada etapa dejamos algo de nosotros.

Miro que el café ya se enfría entre mis manos. No te extraño, Nueva Guinea. Extraño la juventud que dejé en vos y que todavía camina conmigo.


 

 24 de febrero de 2025

Foto propia: Monumento de Nueva Guinea.


jueves, 26 de febrero de 2026

MI AMIGO, EL POETA


La luz del atardecer
era algo más que la caída del sol
para él.
Era fuego ardiendo en el horizonte
sobre la montaña.
Decía que era una bola de oro
pintando cerros y llanos,
las copas de los árboles
y las llanuras.

Creció en Nueva Guinea,
pero no como quien crece en un sitio,
sino como quien crece dentro de un pecho.
La nombraba como se nombra a una madre,
como se nombra a una novia
cuando nadie escucha.

Nueva Guinea no era calles de polvo solamente,
ni barro pegado a los zapatos,
ni música alta en las esquinas.
Era una mujer de manos abiertas,
con olor a cacao y tierra mojada,
que lo miraba escribir
desde los corredores de madera.

Él le hablaba en silencio.
Le cantaba sus versos
como quien devuelve un favor antiguo.
Le decía que era fuerte,
aunque estuviera herida.
Que era hermosa,
aunque no lo supiera.

El cielo ya no era simplemente cielo,
sino una bóveda hermosa
pintada de naranja y chocolate,
con nubes doradas viajando lento.

“Son copas de oro que se rebalsan
en manos divinas”, decía.
Y el mérito
no era del sol que se va
y nos deja en la oscuridad.

Sus ojos guardaban un manto
para mirar lo gris y tenebroso
con el encanto de la fe
y la esperanza,
manteniendo su corazón
fresco y alegre.

A nosotros,
que solo vemos la crudeza del mundo,
nos entregó, generosamente,
una visión distinta,
sin egoísmos.

Pero no lo sabíamos,
y lo rechazábamos.
“Es un loco, fuera de este mundo”,
decíamos.

Era invitado a actos solemnes,
pero llegaba sencillo, sin pompa.
Hablaba poco, miraba mucho,
y al final todos callaban para oírlo.

Recorría festivales de poesía por todo el país,
un país de poetas,
y aun así lograba sorprenderlos.
No por ruido,
sino por esa calma
que dejaba temblando al que lo escuchaba.

Y cuando volvía,
siempre volvía,
era a su Nueva Guinea
a quien primero buscaba con la mirada.

Era mi amigo, el poeta.


20 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


sábado, 21 de febrero de 2026

SEMBRAR PARA QUEDARSE

 


El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.

—Esos fueron los mejores años de mi vida.

Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.

Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.

Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.

Le habían prometido tierra.

—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.

Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.

Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.

Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.

Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.

Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.

Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.

Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.

—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos vinieron por un pedazo de tierra.

El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.

Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:

—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.

No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.

Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.

Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.

Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.

La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.

—Ha sido una gran aventura —dice ahora.

Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.

El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.

Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.

Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.

Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.

 

 

21 de febrero de 2026.

Foto: Internet.