Bajo la
sombra de las caobas, con una taza de café, dejo que los pensamientos hagan su
trabajo y pienso en vos, Nueva Guinea.
No sos solo calles para mí. Sos mi memoria caminando descalza sobre tu lodo antiguo, ese barro que fue trabajo y carácter.
El café al estilo salvadoreño que servía don Pablito en su comedor, no era simplemente café. Era la mañana empujándome a seguir, una voz tibia diciéndome que la vida empezaba temprano y no esperaba a nadie.
Y La Lola, gritando desde la puerta del bus: ¡Managua, Managua!, hacía que la distancia pareciera un sueño posible. El mundo era grande, y mis amigos y yo creíamos que nos cabía entero en el pecho.
Sigfrid pedaleaba con sus cuadernos temblando en la cubeta. No lo sabíamos entonces, pero llevaba futuro en el manubrio, mientras Macolo, entre tuercas y martillos, operaba motores con paciencia de santo y sus manos negras de grasa parecían recordarnos que todo lo que se daña puede volver a encender.
Las tardes no tenían prisa. Allan Forbes soltaba leyendas que flotaban como humo espeso, y las cervezas demoraban el sol como si quisiéramos detener el tiempo sin decirlo en voz alta.
En el monumento de Nueva Guinea, tu monumento, un extranjero preguntaba por una dirección que nadie conocía y daba vueltas entre las piedras y el lodazal, perdido. A veces pienso que así éramos también nosotros, girando dentro de una juventud que parecía eterna.
En El Peñón, el refresco de maracuyá era sol líquido bajando despacio. La torta de piña sabía a tarde larga, a conversación que no quería despedirse.
La música en la Casa Comunal y en el Eclipse 2000 nos movía la sangre como tambor viejo. De jueves a sábado vivíamos como si el lunes no existiera.
El mercado latía con fuerza los martes y jueves. Era ruido, sudor y esperanza mezclada. Los IFA llegaban cubiertos de lodo y mercancías, y nosotros también veníamos llenos de camino.
La pista era una apuesta diaria. Cerdos y caballos cruzando sin apuro, y el avión descendiendo con fe prestada, como si aterrizar fuera un acto de confianza. Y en los meses de verano, bajo la luna llena, esa misma pista nos recibía en silencio. Llegábamos con termos, mesas, bancos y ron, y la convertíamos en celebración sencilla, haciendo de la noche un territorio nuestro.
En el parque central, los enamorados se besaban sobre la tierra tibia mientras los niños peleaban por los columpios como si se disputaran el reino del mundo. La barrera vieja, cada cinco de marzo, se desbordaba en orgullo y multitud, y los jóvenes, hoy viejos, eran sorteadores y montadores de toros.
El gallo pinto de la tía Hilda, a la hora del desayuno, sabía a casa firme. Donde la Mencha, el pollo asado ardía como noche joven y las cervezas enfriaban las penas. La cantina de las Pellejos guardaba risas que todavía resuenan en la memoria.
Los cuartitos del hotel de Cruz Robles guardan secretos de paredes delgadas. Respiran historias que nunca se cuentan completas, murmullos que el calor y la noche dejaban suspendidos en el aire. En verano, cuando el calor se volvía insoportable, salía a recoger la carpa del camastro de un camión para tender la hamaca buscando un poco de brisa. Dormir era pactar con el sudor. Y el turno del baño llegaba a las cuatro de la mañana, cuando el agua fría del amanecer caía sobre el cuerpo como un golpe limpio que despertaba más que el sol. No era sacrificio; era simplemente la vida que llevábamos.
El río El Zapote nos enseñó a nadar contra corriente, a reír con el agua hasta el cuello, a resistir. En las corrientes y pozas del río Plata pescábamos sábalos y guapotes laguneros por pura diversión entre amigos, como si el tiempo no tuviera apuro y la vida se midiera en carcajadas mojadas.
Los viajes a tus colonias, cercanas pero distantes, eran encuentros de esperanza. En esos caminos fuimos sembrando amistades que el tiempo convirtió en lazos entrañables.
Y en sesiones de trabajo, reunidos alrededor de una mesa sencilla, compas y contras, fundadores y técnicos, funcionarios y autoridades, dejábamos atrás diferencias para pensar en vos. Entre discusiones largas y café compartido, dibujábamos sueños de futuro que hoy caminan como presente.
Tus mujeres, siempre guapas, hermosas, firmes y constantes, han sostenido tu bienestar con trabajo y visión. En noches lluviosas o sudorosas de verano siguen soñándote, creyendo en un mañana mejor y empujándolo con sus manos.
Y así pasaron los años. Te desarrollaste en poco tiempo, como una niña que crece y se vuelve mujer sin perder sus encantos primeros. Otras generaciones comenzaron a soñarte también, dándote nuevo pulso y nuevas preguntas.
Tus calles fueron lodo y luego polvo. Madrugadas mojadas. Veranos ásperos. Y en cada etapa dejamos algo de nosotros.
Miro que el café ya se enfría entre mis manos. No te extraño, Nueva Guinea. Extraño la juventud que dejé en vos y que todavía camina conmigo.
Foto
propia: Monumento de Nueva Guinea.

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