jueves, 26 de febrero de 2026

MI AMIGO, EL POETA


La luz del atardecer
era algo más que la caída del sol
para él.
Era fuego ardiendo en el horizonte
sobre la montaña.
Decía que era una bola de oro
pintando cerros y llanos,
las copas de los árboles
y las llanuras.

Creció en Nueva Guinea,
pero no como quien crece en un sitio,
sino como quien crece dentro de un pecho.
La nombraba como se nombra a una madre,
como se nombra a una novia
cuando nadie escucha.

Nueva Guinea no era calles de polvo solamente,
ni barro pegado a los zapatos,
ni música alta en las esquinas.
Era una mujer de manos abiertas,
con olor a cacao y tierra mojada,
que lo miraba escribir
desde los corredores de madera.

Él le hablaba en silencio.
Le cantaba sus versos
como quien devuelve un favor antiguo.
Le decía que era fuerte,
aunque estuviera herida.
Que era hermosa,
aunque no lo supiera.

El cielo ya no era simplemente cielo,
sino una bóveda hermosa
pintada de naranja y chocolate,
con nubes doradas viajando lento.

“Son copas de oro que se rebalsan
en manos divinas”, decía.
Y el mérito
no era del sol que se va
y nos deja en la oscuridad.

Sus ojos guardaban un manto
para mirar lo gris y tenebroso
con el encanto de la fe
y la esperanza,
manteniendo su corazón
fresco y alegre.

A nosotros,
que solo vemos la crudeza del mundo,
nos entregó, generosamente,
una visión distinta,
sin egoísmos.

Pero no lo sabíamos,
y lo rechazábamos.
“Es un loco, fuera de este mundo”,
decíamos.

Era invitado a actos solemnes,
pero llegaba sencillo, sin pompa.
Hablaba poco, miraba mucho,
y al final todos callaban para oírlo.

Recorría festivales de poesía por todo el país,
un país de poetas,
y aun así lograba sorprenderlos.
No por ruido,
sino por esa calma
que dejaba temblando al que lo escuchaba.

Y cuando volvía,
siempre volvía,
era a su Nueva Guinea
a quien primero buscaba con la mirada.

Era mi amigo, el poeta.


20 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


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