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sábado, 29 de agosto de 2026

FOTO DEL DÍA 4: UN INSTANTE AZUL EN EL JARDÍN

 


Esa mañana del mes de noviembre salí con mi cámara en busca de algo en el jardín de mi casa: una abeja, una flor de la mañana, un pájaro, una mariposa, en fin, algo que fotografiar. 

La mañana estaba fresca. Todavía quedaba humedad sobre las hojas y una luz suave entraba entre las plantas del jardín. Era una de esas horas en que todo parece comenzar despacio: los pájaros andan de rama en rama, una abeja zumba entre las flores y uno siente que debe quedarse quieto unos minutos para descubrir algo. 

Caminé por el corredor izquierdo, miré hacia el porche y desde allí la vi. Estaba posada sobre una rama de mussaenda blanca, inmóvil, con la cabeza levantada y el cuerpo alargado siguiendo la forma de la rama. 

Me acerqué con la cámara.

Era una pequeña lagartija de la especie Anolis unilobatus, presente en Nicaragua. Por su aspecto y tamaño, probablemente era un macho. Su color pardo la hacía confundirse con la corteza y había que observarla con atención para descubrirla.

Entonces abrió aquella vistosa papada que estos anolis utilizan como señal durante el cortejo y también para marcar territorio. Aparecieron el amarillo, el naranja y una intensa mancha azul que contrastaba con el verde del jardín. La lagartija que unos segundos antes casi pasaba inadvertida se convirtió de pronto en el centro de la escena.

Me detuve. Si hacía ruido es posible que saliera disparada entre las hojas y yo me quedara sin la foto. Avancé un poco más, despacio. Levanté la cámara procurando no asustarla. Ella seguía allí, con la cabeza levantada y la papada abierta. En ese momento solo pensaba en enfocar bien y disparar antes de que desapareciera. 

Por unos segundos ninguno de los dos se movió. Enfoqué. Disparé. Miré la fotografía en la pantalla de la cámara y sentí que había logrado algo fuera de lo común.

Corrí a transferirla a la computadora, con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrir algo inesperado. Cuando apareció en la pantalla grande quedé maravillado: allí estaba la lagartija en toda su majestuosidad, con aquellos colores encendidos y ese porte que yo apenas había alcanzado a percibir mientras la tenía enfrente. 

Un minuto después regresé al jardín para buscarla. Ya se había ido. Entonces pensé que estas pequeñas lagartijas llevan muchísimo tiempo conviviendo con nosotros. Los reptiles han ocupado un lugar en antiguas creencias de los pueblos de Nicaragua y Centroamérica, asociados a veces con fuerzas de la naturaleza y ciertos misterios. Tal vez por eso, cuando uno de ellos aparece así, de pronto, entre las ramas, despierta algo más que simple curiosidad.

Pero aquella mañana el misterio estaba en otra cosa: en haber estado allí justamente en ese momento, con la cámara en las manos.

A veces uno piensa que para encontrar algo extraordinario tiene que caminar lejos, meterse al monte o hacer algún viaje. No siempre es así. A veces basta salir al corredor y mirar con atención lo que tenemos cerca. 

La lagartija ya no estaba. Me quedó la fotografía: aquel pequeño animal sobre una rama de mussaenda blanca, la cabeza levantada y un relámpago azul desplegado bajo la garganta.

 

13 de agosto de 2026.


miércoles, 19 de agosto de 2026

EL MANGOSTÍN EN NUEVA GUINEA

Encontré a Sandra Calero Borge sentada en una mecedora de madera, en el pequeño negocio que funciona en su casa, sobre la calle del bulevar, en una esquina casi frente al estadio donde juegan béisbol y softbol chavalos, mujeres y viejos. Afuera pasaban camiones, carros y motocicletas; por momentos el ruido de los motores se metía en la conversación. A su alrededor se amontonaban baldes, maceteras, utensilios para el hogar y, muy cerca de la mecedora, una estructura con cactus y plantas suculentas que también vende. Después de tantos años vinculada a productores, fincas y cultivos, Sandra sigue rodeada de plantas.

Yo había llegado para preguntarle por una muy distinta.

—Entonces, Sandrita, contame la historia del mangostín en la finca de Auxilio Mundial.

Sandra comenzó por buscar una fecha en la memoria.

Según recuerda, hacia 1997 Auxilio Mundial compró un primer lote de aproximadamente quince manzanas para establecer una finca en Nueva Guinea. La propiedad estaba junto al río El Zapote; siguiendo el recorrido del río hacia el este, quedaba a unos 450 metros al sur, hasta el empalme de El Verdún. La intención era introducir nuevos cultivos tropicales y diversificar la producción.

Por los contactos que tenía entonces el organismo, llegó una donación de semillas procedentes de Australia. En el largo recorrido hasta Nueva Guinea muchas perdieron sus rótulos, de manera que algunas germinaron y crecieron sin que el personal llegara nunca a saber exactamente qué plantas eran. Entre las que sí lograron identificar venía el mangostín. Sandra calcula que recibieron entre cuarenta y cincuenta semillas y que finalmente se estableció una pequeña plantación de unas cuarenta plantas. 

El mangostín no llegó solo. Entre aquellas semillas aparecieron también la pitanga, una pequeña fruta roja y algo ácida; la biribá, de la familia de las anonas; el abiú, parecido a un caimito amarillo, y diferentes variedades de yaca. Algunas de esas especies lograron quedarse en Nueva Guinea. Sandra asegura que todavía hay productores que conservan biribá. Otras plantas crecieron, dieron frutos y pasaron años en la finca sin que nadie lograra determinar con certeza qué eran. 

Aquella finca comenzó a convertirse en una especie de muestrario de frutas tropicales poco conocidas. Con los años, Sandra calcula que allí llegaron a existir alrededor de setenta especies de cultivos. Era un lugar diferente, bien cuidado y diversificado, atravesado por el río El Zapote, que desemboca en La Sardina.

Cuando las primeras plantas de mangostín comenzaron a producir, fueron los propios trabajadores quienes probaron la fruta. Y les gustó.

Sandra recuerda especialmente a Kevin Sanderson, entonces director ejecutivo de Auxilio Mundial, un norteamericano al que describe como un hombre visionario. 

—Él soñaba que Nueva Guinea iba a ser un municipio muy próspero con todos los frutales exóticos, con frutales no tradicionales, frutales de trópico húmedo. 

Aquel entusiasmo llevó a ampliar el cultivo. Se establecieron alrededor de tres manzanas adicionales de mangostín y esta vez las semillas llegaron de una plantación existente en Kukra Hill, municipio de la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur, donde este frutal logró establecerse y todavía se produce. 

Sandra recuerda haber observado diferencias entre aquellos árboles y los procedentes de las semillas australianas: los de Kukra Hill daban, según su memoria, una fruta algo más pequeña; los australianos producían mangostines de mayor tamaño y de un color ligeramente más claro. En ambos casos, dice, la pulpa era dulce y de excelente sabor.

El mangostán, mangostino o mangostín, Garcinia mangostana, es una fruta que llama la atención desde que uno la tiene en las manos. Al madurar, la cáscara toma un color entre rojizo y morado oscuro. Es gruesa y, al abrirla, aparece una pulpa blanca dividida en gajos. 

Sandra recuerda perfectamente el sabor. 

—Es un agridulce que no molesta. Es delicioso. Para mí es una fruta deliciosa. Y agrega algo que escuchaban decir entonces:

 —Dicen que se conoce como el manjar de los dioses.

Por la calle pasa un vehículo y durante unos segundos el ruido cubre parte de nuestra conversación. Sandra espera y continúa.

Cuando la plantación grande comenzó a producir apareció un problema que nadie había previsto: había demasiado mangostín. Para entonces, Auxilio Mundial, que había impulsado la introducción y el establecimiento de aquellos cultivos, había concluido esa etapa de su trabajo. Pueblos en Acción Comunitaria, PAC, dio continuidad al manejo de las plantaciones y las cosechas. Sandra Calero Borge era la responsable de Organización y Capacitación de PAC.

Los trabajadores consumían parte de la fruta y otra se repartía entre el personal, pero la producción seguía aumentando. Sandra recuerda una conversación con Mario Pérez Lejarza, director ejecutivo del PAC.

—¿Qué vamos a hacer con tanto mangostín?

Había que buscar consumidores. Pero antes de venderlo había que conseguir algo más difícil: que la gente supiera qué era aquella fruta morada que casi nadie había visto. Sandra comenzó entonces un proceso de degustación. Las oficinas de Auxilio Mundial y, posteriormente, las de PAC quedaban frente al actual supermercado Palí, en la esquina oeste. Allí colocaban mesas y llevaban sacos de mangostines. Ella acomodaba las frutas mientras veía pasar a la gente por la acera. Algunos reducían el paso. Otros se detenían a mirar.

—¿Qué es eso? 

La pregunta se repetía.

—Venga, pase adelante, pruébelo —les decía Sandra. 

Partían el mangostín, mostraban la pulpa blanca y ofrecían los gajos a quienes aceptaban probarlos. El propósito inicial no era hacer negocio. Era dar a conocer la fruta. Si alguien quería comprar después de probarla, se la vendían a tres córdobas la unidad. Sandra sitúa aquellas primeras jornadas aproximadamente entre 2006 y 2007. 

La gente respondió bien. El sabor hacía buena parte del trabajo. Al año siguiente ya no era necesario explicar demasiado. Muchos de los que habían probado la fruta durante la cosecha anterior regresaban a comprarla. El mangostín comenzaba a dejar de ser una rareza para algunos pobladores de Nueva Guinea.

Le enseño a Sandra una fotografía que tomé en aquellos años. Está detrás de una mesa de madera, frente a las oficinas de PAC. Los mangostines ocupan casi toda la superficie. Algunos están completamente morados; otros conservan tonos rojizos y las coronas verdes resaltan sobre la cáscara oscura. Sandra sostiene dos frutas en las manos. Aquella era una de las jornadas en que vendía y daba a degustar mangostines a quienes caminaban por la acera frente al Palí. La fotografía conserva algo que las cifras no pueden contar: la abundancia de la cosecha y la curiosidad que despertaba aquella fruta.

Sandra Calero mostrando el mangostín.

La experiencia también salió de Nueva Guinea. Cada año participaban en la Expo APEN y llevaban mangostines al estand. Los colocaban en canastos, los ofrecían para degustación y también vendían algunos. Los visitantes habituales terminaron por reconocer el producto. Sandra recuerda incluso a una dirigente de APEN que, apenas llegaba, pedía que le apartaran sus mangostines. Pero la comercialización no pasó mucho más allá. Con otros productos tuvieron mayor éxito. El rambután, por ejemplo, consiguió entrar a supermercados. El mangostín quedó principalmente en el mercado local y en aquellas ferias donde lo daban a conocer. 

—Hasta ahí llegamos —resume Sandra. 

En medio de la conversación alguien se detiene frente al negocio. Pregunta dónde quedan las oficinas de Migración. La historia del mangostín queda suspendida por unos instantes. Entre Sandra y yo tratamos de explicarle el camino: que siga por allí, que doble, que busque unas edificaciones que se alcanzan a ver más adelante. El hombre escucha, agradece y se va. Poco después otra motocicleta cruza por la calle.

Volvemos a la finca. Hablar de aquella plantación lleva inevitablemente a hablar de una época de Nueva Guinea.

Auxilio Mundial había llegado al municipio en 1992, en los primeros años posteriores a la guerra. Sandra recuerda que uno de sus propósitos era apoyar la reinserción de familias campesinas y recuperar unidades productivas que habían quedado abandonadas o afectadas por el conflicto. Hubo programas de alimento por trabajo y después proyectos de producción, crédito y diversificación de las fincas.

Sandra menciona también a PRODES, PASOC, la Cooperación Italiana PRA-DC y Ayuda en Acción, organismos y proyectos que trabajaron durante aquellos años en agricultura, agua potable y saneamiento ambiental, educación y organización comunitaria. Recuerda viajes de varias horas a caballo para visitar comunidades alejadas y encontrarse allá, en medio del campo, con sistemas de agua potable manejados por las propias familias.

También fueron años de preocupación por el medio ambiente. Existía una Comisión Municipal del Medio Ambiente. Se realizaban actividades durante el Día del Árbol, los niños llevaban plantas y se promovía la protección de especies como la ceiba. En el río El Zapote, precisamente en el sector de la finca, se hicieron gestiones para impedir que los vehículos, principalmente camiones, bajaran a lavar directamente en el cauce y contaminaran el agua.

—Esa fue una etapa maravillosa —dice Sandra. No lo dice como quien recita una frase aprendida. Lo dice como alguien que estuvo allí.

Aquellas primeras quince manzanas habían aumentado con los años hasta formar una finca que Sandra calcula en unas 119 manzanas. El río El Zapote la dividía en dos. Allí estaban el mangostín, el borojó, el pulasán, la yaca o jackfruit —la fruta más grande del mundo—, la pitanga, la biribá, el abiú y decenas de especies más. Había cultivos conocidos y otros que parecían haber llegado desde lugares lejanos para probar suerte en las tierras húmedas de Nueva Guinea.

—Bien diversificada —le digo. 

—Bien diversificada. Bien cuidada, bien cuidada.

Repite las últimas palabras. Tal vez porque allí está una parte importante de lo que quiere decir. Pero los proyectos no duran para siempre. Con el paso de los años la organización comenzó a enfrentar dificultades económicas, principalmente por el Movimiento No Pago. Quedó menos personal, disminuyeron las actividades y llegó un momento en que mantener una finca de aquella extensión y diversidad resultaba demasiado costoso. Para 2014 Sandra terminó su trabajo en la organización, después de aproximadamente dieciocho años.

La finca permaneció varios años en venta hasta que finalmente pasó a manos privadas. El uso de la propiedad cambió. Se introdujo ganado y hubo quema y despale en algunas áreas. Buena parte de la diversidad agrícola que había caracterizado la finca dejó de recibir el manejo y los cuidados de los años del proyecto. Sin embargo, la plantación de mangostín no desapareció.

Julio Villachica, vecino colindante con el área donde se establecieron los viveros y, a cierta distancia de allí, la plantación de mangostín, asegura que los árboles todavía permanecen, aunque en condiciones de semiabandono. Ya no reciben el manejo que tuvieron durante los años de Auxilio Mundial y PAC. En época de cosecha, algunas personas entran incluso por las noches a cortar los frutos.

El mangostín sigue produciendo, pero una plantación en esas condiciones difícilmente puede mantener durante mucho tiempo los mismos rendimientos. Estos árboles necesitan limpieza del área, poda sanitaria, nutrición adecuada del suelo, buen manejo del agua y vigilancia de plagas y enfermedades. Sin esos cuidados es previsible que disminuya la producción, algunos árboles pierdan vigor y la plantación se deteriore con los años. Sin embargo, mientras los árboles permanezcan vivos, todavía existe la posibilidad de recuperar el cultivo si vuelve a recibir el manejo que necesita.

El cambio de uso de la finca significó también la pérdida de buena parte de aquella experiencia de diversificación: unas setenta especies de plantas, frutales exóticos, árboles que habían tardado años en crecer, materiales traídos desde Australia, ensayos, cosechas y años de trabajo. Allí, los trabajadores aprendieron a reconocer frutas que nunca habían visto y los productores descubrieron otras posibilidades para las tierras de Nueva Guinea.

Vuelvo a mostrarle la fotografía.

—¿Qué es lo que más te trae a la memoria cuando te ves allí con todos esos mangostines?

Sandra mira la imagen. Habla primero de los años. Dieciocho. Después aparece el pesar. Le duele pensar en el deterioro de un material vegetal que considera tan valioso. Pero reconoce también que ya no existía dinero suficiente para mantener una propiedad de aquella extensión y que manejar la finca resultaba costoso.

Seguimos conversando un poco más. A nuestro alrededor continúa la vida del pequeño negocio. Los baldes y recipientes plásticos ocupan los estantes. Las maceteras esperan comprador. Sobre la estructura metálica junto a Sandra permanecen los pequeños cactus y las suculentas. Afuera siguen pasando carros y motocicletas por el bulevar. Miro nuevamente las plantas. Sandra ya no trabaja en aquella finca y la finca tampoco es la que ella conoció. Sin embargo, las plantas continúan cerca de ella. 

Pienso entonces en aquellas cuarenta o cincuenta semillas que llegaron desde Australia con un cargamento de especies tropicales; en algunas que perdieron hasta el nombre durante el camino; en los primeros árboles de mangostín creciendo en las tierras húmedas de Nueva Guinea; en las semillas que después llegaron desde Kukra Hill; en una mesa frente al Palí cubierta de frutas moradas y en los transeúntes que se detenían por curiosidad.

—¿Qué es eso? 

Y Sandra abría un mangostín. 

La pulpa blanca aparecía bajo la gruesa cáscara morada.

—Venga, pruébelo.

Han pasado los años. La finca cambió, desaparecieron muchos de aquellos cultivos y los árboles de mangostín quedaron sin los cuidados de antes. Pero todavía están allí. Cuando llega el tiempo de cosecha, los frutos vuelven a madurar. 

El mangostín todavía resiste en Nueva Guinea.

 

10, 11  y 12 de agosto de 2026.

Fotografías propias.

domingo, 9 de agosto de 2026

LA FOTO DEL DÍA 3: UNA RAJA DE LEÑA



A las seis de la mañana, el camino todavía estaba húmedo. La ciudad quedaba atrás y, al doblar hacia el oeste por la escuela de la zona 6, sentí que entraba en otra Nueva Guinea: más lenta, más verde, más antigua. Giré a la izquierda y seguí rumbo a la finca de Hidalgo, vecino de mi casa, en busca de un galón de leche.

En el trayecto me detuve a mirar una ceiba majestuosa, una de las últimas sobrevivientes en los alrededores de la ciudad. Allí estaba, enorme y serena, como si todavía cuidara una memoria que el crecimiento urbano va dejando atrás. 

Seguí por un sendero y salí a una plazuela. Allí el aire ya olía distinto. No era el olor de la ciudad, sino esa mezcla viva de finca: tierra húmeda, estiércol de vaca, zacate recién pisoteado, madera partida y caña recién triturada, con una dulzura espesa que se quedaba pegada en la respiración.

A lo lejos mugían las vacas. Bajo la galera, el silencio tenía sonido de trabajo. Allí trituraban caña para hacer atados de dulce y, a un lado, en una casa sencilla, almacenaban la leña. Me llamó la atención y tomé la foto. 

La imagen parece sencilla: horcones rústicos, techo de zinc, rajas de leña bien apiladas, troncos gruesos esperando el hacha, astillas regadas en el suelo, una carreta detenida al fondo y el verde de la caña cerrando el paisaje. 

Pero esa foto también tenía olor. Olía a madera seca, a humo antiguo, a sudor de campo, a leche recién ordeñada y a caña molida. En el campo, una imagen nunca es muda. Cada raja de leña tiene su historia: el árbol cortado, los hachazos, las astillas, el aroma, el sudor, el acarreo, el fogón y la comida de la familia.

Alfredo apareció desde la finca al verme tomando fotos. Usaba sombrero, pero debajo del ala se le veían las canas. En el cinto llevaba su machete y, en los pies, unas botas de hule marcadas por el lodo, el estiércol de las vacas y la rutina diaria de andar entre corrales, potreros y galeras.

No habló con rodeos. Su voz fuerte salió directa, como la de un hombre que no necesita adornar la vida porque la conoce por dentro: la leche, la caña, la leña, los animales, el precio de cada cosa y el trabajo que cuesta conseguirla.

Hablamos de la leña, de la leche y de los precios.

—La raja de leña subió dos córdobas —me dijo—. Antes valía cinco, ahora siete. Eso sí, una buena raja. 

Después agregó, casi como quien resume el país desde un patio de finca:

—Todo ha subido, amigo. El aceite, el fertilizante, las medicinas para el ganado, la provisión, todo, todo.

Si todavía cerca de cuatro de cada diez nicaragüenses cocinan con leña, y muchas familias consumen entre cuatro y seis rajas grandes al día, entonces la frase de Alfredo deja de ser una queja cualquiera. Dos córdobas más por raja se vuelven una cuenta diaria, una presión sobre el bolsillo y una forma silenciosa de medir cómo sube la vida.

Ese día también le compré leche. El litro estaba a veinticinco córdobas. Uno sale buscando un galón de leche y regresa con algo más: una foto, una conversación y una pequeña certeza sobre la vida.

En estos caminos, la economía no aparece en gráficos ni discursos. Aparece en una raja de leña, en el precio de la leche, en el aceite que ya no alcanza, en el fertilizante, en las medicinas para el ganado y en la provisión que cada día cuesta más. 

Miré otra vez la leña bajo el techo: bien acomodada, seca, esperando el fuego. Pensé que esa foto no hablaba solo del campo. Hablaba de una manera de vivir que resiste, aunque todo suba, aunque la ciudad se acerque, aunque las ceibas vayan quedando solas. 

Volví con la leche en la mano, pero también con esa frase de Alfredo sonando en la cabeza: “Todo ha subido, amigo”.

Y pensé que, a veces, un país entero cabe en una raja de leña.

 

16 de junio de 2026.


jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

miércoles, 10 de junio de 2026

LA CALLE DE LA CÉDULA

 


Hay calles que uno mira todos los días y no les encuentra nada especial. Calles pequeñas, apretadas entre casas, con una acera angosta y mordida por los años, por las paredes salidas, por la costumbre de hacer cada uno lo suyo hasta donde alcanza el frente de su casa.

Esta es una de esas calles.

No está en la calle central de Nueva Guinea, aunque está en pleno centro. Queda entre dos parques: el parque de la Chevita y el parque central. Es corta, casi escondida, una de esas calles que muchos cruzan sin detenerse a mirarla. Pero tiene algo que pocas personas notan.

A un lado conserva una acera pequeña, como si apenas le hubieran dejado un hilo de paso a la gente. Al otro lado, la calle carga las heridas recientes de los trabajos del alcantarillado sanitario. Una zanja mal tapada la atraviesa y, cuando llueve, aquello se vuelve un infierno de lodo. No es una calle para caminar tranquilo. Es una calle para esquivar charcos, brincar zanjas, cuidar los zapatos y, sobre todo, tener paciencia.

Casi al llegar a la esquina del Súper Express, a unas quince varas, siempre hay gente. No importa si llueve. No importa si hace sol. No importa si la mañana viene fría o si el calor cae temprano sobre los techos. La gente está allí.

Algunos llegan antes de las cinco de la mañana. Vienen de las colonias, de comunidades lejanas, de caminos donde todavía la madrugada tiene olor a monte húmedo y a leña apagada. Llegan buscando su cédula, ese pequeño documento que para muchos significa identidad, trámite, derecho, viaje, gestión, existencia ante las oficinas.

Varias veces, durante mis caminatas mañaneras por el parque central, me han detenido personas con cara de andar perdidas.

—¿Dónde queda donde dan la cédula? —preguntan.

Yo también tardé en entenderlo. Hasta que descubrí que ese lugar era precisamente aquel sitio tumultuoso, cerca de la esquina, donde la gente se agrupa sin techo, sin bancas, sin un corredor que la proteja, sin una sombra generosa donde esperar con dignidad.

Allí están, a ambos lados de la calle, mirando hacia la oficina como quien espera que se abra una puerta importante. Algunos llevan papeles doblados dentro de una bolsa plástica. Otros cargan niños, mochilas, sombrillas, preocupaciones. Hay mujeres mayores, campesinos, jóvenes, señores que vienen desde lejos, gente sencilla que no pide privilegios. Solo espera.

Pero esperar allí no es fácil.

Cuando llueve, el lodo sube como castigo. Cuando pasan vehículos grandes, de esos que cruzan la calle con prisa y prepotencia, el agua sucia salpica a quienes están parados en la orilla. Y la gente aguanta. Se limpia como puede. Se aparta. Vuelve a acomodarse. Sigue esperando.

Esa calle, que hace años tuvo alegría con la disco Los Cocos, ahora parece destinada al martirio de quienes buscan su documento de identidad. Antes quizá tuvo música, muchachos, risas, noches encendidas. Hoy tiene filas, lodo, impaciencia y rostros cansados desde la madrugada.

Y uno se pregunta, sin ánimo de ofender a nadie, pero con la obligación de decir las cosas como son:

¿Hasta cuándo esa oficina seguirá atendiendo en un lugar donde la gente debe esperar bajo la lluvia, bajo el sol y al borde del lodazal?

Una cédula no es un favor. Es un derecho. Y quien llega desde lejos a buscarla merece un sitio digno. Un techo. Una banca. Un orden humano. Una acera decente. Un espacio donde la espera no parezca castigo.

Porque esa pequeña calle de Nueva Guinea no solo muestra una oficina pública. Muestra también cómo tratamos a la gente cuando más necesita ser atendida.

Y eso, aunque muchos pasen sin verlo, también habla de nosotros.


10 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

domingo, 3 de mayo de 2026

LOS DIENTES DE CASIMIRO

 


El hombre que se reía siempre se murió con la boca abierta, mostrando los dientes, como si todavía le hiciera gracia algo. Pero se murió solo. Lo encontraron en su mecedora hecha de Nancitón, en el patio, viendo hacia el fondo, donde el sol se iba cayendo lento entre los Palos de Agua y la tierra caliente. No hubo dolor en su cara mestiza. Solo esa sonrisa estirada, terca, que en la ciudad ya era más su nombre que Casimiro.

Durante años, su risa fue como reloj mal puesto en la calle principal. Se oía a cualquier hora. Se reía del calor que rajaba la tierra, de las deudas que nunca se termina de pagar, de las discusiones políticas, de los entierros también. No era falta de respeto, era otra cosa. Como si el supiera algo que los demás no. Como si el mundo fuera una broma mal contada por un dios distraído y él fuera el único que la entendía.

Dicen que antes de quedarse en esta ciudad, Casimiro venía de Pearl Lagoon. Allá, en la laguna, algunos todavía recuerdan a un hombre igual. Alegre, de sonrisa amplia, sentado en el muelle frente al agua quieta, dejando que el viento le moviera la camisa mientras enseñaba los dientes sin decir mucho. Era un hombre que se reía en inglés creole, dicen algunos, aunque nadie entendiera bien si se estaba riendo con uno… o de uno. Nadie sabe si es el mismo, pero todos coinciden en algo: los dientes no cambian.

A veces, cuando la tarde se iba poniendo amarilla y el calor aflojaba un poco, Casimiro se quedaba en la mecedora que tenía una pata floja, viendo la calle. Decía que era por costumbre, pero no era eso. Esperaba, no a alguien en particular. Esperaba ese momento en el que las muchachas salían de las casas, recién bañadas, con el pelo suelto todavía húmedo, riéndose sin saber que alguien las miraba distinto.

Cuando pasaban frente a su portón, él dejaba de reír por dentro. Las seguía con los ojos. No había malicia, tampoco inocencia. Había otra cosa, como si en ese paso ligero, en esa piel limpia de cansancio, se le fuera la vida que él no había tenido.

Una tarde, una de ellas —la hija de doña Mercedes—se detuvo a unos metros. Se inclinó un poco para acomodarse la sandalia. El sol le pegó de lado. Todo quedó quieto. Casimiro sintió que algo le subía desde el pecho hasta la garganta. Un nombre. Una palabra que no era chiste, que no era risa. Por un segundo se inclinó hacia delante. La mecedora dejó de sonar. Ahí pudo haber pasado algo, pero no pasó. Casimiro abrió la boca… y se rio fuerte como siempre.

La muchacha levantó la vista, sonrió por compromiso, y siguió su camino. La mecedora volvió a moverse y Casimiro también, riéndose.

Una noche, en el velorio de don Eusebio, alguien dejó caer la tapa del ataúd antes de tiempo. Sonó duro, seco. La viuda cayó al suelo llorando. Nadie sabía que hacer. El aire se puso espeso, como antes de una tormenta. Y ahí, en medio de todo, Casimiro soltó una carcajada. Larga. Abierta.

—Ni el muerto se quiere quedar quieto —dijo.  

Algunos se ofendieron. Otros, sin saber por qué, se rieron bajito. Después más fuerte. Y así, entre risas, el velorio siguió.

Pero nadie vio que, cuando salió a la calle, Casimiro se quedó callado de golpe. Cruzó sin mirar a nadie. Y en su cara no quedó nada.

La gente lo buscaba. Le gustaba tenerlo cerca, como cuando uno se arrima a la sombra de un árbol en pleno mediodía. Pero nadie se preguntó qué había detrás de esa risa. Porque no era alegría. Era control. Era defensa.

Casimiro enseñaba los dientes para que nadie se metiera más adentro. Para que nadie le buscara la voz que no tenía.

Cuando entraron a su casa para sacarlo, se dieron cuenta de algo raro. No había fotos. Ni cartas. Ni recuerdos. Nada colgado en las paredes. Nada sobre la mesa. Solo polvo. Solo muebles viejos. Solo silencio.

Ahí entendieron. Casimiro no era un hombre alegre. Era un hombre que se había entrenado para parecerlo. Se le quedó pegada la sonrisa. Literal. El carpintero tuvo que hacerle más ancho el ataúd por la cara. La boca no cedía. Como si hasta muerto se negara a cerrar.

Pasaron los días y lo que vino fue tristeza. Fue silencio, un silencio incomodo. Sin la risa de Casimiro, la ciudad empezó a escucharse a sí misma. Las peleas en las casas, entre vecinos, entre políticos del mismo partido y con sus oponentes. Se sintió el cansancio de siglos y la pobreza raspando como lija. Todo eso que antes quedaba tapado.

La risa de Casimiro no arreglaba nada, pero lo cubría todo. Ese fue el problema. Ese fue el desastre.

Después apareció el sobre. Amarillo. Escondido bajo la pata floja de la mecedora. Adentro, una sola línea, escrita con calma:

Les dejo mis dientes, que fue lo único que siempre estuvo a la vista, para que comprendan que mantener la boca abierta es la mejor forma de no tener que decir nada”.

Ahora, en el cementerio viejo, la tumba tiene una rajadura mal hecha. Cuando sopla el viento del noreste, se mete por ahí y suena. Es un silbido, rítmico como la risa.

La gente que pasa no se detiene, camina más rápido. No por miedo. No es por Casimiro. Es por ellos. Porque ese sonido les resulta conocido.

Porque más de alguno ya ha enseñado los dientes cuando lo que en verdad tenía era otra cosa atorada en la garganta. Y porque entienden, aunque no lo digan, que lo que dejó Casimiro no fue un vacío. Fue un espejo. Y en ese espejo se ven, se reconocen. Y no les gusta. Por eso nadie se queda.

 

28 de abril de 2026.


miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.