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jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

miércoles, 10 de junio de 2026

LA CALLE DE LA CÉDULA

 


Hay calles que uno mira todos los días y no les encuentra nada especial. Calles pequeñas, apretadas entre casas, con una acera angosta y mordida por los años, por las paredes salidas, por la costumbre de hacer cada uno lo suyo hasta donde alcanza el frente de su casa.

Esta es una de esas calles.

No está en la calle central de Nueva Guinea, aunque está en pleno centro. Queda entre dos parques: el parque de la Chevita y el parque central. Es corta, casi escondida, una de esas calles que muchos cruzan sin detenerse a mirarla. Pero tiene algo que pocas personas notan.

A un lado conserva una acera pequeña, como si apenas le hubieran dejado un hilo de paso a la gente. Al otro lado, la calle carga las heridas recientes de los trabajos del alcantarillado sanitario. Una zanja mal tapada la atraviesa y, cuando llueve, aquello se vuelve un infierno de lodo. No es una calle para caminar tranquilo. Es una calle para esquivar charcos, brincar zanjas, cuidar los zapatos y, sobre todo, tener paciencia.

Casi al llegar a la esquina del Súper Express, a unas quince varas, siempre hay gente. No importa si llueve. No importa si hace sol. No importa si la mañana viene fría o si el calor cae temprano sobre los techos. La gente está allí.

Algunos llegan antes de las cinco de la mañana. Vienen de las colonias, de comunidades lejanas, de caminos donde todavía la madrugada tiene olor a monte húmedo y a leña apagada. Llegan buscando su cédula, ese pequeño documento que para muchos significa identidad, trámite, derecho, viaje, gestión, existencia ante las oficinas.

Varias veces, durante mis caminatas mañaneras por el parque central, me han detenido personas con cara de andar perdidas.

—¿Dónde queda donde dan la cédula? —preguntan.

Yo también tardé en entenderlo. Hasta que descubrí que ese lugar era precisamente aquel sitio tumultuoso, cerca de la esquina, donde la gente se agrupa sin techo, sin bancas, sin un corredor que la proteja, sin una sombra generosa donde esperar con dignidad.

Allí están, a ambos lados de la calle, mirando hacia la oficina como quien espera que se abra una puerta importante. Algunos llevan papeles doblados dentro de una bolsa plástica. Otros cargan niños, mochilas, sombrillas, preocupaciones. Hay mujeres mayores, campesinos, jóvenes, señores que vienen desde lejos, gente sencilla que no pide privilegios. Solo espera.

Pero esperar allí no es fácil.

Cuando llueve, el lodo sube como castigo. Cuando pasan vehículos grandes, de esos que cruzan la calle con prisa y prepotencia, el agua sucia salpica a quienes están parados en la orilla. Y la gente aguanta. Se limpia como puede. Se aparta. Vuelve a acomodarse. Sigue esperando.

Esa calle, que hace años tuvo alegría con la disco Los Cocos, ahora parece destinada al martirio de quienes buscan su documento de identidad. Antes quizá tuvo música, muchachos, risas, noches encendidas. Hoy tiene filas, lodo, impaciencia y rostros cansados desde la madrugada.

Y uno se pregunta, sin ánimo de ofender a nadie, pero con la obligación de decir las cosas como son:

¿Hasta cuándo esa oficina seguirá atendiendo en un lugar donde la gente debe esperar bajo la lluvia, bajo el sol y al borde del lodazal?

Una cédula no es un favor. Es un derecho. Y quien llega desde lejos a buscarla merece un sitio digno. Un techo. Una banca. Un orden humano. Una acera decente. Un espacio donde la espera no parezca castigo.

Porque esa pequeña calle de Nueva Guinea no solo muestra una oficina pública. Muestra también cómo tratamos a la gente cuando más necesita ser atendida.

Y eso, aunque muchos pasen sin verlo, también habla de nosotros.


10 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

domingo, 3 de mayo de 2026

LOS DIENTES DE CASIMIRO

 


El hombre que se reía siempre se murió con la boca abierta, mostrando los dientes, como si todavía le hiciera gracia algo. Pero se murió solo. Lo encontraron en su mecedora hecha de Nancitón, en el patio, viendo hacia el fondo, donde el sol se iba cayendo lento entre los Palos de Agua y la tierra caliente. No hubo dolor en su cara mestiza. Solo esa sonrisa estirada, terca, que en la ciudad ya era más su nombre que Casimiro.

Durante años, su risa fue como reloj mal puesto en la calle principal. Se oía a cualquier hora. Se reía del calor que rajaba la tierra, de las deudas que nunca se termina de pagar, de las discusiones políticas, de los entierros también. No era falta de respeto, era otra cosa. Como si el supiera algo que los demás no. Como si el mundo fuera una broma mal contada por un dios distraído y él fuera el único que la entendía.

Dicen que antes de quedarse en esta ciudad, Casimiro venía de Pearl Lagoon. Allá, en la laguna, algunos todavía recuerdan a un hombre igual. Alegre, de sonrisa amplia, sentado en el muelle frente al agua quieta, dejando que el viento le moviera la camisa mientras enseñaba los dientes sin decir mucho. Era un hombre que se reía en inglés creole, dicen algunos, aunque nadie entendiera bien si se estaba riendo con uno… o de uno. Nadie sabe si es el mismo, pero todos coinciden en algo: los dientes no cambian.

A veces, cuando la tarde se iba poniendo amarilla y el calor aflojaba un poco, Casimiro se quedaba en la mecedora que tenía una pata floja, viendo la calle. Decía que era por costumbre, pero no era eso. Esperaba, no a alguien en particular. Esperaba ese momento en el que las muchachas salían de las casas, recién bañadas, con el pelo suelto todavía húmedo, riéndose sin saber que alguien las miraba distinto.

Cuando pasaban frente a su portón, él dejaba de reír por dentro. Las seguía con los ojos. No había malicia, tampoco inocencia. Había otra cosa, como si en ese paso ligero, en esa piel limpia de cansancio, se le fuera la vida que él no había tenido.

Una tarde, una de ellas —la hija de doña Mercedes—se detuvo a unos metros. Se inclinó un poco para acomodarse la sandalia. El sol le pegó de lado. Todo quedó quieto. Casimiro sintió que algo le subía desde el pecho hasta la garganta. Un nombre. Una palabra que no era chiste, que no era risa. Por un segundo se inclinó hacia delante. La mecedora dejó de sonar. Ahí pudo haber pasado algo, pero no pasó. Casimiro abrió la boca… y se rio fuerte como siempre.

La muchacha levantó la vista, sonrió por compromiso, y siguió su camino. La mecedora volvió a moverse y Casimiro también, riéndose.

Una noche, en el velorio de don Eusebio, alguien dejó caer la tapa del ataúd antes de tiempo. Sonó duro, seco. La viuda cayó al suelo llorando. Nadie sabía que hacer. El aire se puso espeso, como antes de una tormenta. Y ahí, en medio de todo, Casimiro soltó una carcajada. Larga. Abierta.

—Ni el muerto se quiere quedar quieto —dijo.  

Algunos se ofendieron. Otros, sin saber por qué, se rieron bajito. Después más fuerte. Y así, entre risas, el velorio siguió.

Pero nadie vio que, cuando salió a la calle, Casimiro se quedó callado de golpe. Cruzó sin mirar a nadie. Y en su cara no quedó nada.

La gente lo buscaba. Le gustaba tenerlo cerca, como cuando uno se arrima a la sombra de un árbol en pleno mediodía. Pero nadie se preguntó qué había detrás de esa risa. Porque no era alegría. Era control. Era defensa.

Casimiro enseñaba los dientes para que nadie se metiera más adentro. Para que nadie le buscara la voz que no tenía.

Cuando entraron a su casa para sacarlo, se dieron cuenta de algo raro. No había fotos. Ni cartas. Ni recuerdos. Nada colgado en las paredes. Nada sobre la mesa. Solo polvo. Solo muebles viejos. Solo silencio.

Ahí entendieron. Casimiro no era un hombre alegre. Era un hombre que se había entrenado para parecerlo. Se le quedó pegada la sonrisa. Literal. El carpintero tuvo que hacerle más ancho el ataúd por la cara. La boca no cedía. Como si hasta muerto se negara a cerrar.

Pasaron los días y lo que vino fue tristeza. Fue silencio, un silencio incomodo. Sin la risa de Casimiro, la ciudad empezó a escucharse a sí misma. Las peleas en las casas, entre vecinos, entre políticos del mismo partido y con sus oponentes. Se sintió el cansancio de siglos y la pobreza raspando como lija. Todo eso que antes quedaba tapado.

La risa de Casimiro no arreglaba nada, pero lo cubría todo. Ese fue el problema. Ese fue el desastre.

Después apareció el sobre. Amarillo. Escondido bajo la pata floja de la mecedora. Adentro, una sola línea, escrita con calma:

Les dejo mis dientes, que fue lo único que siempre estuvo a la vista, para que comprendan que mantener la boca abierta es la mejor forma de no tener que decir nada”.

Ahora, en el cementerio viejo, la tumba tiene una rajadura mal hecha. Cuando sopla el viento del noreste, se mete por ahí y suena. Es un silbido, rítmico como la risa.

La gente que pasa no se detiene, camina más rápido. No por miedo. No es por Casimiro. Es por ellos. Porque ese sonido les resulta conocido.

Porque más de alguno ya ha enseñado los dientes cuando lo que en verdad tenía era otra cosa atorada en la garganta. Y porque entienden, aunque no lo digan, que lo que dejó Casimiro no fue un vacío. Fue un espejo. Y en ese espejo se ven, se reconocen. Y no les gusta. Por eso nadie se queda.

 

28 de abril de 2026.


miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.

martes, 14 de abril de 2026

AQUEL AÑO

 


No imaginamos lo que vendría.

Confiábamos en los ciclos de la tierra, como quien cree en la respiración del monte. Todo parecía seguir su curso, hasta que la sequía nos cayó encima sin aviso.

Adentro de la casa, las tablas crujían por el calor. En el corral, el olor a polvo y estiércol reseco se metía en la nariz. En los potreros, cada paso quemaba la piel. Hablábamos de las lluvias como quien habla de algo que se aleja. De ese abril seco que nos dejaba la boca áspera, llena de tierra.

Los caballos subían a las colinas jadeando. Los pájaros buscaban los árboles más altos y cantaban como si quisieran sacarle una gota al cielo. Las quebradas se fueron rompiendo en silencio. Los ríos comenzaron a enseñar sus piedras lisas. En los pozos, el agua bajó amarga, con olor a hierro.

Un día el cielo tronó. Bastó eso para que la esperanza nos levantara. Algunos hasta bailaron. Las chicharras salieron del suelo con ese chillido metálico, desesperado. El pájaro gua gritaba desde lo alto, como si también pidiera lo mismo que nosotros: agua.

Pero abril se fue. Mayo llegó y no trajo nada. Lo esperábamos para sembrar, pero la tierra seguía cerrada, dura, como una herida que no sana. En junio, las quebradas ya eran cicatrices. Entre las piedras del río, vimos los peces morir, abriendo las agallas al aire caliente.

Ese día visitamos la finca de José, en la comunidad Carlos Delgado. Nos estaba esperando. Estaba allí, de pie, mirando por largo rato una vaca echada. No se levantó más. Le puso la mano en el lomo, como si todavía respirara. No dijo nada. Solo se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho. Ahí entendí que esto iba en serio.

El ganado se refugiaba bajo cualquier sombra. Comía lo que encontraba: hojas ásperas, monte duro. El pasto Retana había desaparecido. Solo quedaba una maleza gris y ese polvo constante en la boca. La tierra se rajaba como barro seco. Todo se volvía hostil.

El miedo empezó a crecer sin decir nada. Nos mirábamos, pero ya no era igual. Hablábamos, pero no nos escuchábamos. En las capillas encendíamos candelas. El olor a cera y humo se mezclaba con la misma súplica de siempre: que lloviera.

Los niños preguntaban. Por qué se morían las vacas. Por qué se secaban el río y el pozo. Y uno no sabía qué decir. Buscábamos respuestas en los recuerdos, en otros años, en otras sequías. Pero esta era distinta. Entonces empezamos a entender, sin querer decirlo en voz alta, que algo también venía de nosotros. De cómo tumbamos, de cómo quemamos, de cómo olvidamos escuchar la tierra.

Lo perdimos casi todo.

Hasta que, a inicios de agosto, el cielo se abrió. Esta vez sí. El agua cayó fuerte sobre los techos. Los ríos volvieron a sonar. La quebradita despertó. Los potreros se pusieron verdes otra vez. Y nosotros también volvimos a respirar distinto. A sonreír, aunque fuera despacio. El olor a tierra mojada lo llenó todo. Los peces regresaron a moverse en el agua.

Ese año, 1997, sobrevivimos como se puede: con ayuda que vino de varios lados, con lo poco que quedó, con terquedad.

Fueron más de cien días sin lluvia. Demasiadas horas con el miedo metido en el pecho.

Ese año también nos dejó aprendizajes. Aprendimos a cuidar los ríos, los pozos, las quebradas. Empezamos a sembrar árboles en las fincas, a levantar cercas vivas, a preparar la alimentación del ganado. Dejamos de despalar como antes. Hicimos cambios, no por gusto, sino por necesidad. Para estar mejor parados si otro año así volvía.

Y aun así, cada verano, seguimos mirando al cielo, pidiendo que no nos toque de nuevo.

 

 

22 de marzo de 2026.

martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




miércoles, 4 de marzo de 2026

NUEVA GUINEA: 61 AÑOS DESPUÉS

El proceso histórico de Nueva Guinea no puede entenderse sin sus elementos urbanos e infraestructurales, porque cada uno marcó una etapa distinta de desarrollo. 

En la colonización espontanea, el aislamiento era total. No había trocha y cuando la abrieron solo servía en verano. Cuando llegaban las lluvias, el suelo se convertía en lodo. La Camiona, un gancho de un árbol inmenso, duro, con un barandal y piso de madera jalado por un tractor, era prácticamente el único medio para traer provisiones o salir del territorio. Conseguir un cupo era un privilegio. Esa etapa estuvo marcada por la supervivencia y el esfuerzo pionero. 

Con la colonización planificada (PRICA I y II), se estructuraron las colonias bajo un modelo organizado, llegaron maestros y agrónomos del IAN, se construyó La Ciudadela y se consolidó la presencia del Estado. Entre 1966 y 1972 se construyó la pista aérea con trabajo comunitario, y entre 1970 y 1972 la carretera (trocha de macadán) conectó definitivamente a Nueva Guinea con el resto del país. Fue el paso del aislamiento a la integración.

Luego vino la guerra y la ruptura del desarrollo. La pista tuvo uso estratégico, en Los Pintos un Centro Regional de Servicios quedó inconcluso y terminó como base militar. El conflicto armado, sumado al huracán Juana en 1988, dejó una zona profundamente golpeada, en lo sociodemográfico y económico. El casco urbano creció aceleradamente con florecimiento de barrios de plástico.

A partir de los años noventa, con la construcción de la carretera pavimentada a La Curva, comenzó la reactivación. El comercio creció, la ciudad se expandió y Nueva Guinea se volvió un lugar atractivo y productivo. Pero también aparecieron retos como el crecimiento desordenado y la migración de los jóvenes.

En los últimos años se han dado mejoras importantes en los servicios básicos: más y mejores escuelas, ampliación del agua potable, viviendas, alcantarillado sanitario, hospital moderno, centros de salud, espacios culturales, parques y plazas públicas. Apoyo a emprendimientos comerciales y mejora de calles y caminos han sido importantes. Nueva Guinea, con la carretera a Bluefields, se ha transformado en un centro de desarrollo regional de gran importancia en el Caribe Sur. Estos son avances reales que han elevado la calidad de vida de la población y la economía local.

Sin embargo, el reto sigue siendo convertir el crecimiento en desarrollo sostenible. La visión de futuro pasa por generar más y mejores empleos, fortalecer la educación universitaria y técnica, impulsar la agroindustria, el turismo rural y gestionar el territorio con responsabilidad ambiental. Y, sobre todo, integrar la identidad campesina. Nueva Guinea nació del campo, de la tierra y del trabajo agropecuario; esa raíz no puede perderse. Al mismo tiempo, hoy es ciudad, comercio y servicios. Ambas dimensiones, urbano – rural, deben caminar juntas.

El desafío es modernizar sin desarraigar, crecer sin perder identidad, y ofrecer oportunidades para que los jóvenes se queden.

En definitiva, la Camiona simboliza el sacrificio; la pista, la organización; la carretera, la integración; y la ciudad, la transformación. Ahora la tarea es consolidad un desarrollo con identidad propia, buscar el equilibrio entre el campo y la ciudad, y el bienestar real para todos.

 

1 de marzo de 2026

Foto: Plaza parque de Nueva Guinea.