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miércoles, 19 de agosto de 2026

EL MANGOSTÍN EN NUEVA GUINEA

Encontré a Sandra Calero Borge sentada en una mecedora de madera, en el pequeño negocio que funciona en su casa, sobre la calle del bulevar, en una esquina casi frente al estadio donde juegan béisbol y softbol chavalos, mujeres y viejos. Afuera pasaban camiones, carros y motocicletas; por momentos el ruido de los motores se metía en la conversación. A su alrededor se amontonaban baldes, maceteras, utensilios para el hogar y, muy cerca de la mecedora, una estructura con cactus y plantas suculentas que también vende. Después de tantos años vinculada a productores, fincas y cultivos, Sandra sigue rodeada de plantas.

Yo había llegado para preguntarle por una muy distinta.

—Entonces, Sandrita, contame la historia del mangostín en la finca de Auxilio Mundial.

Sandra comenzó por buscar una fecha en la memoria.

Según recuerda, hacia 1997 Auxilio Mundial compró un primer lote de aproximadamente quince manzanas para establecer una finca en Nueva Guinea. La propiedad estaba junto al río El Zapote; siguiendo el recorrido del río hacia el este, quedaba a unos 450 metros al sur, hasta el empalme de El Verdún. La intención era introducir nuevos cultivos tropicales y diversificar la producción.

Por los contactos que tenía entonces el organismo, llegó una donación de semillas procedentes de Australia. En el largo recorrido hasta Nueva Guinea muchas perdieron sus rótulos, de manera que algunas germinaron y crecieron sin que el personal llegara nunca a saber exactamente qué plantas eran. Entre las que sí lograron identificar venía el mangostín. Sandra calcula que recibieron entre cuarenta y cincuenta semillas y que finalmente se estableció una pequeña plantación de unas cuarenta plantas. 

El mangostín no llegó solo. Entre aquellas semillas aparecieron también la pitanga, una pequeña fruta roja y algo ácida; la biribá, de la familia de las anonas; el abiú, parecido a un caimito amarillo, y diferentes variedades de yaca. Algunas de esas especies lograron quedarse en Nueva Guinea. Sandra asegura que todavía hay productores que conservan biribá. Otras plantas crecieron, dieron frutos y pasaron años en la finca sin que nadie lograra determinar con certeza qué eran. 

Aquella finca comenzó a convertirse en una especie de muestrario de frutas tropicales poco conocidas. Con los años, Sandra calcula que allí llegaron a existir alrededor de setenta especies de cultivos. Era un lugar diferente, bien cuidado y diversificado, atravesado por el río El Zapote, que desemboca en La Sardina.

Cuando las primeras plantas de mangostín comenzaron a producir, fueron los propios trabajadores quienes probaron la fruta. Y les gustó.

Sandra recuerda especialmente a Kevin Sanderson, entonces director ejecutivo de Auxilio Mundial, un norteamericano al que describe como un hombre visionario. 

—Él soñaba que Nueva Guinea iba a ser un municipio muy próspero con todos los frutales exóticos, con frutales no tradicionales, frutales de trópico húmedo. 

Aquel entusiasmo llevó a ampliar el cultivo. Se establecieron alrededor de tres manzanas adicionales de mangostín y esta vez las semillas llegaron de una plantación existente en Kukra Hill, municipio de la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur, donde este frutal logró establecerse y todavía se produce. 

Sandra recuerda haber observado diferencias entre aquellos árboles y los procedentes de las semillas australianas: los de Kukra Hill daban, según su memoria, una fruta algo más pequeña; los australianos producían mangostines de mayor tamaño y de un color ligeramente más claro. En ambos casos, dice, la pulpa era dulce y de excelente sabor.

El mangostán, mangostino o mangostín, Garcinia mangostana, es una fruta que llama la atención desde que uno la tiene en las manos. Al madurar, la cáscara toma un color entre rojizo y morado oscuro. Es gruesa y, al abrirla, aparece una pulpa blanca dividida en gajos. 

Sandra recuerda perfectamente el sabor. 

—Es un agridulce que no molesta. Es delicioso. Para mí es una fruta deliciosa. Y agrega algo que escuchaban decir entonces:

 —Dicen que se conoce como el manjar de los dioses.

Por la calle pasa un vehículo y durante unos segundos el ruido cubre parte de nuestra conversación. Sandra espera y continúa.

Cuando la plantación grande comenzó a producir apareció un problema que nadie había previsto: había demasiado mangostín. Para entonces, Auxilio Mundial, que había impulsado la introducción y el establecimiento de aquellos cultivos, había concluido esa etapa de su trabajo. Pueblos en Acción Comunitaria, PAC, dio continuidad al manejo de las plantaciones y las cosechas. Sandra Calero Borge era la responsable de Organización y Capacitación de PAC.

Los trabajadores consumían parte de la fruta y otra se repartía entre el personal, pero la producción seguía aumentando. Sandra recuerda una conversación con Mario Pérez Lejarza, director ejecutivo del PAC.

—¿Qué vamos a hacer con tanto mangostín?

Había que buscar consumidores. Pero antes de venderlo había que conseguir algo más difícil: que la gente supiera qué era aquella fruta morada que casi nadie había visto. Sandra comenzó entonces un proceso de degustación. Las oficinas de Auxilio Mundial y, posteriormente, las de PAC quedaban frente al actual supermercado Palí, en la esquina oeste. Allí colocaban mesas y llevaban sacos de mangostines. Ella acomodaba las frutas mientras veía pasar a la gente por la acera. Algunos reducían el paso. Otros se detenían a mirar.

—¿Qué es eso? 

La pregunta se repetía.

—Venga, pase adelante, pruébelo —les decía Sandra. 

Partían el mangostín, mostraban la pulpa blanca y ofrecían los gajos a quienes aceptaban probarlos. El propósito inicial no era hacer negocio. Era dar a conocer la fruta. Si alguien quería comprar después de probarla, se la vendían a tres córdobas la unidad. Sandra sitúa aquellas primeras jornadas aproximadamente entre 2006 y 2007. 

La gente respondió bien. El sabor hacía buena parte del trabajo. Al año siguiente ya no era necesario explicar demasiado. Muchos de los que habían probado la fruta durante la cosecha anterior regresaban a comprarla. El mangostín comenzaba a dejar de ser una rareza para algunos pobladores de Nueva Guinea.

Le enseño a Sandra una fotografía que tomé en aquellos años. Está detrás de una mesa de madera, frente a las oficinas de PAC. Los mangostines ocupan casi toda la superficie. Algunos están completamente morados; otros conservan tonos rojizos y las coronas verdes resaltan sobre la cáscara oscura. Sandra sostiene dos frutas en las manos. Aquella era una de las jornadas en que vendía y daba a degustar mangostines a quienes caminaban por la acera frente al Palí. La fotografía conserva algo que las cifras no pueden contar: la abundancia de la cosecha y la curiosidad que despertaba aquella fruta.

Sandra Calero mostrando el mangostín.

La experiencia también salió de Nueva Guinea. Cada año participaban en la Expo APEN y llevaban mangostines al estand. Los colocaban en canastos, los ofrecían para degustación y también vendían algunos. Los visitantes habituales terminaron por reconocer el producto. Sandra recuerda incluso a una dirigente de APEN que, apenas llegaba, pedía que le apartaran sus mangostines. Pero la comercialización no pasó mucho más allá. Con otros productos tuvieron mayor éxito. El rambután, por ejemplo, consiguió entrar a supermercados. El mangostín quedó principalmente en el mercado local y en aquellas ferias donde lo daban a conocer. 

—Hasta ahí llegamos —resume Sandra. 

En medio de la conversación alguien se detiene frente al negocio. Pregunta dónde quedan las oficinas de Migración. La historia del mangostín queda suspendida por unos instantes. Entre Sandra y yo tratamos de explicarle el camino: que siga por allí, que doble, que busque unas edificaciones que se alcanzan a ver más adelante. El hombre escucha, agradece y se va. Poco después otra motocicleta cruza por la calle.

Volvemos a la finca. Hablar de aquella plantación lleva inevitablemente a hablar de una época de Nueva Guinea.

Auxilio Mundial había llegado al municipio en 1992, en los primeros años posteriores a la guerra. Sandra recuerda que uno de sus propósitos era apoyar la reinserción de familias campesinas y recuperar unidades productivas que habían quedado abandonadas o afectadas por el conflicto. Hubo programas de alimento por trabajo y después proyectos de producción, crédito y diversificación de las fincas.

Sandra menciona también a PRODES, PASOC, la Cooperación Italiana PRA-DC y Ayuda en Acción, organismos y proyectos que trabajaron durante aquellos años en agricultura, agua potable y saneamiento ambiental, educación y organización comunitaria. Recuerda viajes de varias horas a caballo para visitar comunidades alejadas y encontrarse allá, en medio del campo, con sistemas de agua potable manejados por las propias familias.

También fueron años de preocupación por el medio ambiente. Existía una Comisión Municipal del Medio Ambiente. Se realizaban actividades durante el Día del Árbol, los niños llevaban plantas y se promovía la protección de especies como la ceiba. En el río El Zapote, precisamente en el sector de la finca, se hicieron gestiones para impedir que los vehículos, principalmente camiones, bajaran a lavar directamente en el cauce y contaminaran el agua.

—Esa fue una etapa maravillosa —dice Sandra. No lo dice como quien recita una frase aprendida. Lo dice como alguien que estuvo allí.

Aquellas primeras quince manzanas habían aumentado con los años hasta formar una finca que Sandra calcula en unas 119 manzanas. El río El Zapote la dividía en dos. Allí estaban el mangostín, el borojó, el pulasán, la yaca o jackfruit —la fruta más grande del mundo—, la pitanga, la biribá, el abiú y decenas de especies más. Había cultivos conocidos y otros que parecían haber llegado desde lugares lejanos para probar suerte en las tierras húmedas de Nueva Guinea.

—Bien diversificada —le digo. 

—Bien diversificada. Bien cuidada, bien cuidada.

Repite las últimas palabras. Tal vez porque allí está una parte importante de lo que quiere decir. Pero los proyectos no duran para siempre. Con el paso de los años la organización comenzó a enfrentar dificultades económicas, principalmente por el Movimiento No Pago. Quedó menos personal, disminuyeron las actividades y llegó un momento en que mantener una finca de aquella extensión y diversidad resultaba demasiado costoso. Para 2014 Sandra terminó su trabajo en la organización, después de aproximadamente dieciocho años.

La finca permaneció varios años en venta hasta que finalmente pasó a manos privadas. El uso de la propiedad cambió. Se introdujo ganado y hubo quema y despale en algunas áreas. Buena parte de la diversidad agrícola que había caracterizado la finca dejó de recibir el manejo y los cuidados de los años del proyecto. Sin embargo, la plantación de mangostín no desapareció.

Julio Villachica, vecino colindante con el área donde se establecieron los viveros y, a cierta distancia de allí, la plantación de mangostín, asegura que los árboles todavía permanecen, aunque en condiciones de semiabandono. Ya no reciben el manejo que tuvieron durante los años de Auxilio Mundial y PAC. En época de cosecha, algunas personas entran incluso por las noches a cortar los frutos.

El mangostín sigue produciendo, pero una plantación en esas condiciones difícilmente puede mantener durante mucho tiempo los mismos rendimientos. Estos árboles necesitan limpieza del área, poda sanitaria, nutrición adecuada del suelo, buen manejo del agua y vigilancia de plagas y enfermedades. Sin esos cuidados es previsible que disminuya la producción, algunos árboles pierdan vigor y la plantación se deteriore con los años. Sin embargo, mientras los árboles permanezcan vivos, todavía existe la posibilidad de recuperar el cultivo si vuelve a recibir el manejo que necesita.

El cambio de uso de la finca significó también la pérdida de buena parte de aquella experiencia de diversificación: unas setenta especies de plantas, frutales exóticos, árboles que habían tardado años en crecer, materiales traídos desde Australia, ensayos, cosechas y años de trabajo. Allí, los trabajadores aprendieron a reconocer frutas que nunca habían visto y los productores descubrieron otras posibilidades para las tierras de Nueva Guinea.

Vuelvo a mostrarle la fotografía.

—¿Qué es lo que más te trae a la memoria cuando te ves allí con todos esos mangostines?

Sandra mira la imagen. Habla primero de los años. Dieciocho. Después aparece el pesar. Le duele pensar en el deterioro de un material vegetal que considera tan valioso. Pero reconoce también que ya no existía dinero suficiente para mantener una propiedad de aquella extensión y que manejar la finca resultaba costoso.

Seguimos conversando un poco más. A nuestro alrededor continúa la vida del pequeño negocio. Los baldes y recipientes plásticos ocupan los estantes. Las maceteras esperan comprador. Sobre la estructura metálica junto a Sandra permanecen los pequeños cactus y las suculentas. Afuera siguen pasando carros y motocicletas por el bulevar. Miro nuevamente las plantas. Sandra ya no trabaja en aquella finca y la finca tampoco es la que ella conoció. Sin embargo, las plantas continúan cerca de ella. 

Pienso entonces en aquellas cuarenta o cincuenta semillas que llegaron desde Australia con un cargamento de especies tropicales; en algunas que perdieron hasta el nombre durante el camino; en los primeros árboles de mangostín creciendo en las tierras húmedas de Nueva Guinea; en las semillas que después llegaron desde Kukra Hill; en una mesa frente al Palí cubierta de frutas moradas y en los transeúntes que se detenían por curiosidad.

—¿Qué es eso? 

Y Sandra abría un mangostín. 

La pulpa blanca aparecía bajo la gruesa cáscara morada.

—Venga, pruébelo.

Han pasado los años. La finca cambió, desaparecieron muchos de aquellos cultivos y los árboles de mangostín quedaron sin los cuidados de antes. Pero todavía están allí. Cuando llega el tiempo de cosecha, los frutos vuelven a madurar. 

El mangostín todavía resiste en Nueva Guinea.

 

10, 11  y 12 de agosto de 2026.

Fotografías propias.

lunes, 5 de marzo de 2018

NUEVA GUINEA: FLUJO DE ESPERANZA




Nueva Guinea,

abundancia de árboles, ríos y praderas,

suficiente para sustentar una familia,

como lo probaron los fundadores

y miles que anhelaban un pedazo de tierra.

 

Un lugar donde los Ulwas y los huleros

confiaron en la madera y el agua,

en un juego salvaje y floreciente,

marcado por huellas, cascos, pezuñas y alas.

 

Pradera donde la hierba crece

más alta que un hombre,

nutrida por el calor, el frío, la lluvia y la sequía,

sostenida por raíces de hondura inimaginable.

 

Hoy, vidas y raíces se han alterado;

asentamientos, concentración de tierras,

monocultivo y ganadería nos empujan

hacia el sureste, camino al litoral.

 

El prado del Caribe central fue arado,

sus suelos han dado abundancia,

han nacido colonias, parcelas y fincas

que sostienen miles de familias.

 

Aquí, en los senderos de las fincas,

se tocan historias de vida,

semillas que respiran azul y verde,

que escuchan la música del insecto, la hoja, el pájaro,

el eco del puente sobre el arroyo que fluye y nos une.

 

Nos conecta con el pasado,

donde meditamos inmersos en el flujo de la esperanza,

en la adversidad, la alegría y la tristeza de esta tierra,

donde tantos deambularon y quedaron hechizados al pasar.


5 de marzo
58 aniversario  
Foto propia.



martes, 12 de diciembre de 2017

EN ESTA ÉPOCA ESTOY MEJOR


Juan Pérez me llamó por teléfono. Desde que lo escuché me di cuenta que volvía con sus mentiras. “No te preocupes, es cierto que la cosecha de naranjas estuvo malísima, pero los palitos que tengo están llenos. El domingo voy a cortar para llevarte un saco lleno y hagas tu fresquito mañanero”, dijo.

Al primero que se lo dije fue a Ronald Tadashi, mi nieto. Llamé a Juan Pérez el domingo y me salió diciendo que no estaba en Nueva Guinea, que andaba haciendo unos mandaditos y que no me preocupara; nunca dice dónde se encuentra, aún vive en aquella época cuando conspiraba permanentemente.

A Ronald Tadashi no se le olvidó. Hoy pasó toda la tarde siguiéndome y recordándome las naranjas. “Abuelo, y las naranjas”, decía insistentemente. “Juan Pérez es mentiroso”, le dije. “Pero abuelo, yo quiero naranjas”, seguía diciendo detrás de mí.

“Hombre, te voy a quitar esas ganas”, le dije y llamé a Ronald Jr. “Ronald, vamos a buscar naranjas donde don Pedro Figueroa para que se le quiten las ganas”, le dije y salimos hacia la finca de don Pedro en el jeep Suzuki Samurai.

Al pasar por el banco de material me di cuenta que tenía varios meses de no transitar por ese camino. Hoy se ha convertido en un plantel de maquinaria pesada y se encuentra sobreexplotado, sus laderas se han ensanchado en tres costados, y si no pasara por allí el camino, estoy seguro que el pequeño riachuelo que se cruza al doblar hacia la izquierda en dirección a la finca de don Pedro ya lo hubieran sepultado.

Bajamos despacio para cruzar el río El Zapote. “Papá, papito, por qué no cruzamos por el puente”, dijo Ronald Tadashi. “Quiero cruzar por el puente”, insistía. “Vas a cruzarlo caminando cuando regresemos”, le dijo Ronald. El agua del río se encuentra limpia en esta época del año porque las lluvias han bajado de intensidad y te dan ganas de darte un chapuzón aunque esté helada.

Frente al rancho de palma saludamos a uno de los hijos de don Pedro y nos indicó que se encontraba al lado del corral. Al llegar don Pedro tomaba agua de un galón de plástico. “Que sorpresa”, dijo al verme. Nos saludamos y le presenté a Ronald Tadashi. “El retoño, el segundo retoño”, dijo al darle la mano a Ronald Jr.

“Estoy viendo varios cambios”, le dije. “Venga, sígame que le voy a enseñar la casa que estoy construyendo”, dijo. Es una casa de dos pisos. Entramos por el espacio que será la cocina, pasamos al comedor y, al asomarme por las ventanas, pude observar la majestuosidad de la cordillera de Yolaina porque está construida al borde de una ladera. Todo el verdor del trópico húmedo se aprecia en sus distintas tonalidades. “Desde aquí ve salir el sol”, le dije. “Aquí es la sala, esta será mi oficina y en este lugar, al otro lado de la sala, vamos a tener un área para empacar canela, clavo de olor, café y otros productos. Aquí vamos a tener una habitación y allá arriba vamos a tener más cuartos porque ya me voy a trasladar a vivir a la finca”, dijo. “La sala es grande porque en ella voy a realizar reuniones con otros productores”, agregó y salimos nuevamente por la cocina. “Aquí, en este lado voy a construir un horno al estilo antiguo y también poder ahumar carne y cuajadas”, dijo mostrando el sitio.

Ronald Tadashi volvió con las naranjas. “Y las naranjas”, dijo. “Vamos a ir a buscarlas”, le dijo don Pedro y mostró la ampliación que le está haciendo a la galera donde ordeña las vacas lecheras que posee.

Nos dirigimos en el Suzuki Samurai hacia el área donde posee café robusta combinado con naranjas. Continuamos conversando y estimó que ha cosechado 2000 quintales de café. Noté que los caminos de acceso a los diferentes cultivos se encuentran en buen estado. Al llegar al sitio Ronald Tadashi se impresionó de ver tantas naranjas maduras caídas, picadas por pájaros y comenzó a recogerlas. “Por aquí”, dijo don Pedro y nos adentramos entre los surcos en busca de un árbol con suficientes naranjas para cortarlas. “Tenés que subirte”, le dijo a Ronald Jr. “Es bajito, con las manos las corto”, dijo y comenzó a bajar ramas para cortarlas. En menos de 15 minutos se habían cortado más de 50 naranjas. Ronald Tadashi dijo que quería subirse al árbol y don Pedro lo subió. Terminamos de cortar las naranjas y regresamos al Jeep.

“Don Pedro, le voy a hacer una entrevista, un video, para que explique porqué se encuentra mejor que antes”, le dije.


Luego regresamos juntos a Nueva Guinea. Ronald Tadashi volvió con sus ganas de pasar caminando por el puente pero ya entraba la noche. “Vamos a regresar mañana y nos vamos a bañar en el río”, le dije.

jueves, 4 de septiembre de 2014

DOCE MESES, DOCE CULTIVOS

Mamón Chino
A las tres de la tarde me dirigí hacia la finca La Flor, propiedad de don Pedro Figueroa; la noche anterior había hablado con él por teléfono para encargarle media docena de frutas de pan que me permitirían cumplir con la promesa de enviárselas a amigos que viven en Juigalpa. “¡No te olvidés de los mamones chinos!”, gritó Emilce cuando me vio salir.

El camino está en buen estado, los pastos de corte muestran colores según sus variedades, desde verde vivo hasta lila oscuro. Los árboles de Teca y Acacia se encuentran florecidos y el río El Zapote fluye intenso, reventando entre piedras, formando un remanso que invita a disfrutar sus aguas al cruzarlo para entrar en la propiedad de don Pedro.

Estacioné el jeep donde el camino de todo tiempo termina. Apurando el paso por una imprudente llovizna, caminé entre piedras, ramas y hojas que cubren la tierra. Me acompañó en el trayecto el canto de chocoyos volando en los alrededores, junto al rojo, verde y amarillo de los árboles cargados de mamones chinos.

Frijoles en vaina
Entré en un pasillo evitando la lluvia y noté manojos de frijoles en vaina colgados, secándose en la pared de la cocina. Di las buenas tardes y no hubo respuesta. En la parte posterior saludé a una mujer chela y joven que hacía cuajadas. Un niño chelito se acercó a mi lado con curiosidad y pregunté por don Pedro. “Anda arrancando frijoles”, dijo. ¡Umm, frijoles en septiembre!, pensé. “No debe tardar, ya van a ser las cuatro”, agregó la mujer.

La llovizna terminó y dije que iba a caminar hacia la parte del molino, la más alta de la finca. Encontré a un hijo de don Pedro montando en un caballo, le conté lo del encargo y respondió que iba a garantizarlo. Me indicó hacia donde debía caminar para ver los cultivos de piña y cacao. Hice el recorrido y cuando regresé don Pedro me esperaba. Estreché su mano; la fuerza y rudeza del hombre que trabaja en el campo se manifestó con la alegría dibujada en su rostro. Le pidió dos sillas a uno de sus hijos y nos sentamos a conversar frente a una troja, bajo la sombra de los árboles.

    Estoy recolectando frijoles —dijo.
    ¿Frijoles en septiembre?, es inusual en Nueva Guinea.
     Sí, pero éste es de una variedad que se adapta bien al trópico húmedo.
    ¿Y qué otros cultivos tiene?
    El año tiene doce meses y yo tengo doce cultivos. Es un gran logro, cuando un productor tiene doce cultivos en el año se autofinancia.
    ¿Cuáles son esos doce cultivos que usted tiene?

Se quitó el sombrero, pajizo por la intemperie, y noté su cabello gris contrastando con el color de la tierra impregnada como manchas en su camisa guayabera. Estiró sus piernas y se reacomodó en la silla.

    Tengo ganado menor y ganado mayor, cacao, café, raíces y tubérculos (yuca, quequisque), granos básicos (maíz y frijol), musáceas, piña,  cítricos, pejibaye y frutales, como mamón chino, aguacate y  granadilla.
    Entonces pasa ocupado todo el año, ¿verdad?
    Todo el año hay que trabajar, yo le digo a los productores que estamos retrocediendo 150 a 200 años atrás.
    ¿Y por qué don Pedro?
    Hay una gran pobreza, pero el hombre sólo trabaja medio día y se va a dormir. Se han creado leyes que atrasan la producción. Mis antepasados, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo, ellos se levantaban desde las dos de la madrugada. No compraban el azúcar, el arroz, frijoles, la carne, el jabón, ni las cucharas, ni las tinajas, ni las ollas, todo lo hacían ellos. Ahora todo es descartable, comida, platos, vasos, pañales para niños. Hay un gran vicio, el teléfono celular: el niño más chiquito, usted lo mira que camina con un celular para arriba y para abajo; yo ocupo ese aparato para hacer llamadas y vender mis productos. Eso es parte del gran atraso que tenemos y que nos lleva rumbo a mayor pobreza.

Una nube de chocoyos se posó en los árboles de pejibaye con su canto ensordecedor y la mujer chela se acercó ofreciéndonos con gentileza una taza de café.

   Entonces para usted todo productor debe esforzarse por tener una cosechar al mes. 
   Exacto, esa es mi filosofía. La última cosecha del año que tengo es el café y así llego a autofinanciarme sin tener necesidad de ningún banco. 
   ¿Y en cuánto tiempo llegó a eso? 
  En 28 años de ser destructor, en 20 años de haberme educado y en 20 años de estar al lado del productor animándolo para que maneje su finca como una empresa familiar. En Nueva Guinea, después de 19 años, hemos trabajado sin descanso para cambiar la parte económica pero cuesta demasiado.

Racimos de Pejibaye
Uno de los trabajadores se dirigía hacia el camino y don Pedro le pidió que cargara los sacos que contenían mi encargo: mamones chinos, incontables, y seis frutas de pan. ¿Quiere llevar pejibaye?, dijo don Pedro y caminó hacia un árbol. Al regresar cargaba dos racimos, uno verde y otro rojo, ambos sazones. ¿Puedo llevar estos sacos de frijoles en su jeep?, preguntó y caminamos hasta donde estaba estacionado. Nos despedimos frente a su casa de la ciudad como a las cinco y media de la tarde, al caer el sol.

03/09/14

Nueva Guinea, RAAS.