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miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.

martes, 4 de octubre de 2016

MENDIGOS DE AGUA


“Agua que no has de beber, déjala correr”, es una expresión gráfica.  Imagínense que un día se nos ocurre ir al río El Zapote, el mismo que con sus aguas logra saciar la sed de los que habitamos en el casco urbano de Nueva Guinea, y en la orilla decidimos no beber de él, con ello estamos dejando que el agua siga su curso hasta que llegue a aquellos que sí la necesitan o quieren beber de ella. Sino, lo que haremos es poner obstáculos o impedimentos a que el agua llegue allá donde debe, donde la necesitan.

También “agua que no has de beber, déjala correr” se ha convertido por su uso en un refrán que nos dice que si algo no es de nuestra incumbencia, si no te interesa, si no es de tu responsabilidad, ni te afecta, no debes involucrarte en ello, debes dejar que pase, no debes meterte en medio. Bonito, ¿verdad?, pero como a todos nos incumbe, nos interesa el agua, debemos involucrarnos en la problemática.

Una vez escribí sobre este tema, el de la problemática del agua en Nueva Guinea y, con cifras en manos, señalaba que el 27.1% del agua bombeada se perdía, constituyéndose en un verdadero derroche de agua.

Nuestra ciudad crece sin parar, todo mundo construye a su antojo, pero cada año el caudal del río baja hasta el grado que el agua no sigue su curso y miles de peces mueren atrapados en el dique de contención. Por todas las zonas se amplía el número de usuarios, y cada año padecemos el mal del racionamiento, aglomerándonos en los meses críticos frente a las pilas de agua de ENACAL, transformándonos en mendigos de agua.

Y señoras y señores, apenas estamos en el mes Octubre y ya los funcionarios de ENACAL insinúan que van a racionar el agua. Yo realmente no entiendo, amplían la red de distribución cada año y luego cierran los tanques. ¿Qué sentido tiene? Eso sencillamente nos está mostrando el poder que ellos tienen sobre nosotros, los usuarios, sobre los habitantes de la ciudad. Adoptan la posición del papá que castiga al hijo sin que tenga alguna culpa, le da reprimendas por los errores que él ha cometido y, en medio de su propia crisis, le da un tajonazo en la espalda al chavalo. Ve que lindo, injusticias para los usuarios que hacemos uso racional de ella.

El cuento de que van a hacer nuevos tanques, que los van a subir en unas torres tan altas como el cielo para que a todos nos llegue el agua, que van a hacer un dique de contención en el río de la Sardina, que después vamos a beber agua del Río Plata, son eso, cuentos de agua, y llegara el día en que nuestros nietos y bisnietos visiten el río como aquella vez que no bebimos agua a la orilla de El Zapote, donde hallaran un rótulo entre las piedras del fondo seco que dirá: “De aquí bebíamos agua”, firmado por ENACAL y todos los gobiernos municipales que nunca hicieron nada por resolver de manera responsable la problemática del agua en Nueva Guinea.

Si los ciudadanos de la ciudad de Nueva Guinea seguimos siendo pasivos, si no nos involucramos activamente en la búsqueda de solución al problema del agua, seremos responsables de que nuestros hijos, nietos y bisnietos sufran las consecuencias de ello.

Martes, 4 de octubre de 2016.
Nueva Guinea, RACS.

martes, 9 de junio de 2015

LAS PIPAS DE AGUA DE JUIGALPA (Galvanizadas en la Memoria)




He visto varias carretas cargando una pipa en la que se distribuye agua por las calles de Juigalpa, la misma imagen en diferentes colores. “¿Por qué pintas esa imagen?”, le pregunté a Julio Madrigal al sentarme a su lado, luego de saludar a Carlos Medrano, entre centenares de voces murmurando en la calle, frente a la  casa de familia Guerra Gallardo.

Julio Madrigal me cuenta: "esas pipas eran de mi padre Juan Castilla Tablada, él me dejó una foto que aún conservo y si hago bulla se desbarata. Decidí pintarlas para dar a conocer cómo se distribuía el agua en Juigalpa. Él tenía varias pipas, había una roja, una verde y otra azul, por eso las he pintado en varios colores”.

    ¿Y en diferentes calles?

Las calles de Juigalpa se parecen, sus casas esquineras son grandes, de adobe y teja, con el mismo diseño arquitectónico. Cuando la gente mira el cuadro provoca la discusión entre los juigalpinos: unos dicen que es la esquina de donde fulano, otros de donde zutano, pero realmente la esquina es por donde doña Teresita Pantoja, es decir allá donde vivía Tapa Chiche, la esquina de don Aníbal Cruz. Metían la pipa de retroceso para el lado de donde la Tersa Urbina, allí antes era un guindo y le ponían una cuña. La foto fue tomada en esa esquina, eso me lo comentó Alejandro Castilla, mi hermano, uno de los que va montado. Entonces, como todas las esquinas son parecidas, da la impresión de que se ha paseado por toda la ciudad.

    ¡Esa es una imagen que te quedó grabada desde chavalo!

Así es. Conozco todo el procedimiento, desde el pozo, cómo se parqueaba la pipa, cómo se trasegaba el agua del pozo a la pipa, todo eso me quedó galvanizado en la memoria y le puse alas porque ahora hay pipas en Europa, en Estados Unidos, en Sur América y en Cuba.

    ¿Cómo es que las pintas?

En tela con técnica mixta, la base va curada con cola, los polos de la lona, acrílico especial y luego una mezcla de óleo, es un técnica mixta. He pintado como unas doscientas pipas.

Observo que Carlos Guerra sale de la casa. Me disculpo y camino hacia él esquivando los pies de los estudiantes que están sentados en sillas blancas y han llenado la calle. Nos apretamos las manos, le doy condolencias por la muerte de María Elena y nos abrazamos. Los periodistas lo rodean, me despido y regreso donde Julio.

    Julio, esa pipa también está pintada en el parque de Palo Solo.

Es un mural que fue pintado por Ricardo Gómez. Él fue mi alumno cuando comencé a dar clases de dibujo y pintura en lo que es hoy La Asunción, antes la escuela José Aníbal; allí comenzamos con María Ramos a impartir los primeros talleres a raíz de la Revolución donde acudió Ricardo, un morenito, a dar sus trazos iniciales. Ahora es un gran escultor y pintor nacional que da clases en la Escuela de Bellas Artes. Él la pintó, pero no lleva los detalles que tenían las Pipas de mi papá.

    ¿La pintaste sin pensar que podrían regresar esas condiciones de distribución de agua por el despale, la ganadería extensiva y el cambio climático global?

Cuando uno pinta quiere dar a conocer algo que pasó, porque es una pena que ahora no hay ni una pipa para tenerla en un museo. Aquí en Chontales el oro se trasladaba desde La Libertad a Puerto Díaz en carretas. Don Juan Manuel González, el músico acordeonista, era el jefe de todas las carretas. Ahora no hay ni una carreta y ni una pipa. A lo mejor volvemos a eso porque en algunas comarcas no hay agua, por ejemplo en Piedras Grandes, pero en la ciudad hay las 24 horas del día por un gran proyecto que hicieron los coreanos para abastecernos desde el lago de Nicaragua.

    ¿Sonaban una campana avisando que pasaba la pipa?

No, sólo gritaban “la agua, la agua, última vez que paso”. La gente abría sus puertas, entraban y llenaban el tanque o la pila

    ¿A qué precio vendían el cántaro de agua?

    A quince centavos, ¿verdad, Carlos? —dice Julio preguntandole a Carlos Medrano.
  Veinticinco centavos, era equivalente a una lata —responde Carlos.
    El cántaro era de bronce como esos cantaritos de oro que hacen para pendientes —dice Julio.
    Hay que aclarar una situación —dice Carlos —habían otro dueños de pipas: Agustín Castilla Solís, Pablo Urbina, Antonio Urbina, llamado “Toño Pipero”, y Juan Castilla, el papá de Julio.
    Don Arturo Tablada, mi tío abuelo, mi abuelo se llamaba Nicolás Tablada, le dio a su sobrino, mi papá, dos pipas para que trabajara; fue desarrollando la microempresa y como era rentable los otros se metieron y hasta hicieron un pozo al lado del suyo —explica Julio.

    ¿Por todo eso es que pintas las pipas?

Las llevo galvanizadas en la memoria, como decía Neruda.

Veo el reloj, se hace tarde. Le agradezco a Julio la oportunidad de entrevistarlo. Observo que comienzan a sacar las ofrendas florales de la casa. Me despido y quedamos de vernos en la catedral donde se hará la misa de cuerpo presente de María Elena. Camino hacia la esquina de Palo Solo e imagino en estos tiempos a las pipas abasteciendo de agua a los juigalpinos.

Juigalpa, Chontales.
3/6/2015.

lunes, 23 de abril de 2012

EL DERROCHE DE AGUA EN NUEVA GUINEA

El sistema de agua potable de Nueva Guinea, inaugurado en el año 1993, fue diseñado para abastecer a 1500 usuarios del “casco histórico” de la ciudad. Desde el rio el Zapote, ubicado al suroeste del casco urbano, mediante una represa se capta el agua que es bombeada a la planta de tratamiento y posteriormente a los tanques de almacenamiento para distribuirse por gravedad. Según la filial de ENACAL, durante el año 2011, desde el río se bombearon 1.74 millones de metros cúbicos de agua y 1.25 desde la planta a la red de distribución.

La planta de tratamiento es subutilizada. De diez floculadores cinco funcionan y dos de tres sedimentadores. Por el lavado de ambos se pierden 28,800 metros cúbicos (7,6 millones de galones) anualmente al ser vertidos a una quebrada sin retornar al rio. Esa cantidad equivale al 2.3 por ciento del agua tratada en el año 2011 y, si la restamos del agua bombeada desde el río, existe una diferencia anual de 463, 268 metros cúbicos (122.2 millones de galones) con el agua tratada y bombeada desde la planta, lo que significa que únicamente se distribuye el 72.9 % del agua extraída. La diferencia, el 27.1%, equivale a 3.2 meses de agua bombeada desde el río y 4.5 meses del volumen tratado y distribuido por la planta hacia los tanques de almacenamiento. ¿Qué sucede con esa cantidad de agua? ENACAL debe brindar las respuestas debidas.

De dos tanques de almacenamiento se utiliza uno con capacidad de 250 mil galones y una pila de 150 mil ubicados a 229 metros sobre el nivel del mar (msnm). Una vez llenos, el agua es distribuida a la población por gravedad y se precipita velozmente hacia las zonas bajas (menos de 205 msnm) tales como el sector de “la montañita”, la ultima calle ubicada al sur de las zonas tres, dos, el sector de las cantinas del río El Zapote y ciertos lugares de las zonas uno y cuatro.

En las zonas bajas el agua se derrocha; mantienen llaves abiertas las veinticuatro horas del día y negocian con ella mediante lavaderos de carros, camiones y raíces y tubérculos. Hasta que cierran las llaves y el nivel del agua sube, en horas de la madrugada, los habitantes que viven arriba de los 205 msnm (zonas 5, 6 y 7) logran, si es que les llega, almacenarla en baldes y tanques.

Actualmente se atiende a 4800 usuarios, de los cuales el 30 por ciento no posee medidor que controle su consumo. También existen centenares de familias conectadas ilegalmente a la red de distribución ocasionando altos niveles de desperdicio. Los “tubos madres” del sistema son antiguos y se rompen con facilidad, provocando fugas prolongadas debido a carencia de equipos y herramientas adecuadas para resolver situaciones de emergencia en pocas horas.

El caudal del rio tiende a bajar y para muchos la problemática se debe al cambio climático global. Desde la década de 1990, el río El Zapote ha sido objeto de intervención de varios proyectos para reforestarlo, capacitar a los productores y a la población de la colonia Los Ángeles, ubicada en la zona alta de la cuenca. Los resultados se observan solamente en informes de esos proyectos. ¿Dónde está el impacto de miles de dólares invertidos en la cuenca del río?

Para reducir el derroche del agua y garantizar sostenibilidad, ENACAL debe evitar pérdidas mejorando la gestión del agua extraída del rio, reciclando el agua vertida en la quebrada, regulando la distribución mediante llaves de pase y aplicando el peso de la ley en los usuarios derrochadores. De igual manera, es prioritario que brinde mantenimiento adecuado a la planta, aumente la capacidad de  almacenamiento con nuevos tanques ubicados a mayor altura para abastecer las zonas altas y fortalecerse con medios técnicos para resolver situaciones de emergencia sin suspender por días la distribución.

El gobierno municipal no está exento de responsabilidades y debe coordinar acciones con ENACAL para contribuir a resolver la problemática, aun cuando no le signifique ingresos, porque todos tenemos derecho a un servicio de calidad y sostenible, razón suficiente para que se involucre activamente en el marco de la ley 620, “Ley General de Aguas” y, en conjunto, generen conciencia ciudadana mediante programas de sensibilización sobre el valor del agua.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Viernes, 20 de abril de 2012