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jueves, 25 de junio de 2026

EL MACHO SILVIO, HISTORIA VIVA DE EL BLUFF

 



El hombre del corredor

Lo recuerdo caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui, como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar. Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la gente.

Esa imagen se me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro visitarlo.

Una mañana de domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla. A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con nosotros.

—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.

Lo miro. Está entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina, pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los huesos.

El padre que levantó un puerto

Su padre fue Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.

Silvio no habla de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle, aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.

—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien las cosas.

Entonces lo imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller. Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.

La madre de Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.

Silvio no dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida en la bahía.

El niño del muelle

Creció viendo el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran territorio de aventura.

En las vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío. Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida. Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.

Esa infancia era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.

La casa familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros, fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.

Mientras Silvio describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor, combustible, ganado y banano verde.

En la casa de los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.

Sus amigos eran los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban. Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes había guayabales y anonas.

La luz era poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era espectáculo, promesa y misterio.

De noche jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era fábrica de cuentos.

Silvio estudió primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta, como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En 1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.

El muchacho que aprendió a trabajar

Estudió hasta segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.

En esos años comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles, el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante. Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.

El salto grande llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada, tomarse una foto y jurar por la bandera.

—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.

Después lo llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba, cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus. Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció, aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco como hombre que le huía al riesgo.

Volvió a la pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba camarones y entregaba producto en la Booth.

Familia, revolución y barcos cansados:

Se casó con Sonia Ortiz González en 1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco. Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.

Con su esposa formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la casa.

Cuando triunfó la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo. Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles: escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos. Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.

—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—. Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se fue agotando todo.

La frase queda en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso. Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban amarrados.

—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye pasos que ya no están.

Cuando le pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”, responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse, discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.

Silvio recuerda la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las puertas permanecían abiertas.

—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.

Cuenta una escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le regaló cinco dólares.

Esa escena muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.

El hombre que todavía mira el mar

La conversación salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.

Ahora vive entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.

—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.

En esa risa hay ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields, que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como habitante, no como turista.

También habla de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el hielo, los exámenes del seguro.

Ha sobrevivido a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.

Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:

—Ir a pescar.

La respuesta lo devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.

La mañana avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos, vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí, con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y resistencia para varias generaciones.

El Macho Silvio no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian, la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla, El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.

 

22 y 23 de junio de 2026.


sábado, 21 de febrero de 2026

SEMBRAR PARA QUEDARSE

 


El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.

—Esos fueron los mejores años de mi vida.

Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.

Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.

Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.

Le habían prometido tierra.

—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.

Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.

Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.

Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.

Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.

Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.

Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.

Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.

—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos vinieron por un pedazo de tierra.

El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.

Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:

—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.

No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.

Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.

Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.

Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.

La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.

—Ha sido una gran aventura —dice ahora.

Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.

El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.

Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.

Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.

Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.

 

 

21 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


martes, 19 de diciembre de 2023

UN LUGAR LODOSO CON OLOR A PÓLVORA



La primera vez que escuché hablar de Nueva Guinea fue en el comedor de la casa de mi abuelo, Felipe Álvarez. Cruzaba el patio de la casa de mis padres a la hora del almuerzo, y la abuela Manuela me hacía un lugar al lado del abuelo. Mis tíos, Pablo y Jorge, ocupaban sus sitios en aquella mesa redonda que mi abuela llenaba con suculentos platos, apoyada por varias mujeres que la asistían en las labores domésticas.

Transcurría el año 1970, y la pesca industrial de camarones en el puerto de El Bluff estaba en auge, con la empresa Booth Fisheries Company actuando como eje de su desarrollo. Impulsaba la planta de procesamiento, la flota de barcos, un astillero y la exportación hacia Estados Unidos de Norteamérica, tanto por vía aérea como por mar. Era un auge que irradiaba la economía local, de Bluefields y el país.

Mi abuelo Felipe se desempeñaba como responsable de la bodega de la aduana, y mis tíos trabajaban como funcionarios de agentes aduaneros en un puerto donde atracaban barcos mercantes. Estos abastecían a los establecimientos comerciales de los chinos en Bluefields, además de participar en la misma actividad pesquera. Posteriormente, se llevaban productos de exportación como bananos, ganado, azúcar, madera y otros, principalmente hacia el mercado estadounidense.

—Somoza está ofreciéndole tierra a todos los campesinos para que se trasladen a vivir a Nueva Guinea —dijo tío Pablo.

—Van a despalar esa montaña —dijo el abuelo.

—Ya empezaron —agregó tío Jorge.

—Felipe, ¿Dónde queda ese lugar? —preguntó la abuela Manuela.

—Cerca de las serranías de Yolaina, de Monkey Point en dirección hacia el este —respondió el abuelo.

—Por el río Punta Gorda van a sacar madera, carne de wari y venado, los frijoles que produzcan, plátanos, yuca y quequisque —añadió tío Pablo.

—Vamos a estar bien abastecidos —dijo la abuela con alegría y se sentó a un lado del abuelo.

Esos nombres que escuchaba, Nueva Guinea y Yolaina, eran nuevos para mí, no así Monkey Point y Punta Gorda, porque mi padre, White Bush Hill Bush, era capitán de barcos camaroneros y recorría la mar cercana a la costa, conociendo y hablando de esos lugares. Además, varias familias que habitaban en Punta Gorda, principalmente los McRea, eran amigos de la familia Álvarez. Llegaban con sus botes, hechos de grandes troncos de árboles, llenos de productos que abastecían a los pobladores de El Bluff y Bluefields. No solo trasladaban productos, sino también noticias sobre el estado de las cosas en su región.

Catorce años después, en 1986, visité por primera vez Nueva Guinea por asuntos de trabajo. Era una zona de guerra, con enfrentamientos entre la Contra y el Ejército. En aquel entonces, ninguna persona quería visitar, y mucho menos trabajar en Nueva Guinea. Todos huían de la guerra.

Llovía intensamente, y las calles, siendo de todo tiempo, estaban lodosas, por las que circulaban camiones IFA, Robur y Zil transportando militares. El olor a pólvora impregnaba todo el ambiente. La mejor infraestructura eran cuatro pequeñas cuadras que llamaban "la ciudadela" y en una de sus casa de madera fui alojado.

En aquel momento, la producción del llamado granero de Nicaragua estaba por el suelo, casi nula. Se impulsaba la Reforma Agraria con un proceso de cooperativismo, promoviendo cooperativas de servicios múltiples y cooperativas agrícolas sandinistas, estas últimas tenían las tierras en propiedad común de sus miembros. También se desarrollaban grandes proyectos estratégicos de cacao y caucho.

El ambiente estaba impregnado de la euforia de los primeros años de la revolución, con grandes planes agropecuarios golpeados por la guerra. La primera noche que dormí en Nueva Guinea fue de un solo tirón: escuchaba la cadencia interminable de la lluvia cayendo sobre el techo de zinc y recordé la casa de mis padres en El Bluff.

Seis años después, en 1992, luego de concluida la guerra, regresé nuevamente. Trabajaba para un Programa de Asistencia a Repatriados, financiado por el ACNUR, donde conocí las colonias y varias de sus comarcas, al igual que muchas personas: fundadores, repatriados y desmovilizados de la Contra y del Ejército. En el año 1993 y parte de 1994, trabajé en la alcaldía municipal siendo José Orlando Baquedano (QEPD) su alcalde. Luego, durante 14 años, laboré con la ONG Ayuda en Acción como coordinador.

Desde 1992 hasta la fecha, me encuentro domiciliado en Nueva Guinea, participando activamente para generar cambios y solucionar muchos problemas en su proceso de desarrollo. De igual manera, he logrado conocer a muchos de sus pobladores, a muchos neoguineanos, a los que he entrevistado, escuchado sus historias, recopilado sus vivencias y tengo el privilegio de hacerlos parte de los Sueños del Caribe.

 

Actualizado el 16/12/2023.

Foto: colonos con funcionarios del IAN.

jueves, 6 de julio de 2023

GLOSAS SOBRE EL LIBRO "EL GÉNESIS DE NUEVA GUINEA"

 

En la tarde del 24 de junio del 2023 se presentó en el Restaurante La Colina, ciudad de Nueva Guinea, Región Autónoma de la Costa Caribe Sur nicaragüense, el libro “El Génesis de Nueva Guinea”.

Esta obra es de la autoría de Ronald Hill Álvarez, licenciado en Zootecnia por la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA), destacado en la dirección y gerencia de diversos programas y proyectos como activo profesional y ciudadano radicado desde hace más de 30 años en la localidad a la que con este escrito rinde tributo.

Se trata de un libro de cubierta blanda de papel sulfito emplasticado a todo color en la cual aparece el legendario Cerro Brujo de fondo. Teniendo en la portada el nombre del autor y el título de la obra, y en la contraportada una reseña biográfica del autor firmada por el licenciado Hilario Amador Sánchez.

Y en el interior del texto, además de la dedicatoria y las referencias que hace el autor a los suscriptores de honor y seguidores de su Blog “Sueños del Caribe”, de inmediato aparece una excepcional presentación escrita por el reconocido intelectual y académico Guillermo Rothschuh Villanueva en la cual pone en el acto al lector en el contexto histórico, geográfico y estilístico de la obra.

Luego el autor entra en acción mediante el prefacio para indicar cómo, cuándo y por qué llegó a Nueva Guinea, el pueblo que ahora lo ha inspirado para escribir este libro. Acto seguido el autor muestra al lector una caracterización cultural y sociodemográfica con el epígrafe “Los neoguineanos” que es el gentilicio de la población de la localidad sujeto de este compendio.

Después de estos elementos introductorios el autor divide el libro en tres secciones, denominándolas:

 Una historia reciente”, en la cual, y siguiendo el estilo de la crónica periodística matizada con diálogos que se derivan de entrevistas y encuentros amistosos sostenidos con autores directos de la historia de Nueva Guinea, el autor expone la historia que abarca desde el primer día (1 de marzo de 1965) en que 17 jefes de familia procedentes de distintas partes de Nicaragua entraron a los agrestes parajes donde fundarían una colonia agrícola que luego, desde el 8 de noviembre de 1981 en que se declaró como tal, vendría a ser el más próspero de los 153 municipios de Nicaragua.

Testimonios después de la guerra”, en la que se recoge la expresión oral y vital de quienes fueron víctimas directas del impacto de la guerra sufrida en los 80 (del recién ido siglo XX) en Nueva Guinea y sus alrededores.

Nueva Guinea y su gente” en la que, mediante la crónica, reseñas biográficas, reportes periodísticos y hasta alusiones anecdóticas el autor retrata a la gente de a pie que día con día forja la historia de un pueblo que vibra, vive y siente. Y se pasa así revista sobre personajes que reflejan la vulnerabilidad de la psique humana como fue la dolorosa experiencia de Abraham Sánchez, de la solidaridad sin límite como la manifestada hacia Nueva Guinea por el alemán Sigfrid Erwin Ruthing, el tesón por el trabajo honrado como lo reflejan el colono Efraín Martínez Fonseca, la leñadora doña Jacoba, la horneadora Elisa Martínez, la chef Juanita Betancourt, el diversificador agrícola Pedro Figueroa Cruz, los técnicos en electrónica Daniel Meneses y Martín Palacios, el carretonero Reynaldo Jirón, y los personajes colectivos y anónimos que se retratan bajo los títulos ¡Adiós cuñadito” y “Las lavadoras de raíces y tubérculos”. Se consigna también en esta sección del libro una crónica del que ha sido el único que en Nueva Guinea ha obtenido el premio mayor de la Lotería Nacional de Nicaragua. Y no podía faltar, como para completar el cuadro humano de quienes habitan en esta localidad, el padecimiento a causa de la Diabetes que sufre el otrora ágil beisbolista y creativo ebanista Julio César Amador Henríquez, quien al momento del encuentro con el autor de la obra que comentamos ya había perdido parte de su miembro inferior derecho. 

Así, Ronald Hill Álvarez plasma el desenvolvimiento humano de la gente de esta parte del país en las 153 páginas que conforman su libro “El Génesis de Nueva Guinea”, con un lenguaje libre de rebuscamientos lingüísticos, diáfano e inteligible; apto para lectores avezados, así como para principiantes. Por lo que su lectura es inexcusable tanto para quienes busquen conocer los orígenes de esta parte del Caribe Nicaragüense como para quienes cursan los primeros pasos de la educación formal.

De momento este libro puede hallarse en las principales librerías de Nueva Guinea, y en particular contactándose con Aster Hill al teléfono 8922-5212 quien indica cómo obtenerlo. Adquirirlo no solamente será útil para deleitarse en su lectura, sino para saber hacia dónde va la gente de estos lares partiendo de saber quiénes son, dónde están y de dónde vienen. Y como dice un amigo por ahí: “¡Sea buen nicaragüense, consuma lo que el país produce!”

 

Richard Wilson A.

24/6/23

domingo, 26 de marzo de 2023

EL LITORAL DE LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA

 


La costa frente al mar Caribe de Nicaragua presenta el relieve que ha sufrido los más extensos y rápidos cambios morfológicos. Es un litoral en proceso continuo de emersión, que ha sido expuesto en los últimos milenios a las alternadas transgresiones y recesiones del mar.

El efecto más notable de dicho proceso es la rápida acreción y avance el frente litoral debido a la constante deposición de sedimentos terrígenos acarreados por los ríos hacia el mar. Los materiales son devueltos a la costa por la corriente litoral bajo el empuje de los vientos contrarios.

El volumen de los sedimentos que los ríos nicaragüenses aportan al mar Caribe ha sido estimado entre 25 y 30 millones de metros cúbicos por año, según Owens y Roberts. Esta deposición es causada por la fuerte erosión de las montañas del interior, la abundante lluvia y el notable caudal de los ríos que drenan la vertiente caribe del país. A manera de comparación, en términos de longitud de costa, la plataforma submarina de Nicaragua recibe alrededor de tres veces más agua dulce y quince veces más sedimentos, por descarga de los ríos, que la plataforma atlántica frente a los Estados Unidos.

El volumen de los sedimentos que los ríos nicaragüenses

aportan al mar Caribe ha sido estimado

entre 25 y 30 millones de metros cúbicos por año”.

 

Como consecuencia de los procesos de emersión y acreción se ha formado una serie de barreras arenosas, paralelas a la costa litoral, las cuales interceptan el flujo de los ríos en sus propias desembocaduras obligándolos en algunos casos a formar deltas, (como sucede con el San Juan, Escondido, Prinzapolka y Coco), o explayar las aguas en amplias lagunas costaneras de escasa profundidad, (en Páhara, Karatá, Wounta, Perlas y Bluefields).

 

Posiblemente en épocas pasadas algunos de estos ríos descargaban su contenido directamente en el mar, sin la interposición de barreras o lagunas litorales que en la actualidad bifurcan la corriente o empozan las aguas. Una nueva serie de barreras paralelas comenzó a formarse junto al litoral en emersión, encerrando paulatinamente antiguas bahías y atrapando deltas.


Las barreras progresaron de norte a sur a partir de la boca de los ríos, debido a la descarga de sedimentos y bajo los efectos de los vientos que empujan la corriente costera contra el litoral. Algunas de estas barreras son angostas fajas de arena que se interponen entre las lagunas costeras y el mar. Los nativos las llaman “haulover”, pues siendo bajas y estrechas permiten arrastrar (to haul over) los botes de las lagunas al mar y viceversa.

 

“Algunas de estas barreras son angostas fajas de arena

que se interponen entre las lagunas costeras y el mar.

Los nativos las llaman “haulover, pues siendo

bajas y estrechas permiten arrastrar (to haul over)

los botes de las lagunas al mar y viceversa”.

 

Ocasionalmente —como sucede después del paso de huracanes y tormentas tropicales— ciertos ríos se desbordan y rompen las barreras interpuestas, abriendo una nueva salida al mar. Tal parece fue le caso del río Grande de Matagalpa, que anteriormente desembocaba en la laguna de Perlas y cuyas aguas pasan hoy sobre una antigua barrera sumergida o “barra”. Jeffrey Radley, en su tesis titulada “La Geografía Física de la Costa Este de Nicaragua”, escribe textualmente al respecto: “según parece, por fotos aéreas, el Río Grande fluyó en una época hacia el extremo norte de la Laguna de Perlas, siguiendo un curso al sureste, de modo que cortaba una playa emergida. Dos lagunitas (Srimni y Karaslaya) y un riachuelo en medio de un gran parche aluvial sugieren el antiguo curso”.

 

El Grande de Matagalpa, al parecer, es el único río de la Costa Atlántica que ha logrado abrir una nueva salida directamente al mar en época poscolombina. La hipótesis aquí presentada es reforzada por la escasa acumulación de sedimentos en la actual desembocadura, cuyo volumen no parece corresponder a lo estimado de acuerdo con la extensa cuenca que el río drena.

 

Las medidas realizadas por Diego Porras y la geología descartan al río Grande como el Río del Desastre de Colón. Antes bien, parecen apoyar la opción a favor del río Escondido, situado más al sur. Este último, en efecto, forma uno de los más extensos deltas en la costa caribe de América Central. Sus ramales de abren en abanico desde el lugar llamado False Bluff hasta el actual puerto de El Bluff.


Una alargada barrera arenosa ha evolucionado en los últimos siglos entre ambos sitios y desviado el cause principal del río hacia el sur, de tal modo que el grueso de las aguas entran hoy en la presente laguna de Bluefields. El antiguo islote de El Bluff ha quedado unido a tierra firme por medio de la barrera. Por otra parte, los sedimentos recientes del Escondido han contribuido al alargamiento de Deer Cay, (la isla del Venado), que en la actualidad cierra la laguna mencionada en casi todo su frente hacia el mar.

 

“El antiguo islote de El Bluff ha quedado

unido a tierra firme por medio de la barrera”.

 

La antigua salida del Escondido estaba en proceso de cierre cuando el pirata William Dampier la remontó en 1681 para carenar una tartana: “Tiene en su desembocadura una playa arenosa adecuada para carenar. Su boca es profunda, pero su barra no pueden pasarla barcos de más de 70 toneladas”. En tiempos de Colón —dos siglos antes de Dampier— la entrada del río debió haber sido más expedita, aunque peligrosa por la barra que la guardaba.

 

Las drásticas transformaciones en el litoral del Caribe, aún en el breve lapso de dos siglos, sugieren también que —pensando retrospectivamente— el cabo Gracias a Dios doblado por Colón a principios del siglo XVI debe de encontrarse actualmente a varios kilómetros tierra adentro, sepultado por el aluvión del Coco, el río más largo y uno de los más caudalosos del istmo centroamericano, cuyo delta es un verdadero vértice donde se parten vientos y corrientes.

 

martes, 21 de febrero de 2023

 

Fuentes:

 

- Jaime Incer Barquero: Viajes, Rutas y Encuentros.

- Fuentes varias en Internet.

Foto de Google Earth.


domingo, 25 de septiembre de 2022

LOS NEOGUINEANOS


Neoguineanos son los habitantes de un vasto territorio del trópico húmedo llamado municipio de Nueva Guinea, ubicado en el sureste de Nicaragua. Aproximadamente son más de 80 mil personas las que habitan permanentemente en sus 2,667.46 kilómetros cuadrados de superficie. Su densidad poblacional es de 30 personas por km², inferior en un 41% a la media nacional. Es prácticamente una zona despoblada si la comparamos con otros municipios del país, pero debemos considerar que apenas tiene 57 años de haber sido fundada por 20 intrépidos colonizadores.

Los Neoguineanos tienen el privilegio de vivir en cuatro ámbitos políticos-administrativos: en un caserío, en una comarca, en un distrito y en un municipio, situación bastante peculiar en el país, debido al proceso de colonización que conformó una red de caminos integradora de asentamientos humanos. 

En 1965, con la llegada de los fundadores se inicia un período de colonización espontánea, nómada, y luego planificada (1972-1979) e impulsada por el Instituto Agrario Nacional (IAN) con fondos del BID y asesoría israelí, conformando “la colonia” como asentamiento humano, población concentrada en el ámbito rural, dotada de todos los servicios básicos (salud, educación, energía eléctrica, caminos, viviendas), tierras (50 hectáreas por pareja) y financiamiento para despalar la montaña e incorporarla a la producción agropecuaria.

Los Neoguineanos tienen varios orígenes, por ello son multiculturales. Todos los departamentos del país han influenciado en su conformación y, por lo tanto, en rasgos de su cultura. En su territorio se encuentra el acento norteño, su música y su danza, pero de igual manera, casi totalizadora, la cultura chontaleña, representada en el campisto de las fincas, en los desfiles hípicos, en los montadores y las barreras de toros. 

Los Neoguineanos son trabajadores y honrados. Sus labores son agropecuarias y es la base de su estructura económica. El campo se encuentra lleno de trabajadores —mandadores, jornaleros, ordeñadores, campistos, macheteros, arrancadores de raíces y tubérculos, cortadores de café, de piña, de cacao y otros— que son empleados por pequeños, medianos y grandes productores dispersos en todo el territorio.

Los Neoguineanos son emprendedores. Un gran segmento de su población se dedica a actividades comerciales. El casco urbano es el principal centro de prestación de servicios a la población: financieros, agropecuarios, abarroterías, supermercado, y miles de vendedores aglomerados en pequeños puestos de venta en el mercado municipal y a ambos lados de la calle central de la ciudad.

En las colonias y comarcas se celebran los días de mercado y a ellos acuden miles de comerciantes —se desplazan desde Managua, Masaya y otros departamentos, al igual que los locales— a ofertar sus productos, muchos de los cuales se realizan aún en base al intercambio de mercancías (dame queso y te doy lo que necesitas) donde la confianza entre compradores y vendedores es la base de sus relaciones a mediano y largo plazo.

De igual manera, existen miles de trabajadores por cuenta propia que brindan diversos servicios, tales como abogados, médicos, laboratoristas, barberos, electricistas, fontaneros, albañiles, carpinteros, mecánicos, soldadores, herreros, panaderos, destazadores y carniceros, pasteleras, nacatamaleras, tortilleras, güirileras, fritangueras, esteticistas, empleadas domésticas, vendedores ambulantes chamberos que se ganan el día de diversas maneras.

Los Neoguineanos son alegres y fiesteros. Son los únicos del país que no celebran fiestas patronales, aun cuando San Martín es su patrono, pero cada 5 de marzo conmemoran el aniversario de fundación del municipio, hazaña realizada por 20 campesinos (entre ellos dos mujeres) bajo el liderazgo del reverendo José Miguel Torres Reyes. Para la ocasión, realizan una marcha por las calles de la ciudad y un acto conmemorativo con los fundadores sobrevivientes en el parque central de la ciudad. 

Organizan un desfile de hípicos, una barrera o dos y se aglomeran para ver las montaderas de toros, pero de lo que más disfrutan, hombres y mujeres, es bailar al son de chicheros y en los chinamos hasta el amanecer. En la década de los años 80 y aún en los 90, las mujeres lucían sus mejores galas, vestían maxifaldas con zapatos de tacones altos para asistir a las fiestas y discotecas, mientras que los hombres visten tipo vaquero: botas altas de tacón y/o botas de hule, camisas a cuadros, pantalones jeans, fajas con hebillas grabadas, gorra y/o sombrero. En esta época, los jóvenes de la ciudad visten a la moda “chic”.

Las mujeres Neoguineanas son hermosas, amorosas, formadoras de valores en la familia e integradas a la actividad comercial y productiva. El en campo se integran a labores agrícolas, lo que depende del ciclo de la familia y la necesidad de atención a niños pequeños. Obtienen ingresos en actividades no agrícolas como pequeño comercio, elaboración artesanal de alimentos (queso, cuajadas, cosas de horno) y actividades de patio (crianza de cerdos, gallinas y horticultura). En las ciudades son propietarias, administradoras, empleadas y/o facilitadoras de diversos negocios que prestan sus servicios a la población.

Los Neoguineanos son religiosos, es decir que la fe en Dios, como fuerza sobrenatural, todopoderosa, está presente en todos sus actos. Son cristianos, católicos y evangélicos, pero son estos últimos los que mayor influencia tienen, tanto en la ciudad como en el campo, dedicándose a la formación espiritual. Ambos jugaron un rol importante en las comisiones de Paz que funcionaron de 1984 a 1990 con el fin de terminar con la guerra

Los Neoguineanos son amantes de la libertad, y como concepto amplio, va más allá de lo político: libertad de poseer, libertad de decidir, libertad de producir y vender, libertad de religión y libertad de educar a sus hijos. Son solidarios con su gente a lo interno y extraterritorial con grupos o comunidades de otras regiones, lo que se manifiesta en hablatones para ayudar económicamente y con alimentos. Con los migrantes que transitan rumbo norte manifiestan su solidaridad de manera espontánea.

Los Neoguineanos han sido aguerridos en distintas etapas de su desarrollo. Su vida ha sido de luchas desde el instante que pusieron sus pies en estas tierras, la que llaman “la capital del trópico húmedo”. Sufrieron limitaciones, abandono y extrema pobreza en una montaña inhóspita. La naturaleza los ha golpeado hasta dejarlos en ruinas: huracán, inundaciones y sequías. Han sufrido enfermedades como el cólera, la lepra de montaña y el Covid 19. Se han enfrentado en una guerra de hermanos, entre familias campesinas, unos en la contra y otros en el ejército.

Los Neoguineanos tienen una gran capacidad de resiliencia. En diferentes etapas de sus vidas han enfrentado la adversidad y han sido capaces de adaptarse a ello con resultados positivos. Desde problemas ambientales, económicos (fracaso en diversos cultivos, pérdida de activos productivos, endeudamiento campesino) y sociopolíticos (guerra, contrarreforma agraria) han padecido, pero han logrado reinventarse para comenzar de nuevo, principalmente en la economía agropecuaria y la emigración como alternativa de un futuro mejor para los más jóvenes.

Los Neoguineanos no olvidan su historia, la transmiten a las nuevas generaciones y la reviven cada año. Ante causas comunes buscan como transformar su realidad sobre la base del esfuerzo conjunto entre los habitantes del campo y la ciudad.  

 

24 de septiembre de 2022.
Foto propia: Monumento a los fundadores.

sábado, 9 de octubre de 2021

EL PEÑÓN DE NUEVA GUINEA




Siempre que paso por la calle central le dirijo la mirada. El lugar me evoca momentos de una época difícil que forma parte de la Nueva Guinea de hoy.

Me veo sentado en una mesa del pequeño corredor que da a la acera y a la calle de macadán, una calle lodosa y con baches provocados por la lluvia y el tránsito de camiones y buses. Allí estoy con ellos, mis amigos de otros tiempos, saboreando una taza de café con un pastelito de piña elaborado por manos caseras, en una de las tantas tardes que frecuenté el lugar.

Era un lugar absorbente, con varias mesas distribuidas en un gran salón que siempre estaba impregnado de aromas dulces que fluían de varios escaparates de repostería donde mostraban las delicias de la casa —tortas, pasteles decorados, panes—, complementados por un menú de comidas, plantas ornamentales distribuidas entre las mesas, una pecera con peces multicolores y la atención exquisita de su propietario, don Ramiro Luna (QEPD) y su esposa, auxiliados por varias muchachas agraciadas.

Acudía después de las cuatro de la tarde, pero en ocasiones lo hacía en el descanso de la diez de la mañana. Las charlas con los amigos siempre fueron amenas, propias del entorno de esos tiempos cuando la gente se recuperaba de la guerra, se trabajaba por la paz y la reconciliación entre las familias y entre contras y sandinistas. Charlas excitantes, pasionales, donde siempre afloraba el trabajo por el desarrollo de una Nueva Guinea totalmente deprimida. Tiempos esos en los que las colonias y las comarcas comenzaban a repoblarse con familias que regresaban para comenzar de nuevo, una vez más.

Era la época en que mis calzados obligatorios eran las botas de guardia o las botas de hule porque las calles eran prácticamente un verdadero lodazal y debía usar una chaqueta por el frío provocado por torrenciales lluvias. Las farmacias existentes eran tres, nada más. La calle central no se había adoquinado. La casa comunal era la mejor discoteca y desde los jueves se llenaba a reventar bailando al ritmo de la canción “que traigan los bomberos porque me estoy quemando”. Los bares más frecuentados eran el de la Hilda y el de la Mencha. La única gasolinera existente era la de don Jesús Valle.

Para poder comunicarme fuera de Nueva Guinea, en caso de una urgente necesidad, tenía que acudir a una casita vieja de madera ubicada al lado del edificio de dos pisos de la alcaldía donde funcionaba Telcor y allí te enlazaban con otros lugares del país hasta contactar el número solicitado. Para enviar mensajes a los pobladores de las colonias y comarcas hacía uso de una pequeña radio que funcionaba en el segundo piso de una casa donde hoy funciona el GMG. Las zonas 5 y 6 eran barrios de plástico donde la gente se asentó por la guerra al abandonar sus parcelas y, en ellos, comenzaban a construirse las primeras casas de madera, así como en la llamada “ciudadela” con el apoyo de la cooperación española. No existían sistemas de agua potable confiables, el cólera azotaba en comarcas y colonias, las escuelas estaban literalmente destruidas y los caminos eran intransitables, solamente los camiones IFA de doble tracción los recorrían. La producción agropecuaria prácticamente no existía.

Esa era la Nueva Guinea de esta época en que me encontraba con mis amigos en la soda El Peñón. A veces pasaban por mi oficina exigiendo una pausa y en otras habíamos acordado encontrarnos allí.

Ahora, con el paso del tiempo, estoy nuevamente frente a El Peñón. Me bajo del jeep y con mi teléfono le tomo una foto. Es la misma peña de piedra, pero cuando veo la foto pienso en cada una de las historias de esa época, de los momentos agradables que tuve en ese local que ya no existe, donde han desaparecido mesas y escaparates, los aromas exquisitos han sido sustituidos por otros, olor a mercaderías, a telas, a cajones de basura en la acera y por el gas que escapa de los vehículos que no dejan de circular por la calle ahora adoquinada.

Todo es diferente, pero el Peñón, la piedra, sigue allí, ahora remozada con pintura de color gris. Guardo el teléfono y entro al local donde ahora funciona una distribuidora de diversos productos que lleva su nombre. Voy en busca de unas camisetas de talla S para mis nietas y de paso compro ciruelas, jalea y un vasito de chimichurri. Una muchacha guapa y amable me atiende. Al llegar a la caja, le pregunto a Wilber Luna, sobrino de don Ramiro Luna, sobre la historia del nombre El Peñón.

Don Ramiro vivía en Costa Rica, para allá se había ido por la guerra y logró montar un negocio de bisuterías, vendía agujas, hilos, botones y otras cosas, de todo un poco. Aquí nos pusimos de acuerdo y se acabó la guerra, y él se vino de regreso a Nueva Guinea, estableció el negocio y fue progresando poco a poco en ese ambiente de postguerra.

En Costa Rica tuvo un amigo de origen israelí que tenía un negocio de telas llamado “El Peñón” y por ello, por la buena amistad que tenía con el israelí le puso el nombre al negocio. Pero don Ramiro siempre estaba inquieto con el nombre, algo le hacía falta para completar el negocio, una marca, un emblema, un símbolo, algo que completara el círculo del negocio y, de pronto, con resolución se fue para la Colonia San Antonio y les dijo a unos buenos hombres que le sacaran una hermosa laja del río. Desde San Antonio se trajo la piedra, el peñón, que cerraba el círculo del negocio y su nombre. Y allí enfrente, a un lado de la acera, instaló el gran pedazo de piedra.

Esa es la historia del nombre de la soda El Peñón, ahora lo sé, pero las historias vividas en esos años en que acudía con mis amigos a saborear una taza de café con un pastelito son imborrables. Allí me acompañaban en las mesas del corredor, Pío Martínez, Toño Vargas, Francisco García, Ramiro González, Oscar Sánchez y otros muchos más que ya se han ido y viven en los recuerdos.

Cada tarde lluviosa en El Peñón de ese entonces es una historia distinta, un rato ameno para hablar sobre los planes institucionales, los retos cambiantes, tareas a realizar en búsqueda del actuar conjunto para maximizar los esfuerzos. Pero también, allí sentados, programábamos actividades recreativas que se materializaban en fiestas de traje que más de una casa se prestaba a ello con las que hacíamos un poco más llevadera nuestras vidas nocturnas en la Nueva Guinea de esa época.

Ahora, el edificio de la soda El Peñón de ese entonces, se ha dividido en dos. Uno que es la distribuidora y el otro un negocio de piñatas, flores, cuadros y de todo un poco. Pero frente a ellos, a un lado de la acera, vas a encontrar el Peñón sembrado por don Ramiro Luna, el que ha sido testigo de una parte importante de la historia de Nueva Guinea, resistiendo en la intemperie la inclemencia de los elementos de la naturaleza, como el mismo pueblo que siempre resiste y enfrenta nuevos retos para sobrevivir en una época distinta.

8 de octubre de 2021

Ronald Hill A.


jueves, 30 de septiembre de 2021

NAVÍO BLUEFIELDS HUNDIDO EN LA II GUERRA MUNDIAL

 




El SS Bluefields K-530 (antiguamente llamado Lake Mohonk 1917-1920, Astmacho III 1920-1923, Ormidale 1923-1938 y Júpiter 1938-1941) fue un carguero nicaragüense que estuvo en servicio de 1917 a 1942.

Fue hundido en la Tercera Batalla del Atlántico frente a la costa de los Estados Unidos ante las flotillas de submarinos nazis. Su tripulación sacrificó el navío para salvar a otro barco.

Lanzado como Norwegian Motor I para K. Salvesen de Oslo y siendo solicitado por la US Shipping Board (USSB) y completado en octubre de 1917 como SS Lake Mohonk en 1919 rebautizado como Astmahco III por AstmahcoNueva York. En 1921 es rebautizado como Ormidale para Ormidale SS Corp de Wilmington. En 1927 es vendido a Gravel Motorship Corp de Búfalo y en 1937 a Old Ben Coal Corp de Nueva York. En 1938 es vendido a Honduras y rebautizado como Júpiter y luego rebautizado como Bluefields por Lisardo García en Puerto Cortés.

Entre las 20:20 y las 20:25 horas a. m. del 15 de julio de 1942 el U-boot alemán U-576 disparó cuatro torpedos contra el convoy KS-520. El primero daño lo recibió el USS Chilore y el segundo daño el USS J.A. Mowinckel, el tercero hundió al Bluefields y el cuarto falló al segundo barco. El submarino se perdió después de este ataque. Ambos barcos dañados más tarde se toparon con un campo de minas defensivo de EE. UU., donde Chilore se perdió y J.A. Mowinckel aún más dañado, pero luego fue reparado aunque el Bluefields se hundió sin víctimas, solo el barco, quedando como pérdida total.

El navío en la actualidad está en buenas condiciones exteriormente incluyendo unas cuantas ametralladoras y dos cañones Kenworth aunque se perdió gran parte. El casco de acero de Bluefields parece intacto desde la quilla hasta el nivel de la cubierta principal y hay evidencia de las dos escotillas de bodega de carga, una en la proa y otra en la popa de la caseta central. Los mástiles y las plumas de carga se han caído y están en la cubierta principal. Su lugar de naufragio está a 12 millas náuticas de la costa de Carolina del Sur.




Ubicación: 34 ° 45'43.60 "N, 75 ° 30'17.86" W (34.76211, -75.50496)

Profundidad: 750 pies

Tipo de buque: Carguero

Largo: 250.5 pies Ancho: 43.0 pies

Arqueo bruto: 2,063 Carga: dos carros, radio, bolsas de arpillera vacías y tambores de carburo y aceite

Construcción: 1917, Manitowoc Shipbuilding Co., Wisconsin, EE. UU.

Número de casco: 81 Puerto de matrícula: Nicaragua

Propietario: García A. y Cia. Ltda (Nicaragua)

Detalles de Lloyd's Register: una plataforma, dos motores diesel, doble eje, dos tornillos

Nombres anteriores: Júpiter (García Lizardo, 1938-1941); Ormidale (Gravel Products Co., 1923-1938); Astmacho III (Astmacho Navigation Co., 1920-1923); Lake Mohonk / Motor I (Junta de envío de EE. UU., 1917-1920)

Fecha perdida: 15 de julio de 1942

Hundido por: U-576.

Supervivientes: 24 de 24 sobrevivieron (0 muertos)

Datos recopilados en el sitio: sonda de barrido lateral y multihaz de alta resolución

Importancia: Bluefields y U- 576 son individual y colectivamente importantes para la historia militar estadounidense, la historia marítima y la arqueología histórica. Representan los restos físicos del único campo de batalla naval de la Segunda Guerra Mundial frente a la costa este de los Estados Unidos donde están presentes tanto el agresor como su víctima. Sus restos, ubicados a 1.030 pies de distancia, en 690 a 750 pies de agua, a 30 millas de Cape Hatteras, representan los resultados de la Batalla del Convoy KS- 520, parte de la Batalla del Atlántico frente a la costa estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial.

El SS Bluefields y el U-576 fueron nominados al Registro Nacional de Lugares Históricos en octubre de 2015.

Fuentes varias.

Ronald Hill A.

30 de septiembre de 2021