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jueves, 25 de junio de 2026

EL MACHO SILVIO, HISTORIA VIVA DE EL BLUFF

 



El hombre del corredor

Lo recuerdo caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui, como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar. Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la gente.

Esa imagen se me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro visitarlo.

Una mañana de domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla. A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con nosotros.

—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.

Lo miro. Está entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina, pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los huesos.

El padre que levantó un puerto

Su padre fue Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.

Silvio no habla de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle, aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.

—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien las cosas.

Entonces lo imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller. Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.

La madre de Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.

Silvio no dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida en la bahía.

El niño del muelle

Creció viendo el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran territorio de aventura.

En las vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío. Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida. Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.

Esa infancia era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.

La casa familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros, fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.

Mientras Silvio describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor, combustible, ganado y banano verde.

En la casa de los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.

Sus amigos eran los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban. Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes había guayabales y anonas.

La luz era poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era espectáculo, promesa y misterio.

De noche jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era fábrica de cuentos.

Silvio estudió primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta, como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En 1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.

El muchacho que aprendió a trabajar

Estudió hasta segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.

En esos años comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles, el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante. Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.

El salto grande llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada, tomarse una foto y jurar por la bandera.

—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.

Después lo llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba, cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus. Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció, aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco como hombre que le huía al riesgo.

Volvió a la pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba camarones y entregaba producto en la Booth.

Familia, revolución y barcos cansados:

Se casó con Sonia Ortiz González en 1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco. Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.

Con su esposa formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la casa.

Cuando triunfó la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo. Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles: escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos. Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.

—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—. Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se fue agotando todo.

La frase queda en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso. Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban amarrados.

—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye pasos que ya no están.

Cuando le pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”, responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse, discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.

Silvio recuerda la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las puertas permanecían abiertas.

—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.

Cuenta una escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le regaló cinco dólares.

Esa escena muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.

El hombre que todavía mira el mar

La conversación salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.

Ahora vive entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.

—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.

En esa risa hay ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields, que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como habitante, no como turista.

También habla de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el hielo, los exámenes del seguro.

Ha sobrevivido a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.

Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:

—Ir a pescar.

La respuesta lo devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.

La mañana avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos, vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí, con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y resistencia para varias generaciones.

El Macho Silvio no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian, la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla, El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.

 

22 y 23 de junio de 2026.


viernes, 27 de septiembre de 2019

EL MUELLE DE LOS PESCADORES



Alejandro Arroyo Granizo esperaba al Guerri de cuclillas frente a la casa de Luis Uzcudun. Su espalda descansaba en el cerco de malla y, colocados sobre el andén, la cuerda de nylon enrollada en un pedazo de palo, un tarro con chacalines, un saquito con sus aperos de pesca y una bolsita con panes dulces que había comprado en la ventecita de la Machú y que, desde su posición, miraba de frente.

Allí, Martín, hijo de José Sanles y nieto de la Machú, salía al corredor para correr con panadas de agua a los perros que se aglomeraban frente a la ventana, atraídos por el olor de la carne que colgaba de unos ganchos de hierro y escuchaba los gritos: ¡Elena, Elena, este chavalo no hace caso! Se reía al ver las travesuras del mimado de los Sanles y el corre corre de la Machú detrás del nieto. Escuchó un grito a sus espaldas, ¡joder, joder!, el tirón de la puerta del cerco y vio al renco Luis Uzcudun, así le decían al vasco malhumorado, dar un paso raro, cuasi falso, para tomar el andén. ¡Me cago en la ostia!, ¡busca otro lugar para tus fechorías, anda, anda, vete, vete a la puta madre!, le gritó Uzcudun. Se levantó con el ceño fruncido, se acomodó la gorra, tomó sus cosas y caminó hacia la esquina de Miss Lilian maldiciendo al renco.

Al pasar por la pulpería de Toño Real y doña Carmelita se encontró con Kalilita que salía con una bolsa de compras. ¿Con quién vas?, preguntó Kalilita. Con el Guerri pero ya se retardó, le dijo mostrando el tarro con la carnada. Si querés yo me apunto, voy a dejar esto y llego, dijo Kalilita y caminó apurado hacia su casa mientras se detuvo en la esquina de Miss Lilian.

¿Qué le habrá pasado al Guerri?, se dijo observando hacia todos lados. Desde allí dominaba el trayecto del andén hasta la entrada al segundo piso de la aduana y las gradas del parque de la loma de El Bluff. Abajo, a su derecha, dos guardacostas, el siete y el cinco, estaban atracados en el extremo este del muelle de la aduana donde los guardias tenían su cuartel y con el tiempo pasó a llamarse el muelle de los guardacostas. Más allá, sobre el techo de zinc pintado de rojo y los mástiles de los barcos, navegaban varios pesqueros por el canal en dirección a Pescanica en Schooney Cay. A su espalda sentía el viento marino que le llegaba desde el Tortuguero, escuchaba la música que desprendía la roconola de la cantina de Miss Lilian y el ajetreo de varias parejas que bailaban al ritmo del chachachá haciendo temblar el puente casi colgante de madera que unía la casa con el andén. Bajo el tambo, Míster Herrera, el marido de Miss Lilian, preparaba con paciencia su bote de canaletes y la vela para zarpar hacia la isla de Miss Lilian. Lo festivo de la cantina le dibujó en el rostro una sonrisa de malpensado y le creció aún más cuando vio al Guerri doblar por la cantina de Miss Pet cargando un saquito de bramante en dirección hacia él.

¿Estamos listos?, preguntó despreocupado el Guerri, tratando de identificar a los que bailaban en la cantina.

Desde hace rato te estoy esperando. Kalilita nos va a acompañar, respondió y siguió al Guerri que se adelantó en el descenso.

La bajada hacia el muelle de los pescadores era de tierra roja, se mantenía chirre todo el tiempo por la lluvia y la pendiente, con peldaños hechos por el uso y avanzaban con cuidado de no resbalar bajo un sol de Octubre que calentaba sobre los árboles de Almendra sembrados por doña Juana Angulo frente a su casa. A su derecha vio a la Melá que reparaba una tarraya en las gradas de su casa, un anexo por encima del tambo de la casa de Miss Lilian.

Están picando bastante, en la mañana estuve pescando, le comentó la Melá y notó que el Guerri se perdía a su derecha al doblar la casona del muelle.

Toda su vida había visto esa casona y, como chavalo metido en las pláticas de sus amigos mayores, entre ellos Pinolillo, Chico Brenes, Zamba Larga y el Macho Silvio, escuchó que fue construida por el entusiasmo de unos extranjeros en conjunto con locales para echar a funcionar la primer factoría se mariscos de El Bluff, pero con la llegada de la empresa Casa Cruz en los años 50 el proyecto no prosperó. Por esa razón, aunque nunca se construyó el muelle ni funcionó la empresa, en el puerto todos le llamaban el muelle de los pescadores. Los cimientos de la casona fueron ocupados por diferentes familias que con el tiempo terminaron de construirla poco a poco, cada quien agregando puertas, ventanas, biombos como divisiones internas y parte del techo para hacerla habitable.

Giró por el pasillo del frente de la casona, vio al Guerri de pie en el centro, justo en el borde del murito, un gran corredor de concreto sin techo, donde el oleaje provocado por el viento proveniente de la playa del Tortuguero lo salpicaba.

Pásame la carnada, dijo el Guerri mientras sacaba del saquito su cuerda de nylon, anzuelos de diferentes tamaños y varias barritas de plomo.

Le entregó el tarro, desenrolló una parte de su cuerda, escogió una barrita de plomo y la amarró del extremo de la cuerda y, unas tres cuartas hacia arriba, colocó el anzuelo, un anzuelo mediano propio para atrapar la variedad de peces que predominaban en ese sector de El Bluff: bagres, palometas, roncadores y róbalos.

Escuchó el sonido de la cuerda —jui, jui, jui— que El Guerri hacía girar y girar con la mano derecha por encima de la cabeza para tomar mayor fuerza de impulso y tirarla lo más lejos posible del borde del muelle. Buen lance, se dijo desde el extremo del muelle más cercano al sector de los guardacostas. Hizo su lance y apareció Kalilita cargando un carrete de cuerda negra de nylon, de las que se usaba para hacer redes.

¿Está picando?, preguntó Kalilita y se acomodó en el extremo derecho del muelle.

Es el primer lance que hacemos, respondió El Guerri.

Ustedes son salados, dijo Kalilita al mismo tiempo que tiraba su cuerda.

Sonrió. De reojo los miraba en el borde de la línea del muelle, distantes lo suficiente para que sus cuerdas no se enredaran ni ocurrieran accidentes como los que se daban entre inexpertos, golpes en el cuerpo con el plomo o, peor aún, anzuelos ensartados en los brazos y espaldas. Son prevenidos y duchos a la pesca, pensó al recordar sus andanzas con ellos, desde arponear róbalos iluminados por la luz de las lámparas en las noches de verano bajo el muelle de tablones de la Texaco, cucharear Jacks en una panga de aluminio impulsada por un motor fuera de borda de 9 caballos de fuerza en la barra del puerto y tarrayar con el agua hasta la cintura en la ensenada durante la temporada de chacalines.

El Guerri dio un grito, ¡lo tengo, lo tengo!, que lo sacó de sus pensamientos. Miró la cuerda tensa que se movía en zigzag sobre las olas y la fuerza que hacía con sus brazos al jalarla.

¡Dale cuerda, dale cuerda!, gritó Kalilita.

No hizo caso, jaló y jaló con todas sus fuerza hasta que la cuerda quedó volando al viento, al garete en el oleaje.

¡Se me fue!, gritó El Guerri.

¡Por caballo!, respondió Kalilita.

¡Por querer ser el primero!, le gritó al Guerri. Jaló la cuerda, la enrolló y revisó la carnada mientras el Guerri volvía a colocar pesa y anzuelo a su cuerda.

¡Están salados, ya les dije, están salados!, comentó Kalilita riendo a carcajadas y enrollando la cuerda negra en el carrete para revisar la carnada y volver a lanzarla cerca de la rueda de un barco de vapor que junto a un mástil oxidado yacían en el fondo de la bahía desde antaño pero se dejaban ver con la marea baja o por el reviente de las olas.

¡Cálmate, deja de joder!, ripostó El Guerri con sus ojos gatos furiosos.

Después de hacer su segundo lance los notó calmados, cada quien en lo suyo, guardando silencio a la espera de que picaran los peces. A su izquierda podía observar a los guardias en sus quehaceres: lavando la cubierta de los guardacostas, dándole brillo a los cañones y ametralladoras por el desuso y limpiando el casco de madera para luego volver a pintarlos de un color plomizo. Desde la cocina de la covacha, contiguo a los barcos, escuchaba voces de la tropa que siempre estaba encuartelada limpiando su armamento, haciendo arme y desarme de los fusiles Garand, lustrando sus botas, jugando naipes y dominó, colgados en hamacas o simplemente escuchando radio Atlántico desde la comodidad de sus catres de dos niveles. Desde arriba le llegaban las carcajadas de los danzantes y el traqueteo del piso de madera de la cantina de Miss Lilian y su puente colgante.

En silencio aseguró la cuerda bajo una piedra,  bajó del muelle y caminó hacia la orilla de la bahía; recogió un trozo de tronco de madera de balsa de unas tres cuartas y regresó a su sitio. Tomó una navaja del saquito y comenzó a moldearla con los cortes. Siempre que necesitaba sosegarse hacia lo mismo, cortar la balsa y descubrir, poco a poco, hasta dónde lo llevaban esos cortes guiados por la imaginación, pero atento siempre a la cuerda que sostenía con un lazo en su mano izquierda.

¡Ahora sí, este no se me va!, gritó El Guerri, tirando de la cuerda con velocidad. Mostró con orgullo un hermoso roncador, haciéndole mofas a Kalilita.

Volvió a sonreír cortando la madera, imaginando un velero por la redondez alargada que iba tomando corte tras corte, viruta a viruta: la proa, la popa, la caseta con ventanas a los lados, un mástil, vela mayor, la orza, el timón, la caña de timón, popa, proa, hasta verlo pintado, reluciente, navegándolo en las islas del Caribe, menores y mayores, en un ir y venir interminable. Sintió el alivio de la tarde en su cuerpo y observó el brillo del sol sobre la playa de El Tortuguero y su vegetación, compuesta de mangle rojo, arbustos de icacos y uvas de mar. Arriba, en el cielo y aproximándose al muelle, vio el revoloteo de gaviotas y tijeretas.

¡Pica con fuerza!, ¡es grande!, escuchó gritar a Kalilita que hizo dos tirones para ensartar el anzuelo y la cuerda quedó tensa, sin movimientos bajo el agua y sin ganar un centímetro en sus manos.

¡Está pegada!, ¡te fijas, sos caballo por tirarla cerca de la chatarra!, gritó El Guerri.

¡Nada, nada, sentí el jalón!, respondió Kalilita.

Su cuerda se tensó y dejó de prestarles atención. Tiró a un lado el velero y esperó el siguiente jale con la paciencia que los caracterizaba. El Guerri y Kalilita volvieron a verlo. La línea, la pesa y el anzuelo que había escogido eran los ideales para pescar en el muelle y poder capturar los peces que más picaban. Una mordida más y tiró de manera continua, rápidamente, si resistencia, pero al tenerlo de frente, a unos seis metros del muelle, vio la cuerda moverse en zigzag. Se ha tragado todo el anzuelo, pensó y comenzó a jugarlo. Le dio cuerda, dos, cuatro, seis, ocho metros y cobró de un jalón que hizo con las dos manos. Es grande se dijo al sentir la resistencia. Recogió la cuerda con rapidez ganando todo lo que el largo de sus brazos le permitía y, al tenerlo al pie del muelle, lo levantó con toda su fuerza y lo tiró al piso. Tras los aletazos y colazos de desesperación le quitó el anzuelo y lo calmó de un golpe en la cabeza.

Hermoso róbalo, dijo el Guerri.

Levantó la mirada con una gran sonrisa en el rostro y, más allá del extremo donde se encontraba Kalilita, vio pasar detrás de la casona a míster Herrera que se preparaba para izar vela en su bote de canaletes. Le hizo señas a Kalilita para que lo notara.

¡Míster Herrera, míster Herrera!, ¡por favor despegue mi cuerda!, gritó varias veces Kalilita hasta que el marido de Miss Lilian lo escuchó.

Herrera soltó la vela, la acomodó a lo largo del bote y remó para aproximarse con sumo cuidado al punto donde la rueda del barco de vapor y el mástil reposaban en el fondo de la bahía. Al regresar o salir hacia la isla de Miss Lilian, esos fierros viejos eran sus puntos referentes más importantes para navegar y, para evitarlos, izaba la vela al pasarlos en su viaje de ida y la arriaba cuando se acercaba a ellos de retorno. La corriente y el oleaje le complicaban la maniobra, acercándose despacio, remando para adelantarse, ladeando el bote con el canalete hasta posicionarse lateralmente a la cuerda de Kalilita. Tomó la cuerda, la sacudió con su mano derecha varias veces para despegarla y repentinamente sintió un jalón que le quemó la mano.

¡Dame cuerda, dame cuerda!, gritó míster Herrera.

Kalilita desenrolló lo que más pudo su carrete de cuerda de nylon negro hasta que se le terminó y míster Herrera la aseguró del asiento del bote. Comenzó a jugar con el pez que aún no identificaba dándole cuerda hasta que en un momento la jaló con todas sus fuerzas. Desde el muelle vieron que la cuerda se puso tilinte chorreando agua a lo largo, míster Herrera la soltó y el bote de canaletes comenzó a ser arrastrado por el pez en dirección a la punta del muelle de los guardacostas.

¡Te fijás, te fijás!, ¡no estaba pegada!, gritó Kalilita dando brincos de alegría.

¡Se lo lleva, va de viaje!, respondió El Guerri.

Le indicó a los dos que guardarán las cosas, cuerdas, carnada, sacos, y que siguieran el bote de canaletes de míster Herrera. Kalilita iba adelante, después el Guerri y él atrás. Subieron las gradas de tierra, salieron a la esquina de Miss Lilian velozmente, corrieron hasta las gradas que daban acceso al cuartel de los guardias, llegaron al muelle y desde allí vieron el bote de canaletes de míster Herrera que se desplazaba velozmente a favor de la corriente en dirección a la barra. Corrieron por todo el muelle de la aduana, dando gritos para que los estibadores se dieran cuenta de que Herrera era arrastrado por un pez desconocido y que, por favor, por favor, salgan a rescatarlo porque se lo lleva, se lo lleva a las profundidades del mar.

En el sector del muelle llamado el muelle de las pangas, los pangueros prestaron atención a los gritos de desesperación. Entre el grupo vio a su amigo mayor llamado el Macho Silvio y Kalilita le pidió que por lo que más quiera señor, don Macho, Machito, por la virgencita del Carmen, salga a rescatar a míster Herrera porque lo arrastra un pescado endemoniado, por favor don Macho, sálvelo.

Entre la isla de Miss Lilian y el muelle de los barcos camaroneros de la Booth, el Macho Silvio y otros dos dispuestos a cumplir los ruegos de Kalilita, alcanzaron con una panga el bote de canaletes de míster Herrera y lo arrastraron hasta un pequeño muelle de la ensenada del puerto. Ansioso estaba Kalilita al ver que se acercaban.

¡Algo traen!, dijo El Guerri.

Después de la panga, míster Herrera, ahora dominando el bote, maniobró para atracar. Dentro del bote vieron grandes trozos de pescado.

Era un Mero, un Mero gigante, dijo el Macho Silvio.

¡Te fijás, te fijás!, gritó Kalilita. ¡Yo lo agarré, yo lo agarré!

Debe pesar más de 500 libras, agregó el Macho Silvio.

Kalilita y El Guerri sacaban los trozos del mero entre la sanguaza que casi llenaba el bote de canaletes y él los acomodaba en el pequeño muelle.

Mínimo, tenía más de cuatro metros de largo, dijo Herrera con un machete filoso en sus manos y la ropa ensangrentada. Me costó pero cuando se cansó lo sacamos, agregó.

Le dieron su parte del Mero y zarpó hacia la isla de Miss Lilian al caer el sol en la isla del Venado. El Macho Silvio con sus ayudantes tomaron su parte y dieron la vuelta con el motor rugiendo hacia el muelle de las pangas.

¿Y ahora qué hacemos?, preguntó El Guerri.

Nos dividimos en partes iguales, buscamos en que llevarnos el Mero y regresamos por nuestras cosas, dijo Alejandro Arroyo Granizo.

Los tres se miraron en silencio, se carcajearon y chocaron las manos. En el trayecto por el andén la gente salía de sus casas para curiosear qué era la carga que llevaban sobre los hombros, incrédulos de que en el muelle de los pescadores atraparan semejante Mero.

27/9/19