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jueves, 12 de marzo de 2026

CAYMAN ROCK

 



La competencia de pesca de Mayo Ya es esperada cada año por aficionados y turistas. Nosotros tres —Rafael, Joaquín y yo— también nos anotamos en el torneo, con nuestras cañas, anzuelos, engañadores, carnada y la esperanza de que el mar ese día estuviera de nuestro lado.

Aquella mañana abordamos una panga y navegamos hacia Rama Cay. El oleaje estaba tranquilo. Bandadas de pájaros nos sobrevolaban nerviosos, como si supieran algo que nosotros aún ignorábamos. El sol resplandecía sobre la inmensa piel de la bahía de Bluefields.

Pero el tiempo manda. Pasaron tres horas tirando líneas por aquí y por allá, y nada picaba.

—Nada hacemos aquí —dijo Rafael.

—Es tiempo de movernos —agregó Joaquín.

Así que salimos de la bahía rumbo a Cayman Rock. El aire olía a sal vieja y a sargazo calentado por el sol. La panga avanzaba con el motor ronco, mascando el agua verde de la bahía.

Dicen que en Cayman Rock, aun cuando los peces hayan desaparecido del mar, siempre queda alguno esperando el anzuelo.

Al salir por la barra de El Bluff, con la loma del faro a nuestra izquierda, vimos avanzar el viento sobre el agua. Venía como una sombra oscura corriendo sobre el espejo del mar.

—No se preocupen, siempre ocurre —dijo El Macho, el panguero.

Nos quedamos sentados esperando que pasara.

—Se acerca, mirá cómo levanta el agua —dijo Rafael, con un poco de temor.

Nos aferramos a la panga y ajustamos los viejos salvavidas.

Entonces llegó.

Sentí el golpe en el pecho. El viento me sacudió la cara y me alborotó el pelo. Una lluvia fina de sal nos pegó en el rostro. El cuerpo se me erizó como cuando una mujer te toca con ganas de quedarse.

Las olas golpeaban el casco de fibra de vidrio, el toldo de lona quería desprenderse y las aves marinas enloquecían. La panga se levantaba, caía y volvía a levantarse sobre el lomo oscuro de las olas. Por un momento parecía que el mar jugaba con nosotros.

Después siguió su rumbo. Entró por la barra cabalgando el oleaje como un caballo del mar, en dirección a la costa de la isla del Venado.

—Qué maravilla —dijo Joaquín—. Nunca había visto algo igual.

El agua cambió de verde a un azul oscuro y profundo cuando doblamos hacia el norte y nos acercamos a Cayman Rock.

—Nunca van a tener mejor pesca que en Cayman Rock —les dije riendo.

Cayman Rock es apenas un lomo de piedra levantado en el mar, a unos once kilómetros de El Bluff y tres kilómetros mar adentro de la línea de playa. No hay árboles ni sombra. Solo roca desnuda golpeada por el viento y la sal.

Allí viven las aves marinas. Llegan en bandadas, llenan la roca con su griterío, hacen sus nidos en las grietas y ponen sus huevos sobre la piedra caliente mientras el mar respira alrededor.

Al atardecer llegó la recompensa. Rafael atrapó y sacó del agua un barracuda enorme. Medía un metro con cincuenta y siete centímetros y pesaba veintinueve libras con ocho décimas. Un pez largo, plateado, con la boca llena de dientes finos como agujas.

Estaba vivo y furioso cuando cayó dentro de la panga. Golpeaba el fondo húmedo con su cuerpo duro, como si el mar no quisiera soltarlo tan fácilmente. Sus ojos redondos y fríos miraban todavía hacia el agua, como si en cualquier momento fuera a regresar a su reino.

—Cayman Rock —repetía Rafael con orgullo—. Fue en Cayman Rock.

Joaquín y yo reíamos mientras a Rafael le entregaban el premio del primer lugar en la categoría Barracuda. El sol ya se hundía entre los cayos de la bahía de Bluefields y en el muelle se había juntado un grupo de pescadores y curiosos comentando el tamaño del pescado. 

Sobre el piso de concreto del muelle, el barracuda brillaba bajo la última luz de la tarde. Su piel plateada se reflejaba como una lámina de metal recién salida del mar.

Y allá, mar adentro, Cayman Rock volvía a quedarse solo, cuidado por el viento, las aves y la noche que caía sobre el Caribe, mientras que en la ciudad se oía el ritmo alegre que ameniza las comparsas en Mayo Ya.

  

Marzo 2026.

Foto: Cortesía de Rafael Alvarez.



domingo, 8 de febrero de 2026

POSTALES

 



Son postales que veo en el teléfono.

Fotos en su estado.

Paisajes majestuosos:

el mar,

las rocas,

las olas,

el sol cayendo al final de día.

 

Sé que va solo por esos lugares.

Va con su caña de pescar al hombro,

como si necesitara cargar algo

para no desmoronarse

ante el silencio.

 

Lleva gafas oscuras.

No por el sol,

sino para esconder el dolor

que le tiembla en la mirada.

 

Camiseta manga larga,

para que el sol no lo queme,

aunque por dentro

la soledad hierva

sin escape.

 

Cuando veo esas postales

me golpean el alma

como el mar reventando contra las rocas.

Una y otra vez.

Sin aviso.

 

Por bellas que sean,

mi corazón se encoge.

Algo se clava

y sangra por dentro.

Eso duele.

 

Y aun así,

siempre estoy pendiente.

Las miro.

Vuelvo a mirarlas.

 

El mar azul,

los veleros,

los engañadores que utiliza,

los peces que ha pescado

y cuyos nombres escribe

como si al hacerlo

no estuviera tan solo.

 

Escucho sin oír.

No escucho el rumor del mar

ni los latidos

de su corazón aislado.

 

Pero yo sé

—y eso es lo que más duele—

que va allí

a matar el tiempo,

a lanzar la caña,

no al mar,

sino a su propia soledad.

 

En esas imágenes no hay queja.

Todo parece bello,

acogedor,

en calma.

 

Pero aun así,

cada vez que veo sus postales,

me traslado a su lado.

 

Camino con él,

entre sal y viento,

miro el mismo horizonte,

respiro el mismo silencio.

 

Y entonces lo entiendo:

de ahí no nace solo el dolor.

De esa soledad surge su fuerza,

una fuerza callada,

hecha de resistencia

y de tiempo.

 

La paz no llega como premio,

llega como aprendizaje.

 

Y en medio del mar abierto,

no huye de sí mismo:

se encuentra.

 

  

7 de febrero de 2025.

Foto: Ronald Jr.


lunes, 11 de diciembre de 2023

EL PESCADOR

 



El pescador, con ilusión en el pecho,

deja a su amor en tierna despedida,

hacia el muelle camina, sueños en su barco estrecho.


Maniobra en el muelle, la barca en su partida,

levanta cuerdas, manos curtidas por la sal y el viento,

navega hacia la mar, su alma entera va rendida.

 

En la barra, el ancla cae con un lento movimiento,

entre la laguna y el mar, su espera se hace eterna,

enciende un cigarrillo, suspira, está contento.

 

La cuerda en el agua busca un buen pargo que gobierne,

las piedras y los arrecifes llenos de vida marina,

piensa en su futuro, en su joven esposa y su vientre.

 

El cordel corre y salta, como en danza cautiva,

jala y jala, en un juego de placer y de paciencia,

el peso alerta sus sentidos, la lucha es atractiva.

 

La gran presa llega con resistencia,

un mero majestuoso, castaño y rojizo.

Suspira, el pescador siente su recompensa.

 

En el barco, el mero aleteando halla su nuevo lecho,

regresa a casa con pargos y el gran trofeo,

cae la tarde; en sus brazos, su amor, su anhelo.

 

8/12/2023

Foto propia: Internet.

domingo, 11 de diciembre de 2022

AL OTRO LADO DEL PUENTE

 


La brisa provenía del noreste y las olas rompían en las rocas de la costa. El camino de grava se inundaba, los baches crecían hasta rebalsarse y luego se vaciaban en la playa. Desde el puente de madera se miraba que el horizonte se teñía de nubes grises, los árboles del manglar se estremecían y las olas de la laguna buscaban la bahía.

Acostado en los tablones del puente, con las manos al aire, sostenía una fina cuerda de nylon que hacía girar con un diminuto anzuelo en el extremo. De frente, donde las aguas se mezclan, observaba el faro que previene a las embarcaciones de el arrecife y, más allá, en poniente, la silueta de los Cayos. Abajo, el anzuelo giraba sobre un cardumen de sardinas plateadas que capturaba para utilizarlas de carnada en la pesca que haría por la tarde en el muelle municipal.

La técnica la había adquirido poco a poco. Era sencillo, pero requería de mucha práctica: estar atento al mordisco de las sardinas y jalar velozmente la cuerda al sentirlo. La sardina que picaba no se podía ver entre tantas que giraban en sincronía como si se tratara de un único organismo, pero al jalarla salía del agua destellando el color plateado de su cuerpo y sus ojos me miraban fijamente a pesar de los giros que daba hasta caer en los tablones. Sus agallas palpitaban desesperadamente y daba coletazos laterales hasta que la tomaba de la cabeza, le quitaba el anzuelo y la tiraba en un pote viejo.

Un cayuco entró en la laguna, pasó debajo del puente y el cardumen desapareció. Luego volvía la calma y nuevamente las sardinas. Atrapaba una y otra, hasta que repentinamente comenzó a llover. La brisa del noreste se tornó en una lluvia copiosa, intensa, con truenos y relámpagos, y corrí a guarecerme en una casa de madera ubicada al otro lado del puente. Allí, en el corredor, escampé la lluvia que duró más de media hora.

Mientras miraba como el viento zarandeaba los árboles de las casas del frente, en el otro extremo del camino de grava, escuché un grito: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, proveniente del fondo del patio de la casa en que me guarecía.

Dejó de llover y con cuerda y carnada caminé entre los charcos de la grava hacia el lado del que provenía la voz. Entre los arboles vi una caseta de madera similar a una letrina, pero estaba cerrada con una cadena y un candado y en la parte superior tenía una ventanilla. De allí provenía la voz y la escuché más fuerte, más desesperada: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, y me dispuse a asomarme cuando un hombre gritó desde el fondo de la casa, desde una ventana de la cocina, diciendo que me largara de su propiedad, que dejara de andar husmeando en casas ajenas. Y corrí, corrí con miedo hacia el puente, lo subí y seguí corriendo con temor hasta que logré calmarme.

Después de pescar unos peces finos, plateados y chatos llamados Pez de Plata me dirigí a la casa. Abuela los preparó fritos con tajadas de plátano. Luego de la cena me acerqué al abuelo que se mecía en su silla.

“Abuelo, hoy escuché a un hombre gritar”, dije.

“Los hombres siempre gritan”, respondió.

“Este hombre era diferente, abuelo, era distinto”.

“Dígame que tenía de distinto, aquí hay hombres altos y bajos, blancos y negros, que tan distinto era”.

“Abuelo, gritaba desesperado. Lo tenían encerrado en una caseta de madera”.

“Usted logró ver a ese hombre”

“No, otro hombre se asomó por una ventana y dijo que me largara de su propiedad”.

“¿Dónde estaba ese hombre?”.

“En una casa, al otro lado del puente”.

“¿Usted qué hacía allí?”

“Nada, solamente me refugié en la casa por la lluvia y escuché los gritos”.

Abuelo se ladeo y miró hacia la calle en dirección al camino, comprobó que anochecía y volvió a mecerse. La abuela entró a la sala con una lámpara de querosín y la colocó sobre una mesa.

“Está enfermo, padece de demencia o locura, y por ello lo mantienen encerrado. Antes, a ese hombre y otros muchos como él, al igual que a las mujeres, los encadenaban para que no se escaparan a las calles, pero ahora los encierran en ese tipo de celda”, dijo.

“El hombre gritaba: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!”.

“También tienen sentimientos. Los encierran porque hay gente que les teme, hay otros hombres que los golpean y jóvenes maleducados les tiran piedras. Los familiares no quieren que les hagan daño”.

“Se hace noche”, dijo la abuela.

“Jovencito, es hora de dormir”, dijo el abuelo.

Di las buenas noches. Poco tiempo después llovió a cántaros y el viento sacudía las ramas de los árboles de mango, aguacate, mamones y pera de agua que poblaban el patio. Me quedé dormido pensando en la locura, en que un día podría amanecer con esa enfermedad y sentí mucho temor de encontrarme encerrado.

Al día siguiente, por la tarde, me dirigí al otro lado del puente y me acerqué con cautela a la caseta del hombre encerrado. Percibió mi presencia y comenzó a gritar de la misma manera, con desesperación. Desde las rejillas de madera tiré caramelos y galletas y me alejé corriendo. A varios metros de distancia, al salir al camino de grava, ya no gritaba.

Esa noche no llovió y salió la luna. Acostado pensaba en el hombre que mantenían encerrado, en los rayos de luna que entraban por la rejilla de madera iluminándole el rostro. Lo imaginaba tranquilo, en paz, sin dar gritos desesperados porque su madre abría la caseta y lo acurrucaba como a un niño.

10 de diciembre de 2022.

Foto Propia.

domingo, 28 de agosto de 2022

EL CAPITÁN

 

Desde la ventana del segundo piso de la casa,  observaba los barcos que entraban por la barra. Era una mañana lluviosa con fuertes vientos que azotaban desde el noreste. La capitanía del puerto había dado aviso a la flota pesquera para que se refugiara debido a la tormenta que se avecinaba.

Las ramas del inmenso árbol de laurel, cercano a la casa, eran sacudidas por rachas de viento y los cables que sostenían la antena de televisión rechinaban contra el tubo como si intentaran liberarse.

Antes del mediodía, los primeros barcos comenzaron a aparecer. Se notaba claramente el mástil y las plumas, luego la caseta, moviéndose de lado a lado, de babor a estribor. Desaparecían de la vista por unos segundos, únicamente quedaba una estela de espumas, bajaban a los pies y subían a la cresta de las olas, avanzando en la mar agitada por el viento en su contra hasta que cruzaban la barra. Minutos después, aparecía otro barco, y así, poco a poco, la flota completa entraba a la bahía, pasando al lado del casco hundido del Jamaica y asegurando las amarras en el muelle de los barcos pesqueros.

Ese año fue de buena faena y el progreso se notaba en el puerto de El Bluff.

El muelle fue ampliado en sus costados con postes y tablones nuevos, impregnados totalmente de un material oscuro que los volvía inmune a lo salobre del mar y a la vida marina que se adhería a ellos. Los trabajadores de la empresa que vivían en Bluefields, estrenaron un nuevo barco de transporte, mucho más cómodo y más veloz en atravesar la bahía. El trencito de la alegría dejó sus labores y fue reemplazado por modernos camiones de transporte que movían la carga entre el muelle y las instalaciones de la empresa. Se inauguró un astillero que le brindaba mantenimiento a los barcos de la empresa y a particulares. La red eléctrica domiciliar del puerto se amplió a todas las viviendas, fuesen o no de empleados de la empresa y, por todos lados, se construían casas y florecían cantinas. El empleo era casi pleno, tanto en el mar como en el puerto; los trabajadores por cuenta propia eran contratados en sus diferentes quehaceres y una gran parte de los empleados de la empresa Booth eran mujeres, principalmente en la línea de producción.

El capitán entró a la casa, gritaba de alegría llamando a sus hijos y los niños corrieron a su encuentro. Los levantó, les dio abrazos y besos. Su barba tupida de varios días hacia cosquillas en sus mejillas. A los dos varones los bajó de sus brazos, pero a su hija, mi muñeca le decía, la sostuvo en brazos aún después de besar a su bella esposa. Era una familia joven, ellos dos y sus tres hijos, y vivían en la casa de dos pisos que para ellos había construido.

Aun cuando la tormenta desapareció en la noche, los barcos no zarparon al día siguiente. Descargaron la captura de los días que habían faenado y así, poco a poco, volvían a la mar.

El capitán iba por las mañanas al barco, revisaba el cuarto de máquinas, la descarga de camarones, el abastecimiento de combustible y hielo, y viajaba a Bluefields a realizar el pedido de las provisiones en el almacén de William Woo, el hombre más adinerado de la ciudad en esa época. El Sr. Woo lo atendía con esmero —sí capitán Hill, no se preocupe, usted tiene su pedido asegurado, decía con su acento chino—, y al día siguiente lo enviaba en botes pos pos hasta el barco camaronero.

Mientras tanto, visitaba a sus amigos y los mejores restaurantes de la ciudad, el Chez Marcel, el Galaxy y otros de esa época. El hombre de mar necesita divertirse lo más que pueda mientras se encuentra en tierra, decía y cumplía ese aforismo heredado de sus familiares marinos.

Al capitán también le gustaba compartir su tiempo en tierra con la familia y sus amistades. Por ello organizaba viajes a las lagunas de El Bluff en su jeep Land Rover. Preparaba el mejor rondón de caracoles en la playa porque era un gran cocinero; llevaba todo los ingredientes necesarios y la leche de coco lista para verterla en el perol. Mientras el rondón se cocinaba, servía tragos a sus amigos y sostenían conversaciones alegres, se carcajeaban a lo grande mientras los niños se bañan en la laguna cuidados por sus madres.

Le gustaba cazar. Por las tardes salía con su rifle calibre 22 de mira telescópica en dirección al bosque situado a un lado de la Colonia. Llevaba bananos o cocos secos de cebo y, después de colocarlos en el sitio escogido, se subía a un árbol. Desde allí sonaba un pito que hacía con sus propias manos para atraer la presa. Cuando regresaba a casa, cargaba dos o tres guardatinajas que el mismo cocinaba en un caldillo delicioso.

A él se le señala de haberles puesto indirectamente los nombres a las cantinas de las hermanas Watts, ya que fue él quien les suministró directamente las Roconolas marca AMI. A Miss Pet le instaló la roconola una tarde cuando faltaban 5 minutos para las cuatro en su reloj, y a Miss Lilian, un rato después, cuando faltaban 15 minutos, o sea un cuarto para las cinco.

Cuando comenzó el relajo de las Roconolas con el alto volumen, todos preguntaban con curiosidad de transeúntes por el andén.

—¿Miss Lilian, a qué horas le instalaron la roconola?

—Hill me dijo que faltar un cuarto para las cinco cuando me la poner, respondía la tetónica señora.

 Y luego la misma pregunta a Miss Pet y la consabida respuesta:

—Hill ponérmela cuando faltar cinco para las cuatro, refiriéndose claro está, a la instalación de la roconola, no hay que pensar mal.

Recuerdo que siempre me llevaba a contar las monedas que extraía de las Roconolas y me indicada que las acomodara en ristras de 10 monedas de veinticinco centavos sobre la mesa: me quedaba maravillado al ver tantas monedas juntas y a él contarlas.

Visitaba a sus amigos. Iba a la cantina de Miss Lilian, pero le encantaba la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo. Allí era bienvenido, se encontraba con sus amigos, compartían tragos, reían a carcajadas al escuchar las guayolas de Tapalwás y saludaba a todos los que pasaban por el andén.

Una tarde doña Juana Angulo salió al frente de su casa, después de terminar sus quehaceres del hogar y del horno, y se acercó al lado de un árbol de almendras plantado por ella misma. El capitán la siguió y junto a ella lo fotografiaron para el recuerdo, con la bahía y la línea de vegetación de la playa del El Tortuguero de fondo.

El capitán volvía a casa contento y amoroso. Dormía desde tempranas horas y, acostado en la cama, se le notaba en su pierna derecha la cicatriz redonda causada por un pez espada que se clavo en ella, luego de caer de las redes, aleteando con furia en la cubierta del barco. Al día siguiente se despedía una vez más porque debía regresar a la mar.

En la tarde, desde la ventana, se observaban los barcos que partían desde el muelle, uno tras otro, en busca de la barra. Nuevamente volvían a navegar en el oleaje, ahora calmo, girando a la izquierda después de cruzar el canal, desapareciendo detrás del promontorio sur del puerto donde un plantel moderno fabricaba barcos de fibra de vidrio.

Por las noches, desde la esquina de Miss Lilian se notaban las luces parpadeantes de los barcos que navegaban de sur a norte y viceversa, y daba la impresión de estar frente a una ciudad flotante en movimiento. Desde allí, me imaginaba al capitán Hill, a mi padre, en sus quehaceres, en la cabina timoneando el barco, sus gestos, su voz, hablando en inglés al comunicarse por radio, el seguimiento que hacía en la cubierta cuando se preparaban para lanzar y después levantar las redes, y maniobrar la nave: la forma en que se ganaba los pesos en el mar.

Luego de disfrutar el espectáculo, me despedía de él porque además de mi papá era mi mejor amigo. Le deseaba una buena faena y se lo encomendaba al Señor cuando rezaba con mi madre y mis hermanosVolvíamos a la cotidianeidad, a cruzar la bahía para ir a clases y esperábamos ansiosos su regreso a casa.

Un día como hoy, 28 de agosto de 1999, hace 23 años, falleció en un accidente aéreo y escribí un amigo para siempre. Siempre está presente en mis pensamientos, en mi alma y en mi corazón. 

 

domingo, 28 de agosto de 2022
Foto propia: El Capitán.

martes, 4 de mayo de 2021

EL HIPO DE CAT FISH

 

Cuatro hombres bajaron al capitán Cat Fish del barco camaronero. Alrededor de las once de la mañana atracaron de urgencia en el muelle de la Booth. Lo sacaron del camarote cargándolo en un cubre colchón, como en una hamaca, y entre el tramo del muelle de madera hasta el área de macadán, lo trasladaron en una carretilla de manos. Su rostro, además de las arrugas que le caían sobre su mandíbula inferior saliente, similar a la de Popeye, se mostraba pálido, con un color cuasi amarillo.

“Está bien mal”, dijo el güinchero. “Lleva tres semanas sin comer ni poder dormir por el hipo”, agregó.

¡Hip! … ¡hip! … ¡hip! …. ¡hip! ...  era el sonido que salía de su boca como una erupción volcánica desde sus entrañas. Sus ojos café claros se mostraban adormecidos y miraba a las personas a su alrededor como si hubiera perdido el control de ellos, que juguetones se volteaban en su cuenca, desapareciendo momentáneamente la pupila y el iris, dejándose ver únicamente la esclerótica manchada de color rojizo.

El cuerpo de Cat Fish, un hombre de unos cincuenta años de edad, parecía un saco de carne tirado en la carretilla sin que su estructura ósea y músculos respondieran a su voluntad, al igual que el hipo incesante.

De emergencia llegó al muelle un tractor con un tráiler, lo acostaron sobre un colchón y a toda velocidad fue trasladado al puesto de salud de El Bluff después que Pinolillo, el conductor, lograra disuadir al gentío que se aglomeraba alrededor de la carretilla para que permitieran el paso del gravísimo capitán Cat Fish.

Así, en esas condiciones, llegó al puesto de Salud de El Bluff. Allí lo esperaba Cristina, la enfermera responsable del puesto. Al ver la prisa del tractor y parte de la tripulación del barco que lo acompañaban, las personas que estaban en los alrededores corrieron hacia el puesto por curiosidad, a tal grado que se propagó la noticia de que a Cat Fish lo habían ingresado en estado de gravedad en los alrededores del campo de béisbol y hasta el barrio El Suampo.

Poco a poco fueron llegando conocidos y amigos del capitán, trabajadores de la Booth Fisheries Company, amigos de parrandas interminables y algunas mujeres del Vietnam y El Dragón de Oro que gritaban con lamentación por su querido Cat Fish que no cesaba de hipear.

Cristina le ordeno a los hombres que lo acostaran en una camilla del puesto de salud. Procedió a tomarle los signos vitales y, ante la expectativa de la multitud que se asomaba por la ventana, declaró que estos eran normales, pero presentaba síntomas de decaimiento general por lo que inmediatamente le canalizó la vena cefálica del brazo izquierdo para suministrarle un suero revitalizador.

“Hay que dejarlo descansar”, dijo Cristina y salió a tratar de calmar a la multitud aglomerada.

 “No es nada grave, es un simple hipo”, anunció e inmediatamente el gentío comenzó a gritar sus recetas para el hipo.

“¡Hay que asustarlo!, ¡acérquesele calladita y grite huy!, dijo uno.

“Hay que frotarle la nuca”, se escuchó desde el fondo.

“Dele un trocito de limón”, gritó un hombre.

“Que trague pedazos de hielo”, dijo otro.

“Con un sorbo grande de agua helada se le quita”, grito otro.

“Hay que jalarle la lengua con fuerza”, se escuchó del lado de la ventana.

“Se le quita colgándolo de las manos de un árbol”, dijeron desde el fondo.

“Agárrenlo con fuerzas y apriétenle los huevos”, se escuchó una voz de mujer desde el corredor.

Eran las voces de los pobladores que exponían los remedios caseros para aliviar el hipo y que para ellos funcionaría con el capitán Cat Fish, así que Cristina se decidió a realizarlos, pero para la última recomendación popular solicitó el apoyo de una de las mujeres del Vietnam.

En eso estaban cuando se presentó al puesto de salud "El Diablo", don Roberto Bartlett. Luego de ver el estado de deterioro y escuchar el intenso y prolongado hipeo de su compatriota, salió al corredor, encendió un habano y se quedó pensativo.

“No es nada grave”, dijo El Diablo. “Es un pequeño problema del diafragma. Se le cerró la laringe y por eso tiene hipo. De seguro es por el exceso de ron, pues antes de zarpar tuvo una racha etílica que casi rompe el record que mantiene Victoriano de días bebiendo en El Bluff”, agregó y la multitud se carcajeó casi a gritos.

“Es en serio, no se rían”, dijo Cristina, que estaba a su lado, dándole autoridad médica a las palabras del Diablo que volvió a su habano.

“Ese hipo es frecuente”, dijo Cristina. “Casi todos, un día, vamos a padecer de hipo. La verdad es que nadie sabe cuál es la causa”, agrego mientras desde el interior se escuchaba a Cat Fish hipear.

“Yo leí por algún lado, que hay un record mundial del hipo”, agregó El Diablo, exhalando humo de tabaco. “Sí señores, un granjero del noreste de Iowa, llamado Charles Osborne lo padeció constantemente durante sesenta y siete años. Se inició en 1911, cuando Osborne intentó levantar un cerdo de 160 kilos para matarlo, lo que de alguna manera provocó una respuesta en forma de hipo”.

La gente lo escuchaba con incredulidad, pero atenta y respetuosamente, a tal grado que los gritos se acallaron y solamente se escuchan sus palabras y el hipo de Cat Fish.

“Al principio Osborne hipaba 40 veces por minuto, aunque con el tiempo la cifra se redujo a unas 20. En total, se calcula que hipó 430 millones de veces durante siete décadas, durante las cuales nunca tuvo hipo mientras dormía. Un año antes de morir, el hipo de Osborne cesó de forma repentina y misteriosa”, agregó Bartlett.

“Ya, de una vez, apriétenle los huevos”, volvió a gritar la mujer y el gentío se carcajeo con una algarabía de gritos.

“Voy a contar las veces que hipea por minuto”, dijo Cristina y entró al cuarto donde Cat Fish yacía acostado con el suero revitalizador drenando hacia sus venas y notó que el semblante le había cambiado, pasando del amarillo pálido a un color rojizo en sus pómulos, y que sus ojos volvían a la normalidad. Notó una leve sonrisa entre una pausa del incesante hipo.

“Se va a mejorar”, le dijo Cristina y Cat Fish hizo el intento de levantarse, pero sus fuerzas no le respondían. Mirando su reloj de pulsera comenzó a contar la frecuencia del hipo: uno, cinco, ocho, diez, quince, treinta, treinta y dos. Hipó treinta y dos veces por minuto, dijo Cristina y salió al corredor a anunciar la cifra.

“No es nada bueno”, dijo El Diablo.

 “Está un poco mejor”, dijo Cristina.

 “Déjeme verlo”, agregó el Diablo y siguió a Cristina.

 “Viejo amigo, no estás nada bien”, dijo el Diablo al verlo.

 “Hip … hip … hip …  … muy jodido … hip … hip …”, contestó Cat Fish.

 “Hay que trasladarlo a un hospital”, recomendó Cristina.

 “Al militar de Managua”, dijo el Diablo.

Dos horas después subieron a Cat Fish en una avioneta que la compañía Booth Fisheries de Nicaragua solicitó a Aeronáutica Civil de Managua, acompañado por el güinchero.

Al tercer día de su partida regresó en otro vuelo fletado. La gente se aglomeró a su espera en la pista de aterrizaje. Cuando Cat Fish pisó la escalinata su semblante era otro. Se escucharon gritos de bienvenida y al pisar tierra la gente lo tocaba incrédulos por su mejora.

“Estoy mejor”, dijo Cat Fish. Su cuerpo volvía a ser el de siempre, los cachetes de su quijada de Popeye se mostraban rosados y daba sus grandes pasos con normalidad.

¿Qué le hicieron?, preguntó una voz.

“Ohh”, dijo el güinchero, “le metieron una manguera por la boca para explorarle desde la garganta hasta el intestino grueso y no descubrieron nada, pero cuando vio la imagen de sus tripas en el monitor le dio miedo y, más aún, cuando sintió algo incómodo allá atrás y vio el color blanco de sus calzoncillos. Fue entonces cuando dio un gran suspiro y como por arte de magia se le quitó el hipo”, concluyó el güinchero.

“¿Para eso lo llevaron hasta Managua?, gritó otra voz.

“Un gasto innecesario”, dijo otra.

“Aquí en el Vietnam lo hubieran curado sin gastar un centavo”, dijo otra voz y volvieron a carcajearse en grupo hasta llegar cada uno de ellos a sus casas.

Dos días después Cat Fish volvió a zarpar en una nueva faena de pesca de camarones. Nunca más se volvió a escuchar que padeciera de un ataque de hipo, a pesar de sus noches de bebederas, acompañado con las mujeres del Vietnam y el Dragón de Oro, al menos durante el tiempo que vivió en el puerto de El Bluff.

 

30 de abril de 2021.

viernes, 27 de septiembre de 2019

EL MUELLE DE LOS PESCADORES



Alejandro Arroyo Granizo esperaba al Guerri de cuclillas frente a la casa de Luis Uzcudun. Su espalda descansaba en el cerco de malla y, colocados sobre el andén, la cuerda de nylon enrollada en un pedazo de palo, un tarro con chacalines, un saquito con sus aperos de pesca y una bolsita con panes dulces que había comprado en la ventecita de la Machú y que, desde su posición, miraba de frente.

Allí, Martín, hijo de José Sanles y nieto de la Machú, salía al corredor para correr con panadas de agua a los perros que se aglomeraban frente a la ventana, atraídos por el olor de la carne que colgaba de unos ganchos de hierro y escuchaba los gritos: ¡Elena, Elena, este chavalo no hace caso! Se reía al ver las travesuras del mimado de los Sanles y el corre corre de la Machú detrás del nieto. Escuchó un grito a sus espaldas, ¡joder, joder!, el tirón de la puerta del cerco y vio al renco Luis Uzcudun, así le decían al vasco malhumorado, dar un paso raro, cuasi falso, para tomar el andén. ¡Me cago en la ostia!, ¡busca otro lugar para tus fechorías, anda, anda, vete, vete a la puta madre!, le gritó Uzcudun. Se levantó con el ceño fruncido, se acomodó la gorra, tomó sus cosas y caminó hacia la esquina de Miss Lilian maldiciendo al renco.

Al pasar por la pulpería de Toño Real y doña Carmelita se encontró con Kalilita que salía con una bolsa de compras. ¿Con quién vas?, preguntó Kalilita. Con el Guerri pero ya se retardó, le dijo mostrando el tarro con la carnada. Si querés yo me apunto, voy a dejar esto y llego, dijo Kalilita y caminó apurado hacia su casa mientras se detuvo en la esquina de Miss Lilian.

¿Qué le habrá pasado al Guerri?, se dijo observando hacia todos lados. Desde allí dominaba el trayecto del andén hasta la entrada al segundo piso de la aduana y las gradas del parque de la loma de El Bluff. Abajo, a su derecha, dos guardacostas, el siete y el cinco, estaban atracados en el extremo este del muelle de la aduana donde los guardias tenían su cuartel y con el tiempo pasó a llamarse el muelle de los guardacostas. Más allá, sobre el techo de zinc pintado de rojo y los mástiles de los barcos, navegaban varios pesqueros por el canal en dirección a Pescanica en Schooney Cay. A su espalda sentía el viento marino que le llegaba desde el Tortuguero, escuchaba la música que desprendía la roconola de la cantina de Miss Lilian y el ajetreo de varias parejas que bailaban al ritmo del chachachá haciendo temblar el puente casi colgante de madera que unía la casa con el andén. Bajo el tambo, Míster Herrera, el marido de Miss Lilian, preparaba con paciencia su bote de canaletes y la vela para zarpar hacia la isla de Miss Lilian. Lo festivo de la cantina le dibujó en el rostro una sonrisa de malpensado y le creció aún más cuando vio al Guerri doblar por la cantina de Miss Pet cargando un saquito de bramante en dirección hacia él.

¿Estamos listos?, preguntó despreocupado el Guerri, tratando de identificar a los que bailaban en la cantina.

Desde hace rato te estoy esperando. Kalilita nos va a acompañar, respondió y siguió al Guerri que se adelantó en el descenso.

La bajada hacia el muelle de los pescadores era de tierra roja, se mantenía chirre todo el tiempo por la lluvia y la pendiente, con peldaños hechos por el uso y avanzaban con cuidado de no resbalar bajo un sol de Octubre que calentaba sobre los árboles de Almendra sembrados por doña Juana Angulo frente a su casa. A su derecha vio a la Melá que reparaba una tarraya en las gradas de su casa, un anexo por encima del tambo de la casa de Miss Lilian.

Están picando bastante, en la mañana estuve pescando, le comentó la Melá y notó que el Guerri se perdía a su derecha al doblar la casona del muelle.

Toda su vida había visto esa casona y, como chavalo metido en las pláticas de sus amigos mayores, entre ellos Pinolillo, Chico Brenes, Zamba Larga y el Macho Silvio, escuchó que fue construida por el entusiasmo de unos extranjeros en conjunto con locales para echar a funcionar la primer factoría se mariscos de El Bluff, pero con la llegada de la empresa Casa Cruz en los años 50 el proyecto no prosperó. Por esa razón, aunque nunca se construyó el muelle ni funcionó la empresa, en el puerto todos le llamaban el muelle de los pescadores. Los cimientos de la casona fueron ocupados por diferentes familias que con el tiempo terminaron de construirla poco a poco, cada quien agregando puertas, ventanas, biombos como divisiones internas y parte del techo para hacerla habitable.

Giró por el pasillo del frente de la casona, vio al Guerri de pie en el centro, justo en el borde del murito, un gran corredor de concreto sin techo, donde el oleaje provocado por el viento proveniente de la playa del Tortuguero lo salpicaba.

Pásame la carnada, dijo el Guerri mientras sacaba del saquito su cuerda de nylon, anzuelos de diferentes tamaños y varias barritas de plomo.

Le entregó el tarro, desenrolló una parte de su cuerda, escogió una barrita de plomo y la amarró del extremo de la cuerda y, unas tres cuartas hacia arriba, colocó el anzuelo, un anzuelo mediano propio para atrapar la variedad de peces que predominaban en ese sector de El Bluff: bagres, palometas, roncadores y róbalos.

Escuchó el sonido de la cuerda —jui, jui, jui— que El Guerri hacía girar y girar con la mano derecha por encima de la cabeza para tomar mayor fuerza de impulso y tirarla lo más lejos posible del borde del muelle. Buen lance, se dijo desde el extremo del muelle más cercano al sector de los guardacostas. Hizo su lance y apareció Kalilita cargando un carrete de cuerda negra de nylon, de las que se usaba para hacer redes.

¿Está picando?, preguntó Kalilita y se acomodó en el extremo derecho del muelle.

Es el primer lance que hacemos, respondió El Guerri.

Ustedes son salados, dijo Kalilita al mismo tiempo que tiraba su cuerda.

Sonrió. De reojo los miraba en el borde de la línea del muelle, distantes lo suficiente para que sus cuerdas no se enredaran ni ocurrieran accidentes como los que se daban entre inexpertos, golpes en el cuerpo con el plomo o, peor aún, anzuelos ensartados en los brazos y espaldas. Son prevenidos y duchos a la pesca, pensó al recordar sus andanzas con ellos, desde arponear róbalos iluminados por la luz de las lámparas en las noches de verano bajo el muelle de tablones de la Texaco, cucharear Jacks en una panga de aluminio impulsada por un motor fuera de borda de 9 caballos de fuerza en la barra del puerto y tarrayar con el agua hasta la cintura en la ensenada durante la temporada de chacalines.

El Guerri dio un grito, ¡lo tengo, lo tengo!, que lo sacó de sus pensamientos. Miró la cuerda tensa que se movía en zigzag sobre las olas y la fuerza que hacía con sus brazos al jalarla.

¡Dale cuerda, dale cuerda!, gritó Kalilita.

No hizo caso, jaló y jaló con todas sus fuerza hasta que la cuerda quedó volando al viento, al garete en el oleaje.

¡Se me fue!, gritó El Guerri.

¡Por caballo!, respondió Kalilita.

¡Por querer ser el primero!, le gritó al Guerri. Jaló la cuerda, la enrolló y revisó la carnada mientras el Guerri volvía a colocar pesa y anzuelo a su cuerda.

¡Están salados, ya les dije, están salados!, comentó Kalilita riendo a carcajadas y enrollando la cuerda negra en el carrete para revisar la carnada y volver a lanzarla cerca de la rueda de un barco de vapor que junto a un mástil oxidado yacían en el fondo de la bahía desde antaño pero se dejaban ver con la marea baja o por el reviente de las olas.

¡Cálmate, deja de joder!, ripostó El Guerri con sus ojos gatos furiosos.

Después de hacer su segundo lance los notó calmados, cada quien en lo suyo, guardando silencio a la espera de que picaran los peces. A su izquierda podía observar a los guardias en sus quehaceres: lavando la cubierta de los guardacostas, dándole brillo a los cañones y ametralladoras por el desuso y limpiando el casco de madera para luego volver a pintarlos de un color plomizo. Desde la cocina de la covacha, contiguo a los barcos, escuchaba voces de la tropa que siempre estaba encuartelada limpiando su armamento, haciendo arme y desarme de los fusiles Garand, lustrando sus botas, jugando naipes y dominó, colgados en hamacas o simplemente escuchando radio Atlántico desde la comodidad de sus catres de dos niveles. Desde arriba le llegaban las carcajadas de los danzantes y el traqueteo del piso de madera de la cantina de Miss Lilian y su puente colgante.

En silencio aseguró la cuerda bajo una piedra,  bajó del muelle y caminó hacia la orilla de la bahía; recogió un trozo de tronco de madera de balsa de unas tres cuartas y regresó a su sitio. Tomó una navaja del saquito y comenzó a moldearla con los cortes. Siempre que necesitaba sosegarse hacia lo mismo, cortar la balsa y descubrir, poco a poco, hasta dónde lo llevaban esos cortes guiados por la imaginación, pero atento siempre a la cuerda que sostenía con un lazo en su mano izquierda.

¡Ahora sí, este no se me va!, gritó El Guerri, tirando de la cuerda con velocidad. Mostró con orgullo un hermoso roncador, haciéndole mofas a Kalilita.

Volvió a sonreír cortando la madera, imaginando un velero por la redondez alargada que iba tomando corte tras corte, viruta a viruta: la proa, la popa, la caseta con ventanas a los lados, un mástil, vela mayor, la orza, el timón, la caña de timón, popa, proa, hasta verlo pintado, reluciente, navegándolo en las islas del Caribe, menores y mayores, en un ir y venir interminable. Sintió el alivio de la tarde en su cuerpo y observó el brillo del sol sobre la playa de El Tortuguero y su vegetación, compuesta de mangle rojo, arbustos de icacos y uvas de mar. Arriba, en el cielo y aproximándose al muelle, vio el revoloteo de gaviotas y tijeretas.

¡Pica con fuerza!, ¡es grande!, escuchó gritar a Kalilita que hizo dos tirones para ensartar el anzuelo y la cuerda quedó tensa, sin movimientos bajo el agua y sin ganar un centímetro en sus manos.

¡Está pegada!, ¡te fijas, sos caballo por tirarla cerca de la chatarra!, gritó El Guerri.

¡Nada, nada, sentí el jalón!, respondió Kalilita.

Su cuerda se tensó y dejó de prestarles atención. Tiró a un lado el velero y esperó el siguiente jale con la paciencia que los caracterizaba. El Guerri y Kalilita volvieron a verlo. La línea, la pesa y el anzuelo que había escogido eran los ideales para pescar en el muelle y poder capturar los peces que más picaban. Una mordida más y tiró de manera continua, rápidamente, si resistencia, pero al tenerlo de frente, a unos seis metros del muelle, vio la cuerda moverse en zigzag. Se ha tragado todo el anzuelo, pensó y comenzó a jugarlo. Le dio cuerda, dos, cuatro, seis, ocho metros y cobró de un jalón que hizo con las dos manos. Es grande se dijo al sentir la resistencia. Recogió la cuerda con rapidez ganando todo lo que el largo de sus brazos le permitía y, al tenerlo al pie del muelle, lo levantó con toda su fuerza y lo tiró al piso. Tras los aletazos y colazos de desesperación le quitó el anzuelo y lo calmó de un golpe en la cabeza.

Hermoso róbalo, dijo el Guerri.

Levantó la mirada con una gran sonrisa en el rostro y, más allá del extremo donde se encontraba Kalilita, vio pasar detrás de la casona a míster Herrera que se preparaba para izar vela en su bote de canaletes. Le hizo señas a Kalilita para que lo notara.

¡Míster Herrera, míster Herrera!, ¡por favor despegue mi cuerda!, gritó varias veces Kalilita hasta que el marido de Miss Lilian lo escuchó.

Herrera soltó la vela, la acomodó a lo largo del bote y remó para aproximarse con sumo cuidado al punto donde la rueda del barco de vapor y el mástil reposaban en el fondo de la bahía. Al regresar o salir hacia la isla de Miss Lilian, esos fierros viejos eran sus puntos referentes más importantes para navegar y, para evitarlos, izaba la vela al pasarlos en su viaje de ida y la arriaba cuando se acercaba a ellos de retorno. La corriente y el oleaje le complicaban la maniobra, acercándose despacio, remando para adelantarse, ladeando el bote con el canalete hasta posicionarse lateralmente a la cuerda de Kalilita. Tomó la cuerda, la sacudió con su mano derecha varias veces para despegarla y repentinamente sintió un jalón que le quemó la mano.

¡Dame cuerda, dame cuerda!, gritó míster Herrera.

Kalilita desenrolló lo que más pudo su carrete de cuerda de nylon negro hasta que se le terminó y míster Herrera la aseguró del asiento del bote. Comenzó a jugar con el pez que aún no identificaba dándole cuerda hasta que en un momento la jaló con todas sus fuerzas. Desde el muelle vieron que la cuerda se puso tilinte chorreando agua a lo largo, míster Herrera la soltó y el bote de canaletes comenzó a ser arrastrado por el pez en dirección a la punta del muelle de los guardacostas.

¡Te fijás, te fijás!, ¡no estaba pegada!, gritó Kalilita dando brincos de alegría.

¡Se lo lleva, va de viaje!, respondió El Guerri.

Le indicó a los dos que guardarán las cosas, cuerdas, carnada, sacos, y que siguieran el bote de canaletes de míster Herrera. Kalilita iba adelante, después el Guerri y él atrás. Subieron las gradas de tierra, salieron a la esquina de Miss Lilian velozmente, corrieron hasta las gradas que daban acceso al cuartel de los guardias, llegaron al muelle y desde allí vieron el bote de canaletes de míster Herrera que se desplazaba velozmente a favor de la corriente en dirección a la barra. Corrieron por todo el muelle de la aduana, dando gritos para que los estibadores se dieran cuenta de que Herrera era arrastrado por un pez desconocido y que, por favor, por favor, salgan a rescatarlo porque se lo lleva, se lo lleva a las profundidades del mar.

En el sector del muelle llamado el muelle de las pangas, los pangueros prestaron atención a los gritos de desesperación. Entre el grupo vio a su amigo mayor llamado el Macho Silvio y Kalilita le pidió que por lo que más quiera señor, don Macho, Machito, por la virgencita del Carmen, salga a rescatar a míster Herrera porque lo arrastra un pescado endemoniado, por favor don Macho, sálvelo.

Entre la isla de Miss Lilian y el muelle de los barcos camaroneros de la Booth, el Macho Silvio y otros dos dispuestos a cumplir los ruegos de Kalilita, alcanzaron con una panga el bote de canaletes de míster Herrera y lo arrastraron hasta un pequeño muelle de la ensenada del puerto. Ansioso estaba Kalilita al ver que se acercaban.

¡Algo traen!, dijo El Guerri.

Después de la panga, míster Herrera, ahora dominando el bote, maniobró para atracar. Dentro del bote vieron grandes trozos de pescado.

Era un Mero, un Mero gigante, dijo el Macho Silvio.

¡Te fijás, te fijás!, gritó Kalilita. ¡Yo lo agarré, yo lo agarré!

Debe pesar más de 500 libras, agregó el Macho Silvio.

Kalilita y El Guerri sacaban los trozos del mero entre la sanguaza que casi llenaba el bote de canaletes y él los acomodaba en el pequeño muelle.

Mínimo, tenía más de cuatro metros de largo, dijo Herrera con un machete filoso en sus manos y la ropa ensangrentada. Me costó pero cuando se cansó lo sacamos, agregó.

Le dieron su parte del Mero y zarpó hacia la isla de Miss Lilian al caer el sol en la isla del Venado. El Macho Silvio con sus ayudantes tomaron su parte y dieron la vuelta con el motor rugiendo hacia el muelle de las pangas.

¿Y ahora qué hacemos?, preguntó El Guerri.

Nos dividimos en partes iguales, buscamos en que llevarnos el Mero y regresamos por nuestras cosas, dijo Alejandro Arroyo Granizo.

Los tres se miraron en silencio, se carcajearon y chocaron las manos. En el trayecto por el andén la gente salía de sus casas para curiosear qué era la carga que llevaban sobre los hombros, incrédulos de que en el muelle de los pescadores atraparan semejante Mero.

27/9/19


miércoles, 14 de junio de 2017

ASÍ SE GANAN LOS PESOS EN EL MAR


Luego de finalizadas las clases, la Empresa Booth de Nicaragua S.A., ubicada en el puerto El Bluff, brindaba la oportunidad de obtener empleo a jóvenes estudiantes como un medio para ganar un poco de dinero en jornadas de trabajo menores a las normales, realizando actividades supervisadas por los responsables de las diferentes áreas. Por casi todas las áreas de la empresa estuve dos años con un empleo estudiantil. La más fascinante fue el área de producción debido al proceso sincronizado, desde la descarga de la captura de camarones en el muelle de los pesqueros hasta el empaque de los mismos en cajas de cinco libras según su tamaño, donde la mano de obra empleada eran mujeres que en una banda hacían la limpieza de impurezas y luego los equipos se encargaban de clasificarlos según el tamaño.

La mayor parte de las mujeres eran afro caribeñas, black creoles de Bluefields que hacían diario el viaje a El Bluff en un barco de la empresa y desarrollaban su jornada hablando de todo, en inglés y a veces en español, creando un ambiente ameno, florecido por amplias sonrisas y carcajadas sin descuidar su labor. No cabe la menor duda que la mayor satisfacción eran los momentos del pago semanal en base a la planilla de horas normales y horas extras liquidadas con rigurosidad.

Fue tan motivadora esa experiencia que un día mi padre, White Bush Hill me dijo: ahora que ya ganaste tus pesos en tierra, te enseñaré como se ganan en el mar, alístate que por la tarde vas conmigo a pescar. A pescar en un barco camaronero llamado San Martín frente a las costas de El Bluff. Todos los años, entre los meses de noviembre y enero, la flota de barcos pesqueros salía por las tardes a realizar su faena cerca de la costa, donde el conglomerado de estos daba la impresión de tener una ciudad vecina, con miles de luces vivas e intermitentes, que se desplazaban en el horizonte durante las noches. Era un espectáculo increíble, admirado por los caminantes desde la esquina de Miss Lilian con la mirada fija en el Este, frente a la playa de El Tortuguero.

Llegamos al muelle de los barcos pesqueros como a las cuatro de la tarde. La tripulación se encontraba haciendo los preparativos para la salida. En una hora mi padre hizo el recuento de todo lo necesario para salir al mar: tripulación, chequeo del combustible, estado del motor, hielo, estado de las redes, radio comunicación, luces, alimentos, agua y definición del sitio de pesca. Una vez concluido el chequeo procedió a comunicarse por la radio con otros capitanes de barco que iban a salir esa tarde. Entre estos se comunicó con su hermano menor, Henry B. Hill, el que salía también esa tarde. Se pusieron de acuerdo y en una hora el San Martín soltaba sus amarras del muelle para hacer su maniobra de salida y enrumbarse hacia la barra. En menos de quince minutos, el barco, con sus plumas extendidas, comenzó a ser golpeado por las olas del mar y cambió un poco su rumbo hacia el noreste, cortando las olas con la proa, navegando paralelo a la costa del puerto desde donde se podía observar la loma y el faro. En la cubierta la tripulación observaba con cierta melancolía la costa y la incertidumbre apareció en sus semblantes revelando cierto grado de temor al sentirse nuevamente sin el contacto de sus pies sobre tierra firme.

Una hora más tarde el San Martín navegaba a unas ocho millas de la costa siempre en dirección noreste y comenzaba a caer la noche. Ya se había perdido contacto visual con la costa y, cada vez más, se hacían notorios los haces de luz del faro desprendidos de sus lentes de Fresnel, advirtiendo la lejanía de la costa y creando a la vez una especie de sentido de seguridad en la tripulación. Junto a mi padre, en la cabina del capitán, se podía observar a los otros barcos pesqueros, emitiendo luces verdes los que iban a la izquierda y luces rojas los de la derecha. Navegaban sin cesar a lo largo de la costa, de sur a norte.

Después de la orden dada por White Bush, fue lanzada al mar una red pequeña llamada “chango” de unos seis pies de largo y con capacidad de capturar unas veinticinco libras las que se arrastraron por unos veinte minutos para luego volver a subirlas. Una vez levantada la abrieron e iniciaron a hacer el recuento. Quince camarones de los grandes bastaron para que inmediatamente se diera la orden de lanzar las redes mayores.

“Es una buena prueba”, dijo mi padre, “vamos a lanzar las redes grandes”. En esos momentos, todos los capitanes de barcos mantenían constante comunicación por radio, surgían pláticas, algunas en español y otras en inglés, sobre los resultados de las pruebas hechas, problemas con los barcos y marineros, el estado del tiempo, sus expectativas de la captura así como de los acontecimientos transcurridos en el puerto y, no lo dudemos, también sobre las aventuras y los infaltables amores de marinos.

La noche estaba estrellada. La marejada era llevadera para los marinos. Una brisa moderada proveniente del este golpeaba a estribor. Todas las luces del San Martín estaban encendidas cuando se dio la orden de hacer el primer lance de las redes mayores. Eran como las siete y media de la noche. En un dos por tres la tripulación procedió a realizarlo de manera ordenada y con sumo cuidado. Primero hicieron la maniobra de largar o “calar” el aparejo desde la popa dando avances lentos, comenzando por la punta de las redes o “copo” que es donde va a parar la captura, después las malletas, que son unos cabos de nylon que va unidas a las puertas. En el instante de bajar las dos puertas, el cuidado de los marinos estaba al máximo debido a que se debe ejecutar con la suficiente pericia para evitar que se crucen. Estas puertas van sujetas a unos cables de acero en su cara anterior los que tiene un largo suficiente para que puedan llegar al fondo marino formando un “seno”, que en el extremo sujeto a las puertas, va arrastrando en el fondo mientas el otro extremo va unido a la maquina o “winche” que es el encargado de recoger el aparejo y es operado por el winchero.

Acto seguido se procedió a bajar los cables que sujetan las puertas con el sumo cuidado de que estén igualados debido a que un error en la calada al arriarlos puede desgarrar el arte por completo. El winchero mostraba su experiencia al ir frenando cada carrete donde se cobra el cable. Una vez arriados estos, los marinos se mostraban alegres y amenos.

En ese instante el cocinero nos llamó a cenar. Unos hermosos pargos rojos fritos, los que fueron seleccionados por él a la hora de levantar el “chango”, acompañados de abundante arroz, tajadas de plátano fritas, café en abundancia y el infaltable chile de cabro nos esperaban en la mesa comedor. La cena fue amena, reían, hablaban de sus cosas y de las expectativas de la captura. “Dentro de tres horas haremos el levante de la redes”, dijo mi padre. “Continuaremos hacia el norte y al dar la vuelta lo haremos. Espero que descansen. La noche será bastante larga. Te puedes acostar en mi camarote y duerme un poco. Te despertaré a la hora del levante”, me dijo.

Me acosté con el estómago lleno y traté de conciliar el sueño mientas escuchaba a mi padre hablar por radio y sostener conversación con el winchero, el segundo al mando en el barco. El oleaje lo sentía más fuerte y el ruido de motor no me dejaba dormir. Como a las once de la noche me despertó. “Levántate, vamos a hacer el levante, vamos a dar la vuelta”, dijo.

Al salir a cubierta los marinos estaban listos para iniciar el levante de la redes. La maniobra siguió el mismo proceso del lance, pero a la inversa, empezando por recoger el cable hasta que subieron las puertas con sumo cuidado para ser amarradas fuertemente y evitar así bandazos y accidentes por su volumen y peso, desgrilletaron las malletas jalándolas con el winche para terminar hasta llegar al final del saco, donde se encuentra la captura, el que subió a bordo dando coletazos y los marinos se esmeraban con mucha fuerza para sostenerlo. A ser levantadas en su totalidad, las redes fueron abiertas por el copo y comenzó a salir la captura, similar a una avalancha, entre las que caían camarones, peces, sardinas, tiburones pequeños, calamares, algas marinas, pulpos, toda una variedad riquísima de vida marítima.

El San Martín ahora navegaba a menor velocidad en dirección al sur, siempre paralelo a la costa, con todas sus luces encendidas y, a lo lejos, el destello de las luces del faro era más tenue. Con la captura en la cubierta, los tres marinos, entre ellos el pavo y el winchero, comenzaron a realizar el proceso de selección, unos sentados en unos pequeños bancos de madera y otros de cuclillas, cada quien con una canasta a su lado. Con una raqueta jalaban, seleccionaban, descabezaban y depositaban los camarones en la canasta. El pavo, un aprendiz de marino, seleccionaba los pescados, sardinas de buen tamaño, langostas y otras especies de utilidad, echándolas en recipientes diferentes. En esa labor pasaron más de una hora. Al concluir, la captura rechazada fue tirada a la mar, empujada por una raqueta grande a través de las escotillas de la cubierta.

El camarón descabezado fue lavado con agua a presión, pesado y luego estibado en la bodega en hielo triturado. “Cuantas libras”, preguntó mi padre. “Doscientas”, respondió el winchero. “Es un buen lance”, comentó un marino. “Prepárense para el siguiente”, dijo mi padre y se dirigió a la radio para conocer los resultados de los otros camaroneros. “Unos has sacado un poco menos y otros lo mismo” dijo. “Es una noche buena, tienes buena suerte, pero te veo pálido. Dormí un rato, cuando hagamos el próximo levante te despierto”, agregó. “Me siento mareado”, dije. “Acuéstate que eso te hará bien”, respondió.

El oleaje era más intenso lo que provocaba movimientos bruscos del barco. La proa se hundía cortando las olas, volvía a levantarse e inmediatamente se sentía un golpe de mar fuerte a babor ladeándolo unos treinta grados a estribor. Como sin fuerzas, el San Martín volvía a estabilizarse para nuevamente iniciar su danza entre las olas. Nunca pude conciliar el sueño, pero sentía la suculenta cena moverse en mi estómago como si fuese la compañera de baile del barco. De pronto caí en un estado angustioso, sentía la boca salivosa, un leve dolor de cabeza y sudaba frío. Mi estómago no pudo soportar más la danza del San Martín y sin darme tiempo para nada, vomité en el camarote.

Escuche a mi padre decirme levántate, me agarró de un brazo y la cintura llevándome a la cubierta para que continuara vomitando. Vomité hasta lo que no tenía en el estómago. En ese preciso instante un barco se acercó como a seis metros del San Martín. Era el barco de mi tío Henry y lo escuche que gritaba diciéndome: ¡Ajá cabrón, ahora ya sabes cómo se ganan los pesos que le pedís a tu papá! Me lo repitió dos veces pero no pude levantar la mirada para ver su semblante porque nuevamente volví a vomitar una y otra vez. Tenía una sensación de inestabilidad y desequilibrio lo que provocaba un estado se inseguridad desagradable. Estaba padeciendo el “mal del navegante”. Mi padre me sostenía y daba golpes leves en mi espalda lo que me hacía sentir seguro. Al ver que deje de vomitar me llevó al camarote, me dio a beber un vaso de agua, abrió la ventana y me dijo que me quedara quieto viendo en un punto fijo y que tratara de dormir. Agotado y sin fuerzas, deseando estar en tierra firme, me quede dormido.

Desperté y me sentí desmoralizado. Mierda, pensé, se van a reír de mí. Al verme mi padre me dijo que pronto llegaríamos a El Bluff y que ya se podía ver la loma y el faro. Sin fuerzas me levanté y salí a cubierta. Me di cuenta que ya habían hecho el último lance porque tiraban los desechos al mar. No te ahueves, me dijo el “pavo”, todos hemos vomitado más de una vez, nadie se escapa de eso. Sentí un poco de alivio y la brisa llenó mis pulmones de aire fresco, aire de mar. Miles de aves marinas, gaviotas, pelícanos y tijeretas, nos acompañaban con los alegres sonidos de su canto, dándose un festín con los desechos que salían por la cubierta.

Al llegar al muelle y caminar hacia la casa aún sentía como que estaba navegando en el San Martín. “Pronto te sentirás mejor, dijo mi padre. “La vida de mar es dura y no es para todos, ahora ya lo sabes”, agregó. Si, respondí, nunca lo olvidaré.


Ronald Hill Álvarez

martes, 4 de enero de 2011

EL CANTO DE LA MONTAÑA

Sus pasos veloces no permiten que lo deje atrás en la distancia. Corre ágilmente evitando troncos, asegurando las pisadas sobre piedras lamosas en la ribera del río, sin hacer más ruido que el salpicar del agua. Carga en sus espaldas una aljaba de cuero de venado con treinta flechas. Al acercarse, su padre le indica con las manos que aminore el paso y guarde silencio. Se aproxima a paso lento. Kandler, su padre, se encuentra en un recodo del río sobre un grueso tronco. Con señas le muestra un manatí que descansa bajo la sombra de la exuberante vegetación. Con pericia y en absoluto silencio, Kandler toma el arco que lleva cruzado en su espalda y le pide una flecha de cinco pies de largo; la acomoda en la cabuya, extiende con fuerza la flecha en el arco y la clava en la cabeza del manatí. Se escucha un rugido de dolor y el chapaleteo de las aguas. Inmediatamente vuelve a tomar otra flecha y la clava en el dorso; se zambulle en el río, lo atrapa y clava repetidas veces en el cuerpo un cuchillo de madera dura, pulida con pedernal. El agua se torna roja. La cacería del día ha sido productiva, igual que la lección aprendida por Sebastian.
Con un silbido agudo, Kandler avisa al resto del grupo de cazadores para que le ayuden a sacar la presa del agua. Poco a poco salen de la espesura de la montaña cinco miembros de la tribu. Son Ulwas, cazadores perennes, en búsqueda de su sustento desde que sale el sol hasta que oscurece. Su territorio de caza es alrededor de la laguna de Bluefields. La tribu está formada por treinta hombres, setenta mujeres y niños. Cae la tarde y deben reagruparse. Caminan en fila hacia su lugar de descanso. Kandler, el jefe, va adelante seguido por el resto de cazadores, las mujeres más atrás cargan utensilios y las presas del día y, no muy lejos de ellas, marchan los niños. Sebastian camina con ellos, recién ha cumplido los doce años.
Luego de tres horas de marcha silenciosa llegan a un ceibal, sitio definido para pernoctar en la densa selva de bosque húmedo tropical. Se agrupan alrededor de los gigantescos árboles en busca de refugio. Mientras su padre, junto a otros cazadores, procede a desmembrar a los animales cazados durante el día, Sebastian busca a su madre para ayudarle con la carga. Kesha se encuentra agotada y él lo sabe. Ayuda a bajar de sus hombros y espaldas calabazas, cuchillos y cujarees fabricados con arcilla puesta al fuego por ella. En el centro del ceibal dos cazadores ayudados por otros niños proceden a hacer fuego; uno de ellos frota un palito contra una tabla en cuyo centro hay un hoyito, manteniendo constante la fricción, mientras el otro deja caer yesca en el centro, recolectada por los niños en los alrededores. Segundos después el fuego cobra vida y proceden a encender una fogata.
Kesha, junto a las otras mujeres del grupo, procede a asar la carne de las presas capturadas durante el día sin adobarlas. Cada una de ellas lleva la porción correspondiente de la familia, atravesada por pedazos de madera rolliza de fuerte consistencia y la colocan en la fogata. Los hombres se juntan poco a poco en un círculo alrededor de la fogata y beben de sus calabazas una bebida alcohólica, intoxicante, hecha de plátanos maduros rancios que las mujeres machacan en hojas de trooly o quequisque mezclados con agua. Los niños se acercan al círculo y juegan corriendo y gritando. Sebastian se considera ya un hombre y ha abandonado esos juegos; ayuda a Kesha en la labor del asado y lleva a su padre pedazos de carne en la medida que se van asando. Los hombres comen hambrientos sin más utensilios que sus fuertes manos, y bajo el efecto de la bebida cantan y gritan hasta quedar exhaustos. Comparten los productos de la caza. Cansados de las marchas y los esfuerzos de la cacería pronto duermen. Cuatro centinelas hacen turno durante la noche y mantienen la fogata ardiendo para ahuyentar a las bestias de la montaña. Sebastian se acurruca en su madre y duerme junto a ella.

II

Al despertar con los primeros rayos del sol, el cantar de las aves y el chillido de los monos y congos que se desplazan en manadas por las copas de los árboles, los hombres se preparan para iniciar nuevamente la caminata en busca de presas de caza. Kandler revisa su arco, tensa la cabuya y dedica un tiempo a fabricar flechas; en una caña recta engasta una pieza de madera dura escindida, en la que ensarta una hoja de pedernal afilado amarrado al fuste con silk grass. Sebastian, a su lado, observa con atención el arte de su padre. Kesha levanta del suelo sus utensilios y elabora vestimenta para la familia con las que cubren sus partes íntimas. Ella y otras mujeres del grupo, durante las marchas de cacería, recolectan corteza de tuno, un árbol de la misma familia del caucho y el níspero; una vez desprendida, la secan y aporrean hasta que adquiere la consistencia de tela de la que cortan pequeños pedazos que se enrollan en la cintura, dejando caer los extremos para cubrirse.
            Kandler es de mediana estatura, con cuerpo bien proporcionado, robusto y fuerte. Su pelo es lacio, negro y lo lleva largo cayendo sobre sus hombros. Kesha es hermosa, de caderas anchas y piernas robustas. Sus ojos son negros, brillantes y achinados, en forma de almendra. La piel de ambos es cobriza. Kesha toma hollín de la fogata y de un bolso achiote, se acerca a Kandler y pinta su cutis de rojo y negro, mientras él la pinta toda de negro. Todas las mañanas antes de partir se repite esta ceremonia entre las parejas de la tribu.
            El sukia de la tribu se prepara a hacer su ritual. Toda la tribu presta atención en silencio. Clava una vara gruesa en el suelo, la atrapa en el centro con sus manos, gira alrededor de ella y al concluir vuelve a girar en dirección contraria. Después de cada giro suelta la vara, extiende sus manos hacia arriba en dirección a las copas de los árboles y pide gritando a los espíritus de la montaña que le indiquen el rumbo que debe seguir la tribu para lograr una buena caza.
            Durante el ritual se escuchan lamentos de dolor, dolor de parto. Una de las mujeres del grupo va a parir. El resto de mujeres corre hacia ella. Se sienta en el suelo. El compañero de la parturienta corta una vara gruesa y se la entrega a dos mujeres que la sostienen a lo largo sobre sus hombros. La mujer se levanta del suelo y se cuelga con fuerzas de la vara iniciando así su labor de parto, un parto natural y sin dolor. El resto de la tribu, hombres y mujeres, se sientan alrededor en espera del nacimiento. Nace una bella niña. Inmediatamente todos se levantan y caminan hacia la ribera del río más cercano. La recién parida entra al río a nadar por un largo rato mientras las otras mujeres lavan a la niña. Al concluir su lavatorio, la madre se une al resto del grupo y amarra a la bebé en su cadera, cargándola así hasta que logre caminar.
            Cuando la madre le entrega la criatura al padre para cargarla en sus brazos por primera vez, este tiene listas un par de tablillas que aplica contra el cráneo, sujetadas con fuerza mediante cuerdas de henequén que va acercando en la medida que la frente se aplasta. Este proceso de deformación culmina cuando comienzan a caminar, quedando la parte superior de la cabeza aplastada. Por ello, sus peores enemigos, los misquitos les llaman “laltantas” y los españoles “chatos”.
            Debido a que el sukia no concluyó exitosamente su acto ceremonial, Kandler inicia la marcha de la tribu tomando la delantera y husmea el aire a su alrededor en busca de indicios que le indiquen la dirección donde se encuentran los animales para obtener una buena caza. Mal augurio, piensa el sukia.

III

Al presentir el lugar de caza, el grupo camina siempre en fila sin cruzar palabras, sin hacer el menor ruido, ya que el éxito de la misma exige silencio y mucha atención ante los diferentes sonidos de la selva. Kandler encabeza la marcha; busca rastros y huellas para perseguir a la posible presa. Atrás, distantes a unos doscientos metros, tres cazadores enseñan a los jóvenes del grupo, entre ellos Sebastian, el uso del arco, principal diversión con la que ejercitan el uso de sus armas. Usan arcos pequeños con flechas ligeras que disparan a aves del tamaño de un ganso llamadas “quams” y “curassoes”, son de la misma especie, pero de sexo y color diferentes. En el bosque abundan las aves pero estas son las preferidas de la tribu por el exquisito sabor de su carne. Si logran derribar una de estas se les permite comerlas como premio a sus destrezas y avances en el arte de la caza.
            Kandler no presta atención a estas prácticas, busca a su paso indicios de animales. Se desespera cuando siente más fuertes los rayos del sol bajo la espesa montaña. Continúa caminando y buscando. De pronto detiene la marcha. Se arrodilla a inspeccionar una huella, es de un venado y por el tamaño deduce que es de un macho adulto. Mira a su alrededor y descubre otras menos profundas. Con un silbido avisa al resto de cazadores y las muestra. Les indica que se separen en tres grupos; dos a los extremos y él al centro. Las mujeres y los niños marchan detrás de Kandler. Cuando el sol se encuentra en el cenit, Kandler observa a unos cuarenta metros de distancia al macho de largos cuernos en forma de racimos y una hembra con dos crías. Acomoda con maestría una flecha de tres pies en el arco y dispara con fuerza. La flecha vuela abriendo brecha entre el viento y el silencio del bosque. Se clava en el cuello de macho emitiendo un bramido de dolor, corriendo veloz y desesperadamente junto a la hembra y las crías sin detenerse. Kandler avisa al resto de grupo que corre hacia él, se reencuentran y luego siguen a la manada tratando de rodearla. En su huída los venados se lanzan al río buscando como fugarse nadando. Al llegar a la ribera, Kandler y seis cazadores se zambullen en las limpias aguas. Son excelentes nadadores, alcanzan a los venados, se enderezan y lanzan sus flechas como si estuvieran en tierra firme. La caza ha sido exitosa. Agotados por el esfuerzo, son ayudados por cuatro cazadores que se meten al río para ayudarles a sacar a los venados.
            Se encuentran en esa tarea cuando, de pronto, escuchan un fuerte grito, un grito de alerta por parte el sukia. Ha visto a lo lejos cinco largas canoas que se dirigen a esa parte del río. Son misquitos, sus enemigos que viven en el litoral y hacen incursiones en la selva. Son más de treinta y van armados con armas de fuego. La tribu los conoce muy bien. Apresuradamente toman sus presas y desaparecen en la espesura de la selva. En ocasiones anteriores habían atrapado a veinte miembros de otro grupo de los Ulwas, luego de entablar un combate desigual por la superioridad en número y armas de guerra. Por eso huyen, les temen y no los enfrentan. Cuando atrapan a los Ulwas los venden como esclavos a comerciantes jamaiquinos que llegan a Bluefields.
            El grupo se adentra silencioso y velozmente en la inmensidad del bosque. Se dirigen hacia el territorio cercano de otro grupo de su misma tribu con el fin de darles la alarma. Kandler nunca incursiona en territorios ocupados por otros, solamente en casos de urgencias. El territorio de caza está definido por las normas de los Ulwas y lo recorren cazando de manera rotativa, según el tamaño de los grupos, evitando la sobreexplotación.

IV

Al caer la noche incursionan en el territorio de Masker. Su grupo está formado por quince cazadores, treinta mujeres y cincuenta niños. Es un grupo joven y debido a ello su área de caza no incluye los ríos y sus riquezas; cazan solamente en la selva. Kandler lanza gritos al aire indicando que ha entrado a territorio ajeno. Cuando la luna destella su brillo bajo la copa de los árboles, el grupo de Masker los rodea creando un cerco a su alrededor. Ambos jefes se acercan, golpean sus pechos con los codos y juntan sus cabezas en señal de saludo y bienvenida. El resto de los miembros de ambos grupos están atentos y luego del saludo de sus jefes gritan de alegría.
            Caminan juntos hacia el refugio de Masker, cada grupo en fila detrás de sus jefes. Al llegar hacen la fogata. Ambos jefes y sus principales cazadores, junto a los sukias, se agrupan en círculo alrededor del fuego. Las mujeres hacen el asado y atienden a los suyos. Comparten sus comidas en hermandad. El grupo de Masker brinda carne de wari y conejos, mientras el de Kandler aporta carne de venado y tortuga. La montaña está de fiesta, beben de sus calabazas pasándolas de manos en manos mientras los niños corren felices alrededor del fuego cantando. Conversan sobre las incursiones de los misquitos, la cantidad de cazadores que han atrapado y definen estrategias para evitarlos conjuntamente.
Kesha comparte con Yanina, la mujer de Masker. Le presenta a Sebastian y Yanina presenta a Kamira, su hija. Ambos son de la misma edad, jóvenes que pronto deberán tener pareja. Sebastian la observa con brillo en sus ojos, es hermosa, lleva el pelo lacio hasta la cintura y los pezones florecen en sus pechos. Kamira se muestra tímida y Sebastian torpe. Ambas los toman de la mano y se dirigen a la fogata. Se acercan con ellos agarrados de la mano frente a Kandler y Masker. Es un indicio de compromiso. Los dos jefes se levantan, cada cual mira a su mujer, vuelven a ver a sus hijos y ríen a carcajadas dándose golpes en los pechos. Lo festejan y brincan de alegría porque sus tribus se unirán adquiriendo mayor fuerza y dominio de territorio. Acuerdan que Sebastian debe estar preparado en las próximas veinticuatro lunas llenas para participar en el Asang – Lauwana juntos a otros jóvenes para ganarse el derecho a Karima y convertirse en guerrero. Embriagados y felices duermen junto al calor de la fogata.

V   

El adiestramiento intenso de Sebastian es el foco de atención de Kandler. Se apoya de sus mejores cazadores y está pendiente de la caza para el sustento del grupo. Su hijo debe estar preparado para convertirse en un verdadero guerrero y resistir la prueba ganándose en ella a Kamira como mujer. La esperanza del grupo descansa en él.
            Cada día, al amanecer, Kandler, luego de asignar a los cazadores la ruta de caza definida por el sukia, inicia el entrenamiento de Sebastian. Las primeras doce lunas llenas le enseña con firmeza a nadar, pescar y cazar.
            Sebastian se sumerge en los ríos y nada de una ribera a otra con velocidad de pez, hasta que su padre le indica que ha concluido. Al ver iguanas nadadoras y tortugas, bucea hasta que emerge con ellas en sus manos. Poco a poco va adquiriendo la resistencia deseada. En la caza ya no dispara flechas a aves, ahora su padre y los cazadores le enseñan a construir arcos y flechas de diversos tamaños según la presa. Al encontrar rastros de presas grandes como wari, danto, puma y venados es el primero en perseguirlos y disparar hacia ellos. En el caso del wari, los cazadores rodean la manada y Sebastian debe clavar sus flechas en el macho dominante para disminuir su furia y reducir las feroces embestidas. Al clavar sus flechas en el puma, por lo general este sube rugiendo a los árboles y Sebastian debe subir al árbol más próximo para derribarlo con dos disparos seguidos. Todas las presas grandes, además de cazadas deben ser cargadas en sus hombros durante las marchas hasta el refugio nocturno. Sus espaldas, piernas y hombros se tornan cada vez más musculosos adquiriendo la fuerza deseada. La pesca consiste en clavar flechas pequeñas en variedad de peces a un ritmo y velocidad de segundos, con lo cual adquiere agudeza en reflejos, mirada calculadora y agilidad en sus manos.
            La siguiente etapa del adiestramiento no es menos importante. Sebastian debe subir altos árboles en busca nidos de aves que contienen huevos; correr detrás de conejos y guardatinajas para atraparlos antes de que se refugien en sus hoyos. En esas largas y veloces corridas Sebastian debe soportar, sin mostrar indicios de dolor, espinas que se clavas en las plantas de sus pies así como golpes que recibe de troncos y piedras. Con el paso de las lunas llenas se ha convertido en un joven fuerte, veloz, con sus sentidos en estado permanente de alerta ante cualquier sonido y movimiento del bosque.
            En las noches acompaña a su padre y los cazadores alrededor de la fogata, escucha sus historias y anécdotas. Kandler no le permite ingerir la bebida que despierta el espíritu, aún no se ha ganado ese privilegio. Kesha lo continúa acurrucando en su rezago y sana sus heridas con el apoyo del sukia, quien posee las habilidades heredadas de sus ancestros para ello. Cuando un cazador es picado por una serpiente, hace fuego y recolecta hierbas convirtiéndolas en pequeñas pelotas, las calienta para luego exponerlas alrededor de la mordida y todo el cuerpo, mientras canta con un susurro de lamento. Frota y frota susurrando el lamento hasta que la inflamación disminuye y la herida es sanada.

VI

Con la última luna llena, Sebastian está listo para participar en el Asang – Lauwana, la sobrevivencia del más fuerte. Kandler y Kesha le explican en qué consiste la prueba y le dan ánimos para que resista. Sebastian escucha atentamente y asegura que no defraudará a su tribu, que desea ganarse a Kamira, convertirse en un cazador guerrero y poder unir a ambos grupos para asegurar su sobrevivencia.
Marchan como siempre hacia un lugar secreto de la montaña, previo acuerdo entre los cuatro grupos que participarán. Cuando Kandler llega, Masker ya se encuentra en el sitio con su grupo. Esperan a otros dos grupos que participaran en el evento. Al reunirse, los jefes definen el número de participantes. Mientras ellos están reunidos, el resto de los hombres abren un claro en la espesa selva de forma rectangular; lo limpian, dejándolo sin piedras ni troncos, midiéndolo en pasos largos con una dimensión aproximada de una hectárea. Otros construyen chozas con techo de paja a los lados del claro abierto en la que los jefes pernoctarán los tres días que durará el evento. Al concluir hacen una inmensa fogata y celebran hasta embriagarse. Sebastian se acerca a Kamira y la observa más hermosa, más mujer, mientras ella lo observa más musculoso y escucha su voz más ronca. Sebastian promete pasar todas las pruebas y ella le corresponde diciéndole que ha soñado con ese momento.
Al amanecer, luego de los rituales acostumbrados, los diferentes grupos se acercan a los lados del rectángulo. Nadie puede entrar en él, solamente los competidores que entran de dos en dos. En su primera contienda Sebastian se muestra animado, seguro. La competencia consiste en mostrar las destrezas con el arco y la flecha. En el centro, un cazador lleva una jaula de madera con aves. Suelta la primera, emprende vuelo y Sebastian dispara velozmente derribándola. Se escucha un rugido, como un canto de la montaña, por los gritos de los miembros de los diferentes grupos. La contienda finaliza con seis vencedores y dos que han fallado no continuarán en el evento.
Al siguiente día la competencia consiste en mostrar la velocidad de los participantes. De igual forma, un cazador entra con una jaula que contiene conejos y se dirige a uno de los extremos. Atrapa uno. Los competidores están atentos. Lo suelta y sale corriendo. Sebastian corre velozmente detrás del animal que se desplaza despavorido por los gritos. Su contrincante avanza a su ritmo, Sebastian lo observa de reojo pero se concentra en los movimientos del conejo tratando de adivinar su desplazamiento, sabe a la perfección que luego de correr en línea recta hará un giro a la izquierda, calcula el tiempo y repentinamente, al hacer el giro, lo atrapa por las patas traseras al tirarse de cabeza al suelo. La montaña vuelve a cantar. Al concluir el día, cuatro pasan a la última prueba.
Al despertar, Sebastian se muestra nervioso. Kandler le da ánimos, le dice que todos sus ancestros han concluido victoriosos, que debe soportar hasta el final la última prueba, al grado extremo de morir en ella pero nunca rendirse. Sebastian mira a Karima y esta levanta la mano en señal de buenos deseos. Kesha lo abraza y besa su frente.
Los cuatro jefes entran primero al rectángulo. Luego entran los competidores, uno de cada grupo. El sukia mayor, el más viejo, entra después. Todos sin excepción guardan absoluto silencio afuera. Cada jefe toma de la mano a su aspirante, este al siguiente jefe y así hasta formar un círculo alrededor del sukia mayor, quien toma en sus manos sangre de una calabaza y mancha con ella los pechos y espaldas de los competidores. Al concluir, los jefes gritan al cielo y la multitud también. Todos abandonan el sitio, solamente queda Sebastian y su contrincante. La prueba es de resistencia a los golpes y al dolor.
Sebastian avanza al centro, se agacha apoyando sus manos sobre las rodillas, exponiendo su espalda y grita “yañ al yañ” (“yo soy hombre”), mientras el otro responde “añ bik al yañ” (“yo también”) y comienza a golpear la espalda con sus nudillos, con toda la fuerza que emana de su cuerpo. Sebastian comienza a tambalearse poniendo sus manos en el suelo, pero resiste gritando “yañ al yañ” y vuelve a su posición inicial. Su contrincante continúa golpeándolo y gritando. En esos momentos de intenso dolor su mente vaga por el bosque, se siente un puma, un danto, un cocodrilo, un ave y piensa en Kandler, en su pueblo, en Karima. Al agotarse su contrincante de dar tantos golpes, la espalda de Sebastian está enrojecida y emana sangre. Se levanta adolorido, buscar la mirada de su padre, no la encuentra, solamente la de Karima quien le sonríe. Su adversario adopta ahora la posición para recibir los golpes de Sebastian. El puma que lleva dentro da zarpazos, en danto pisotea, el cocodrilo se mueve veloz y el ave grita “yañ al yañ”, mientras el otro responde “añ bik al yañ”. Su mente se nubla, su fuerza se incrementa y en uno de sus golpes quiebra el omoplato izquierdo del oponente, desprendiéndosele la clavícula y el húmero emanando sangre. El oponente cae derrotado, no vuelve a gritar. Sebastian lo ha vencido. Adolorido en su espalda y puños levanta los brazos en señal de victoria. La montaña emite su canto de alegría. Busca a su padre, lo observa levantando su arco en señal de victoria y regocijo.
Luego los siguientes oponentes entablan su prueba. Kesha y el sukia atienden a Sebastian. Su estado no es grave, solamente tiene moretones en su espalda y dolor. El sukia aplica en ella brebajes de yerbas para aliviarlo. Luego que los otros luchadores concluyen, es llevado al centro del rectángulo. El Asang – Lauwana tiene dos ganadores. La prueba ha concluido. Kandler se acerca, toma su arco y aljaba y se la entrega a Sebastian. Masker se dirige al centro con Kamira tomada de la mano. Llega hasta Sebastian y se la entrega juntando sus manos. Kamira toma hollín y achiote que lleva en un bolso y le pinta la cara de rojo y negro mientras que Sebastian pinta la de ella de negro. La ceremonia significa que desde ese momento son pareja para siempre. Todos gritan, brincan de alegría y la montaña festeja.


VII

La marcha la encabeza Sebastian. El grupo esta formado por cien cazadores, ciento cincuenta mujeres e igual numero de niños. Dominan un territorio que se expande desde la laguna de Bluefields hasta Wawashang. Viven a la defensiva evitando el combate contra los misquitos que portan armas de guerra. Los restos de Kandler, Masker, Kesha y Yanira descansan en paz, sus espíritus los acompañan en sus largas marchas de caza.
Sebastian es un fuerte guerrero y hábil cazador. Su pelo lacio hasta los hombros muestra canas. Sus hijos, el mayor de ellos, lo acompaña en la marcha. Se llama como su abuelo, Kandler. Kamira le ha dado otros dos hijos, una bella joven y un varón que tiene doce años. Sus ritos y costumbres son los mismos. Los peligros son mayores y se mantienen en estado permanente de alerta ante cualquier susurro del viento.
Con el paso del tiempo han abandonado la costumbre de poner tablillas en la cabeza de los recién nacidos para evitar ser reconocidos por sus enemigos. A pesar de ello, el acoso es permanente y deciden realizar como siempre el último Asang – Lauwana para que los vencedores formen nuevos grupos, grupos menores para su sobrevivencia.
Siglos después, luego de la cacería insistente por parte de los misquitos para esclavizarlos, los Ulwas tuvieron que emigrar hacia otros territorios. En la actualidad se les considera parte de los Sumos y un grupo pequeño de ellos vive en Karawala, una comunidad de mil setecientos habitantes que hablan el Ulwa y recrean sus tradiciones. Uno de sus habitantes más viejo, llamado Kandler, sueña que un día su idioma Ulwa sea la principal herramienta de educación de los niños en la escuela de la comunidad para que vuelvan a cantar en la montaña como sus ancestros.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
31 de diciembre de 2010