Son postales que veo en el teléfono.
Fotos en su estado.
Paisajes majestuosos:
el mar,
las rocas,
las olas,
el sol cayendo al final de día.
Sé que va solo por esos lugares.
Va con su caña de pescar al hombro,
como si necesitara cargar algo
para no desmoronarse
ante el silencio.
Lleva gafas oscuras.
No por el sol,
sino para esconder el dolor
que le tiembla en la mirada.
Camiseta manga larga,
para que el sol no lo queme,
aunque por dentro
la soledad hierva
sin escape.
Cuando veo esas postales
me golpean el alma
como el mar reventando contra las rocas
Una y otra vez.
Sin aviso.
Por bellas que sean,
mi corazón se encoge.
Algo se clava
y sangra por dentro.
Eso duele.
Y aun así,
siempre estoy pendiente.
Las miro.
Vuelvo a mirarlas.
El mar azul,
los veleros,
los engañadores que utiliza,
los peces que ha pescado
y cuyos nombres escribe
como si al hacerlo
no estuviera tan solo.
Escucho sin oír.
No escucho el rumor del mar
ni los latidos
de su corazón aislado.
Pero yo sé
—y eso es lo que más duele—
que va allí
a matar el tiempo,
a lanzar la caña,
no al mar,
sino a su propia soledad.
En esas imágenes no hay queja.
Todo parece bello,
acogedor,
en calma.
Pero aun así,
cada vez que veo sus postales,
me traslado a su lado.
Camino con él,
entre sal y viento,
miro el mismo horizonte,
respiro el mismo silencio.
Y entonces lo entiendo:
de ahí no nace solo el dolor.
De esa soledad surge su fuerza,
una fuerza callada,
hecha de resistencia
y de tiempo.
La paz no llega como premio,
llega como aprendizaje.
Y en medio del mar abierto,
no huye de sí mismo:
se encuentra.
7 de febrero de 2025.
Foto: Ronald Jr.

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