lunes, 3 de agosto de 2026

UTILA EN LA SANGRE

 


En memoria de Henry Bush Hill Bush

Utila ( 6/04/1934 - 12/11/2023)


Desde que el barco giró a estribor, pasando junto al faro para entrar en la bahía, supe que volvía a mi segunda casa. No fue una idea pensada con calma. Fue una certeza que me subió desde el pecho apenas vi otra vez las casas pintadas de colores llamativos frente al agua. Vi los muelles, los techos bajos y ese azul del mar que no se parece a ningún otro azul.

Abril ardía hondo. Utila sudaba sal por las paredes, por las calles y por los cuerpos. Yo venía a compartir tres semanas con los míos. Eran unas vacaciones merecidas después de tantos años de trabajo. Traía una maleta preparada para eso: camisetas, shorts, sandalias; en fin, ropa para estar en la isla. También traía una contentura sencilla, casi de muchacho, como quien regresa a un lugar que nunca terminó de irse de su vida.

Al bajar del barco, tío Henry me estaba esperando. Verlo en el muelle hizo que la llegada no fuera solo una entrada a la isla. Fue una entrada directa a la familia. El olor del diésel, del pescado fresco y de la madera mojada me recibió como una vieja contraseña. Las caponeras esperaban pasajeros. Un hombre descargaba sacos, las tablas crujían bajo los pasos y todo parecía decirme, sin palabras, que había vuelto.

Me alojé en la casa de tío Henry y tía Zula. Eso me permitió compartir con ellos sin prisa. Nos sentamos a conversar y a recordar a los abuelos, a mi papá y a mi madre. En esas pláticas volvieron las anécdotas familiares. Volvieron sobre todo las del abuelo Ernest y la abuela Hazel. Pero los relatos de tío Henry sobre su vida de marino y capitán de barcos camaroneros tenían un momento especial.

Esos relatos se abrían en el corredor de la casa. Él se mecía lentamente en su swing y dejaba que los recuerdos fueran saliendo con calma. Parecía que cada historia venía empujada por la misma brisa del mar. Una tarde, él estaba sentado en su swing del corredor y yo en una silla, frente a él. Se escuchaba el vuelo rápido de los colibríes que llegaban al bebedero con agua de azúcar que tía Zula les mantenía preparado. A un lado veía los árboles del patio; de frente, la casa de Albert y Neil; y a mi derecha, el camino que llevaba al portón y a la calle que va hacia Cola de Mico.

—Tío Henry —le pregunté—, ¿qué es lo que más extraña ahora, ya retirado de la vida de marino?

Tío Henry se meció despacio. Se acomodó en el swing. Sonrió apenas y respondió:

—Mirá cómo es la vida. Extraño el mar. Mucho, muchísimo. Esa calma que te da estar allí, en esa vida azul. Pero fue en el mar, pescando, que perdí mi ojo. Desde entonces ya no es lo mismo para mí salir a pescar.

Lo dijo sin resentimiento. Aun así, un dolor antiguo le cruzó el rostro. En ese momento entendí mejor que el mar, para los hombres de isla, no solo da sustento y recuerdos. También deja marcas. Allí, entre el movimiento pausado del columpio, el vuelo de los colibríes y el sonido de la isla alrededor, sus historias cobraban otra vida. En un lugar como Utila, el mar no solo se mira: también se cuenta.

Caminé por Utila sin prisa, como quien vuelve a recorrer una parte de su propia vida. Fui a visitar la tumba de mis padres y abuelos. Después decidí limpiar y pintar la tumba de mis padres. Fue uno de los objetivos que asumí estando allí. No lo sentí como una obligación pesada. Lo sentí como un acto de amor, respeto y regreso.

Bajo el calor de la isla, limpié la superficie, quité el polvo y repasé los bordes. Fui devolviéndole claridad a aquel sitio querido. Cada gesto tenía algo de conversación silenciosa. La pintura no solo cubría una tumba. También tocaba una parte honda de mi vida. Frente a esos nombres sentí que la sangre también tiene puerto, raíces de sal y una manera secreta de volver.

Saludé a mis primos y parientes, casi la mitad de la isla. En lugares así la familia no termina en una casa. Se extiende por las calles, los corredores, los patios y los saludos que aparecen de pronto en cualquier esquina. Por la calle central, la vida iba y venía con una calma festiva. Pasaban motos, carritos de golf cargados de familias, niños corriendo entre voces, turistas en un frenético ir y venir, risas y saludos. A los lados, las casas de madera, la ropa tendida, los perros queridos y las mujeres que barrían la tarde completaban esa paciencia antigua de las islas.

En el aire andaba el olor del bando, esa comida isleña parecida al rondón de Bluefields, pero con nombre propio en Utila. También andaba aquel inglés característico, isleño y cantadito. No solo se habla: también se canta cuando pasa por la boca. Aunque la isla vive mucho del turismo, de sus negocios abiertos, de los rótulos llamativos y de la llegada constante de visitantes, Utila no ha dejado de ser una isla de pescadores. El mar no es solo paisaje. También es trabajo, buceo en sus arrecifes, comida, espera, riesgo y madrugada.

El mar sostiene la mesa, marca los días y enseña a la gente a mirar lejos. Un domingo por la mañana, al pasar frente a sus iglesias, escuché cantos de fe en inglés. Eran voces levantadas con ese acento isleño, suave y cantadito. Por un momento, la oración parecía venir mecida por el mar. Allí estaba otra Utila. No solo playa, música, bares y turistas, sino fe, comunidad, familia y gratitud.

Visité sus lagunas, Pumpkin Hill, Chepa’s Beach, sus cayos y arrecifes. Cada lugar tenía una luz distinta. Cada lugar tenía una manera propia de quedarse en la mirada. Pero uno de los momentos que más me maravilló fue la visita a los Cayitos, donde fui a bucear con snorkel. Allí el mar se abrió claro, turquesa, transparente. Parecía guardar una luz propia debajo del agua.

Bajo esa claridad apareció un mundo silencioso y vivo. Peces de colores, tortugas, langostas y caracoles se movían entre los arrecifes. Formas pequeñas cruzaban frente a mis ojos con una belleza tranquila. La vida marina se desplazaba sin ruido, ajena a nuestras prisas. Uno solo podía quedarse allí, con la cara dentro del agua, mirando aquel mundo moverse. Era otra forma de entender la isla.

En esos días sentí que la isla conservaba su propio gozo. Estaban allí las lanchas, los botes de pesca y los cayucos, como les llaman en Utila a esas embarcaciones con motores de muchos caballos de fuerza. Esos cayucos cruzan velozmente el mar entre la isla y los Cayitos. En ciertas épocas del año compiten sobre el agua, levantando espuma, ruido y emoción entre los isleños. También estaban la música country saliendo de algún bar, las risas de la familia y esa manera sencilla de saludar al que vuelve. Yo caminaba feliz, ligero por dentro, como si Utila me hubiera quitado un peso viejo de los hombros.

En Utila el tiempo no corre igual. Se sienta en los corredores, se mece en los cayucos y se queda mirando el agua. Espera que uno aprenda a vivir despacio. Por eso anduve sus calles sin buscar nada. Solo me dejé encontrar por el viento, por la sal, por la voz de los míos y por el rumor alegre de una isla que todavía sabía pronunciar mi nombre.

También hubo tardes de disfrute en familia. Con Albert y Ollie, su esposa, compartí una de las comidas favoritas de los utileños: cangrejos hervidos. En una gran olla, casi medio barril, el agua con sal empezaba a hervir sobre el fuego ardiente. Primero entraban los guineos por unos minutos. Luego llegaban los cangrejos, rojos y humeantes. El vapor subía con ese olor fuerte y marino que abre el apetito antes de sentarse a la mesa.

Aparte se alistaba una pana con limón, cebolla, chile y pimienta. Cada quien tomaba su cangrejo, lo quebraba poco a poco con una piedra o un pequeño mazo y metía los pedazos en aquella mezcla viva, ácida y picante. Los guineos acompañaban esta comida tan apetecida en la isla. Fue una tarde agradable, sencilla y familiar. Allí la comida no era solo comida. Era conversación, risa, costumbre y una manera de estar juntos alrededor de lo que el mar ofrece.

Durante mi estancia también tuve el gusto de visitar el local de mi amigo Robie y su esposa Julie, el RJ’s Bar and Grill. Allí fui recibido como un rey. Al llegar, Robie me indicó que me sentara en una gran silla con respaldo, amplia y cómoda. Luego le pidió a la persona que la ocupaba que me la cediera. Yo no entendía qué estaba pasando. Entre risas, Robie me explicó que aquella era la silla preferida de mi papá.

Aquel detalle me tocó hondo. La visita dejó de ser solo una cena entre amigos. La silla había abierto otra puerta hacia mi padre. Disfruté mucho su compañía y pude ver de cerca sus habilidades como chef especialista en asados. A su lado fui saboreando trozos de carne y mariscos que salían de la parrilla. Estaban preparados con ese talento que convierte una comida en una experiencia.

Fue una noche agradable, llena de sabores y recuerdos. Volvimos a hablar de nuestros juegos de chavalos frente a su casa. También recordamos aquellas aventuras infantiles en el puente sobre la laguna. Entre risas y nostalgia, por un momento pareció que el tiempo había dado una vuelta completa. Nos había llevado otra vez a aquellos días sencillos de la niñez.

La mañana en que me fui, me despedí de tía Zula en el corredor. La abracé y ella me devolvió un beso de madre. Unas lágrimas rodaron en silencio. Tío Henry tomó mi maleta para bajarla del corredor y salir conmigo hacia la calle. Luego me acompañó al muelle. El lugar ya estaba despierto.

Un hombre soltaba una cuerda, otro acomodaba unos sacos y el barco esperaba sobre el azul de la bahía. Nos despedimos con un abrazo. En ese instante sentí la presencia de mi padre, como si algo suyo hubiera llegado también hasta aquel muelle. Después, tío Henry dio la vuelta y se marchó. Subí al barco y miré hacia atrás sin tristeza. Esta vez no me iba vacío.

Utila permanecía allí, con sus casas, sus muelles, sus cayos, sus iglesias, sus cayucos, sus pescadores, sus aguas turquesas, su vida marina, su música, su sol ardiente y su dicha metida en mi pecho. También permanecían la casa de tío Henry y tía Zula, las conversaciones familiares, la tumba limpia de mis padres, el recuerdo vivo de mis abuelos, las tardes compartidas con Albert y Ollie, y los momentos con amigos que también forman parte de mi historia. El motor abrió el agua. La isla se fue quedando atrás, pero algo suyo viajaba conmigo.

Entonces entendí que uno puede partir muchas veces de un lugar amado, pero no siempre se va del todo. Hay islas que no se quedan solamente en el mapa. Se quedan en la voz, en los olores, en la familia, en los amigos y en los muertos queridos. Se quedan también en esa parte del corazón que ningún barco logra llevarse por completo. Utila, mi segunda casa, vive en mi sangre. 

9 de julio de 2026..

Foto: Utila Dive Shop. Hostal y Café.

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