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sábado, 21 de febrero de 2026

SEMBRAR PARA QUEDARSE

 


El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.

—Esos fueron los mejores años de mi vida.

Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.

Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.

Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.

Le habían prometido tierra.

—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.

Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.

Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.

Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.

Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.

Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.

Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.

Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.

—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos vinieron por un pedazo de tierra.

El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.

Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:

—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.

No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.

Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.

Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.

Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.

La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.

—Ha sido una gran aventura —dice ahora.

Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.

El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.

Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.

Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.

Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.

 

 

21 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


jueves, 20 de abril de 2017

TRES CHONTALEÑOS EN LA ESQUINA DE ERASMO


No podía creer lo que miraba, en mis años errantes no lo pude sospechar, pero por unos instantes me sentí hechizado. Desde que salí del hotel Caribean Dreams noté que el ambiente blufileño se me mostraba lóbrego, y por unos instantes, bajando hacia el muelle del mercado municipal, pensé que iba a ser un día lluvioso, de calles mojadas y encierro prolongado por las nubes oscuras estancadas sobre la bahía. Observe varias camionetas lodosas estacionadas en esa cuadra y recordé el movimiento de gente en el pasillo del hotel que entraba a sus habitaciones la noche anterior, y el tránsito de camiones por la carretera en construcción que trasladan toros y camionetas con tráileres ocupados por caballos durante la tarde que viajé desde Nueva Guinea a Bluefields.

“Mañana van a montar toros”, dijo uno de mis amigos que siempre visito. La mujer que me atiende con el desayuno lo confirmó. “Hoy hay montadera de toros”, dijo al servirme una taza de café acompañada con tortillas de harina cubiertas de mantequilla. “¿Va a ir?”, preguntó y luego de un sorbo de café le dije que prefería la tranquilidad de la playa. Terminé mi desayuno y caminé por las calles de la ciudad. Cuando llegué la esquina de Erasmo me encontré con el torrente de taxis que la saturan y que vuelven peligroso el cruce entre las aceras.

Vi a George en la esquina y crucé la calle. Le pedí que me lustrará las sandalias y me ofreció el banco para sus clientes. Quíteselas para no mancharle los pies, dijo. Le entregué la primera, la del pie izquierdo, y la quedó observando con detenimiento. ¿Con qué las lustra?, preguntó. Con Chinola porque me es más fácil, respondí. No lo vuelva a hacer, la Chinola mata el cuero porque tiene muchos químicos, dijo al abrir la lata de pasta café y comenzó a cubrirla de una capa delgada con sus manos gruesas.

Noté a dos hombres en la esquina que observaban a George, propiamente donde estaba el Alto cuando la calle era de doble vía. Uno de ellos se acercó y mostró sus botas de vaquero. Vestía de jeans y camisa manga larga a cuadros con una gruesa faja que en la hebilla mostraba los cuernos enormes de un toro. ¿Cuánto cobra por lustrarlas?, le preguntó. George se quedó pensativo sin dejar de cepillar la sandalia. Cien el par, dijo. El hombre no respondió y regresó donde su acompañante. George me volvió la mirada. Mucho cuero, mucha pasta, dijo. Está caro, pero nunca me las ha lustrado un negro, dijo el hombre que había mostrado sus botas. Date el gusto, respondió el otro regresando la mirada y noté que vestía similar pero llevaba puesto un sombrero.

¿Estás seguro que aquí es el mejor lugar?, pregunto el hombre de las botas. Aquí tiene que ser el desfile hípico, imagínate toda esta calle con el montón de caballos subiendo para allá —señaló hacia el antiguo cine Variedades— y con la bahía de fondo, con el montón de negros asustados de ver tantos animales de raza bailando al son de los chicheros, algo nunca antes visto en Bluefields, dijo extasiado el hombre de sombrero.

Deme la otra, dijo George tocando con el cepillo la caja de lustrar. Noté algo raro en su semblante y sus manos callosas temblaban.

¡Mirá, mirá, allá viene Joaquín!, dijo el hombre de las botas. ¡Y montado!, dijo el de sombrero. Volví la mirada. Un hombre vestido de vaquero, barbudo, con el jeans dentro de las botas y una tajona cruzada en su faja, se dirigió hacia la esquina.

¡Compadre Joaquín, andaba perdido!, dijo el hombre de las botas mientras el de sombrero se acercó al caballo y lo sostuvo de la gamarra porque el torrente de taxis que transitaban por la esquina lo arisquearon.

¡Aquí nadie se pierde, es más pequeño que Juigalpa!, dijo el hombre de la tajona bajándose del caballo. Anduve por el lado del parque y vi un montón de negras hermosas, lindas. Todas me quedaban viendo, agregó con tono de entusiasmo al pisar la acera.

El tránsito de vehículos por la esquina de Erasmo se atascó y el caballo inició a corcovear  porque los taxistas tocaban con intensidad la bocina de los carros y varios gritaban: ¡aparten el caballo! El hombre de sombrero lo jaló hasta subirlo en la acera. La gente que caminaba por la esquina se detuvo ante la presencia del caballo y se formó un tumulto de admiradores.

Hechizado lo observé. Se mostraba hermoso, un pura sangre español, un caballo Andaluz blanco con una alzada de más de un metro setenta; de cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante; cabeza mediana, ligeramente convexa, cabeza de halcón; ojos vivaces; pecho amplio; grupa redondeada y potente. Su porte era el de un caballo orgulloso de armoniosas proporciones, un caballo dueño y señor de la esquina, provocando un contraste irreal, exótico entre el flujo de gente, sus voces altisonantes y los fuertes aromas de la calle caribeña.

George volvió a golpear la caja de lustrar y me volvió a la realidad. “Listo”, dijo y le entregué los veinte córdobas. Los tomó con su mano nerviosa y caminó, con el rostro brillando por el sudor que se discurría en su barba cana, hacia el tumulto de gente. “Move that fucking horse from the sidewalk”, gritó en inglés creole.

Los curiosos se apartaron como aguas bíblicas y George quedó solitario frente a los tres hombres y el caballo. “Quítenlo de la acera”, dijo en español. “La acera es para la gente, no es para animales”, agregó. ¡Sí, quítenlo!, gritó uno de los espectadores. ¡Quítenlo!, gritó otro. Los tres hombres no respondieron ni una sola palabra ante los gritos de la gente. El hombre del sombrero volvió a jalar el caballo y, haciendo señas a los conductores, cruzó hacía la esquina opuesta donde había menos gente.

El hombre de las botas se volvió hacia George. Estaba sorprendido por su reacción, lo siguió con la mirada hasta que se acomodó en la caja de lustrar y caminó hacia él. “Negro, le dijo, lústrame las botas”. George tomó sus trapos, el cepillo, la pasta y los introdujo sin prisa en la caja de lustrar. El hombre que llegó montado en el caballo caminó también hacia George. “Ya terminé de trabajar”, respondió George. “Dale Negro, lústranos las botas a los dos”, dijo el otro hombre. George tomó su caja de lustrar y su banco. “No me gustan las botas ni los caballos”, dijo y caminó con cierto orgullo en su semblante hasta perderse al doblar la esquina de Erasmo en dirección hacia la calle Paterson.

Al abordar la panga hacia la playa de El Bluff el cielo se había despejado. A mi izquierda, más allá de la punta de Old Bank, observé el destello de la pólvora sobre las casas y la línea de la bahía. “Ya comenzó la montadera de toros”, dijo uno de los pasajeros.

Nueva Guinea.
20 de Abril del 2017. 

martes, 9 de junio de 2015

LAS PIPAS DE AGUA DE JUIGALPA (Galvanizadas en la Memoria)




He visto varias carretas cargando una pipa en la que se distribuye agua por las calles de Juigalpa, la misma imagen en diferentes colores. “¿Por qué pintas esa imagen?”, le pregunté a Julio Madrigal al sentarme a su lado, luego de saludar a Carlos Medrano, entre centenares de voces murmurando en la calle, frente a la  casa de familia Guerra Gallardo.

Julio Madrigal me cuenta: "esas pipas eran de mi padre Juan Castilla Tablada, él me dejó una foto que aún conservo y si hago bulla se desbarata. Decidí pintarlas para dar a conocer cómo se distribuía el agua en Juigalpa. Él tenía varias pipas, había una roja, una verde y otra azul, por eso las he pintado en varios colores”.

    ¿Y en diferentes calles?

Las calles de Juigalpa se parecen, sus casas esquineras son grandes, de adobe y teja, con el mismo diseño arquitectónico. Cuando la gente mira el cuadro provoca la discusión entre los juigalpinos: unos dicen que es la esquina de donde fulano, otros de donde zutano, pero realmente la esquina es por donde doña Teresita Pantoja, es decir allá donde vivía Tapa Chiche, la esquina de don Aníbal Cruz. Metían la pipa de retroceso para el lado de donde la Tersa Urbina, allí antes era un guindo y le ponían una cuña. La foto fue tomada en esa esquina, eso me lo comentó Alejandro Castilla, mi hermano, uno de los que va montado. Entonces, como todas las esquinas son parecidas, da la impresión de que se ha paseado por toda la ciudad.

    ¡Esa es una imagen que te quedó grabada desde chavalo!

Así es. Conozco todo el procedimiento, desde el pozo, cómo se parqueaba la pipa, cómo se trasegaba el agua del pozo a la pipa, todo eso me quedó galvanizado en la memoria y le puse alas porque ahora hay pipas en Europa, en Estados Unidos, en Sur América y en Cuba.

    ¿Cómo es que las pintas?

En tela con técnica mixta, la base va curada con cola, los polos de la lona, acrílico especial y luego una mezcla de óleo, es un técnica mixta. He pintado como unas doscientas pipas.

Observo que Carlos Guerra sale de la casa. Me disculpo y camino hacia él esquivando los pies de los estudiantes que están sentados en sillas blancas y han llenado la calle. Nos apretamos las manos, le doy condolencias por la muerte de María Elena y nos abrazamos. Los periodistas lo rodean, me despido y regreso donde Julio.

    Julio, esa pipa también está pintada en el parque de Palo Solo.

Es un mural que fue pintado por Ricardo Gómez. Él fue mi alumno cuando comencé a dar clases de dibujo y pintura en lo que es hoy La Asunción, antes la escuela José Aníbal; allí comenzamos con María Ramos a impartir los primeros talleres a raíz de la Revolución donde acudió Ricardo, un morenito, a dar sus trazos iniciales. Ahora es un gran escultor y pintor nacional que da clases en la Escuela de Bellas Artes. Él la pintó, pero no lleva los detalles que tenían las Pipas de mi papá.

    ¿La pintaste sin pensar que podrían regresar esas condiciones de distribución de agua por el despale, la ganadería extensiva y el cambio climático global?

Cuando uno pinta quiere dar a conocer algo que pasó, porque es una pena que ahora no hay ni una pipa para tenerla en un museo. Aquí en Chontales el oro se trasladaba desde La Libertad a Puerto Díaz en carretas. Don Juan Manuel González, el músico acordeonista, era el jefe de todas las carretas. Ahora no hay ni una carreta y ni una pipa. A lo mejor volvemos a eso porque en algunas comarcas no hay agua, por ejemplo en Piedras Grandes, pero en la ciudad hay las 24 horas del día por un gran proyecto que hicieron los coreanos para abastecernos desde el lago de Nicaragua.

    ¿Sonaban una campana avisando que pasaba la pipa?

No, sólo gritaban “la agua, la agua, última vez que paso”. La gente abría sus puertas, entraban y llenaban el tanque o la pila

    ¿A qué precio vendían el cántaro de agua?

    A quince centavos, ¿verdad, Carlos? —dice Julio preguntandole a Carlos Medrano.
  Veinticinco centavos, era equivalente a una lata —responde Carlos.
    El cántaro era de bronce como esos cantaritos de oro que hacen para pendientes —dice Julio.
    Hay que aclarar una situación —dice Carlos —habían otro dueños de pipas: Agustín Castilla Solís, Pablo Urbina, Antonio Urbina, llamado “Toño Pipero”, y Juan Castilla, el papá de Julio.
    Don Arturo Tablada, mi tío abuelo, mi abuelo se llamaba Nicolás Tablada, le dio a su sobrino, mi papá, dos pipas para que trabajara; fue desarrollando la microempresa y como era rentable los otros se metieron y hasta hicieron un pozo al lado del suyo —explica Julio.

    ¿Por todo eso es que pintas las pipas?

Las llevo galvanizadas en la memoria, como decía Neruda.

Veo el reloj, se hace tarde. Le agradezco a Julio la oportunidad de entrevistarlo. Observo que comienzan a sacar las ofrendas florales de la casa. Me despido y quedamos de vernos en la catedral donde se hará la misa de cuerpo presente de María Elena. Camino hacia la esquina de Palo Solo e imagino en estos tiempos a las pipas abasteciendo de agua a los juigalpinos.

Juigalpa, Chontales.
3/6/2015.