Una tarde, dispuesto a tomar unas fotos de tucanes, me adentré por las riberas del río La Verbena. Caminaba despacio por la orilla, entre raíces descubiertas, piedras húmedas y ramas que se extendían sobre el agua. La vegetación era espesa. Los árboles cerraban buena parte del cielo y dejaban caer una sombra fresca sobre el río. Entre las piedras, la corriente avanzaba con fuerza, formando pequeños remolinos y dejando apenas algunos montículos de tierra donde crecían matas y hierbas.
Había una quietud extraña. Iba atento a las copas de los árboles, buscando algún tucán entre las ramas, cuando de pronto, a unos cuarenta metros, vi a un hombre que se movía dentro del río.
Era un pescador solitario. No había notado mi presencia. Avanzaba entre las piedras y la corriente con su tarraya. Cada cierto trecho se detenía, observaba el agua y preparaba la red. Sostenía una parte con la boca y extendía la otra con el brazo antes de lanzarla. La tarraya se abría en el aire y caía sobre el río. Esperaba unos momentos, la recogía y continuaba.
Lo vi repetir esa maniobra unas tres veces, con la naturalidad de alguien que tiene muchos años de práctica. Para entonces ya me había olvidado de los tucanes. Ahora lo que quería era fotografiar a aquel hombre y su tarraya.
Comencé a seguirlo en silencio, procurando que no me viera. Su figura aparecía y desaparecía entre la vegetación de la ribera. El agua corría alrededor de sus piernas, golpeaba las piedras y seguía río abajo. Él avanzaba unos pasos, se detenía y volvía a lanzar.
Al verlo, me acordé de los pescadores de la bahía de Bluefields, aquellos que surcan sus aguas en botes de canalete con velas y tiran la tarraya en busca de chacalines. La escena se parecía, pero era distinta. Aquí no había bahía ni botes. Estábamos en un río del trópico húmedo, entre árboles, piedras y corriente, y frente a mí estaba aquel pescador solitario, metido en el agua, repitiendo un oficio antiguo.
En uno de aquellos
movimientos levantó la tarraya y la abrió con fuerza. Por un instante quedó
suspendida en el aire, enorme, casi redonda, extendida sobre el río y la
vegetación.
Me detuve. Esta es la foto, me dije. Y click.
Ahora pienso que muchas veces salimos buscando una cosa y termina encontrando otra. Aquella tarde fui al río a buscar tucanes y regresé sin una sola foto de ellos. En cambio, me traje la imagen de un hombre solo en medio de la corriente, lanzando su tarraya con la misma paciencia con que yo esperaba encontrar un ave entre las ramas. Tal vez de eso también se trata andar con una cámara: mirar lo que uno busca, pero estar dispuesto a descubrir lo que aparece.
19 de agosto de
2026.
Foto propia.
