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martes, 19 de diciembre de 2023

UN LUGAR LODOSO CON OLOR A PÓLVORA



La primera vez que escuché hablar de Nueva Guinea fue en el comedor de la casa de mi abuelo, Felipe Álvarez. Cruzaba el patio de la casa de mis padres a la hora del almuerzo, y la abuela Manuela me hacía un lugar al lado del abuelo. Mis tíos, Pablo y Jorge, ocupaban sus sitios en aquella mesa redonda que mi abuela llenaba con suculentos platos, apoyada por varias mujeres que la asistían en las labores domésticas.

Transcurría el año 1970, y la pesca industrial de camarones en el puerto de El Bluff estaba en auge, con la empresa Booth Fisheries Company actuando como eje de su desarrollo. Impulsaba la planta de procesamiento, la flota de barcos, un astillero y la exportación hacia Estados Unidos de Norteamérica, tanto por vía aérea como por mar. Era un auge que irradiaba la economía local, de Bluefields y el país.

Mi abuelo Felipe se desempeñaba como responsable de la bodega de la aduana, y mis tíos trabajaban como funcionarios de agentes aduaneros en un puerto donde atracaban barcos mercantes. Estos abastecían a los establecimientos comerciales de los chinos en Bluefields, además de participar en la misma actividad pesquera. Posteriormente, se llevaban productos de exportación como bananos, ganado, azúcar, madera y otros, principalmente hacia el mercado estadounidense.

—Somoza está ofreciéndole tierra a todos los campesinos para que se trasladen a vivir a Nueva Guinea —dijo tío Pablo.

—Van a despalar esa montaña —dijo el abuelo.

—Ya empezaron —agregó tío Jorge.

—Felipe, ¿Dónde queda ese lugar? —preguntó la abuela Manuela.

—Cerca de las serranías de Yolaina, de Monkey Point en dirección hacia el este —respondió el abuelo.

—Por el río Punta Gorda van a sacar madera, carne de wari y venado, los frijoles que produzcan, plátanos, yuca y quequisque —añadió tío Pablo.

—Vamos a estar bien abastecidos —dijo la abuela con alegría y se sentó a un lado del abuelo.

Esos nombres que escuchaba, Nueva Guinea y Yolaina, eran nuevos para mí, no así Monkey Point y Punta Gorda, porque mi padre, White Bush Hill Bush, era capitán de barcos camaroneros y recorría la mar cercana a la costa, conociendo y hablando de esos lugares. Además, varias familias que habitaban en Punta Gorda, principalmente los McRea, eran amigos de la familia Álvarez. Llegaban con sus botes, hechos de grandes troncos de árboles, llenos de productos que abastecían a los pobladores de El Bluff y Bluefields. No solo trasladaban productos, sino también noticias sobre el estado de las cosas en su región.

Catorce años después, en 1986, visité por primera vez Nueva Guinea por asuntos de trabajo. Era una zona de guerra, con enfrentamientos entre la Contra y el Ejército. En aquel entonces, ninguna persona quería visitar, y mucho menos trabajar en Nueva Guinea. Todos huían de la guerra.

Llovía intensamente, y las calles, siendo de todo tiempo, estaban lodosas, por las que circulaban camiones IFA, Robur y Zil transportando militares. El olor a pólvora impregnaba todo el ambiente. La mejor infraestructura eran cuatro pequeñas cuadras que llamaban "la ciudadela" y en una de sus casa de madera fui alojado.

En aquel momento, la producción del llamado granero de Nicaragua estaba por el suelo, casi nula. Se impulsaba la Reforma Agraria con un proceso de cooperativismo, promoviendo cooperativas de servicios múltiples y cooperativas agrícolas sandinistas, estas últimas tenían las tierras en propiedad común de sus miembros. También se desarrollaban grandes proyectos estratégicos de cacao y caucho.

El ambiente estaba impregnado de la euforia de los primeros años de la revolución, con grandes planes agropecuarios golpeados por la guerra. La primera noche que dormí en Nueva Guinea fue de un solo tirón: escuchaba la cadencia interminable de la lluvia cayendo sobre el techo de zinc y recordé la casa de mis padres en El Bluff.

Seis años después, en 1992, luego de concluida la guerra, regresé nuevamente. Trabajaba para un Programa de Asistencia a Repatriados, financiado por el ACNUR, donde conocí las colonias y varias de sus comarcas, al igual que muchas personas: fundadores, repatriados y desmovilizados de la Contra y del Ejército. En el año 1993 y parte de 1994, trabajé en la alcaldía municipal siendo José Orlando Baquedano (QEPD) su alcalde. Luego, durante 14 años, laboré con la ONG Ayuda en Acción como coordinador.

Desde 1992 hasta la fecha, me encuentro domiciliado en Nueva Guinea, participando activamente para generar cambios y solucionar muchos problemas en su proceso de desarrollo. De igual manera, he logrado conocer a muchos de sus pobladores, a muchos neoguineanos, a los que he entrevistado, escuchado sus historias, recopilado sus vivencias y tengo el privilegio de hacerlos parte de los Sueños del Caribe.

 

Actualizado el 16/12/2023.

Foto: colonos con funcionarios del IAN.

martes, 3 de marzo de 2015

MUERTE Y AMOR EN LA COLONIZACIÓN DE NUEVA GUINEA

Víctor Rios Obando

LA MUERTE:

La muerte es inevitable, un día todos y todas transitaremos por su sendero, unos más que otros le temen, la respetan porque se aferran a la vida. Conversando con los hermanos Donald y Víctor Rios Obando, primeros fundadores, he logrado recuperar los nombres de las personas fallecidas a principios de la colonización de Nueva Guinea.

1.        Macedonio Amador:
Estaba limpiando el monte en la parcela de don Eleazar Marenco para la siembra de postrera y cortó a una culebra barba amarilla por la mitad, pero un pedazo se le fue. Dejó una burra de monte, se emburró y regresó por la tarde para terminar el trabajo. La mitad de la barba amarilla, la parte de la cabeza, estaba allí y le picó arribita del ojo del pie. En esos tiempos no se usaban botas de hule sino que unos zapatos que llamábamos burrones, eran de cuero con tachuelas en la suela. Don Eleazar lo llevó al salto del río el Zapote, al “vivero” y allí murió. Nos pusimos a pensar en dónde lo íbamos a enterrar y nos acordamos del lugar donde vimos a la Gongolona. Allí lo enterramos, a la orilla del camino y desde entonces así se llama el cementerio general de Nueva Guinea”, dijo Donald Rios Obando.

2.        Irma Palma Hernández
Falleció por causa de un alumbramiento gramatical, el niño se le murió y no pudo dar a luz, se le murió en el vientre. La partera Susana Cardoza, conocida como Mama Chana, con la ayuda de Augusto López y Eliazar Marenco, sacaron al niño en pedazos para salvarle la vida, pero a los cuatro días falleció. “Era la esposa de mi hermano Donald”, cuenta don Víctor Rios Obando.

3.        Víctor Manuel Velásquez:
Murió ahogado en el Río Plata. Andaba en busca de maíz y arroz para siembra pero al tratar de cruzar el río se dio vuelta el bote y se ahogó en la parte más profunda. “Nos avisaron como a las cuatro de la tarde, lo buscamos hasta muy noche pero fue hasta el día siguiente que lo sacamos, se lo estaban comiendo los camarones”, recuerda don Víctor Rios.

4.        Vicente Núñez:
Un colono estaba cortando, tumbando un gran palancón de Rosita. Vicente lo acompañaba, pero al caer el enorme árbol provocó un gigantesco viento que lo ahogó, le quitó la respiración y murió a causa de ese viento.

5.        Carlos Hidalgo:
Los encontraron a la orilla de un inmenso árbol de Almendro. Estaba trabajando en su finca, sembrando arroz. Estaba muerto, con un golpe en la cabeza y en todo el cuerpo.

6.        Gloria Márquez de Mercado:
Murió con su recién nacida a causa de un piquete de culebra.

7.        Herlinda Velásquez:
Murió de un tétano por bañarse con agua helada, amanecida. Ella tenía seis días de haber dado a luz a un niño.

8.        Hernon Barrera:
Estaban socolando la montaña, en un cerro. Sacaron una tuca que rodaba guindo abajo y se lo pasó llevando. Le quebró todo el costillar.

EL AMOR:

“La venida de nosotros a estas montañas fue alegre, pero nos desesperamos por la falta de amor y tuvimos que salir a buscar a las mujeres. Ver la ternura de la selva al amanecer, escuchar el canto de los pájaros con nuestra mujer al lado, es la ternura más grande que hay”, dice Víctor Ríos Obando.

Gozábamos juntos esa alegría, compartíamos un amor tranquilo en la selva porque la mujer se sentía gozosa, se sentía satisfecha sin pensar que el hombre que amaba andaba con otra mujer porque en nuestros pueblos éramos machistas, vagos, nunca le habíamos dado el verdadero valor a la mujer en el amor, pero aquí en la selva se nos pasó la mano. El amor, el cariño, nos calentábamos inmersos en el frío de la madrugada, con el canto de los pájaros, con la luz de la luna, perdidos con el sonido del agua del salto del río el Zapote reventando en las piedras.

Estábamos tranquilos con nuestras mujeres, a las seis de la tarde ya estábamos apagando el candil carretero y nos poníamos a jugar con nuestra mujercita, que bonito, que confianza, no hay como una mujer feliz, tranquila. Por ese amor, por el amor en la montaña que tuvimos no le importaba estar descalza, lo importante para ella era que tenía a su lado al hombre que quería a como ella lo deseaba. Y nosotros felices, allí con nuestra prenda adorada, nuestras mujeres.

A lo menos yo, mi señora tuvo diez niños, de ellos seis están vivos y cuatro muertos. Cuando vine a esta selva sólo un hijo tenía, don Marcos Alvir sólo dos tenía, la Paulita y Arsenio, después aparecen como cinco, cada año uno, pues. Don Toño Rugama como de 14 a 15 hijos.

La selva fue para nosotros de gran provecho, fue una cuna para sobrevivir en el amor, con amor, con cariño, con esperanza porque había vida. No importaba si no teníamos buenos zapatos, ni ropa pero había vida, teníamos pescado, jabalí, el venado, la guardatinaja y los pavones para alimentarnos junto con nuestras mujeres con la comida natural que Dios le ha dado al hombre en la selva.

Muchos hombres, aunque usted no lo crea, todavía hoy no besan a sus mujeres, pero en esos años todos aprendimos a besarlas porque los besos en la montaña son más dulces. En los pueblos besábamos a otras pero a la nuestra nunca, pero aquí nos llenamos de dulzura, era una miel. Lo lindo es que se relacionó el amor con la selva, el hombre y la mujer fusionados en esta montaña.

03/03/2015
#50Años

martes, 2 de diciembre de 2014

EL ANCIANO CON SOMBRERO DE PAJA (“He luchado toda la vida”)

A las once de la mañana pocos clientes concurren al mercadito campesino que se instala todos los viernes frente a la acera de la Alcaldía. Recorro cuatro toldos en busca de naranjelas para hacer fresco con ellas; al llegar al final de la hilera un anciano de cabello blanco, cubierto con un sombrero de paja, saborea un nacatamal en el borde de una mesa.

Dos hombres conocidos están sentados a la orilla del toldo que delimita el espacio que queda libre para que circulen los vehículos en doble vía. Desde allí, el punto más elevado de la calle, observo que las mesas también están ralas de productos.  Al fondo, en dirección a la Alcaldía, más de diez motocicletas están parqueadas con sus llantas delanteras pegadas a la cuneta. “Vino muy tarde”, dijo una de las mujeres que siempre vende plátanos y guineos, “el lunes puede encontrar, los de los Ángeles siempre traen”, agregó.

Regresé la mirada hacia el anciano y noté que se limpiaba la boca con un pañuelo. Le pedí permiso para tomarle una foto con mi teléfono. Sin decir palabras se alejó un poco de la mesa, guardó su pañuelo y se quitó el sombrero. “Con sombrero va a quedar más elegante”, le dije y se lo volvió a poner.

    ¿Cómo se llama usted? —pregunto dándole la mano.

Las voces de las mujeres que ofrecen sus productos, las de las que se acercan a los toldos preguntando por los precios, los hombres que platican al lado y el sonido de un vehículo que pasa pitando, no permiten que me escuche con claridad. Me acerco casi pegándome a su oído para preguntarle nuevamente.

    Cesario Betancourt Pérez —responde con su voz cansada pero firme.
    ¿Qué edad tiene?
    Yo tengo… ochenta y… seis años.
    ¿En qué año vino a Nueva Guinea?
    Me vine para acá en 1972.
    ¿De dónde es originario?
    De Honduras, de San Marcos de Colón, pero me vine porque mi papá fue casado con una señora llamada Isabel Pérez, originaria de Pueblo Nuevo. Así fue que llegué a León.
    Entonces, se vino para acá y compró finca.
    ¡No, no le voy a mentir hermano, me la regalaron!
    ¿Quién?
    En los tiempos cuando estaba Tacho Somoza, Tacho me la regaló. Entraban camiones a las Marías, la comarca donde yo vivía, y los hombres nos decían que a los que se vinieran para Nueva Guinea les iban a dar tierra; “les vamos a hacer su casa, van a tener todo y ya no van a seguir siendo esclavo de los ricos”. Mi esposa andaba en una oferta en Matiguás pero yo les dije “me voy, sin tamales pero me voy”.
    Y se vino. ¿En avión?
    Sí, en avión, allí donde era la pista me apearon.

Miro hacia donde señala y un avión Hércules de la fuerza aérea Panameña está estacionado en el extremo este de la pista; otro sobrevuela los alrededores en el cielo azul de abril, a la espera de que se disuelva el tumulto de gente para aterrizar. Los campesinos recién llegados caminan desorientados, aferrados a sus bultos y sacos mientras los trabajadores del IAN gritan dando orientaciones para que hagan fila y se dirijan hacia una caseta donde registran sus datos.

    ¿Vino solo o con su esposa?
    Con mi esposa.
    Y después, ¿para donde lo mandaron?
    Después, allí nos daban provisiones, un saco de pan, manteca y todo, estábamos muy alegre porque eso no lo teníamos, éramos pobrecitos, yo vivía a la orilla de un río. Todos los días me tenía que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar en los algodonales.
    ¿Y entonces, donde le dieron la parcela?
    Allá, cerca de la colonia Rubén Darío.
    ¿Cuánto le dieron?
    Me dieron 50 manzanas.
    ¿Y allí permaneció por mucho tiempo?
     Sí, en esa época se abrieron los créditos para criar chanchos que nos daba el banco, pero le hice una solicitud para ganado y me dieron dos vacas paridas, una bestia y un macho. Mire, con esas dos vacas paridas yo hice veinte. Cuando la guerra de los años ochenta eso era lo que tenía. Estaba bien, tenía mi carreta, mis tres pares de bueyes, mis bestias para andar y viajaba tranquilo a la finca porque yo vivía en La Esperanza; me iba montado siete kilómetros por el camino a la Rubén Darío.

“Sólo tengo sembradas dos manzanas de frijol rojo, ¿y vos?”, pregunta el hombre de gorra y bigote que está sentado a la orilla del tubo que sostiene el toldo. “Una para la comida y para no volver a perder”, contesta el otro, el que está al lado de la vía. “Se acabaron los tiempos de las grandes frijoleras, ya es demasiado lo que se pierde cada año”, agrega el de bigote. “A diez pesos cada uno”, dice la mujer de la venta de nacatamales, sosteniendo en su mano derecha un hermoso tamal que muestra a una señora que husmea en su mesa.

    Y cuénteme, ¿cómo pasó esos tiempos de guerra?, le pregunto a don Cesario.
     ¡Ahhh!, ¡todos mis animales se los robaron, se los comieron! Llegaban unos y otros, los de la contra y los del ejército. “Nos vas a dar una vaca, un ternero”, me decían; qué iba a hacer, se los comían. Un día vengo de la parcela y al bajar un caño me salió la contra. “Es cierto que vos tenés un hijo que es artillero, que anda con los sandinistas”, me dijeron. No tengo hijo que anda con ellos, es un nieto. Vos sabes que los hijos cuando están hombres deciden lo que van a hacer, ya no hacen caso, les dije. Me metieron al monte, me investigaron todo, uno de ellos me quería llevar, otro me amenazaba con una pistola, pero otro que era conocido, porque yo le había hecho un favor, les dijo que no me hicieran nada. Mire cómo son las cosas: me soltaron.
    ¿Y después?, ¿se salió de la finca?
    Sí, amigo. Tuve miedo, mal vendí todo y logré comprar una casita en la zona 5 donde vivo ahora.

El hombre de bigote dejó de hablar sobre los cultivos y su parcela, se volteó hacia el lado de la mesa donde estaba sentado el anciano y se metió en la plática. “Eso es lo que les va a pasar a los campesinos que viven en la ruta del canal si no se organizan, si cada uno negocia por su cuenta con los chinos no volverán a comprar lo que ahora tienen en esos lados de Punta Gorda”, dijo. El otro se quedó pensativo mirando al anciano. La mujer se acercó y con sutileza retiró el plato donde quedaban las hojas del nacatamal que se había comido.

    ¿Y su señora?

Dos empleados de la Alcaldía se montaron en sus motocicletas, se pusieron los cascos, las encendieron de una patada, giraron a la izquierda, maniobraron con rapidez pasando pegadito a los hombres que estaban a la orilla del toldo y el ruido de los motores se dejó de escuchar hasta que doblaron a la derecha, perdiéndose por la calle central.

    Ya murió, pero mire, yo he luchado toda la vida. Quisiera que llegara a mi casita, quiero que me visite, de la esquina de Rubén Darío a la media cuadra estoy yo, pegado a Alberto Blandón.
    Está bien, amigo, un día de estos llego.

La vida del campesino es dura, lo han marginado y explotado históricamente, pensé al llegar a casa. Han sido golpeados triplemente. A unos, Somoza les dio hacha, calabaza y miel, y a otros, los desalojó de sus tierras; en los años ochenta fueron evacuados por la guerra perdiendo todo, otros se involucraron en el conflicto armado por la fuerza y, para remate, el huracán Juana con sus bosques acabó. Hoy, esos mismos campesinos que retornaron a sus tierras para comenzar de nuevo, una vez finalizada la guerra en 1990, sus mujeres, sus hijos y nietos, ven el futuro incierto por los planes de construir  un canal interoceánico que los mantiene en zozobra. ¿Volverán a ser golpeados?, sigo preguntándome.



30/11/2014

lunes, 15 de julio de 2013

LA CAMIONA

Víctor Barrera se subió al camastro del gigante gancho con la seguridad de que en cualquier momento comenzaría a deslizarse sobre el lodazal y lo llevaría sano y salvo a Nueva Guinea. “Cuando escuché el grito alegre de Fulgencio Duarte, el ayudante del tractorista, indicando la salida —¡jálela, jálela, jálela! —, sentí el arrancón bajo mis pies y me senté en el piso de madera entre sacos de azúcar, latas de aceite, pacas de sal, cajas de jabón y herramientas, sujetándome de los tablones”, dijo Víctor desde la comodidad de su oficina.

Sobre el gancho, cortado de inmensos árboles, construían un camastro rectangular que acoplaban con un cable al tractor Caterpillar D6 de oruga, que lo jalaba para poder trasladar alimentos y combustible entre La Gateada, propiamente en La Curva, y la recién formada colonia de Nueva Guinea. Las puntas del gancho y su base eran ovaladas a punta de machete, permitiendo que se deslizara sin resistencia en subidas y bajadas, apartando el agua de los charcos en un crujido constante que se mezclaba con el ruido del tractor. En terreno malísimo, principalmente en grandes hondonadas, el tractor cruzaba primero y luego arrastraba a “la Camiona” —así le llamaban— con el cable del guinche hasta la parte más alta para seguir avanzando entre el lodo y la espesa montaña al ritmo de mansa boa.

Al inicio, los víveres se trasladaban en el lomo de treinta mulas, pero como no aguantaban el trajín y se cansaban en los lodazales, pasaron a ser usadas por los técnicos del Instituto Agrario. “A don Miguel Torres se le ocurrió el invento porque él fue, en un tiempo, maderero y de esa manera trasladaba el combustible y herramientas a los puntos de extracción más avanzados en la montaña. Con la Camiona se resolvió el problema de abastecimiento que sufríamos en los primeros años de fundación, entre 1965 y 1970, antes de que se construyera la carretera desde La Gateada”, dijo don Víctor Ríos Obando, uno de los fundadores de Nueva Guinea.

“En la Camiona me venía para acá cuando salía de vacaciones; a veces la cargaban con combustible y, en otras, con víveres, porque no transportaban las dos cosas al mismo tiempo. Cuando tenía que regresarme a estudiar a Managua, en ella me montaba; iba cargada de gente y recipientes vacíos. El viaje duraba cuatro días, dos de ida y dos de regreso. De Nueva Guinea salían de madrugada, a eso de las cuatro de la mañana, y en el recorrido se detenían por espacios breves en La Paula, La Santos y Río Rama, hasta que llegaban a El Coral a las seis de la tarde. En esos tiempos, El Coral era una callecita triste, pero allí descansaban, comían y dormían para salir tempranito al día siguiente. Se detenían en La Ceiba y Quebrada Grande; llegaban a La Curva entre la una y dos de la tarde, descansaban un rato, la cargaban de productos y vuelta para atrás”, agregó Víctor Barrera.

El viaje duraba menos cuando comenzaron a construir la carretera de todo tiempo porque la Camiona llegaba hasta el punto más avanzado del camino. “La demanda de productos creció con el aumento de colonos y trataron de sustituirla con uno de esos tráileres que se utilizan en los ingenios, pero no les resultó: se embancaba o se daba vuelta en la trocha y la carga quedaba regada en el lodazal”, explica Víctor.

“La esperábamos ansiosos por las tardes y muchos salían a su encuentro montados en bestias hasta el río La Verbena. El rostro de Luis Morán, el primer tractorista de la Camiona, brillaba de alegría por el recibimiento que le dábamos cada vez que entraba por la primera calle que hicimos, la principal de ahora. Cada cuatro o cinco viajes teníamos que hacer una nueva porque se desgastaba en la trocha; todita se la carcomía el lodo. Siempre escogíamos grandes ganchos de árboles duros y resistentes, como almendro y guayabón, para que aguantara. ¡Éramos ingeniosos, en esos tiempos no nos resignábamos!”, recuerda don Víctor Ríos Obando, lleno de orgullo.

El tractor se detenía frente a la oficina del Banco Nacional, descargaban la Camiona y después distribuían los productos en la cooperativa, al otro lado de la pista, en la esquina opuesta de la llamada “catedral” de Nueva Guinea. “Allí me bajaba y después caminaba hasta la casa de mi mamá en Río Plata”, dijo Víctor Barrera, mostrándome el sitio donde la parqueaban.

 

15 de Julio de 2017.

jueves, 27 de junio de 2013

CONFITES EN EL INFIERNO

Miguel estaba sentado en una silla sobre el pasillo que da acceso a su casa de minifalda en la colonia de Río Plata; a su espalda dominaba el verdor del patio y los pájaros en las ramas de los árboles reclamaban los rayos del sol con su canto. “Cuando escuché el ruido del jeep me acordé de la avioneta”, dijo al saludarnos. Me ofreció una silla y, luego de saludar a su esposa e hijo, nos sentamos a conversar.

“Ruuuh, ruuuh, ruuuh, se escuchaba desde lejos un sonido ronco que reventaba entre las nubes oscuras y, desde que lo escuchaba, salía corriendo para donde mi mamá, sin importar lo que hacía ni dónde estaba, porque me esperaba con una botellita para que saliera corriendo a Nueva Guinea”, contaba con su voz entretejida al canto nostálgico de los pájaros, el rostro cubierto de alegría y sus manos señalando el cielo rojizo que se desvanecía.

“En un ratito me recorría los cinco kilómetros desde aquí hasta la pista, corría en el lodazal sin detenerme, en el camino encontraba a otros chavalos desmangados y descansaba hasta ver parqueada la avioneta a un costado de la pista, casi frente a la cooperativa, allí donde es ahora la alcaldía”, agregó cansado, como si hubiera hecho en este instante el recorrido. “Vieras el chavalero que se aglomeraba alrededor, éramos un montón de zipotes pelones, todos alegres y contentos de tocar a esa animala que volaba, esa avioneta que daba varias vueltas sobre el cielo de Nueva Guinea y se desmangaba desde arriba, papaloteando contra el viento y la lluvia hasta caer parejita, apartando agua de los charcos y quedándose quieta después de dar una vuelta”.

La esposa de Miguel salió desde la sala con dos tazas de café humeantes y su hijo se sentó en un banco de madera. “Veo que siempre le pinta el pelo a Miguel”, le dije al tomar la taza y mostró su sonrisa complaciente mientras él entrecruzaba las piernas. “¡Qué va!, ahora es su hija y sus sobrinas las que le esculcan el pelo”, dijo y volvió a entrar a la casa.

“De seguro has visto una foto en la que aparecen un montón de chavalos posando al lado de la avioneta”, continuó hablando Miguel. “Creo que era la número 1001 o tal vez la 1002 de la FAN, porque sólo esas dos piloteaba el teniente Ocón, él era especialista, estaba jovencito, de unos diecinueve años, pero conocía bien el lugar donde estaba la pista de aterrizaje. Se dejaba venir en picada como gavilán, abriéndose paso entre la neblina y las nubes cargadas de agua hasta nivelarse y quedar parejito a la raya de la pista para aterrizar”, dijo dibujando la maniobra en el aire con la palma de su mano derecha y los dedos verticales al suelo.

“Cuando daba la vuelta y se parqueaba salíamos disparados a su encuentro. Vieras que alegría, una sola algarabía de chavalos. Siempre traían algún convaleciente de Managua o iban a trasladar a otro de emergencia, a algún picado de culebra o a una mujer con problemas de parto, pero vos sabes cómo son los chavalos, no nos llamaba la atención por estar pendientes del teniente Ocón, siempre nos tocaba las cabezas pelonas, nos mostraba la cabina y nos traía confites de regalo” agregó.

¿Y la botellita, para que era?, le pregunté.

“Antes de despegar, el teniente Ocón nos llenaba la botellita con gasolina de la avioneta. Imagínate todo lo que repartía, éramos un montón de chavalos y todos llenábamos, para mí que siempre echaba de más en los tanques para regalarnos. Con eso nos bastaba en la casa, encendíamos los candiles para iluminarnos por las noches, el fuego de la cocina se mantenía encendido y hasta la usaban para remedios caseros. Cada vez que necesitábamos, al oír el ruido de la avioneta volvía a salir disparado hacia Nueva Guinea”, explicó.

“Lo que era ser chavalos en esa época”, intervino el hijo de Miguel que es maestro en una comarca de Nueva Guinea. “Ahora los chavalos no se conforman con confites en el infierno, porque eso era Nueva Guinea en esa época, un infierno de penurias y desgracias”, agregó.

“Y sigue siendo para la mayoría de la gente”, dijo Miguel al levantarse para que le entregara la taza y entrar a la sala. Cuando regresó me despedí de él y su esposa, y le dijo a su hijo que se regresara conmigo a Nueva Guinea porque ya anochecía.


jueves, 3 de marzo de 2011

NUEVA GUINEA, SIN LUZ EN LA SELVA

Este cinco de marzo se celebran 46 años de fundación del municipio de Nueva Guinea. Se conmemora la hazaña épica que diecisiete campesinos pobres originarios de Somoto y Carazo, entre ellos dos mujeres, junto al reverendo Miguel Torres y varios funcionarios del Instituto Agrario de Nicaragua (IAN), realizaron para llegar a la actual cabecera municipal de Nueva Guinea. Guiados espiritualmente por el reverendo, soñaron poseer tierras que les permitieran lograr el sustento de sus familias y fundar en la montaña el primer pueblo de evangélicos, al que llamarían “luz en la selva”.

Marginados y abandonados en un ambiente hostil, soportaron hambre y enfermedades. Sin darse por vencidos presionaron al gobierno para recibir la atención debida, coincidiendo con la lucha de campesinos pobres de occidente, desterrados por el cultivo del algodón. Con el fin de reducir tensiones, en 1970 el IAN delimitó un área de 400,112 hectáreas para desarrollar el proyecto de colonización denominado “Rigoberto Cabezas”. La sequía en el Pacífico de 1971, la erupción del Cerro Negro y el terremoto de Managua en 1972, fueron suficientes motivos para que el IAN trasladara miles de familias a la zona.

En el periodo de 1972 a 1979, el proceso de colonización pasó de ser espontáneo ha estar normado y planificado por el IAN. Para ello, el gobierno obtuvo financiamiento del BID y con asesoría del Gobierno de Israel materializó el modelo de “la colonia”, asentamiento rural concentrado con los servicios básicos necesarios y campesinos dotados de 50 manzanas de tierra alrededor de ésta, inspirados en el kibutz (colonia agrícola) israelí. Se brindaron todos los servicios de apoyo: apertura de una sucursal del Banco Nacional de Desarrollo para otorgar créditos y hacer fincas mediante el despale indiscriminado del bosque, apoyo con insumos y semillas, construcción de caminos, electrificación rural, escuelas, puestos de salud y pista de aterrizaje. Como por arte de magia Nueva Guinea se convirtió en el granero de Nicaragua, sustentado en la producción de frijol y maíz, y en el principal abastecedor de madera para la Plywood.

Durante el período del gobierno Sandinista (1979–1990), la revolución significó la desarticulación de las estructuras del IAN y abortó la lógica del PRICA. Se dio un nuevo proceso de reforma agraria con la abolición del latifundismo, promoción de cooperativas mediante la entrega de tierras, democratización del crédito y la promoción de grandes proyectos de cacao y caucho. El 5 de agosto de 1981 la zona es elevada a nivel de municipio y a partir de 1983 se convierte en escenario de guerra. Los programas se vieron frustrados y la economía local comienza a entrar en crisis. Miles de familias campesinas emigraron a Costa Rica, mientras otros se incorporaban al conflicto armado por desconfianza y descontento ante la carencia de políticas dirigidas al sector campesino individual. En 1988, el huracán Juana afectó seriamente la infraestructura social y terminó con los vestigios de la montaña.

Con el cambio de gobierno en 1990 se dio un proceso de pacificación y repoblación, reasentándose desmovilizados, repatriados y campesinos pobres inmigrantes de distintas zonas del país. Las iglesias evangélicas y católica jugaron un rol protagónico en este proceso junto a la cooperación externa, desarrollando proyectos alternativos ante la débil presencia del Estado. La pavimentación de la carretera entre Nueva Guinea y la Gateada propició condiciones para la recuperación económica, se elevó la producción y exportación de raíces y tubérculos, de granos básicos y el desarrollo ganadero y comercial.

La población actual se estima en 140 mil habitantes de los cuales el setenta por ciento vive en colonias y comarcas. El casco urbano, elevado a categoría de ciudad el 13 de febrero de 2008, es aglutinador de las actividades económicas que se desarrollan en 30 colonias y 183 comarcas mediante la prestación de diversos tipos de servicios, principalmente el comercial.

El futuro es incierto. La pobreza sigue incrementándose y se ha entrado en una nueva crisis. Los suelos han perdido fertilidad, se obtienen bajos rendimientos en los cultivos y se elevan los costos de producción. Los factores climáticos adversos provocan constantemente pérdidas de los cultivos. La exportación de raíces y tubérculos se ha reducido, igual que el ganado en pie. El campesinado ha llegado al límite en sus niveles de endeudamiento. Los jóvenes se encuentran sin alternativas de empleo e ingresos, producto de la lógica campesina de heredar la parcela hasta la muerte y emigran hacia Costa Rica y otras zonas del país.

El proceso de diferenciación campesina y la presencia de “nuevos actores” han profundizado la concentración de tierras. Muchos campesinos han emigrado hacia zonas cercanas a la Reserva Biológica Indio–Maíz para comenzar de nuevo. El fin de la compasión es notorio por ausencia de programas y proyectos de cooperación externa, mientras el Estado y los gobiernos locales actúan fragmentados, sin coherencia y visión de mediano y largo plazo, abandonando los sueños y esperanzas de construir la “luz en la selva”.

La Colina, Nueva Guinea.
Miércoles, 02 de marzo de 201