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martes, 2 de diciembre de 2014

EL ANCIANO CON SOMBRERO DE PAJA (“He luchado toda la vida”)

A las once de la mañana pocos clientes concurren al mercadito campesino que se instala todos los viernes frente a la acera de la Alcaldía. Recorro cuatro toldos en busca de naranjelas para hacer fresco con ellas; al llegar al final de la hilera un anciano de cabello blanco, cubierto con un sombrero de paja, saborea un nacatamal en el borde de una mesa.

Dos hombres conocidos están sentados a la orilla del toldo que delimita el espacio que queda libre para que circulen los vehículos en doble vía. Desde allí, el punto más elevado de la calle, observo que las mesas también están ralas de productos.  Al fondo, en dirección a la Alcaldía, más de diez motocicletas están parqueadas con sus llantas delanteras pegadas a la cuneta. “Vino muy tarde”, dijo una de las mujeres que siempre vende plátanos y guineos, “el lunes puede encontrar, los de los Ángeles siempre traen”, agregó.

Regresé la mirada hacia el anciano y noté que se limpiaba la boca con un pañuelo. Le pedí permiso para tomarle una foto con mi teléfono. Sin decir palabras se alejó un poco de la mesa, guardó su pañuelo y se quitó el sombrero. “Con sombrero va a quedar más elegante”, le dije y se lo volvió a poner.

    ¿Cómo se llama usted? —pregunto dándole la mano.

Las voces de las mujeres que ofrecen sus productos, las de las que se acercan a los toldos preguntando por los precios, los hombres que platican al lado y el sonido de un vehículo que pasa pitando, no permiten que me escuche con claridad. Me acerco casi pegándome a su oído para preguntarle nuevamente.

    Cesario Betancourt Pérez —responde con su voz cansada pero firme.
    ¿Qué edad tiene?
    Yo tengo… ochenta y… seis años.
    ¿En qué año vino a Nueva Guinea?
    Me vine para acá en 1972.
    ¿De dónde es originario?
    De Honduras, de San Marcos de Colón, pero me vine porque mi papá fue casado con una señora llamada Isabel Pérez, originaria de Pueblo Nuevo. Así fue que llegué a León.
    Entonces, se vino para acá y compró finca.
    ¡No, no le voy a mentir hermano, me la regalaron!
    ¿Quién?
    En los tiempos cuando estaba Tacho Somoza, Tacho me la regaló. Entraban camiones a las Marías, la comarca donde yo vivía, y los hombres nos decían que a los que se vinieran para Nueva Guinea les iban a dar tierra; “les vamos a hacer su casa, van a tener todo y ya no van a seguir siendo esclavo de los ricos”. Mi esposa andaba en una oferta en Matiguás pero yo les dije “me voy, sin tamales pero me voy”.
    Y se vino. ¿En avión?
    Sí, en avión, allí donde era la pista me apearon.

Miro hacia donde señala y un avión Hércules de la fuerza aérea Panameña está estacionado en el extremo este de la pista; otro sobrevuela los alrededores en el cielo azul de abril, a la espera de que se disuelva el tumulto de gente para aterrizar. Los campesinos recién llegados caminan desorientados, aferrados a sus bultos y sacos mientras los trabajadores del IAN gritan dando orientaciones para que hagan fila y se dirijan hacia una caseta donde registran sus datos.

    ¿Vino solo o con su esposa?
    Con mi esposa.
    Y después, ¿para donde lo mandaron?
    Después, allí nos daban provisiones, un saco de pan, manteca y todo, estábamos muy alegre porque eso no lo teníamos, éramos pobrecitos, yo vivía a la orilla de un río. Todos los días me tenía que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar en los algodonales.
    ¿Y entonces, donde le dieron la parcela?
    Allá, cerca de la colonia Rubén Darío.
    ¿Cuánto le dieron?
    Me dieron 50 manzanas.
    ¿Y allí permaneció por mucho tiempo?
     Sí, en esa época se abrieron los créditos para criar chanchos que nos daba el banco, pero le hice una solicitud para ganado y me dieron dos vacas paridas, una bestia y un macho. Mire, con esas dos vacas paridas yo hice veinte. Cuando la guerra de los años ochenta eso era lo que tenía. Estaba bien, tenía mi carreta, mis tres pares de bueyes, mis bestias para andar y viajaba tranquilo a la finca porque yo vivía en La Esperanza; me iba montado siete kilómetros por el camino a la Rubén Darío.

“Sólo tengo sembradas dos manzanas de frijol rojo, ¿y vos?”, pregunta el hombre de gorra y bigote que está sentado a la orilla del tubo que sostiene el toldo. “Una para la comida y para no volver a perder”, contesta el otro, el que está al lado de la vía. “Se acabaron los tiempos de las grandes frijoleras, ya es demasiado lo que se pierde cada año”, agrega el de bigote. “A diez pesos cada uno”, dice la mujer de la venta de nacatamales, sosteniendo en su mano derecha un hermoso tamal que muestra a una señora que husmea en su mesa.

    Y cuénteme, ¿cómo pasó esos tiempos de guerra?, le pregunto a don Cesario.
     ¡Ahhh!, ¡todos mis animales se los robaron, se los comieron! Llegaban unos y otros, los de la contra y los del ejército. “Nos vas a dar una vaca, un ternero”, me decían; qué iba a hacer, se los comían. Un día vengo de la parcela y al bajar un caño me salió la contra. “Es cierto que vos tenés un hijo que es artillero, que anda con los sandinistas”, me dijeron. No tengo hijo que anda con ellos, es un nieto. Vos sabes que los hijos cuando están hombres deciden lo que van a hacer, ya no hacen caso, les dije. Me metieron al monte, me investigaron todo, uno de ellos me quería llevar, otro me amenazaba con una pistola, pero otro que era conocido, porque yo le había hecho un favor, les dijo que no me hicieran nada. Mire cómo son las cosas: me soltaron.
    ¿Y después?, ¿se salió de la finca?
    Sí, amigo. Tuve miedo, mal vendí todo y logré comprar una casita en la zona 5 donde vivo ahora.

El hombre de bigote dejó de hablar sobre los cultivos y su parcela, se volteó hacia el lado de la mesa donde estaba sentado el anciano y se metió en la plática. “Eso es lo que les va a pasar a los campesinos que viven en la ruta del canal si no se organizan, si cada uno negocia por su cuenta con los chinos no volverán a comprar lo que ahora tienen en esos lados de Punta Gorda”, dijo. El otro se quedó pensativo mirando al anciano. La mujer se acercó y con sutileza retiró el plato donde quedaban las hojas del nacatamal que se había comido.

    ¿Y su señora?

Dos empleados de la Alcaldía se montaron en sus motocicletas, se pusieron los cascos, las encendieron de una patada, giraron a la izquierda, maniobraron con rapidez pasando pegadito a los hombres que estaban a la orilla del toldo y el ruido de los motores se dejó de escuchar hasta que doblaron a la derecha, perdiéndose por la calle central.

    Ya murió, pero mire, yo he luchado toda la vida. Quisiera que llegara a mi casita, quiero que me visite, de la esquina de Rubén Darío a la media cuadra estoy yo, pegado a Alberto Blandón.
    Está bien, amigo, un día de estos llego.

La vida del campesino es dura, lo han marginado y explotado históricamente, pensé al llegar a casa. Han sido golpeados triplemente. A unos, Somoza les dio hacha, calabaza y miel, y a otros, los desalojó de sus tierras; en los años ochenta fueron evacuados por la guerra perdiendo todo, otros se involucraron en el conflicto armado por la fuerza y, para remate, el huracán Juana con sus bosques acabó. Hoy, esos mismos campesinos que retornaron a sus tierras para comenzar de nuevo, una vez finalizada la guerra en 1990, sus mujeres, sus hijos y nietos, ven el futuro incierto por los planes de construir  un canal interoceánico que los mantiene en zozobra. ¿Volverán a ser golpeados?, sigo preguntándome.



30/11/2014

miércoles, 12 de noviembre de 2014

ADVOCACIÓN CANALERA


Platicaba con Payín y la Julita en su pulpería y noté el arbolito de Laurel plantado en la acera, frente al monumento que los Juigalpinos han levantado para honrar la memoria de Gregorio Aguilar Barea, en la propia bocacalle que da acceso al Instituto “Josefa Toledo de Aguerrí”. El medio barril ubicado a un lado de su tronco estaba vacío, pero su copa podada florecía artificialmente con bolsas y botellas de plástico, mientras los estudiantes circulaban en sus alrededores. No me contuve y le tomé la foto para mostrársela a Payín y la Julita. Sonrieron por unos instantes pero poco a poco la desilusión se fue apoderando de sus cansados rostros.  “Qué barbaridad”, dijo la Julita y siguió atendiendo a los estudiantes que compraban chiverías.


Salí a la acera y me encontré con Héctor, el padrecito. Luego de saludarlo le pregunté por su viejo. “Está en casa”, dijo. “Para allá voy”, respondí al despedirnos. Cuando escuchó mi voz desde afuera, desde las verjas, salió a abrirlas y no saludamos como siempre, con un fuerte apretón de manos. “Así me mantengo, encerrado para protegerme de la banda de la bulla y los incendiarios”, dijo y me ofreció una silla.

El día anterior pasé por la imprenta de Santo Tomás y aproveché para conversar con su propietario sobre el costo del librito que siempre tengo en mente y, para convencerme, me mostró como seis recién elaborados, la mayor parte de ellos de personas conocidas de Chontales. Entre ellos uno de Héctor Molina Pérez. Al tenerlo en mis manos y darle una hojeada, pensé: “Al fin, el libro de toda su vida” y lo celebré por ver su empeño materializado. Ahora que estaba allí, visitándolo y conversando en la comodidad de su casa, el no hacía alarde de su obra, sino que nos referíamos a la familia y él a sus permanentes problemas de salud.

“Voy a cenar, movámonos al comedor”, dijo y la mujer que lo acompaña en sus años de viudez nos recibió atentamente en la mesa. “Un vasito de agua”, para mí le respondí cuando me preguntó si quería tomar algo. “El es un amigo de siempre, desde los tiempos de la universidad”, le dijo a la mujer. “Vi tu libro”, le dije y dejó de masticar por unos instantes con la mirada sobresaliendo encima de sus lentes. “El de los gallos”, respondió con el semblante lleno de orgullo. Se levantó de la mesa y regresó con el libro y un afiche con la imagen de varios gallos. Terminó de cenar y buscó un lapicero. “Para Ronald Hill, siempre amigos. Octubre 2014”, escribió y lo firmó.

Nuevamente en la sala, entró a su habitación y me entregó 18 páginas sueltas con 17 poemas que ha escrito, entre otros de su autoría. Léelos, si te gusta alguno de ellos puedes publicarlos en tu blog”, dijo. “El poema Canción del bosque para una mujer de ojos verdes lo he leído siempre que vengo a verte”, le dije y su semblante oscureció. Es el poema dedicado a su esposa, María Odilly. “Hay otros, unos calientitos, pero muchos de aquí no les entienden”, dijo y agregó, “uno dedicado al canal de los chinos”.


I
España buscaba un paso a la mar del sur
Y llegar a las especierías
Pedrarias se apoderó de Nicaragua
Los ingleses inventaron al rey mosco
Se apoderaron de la mosquitia
Vanderbilt y Walker se apoderaron de la ruta de tránsito
Walker asaltó el país
Roosevelt tomó Panamá
Colombia se atragantó el Caribe

II
China es una cultura milenaria e enigmática
Como un gran panal
Melificado por el Yuan

III
Allí los billetes no nacen en las ramas de los arboles
Sino en la mano de los chinos
China es un país diligente
Sus habitantes han aprendido a encender el sol y apagar la luna
Surcar canales y torcer los ríos

IV
Cuando Wang Jing y sus tambochas
Hayan creado el megasurco
Seremos el ombligo del mundo
y
Lo celebraremos en versos de Han Yu
En una gala con pato a la Pekin
Regada con huangjiu
Y música de Ling Lu

VI
Y la historia de Nicaragua será otra
Y el rostro del mundo será distinto.


Héctor Molina
10/10/2014

martes, 11 de diciembre de 2012

MANIFIESTO DEL TIGRE DE PUNTA GORDA


Los resultados de cultivar
los conocimientos humanos.
Un campesino sin tierra
no puede sacar utilidad de una ciudad
De igual forma, una ciudad sin profesión
no puede sacarle valores al campo
porque ambos se pueden amar
pero no arrebatarse lo de cada quien.

Alfonso Núñez. Alias "El Tigre".
El dinero hace la paz
con la palabra dame y yo te doy.
Ahora ofrecen productos contaminados
por uso de químicos.
Es trágico para la vida de quien sea.
Por eso el orgullo del campesino
debe ser ofrecer buena cosa
y el del ciudadano deberá ser
pagar bien por lo que consuma.


El santuario del Tigre.






Alfonso Núñez
Alias “El Tigre”
Comunidad Polo de Desarrollo
Punta Gorda, Bluefields.
Fotos: Jörg Mauelshagen.