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miércoles, 22 de julio de 2026

CREACIÓN LITERARIA EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA



La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua constituye un campo cultural en proceso de afirmación, atravesado por la oralidad, la diversidad lingüística, la memoria comunitaria y tensiones históricas. A diferencia de otros procesos literarios del país, la creación literaria caribeña no surge inicialmente desde el libro impreso ni desde instituciones literarias consolidadas, sino desde la palabra hablada, los relatos comunitarios, los cantos, los mitos, las experiencias territoriales y las múltiples lenguas que conviven en la región.

Analizaremos este proceso considerando sus raíces, sus formas de desarrollo, sus principales aportes, sus avances reales y los desafíos que aún enfrenta para consolidarse como sistema literario regional.

Base cultural de la creación literaria caribeña:

Su base fundamental es la oralidad. Antes de la aparición de textos escritos, revistas, antologías o autores reconocidos, ya existía una práctica narrativa sostenida por las comunidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas de la región. Esta oralidad incluía mitos, relatos de origen, leyendas, cantos, proverbios, memorias familiares, historias de navegación, relatos comunitarios y formas de expresión ritual o ceremonial.

En este sentido, la creación literaria caribeña no debe entenderse como una simple imitación de modelos literarios nacionales o extranjeros, sino como una transformación de la palabra oral en escritura. Su originalidad radica precisamente en esa tensión: pasar de la voz al texto sin perder el ritmo, la memoria y la identidad del territorio.

La oralidad funciona como archivo cultural. En ausencia de documentos escritos sistemáticos, la memoria de las comunidades conservó conocimientos, formas de vida, valores, conflictos y visiones del mundo. Por ello, la creación literaria contemporánea de la Costa Caribe conserva una relación profunda con la narración oral, el habla cotidiana, el testimonio y la musicalidad.

Lengua, identidad y territorio:

Uno de los rasgos más relevantes es su carácter multilingüe e intercultural. En la región conviven el español, el creole, el miskitu, el mayangna, el rama y otras expresiones lingüísticas vinculadas a la vida comunitaria. Esta diversidad incide directamente en la creación literaria.

La lengua no es solo un instrumento de comunicación. En la escritura caribeña, la lengua es identidad, memoria y posición cultural. Escribir desde el Caribe implica muchas veces enfrentarse al problema de qué lengua usar, qué ritmo conservar, qué palabras mantener y qué elementos traducir o no traducir.

Durante mucho tiempo, los sistemas educativos y culturales privilegiaron modelos externos, especialmente el español académico o el inglés estándar. Esto produjo una distancia entre la literatura enseñada en las aulas y las formas propias de expresión de las comunidades. Como consecuencia, muchas voces locales fueron consideradas informales, populares o poco literarias.

Sin embargo, la creación literaria caribeña ha comenzado a reivindicar esas formas de habla como fuente estética. El territorio también cumple un papel central: el mar, la bahía, los ríos, los muelles, las comunidades rurales, las casas de madera, la lluvia, los caminos y la vida cotidiana aparecen como escenarios vivos de la creación literaria.

Desarrollo de la creación literaria:

El desarrollo de la literatura en la Costa Caribe puede entenderse como un proceso gradual que va desde la oralidad ancestral hasta la producción escrita contemporánea. En una primera etapa predominó la palabra oral como forma principal de transmisión cultural. Posteriormente surgieron intentos de escritura en español, creole, miskitu y otras lenguas de la región.

Dentro de ese tránsito hacia la escritura aparecen voces poéticas importantes como Sidney Francis, cuya poesía en creole evidencia la búsqueda de una expresión propia desde la lengua y la identidad cultural costeña. Su poema Looking Fa a Poem, citado por Víctor Obando Sancho, expresa una escritura marcada por el habla creole, la denuncia social, la libertad y la defensa de la vida, la naturaleza y la comunidad.

También debe destacarse el papel de Víctor Obando Sancho, no solo como poeta, sino como estudioso, promotor y organizador de la literatura de la Costa Caribe. Su reflexión sobre la literatura regional permite comprender los problemas de reconocimiento, organización y desarrollo que ha enfrentado la creación literaria costeña. Obando Sancho señala la importancia de la tradición oral, la débil presencia de políticas culturales sostenidas y la necesidad de fortalecer procesos de publicación, organización y formación literaria.

En este mismo proceso sobresalen autores como Avelino Cox, vinculado a la recuperación de la cosmovisión de los pueblos indígenas de la región; Allan Boudier, con aportes poéticos desde la sensibilidad regional; Rolando Sotelo, asociado a la poesía escrita desde Bluefields; y José Antonio Mairena, con trabajos relacionados con la tradición sumu-mayangna. Estos autores aparecen entre las obras publicadas por URACCAN y otros organismos durante los años noventa, junto con la Antología poética de la Costa Caribe de Nicaragua, lo que evidencia un esfuerzo colectivo por registrar, afirmar y proyectar la memoria cultural de la región.

A nivel narrativo, uno de los referentes centrales sigue siendo Lizandro Chávez Alfaro, nacido en Bluefields, cuya obra permitió insertar elementos del Caribe en la narrativa nicaragüense moderna. Obando Sancho destaca su reconocimiento nacional e internacional desde la publicación de Los monos de San Telmo, Premio Casa de las Américas en 1963, pero también advierte que la región necesita conocerlo y apropiárselo más profundamente.

En la poesía de afirmación identitaria, autores como Carlos Rigby, David McField y June Beer contribuyeron a fortalecer una estética afrocaribeña y nicaribeña, marcada por la oralidad, el ritmo, la identidad negra, el creole y la memoria cultural. Estas voces rompieron con modelos literarios tradicionales y ampliaron la idea de lo que puede considerarse literatura nicaragüense.

Más recientemente, escritoras como Yolanda Rossman Tejada y Andira Watson han ampliado el campo desde perspectivas de género, etnicidad, territorio e identidad. La escritura de mujeres indígenas y afrodescendientes ha permitido cuestionar no solo el centralismo cultural nacional, sino también las exclusiones internas dentro del propio campo literario.

En conjunto, estos autores y autoras muestran que la creación literaria en la Costa Caribe no es un fenómeno aislado. Es un proceso plural, construido desde la oralidad, las lenguas, la memoria, la poesía, la narrativa, la investigación cultural y la afirmación identitaria.

Espacios de promoción y formación:

La producción literaria ha sido impulsada por revistas, universidades, talleres, encuentros literarios, festivales, colectivos culturales y proyectos editoriales. Instituciones como URACCAN, BICU, CIDCA y la revista Wani han desempeñado un papel importante en la documentación, publicación y reflexión sobre la cultura caribeña.

Estos espacios han permitido visibilizar autores, promover nuevas voces, abrir oportunidades de formación y crear una conciencia más clara sobre la necesidad de escribir desde la identidad regional. Sin embargo, todavía existe una diferencia importante entre actividad cultural y consolidación literaria.

La existencia de talleres, recitales o festivales no garantiza por sí sola el desarrollo de un sistema literario. Para que la creación literaria se fortalezca, los procesos deben terminar en textos trabajados, publicaciones, crítica, circulación y continuidad. De lo contrario, el riesgo es que la creación se quede en el momento de la presentación pública, sin convertirse en obra sostenida.

Aportes de la creación literaria caribeña:

Aporta al país una visión distinta de la literatura nacional. Su principal contribución es ampliar el mapa cultural de Nicaragua. Frente a una tradición literaria históricamente dominada por el Pacífico y el centro del país, la Costa Caribe introduce otras lenguas, otros ritmos, otros territorios y otras memorias.

Entre sus aportes más importantes pueden señalarse los siguientes:

Primero, la incorporación de la oralidad como forma estética. La literatura caribeña no solo cuenta historias; conserva la cadencia de la voz, la musicalidad y la memoria colectiva.

Segundo, la afirmación de identidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas. La escritura se convierte en un acto de presencia cultural.

Tercero, la recuperación del territorio como espacio literario. La bahía, el mar, los ríos, las comunidades y los paisajes del Caribe no funcionan solo como fondos descriptivos, sino como elementos vivos de la narración.

Cuarto, la apertura hacia una literatura intercultural. La Costa Caribe obliga a pensar la literatura nicaragüense no como una sola tradición homogénea, sino como un conjunto diverso de voces.

Quinto, la participación creciente de mujeres y jóvenes, quienes amplían las temáticas y cuestionan las formas tradicionales de representación.

Avances reales:

En la actualidad se observan avances importantes. Hay mayor conciencia identitaria, mayor presencia de escritores emergentes, más espacios de lectura, más interés por las literaturas regionales y una creciente utilización de plataformas digitales.

También se ha fortalecido la idea de que la creación literaria caribeña no debe depender exclusivamente del reconocimiento externo. Cada vez resulta más claro que la región necesita construir sus propios espacios de formación, publicación, crítica y circulación.

Otro avance importante es la recuperación del valor de la oralidad. Lo que antes podía considerarse únicamente folclor hoy empieza a reconocerse como base legítima de creación literaria.

Desafíos principales:

A pesar de los avances, la creación literaria en la Costa Caribe enfrenta desafíos estructurales. El primero es la falta de publicación sostenida. Muchos escritores producen textos, pero pocos logran convertirlos en libros, antologías o publicaciones de circulación amplia.

El segundo desafío es la débil crítica literaria. Sin crítica no hay crecimiento estético, ni debate, ni construcción de canon. La crítica no debe entenderse como ataque, sino como acompañamiento riguroso para mejorar la calidad de las obras.

El tercer desafío es la circulación. Las obras caribeñas suelen quedar en espacios locales o institucionales, con poca presencia en bibliotecas, librerías, ferias, universidades y plataformas nacionales.

El cuarto desafío es la fragmentación. Existen autores, talleres, colectivos e instituciones, pero muchas veces trabajan de manera aislada. La consolidación de un sistema literario requiere articulación.

El quinto desafío es la sostenibilidad. Muchos procesos dependen de proyectos temporales, apoyos externos o esfuerzos personales. Cuando esos recursos desaparecen, los procesos se debilitan.

Perspectiva de consolidación:

La creación literaria en la Costa Caribe necesita avanzar hacia una etapa de consolidación. Esto implica articular cinco dimensiones fundamentales: formación, publicación, crítica, circulación y organización.

La formación debe incluir escritura creativa, lectura crítica, edición, memoria cultural, oralidad, identidad, género, territorio y lenguas. La publicación debe considerar libros físicos, revistas digitales, antologías, colecciones temáticas y producción bilingüe. La crítica debe desarrollarse desde la academia, los medios culturales, los talleres y las comunidades. La circulación debe fortalecer bibliotecas, ferias, plataformas digitales, recitales, escuelas y universidades. La organización debe reunir a escritores, colectivos, instituciones culturales, universidades, editoriales y comunidades.

Solo mediante esa articulación la creación literaria podrá dejar de ser una suma de esfuerzos aislados para convertirse en un sistema literario regional.

Conclusión:

La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua no parte de cero. Tiene raíces profundas en la oralidad, en la memoria colectiva y en la diversidad cultural de sus pueblos. Ha producido autores, obras, antologías, revistas y movimientos de afirmación identitaria.

Sin embargo, su principal desafío no es la falta de creatividad, sino la falta de estructura. La literatura caribeña existe, tiene voz y tiene fuerza. Lo que necesita es consolidar las condiciones que permitan formar escritores, publicar obras, ejercer crítica, circular textos y organizar el campo literario.

Dicho de manera directa: la creación literaria caribeña no necesita demostrar que existe. Necesita construir el sistema que la sostenga, la valore y la proyecte.

 

Ronald Hill A.

Este documento es un resumen de la ponencia del mismo nombre realizada en el XI Festival de Poesía Mayo Ya 2026 el 22 de Mayo en la Universidad URACCAN de Bluefields, RACCS.


 

 


domingo, 24 de julio de 2022

EL MEJOR RELOJ DEL MUNDO


Tener un buen reloj siempre ha sido un deseo de los jóvenes, y en el puerto de El Bluff, los ostentaban, a tal grado que hacían competencia para lucirlos en una época que nunca volverá. En cada viaje de los barcos mercantes como el Cubahama, Mar Freeze, Red Diamond, Don Alberto o Mary Nicole, muchos esperaban su reloj nuevo de las mejores marcas: Timex, Bulova, Zenith, Seiko y Zodiac.

En el muelle se miraban ansiosos, esperando la llegada de los barcos y a sus amigos que eran marinos mercantes. Ropa, jeans y camisetas, y zapatos, además de relojes, eran los encargos más frecuentes de los jóvenes. Se pedían según catálogo que los marinos traían de las tiendas de los puertos donde atracaban: Tampa, Brownsville, Corpus Christi y Nueva Orleans. Así, desde la comodidad de casa, decidían el tipo de artículos y modelos que querían y, dos o tres semanas después, estrenaban.

A la espera del Cubahama se encontraban varios chavalos del puerto, entre ellos Kalilita y Pilón, desde las 9 de la mañana de un día sábado. Los acompañaban el Sapo, Zamba Larga y Mario Tachita. Estaban arrimados a la pared de la bodega de la aduana, sentados en tablones de caoba apilados para luego ser subidos por los estibadores a las bodegas de los barcos. Conversaban amenamente y reían porque pronto tendrían sus encargos.

Desde la bodega de la aduana, con sus pasos de gigante y caminar corneto, don Abraham Rodríguez, alías Tapalwás, llamado así con cariño por los habitantes del puerto, se acercó a ellos con su mirada pícara y una amplia sonrisa.

—Allí viene Tapalwás —dijo Kalilita y ladeó la cabeza indicando la dirección por la que se acercaba don Abraham—. Se ve sonriente, de seguro anda con sus cachimbazos.

Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y El Sapo volvieron sus miradas hacia don Abraham que los saludaba de manos en la distancia. Iba vestido de pantalón ancho, color café, almidonado, de ruedo volteado y recogiéndose sobre las botas puntas de ala que calzaba. Su camisa era de mangas largas de color celeste cielo y se notaban las mangas de la camisola blanca que usaba por dentro.

—¡Hola muchachos! —saludó Tapalwás.

—¡Hola don Tapalwás! —respondieron al unísono.

Entre ellos se cruzaban miradas de complicidad, pero tanto les habían inculcado sus familiares que a los mayores se les debía respeto, que le dieron la bienvenida con agrado. Si se hubiese tratado de otra persona que no deseaban tenerla a su lado, con seguridad sus modales serían grotescos, pero se trataba de Tapalwás.

—Un pajarito cantor me pasó soplando que por aquí esperan barco —dijo Tapalwás—. Se recogió el pantalón y se sentó en un tablón de caoba.

—¿Usted también espera barco? —preguntó Pilón.

—No, no, ya tengo suficientes cosas en mi vida —respondió Tapalwás después de sentirse cómodo y escrutar con la mirada los pensamientos de los cinco. —¿Qué les traen? —.

Se miraron indecisos, pero El Sapo, Mario Tachita y Zamba Larga se levantaron de los tablones para estirar las piernas. Desde allí observaban los barcos pos pos provenientes de Bluefields que maniobraban para atracar en el muelle y el ir y venir de pangas con las estelas de espumas que desprendían de sus motores fuera de borda en las aguas limpias de la bahía en esa mañana soleada de verano.

—A mí me traen un par de zapatos, pero a Kalilita y a ellos un reloj —dijo Pilón.

—¡Sos un gran tapudo! —dijo Kalilita.

—No te enojes, no vale la pena enojarse —dijo Tapalwás. —Lo que sucede de día y de noche, aun cuando sea a escondidas, en este lugar siempre se sabe, y como de reloj se trata, les voy a contar algo que me sucedió hace muchos, pero muchos años —.

—Apenas va saliendo el práctico, así que tenemos tiempo de sobra hasta que atraque el Cubahama —dijo Mario Tachita.

—Cuéntele pues —dijo El Sapo.

—Tíreselo —dijo Kalilita.

El Sapo, Zamba Larga y Mario Tachita volvieron a ocupar sus lugares en los tablones apilados en la pared de la bodega de la aduana haciendo un semicírculo alrededor de Tapalwás.

—Me sucedió hace muchos, pero muchos años —dijo Tapalwás. Imagínense que yo tenía más o menos la edad de este muchachito de doña Juanita, de Panchito, de Kalilita como le llaman ustedes —. El único que se carcajeó fue Zamba Larga. Los otros se mostraban serios frente a Kalilita y miraban hacia otro lado como que no era con ellos.

“Fue allá al lado del río Kurinwas, en la inmensa montaña de esos años. Me encontraba allí porque me enviaron de la empresa bananera y mi misión era visitar unas tierras para que después las inspeccionaran los ingenieros gringos. Iba a recorrer el camino y regresarme al tercer día. Las aguas del río estaban limpias, aguas zarcas, y todo el caudal estaba cubierto de vegetación. En la montaña, aunque en esos tiempos existían grandes árboles y los rayos del sol no irrumpían hasta el suelo, hacía mucho calor, un calor húmedo y sofocante. Así que, al ver las aguas zarcas, decidí darme un baño para refrescarme”.

—¿Qué tiene que ver el agua del río con un reloj? —preguntó el Sapo. Los otros murmuraron entre ellos, confirmando así que la pregunta era pertinente.

“Ya verán, ya verán. Yo andaba un reloj de pulsera, de los primeros que salieron y sustituyeron a los de cadenas que me lo había regalado mi abuelo. Por el mucho aprecio y cariño que le tenía, al reloj y a la memoria de mi abuelo, me lo quité y lo coloqué al lado de la ropa, encima de una ramita de un arbusto, después de desnudarme para refrescarme en el torrente de agua limpia. No crean que soy muy dado a desnudarme en cualquier lado, no, no, soy muy tímido para eso, pero como el calor era sofocante, y después de observar para todos lados desde la orilla del río, sin ver un alma, pues me dije, aquí sólo el de arriba está mirándome, me desnudé, entré en el agua, un agua que era una frescura, y nadé hacia una poza redonda en la que se derramaba el río desde lo alto en una cascada. Sentí una paz y una tranquilidad al nadar y escuchar el agua de la cascada que me encontré muy relajado, flotando en esas aguas tan limpias que no me di cuenta del tiempo que pasaba. Es que una cosa es contárselo a ustedes y otra es vivirlo, pero bueno, la cosa es que me sentía como en el paraíso, claro que para estar completamente pleno me hacía falta una Eva, pero la mía estaba lejos en ese momento, ya saben, aquí en el Bluff, mi querida Panchita”.

—Nunca he estado con una Eva en una poza —dijo Pilón.

—Ni nunca lo vas a hacer, talvez si llevas a la Casimira —respondió Kalilita y todos se carcajearon.

—Y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Mario Tachita.

Tapalwás tomó un puro de su camisa y, con una navaja que llevaba en la bolsa del pantalón, lo cortó en tres partes. Una de ellas la puso en su boca y comenzó a melenquear. Después de escupir a su izquierda y dar un largo suspiro, continuó contando.

“Seguí disfrutando en la poza, nadando hacia la cortina de agua que caía desde la cascada, llegaba cerca y me regresaba y así estuve un gran rato, disfrutando nada más de esa paz y tranquilidad, pero de pronto miré hacia lo alto y vi que una bandada de loras salió alborotada, espantada desde un árbol y sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, y me detuve a observar los alrededores. No vi ni escuché nada, solamente el ruido del agua y las ramas de los árboles en su vaivén natural con el soplo del viento. Seguí nadando, pero ya con cierta desconfianza, en la selva no te podés confiar y me puse al pendiente de todo, eso de que me dé un escalofrío siempre ha sido una mala señal, y de pronto vuelvo a ver hacia lo alto de la cascada y veo un inmenso tigre que me ve desde allí, y ruge fuerte, un poderoso bramido explosivo y profundo, un sonido fuerte, poderoso, forzado a través de la boca abierta”.

Tapalwás hizo una pausa. Inhaló profundamente, retuvo la respiración y exhalo unos segundos después. Se levantó y estiró sus piernas. Miró hacia el lado del muelle de los guardacostas, hacia el portón de la bodega y hacia el sector de las pangas. Dio un escupitajo, esa mezcla de saliva y tabaco que mucha gente buscaba en su casa para usarla en ungüentos curativos, vaciando un balde que él empleaba para acumularlo, y al caer en el piso de concreto, una efímera fumarola se despendio del suelo.

—¡Viste el humo que le sacó al piso del muelle! —dijo Zamba Larga.

—Vale más que los tanques de gasolina están lejos —dijo El Sapo. Si escupe cerca de ellos lo más seguro es que los hace explotar y todos salimos volando.

—Dejen que se estire a sus antojos —dijo Mario Tachita.

—Don Tapalwás, el barco ya debe de estar entrando por la barra —dijo Pilón.

—Sí, sí, ¿qué pasó con el tigre? —preguntó Kalilita.

—Con el tigre me las vi en alitas de cucaracha —volvió al relato Tapalwás y se ubicó nuevamente en el tablón de caoba.

“Ese bramido poderoso detuvo el tiempo. Era un inmenso tigre. No escuchaba el agua que caía ni sentía su frescor, mi respiración se detuvo y sólo oía el rugir del animal. Estaba como en otro mundo. Lo vi viéndome, abriendo esas inmensas fauces, vi claramente sus enormes colmillos y me quedé paralizado mientras el animal daba manotazos en las piedras del borde de la cascada y seguía rugiendo en señal de defensa de su territorio, de su cascada, su río, su montaña. De pronto, como si una decisión tomara, lo vi moverse rápidamente hacia la orilla del río. Entonces recapacité, volví a ser yo mismo y en lo único que pensé fue en salir del agua y correr. Así que nadé hasta la orilla, volví la mirada y lo vi abajo, en la otra orilla encima de un tronco, rugiendo tan fuerte que mis oídos estaban por reventarse. Salí a la orilla y tomé mi ropa, corrí, corrí y corrí sin detenerme, iba desnudo, ni cuenta me di que iba cagado de miedo, y dejé de correr cuando llegué a la casa de una familia campesina”.

—Se le olvidó el reloj —dijo Zamba Larga. Lo dejó en una rama, se acuerda.

“Lo olvidé por el miedo. El campesino me dijo que me vistiera y me dieron refugio. Luego de encerrar sus animales y montar guardia con su escopeta me sentí seguro. Al día siguiente me acompañó hasta un embarcadero, me subí a un bote y llegué dos días después a Laguna de Perlas sin dormir y sin comer, todavía tembloroso. Allí me di cuenta que había dejado mi reloj en esa ramita a la orilla del río”.

—Ya viene el práctico, el Cubahama debe estar entrando por la barra —dijo Pilón.

—Miren, miren, el coronel Peters ya salió al balcón de la aduana —dijo El Sapo. Totalmente vestido con su uniforme color caqui, el coronel estaba pendiente del práctico que se disponía a atracar en la sección del muelle cercana a la de las pangas. Los vio y les hizo un saludo militar. Se pusieron de pie y respondieron con sus manos al saludo del coronel.

—Por usted nos saluda —dijo Zamba Larga dirigiéndose a Tapalwás.

—Lo aprecio mucho —dijo Tapalwás y tiró un escupitajo a su izquierda que derritió un chicle pegado en el concreto.

—Kalilita, te veo desesperado por estrenar reloj —dijo Pilón.

—Sólo sos babosadas —dijo Kalilita. Y al fin, ¿perdió el reloj?

“Muchos años después, casi a los veinte años, volví a la misma poza del Kurinwas porque trabajaba con una empresa maderera marcando arboles maduros. Ya no existía la misma vegetación, el agua estaba terrosa, turbia, y corría turbulenta. Recordé al tigre y cansado me recosté en un gran árbol. Pensaba en el susto que me dio el animal cuando escuché el tic, tac de un reloj que salía desde el interior del árbol. Le puse plena atención y lo escuché clarito, era el tic, tac de mi reloj, pero no lo miraba, así que me levanté y seguí el sonido, caminé hacia la orilla del rio y dejé de escucharlo, regresé al árbol y volví a escucharlo, caminé hacia el claro de sus ramas y se perdió el sonido, regresé al árbol y allí estaba el tic, tac de mi reloj. Entonces subí en el tronco y el tic, tac era más claro y más fuerte, subí unos metros más y sonaba más fuerte, seguí subiendo y subiendo, el tic, tac de mi reloj era tan fuerte como el rugido del tigre que vi en la cascada y cuando llegué a la copa del árbol, desde la base de una de las ultimas ramas lo vi, allí estaba, hice un gran esfuerzo para agarrarlo y vi que, aún después de tantos años, tenía la hora y la fecha exacta. Desde entonces lo ando puesto, es este mismo reloj, mírenlo, —recogió la manga de su camisa y lo mostró— no me lo quito para nada porque es el mejor reloj del mundo, mejor que cualquiera de esos que ustedes hoy van a estrenar”.

¡Booo booo!, ¡booo booo!, se escuchó el sonido del Cubahama entrando en la bahía, dirigiéndose al muelle para atracar. Todos se levantaron de los tablones menos Tapalwás. El movimiento de gente en el muelle se intensificó. El personal de la aduana salió al muelle y el coronel Peters al balcón del segundo piso. Los estibadores se alinearon a la espera de las amarras y, desde el lado del sector de las pangas, un grupo de mujeres caminaban contentas hacia el centro del muelle.

—El que me traen es un Timex último modelo —dijo Kalilita.

—El mío es un Seiko 5 —dijo Mario Tachita.

—El mío tiene más de 40 años y sigue funcionando sin atrasarse ni un minuto, ninguno de esos le llega ni a las rodillas —dijo Tapalwás.

—Miren, miren, allí, en la cubierta está nuestro amigo saludándonos —dijo Zamba Larga.

—Nos vemos viejito mentiroso, guayolas son las que nos cuenta, nada más —dijo El Sapo y el grupo se alejó del alero en dirección al centro del muelle para confirmar con una señal del amigo embarcado que les traía sus encargos.

Tapalwás se levantó de tablón y caminó en dirección a la bodega de la aduana, saludó a don Felipe Álvarez y luego buscó las veinticinco gradas que lo llevaban a degustar el mejor guaro lija del puerto de El Bluff, distribuido por don Octavio Gómez. No hizo comentarios sobre el mejor reloj del mundo, y doña Juana Angulo lo notó extraño, sin intentar contar una de sus guayolas. Se despidió y camino por el andén en dirección a su casa donde lo esperaban sus hijos y doña Panchita.

 

22 y 23 de julio de 2022.
De la serie: Las guayolas de Tapalwas.
Foto propia.

sábado, 17 de septiembre de 2016

NIÑOS DE GUERRA


 

“No, no te metas en la plática, porque vos sos de otra época”, dijo Joaquín cuando traté de explicar las diferencias generacionales entre ellos, los tres amigos que tras reencontrarse conversaban sobre su niñez, y la mía.

“Nací en época de guerra. De mi infancia siempre recuerdo la abundancia de escasez, penuria de comida, ropa y juguetes en la época de navidad. La guerra se me metió en la sangre. Aprendí a contar con una cartilla llena de símbolos de guerra. Una granada más dos granadas, ¿cuántas son?, preguntaba la maestra. A vos te enseñaron a contar con palitos de fósforos, con un método fresa. Dos AK-47 por dos AK-47, ¿cuántas resultan?, seguía la maestra. Las navidades se celebraban con disparos, las balas trazadoras y las luces de bengalas que tiraban desde la base militar de Juigalpa iluminaban el cielo”.

“¡Joaquín, Joaquín, contá lo del Pájaro Negro!, lo interrumpió Gustavo.

¡El Black Bird!, cuando el pajarito pasaba, con la explosión todo temblaba y me tiraba debajo del pupitre, las chavalas lloraban, otros se orinaban. El tiempo se detenía, el silencio se adueñaba de todo y quedaba en trance. Todo el día pasaba temblando porque nos metieron el cuento de que el pájaro iba a dejar caer bombas por todos lados.

“Mirá como es ahora”, dijo Gustavo y Joaquín se sentó a su lado.

“Siempre existen chavalos nefastos, esos que son mayores y te pegan por algo tuyo que quieren, que les gusta. A eso ahora le llaman “bullying”. Nosotros vivimos esos años en un constante acoso psicológico por la situación, por la guerra. ¿No era todo eso un maltrato psicológico? Para que te des una idea, cuando esos bravucones nos hacían la vida imposible, con sólo que les gritáramos ¡Reagan, Reagan, Reagan!, dejaban de molestarnos y se escondían porque Reagan era el mismísimo demonio y Sandino el héroe”.

“Nos entreteníamos aprendiendo el arte de la guerra”, dijo Aster. Joaquín y Gustavo cruzaron miradas y se carcajearon.

“Es cierto, aunque se rían, recuerdo cuando íbamos al río, a la quebrada de Carca, con los amigos de mi papá, contentísimos porque llevaban armas, unos grandes fusiles de francotiradores, ¿cómo se llamaba?”

“¡Dragunov!”, respondieron los dos al unísono.

“Sí, sí, era inmenso, con patitas para apoyarlo en el suelo, el cargador era curvo y Fidel nos decía, ¡a ver chavalos! ¡vamos a ver quién aguanta la patada! y nos poníamos pecho en tierra para disparar contra el paredón de piedras, al pie de la poza, y ¡bang! la patada nos tiraba hacia atrás, quedábamos con el hombro inflamado. Las granadas venían después, eran granadas como un huevo, con un resalte a los lados. Era un entrenamiento de guerra, imagínate, zipotes en esas. “Mirá la espoleta y cuando se la quités, así, mirá, tírala a la poza, vas a oír un pop y la tirás de inmediato”, seguía diciendo Ficho. La poza tiraba agua con pescaditos muertos como gotas de lluvia, las piedras de la orilla quedaban mojadas y corríamos a bañarnos dando gritos de alegría”.

Ustedes son de la generación que no cree en nada ni en nadie, dije luego de un momento de silencio.

“En nada ni en nadie, mucho menos en política. Somos niños de guerra, luchamos por la sobrevivencia”, respondió Joaquín.

“Y los negocios”, agregó Aster.

Pero ustedes que pueden contribuir mucho, mejorar el país y no lo hacen, agregué.

“No entendés que se nos arruinó la vida”, dijo Gustavo.

“¡Bridemos por el reencuentro!”, agregó Joaquín tomando del cuello una botella de whiskey y les sirvió un trago.

Tomé un vaso y extendí la mano. Están eufóricos aun cuando la tristeza no se pierde en sus ojos. Mis nietos nunca serán niños de guerra, pienso. ¡Salud!



17/09/2016

miércoles, 15 de octubre de 2014

CANTO A YOLAINA


Cuentan nuestros fundadores
que Yolaina era un paraíso
pero a través de los años azotaron los huracanes
y el hombre criminal
con el rifle y el hacha en mano
destruyeron nuestra flora y nuestra fauna natural.

Dale click al vídeo para que disfrutes la canción:



lunes, 15 de agosto de 2011

FESTIVAL DE BLOGS: A REFLEXIONAR SOBRE MIGRACIÓN

En el mes de febrero recibí la propuesta para unirme al Festival de Blogs de Nicaragua, parte de la iniciativa que impulsa Global Voices en español para incentivar el blogueo y las redes de blogueros mediante el “Festival de Blogs”. Desde ese instante respondí entusiasmado que sí, que cuenten con mi participación.
           
Con el paso de las semanas y meses, volví a ponerme en contacto porque la propuesta se fue enfriando. El tema escogido para el Festival de Blogs es sobre migración y diáspora desde la perspectiva nicaragüense. “Una oportunidad única para escribir sobre este tema”, pensé y, dándole vueltas y vueltas al proyecto, surgieron dos entradas en mi blog desde la realidad caribeña.
           
Una de las entradas se llama Travesía de Sueños, en ella recupero mis viajes diarios al colegio cruzando la bahía de Bluefields en bote desde El Bluff, mi puerto querido, junto a mis amigos de juventud y que hoy, siempre en travesía, muchos han tenido que emigrar en búsqueda de oportunidades. La otra se llama Resplandor de Perlas, un encuentro amoroso que un caribeño migrante sostiene con la diosa negra de sus fantasías de adolescencia; recurre desesperado a ella siempre que regresa a su ciudad de origen, la ciudad embrujada frente al mar caribe.
           
Ahora la cosa va en serio, ya tiene fecha definida. Se ha organizado con el trabajo de otros amigos blogueros, jóvenes entusiastas que han sacado tiempo extra para ello sin ánimo de lucro. Se realizará a partir del 29 de agosto. “La dinámica consiste en que todas las personas que cuenten con un blog activo, publiquen notas, textos, videos, audio, fotos y/o cualquier dato referente a la temática elegida, para luego compartirlo en el blog oficial del evento http://festivalblogsnica.wordpress.com/. El sitio Web del festival fue creado a manera de directorio y contiene enlaces a los blogs participantes.  Para inscribirse pueden escribir al correo electrónico festivalblogsnica@gmail.com, con su nombre y dirección de su blog. De igual forma, se distribuirá la información recolectada mediante redes sociales como Twitter y Facebook, para fomentar la retroalimentación y divulgación de estos espacios alternativos de comunicación”.
           
Muchos se han apuntado, pero miles hacen falta. Desde este espacio los invito a formar parte de esta iniciativa. Reflexionar sobre la migración desde diversas perspectivas, personal, familiar, comunitaria, económica, jurídica, social y con diversos géneros, poesía, cuento, relato, video y fotografía es una oportunidad única para crear conciencia sobre la realidad que se vive con la migración de nuestros hermanos nicaragüenses que, con su esfuerzo, sostienen la economía: más de 800 millones de dólares entraron el año pasado al país como “remesas familiares”, equivalentes al 44% del valor de las exportaciones realizadas en el mismo periodo.
           
Si usted que lee este escrito no tiene un blog, lo invito a crearlo, es sencillo. Visite las paginas de Blogger o WordPress, allí le indicarán los pasos a seguir y podrá unirse. Para no aburrirlos, los dejo con esa idea y me pondré a escribir mi próxima entrada al Blog sobre el tema de migración, para luego compartirlo con ustedes en la página del Festival.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 15 de agosto de 2011

miércoles, 22 de junio de 2011

LA DEUDA SOCIAL CON EL CAMPO

Escuchaba por radio hablar sobre el problema que se enfrenta con miles de familias que abandonan el campo y que, al trasladarse a las ciudades, ejercen presión para que se les solucionen sus problemas. “Es un problema de Latinoamérica, de Nicaragua, es de todos, y nunca se podrá resolver por ningún gobierno. Es, como dice la canción, Pobre la María”, dijo el locutor. La gente del campo, los campesinos, principalmente los pobres, salen de sus parcelas y comarcas en busca de mejores condiciones de vida por el eterno abandono en que se encuentran. Siempre han enfrentado altos índices de pobreza, desigualdad, exclusión social y escaso acceso a recursos.

En el campo, los servicios de salud son inadecuados: los campesinos son atendidos por un médico o enfermera ocasionalmente, dos veces al año por medio de las jornadas de vacunación y cuando las brigadas de médicos atienden sus comunidades; el resto del año, padecen un sinnúmero de enfermedades sin poder tratarse. En el campo es donde se presentan los mayores índices de mortalidad materna y desnutrición infantil. Miles de campesinos recurren a curanderos para resolver sus problemas de salud y, al no lograrlo, deben cargar en hamacas a los enfermos, haciendo recorridos de hasta tres días para llegar a la unidad de salud más cercana de su comarca.

La educación en el campo es ineficiente debido a la carencia de infraestructura adecuada y maestros. Las aulas de estudio multigrado, en las que encontramos alumnos que cursan desde tercero hasta sexto grado, son reproductoras de una educación mediocre. Unido a ello, ningún maestro o maestra titulada desea ser trasladado al campo a sufrir junto al campesino sus carencias. Unido a lo anterior, los niños y niñas se incorporan en edad temprana a las labores agrícolas, abandonando las aulas de clase y, en la mayoría de los casos, también a la familia al alcanzar la mayoría de edad, pues van en busca de las oportunidades que faltan en sus localidades y migran a las ciudades o a otros países.

Las condiciones de las viviendas son precarias y se vive con alto nivel de hacinamiento. No tienen acceso al agua potable ni a energía eléctrica. Las mujeres deben recorrer grandes distancias para obtener el vital líquido de quebradas, ríos y ojos de agua. Se consume sin tratamiento básico, con consecuencias negativas en la salud familiar. Miles de familias no tienen la capacidad de adquirir un panel solar por el elevado costo del mismo; se ven obligados a depender del candil y la lámpara para tener un haz de luz en la vivienda.

Los campesinos, la inmensa mayoría de ellos, no acceden a servicios de asistencia técnica e innovación tecnológica, lo que limita sus potencialidades de producción. Los rendimientos productivos por unidad de área cultivada o por unidad animal son bajos por la tecnología tradicional que emplean en sus actividades. No acceden a recursos financieros por las elevadas cargas de la tasa de interés que aplican las organizaciones crediticias, lo que ha provocado un nivel de sobreendeudamiento en el campo. La mayor parte de ellos no son sujetos de crédito por las características propias de la actividad agropecuaria que es catalogada como de alto riesgo. Hasta hoy, los modelos de desarrollo han priorizado a los medianos y grandes productores considerados como los “viables” y con asistencialismo a los pequeños, “los perdedores”.

En el campo se presentan altos índices de violencia y delincuencial. Robos, secuestros, asesinatos y abigeo son parte de una realidad que obliga al campesino a vivir en constante temor y zozobra.

A pesar de estas limitaciones, son ellos los que con su esfuerzo, en las condiciones señaladas, nos garantizan los alimentos para disfrutarlos en nuestra mesa. Granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, frutas y verduras, carne bovina, porcina y aviar son parte de los productos que llegan a nuestros mercados, encarecidos por una endemoniada cadena de intermediación que, sin límites, se aprovecha de las condiciones de marginalidad en que se encuentran.

Cada año escuchamos que nuestra economía crece, que los niveles de producción agropecuaria se incrementarán con relación al ciclo anterior, que tendremos cosechas record, que los niveles de exportación de los principales rubros agropecuarios han crecido y que la generación de divisas proveniente de la actividad agropecuaria aumenta.

Si crecemos cada año, vale la pena preguntarse: ¿por qué no se logra mejorar las condiciones de vida en el campo? Nicaragua acarrea una deuda social con el campo, con miles de campesinos que viven precariamente. Esa deuda social impone prohibiciones injustas, que afectan las capacidades y las necesidades esenciales para el desarrollo personal y familiar. Esa deuda social viola sus derechos consignados en la Constitución Política y, desde el enfoque de derechos, se deben promover programas y proyectos para solventarla. Solamente con ese enfoque, sin exclusión, prebendas y clientelismo político, se logrará brindar oportunidades para desarrollar el campo y reducir el éxodo hacia las ciudades.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 18 de junio de 2011