Mostrando entradas con la etiqueta despale. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta despale. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2022

UN CANTO DE TRISTEZA



Esta ciudad se rompe en dos,

con un río y diversos cauces a sus lados.

Un sol solitario y ardiente,

enciende ánimos en el frenético gentío

que por sus calles va y viene.

 

Y cuando llega la lluvia todo lo inunda,

la pista del pasado, las calles y los cauces.

Los carros y los taxis como bestias enojadas,

transitan por las calles pringando desgracias.

 

Al anochecer una luna triste muestra su destello.

La brisa fría llega desde el río,

golpea el cuerpos de los habitantes

que bajo mantas sienten el sudor del techo

cayendo sobre el plástico negro que protege sus sueños.

 

A lo lejos, están los árboles esbeltos,

solitarios en el campo y entre los techos,

y en la memoria de los ancianos que los tumbaron.

En el silencio de la extensión abierta,

el canto de los pájaros,

se escucha sin fuerzas.

Es un canto de tristeza.


Domingo, 8 de Mayo de 2022.

Nueva Guinea, RACCS.



domingo, 1 de marzo de 2020

ALLÁ EN LO ALTO



Desde la mitad del cerro La Pedrera, a unos 225 metros de altura, Miguelito domina con la vista la ciudad. Todo a su alrededor es de un intenso verdor, a excepción de los troncos de los árboles que siempre son blancos por la biodiversidad que acogen. Su casa es de madera y nunca la pinta, por eso siempre está de color natural y porque tiene a su disposición el bosque de su ladera.

Es un hombre platicón, sus ojos color café son refulgentes y vivaces, siempre está sonriente y al hablar lo hace bajito como si tratara de escupir al mismo tiempo.

Desde el corredor de mi casa veo la suya en la mitad del cerro. La lluvia azota su casa de madera, le da con furia a un costado y de frente. En días lluviosos no asoma la cabeza, pasa encerrado, disfruta colgado en su hamaca del sonido de la lluvia y el viento que tratan de estrujarlo como papel y dejarlo tirado en las faldas del cerro, empapado y temblando de frío.

Miguelito no se deja, está bien resguardado: la casa tiene arranques de concreto, buena madera, buenos ventanales, buenos aleros, un corredor envidiable y el techo de zinc bien entramado.

La encanta la música. Desde aquí abajo no puedo dejar de escuchar el amor que siente por las rancheras. Sus cantantes preferidos son Antonio Aguilar y Vicente Fernández. Casi siempre pone las mismas canciones: Un puño de tierra, Gabino Barrera, Caballo Prieto Azabache, Qué de raro tiene, A mi manera, La muerte de un gallero y El Rey, la que más repite.

Escucho los gritos que da, ¡ajuuuaa!, cuando toma ron y se pone hasta la pata. Se reúne con varios de sus amigos y le sube todo el volumen al equipo de sonido para pasar alegrísimo. Veo el humo que se eleva y me imagino que está asando carne para agasajarlos. Al bajar, después de la parranda, se vienen de rodada como haciendo tumbos y dando grandes alaridos.

Miguelito vive feliz, se entretiene casi siempre con una motosierra que hace charchalear entre el verdor del cerro. Su mayor afición es mantener bien cercada su propiedad, se la pasa poniendo postes y alambres de púas para dividirla en lotes que luego vende como pan caliente, a plazos, en abonos suaves, mediante permuta o cualquier arreglo que le favorezca. Ha vendido tantos que cada vez son más y más las casas construidas en las faldas del cerro, con vistas al antojo del cliente. Tienen acceso a energía eléctrica y agua potable, y las empresas de Cable se pelean entre ellas para instalar sus servicios y hacer la vida más placentera.

Una vez subí hasta la cumbre del cerro. Lo hice en zigzag porque no hay de otra, agarrándome de árboles y arbustos. En la cima hay regadas un montón de piedras alargadas. Con ellas, en la época de los años 80 del siglo pasado, hacían las siglas del FSLN que entonces se miraban desde la pista y los cuatro barrios de la pequeña y convulsionada ciudad de Nueva Guinea.

Viendo hacia el Sur y al Oeste, se aprecia una inmensa llanura, no hay puntos elevados, y a lo lejos se divisan las últimas copas de los árboles de Ceiba que se mantienen aún en pie. Al Noreste están la ciudad y el cerro Brujo como si pudieras agarrarlo con las manos. La cordillera de Yolaina se mira majestuosa al Sureste y se pierde en lo azulado de las montañas.

Traté de bajar por la ladera Sur del cerro pero no pude. Toda esa falda está pelona, no hay árboles, hace más de veinte años que los talaron y lo hicieron como a escondidas, tratando de que no se dieran cuenta desde la ciudad porque de allí ese lado no se ve, aunque suceda allá en lo alto.

Al anochecer, la casa se ilumina en el corredor con un bombillo como estrella del Sur que parpadea en la oscuridad del firmamento. Los perros ladran, un ternero berrea. Miguelito sale al corredor machete en mano y alumbra con un foco, no ve nada, pega cuatro gritos y todo vuelve a estar en calma.


1 de Marzo de 2020
Foto: El campo de Nueva Guinea. Ronald Hill.


viernes, 5 de junio de 2015

EL ÚLTIMO IGUALTIL (En el día del Medio Ambiente)





Me bajé del jeep para revisar una llanta y escuché el sonido del golpe seco y continuo. Crucé caminando la carretera que conduce a La Libertad, Chontales. Un hombre estaba con un hacha derribando un árbol de Igualtil (Genipa americana L.), llamado también Tapa Culo. Daba cinco hachazos al lado derecho y cinco al izquierdo hasta que lo derribó. Al caer el tronco no se desprendió y le tomé la foto cuando lo separaba en dos. Con hacha, ¿y las motosierras?, pensé.

“Aquí, en estos llanos ya no se escuchan, la gente se vuela los palos con hacha y cuando de leña se trata, se suben con serrucho a cortar las ramas gruesas”, dijo Julio Duarte cuando le mostré la foto en su finca La Heredad ubicada en la comarca El Quebrantadero de Juigalpa.

“Al menos aquí le tienen miedo a las autoridades pero en otros lados arrasan con los bosques y todo el mundo se hace de la vista gorda”, le respondí. “Ese era el último Igualtil de estos lados”, respondió.