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domingo, 9 de agosto de 2026

LA FOTO DEL DÍA 3: UNA RAJA DE LEÑA



A las seis de la mañana, el camino todavía estaba húmedo. La ciudad quedaba atrás y, al doblar hacia el oeste por la escuela de la zona 6, sentí que entraba en otra Nueva Guinea: más lenta, más verde, más antigua. Giré a la izquierda y seguí rumbo a la finca de Hidalgo, vecino de mi casa, en busca de un galón de leche.

En el trayecto me detuve a mirar una ceiba majestuosa, una de las últimas sobrevivientes en los alrededores de la ciudad. Allí estaba, enorme y serena, como si todavía cuidara una memoria que el crecimiento urbano va dejando atrás. 

Seguí por un sendero y salí a una plazuela. Allí el aire ya olía distinto. No era el olor de la ciudad, sino esa mezcla viva de finca: tierra húmeda, estiércol de vaca, zacate recién pisoteado, madera partida y caña recién triturada, con una dulzura espesa que se quedaba pegada en la respiración.

A lo lejos mugían las vacas. Bajo la galera, el silencio tenía sonido de trabajo. Allí trituraban caña para hacer atados de dulce y, a un lado, en una casa sencilla, almacenaban la leña. Me llamó la atención y tomé la foto. 

La imagen parece sencilla: horcones rústicos, techo de zinc, rajas de leña bien apiladas, troncos gruesos esperando el hacha, astillas regadas en el suelo, una carreta detenida al fondo y el verde de la caña cerrando el paisaje. 

Pero esa foto también tenía olor. Olía a madera seca, a humo antiguo, a sudor de campo, a leche recién ordeñada y a caña molida. En el campo, una imagen nunca es muda. Cada raja de leña tiene su historia: el árbol cortado, los hachazos, las astillas, el aroma, el sudor, el acarreo, el fogón y la comida de la familia.

Alfredo apareció desde la finca al verme tomando fotos. Usaba sombrero, pero debajo del ala se le veían las canas. En el cinto llevaba su machete y, en los pies, unas botas de hule marcadas por el lodo, el estiércol de las vacas y la rutina diaria de andar entre corrales, potreros y galeras.

No habló con rodeos. Su voz fuerte salió directa, como la de un hombre que no necesita adornar la vida porque la conoce por dentro: la leche, la caña, la leña, los animales, el precio de cada cosa y el trabajo que cuesta conseguirla.

Hablamos de la leña, de la leche y de los precios.

—La raja de leña subió dos córdobas —me dijo—. Antes valía cinco, ahora siete. Eso sí, una buena raja. 

Después agregó, casi como quien resume el país desde un patio de finca:

—Todo ha subido, amigo. El aceite, el fertilizante, las medicinas para el ganado, la provisión, todo, todo.

Si todavía cerca de cuatro de cada diez nicaragüenses cocinan con leña, y muchas familias consumen entre cuatro y seis rajas grandes al día, entonces la frase de Alfredo deja de ser una queja cualquiera. Dos córdobas más por raja se vuelven una cuenta diaria, una presión sobre el bolsillo y una forma silenciosa de medir cómo sube la vida.

Ese día también le compré leche. El litro estaba a veinticinco córdobas. Uno sale buscando un galón de leche y regresa con algo más: una foto, una conversación y una pequeña certeza sobre la vida.

En estos caminos, la economía no aparece en gráficos ni discursos. Aparece en una raja de leña, en el precio de la leche, en el aceite que ya no alcanza, en el fertilizante, en las medicinas para el ganado y en la provisión que cada día cuesta más. 

Miré otra vez la leña bajo el techo: bien acomodada, seca, esperando el fuego. Pensé que esa foto no hablaba solo del campo. Hablaba de una manera de vivir que resiste, aunque todo suba, aunque la ciudad se acerque, aunque las ceibas vayan quedando solas. 

Volví con la leche en la mano, pero también con esa frase de Alfredo sonando en la cabeza: “Todo ha subido, amigo”.

Y pensé que, a veces, un país entero cabe en una raja de leña.

 

16 de junio de 2026.


sábado, 9 de abril de 2016

LOS RECOLECTORES DEL CAMINO


Una ráfaga leve de brisa húmeda alegró las ramas de los árboles de Caoba. Mi piel se erizó y el cielo se tornó gris por unos instantes, retrasando la fuerza del sol que irrumpe en las mañanas veraniegas del trópico húmedo. Los canarios cantaron alegres, intensificaron su besuqueo, mientras Lucas, el cotorro, agitó sus alas con más fuerza de lo acostumbrado, gritando sin cansancio “pobre…cito, pobre…cito” como si notara la nostalgia existente en los alrededores.

"Ojalá llueva", pensé. Un chubasquito en el verano no cae mal, aplaca el polvo, ese polvo que se mete por las ventanas, en los roperos y hasta en los orificios mejor resguardados cuando los camiones, camionetas, taxis y motocicletas circulan a alta velocidad como endemoniados con la urgencia de una necesidad fisiológica impostergable. Pensaba en eso, saboreando mi café de palo y el tac, tac, tac que escuché desde el lado del camino atrajo mi atención.

Un hombre picaba leña con machete; al lado, en el suelo, tenía un saco. Tres chavalos vestidos de uniforme escolar se detuvieron a verlo como tratando de retrasar el tiempo de adoctrinamiento de la escuela. El hombre recolectaba ramas largas, las partía de un sólo golpe en trozos de unos tres metros de largo y las acomodaba al lado del camino. Sus botas de hule estaban curtidas de blanco, un blanco similar al del polvo que existe en el sector de Tierra Blanca cuándo se torna en lodo, quizás de allí venía con el saco en los hombros y a última hora decidió recolectar la leña, o puede ser que pasó en la madrugada hacia esos lados y le echó el ojo a las ramas secas. De cualquier manera, ahora nada lo detenía, ni los chavalos ni yo que lo observábamos atentos; no nos prestaba atención.

Eso sí, el hombre no quitaba su vista del saco, lo volvía a ver después de cada machetazo. Los chavalos siguieron su camino; tras de ellos otros uniformados pasaron rumbo al pueblo. Me acerqué al hombre para saludarlo. “Hola amigo, ¿recogiendo leña?" “Sí, para el fuego”, respondió con una sonrisa esquiva.  “Esas ramas fueron cortadas por una brigada de Dissur”, agregué, y su mirada cambió. “Vale más, así no me acusan los ambientalistas, porque aunque no me crea, es para la casa. Hace una semana por este mismo camino lloraba una motosierra, sus gemidos venían del lado del cerro de Los Palacios, desde temprano que pasé hacia Los Ángeles hasta las cuatro de la tarde que regresé, seguía rugiendo. Eso no lo escuchan los de MARENA ni los de la alcaldía, se hacen los sordos”, dijo mientras comenzó a armar apresurado su carga de leña.

Varias motocicletas pasaron con chavalos de uniforme escolar como pasajeros, sin casco pero de prisa porque faltaban quince minutos para las siete de la mañana. Tres camionetas y un camión nos bañaron de polvo. El recolector de leña tomó con ambas manos la carga y la acomodó en sus hombros; se ladeó hacia la derecha y agachándose levantó el saco. Delante de él iban los chavalos hacia la escuela, sin prisa, y unas vacas andaban desperdigadas en el camino como cansadas de que las ordeñen sin premiarlas con una buena ración de concentrado en estos meses de verano.

Lo vi alejarse y regresé a mi cafecito, un poco frío; saboreándolo me acordé del saco. ¿Qué llevaba en el saco?, no pregunté. Tal vez unas libritas de frijoles y unas mazorcas de maíz que le regalaron, quizás un encargo de su mujer que cuidaba con recelo, unas cuajaditas, no sé, pero era algo que para él tenía mucho valor. Mejor no sigo especulando, estoy convencido que llevaba una carga de esperanza; no era una carga como la de los camiones que van repletos con trozas de madera preciosa por las carreteras del país sin que los detengan.

Lucas se puso inquieto, los pajaritos de amor cantaron sin besuquearse y las nubes grises desaparecieron abriéndole paso al intenso sol. Volví la mirada y vi a otros que poco a poco fueron pasando por el camino. Cargaban alforjas llenas de limones mandarinas, un saco de yuca, una carga de leña rolliza, una cabeza de guineo cuadrado sobre los hombros, todos ellos recolectores del camino; los pobres dirigiéndose con la carga sobre sus hombros hacia el pueblo.

Nueva Guinea, RACCS.
08/04/2016