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martes, 14 de abril de 2026

AQUEL AÑO

 


No imaginamos lo que vendría.

Confiábamos en los ciclos de la tierra, como quien cree en la respiración del monte. Todo parecía seguir su curso, hasta que la sequía nos cayó encima sin aviso.

Adentro de la casa, las tablas crujían por el calor. En el corral, el olor a polvo y estiércol reseco se metía en la nariz. En los potreros, cada paso quemaba la piel. Hablábamos de las lluvias como quien habla de algo que se aleja. De ese abril seco que nos dejaba la boca áspera, llena de tierra.

Los caballos subían a las colinas jadeando. Los pájaros buscaban los árboles más altos y cantaban como si quisieran sacarle una gota al cielo. Las quebradas se fueron rompiendo en silencio. Los ríos comenzaron a enseñar sus piedras lisas. En los pozos, el agua bajó amarga, con olor a hierro.

Un día el cielo tronó. Bastó eso para que la esperanza nos levantara. Algunos hasta bailaron. Las chicharras salieron del suelo con ese chillido metálico, desesperado. El pájaro gua gritaba desde lo alto, como si también pidiera lo mismo que nosotros: agua.

Pero abril se fue. Mayo llegó y no trajo nada. Lo esperábamos para sembrar, pero la tierra seguía cerrada, dura, como una herida que no sana. En junio, las quebradas ya eran cicatrices. Entre las piedras del río, vimos los peces morir, abriendo las agallas al aire caliente.

Ese día visitamos la finca de José, en la comunidad Carlos Delgado. Nos estaba esperando. Estaba allí, de pie, mirando por largo rato una vaca echada. No se levantó más. Le puso la mano en el lomo, como si todavía respirara. No dijo nada. Solo se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho. Ahí entendí que esto iba en serio.

El ganado se refugiaba bajo cualquier sombra. Comía lo que encontraba: hojas ásperas, monte duro. El pasto Retana había desaparecido. Solo quedaba una maleza gris y ese polvo constante en la boca. La tierra se rajaba como barro seco. Todo se volvía hostil.

El miedo empezó a crecer sin decir nada. Nos mirábamos, pero ya no era igual. Hablábamos, pero no nos escuchábamos. En las capillas encendíamos candelas. El olor a cera y humo se mezclaba con la misma súplica de siempre: que lloviera.

Los niños preguntaban. Por qué se morían las vacas. Por qué se secaban el río y el pozo. Y uno no sabía qué decir. Buscábamos respuestas en los recuerdos, en otros años, en otras sequías. Pero esta era distinta. Entonces empezamos a entender, sin querer decirlo en voz alta, que algo también venía de nosotros. De cómo tumbamos, de cómo quemamos, de cómo olvidamos escuchar la tierra.

Lo perdimos casi todo.

Hasta que, a inicios de agosto, el cielo se abrió. Esta vez sí. El agua cayó fuerte sobre los techos. Los ríos volvieron a sonar. La quebradita despertó. Los potreros se pusieron verdes otra vez. Y nosotros también volvimos a respirar distinto. A sonreír, aunque fuera despacio. El olor a tierra mojada lo llenó todo. Los peces regresaron a moverse en el agua.

Ese año, 1997, sobrevivimos como se puede: con ayuda que vino de varios lados, con lo poco que quedó, con terquedad.

Fueron más de cien días sin lluvia. Demasiadas horas con el miedo metido en el pecho.

Ese año también nos dejó aprendizajes. Aprendimos a cuidar los ríos, los pozos, las quebradas. Empezamos a sembrar árboles en las fincas, a levantar cercas vivas, a preparar la alimentación del ganado. Dejamos de despalar como antes. Hicimos cambios, no por gusto, sino por necesidad. Para estar mejor parados si otro año así volvía.

Y aun así, cada verano, seguimos mirando al cielo, pidiendo que no nos toque de nuevo.

 

 

22 de marzo de 2026.

sábado, 9 de abril de 2016

LOS RECOLECTORES DEL CAMINO


Una ráfaga leve de brisa húmeda alegró las ramas de los árboles de Caoba. Mi piel se erizó y el cielo se tornó gris por unos instantes, retrasando la fuerza del sol que irrumpe en las mañanas veraniegas del trópico húmedo. Los canarios cantaron alegres, intensificaron su besuqueo, mientras Lucas, el cotorro, agitó sus alas con más fuerza de lo acostumbrado, gritando sin cansancio “pobre…cito, pobre…cito” como si notara la nostalgia existente en los alrededores.

"Ojalá llueva", pensé. Un chubasquito en el verano no cae mal, aplaca el polvo, ese polvo que se mete por las ventanas, en los roperos y hasta en los orificios mejor resguardados cuando los camiones, camionetas, taxis y motocicletas circulan a alta velocidad como endemoniados con la urgencia de una necesidad fisiológica impostergable. Pensaba en eso, saboreando mi café de palo y el tac, tac, tac que escuché desde el lado del camino atrajo mi atención.

Un hombre picaba leña con machete; al lado, en el suelo, tenía un saco. Tres chavalos vestidos de uniforme escolar se detuvieron a verlo como tratando de retrasar el tiempo de adoctrinamiento de la escuela. El hombre recolectaba ramas largas, las partía de un sólo golpe en trozos de unos tres metros de largo y las acomodaba al lado del camino. Sus botas de hule estaban curtidas de blanco, un blanco similar al del polvo que existe en el sector de Tierra Blanca cuándo se torna en lodo, quizás de allí venía con el saco en los hombros y a última hora decidió recolectar la leña, o puede ser que pasó en la madrugada hacia esos lados y le echó el ojo a las ramas secas. De cualquier manera, ahora nada lo detenía, ni los chavalos ni yo que lo observábamos atentos; no nos prestaba atención.

Eso sí, el hombre no quitaba su vista del saco, lo volvía a ver después de cada machetazo. Los chavalos siguieron su camino; tras de ellos otros uniformados pasaron rumbo al pueblo. Me acerqué al hombre para saludarlo. “Hola amigo, ¿recogiendo leña?" “Sí, para el fuego”, respondió con una sonrisa esquiva.  “Esas ramas fueron cortadas por una brigada de Dissur”, agregué, y su mirada cambió. “Vale más, así no me acusan los ambientalistas, porque aunque no me crea, es para la casa. Hace una semana por este mismo camino lloraba una motosierra, sus gemidos venían del lado del cerro de Los Palacios, desde temprano que pasé hacia Los Ángeles hasta las cuatro de la tarde que regresé, seguía rugiendo. Eso no lo escuchan los de MARENA ni los de la alcaldía, se hacen los sordos”, dijo mientras comenzó a armar apresurado su carga de leña.

Varias motocicletas pasaron con chavalos de uniforme escolar como pasajeros, sin casco pero de prisa porque faltaban quince minutos para las siete de la mañana. Tres camionetas y un camión nos bañaron de polvo. El recolector de leña tomó con ambas manos la carga y la acomodó en sus hombros; se ladeó hacia la derecha y agachándose levantó el saco. Delante de él iban los chavalos hacia la escuela, sin prisa, y unas vacas andaban desperdigadas en el camino como cansadas de que las ordeñen sin premiarlas con una buena ración de concentrado en estos meses de verano.

Lo vi alejarse y regresé a mi cafecito, un poco frío; saboreándolo me acordé del saco. ¿Qué llevaba en el saco?, no pregunté. Tal vez unas libritas de frijoles y unas mazorcas de maíz que le regalaron, quizás un encargo de su mujer que cuidaba con recelo, unas cuajaditas, no sé, pero era algo que para él tenía mucho valor. Mejor no sigo especulando, estoy convencido que llevaba una carga de esperanza; no era una carga como la de los camiones que van repletos con trozas de madera preciosa por las carreteras del país sin que los detengan.

Lucas se puso inquieto, los pajaritos de amor cantaron sin besuquearse y las nubes grises desaparecieron abriéndole paso al intenso sol. Volví la mirada y vi a otros que poco a poco fueron pasando por el camino. Cargaban alforjas llenas de limones mandarinas, un saco de yuca, una carga de leña rolliza, una cabeza de guineo cuadrado sobre los hombros, todos ellos recolectores del camino; los pobres dirigiéndose con la carga sobre sus hombros hacia el pueblo.

Nueva Guinea, RACCS.
08/04/2016

martes, 10 de junio de 2014

“PARA MÍ LA SEQUÍA NO ES PROBLEMA”


Si la mayoría de los pequeños y medianos ganaderos de Nicaragua invirtieran en la mejora de las condiciones de su finca en cuanto a la alimentación del ganado se refiere, los índices productivos y reproductivos del hato nacional se elevarían, tendrían mayor seguridad frente a  elementos externos que no pueden controlar como la sequía prolongada que se da por el fenómeno del niño, se reduciría la presión sobre las áreas boscosas, es decir que se frenaría el avance de la frontera agrícola, y cada vez serían menos los conflictos sangrientos por la tierra en territorios indígenas del Caribe.

El señor Alfredo Hidalgo Mejía, ganadero de Nueva Guinea, ha mejorado progresivamente las condiciones de su finca para garantizar la alimentación necesaria de su hato conformado por 60 cabezas e implementar un sistema de manejo semi-estabulado. Ha invertido en una galera, comederos, pastos mejorados, cultivo de caña de azúcar, pastos de corte, picadora y un trapiche para producir melaza que emplea en la alimentación del ganado. Es un proceso que ha venido desarrollando desde hace varios años y ahora considera que no tiene problema con la alimentación del ganado.

“Hay que prepararse porque aquí toda la gente tiene pasto Retana, si queremos tener un animalito hay que prepararse. Es caro pero el gusto es tener estos animalitos. Para mí la sequía no es problema”, dice Hidalgo con seguridad. “El agua se ha escaseado pero siempre tengo agua”, agrega.

Ahora su problema es la mano de obra porque no encuentra trabajadores. “La gente no quiere trabajar, quiere ganar bastante pero no quiere trabajar. Un ratito viene uno, un ratito viene otro”, señala.

Al igual que Alfredo existen en el país otros ganaderos que hacen la diferencia, pero la inmensa mayoría de ellos dependen del obsoleto sistema de producción extensivo. Sus inversiones se concentran en tierras y ganado “cholenco” sin ninguna mejora tecnológica. Por ello la ganadería del país tiene bajos índices productivos y reproductivos, y junto a los depredadores ambientales —los invasores de tierras indígenas y los madereros—, sigue siendo considerada enemiga del medio ambiente.

Aquí les dejo este vídeo donde el productor nos explica sus logros.