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lunes, 11 de agosto de 2025

IRONÍA DEL CAMINO

 



Ha sido una mañana

de esas pocas que nos

regala el trópico húmedo.

 

El sol resplandecía en el camino,

mojado por una llovizna breve,

sin charcos nuevos.

 

Me cuesta ver,

el resplandor me encandila,

y avanzo despacio.

 

Chavalos de azul y blanco,

camino a clases,

llenan el trayecto.

 

Algunos con capotes,

otros con chaquetas se cubren,

repiten los charcos de siempre.

 

Las chavalas casi bailan,

saltando de uno a otro,

faldas al vaivén, paraguas zigzagueando.

 

Van de prisa,

siete de la mañana,

no espera.

 

Otros van en motos con sus padres,

veloces,

cara al viento.

 

El bueyero marca el paso,

los bueyes lerdos,

respetando a los estudiantes.

 

Entre todos ellos,

surge su figura.

Joven. Hermosa.

 

Va de jeans,

camisa suelta,

paraguas contra el sol.

 

Camina con estilo,

sin prisa,

rompiendo la monotonía.

 

En el camino pedregoso,

va la alegría del futuro

pintada en los rostros.

 

Y yo,

en medio de tanto brío,

pienso en mis años finales.

 

Ironía del camino:

ellos van estrenando la vida,

yo voy midiendo el filo de mi despedida.



11 de Agosto de 2025.

Foto: Sergio Orozco Carazo.


domingo, 27 de marzo de 2022

CUANDO LLEGUE MI TURNO


A esta edad, por encima de muchos promedios y siendo jubilado, una jubilación que cuando preguntan por ella digo que más o menos, por no decir que sólo da para una quincena, que peor es nada, tengo que caminar todos los días para alargar la vida, para sentirme bien.

Muchos ya saben dónde es que vivo. En un área suburbana, afuera del pueblo, perdón, de la ciudad, porque a Nueva Guinea la elevaron de categoría desde hace varios años, desde el 2008. El camino que lleva a mi casa es de macadán, dicen que de todo tiempo por no decir que es un camino asqueroso, que nunca le dan mantenimiento, y si me pongo a contar los hoyos que tiene desde el complejo judicial hasta aquí, te diría que son más de cincuenta cráteres, pero me divierto en otras cosas: haciendo sudoku, leyendo de todo y todo el tiempo, escribiendo y haciendo mis caminatas de todos los días.

Todas esas actividades forman parte de mi rutina diaria, pero la caminata, a pesar de las piedras y los hoyos, se ha convertido en mi refugio. En esas caminatas trato de analizar mi vida, sí, allí en ese camino lineal, la analizo y la veo en etapas. La caminata le da fortaleza a mi vida, entre más camino, más fuerte me siento, aunque después vengan los quejidos para que ella me dé una sobadita. Es como un trabajo que te gusta, te apetece hacerlo, pero, aunque no te paguen, siempre estás en el.

Si me ves por el camino no te vas a confundir. Llevo puestos unos tenis azules con hoyos, sí, son viejos, pero así me llevan por el camino; un short negro deshilachado con el logotipo de los Yanquis de Nueva York y casi siempre con una camiseta blanca que uso como parte del pijama. Esa indumentaria es casi siempre la misma, con pocas variantes, porque los tenis no los cambio por nada del mundo, hasta que aguanten.

Voy caminando en un camino lineal, con árboles a los lados, la neblina me inunda, voy lejos de la ciudad y sus ruidos, sé muy bien lo que no voy a encontrar. Suena el timbre del teléfono. Sí, diga… No, estoy lejos, si le parece puede llegar a mi casa por la tarde... Ok, a las tres de la tarde… Gracias. En todo este tiempo de caminar, he conocido a muchas personas, pero en el afán de no detenerme, solamente los saludo de manos, un simple gesto de adiós.

A veces cambio de rumbo y me voy para el lado de la ciudad. Allí la caminata es en el parque central y se vuelve circular, siguiendo las manecillas del reloj. Todo se reduce a dar las vueltas que me he propuesto como meta, sin nada más que recordar la carga que ese parque lleva a sus espaldas: alegría, amores, fiestas, combates, muertos y armas enterradas. Y cuando me doy cuenta debo regresar al punto de inicio. He cumplido un día más con la rutina de una hora y media de caminata, estoy satisfecho al ver el reloj.

De nuevo en casa disfruto del confort y la seguridad de lo cotidiano. Me quitó los tenis, calzo mis chinelas y me acomodo en la mesa donde están los sudokus esperándome, mis notas de colores y la computadora. Casi siempre pienso que mi vida ha sido como el camino que recorro. A veces lineal, a veces circular. Recuerdo la llamada del vendedor de lotería, sonrió, y estoy seguro que un día, cuando llegue mi turno, mi vida va a cambiar.

 

domingo, 27 de marzo de 2022

Foto: Ronald Hill A.

sábado, 9 de abril de 2016

LOS RECOLECTORES DEL CAMINO


Una ráfaga leve de brisa húmeda alegró las ramas de los árboles de Caoba. Mi piel se erizó y el cielo se tornó gris por unos instantes, retrasando la fuerza del sol que irrumpe en las mañanas veraniegas del trópico húmedo. Los canarios cantaron alegres, intensificaron su besuqueo, mientras Lucas, el cotorro, agitó sus alas con más fuerza de lo acostumbrado, gritando sin cansancio “pobre…cito, pobre…cito” como si notara la nostalgia existente en los alrededores.

"Ojalá llueva", pensé. Un chubasquito en el verano no cae mal, aplaca el polvo, ese polvo que se mete por las ventanas, en los roperos y hasta en los orificios mejor resguardados cuando los camiones, camionetas, taxis y motocicletas circulan a alta velocidad como endemoniados con la urgencia de una necesidad fisiológica impostergable. Pensaba en eso, saboreando mi café de palo y el tac, tac, tac que escuché desde el lado del camino atrajo mi atención.

Un hombre picaba leña con machete; al lado, en el suelo, tenía un saco. Tres chavalos vestidos de uniforme escolar se detuvieron a verlo como tratando de retrasar el tiempo de adoctrinamiento de la escuela. El hombre recolectaba ramas largas, las partía de un sólo golpe en trozos de unos tres metros de largo y las acomodaba al lado del camino. Sus botas de hule estaban curtidas de blanco, un blanco similar al del polvo que existe en el sector de Tierra Blanca cuándo se torna en lodo, quizás de allí venía con el saco en los hombros y a última hora decidió recolectar la leña, o puede ser que pasó en la madrugada hacia esos lados y le echó el ojo a las ramas secas. De cualquier manera, ahora nada lo detenía, ni los chavalos ni yo que lo observábamos atentos; no nos prestaba atención.

Eso sí, el hombre no quitaba su vista del saco, lo volvía a ver después de cada machetazo. Los chavalos siguieron su camino; tras de ellos otros uniformados pasaron rumbo al pueblo. Me acerqué al hombre para saludarlo. “Hola amigo, ¿recogiendo leña?" “Sí, para el fuego”, respondió con una sonrisa esquiva.  “Esas ramas fueron cortadas por una brigada de Dissur”, agregué, y su mirada cambió. “Vale más, así no me acusan los ambientalistas, porque aunque no me crea, es para la casa. Hace una semana por este mismo camino lloraba una motosierra, sus gemidos venían del lado del cerro de Los Palacios, desde temprano que pasé hacia Los Ángeles hasta las cuatro de la tarde que regresé, seguía rugiendo. Eso no lo escuchan los de MARENA ni los de la alcaldía, se hacen los sordos”, dijo mientras comenzó a armar apresurado su carga de leña.

Varias motocicletas pasaron con chavalos de uniforme escolar como pasajeros, sin casco pero de prisa porque faltaban quince minutos para las siete de la mañana. Tres camionetas y un camión nos bañaron de polvo. El recolector de leña tomó con ambas manos la carga y la acomodó en sus hombros; se ladeó hacia la derecha y agachándose levantó el saco. Delante de él iban los chavalos hacia la escuela, sin prisa, y unas vacas andaban desperdigadas en el camino como cansadas de que las ordeñen sin premiarlas con una buena ración de concentrado en estos meses de verano.

Lo vi alejarse y regresé a mi cafecito, un poco frío; saboreándolo me acordé del saco. ¿Qué llevaba en el saco?, no pregunté. Tal vez unas libritas de frijoles y unas mazorcas de maíz que le regalaron, quizás un encargo de su mujer que cuidaba con recelo, unas cuajaditas, no sé, pero era algo que para él tenía mucho valor. Mejor no sigo especulando, estoy convencido que llevaba una carga de esperanza; no era una carga como la de los camiones que van repletos con trozas de madera preciosa por las carreteras del país sin que los detengan.

Lucas se puso inquieto, los pajaritos de amor cantaron sin besuquearse y las nubes grises desaparecieron abriéndole paso al intenso sol. Volví la mirada y vi a otros que poco a poco fueron pasando por el camino. Cargaban alforjas llenas de limones mandarinas, un saco de yuca, una carga de leña rolliza, una cabeza de guineo cuadrado sobre los hombros, todos ellos recolectores del camino; los pobres dirigiéndose con la carga sobre sus hombros hacia el pueblo.

Nueva Guinea, RACCS.
08/04/2016

sábado, 5 de diciembre de 2015

CUANDO EL CAMINO BRILLA CON LA LLUVIA


En una tarde lluviosa,
cuando el camino brilla con la lluvia,
caminé de prisa chapaleando lodo,
acosados mis pensamientos por problemas sin resolverse.
Miré hacia un lado, borrosa ente la brisa,
la luz acogedora de una tienda.

Vi a través de la ventana
estantes llenos de colores:
lucecitas parpadeando, arbolitos navideños,
cohetes y triquitraques, tambores,
cajas de chocolate, caramelos,
juguetes a montones.
Un desorden patético y barato.

Con ojos expectantes
mi infancia apresurada regresó.
Una vez más eran tesoros deseados.
Con codicia volví la mirada sobre las canicas,
los patines, la bicicleta, los aviones y balones.
Luego seguí por el camino bajo la lluvia.

En una tarde lluviosa,
cuando el camino brilla con la lluvia;
allí, en la ventana iluminada de la tienda,
dejé mi niñez”.


05/12/15