En la fotografía, don Gerardo Aragón Miranda aparece detrás del mostrador de su carnicería, rodeado de piezas de carne que cuelgan de los ganchos de hierro. Lleva una camisa naranja, gorra del mismo color, anteojos y un bigote canoso. Sostiene un cuchillo sobre una pieza de carne y a su lado se encuentra una vieja báscula de reloj, bien balanceada, sin una libra de más ni una de menos. Así era don Gerardo, honesto con la balanza, de esos comerciantes que sabían que el peso justo también era una manera de respetar a sus clientes. Pero hay algo más en la fotografía que llama mi atención: su sonrisa. Don Gerardo era una persona excepcional, siempre contento, dispuesto a conversar, contar sus vivencias y recordar a sus amigos. Lo conocí así, alegre y conversador, con esa facilidad para traer al presente los recuerdos de otros tiempos. Nunca le faltaba una historia que contar ni alguna ocurrencia para hacer reír.
Nació el 24 de septiembre de 1941 en San Esteban, Juigalpa, y llegó a Nueva Guinea alrededor de 1971, cuando tenía 30 años. Habían transcurrido apenas seis años desde la llegada de los primeros colonos y aquello todavía era una colonia en formación. Las familias levantaban sus viviendas, abrían parcelas, sembraban la tierra y trataban de salir adelante entre montañas y caminos que durante el invierno se volvían difíciles de transitar. Las fincas y potreros comenzaban a extenderse por los alrededores de una población que crecía con la llegada de nuevos habitantes.
Fue el primer matarife y carnicero de Nueva Guinea. Su oficio lo relacionó con los ganaderos, los trabajadores del rastro y las familias que acudían al mercado municipal. Conoció a muchos de los primeros pobladores y cultivó una buena amistad con Donald Ríos Obando y Víctor Ríos Obando, hombres vinculados a la fundación del pueblo. Entre sus amigos también estaba don Moncho Sandoval, finquero y vecino de los alrededores del mercado. Compartió además su oficio con otros matarifes de aquella época.
Su jornada comenzaba antes de la medianoche, cuando buena parte de Nueva Guinea dormía. Tenía que estar pendiente de la matanza en el rastro municipal, revisar las reses sacrificadas y comprobar la carne antes de trasladarla a su carnicería en el mercado. Todo debía estar listo antes del amanecer, cuando llegaban los primeros compradores. Así transcurrieron incontables madrugadas de trabajo, entre el rastro, el traslado de la carne y la atención a sus clientes.
También estaba dispuesto a comprar una vaca quebrada o un novillo cuando su dueño corría a buscarlo para ofrecérselo. Eran situaciones que se presentaban en las fincas, cuando un animal sufría algún accidente y había que actuar con rapidez para no perder la carne. El propietario trasladaba la res al rastro municipal, donde se realizaba el sacrificio, mientras don Gerardo negociaba la compra. Para muchos finqueros, encontrar a alguien dispuesto a comprarles el animal representaba una salida ante una pérdida que podía ser considerable.
Don Gerardo tenía sus ocurrencias. Cuando una mujer llegaba a su carnicería, la recibía con una pregunta cargada de picardía y acompañada de su sonrisa: «¿Le paso la lengua?». Y si quien llegaba era un hombre, cambiaba la pregunta: «¿Le paso la cola?». Así era su manera de bromear con el doble sentido de aquellas palabras que, tratándose de una carnicería, también eran parte de la venta. Era su forma de ponerle alegría a la jornada y hacer más amena la conversación con sus clientes.
Siempre tuvo su carnicería en el mercado municipal de Nueva Guinea. Desde el primer día que comenzó a vender carne cultivó la amistad de los demás comerciantes, con quienes compartió buena parte de su existencia. Pasaron los años, el mercado fue cambiando y muchos de aquellos amigos fueron partiendo, pero él permaneció allí, conservando los afectos y dispuesto a brindar su apoyo cuando alguno lo necesitaba. Fue testigo de las alegrías y las tristezas de quienes, como él, hicieron de aquel mercado su lugar de trabajo y convivencia. Desde su establecimiento también vio transformarse a Nueva Guinea. La colonia que conoció a comienzos de los años setenta fue creciendo hasta convertirse en municipio en 1981 y, con el paso del tiempo, en la ciudad que conocemos. Cambiaron los caminos, las construcciones, los negocios y las generaciones de comerciantes, pero don Gerardo continuó detrás de su mostrador, atendiendo a sus clientes y manteniendo las amistades que había cultivado durante tantos años.
Guardo de él el recuerdo de un hombre amable que disfrutaba de la amistad. Hoy pienso en aquellas conversaciones que sostenía con tanta naturalidad y en las historias que todavía habría podido contarnos. Me habría gustado sentarme nuevamente con él, preguntarle por los viejos matarifes, por sus amigos y por tantas vivencias que seguramente conservaba en su memoria.
La noche del 14 de octubre de 2026 falleció don Gerardo Aragón Miranda, a los 85 años. Había vivido alrededor de 55 años en Nueva Guinea y se fue sin haberse retirado de su oficio, trabajando hasta sus últimos días. Su muerte nos deja la tristeza de perder a uno de esos personajes que, con su trabajo y su presencia cotidiana, también forman parte de la historia de nuestro pueblo.
Vuelvo a mirar su fotografía. Ahí está don Gerardo, detrás del mostrador, con el cuchillo en la mano, rodeado de carne y con aquella sonrisa pícara que tanto lo caracterizaba. Pienso en los amigos que vio partir, en los comerciantes que acompañó y en los años que dedicó a su carnicería. Ya no volveremos a escucharlo ofreciendo la lengua o la cola con aquella picardía tan suya, pero quienes lo conocimos podremos recordarlo cada vez que hablemos de las historias del viejo mercado.
A sus familiares, seres queridos y amigos les hago llegar mis sinceras muestras de solidaridad y condolencias por su fallecimiento. Que encuentren consuelo en los buenos recuerdos que dejó entre quienes tuvimos la dicha de conocerlo.
Descansá en paz, don Gerardo. Te fuiste después de una larga vida de trabajo, dejando amistades y recuerdos en Nueva Guinea. Yo me quedo con tu sonrisa, tus historias y aquella vieja báscula que, como tu manera de trabajar, siempre buscaba mantener el peso justo.
15 de Octubre de 2026.

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