No imaginamos lo que vendría.
Confiábamos en los ciclos de la tierra, como quien cree en la respiración del monte. Todo parecía seguir su curso, hasta que la sequía nos cayó encima sin aviso.
Adentro de la casa, las tablas crujían por el calor. En el corral, el olor a polvo y estiércol reseco se metía en la nariz. En los potreros, cada paso quemaba la piel. Hablábamos de las lluvias como quien habla de algo que se aleja. De ese abril seco que nos dejaba la boca áspera, llena de tierra.
Los caballos subían a las colinas jadeando. Los pájaros buscaban los árboles más altos y cantaban como si quisieran sacarle una gota al cielo. Las quebradas se fueron rompiendo en silencio. Los ríos comenzaron a enseñar sus piedras lisas. En los pozos, el agua bajó amarga, con olor a hierro.
Un día el cielo tronó. Bastó eso para que la esperanza nos levantara. Algunos hasta bailaron. Las chicharras salieron del suelo con ese chillido metálico, desesperado. El pájaro gua gritaba desde lo alto, como si también pidiera lo mismo que nosotros: agua.
Pero abril se fue. Mayo llegó y no trajo nada. Lo esperábamos para sembrar, pero la tierra seguía cerrada, dura, como una herida que no sana. En junio, las quebradas ya eran cicatrices. Entre las piedras del río, vimos los peces morir, abriendo las agallas al aire caliente.
Ese día visitamos la finca de José, en la comunidad Carlos Delgado. Nos estaba esperando. Estaba allí, de pie, mirando por largo rato una vaca echada. No se levantó más. Le puso la mano en el lomo, como si todavía respirara. No dijo nada. Solo se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho. Ahí entendí que esto iba en serio.
El ganado se refugiaba bajo cualquier sombra. Comía lo que encontraba: hojas ásperas, monte duro. El pasto Retana había desaparecido. Solo quedaba una maleza gris y ese polvo constante en la boca. La tierra se rajaba como barro seco. Todo se volvía hostil.
El miedo empezó a crecer sin decir nada. Nos mirábamos, pero ya no era igual. Hablábamos, pero no nos escuchábamos. En las capillas encendíamos candelas. El olor a cera y humo se mezclaba con la misma súplica de siempre: que lloviera.
Los niños preguntaban. Por qué se morían las vacas. Por qué se secaban el río y el pozo. Y uno no sabía qué decir. Buscábamos respuestas en los recuerdos, en otros años, en otras sequías. Pero esta era distinta. Entonces empezamos a entender, sin querer decirlo en voz alta, que algo también venía de nosotros. De cómo tumbamos, de cómo quemamos, de cómo olvidamos escuchar la tierra.
Lo perdimos casi todo.
Hasta que, a inicios de agosto, el cielo se abrió. Esta vez sí. El agua cayó fuerte sobre los techos. Los ríos volvieron a sonar. La quebradita despertó. Los potreros se pusieron verdes otra vez. Y nosotros también volvimos a respirar distinto. A sonreír, aunque fuera despacio. El olor a tierra mojada lo llenó todo. Los peces regresaron a moverse en el agua.
Ese año, 1997, sobrevivimos como se puede: con ayuda que vino de varios lados, con lo poco que quedó, con terquedad.
Fueron más de cien días sin lluvia. Demasiadas horas con el miedo metido en el pecho.
Ese año también nos dejó aprendizajes. Aprendimos a cuidar los ríos, los pozos, las quebradas. Empezamos a sembrar árboles en las fincas, a levantar cercas vivas, a preparar la alimentación del ganado. Dejamos de despalar como antes. Hicimos cambios, no por gusto, sino por necesidad. Para estar mejor parados si otro año así volvía.
Y aun así, cada verano, seguimos mirando al cielo, pidiendo que no nos toque de nuevo.

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