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lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


viernes, 7 de junio de 2024

HAIKU I

 




Entre El Bluff y Yolaina

He construido un hogar en la colina

Con los susurros del viento.



7 de Junio de 2014.

Foto Propia.


miércoles, 20 de marzo de 2013

MI CASA NO ES MÍA


Llevaba semanas diciéndolo, susurrándolo a mi alrededor como gotas de agua al caer sobre  las orquídeas en el verano, repentinamente se cansó, quizás pensó que debía convencerme de otra manera y una mañana dijo: “yo pongo la pintura, ya”. Hacía dos años había pintado la casa y, cada seis meses, lavado el cielo raso y las paredes exteriores por el moho que se acumula en estas condiciones de extrema humedad. 

Primero fumigaba con una bomba de mochila llena de agua clorada —eso lo aprendí en Utila o quizás en Bluefields—, luego con una escoba de plástico zambullida en un bidón de agua con detergente restregaba por tramos y con una manguera a presión escurría el cloro y el detergente para, finalmente, secar con toallas viejas. Las paredes y el cielo raso quedaban impecablemente blancos. Con el paso del tiempo la pintura blanca fue cediendo, poniéndose, en ciertas partes, opaca y eso a ella no le gustaba.

Así que me puso “en tres y dos”, comenzamos a pintar la casa. Una semana completa de mover y remover muebles, cuadros, fotografías, cortinas, mesas de noche, ropero, televisores;  paciencia, mucha paciencia porque el muchacho que me ayudaba falló dos veces en su compromiso. Al pintar la sala y el pasillo con pintura de aceite mezclada con el diluyente, el olor era insoportable, desesperante, de día y de noche tenía que dejar las ventanas en pampa.

Al decidir cuál de los cuartos pintar primero, sin dudarlo dijo “el mío”. Viste, el de ella, no dijo el de nosotros, “el de ella”. Pero el cuarto es babosada, la casa es de ella, el control de tele también porque pelea para ver la telenovela y sólo me quedo pensando en los años que pasé trabajando para hacer “mi casa” que ahora resulta siendo de ella. 

Por la noche, después que “su cuarto” fue pintado, le pregunté: ¿dónde vamos a dormir? “En el cuarto de Ronalito”, dijo. Ves, ese sí tiene dueño con nombre y apellido. Al día siguiente pintaron el cuarto de Ronalito y al preguntarle lo mismo respondió: “en el cuarto de Aster”. Te fijas, todos tienen dueño. Y si hubiera seguido preguntando me hubiera dicho: “En el cuarto de Emiljamary”.

Ya terminamos de pintar. Por las tardes, sentados enfrente, bajo la sombra de los árboles de caoba que refrescan estos calores, la veo que de reojo vuelve a ver la casa que luce como nueva, “su casa”. 

lunes, 30 de enero de 2012

EL BLUFF



Sencillamente con siete letras lo nombramos,
en el cicatrizo las heridas.
Es una roca, un altar, un refugio
donde siempre eres bienvenido.
Una cacatúa multicolores, doblemente generoso.
Una habitación que se encuentra en lo alto,
una mansión en la colina.

Sus memorias siempre están a mi lado
cuando solitario me encuentro.
Después de prolongados escapes
finalmente regreso.

Allí se encuentra el corazón.
Cuando roto está,
perdido en marañas de llanos y avatares de la vida
busco el camino de regreso
al lugar que pertenezco.

Si la lucha me destroza
emprendo el viaje de retorno.
Un arco iris, mar y cielo azul, sol resplandeciente,
brisa de vida, brazos de los míos
abiertos me esperan.


Ronald Hill A.
El Bluff, RAAS.
23/01/2012