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lunes, 17 de junio de 2024

REGALO DE NOCHE LLUVIOSA

 



Anoche la lluvia en Nueva Guinea fue intensa, dos horas o más,

luego dejó alrededor empapado,

humedad por fuera y por dentro de todo,

una calma absorbente atrayendo los sentidos.

El mosquitero forma una rectángulo que cubre la cama,

invitando al cuerpo con sus párpados perezosos,

y me deslizo en la burbuja que acurruca mis sueños.

 

El recuerdo vuelve una y otra vez, es su figura un deleite.

Va y viene, camina ligero, corre veloz, cabello al viento,

y se aferra al cuerpo con dominio interplanetario,

un polvo del pasado en el presente, un poema

deslizándose en la piel, brillando en los ojos,

y de repente desaparece como si los sentimientos

y deseos no significan nada.

 

La medianoche ha comenzado,

divide la oscuridad en antes y después.

La luz del día se muestra al noreste del parque,

pero el poema sigue allí aferrado en la mente

como un regalo de la noche lluviosa.

 

 

17/06/2024

Foto: Internet

 


viernes, 24 de noviembre de 2023

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE LA MUERTE

 


Henry Bush Hill Bush, hermano de mi padre White Bush, falleció tras sufrir un derrame cerebral, y doce días después nos dejó. Su partida tuvo lugar en la tranquilidad de su hogar, descansando plácidamente en su cama, rodeado de su esposa Sula, sus hijos e hijas, nietos y demás familiares. A la edad de 88 años, dejó este mundo. Aquel día, después de disfrutar de su almuerzo, decidió descansar para la siesta y, lamentablemente, no pudo volver a levantarse, ya que la mitad de su cuerpo dejó de responder.

Todos sus seres queridos tuvieron la oportunidad de despedirse de tío Henry. Desde la distancia seguí su estado de salud a través de los primos y sus esposas. Vi la ceremonia en su honor realizada en la casa del primo Crawford, y posteriormente, su sepelio en el cementerio de Utila, “el jardín de los recuerdos”. Tío Henry fue un gran hombre, uno de mis tíos preferidos, y muy querido por mi padre. Lo recordare y extrañare el resto de mi vida.

Estuve enfermo en mi cama por más de diez días y, de manera redundante, pensé en la muerte. Es inevitable reflexionar sobre ella cuando estás enfermo. Mientras somos jóvenes y estamos sanos, no lo hacemos.

Ese extraño sentimiento de que todo terminará me llevó a pensar en mi madre. Escuché, no se si en sueños o medio despierto, nuevamente la lengua materna, esa que nos dice repetidamente en los primeros meses de vida, “mamá te ama y te cuida”, “mamá te quiere y te protege”, y mediante lo cual comenzamos a identificar personas y sonidos. Llorando la llamé varias veces, “Mamá, mamá, ayúdame. Mamá, yo también te amo”.

Cuando hablamos de la muerte, muchos dicen que no les preocupa. Pero eso no es cierto. Somos animales que morimos y nos descomponemos. Cuando llega, se evidencia muy deprisa. Casi de inmediato, la sangre de los capilares situados cerca de la superficie empieza a vaciarse, lo que provoca esa palidez fantasmal que resulta tan característica. La sangre se acumula en las partes inferiores del cuerpo a consecuencia de la gravedad, lo que da un color púrpura a la piel, en un proceso conocido como livor mortis. Las células internas se rompen; las enzimas se derraman, e inician un proceso de auto digestión denominado autólisis.

También, las células mueren a velocidades distintas: las cerebrales lo hacen muy deprisa, en un máximo de tres o cuatro minutos, mientras que las musculares y cutáneas pueden tardar horas, tal vez incluso un día entero. El famoso agarrotamiento muscular, conocido como rigor mortis, se produce en un plazo de entre treinta minutos y cuatro horas tras el fallecimiento, empezando por los músculos faciales y desplazándose hacia abajo a través del cuerpo y hacia fuera por las extremidades. El rigor mortis dura aproximadamente un día.

Un cadáver es algo muy vivo. Solo que esa vida ya no es la nuestra, sino la de las bacterias que hemos dejado atrás, además de cualesquiera otras que se suban al carro. A medida que devoran el cuerpo, las bacterias intestinales producen diversos gases, entre ellos metano, amoníaco, sulfuro de hidrógeno y dióxido de azufre, aparte de otros compuestos que llevan los explícitos nombres de cadaverina y putrescina. El olor de un cadáver en descomposición generalmente se vuelve insoportable en cuestión de dos o tres días, algo menos si hace calor. Luego, los olores comienzan a disminuir poco a poco hasta que ya no queda carne y, por lo tanto, nada que pueda oler.

Hablar de la muerte es tan fascinante, pero durante siglos hemos excluido a nuestros hijos del tema. Cuando nos preguntan por ello nos quedamos callados, no los preparamos para vivir en este mundo, un mundo cada vez más catastrófico e inhumano. Solo pensemos en la Pandemia, en el cambio climático, en la guerra de Ucrania y entre la que se libra entre Israel y Hamas. La muerte nos acompaña siempre, estamos expuestos a nuestra propia mortalidad.

Hablando de la muerte, pues sencillamente deseo que cuando llegue e inicie mi proceso hacia a la extinción, se me permitan los rituales, las honras fúnebres. Deseo que se hagan con calma, sin prisa, que expongan mi cuerpo en la sala de la que fue mi casa para que todos aquellos que tengan la voluntad de asistir al ritual lo puedan hacer. No deseo que se hagan comelonas, no hay razón para ello. Pero sí compartir algo ligero, café, pan, sándwich, o aquello que surja de la voluntad de mis familiares y amigos. Tendrán tiempo suficiente para ello, si quieren estar allí, conversando frente a ese cuerpo que se descompone, un día y una noche, o más, no tengo nada en contra de ello.

Cuando llegue el momento de mi sepultura, una lápida sencilla de piedra con mi nombre será suficiente para aquellos que, en algún momento, me busquen y deseen encontrarme. Estoy seguro de que viviré en el recuerdo y las memorias de mis seres queridos durante muchos años. Al final, pido que se grabe en mi lápida: "Su esfuerzo lo llevó a vivir lo mejor posible y fue un buen hombre".

 

jueves, 23 de noviembre de 2023

La Colina, Nueva Guinea.

Foto Propia.


viernes, 18 de noviembre de 2016

AZUCENA FLORES: DESEOS EN PENUMBRA

No es una confesión, no podría llamarlo de esa manera, pero yo, Azucena Flores, lo expreso en esta casa que abre su puerta esta noche para tenerte a mi lado.
   
Mi primera revelación llegó a edad temprana, a los doce años cumplidos. Nadie me lo dijo,  esa mañana no asistí a la escuela, me postré horrorizada en la cama de madera fina y colchón de resortes, imagínate como estaba cuando vi la línea de sangre escurriéndose en mis muslos, a lo largo de las piernas, pero el susto me pasó y, poco tiempo después, disfruté el cambio de mi cuerpo con caricias y juegos de niña.

No florecí como diosa, no, nada de eso, porque siempre he sido así como me conociste, ni alta ni baja, mi cuerpo, ¿cómo podría describírtelo?, es así completo para tú gusto, a tu medida; delgado, con estas curvitas en las que frenético te desplazas, con estos pechos, míralos, ya sé que te encantan aunque sean pequeños porque de mis pezones he saciado tu sed angustiosa de macho y sin reprimirme te he amamantado como si tu mamá no te hubiera dado de mamar tiernito, desesperándome al verte deseoso, con la sed de acariciarme las nalgas, sí, éstas nalgas carnosas de flaca que siempre has nalgueado cuando estoy desnuda, esperándote así como siempre lo he hecho en la sala, iluminada por una candela, como en este momento, con un short cortito, en camisola, sin brasier, con la punta de las nalgas descubiertas para que me las acaricies, para que me des esas palmadas con tus manos callosas, enloqueciéndome con el brillo de tus ojos.

Todos tus gustos los fui aprendiendo en cada encuentro, por las tardes y de noche, se fueron haciendo poco a poco parte necesaria del ritual por el que me rindo en tus brazos, elevándome entre las nubes cuando tu lengua loca me ensaliva el cuello y con tus manos apretujas mis pechos, pegándote a mi cuerpo con ese calor de macho en celo, desprendiendo ese olor encabritado que me derrite de deseos sin darme cuenta del momento en que me desnudas. Sos, y siempre has sido, la causa de mis excesos.

No me afrento de ello, al contrario, me siento la mujer más feliz del mundo, la más plena, soy la luna llena que surge radiante entre la penumbra de la noche para derretirme en el fuego de tus delicias. Y desnuda soy fiera salvaje, dueña de mi guarida, soy la que controla tus acciones, no me rindo, al contrario, me apropio de este juego milenario, soy la guardiana de todos tus pensamientos, secretos, tus deseos y miedos. No hago pausas, me dejo llevar por tu cuerpo libidinoso y allí, en ese instante, caes rendido en mis garras.

He aprendido de tus fantasías. No puedes reclamarme nada, ¿qué no he hecho por vos?, he sido todo lo que has querido: tu mujer, tu amante, tu puta como me decís cuando estás desesperado por tenerme. Y ese es el momento en que sos mi presa. Todos mis secretos de mujer los he compartido con vos. Te he dado lo que nunca te habías imaginado. Por vos me convertí en contorsionista, en serpiente laboriosa, has saboreado todos los fluidos de mi cuerpo y eso es lo que más me encanta.

No te rías, esa risa la conozco, ¡sí, es cierto!, al inicio no me gustaba, pero por vos aprendí a disfrutar mi cuerpo. Me mostraba recelosa cuando tus manos se apropiaban de mi cintura, abriéndome las piernas con la cabeza y tu lengua endemoniada acariciaba los labios carnosos de mi sexo que has chupado por más de treinta años, esa lengua tuya, indecente, serpenteando entre mis pliegues, embistiendo con fuerza mi silencio, lengua indecorosa que desgarra mi piel y, en ese jueguito, descubrí la gloria cuando tu boca apartó mis labios menores y se apropió de mi clítoris, manifestando el placer de mi sexualidad y la sensualidad plena de mujer.

Lo confieso, me hiciste sentir lo que nunca antes había experimentado, llegaste a mi vida iluminando la penumbra de mis deseos y, dueña de ellos, te convertí en esclavo de mis pasiones. Mi mayor anhelo siempre ha sido tenerte desnudo en mi cama, con esa mirada pérdida en el tiempo, ansioso que me adueñe de tu sexo, pidiéndome en silencio que deguste el néctar divino de tus entrañas. Y yo, obediente, me ahogo en tus deseos, atragantándome en el infinito de tu memoria, disfrutando el palpitar ardiente de tu sexo con ternura de niña huérfana para empaparme de tu savia al ritmo de nuestros cuerpos acoplados, en una danza sin fin por todos los espacios de la casa: el sofá, el comedor, la cocina, el piso, en la alfombra, en el baño y la cama, en la que aún duermo y ha sido testigo de todo lo que descubierto a tu lado. 

Llevo el orgullo grabado en la frente, no me arrepiento de nada. No me importa lo que murmuren a mis espaldas, ni lo que él piense, mi vida es mía así como mi cuerpo lo he consagrado a vos en silencio, he superado todas la barreras para alcanzar la dicha y he pagado el costo de ello. Ha sido un camino largo y doloroso, es el precio que pocas estamos dispuestas a pagar para salir de la penumbra de nuestros deseos.

Ronald Hill A.
18/11/2016

Foto: Sergio Orozco.

jueves, 8 de mayo de 2014

LA EXPECTATIVA DE JUAN

Nehemías tomó la palabra y el auditorio quedó en silencio. El personal de los proyectos de Nueva Guinea y Kukra Hill, unas veinte personas, se acomodaron en sus pupitres para iniciar el curso sobre Planificación Sistémica. El día anterior, los de Nueva Guinea viajaron por tierra a El Rama y luego en panga hasta llegar a Pearl Lagoon, donde se reunieron por la noche para compartir al ritmo de guitarras y canciones creole en un bar ubicado sobre las aguas de la laguna. Ambos equipos de trabajo se llevaban bien y no desperdiciaban ocasión para intercambiar sobre su accionar en beneficio de las familias empobrecidas.
           
Nehemías lo había notado, lo expresó a la hora del desayuno. Ahora, caminando en semicírculos con su camisa manga larga color celeste y pantalón negro de paletones, en el fondo del auditorio del entonces CIEETS explicaba los objetivos del curso. “Ha sido diseñado para mejorar los niveles de planificación y gestión de cada uno de ustedes en su ámbito de trabajo”, dijo eufórico, sosteniendo en su mano izquierda unas tarjetas de apuntes multicolores y gesticulando como orador de mil batallas con su mano derecha.
           
Lo observaba desde la entrada al auditorio, yo estaba casi pegado a la pared, cerca de las gradas de acceso y la puerta principal. Los rayos de luz mañanera entraban por las ventanas del lado lateral derecho y lo iluminaban como reflectores a un actor en el escenario. La brisa cálida en colusión con la luz impregnó el ambiente con el denso aroma de almendros caribeños florecidos y Nehemías se notó falto de respiración por unos instantes hasta que lanzó una pregunta a los presentes. “¿Cuáles son sus expectativas del curso?” Todos quedaron en silencio, se miraban entre ellos sin responder. ¿Alguien puede decirme qué es una expectativa?, volvió a preguntar. Tras unos segundos de silencio, Juan levantó la mano. “Yo les puedo contar algo sobre las expectativas”, dijo y caminó hacia el frente hasta quedar al lado de Nehemías, quien lo observaba de lado, levantando la cabeza. “Explíquele al grupo”, le dijo.
           
“Les voy a contar, es algo que me sucedió hace ya muchos años cuando era un joven inocente”, dijo Juan sonriendo frente al grupo que lo escuchaba atento. “Fue durante un viaje que hicimos en el Instituto Cristóbal Colón a la isla de San Andrés para desarrollar un intercambio deportivo y cultural. Viajamos de noche en dos de los guardacostas que están en El Bluff. Al llegar nos alojaron, a hombres y mujeres, en una escuela,  acomodamos los colchones que nos dieron a los lados de las paredes de un aula. El primer día jugó el equipo femenino de volibol y allí la vi por primera vez, como todavía recuerdo: alta, pelo corto, delgada, con cinturita fina y piernas largas. Era la rematadora principal del equipo. La había visto en Bluefields, sabía dónde vivía, quiénes eran sus padres y hermanos, pero fue en San Andrés donde me iluminó como chispazo de quiebra plata en cuarto oscuro”.

“La primera noche que pasamos en esa escuela me fijé con lujo de detalles en el punto en que ella dormía, casi de frente a mí, al otro lado del aula, pasando todo el espacio vacío entre nosotros. A ambos lados de ella dormían dos de sus amigas. Al día siguiente jugué con mi equipo de basquetbol y ganamos con diez puntos de diferencia, a pesar de que el juez estaba en contra nuestra. Luego de jugar me fui directo a la cancha donde ella jugaba y, al terminar el juego que ganaron, me uní a su grupo de amigas y amigos para pasar el resto del día visitando Spratt Bay y la cueva de Morgan”.

—    ¿Y la expectativa? —preguntó Nehemías mirando seriamente al grupo.
—    A eso voy —respondió Juan y siguió su relato.

“Me hechizó, no podía separarme de ella ni dejar de verla en ese short cortito, ni apartar por un instante mi mirada de la cintura y sus piernas largas. La miraba y me correspondida de reojo con el pestañar de sus ojos gatos, esmeraldas como las aguas de la isla. Por la noche, luego de tender el colchón y ponerme un short y camiseta para dormir, tomé la decisión de trasladarme a su lado una vez que apagaron las luces. Hice los cálculos necesarios y media hora después que la oscuridad se apoderó del salón me comencé a mover como gato hacia ella. Cuando abandoné el colchón sentí un escalofrío que me subió por las rodillas pasando mi espalda hasta llegarme al cerebro, la emoción de sentirme a su lado. Iba en total silencio y escuchaba los latidos de mi corazón como tambores de guerra. Me detuve a la mitad del trayecto por un instante, traté de apartar la oscuridad para verla y me di cuenta que me faltaban cuatro gateadas más para llegar hasta sus pies. Mis manos sudaban, no por el contacto con el piso, sino por la desesperación de acariciar sus piernas.
           
“En la última gateada mi mano izquierda toco su colchón y con la derecha palpé como ciego hasta acariciar la planta de su piecito izquierdo. No reaccionó y me sentí con confianza. Me senté al lado del colchón y acaricié sus tobillos con la mayor ternura del mundo, subiendo suavemente por sus piernas. Ella correspondió mis caricias abriendo las piernas sin dar muestra de desconfianza. Con rapidez me subí al colchón, acomodándome entre sus piernas abiertas y busqué su húmedo sexo con mi mano derecha. Cuando traté de acariciarlo, ¡Dios Mío!, ¡qué susto!, ¡agarre el pene erecto de un hombre! Salí corriendo hacia otro lado”.

Todos nos carcajeamos por varios minutos, Nehemías también. Al notar que lo hacía, Nehemías se puso serio y dijo: “Qué buen ejemplo, esa fue una falsa expectativa”. “Sí, pero me sirvió de lección por muchos años y hasta ahora me atrevo a contarlo”, dijo Juan.
           
Los siguientes dos días se desarrolló con éxito el taller sobre Planificación Sistémica y, tanto los hombres como las mujeres del grupo, siempre consideraban las expectativas de la gente a la hora de elaborar el ejemplo de un plan con varias alternativas de acción. “Ese Juan es fiera”, dijo Nehemías al despedirnos en el muelle de Pearl Lagoon.


Miércoles, 07 de mayo de 2014

viernes, 14 de diciembre de 2012

LOS DESEOS NAVIDEÑOS


Así es, todos deseamos algo para navidad. En la medida que transcurre el tiempo nuestros anhelos se tornan complejos como la propia vida. Atrás van quedando las cartas al Niño Dios en la que pedimos nuestros juguetes preferidos, ya no son carritos, metralletas, muñecas Barbie, ni pelotas de futbol. No. Ahora es el PlayStation y una buena dosis de juegos, una serie de maravillas tecnológicas que entretienen a los chavalos sin que logren derramar una sola gota de sudor en la comodidad del sofá de la sala o en la cama de la habitación.

Los mayorcitos ya no piden la bicicleta último modelo, la pelota FIFA, el bate, la pelota y el guante de beisbol mucho menos los guantes de boxeo. Quieren el IPhone, una mini laptop, acceso a internet 24 hours at day para pasársela “conectado” con sus amigos. La ilusión del viaje a Disney World se les olvidó porque a diario lo viven.

A los dieciocho años quieren una motocicleta, aunque sea una Yailing, argumentando que así son más puntuales en el colegio pero en realidad la necesitan para pasear a la jaña y escurrirse en cómodos lugares lejos de la vista de sus padres. Y así, velozmente y sin precauciones, nos hacen abuelos a edad temprana si es que sus restos no quedaron esparcidos por el asfalto.

Si superaron esa etapa, si siguen vivos, quieren sacarse la lotería para pagar las deudas que han contraído porque, al estar acostumbrados a la vida fácil y los salarios hambrientos que reciben, si es que él y ella tienen empleo, se encuentran hasta el cuello de jaranas. El aguinaldo, el de verdad, no el Toledo, ni dos días les aguanta.

Y en ese estado, con sutileza recurren a nosotros. “Que le vas a regalar a los nietos”, dice ella. ¿Cómo? ¿Y a mí quién me va a regalar algo? “Hace tu cartita al Niño Dios, tal vez te perdona todos tus pecados”, responde al dar la vuelta y alejarse. Y me deja pensando en los deseos en esta etapa de mi vida. Honestamente lo que deseo es inalcanzable, un overhall es demasiado caro.